Nos parece no carente de utilidad enfocar la cuestión del programa agrario del partido obrero en la revolución burguesa rusa desde otro ángulo más. El análisis de las condiciones económicas del vuelco y de las consideraciones políticas a favor de uno u otro programa conviene complementarlo con un cuadro de la lucha de las diferentes clases y partidos, que abarque, en lo posible, todos los intereses en su contraposición directa. Sólo semejante cuadro puede dar una idea del fenómeno examinado (la lucha por la tierra en la revolución rusa) en su conjunto, excluyendo la unilateralidad y la casualidad de las distintas manifestaciones y verificando las conclusiones teóricas mediante el instinto práctico de los propios interesados. Como individuos aislados, cualesquiera representantes de partidos y clases pueden equivocarse, pero cuando actúan en la arena pública, ante toda la población, los errores particulares son inevitablemente corregidos por los respectivos grupos o clases interesados en la lucha. Las clases no se equivocan: en conjunto y a grandes rasgos perfilan sus intereses y sus tareas políticas de acuerdo con las condiciones de la lucha y con las condiciones de la evolución social.

Para componer dicho cuadro disponemos de un material magnífico en los informes taquigráficos de las dos Dumas. Tomamos la Segunda Duma porque refleja, sin la menor duda, la lucha de clases en la revolución rusa de modo más completo y más maduro: las elecciones a la Segunda Duma no fueron boicoteadas por ningún partido influyente. La agrupación política de los diputados está mucho más definida en la II Duma, las fracciones dumales son más compactas y están más estrechamente vinculadas con los respectivos partidos. La experiencia de la I Duma ya había aportado no poco material que ayudó a todos los partidos a definir su línea de manera más meditada. Por todas estas razones conviene preferir la Segunda Duma. Sólo nos remitiremos a los debates en la I Duma como complemento o aclaración de las declaraciones hechas en la Segunda Duma.

Para que el cuadro de la lucha de clases y partidos, según los debates de la Segunda Duma, sea completo y exacto, es preciso destacar a cada fracción dumal significativa y peculiar, caracterizándola mediante extractos de los discursos principales sobre los puntos capitales de la cuestión agraria. No hay posibilidad ni necesidad de citar a todos los oradores secundarios; señalaremos únicamente a quienes hayan aportado algo nuevo o hayan ofrecido una iluminación digna de atención sobre algún aspecto del asunto.

Los grupos fundamentales de diputados de la Duma, nítidamente perfilados en los debates agrarios, son los siguientes: 1) los derechistas y octubristas, –la diferencia entre ellos, como veremos, no se manifestó de manera sustancial en la Segunda Duma; 2) los kadetes; 3) los campesinos derechistas y octubristas, situados, como veremos, a la izquierda de los kadetes; 4) los campesinos sin partido; 5) los populistas o trudovikí-intelectuales, que se sitúan algo a la derecha de 6) los campesinos trudovikí; luego 7) los socialistas revolucionarios; 8) los «nacionales», representantes de las nacionalidades no rusas, y 9) los socialdemócratas. Señalaremos la posición del gobierno en conexión con aquel grupo dumal con el que, en esencia, coincide.

