Con un interesante argumento económico contra la nacionalización intervino el partidario del reparto, A. Finn. Tanto la nacionalización como la municipalización, dice, son la transferencia de la renta a una determinada colectividad social. Pero cabe preguntar de qué renta se trata aquí. No de la renta capitalista, pues «los campesinos no suelen obtener de su tierra renta en el sentido capitalista» (*La cuestión agraria y la socialdemocracia*, pág. 77; compárese con la pág. 63), sino de la renta dineraria precapitalista.

Por renta dineraria entiende Marx el pago por el campesino al terrateniente de todo el producto excedente en forma monetaria. La forma primitiva de dependencia económica del campesino respecto al terrateniente, en los modos de producción precapitalistas, es la renta en trabajo (Arbeitsrente), es decir, la corvea; luego viene la renta en producto o renta en especie, y, por último, la renta dineraria. Esta renta, dice A. Finn, «es la más difundida entre nosotros también ahora» (pág. 63).

Es indudable que el arriendo basado en la servidumbre y la usura está extraordinariamente difundido en nuestro país y que, según la teoría de Marx, el pago de los campesinos en tal arriendo constituye en su mayor parte una renta dineraria. ¿Qué fuerza permite exprimir de los campesinos semejante renta? ¿Acaso la fuerza de la burguesía y del capitalismo en desarrollo? De ningún modo. Es la fuerza de los latifundios feudales. En la medida en que éstos sean destruidos —y éste es el punto de partida y la condición fundamental de la revolución agraria campesina—, no tendrá sentido hablar de «renta dineraria» en el sentido precapitalista. La objeción de Finn, por tanto, solo tiene la significación de subrayar una vez más lo absurdo de separar las tierras de nadiel de los campesinos de las demás tierras durante la conmoción agraria revolucionaria: como las tierras de nadiel a menudo están rodeadas por las de los terratenientes, y como de las condiciones actuales de delimitación de las tierras campesinas y terratenientes se deriva la usura, mantener esa delimitación es reaccionario. Y la municipalización la mantiene, a diferencia tanto del reparto como de la nacionalización.

La existencia de la pequeña propiedad territorial o, más exactamente, de la pequeña economía, introduce ciertos cambios en las tesis generales de la teoría sobre la renta capitalista, pero no anula dicha teoría. Marx señala, por ejemplo, que la renta absoluta como tal no suele existir en la pequeña agricultura que trabaja principalmente para satisfacer las necesidades del propio agricultor (III, 2, 339, 344){105}. Pero cuanto más se desarrolla la economía mercantil, tanto más aplicables se vuelven todas las tesis de la teoría económica también a la economía campesina, una vez que ésta se ha situado en las condiciones del mundo capitalista. No hay que olvidar que ninguna nacionalización de la tierra, ninguna igualación del uso de la tierra, eliminará el fenómeno, ya plenamente conformado en Rusia, de que el campesinado acomodado ya explota su economía de manera capitalista. He demostrado en *El desarrollo del capitalismo en Rusia* que, según los datos de las décadas de 1880 y 1890, alrededor de 1/5 de los hogares campesinos concentran en sus manos hasta la mitad de la producción agrícola campesina y una parte mucho mayor de los arriendos; que la economía de tales campesinos es ahora ya más mercantil que natural y que, por último, este campesinado no puede existir sin un contingente de millones de braceros y jornaleros[93]. En este campesinado los elementos de la renta capitalista están ya dados de antemano. Este campesinado expresa sus intereses por boca de los señores Peshejónov, que «con sobriedad» rechazan tanto la prohibición del trabajo asalariado como la «socialización de la tierra», defendiendo con sobriedad el punto de vista del individualismo económico del campesino que se abre camino. Si separamos rigurosamente en las utopías de los populistas el momento económico real de la falsa ideología, veremos enseguida que de la destrucción de los latifundios feudales —tanto con el reparto, como con la nacionalización, como con la municipalización— quien más se beneficiará será precisamente el campesinado burgués. Los «créditos y subsidios» del Estado, de igual modo, no pueden dejar de favorecer ante todo a ese mismo sector. La «revolución agraria campesina» no es otra cosa que la subordinación de toda la propiedad territorial a las condiciones del progreso y la prosperidad precisamente de esas economías de tipo *farmer*.

La renta dineraria es un ayer en trance de desaparecer, que no puede dejar de desaparecer. La renta capitalista es un mañana en gestación, que no puede dejar de desarrollarse tanto bajo la expropiación estolipiniana de los campesinos más pobres («según el artículo 87»), como bajo la expropiación campesina de los terratenientes más ricos.