El acercamiento entre lo uno y lo otro pertenece a los propios mencheviques, que llevaron a cabo el programa agrario en Estocolmo. Basta con mencionar a dos destacados mencheviques, Kostrov y Larin. «Algunos camaradas —decía Kostrov en Estocolmo— es como si oyeran hablar por primera vez de la propiedad municipal. Les recordaré que en Europa Occidental existe toda una corriente» (¡exactamente!) «"socialismo municipal" (Inglaterra), que consiste en la ampliación de la propiedad de los municipios urbanos y rurales, y a la que también apoyan nuestros camaradas. Muchos municipios poseen bienes inmuebles, y esto no contradice nuestro programa. Ahora tenemos la posibilidad de obtener (!!) para los municipios, gratuitamente (!!!), riqueza inmueble, y debemos aprovecharla. Por supuesto, las tierras confiscadas deben ser municipalizadas» (pág. 88).

El punto de vista ingenuo sobre la «posibilidad de obtener riqueza gratuitamente» está expresado aquí de manera magnífica. El orador sólo no reflexionó sobre por qué esta «corriente» del socialismo municipal, precisamente como corriente especial y predominantemente en Inglaterra, que él tomó como ejemplo, es una corriente de oportunismo extremo. ¿Por qué Engels, al caracterizar en sus cartas a Sorge este oportunismo intelectual extremo de los fabianos ingleses, señaló el significado pequeñoburgués de sus aspiraciones «municipalizadoras»?{107}

Al unísono con Kostrov, Larin dice en su comentario al programa menchevique: «Quizá, en algunas localidades, el autogobierno popular local pueda gestionar por su cuenta estas grandes explotaciones, como tienen, por ejemplo, los ayuntamientos urbanos, los tranvías de caballos o los mataderos, y entonces toda (!!) la ganancia de ellos estará a disposición de toda (!) la población»[114], ¿y no de la burguesía local, querido Larin?

Las ilusiones pequeñoburguesas de los héroes pequeñoburgueses del socialismo municipal de Europa Occidental ya se dejan sentir de inmediato. ¡Se ha olvidado la dominación de la burguesía, se ha olvidado también que sólo en las ciudades con un gran porcentaje de población proletaria se logra defender para los trabajadores algo de las migajas de la administración municipal! Pero esto es de pasada. La principal falsedad de la idea «socialista-municipal» de la municipalización de la tierra consiste en lo siguiente.

La intelectualidad burguesa en Occidente, al igual que los fabianos ingleses, eleva el socialismo municipal a una «corriente» especial precisamente porque sueña con la paz social, con la conciliación de clases, y desea trasladar la atención pública de las cuestiones fundamentales de todo el régimen económico y de toda la estructura estatal a las pequeñas cuestiones del autogobierno local. En el terreno de las cuestiones del primer género, las contradicciones de clase son más agudas; precisamente este terreno, como ya hemos señalado, afecta a las bases mismas de la dominación de la burguesía como clase. Precisamente aquí es, por lo tanto, donde la utopía pequeñoburguesa y reaccionaria de la realización parcial del socialismo es especialmente desesperada. La atención se traslada al terreno de las pequeñas cuestiones locales, no a la cuestión de la dominación de la burguesía como clase, no a la cuestión de los instrumentos fundamentales de esta dominación, sino a la cuestión del gasto de las migajas que la rica burguesía arroja para las «necesidades de la población». Es comprensible que si se destacan tales cuestiones sobre el gasto de sumas insignificantes (en comparación con la masa total de plusvalía y con la suma total de los gastos estatales de la burguesía), sumas que la propia burguesía consiente en entregar para la salud pública (Engels señaló en «El problema de la vivienda» que las epidemias contagiosas en las ciudades asustan a la propia burguesía{108}), para la educación pública (¡la burguesía tiene que tener obreros instruidos, capaces de adaptarse al alto nivel de la técnica!), etc., en el terreno de estas pequeñas cuestiones se puede perorar sobre la «paz social», sobre el perjuicio de la lucha de clases, etc. ¿Qué lucha de clases hay aquí, si la propia burguesía gasta dinero en las «necesidades de la población», en medicina, en educación? ¿Para qué la revolución social, si a través de los autogobiernos locales se puede, poco a poco y gradualmente, ampliar la «propiedad colectiva», «socializar» la producción: los tranvías de caballos, los mataderos, que tan oportunamente señala el honorable Y. Larin?

El oportunismo pequeñoburgués de esta «corriente» consiste en que se olvidan los estrechos límites del llamado «socialismo municipal» (en realidad, capitalismo municipal, como dicen con razón los socialdemócratas ingleses contra los fabianos). Se olvida que, mientras la burguesía domine como clase, no puede permitir que se toquen, ni siquiera desde el punto de vista «municipal», las verdaderas bases de su dominación; que si la burguesía permite, tolera el «socialismo municipal», es precisamente porque no afecta las bases de su dominación, no roza las fuentes serias de su riqueza, se extiende sólo a esa esfera local y estrecha de gastos que la propia burguesía cede a la administración de la «población». Basta el más mínimo conocimiento del «socialismo municipal» en Occidente para saber cómo cualquier intento de los municipios socialistas de salirse un poquito del marco de la gestión económica habitual, es decir, pequeña, mezquina, que no proporciona alivios sustanciales al obrero, cualquier intento de tocar un poquito al capital provoca siempre e incondicionalmente el veto decisivo del poder central del Estado burgués.