1. Los derechistas y octubristas

La posición de la derecha en la cuestión agraria la expresó mejor que nadie, sin duda, el conde Bobrinski en el discurso del 29 de marzo de 1907 (18ª sesión de la II Duma). Tras polemizar con el sacerdote izquierdista Tijvinski sobre la Sagrada Escritura y sus preceptos de obediencia a las autoridades, tras evocar «la página más pura, más luminosa de la historia rusa» (1289)[116] –la liberación de los campesinos (hablaremos de ello luego por separado)–, el conde aborda la cuestión agraria «con la visera levantada». «Hará apenas unos 100 o 150 años, en Europa Occidental, casi en todas partes los campesinos vivían tan pobremente, tan humillados e ignorantes como ahora entre nosotros. Existía la misma comuna que en nuestra Rusia, con repartos por almas, esa típica supervivencia del régimen feudal» (1293). Ahora, prosigue el orador, los campesinos en Europa Occidental viven en la abundancia. Cabe preguntar: ¿qué milagro ha transformado al «campesino indigente y humillado en un ciudadano acomodado, respetuoso consigo mismo y con los demás, útil»? «Sólo hay una respuesta: ese milagro lo ha obrado la propiedad personal del campesino, la propiedad tan odiada aquí a la izquierda, la propiedad que nosotros, los derechistas, defenderemos con toda la fuerza de nuestra razón, con todo el poder de nuestra convicción sincera, pues sabemos que en la propiedad residen la fuerza y el porvenir de Rusia» (1294). «Desde mediados del siglo pasado, la química agronómica ha hecho... descubrimientos asombrosos en el campo de la nutrición de las plantas, y los campesinos extranjeros –pequeños propietarios a la par (?) de los grandes– han sabido aprovechar estos descubrimientos de la ciencia y, aplicando el abono artificial, han logrado elevar aún más las cosechas; y ahora, mientras en nuestra magnífica tierra negra obtenemos de 30 a 35 puds de grano, y a veces ni siquiera recuperamos la semilla, en el extranjero se logra año tras año una cosecha media de 70 a 120 puds, según el país y las condiciones climáticas. He ahí la solución de la cuestión de la tierra. No es un sueño, no es una fantasía. Es un aleccionador ejemplo histórico. Y el campesino ruso no irá» (¡ay, conde, no responda usted de ello!) «por las huellas de Pugachov y Stenka Razin, al grito de “ ¡Sarín a la canoa!”, irá por el único camino verdadero que han seguido todos los pueblos civilizados, por el camino de sus vecinos de Europa Occidental y por el camino, en fin, de nuestros hermanos polacos, por el camino de los campesinos ruso-occidentales, que ya han comprendido cuán funesto es el sistema de posesión comunal y de parcelas alternas y ya han comenzado a introducir, en algunas localidades, la economía en granjas» (1296). El conde Bobrinski dice más adelante, y dice con razón, que «ese camino fue señalado en 1861, al ser liberados los campesinos de la servidumbre». Aconseja no escatimar «decenas de millones» a fin de «crear una clase acomodada de campesinos propietarios». Declara: «he ahí, señores, a grandes rasgos, nuestro programa agrario. No es un programa de promesas electorales y de agitación. No es un programa de demolición de las normas sociales y jurídicas existentes» (es un programa de exterminio violento de millones de campesinos), «no es un programa de peligrosas fantasías, sino un programa plenamente realizable» (aún está por verse) «y probado» (en eso tiene razón). «Ya es hora de abandonar el sueño de una supuesta originalidad económica del pueblo ruso... Pero ¿cómo explicarse que proyectos completamente irrealizables, como el proyecto del Grupo del Trabajo y el proyecto del partido de la libertad del pueblo, se hayan presentado ante una asamblea legislativa seria? Jamás parlamento alguno en el mundo ha oído hablar de expropiar a la hacienda pública toda la tierra o de quitar la tierra a Iván para dársela a Pedro... La aparición de esos proyectos es fruto del desconcierto» (¡buena explicación!)... «Así que, campesinado ruso, tienes ante ti la elección de dos caminos: un camino ancho y aparentemente fácil, el camino de la usurpación y la expropiación forzosa a que aquí se te ha convocado. Ese camino es al principio seductor, va cuesta abajo, pero termina en un despeñadero» (¿para los terratenientes?) «y en la ruina tanto para el campesinado como para todo el Estado. El otro camino, estrecho y espinoso, va cuesta arriba, mas ese camino te conduce a las alturas de la verdad, el derecho y el bienestar duradero» (1299).

