…Para comprender toda la infinita mezquindad de estos debates[50], conviene volver la vista a lo que ocurrió hace 60 años, al Landtag Unificado de Berlín, cuando la burguesía se ciñó por vez primera los lomos para la lucha parlamentaria. Ya entonces tenía poco de heroico. Así la caracteriza Marx: «Sin fe en sí misma, sin fe en el pueblo, gruñendo contra las alturas, temiendo a las profundidades, egoísta ante unas y otras y consciente de su egoísmo, revolucionaria frente a los conservadores, conservadora frente a los revolucionarios; desconfiando de sus propias consignas, temiendo la tempestad mundial y explotándola en su propio provecho; carente de toda energía, representando un puro plagio, es vulgar porque no tiene nada original, es original en su vulgaridad, regatea consigo misma; sin iniciativa, sin misión histórico-mundial — como un viejo sobre el que pesa una maldición, condenado a desvirtuar los primeros impulsos juveniles de un pueblo lleno de vida y a subordinarlos a sus intereses seniles — un viejo sin ojos, sin oídos, sin nariz — una ruina completa»{151}.

Y sin embargo, a pesar de todo ello, la burguesía de entonces sabía no soltar el dinero de las manos y recortar los ingresos del rey y de los junkers mientras no estuviera asegurado su propio derecho; prefería soportar la cólera del rey antes que ayudarlo a salir de la bancarrota a costa de su derecho de primogenitura.

En comparación con los librepensadores de ahora, los liberales del Landtag Unificado eran entonces, en todo caso, más perspicaces. Se burlaban de la palabrería sobre el «trabajo positivo» y preferían paralizar una obra tan importante para la prosperidad del país como era en aquella época la construcción del ferrocarril oriental, antes que resignarse a renunciar a su derecho constitucional.

El recuerdo de aquel tiempo se impone con tanto mayor razón cuanto que la clausura de los debates sobre el presupuesto en el Reichstag coincide con la apertura de la segunda Duma rusa. Sin duda, la historia parlamentaria de la revolución rusa se ha parecido hasta ahora más a la historia parlamentaria de la revolución prusiana de 1848 que a la historia parlamentaria de la revolución francesa de 1789; la historia de la primera Duma rusa se asemeja de manera sorprendente, en ciertos aspectos, a la historia de la famosa «asamblea de conciliadores» que sesionaba antaño en el teatro de Berlín, se asemeja hasta en los detalles, incluido el llamamiento a no pagar impuestos que, tras la disolución, lanzó sin resultado alguno la mayoría constitucional-demócrata. También en Prusia el segundo Landtag, convocado por el gobierno, tenía, al igual que la actual Duma rusa, un colorido opositor más marcado, y al mes fue disuelto de nuevo por la fuerza armada. No pocas voces profetizan a la nueva Duma rusa la misma suerte. Y los sapientísimos liberales dan un excelente consejo: cuidad la Duma y conquistad la confianza del pueblo mediante el «trabajo positivo». En el sentido en que lo entienden los liberales, es lo más necio que se puede aconsejar a la nueva Duma.

A la historia no le gustan las repeticiones. La nueva Duma es un producto de la revolución, completamente distinto de lo que fue en su día el segundo parlamento prusiano. Fue elegida bajo una presión electoral tan vil y abyecta que, comparado con ella, todo lo que hizo la «Liga Imperial de la Mentira» alemana son bagatelas. Y además, entre las izquierdas de la actual Duma, la democracia constitucional ya no domina; la izquierda actual está templada por una fuerte fracción socialista. Con una rápida disolución de la Duma la cosa no es tampoco tan sencilla. El zarismo no se habría tomado toda esta fatigosa y repugnante tarea de presión electoral si dependiera por completo de su voluntad disolver o no la Duma. Para sus acreedores necesita una representación popular que lo salve de la bancarrota, y ya no le queda ni la más mínima posibilidad —incluso si las cosas no le fueran tan mal— de urdir un sistema electoral aún más lamentable ni de ejercer una presión aún más brutal sobre las elecciones.

En este sentido, la reacción prusiana de 1849 aún tenía un gran as en la manga: suprimiendo el sufragio universal e introduciendo el sistema electoral de tres clases, obtuvo una tal llamada representación popular que no le ofrecía ninguna resistencia seria y que, no obstante, constituía cierta garantía para los acreedores del Estado.

