El camarada John dijo en Estocolmo (pág. 111 de las “Actas”) que “el proyecto de municipalización de la tierra es más aceptable por ser más flexible, pues tiene en cuenta la diversidad de las condiciones económicas y permite su realización en el propio proceso de la revolución”. Ya he señalado el defecto fundamental de la municipalización a este respecto: la consolidación en propiedad de la tierra de adjudicación hereditaria. La nacionalización es inconmensurablemente más flexible en este sentido, pues permite organizar con mucha mayor libertad las nuevas economías sobre la tierra “deslindada”. Aquí es necesario anotar brevemente otras consideraciones de John, de carácter más secundario.

“El reparto de la tierra –dice John–, en algunos lugares, recrearía las viejas relaciones agrarias. En ciertas regiones, corresponderían 200 desiatinas por cada hogar, y así, por ejemplo, en los Urales, crearíamos una clase de nuevos terratenientes”. ¡He aquí un modelo de argumento consistente en acusar al propio sistema! ¡Y semejantes argumentos decidieron la cuestión en el congreso menchevique! Justamente la municipalización, y sólo ella, peca del pecado que aquí se señala, pues sólo ella consolida la tierra en manos de regiones aisladas. No es el reparto el culpable, como piensa John, cometiendo un ridículo error lógico, sino el provincialismo de los municipalistas. La tierra municipalizada de los Urales, de todos modos, habría quedado, según el programa menchevique, como “posesión” de los uralenses. Esto habría significado la creación de un nuevo elemento cosaco reaccionario, reaccionario porque los pequeños agricultores privilegiados, asegurados con diez veces más tierra que toda la masa restante de agricultores, no habrían podido dejar de oponerse a la revolución campesina, no habrían podido dejar de defender los privilegios de la propiedad privada sobre la tierra. Sólo cabe suponer que, sobre la base del mismo programa, el “Estado democrático” podría declarar que decenas de millones de desiatinas de bosques de los Urales son “bosques de importancia estatal general” o “fondo de colonización” (¡el kadete Kaufman admite esta finalidad para los bosques de los Urales dentro del 25% de superficie boscosa, lo que da 21 millones de desiatinas en las gubernaturas de Viatka, Ufá y Perm!), y, sobre esa base, expropiarlos para su “posesión”. La municipalización se distingue no por su flexibilidad, sino por su confusión; eso es todo.

Examinemos a continuación la aplicación de la municipalización en el propio proceso de la revolución. Aquí nos topamos con ataques contra mis “comités campesinos revolucionarios”, tachados de institución estamental. Nosotros estamos por la supresión de los estamentos –se pavoneaban con su liberalismo los mencheviques en Estocolmo. ¡Liberalismo barato! Faltó que nuestros mencheviques pensaran que, para implantar el autogobierno sin estamentos, es necesario ya haber vencido y haber despojado del poder al estamento privilegiado contra el cual se lucha. Justamente “en el propio proceso de la revolución”, como dice John, es decir, en el proceso de la lucha por expulsar a los terratenientes, en el proceso de las “acciones revolucionarias del campesinado” de que habla también la resolución táctica de los mencheviques, sólo son posibles los comités campesinos. La implantación del autogobierno sin estamentos está garantizada por nuestro programa político; se establecerá ineludiblemente y debe establecerse como organización de la administración después de la victoria, cuando toda la población se vea ya obligada a reconocer el nuevo orden. Pero si la frase de nuestro programa sobre el “apoyo a las acciones revolucionarias del campesinado hasta la confiscación de las tierras de los terratenientes” no ha de ser un mero fraseo, ¡hay que pensar en la organización de las masas para esas “acciones”! El programa menchevique no piensa en ello. Está construido de tal modo que resulte cómodo convertirlo por entero en un proyecto de ley parlamentario, junto con los proyectos de los partidos burgueses que odian toda clase de “acciones” (como los kadetes) o que eluden, de manera oportunista, la tarea de contribuir sistemáticamente a estas acciones y de organizarlas (como los eneses). Pero semejante construcción del programa es indigna de un partido obrero que habla de la revolución agraria campesina, de un partido que persigue no la tranquilización de la gran burguesía y de la burocracia (como los kadetes), ni la tranquilización de la pequeña burguesía (como los eneses), sino exclusivamente el desarrollo de la conciencia y la iniciativa de las amplias masas en el curso de su lucha contra la Rusia feudal.

Recuérdese, aunque sea en sus rasgos generales, la masa de “acciones revolucionarias” campesinas que tuvieron lugar en Rusia en la primavera de 1905, en el otoño de 1905 y en la primavera de 1906. ¿Prometemos nosotros apoyar esas acciones o no? Si no las apoyamos, nuestro programa resultaría no decir la verdad. Si las apoyamos, es evidente que, para esas acciones, el programa no ofrece indicaciones acerca de su organización. La organización de semejantes acciones es posible únicamente en el propio lugar de la lucha; la organización puede ser creada únicamente por la masa misma que participa en la lucha, es decir, la organización debe ser necesariamente del tipo de los comités campesinos. Aguardar, ante tales acciones, a la formación de grandes autogobiernos regionales es, sencillamente, ridículo. La ampliación de los comités locales victoriosos, el ensanchamiento de sus límites de poder y de influencia sobre las aldeas, uyezds, gubernaturas, ciudades, distritos vecinos y sobre todo el Estado es, naturalmente, deseable y necesaria. Contra el señalamiento, en el programa, de la necesidad de tal ampliación nada se puede objetar, pero entonces es obligatorio no limitarse a las regiones, sino llegar hasta el poder central. En primer lugar. Y en segundo lugar, entonces no hay que hablar de autogobiernos, porque este término denota la dependencia de las organizaciones administrativas respecto de la organización del Estado. El “autogobierno” actúa según las reglas establecidas por el poder central y dentro de los límites definidos por éste. En cambio, las organizaciones del pueblo en lucha, de las cuales nos ocupamos aquí, deben ser completamente independientes de todas las instituciones del viejo poder, deben librar la lucha por la nueva estructura del Estado, deben ser instrumento del poder popular (o de la autocracia popular) y medio de garantizarlo.

En una palabra, desde el punto de vista del “propio proceso de la revolución”, es insatisfactorio en todos los sentidos el programa menchevique, que refleja la confusión de las ideas mencheviques sobre la cuestión del poder temporal, etcétera.