Y he aquí que este error fundamental, este oportunismo pequeñoburgués de los fabianos, posibilistas y bernsteinianos de Europa Occidental, lo copian nuestros municipalizadores.

El «socialismo municipal» es socialismo en las cuestiones de la administración local. Lo que sale de los límites de los intereses locales, de los límites de las funciones de la administración estatal, es decir, todo lo que concierne a las fuentes fundamentales de ingresos de las clases dominantes y a los medios fundamentales para asegurar su dominación, todo lo que afecta no a la administración del Estado, sino a la estructura del Estado, sale con ello del terreno del «socialismo municipal». ¡Y nuestros sabios eluden la agudeza de la cuestión nacional general, y que de la manera más directa afecta los intereses fundamentales de las clases dominantes, la cuestión de la tierra, mediante la inclusión de esta cuestión en las «cuestiones de la administración local»! En Occidente municipalizan los tranvías de caballos y los mataderos. ¿Por qué no habríamos de municipalizar nosotros la mejor mitad de todas las tierras? —razona el intelectualito ruso. ¡Esto sirve tanto para el caso de una restauración como para el caso de un democratismo incompleto del poder central!

Resulta un socialismo agrario en la revolución burguesa, y un socialismo de lo más pequeñoburgués, que cuenta con el embotamiento de la lucha de clases en las cuestiones agudas mediante la transferencia de estas cuestiones a la categoría de las pequeñas, que conciernen sólo a la administración local. En realidad, la cuestión de la economía en la mitad de las mejores tierras no puede ser ni una cuestión local, ni una cuestión de administración. Es una cuestión de Estado general, una cuestión de la estructura no sólo del Estado terrateniente, sino también del Estado burgués. Y atraer al pueblo con la idea de que es posible, antes de la realización de la revolución socialista, el desarrollo del «socialismo municipal» en la agricultura, significa hacer la demagogia más inadmisible. El marxismo permite introducir la nacionalización en el programa de la revolución burguesa porque la nacionalización es una medida burguesa, porque la renta absoluta impide el desarrollo del capitalismo, la propiedad privada sobre la tierra es un estorbo para el capitalismo. Pero hay que rehacer el marxismo en oportunismo intelectual fabiano para incluir en el programa de la revolución burguesa la municipalización de las grandes propiedades.

Aquí se nos presenta precisamente la diferencia entre los métodos pequeñoburgueses y proletarios en la revolución burguesa. La pequeña burguesía, incluso la más radical —incluido nuestro partido socialrevolucionario—, no prevé la lucha de clases después de la revolución burguesa, sino la prosperidad general y el apaciguamiento. Por eso, de antemano «se hace su nidito», introduce planes de reformismo pequeñoburgués en la revolución burguesa, discurre sobre diferentes «normas», sobre la «regulación» de la propiedad de la tierra, sobre el fortalecimiento del principio del trabajo y de la pequeña economía laboriosa, etc. El método pequeñoburgués es el método de construcción de relaciones de la mayor paz social posible. El método proletario es exclusivamente el despeje del camino de todo lo medieval, el despeje del camino para la lucha de clases. Por eso, toda clase de «normas» de propiedad de la tierra, el proletario puede dejar que las discutan los pequeños propietarios: al proletario sólo le interesa la destrucción de los latifundios terratenientes, sólo la destrucción de la propiedad privada sobre la tierra, como último obstáculo de la lucha de clases en la agricultura. En la revolución burguesa no nos interesa el reformismo pequeñoburgués, no el futuro «nidito» de los pequeños propietarios apaciguados, sino las condiciones de la lucha proletaria contra todo apaciguamiento pequeñoburgués sobre el suelo burgués.

Precisamente este espíritu antiproletario introduce en el programa de la revolución agraria burguesa la municipalización, porque no amplía ni agudiza la lucha de clases, contrariamente a la opinión profundamente falsa de los mencheviques, sino que, por el contrario, la embota. La embota también porque permite el democratismo local con un democratismo incompleto del centro. La embota también con la idea del «socialismo municipal», ya que éste es pensable en la sociedad burguesa sólo al margen del camino principal de la lucha, sólo en las cuestiones pequeñas, locales, sin importancia, en las que incluso la burguesía puede ceder, puede transigir, sin perder la posibilidad de mantener su dominación como clase.

La clase obrera debe dar a la sociedad burguesa el programa más puro, más consecuente, más decidido de la revolución burguesa, hasta la nacionalización burguesa de la tierra. Del reformismo pequeñoburgués, el proletariado se aparta con desprecio en la revolución burguesa: nos interesa la libertad para la lucha, y no la libertad para la felicidad pequeñoburguesa.

El oportunismo de la intelectualidad en el partido obrero, como es natural, tira de una línea distinta. En lugar de un amplio programa revolucionario de la revolución burguesa, la atención se dirige a la utopía pequeñoburguesa: defender el democratismo local con el no democratismo del centro, asegurar para el pequeño reformismo un rinconcito de economía municipal al margen de las grandes «convulsiones», eludir la agudeza del inusitadamente agudo conflicto agrario según la receta de los antisemitas, es decir, mediante la transferencia de la gran cuestión nacional al departamento de las pequeñas cuestiones locales.