Precisamente las elecciones a la nueva Duma han mostrado que la revolución rusa tiene un impulso mucho más poderoso del que tuvo en su día la revolución alemana. Es también indudable que la nueva Duma no ha sido elegida por la revolución casualmente, que la revolución se propone utilizarla. Pero la revolución se traicionaría a sí misma si escuchara los sabios consejos de los liberales alemanes y tratara de conquistar la confianza del pueblo con un «trabajo positivo» en el sentido de ellos; actuando así, emprendería el mismo lamentable y vergonzoso camino que recorre desde hace sesenta años el liberalismo alemán. Lo que ese sorprendente héroe entiende por «trabajo positivo» solo llevaría a que la nueva Duma ayudara al zarismo a salir del aprieto financiero y, a cambio de ello, recibiera una mísera limosna en forma de las «reformas» que solo un ministerio al estilo de un Stolypin es capaz de incubar.

Aclaremos el concepto de «trabajo positivo» con un ejemplo histórico. Cuando, en una noche del verano de 1789, la Asamblea Nacional llevó a cabo la liberación de los campesinos franceses, el genial y venal aventurero Mirabeau, el mayor héroe de la democracia constitucional, calificó este acontecimiento con la expresión alada: «orgía repugnante». Y, a nuestro modo de ver, aquello fue «trabajo positivo». Y a la inversa, la liberación de los campesinos prusianos, que se arrastró a paso de tortuga durante 60 años, desde 1807 hasta 1865, en el curso de la cual fueron brutal e implacablemente aniquiladas innumerables vidas campesinas, fue, desde el punto de vista de nuestros liberales, un «trabajo positivo» que proclaman a todos los vientos. A nuestro modo de ver, aquello fue una «orgía repugnante».

Así pues, la nueva Duma, si quiere cumplir su misión histórica, debe indudablemente dedicarse al «trabajo positivo». Sobre esto reina una satisfactoria unanimidad. La única cuestión es qué clase de «trabajo positivo» ha de ser. Por nuestra parte, esperamos y deseamos que la Duma resulte ser un instrumento de la revolución rusa que la ha engendrado.

Este artículo de Mehring suscita involuntariamente reflexiones a propósito de las corrientes modernas en la socialdemocracia rusa.

No se puede dejar de señalar, ante todo, que el autor, comparando la revolución rusa de 1905 y los años siguientes con la alemana de 1848-1849, equipara la primera Duma a la famosa «asamblea de conciliadores». Esta última expresión pertenece a Marx. Así llamaba él en su «Nueva Gaceta Renana»{152} a los liberales alemanes de aquella época. Y su apodo ha pasado a la historia como un firme patrimonio del pensamiento proletario que evaluaba la revolución burguesa.

«Conciliadores» llamaba Marx a los liberales alemanes de la época revolucionaria porque en la base de la táctica política de la burguesía liberal estaba entonces la «teoría del acuerdo», del acuerdo de la corona con el pueblo, del viejo poder con las fuerzas de la revolución. Esta táctica expresaba los intereses de clase de la burguesía alemana en la revolución burguesa alemana: la burguesía temía llevar la revolución hasta el fin, temía la independencia del proletariado, temía la victoria completa del campesinado sobre sus explotadores medievales, los terratenientes, cuya economía conservaba entonces no pocos rasgos feudales. Los intereses de clase de la burguesía la empujaban a un trato con la reacción («acuerdo») contra la revolución, y los intelectuales liberales que crearon la «teoría del acuerdo» encubrían con ella su apostasía de la revolución.

La excelente cita aducida por Mehring muestra claramente cómo fustigaba Marx, en la época revolucionaria, a esta burguesía conciliadora. Y quien conozca la edición de Mehring de las obras de Marx y Engels de la década de 1840, especialmente de sus artículos en la «Nueva Gaceta Renana», sabe, desde luego, que podrían aducirse toda una serie de citas semejantes.

¡Que reflexionen sobre esto aquellos que, como Plejánov, intentan remitirse a Marx para justificar la táctica del ala derecha de la socialdemocracia en la revolución burguesa rusa! La argumentación de tales personas descansa en una elección desafortunada de citas: toman tesis generales sobre el apoyo a la gran burguesía contra la pequeña burguesía reaccionaria y, sin crítica, las aplican a los kadetes rusos, a la revolución rusa.