Como ve el lector, ése es el programa del gobierno. Es precisamente lo que está aplicando Stolypin con su célebre legislación agraria al amparo del artículo 87. Ese mismo programa lo formuló Purishkévich en sus tesis agrarias (20ª sesión, 2 de abril de 1907, pág. 1532–1533). Ese mismo programa defendieron por partes también los octubristas, empezando por Svyatopolk-Mirski el primer día de los debates sobre la cuestión agraria (19 de marzo), y terminando por Kapustin («los campesinos necesitan la tierra en propiedad, no en usufructo, como se propone aquí» – 24ª sesión, 9 de abril de 1907, pág. 1805; discurso de Kapustin acogido con aplausos por la derecha «y por parte del centro»).

En el programa de los centurionegristas y octubristas no hay ni asomo de defensa de las formas precapitalistas de economía, por ejemplo, ninguna exaltación del carácter patriarcal de la agricultura, etc. La defensa de la comuna, que todavía muy recientemente había tenido ardientes partidarios entre la alta burocracia y los terratenientes, ha sido sustituida definitivamente por una encarnizada hostilidad hacia ella. Los centurionegristas se sitúan plenamente sobre el terreno del desarrollo capitalista, trazan sin ambages un programa económicamente progresivo, europeo; esto hay que subrayarlo especialmente, porque entre nosotros está muy difundida una concepción vulgar y simplista del carácter de la política reaccionaria de los terratenientes. Si los liberales presentan con frecuencia a los centurionegristas como bufones y mentecatos, cumple decir que semejante caracterización es mucho más aplicable a los kadetes. Nuestros reaccionarios, en cambio, se distinguen por una claridad extrema de conciencia de clase. Saben perfectamente qué quieren, adónde van, sobre qué fuerzas cuentan. No hay en ellos ni sombra de medias tintas ni de indecisión (por lo menos en la Segunda Duma; en la Primera hubo «desconcierto» entre los señores Bobrinski y los suyos). Se percibe claramente su vinculación con una clase perfectamente definida, acostumbrada a mandar, que ha valorado con acierto las condiciones para conservar su dominio dentro del medio capitalista y que defiende sus intereses sin el menor escrúpulo, aunque ello cueste la extinción acelerada, el aplastamiento, el desarraigo de millones de campesinos. El carácter reaccionario del programa centurionegrista no consiste en afianzar tal o cual relación u orden precapitalista (en ese aspecto, todos los partidos en la época de la Segunda Duma se asientan ya, en esencia, sobre la base del reconocimiento del capitalismo como un dato), sino en desarrollar el capitalismo según el tipo junker para robustecer el poder y las rentas del terrateniente, para poner un cimiento nuevo, más sólido, bajo el edificio de la autocracia. En esos señores no hay contradicción entre la palabra y los hechos: nuestros reaccionarios son también «hombres de acción», como decía Lassalle a propósito de los reaccionarios alemanes, a diferencia de los liberales.

¿Cuál es la actitud de esta gente ante la idea de la nacionalización de la tierra? Por ejemplo, ante esa nacionalización parcial con rescate que los kadetes exigían en la Primera Duma, dejando –al igual que los mencheviques– la propiedad sobre las pequeñas parcelas y creando una reserva estatal de tierras con las demás. ¿Acaso no han captado en la idea de la nacionalización la posibilidad de fortalecer la burocracia, de consolidar el poder burgués central frente al proletariado, de restaurar un «feudalismo de Estado» y un «régimen a la china»?

Al contrario, cualquier alusión a la nacionalización de la tierra les enfurece y la combaten como si hubieran tomado sus argumentos de Plejánov. Ahí tienen al terrateniente derechista, al noble Vetchinin. «Yo creo –decía en la 39ª sesión, el 16 de mayo de 1907– que la cuestión de la expropiación forzosa debe ser resuelta en sentido negativo desde el punto de vista jurídico. Los partidarios de esta opinión olvidan que la violación del derecho de los propietarios privados es propia de aquellos Estados que se hallan en una baja etapa de desarrollo social y estatal. Bástenos recordar el período moscovita, cuando con frecuencia se expropiaban tierras a los particulares en nombre del zar y se entregaban después a los allegados al zar y a los monasterios. ¿A qué condujo semejante actitud del gobierno? Las consecuencias fueron terribles» (619).