Mehring da una buena lección a esta gente. Quien quiera consultar a Marx sobre las tareas del proletariado en la revolución burguesa, debe tomar los juicios de Marx referentes precisamente a la época de la revolución burguesa alemana. ¡Y no en vano nuestros mencheviques rehúyen tan temerosamente estos juicios! En estos juicios vemos la expresión más completa, la más brillante, de aquella lucha implacable contra la burguesía conciliadora que llevan los «bolcheviques» rusos en la revolución burguesa rusa.

Durante la revolución burguesa alemana, Marx consideraba tarea fundamental del proletariado: llevar la revolución hasta el fin, conquistar el papel dirigente para el proletariado, desenmascarar la traición de la burguesía «conciliadora», arrancar a las masas populares y, en particular, al campesinado[51] de la influencia de esta burguesía. Este es un hecho histórico, que solo pueden silenciar o soslayar quienes invocan el nombre de Marx en vano.

Y en estrecha e indisoluble conexión con ello se halla la valoración del «trabajo positivo» y la «orgía repugnante» en Mehring.

Su paralelo da de lleno en el blanco a los liberales rusos, a los kadetes, que ahora, en la segunda Duma, están haciendo aprobar el presupuesto a la autocracia en campaña, de modo que añadir algo a las palabras de Mehring en lo esencial significaría solo debilitarlas.

Contrapongamos el planteamiento de la cuestión por Mehring al planteamiento del ala derecha de la socialdemocracia alemana. Los lectores saben, desde luego, que Mehring, como todo el colectivo de redacción de «Neue Zeit», se sitúa en el punto de vista de la socialdemocracia revolucionaria. La posición opuesta, oportunista, la ocupan los bernsteinianos. Su principal órgano es la revista «Sozialistische Monatshefte». En el último fascículo de esta revista (abril de 1907) encontramos un artículo de cierto Sr. Román Streltsov, «El segundo parlamento ruso». El artículo está repleto de una serie de diatribas airadas contra los bolcheviques, a quienes el autor, para ser más venenoso, según parece, llama «leninianos». La conciencia con que este flechero informa al público alemán se aprecia aunque solo sea en el hecho de que, al citar los pasajes más agudos de los folletos de Lenin durante las elecciones en Petersburgo, el autor silencia la pérfida escisión urdida por los mencheviques y que provocó la lucha sobre el terreno de la escisión.

Pero esto sea dicho de paso. Lo que nos importa es el planteamiento de principio de la cuestión por el bernsteiniano. Ensalza a los mencheviques, y en particular a Plejánov, como el ala realista de la socialdemocracia rusa. El órgano central de la socialdemocracia alemana, «Vorwärts»{153}, recibe una reprimenda del «realista» por la frase de que el pueblo ha enviado a la segunda Duma no a unos portavoces (Fürsprecher), sino a unos luchadores (Vorkämpfer): «“Vorwärts” ve al parecer la situación actual en Rusia con el mismo color de rosa que los leninianos» (pág. 295 del mencionado fascículo)[52]. La conclusión del autor es clara y taxativa. «Así pues —escribe, terminando su artículo—, así pues, conservar la Duma (Erhaltung der Duma), tal es, por ahora, el objetivo de toda la oposición en su conjunto». Y más adelante: los socialistas no deben «malgastar sus fuerzas en una lucha completamente inútil contra los kadetes» (pág. 296, ibíd.).

Dejemos al lector sacar la conclusión de la comparación entre el curso del pensamiento de Mehring sobre la «orgía repugnante» y el curso del pensamiento de los señores Streltsov sobre la consigna de «conservar la Duma».

Tal comparación es plenamente capaz de sustituir el comentario a la política bolchevique y menchevique en la presente Duma, a los proyectos de resolución bolchevique y menchevique sobre la actitud ante la Duma de Estado.

Escrito en abril de 1907.  
Publicado en abril de 1907 en la recopilación II «Cuestiones de táctica». San Petersburgo, ed. «Nueva Duma».  
Firmado: K. T.

Se imprime según el texto de la recopilación.