¡He ahí a qué argucia fue a parar la «restauración de la Rusia moscovita» de Plejánov! Y no es únicamente Vetchinin quien toca esta cuerda. En la Primera Duma, el terrateniente N. Lvov, que durante las elecciones fue kadete, luego se desplazó a la derecha y, tras la disolución de la I Duma, conversó con Stolypin sobre la cartera ministerial, este sujeto planteaba el asunto exactamente igual. «En el proyecto de los 42 –decía refiriéndose al proyecto kadete de la Primera Duma– llama la atención la impronta del mismo viejo despotismo burocrático, que aspira a igualarlo todo» (12ª sesión, 19 de mayo de 1906, pág. 479–480). Él «abogaba» –en un todo conforme al espíritu de Máslov– por las nacionalidades no rusas: «¿cómo someter a ella (la igualación) a toda Rusia, a la Pequeña Rusia, a Lituania, a Polonia, a la región del Báltico?» (479). Él amenazaba: «ustedes tendrán que crear en San Petersburgo una enorme oficina de tierras... mantener en cada rincón todo un plantel de funcionarios» (480).

Esas voces sobre el burocratismo y el sojuzgamiento en relación con la idea de la nacionalización –voces de nuestros municipalistas, copiadas con total impertinencia del modelo alemán– constituyen positivamente el motivo básico de todos los discursos de la derecha. Ahí está el octubrista Shidlovski – contrario a la expropiación forzosa, acusa a los kadetes de predicar el «avasallamiento» (12ª sesión de la II Duma, 19 de marzo de 1907, pág. 752). Ahí está Shulguín clamando que la propiedad es inviolable, que la expropiación forzosa es «la tumba de la cultura y la civilización» (16ª sesión, 26 de marzo de 1907, pág. 1133). Shulguín se refiere –sólo que no dice si según el «Diario» de Plejánov{109}– a la China del siglo XII, al triste resultado del experimento chino con la nacionalización (pág. 1137). Ahí está Skirmunt en la I Duma: ¡el propietario será el Estado! «De nuevo un El Dorado para la burocracia» (10ª sesión, 16 de mayo de 1906, pág. 410). Ahí está el octubrista Tantsov, exclamando en la II Duma: «Con mucha mayor razón esos reproches (los reproches de servidumbre) pueden trasladarse al lado izquierdo y al centro. Pues, en realidad, ¿qué preparan esos proyectos para los campesinos sino la esclavización de su tierra; qué sino la misma servidumbre, sólo que bajo una forma distinta, en la que los terratenientes serán sustituidos por usureros y funcionarios?» (39ª sesión, 16 de mayo de 1907, pág. 653).

Desde luego, la hipocresía de estos clamores sobre el burocratismo salta a la vista, pues precisamente los campesinos, que exigen la nacionalización, han planteado la notable idea de los comités locales de tierras, elegidos por sufragio universal, directo, igual y secreto. Mas los terratenientes centurionegristas se ven forzados a aferrarse a todos y cada uno de los argumentos contra la nacionalización. El instinto de clase les dicta que la nacionalización en la Rusia del siglo XX está indisolublemente vinculada a una república campesina. En otros países donde, por las condiciones objetivas, no puede haber una revolución agraria campesina, la cosa es, naturalmente, distinta, –por ejemplo, en Alemania, donde los Kanitz pueden simpatizar con los planes nacionalizadores, donde los socialistas ni quieren oír hablar de nacionalización y donde el movimiento burgués por la nacionalización se reduce a un sectarismo intelectualoide. Para combatir la revolución campesina, los derechistas tenían que aparecer ante los campesinos en el papel de defensores de la propiedad campesina contra la nacionalización. Ya hemos visto un ejemplo en Bobrinski. He aquí otro en Vetchinin: «Esta cuestión (la de la nacionalización de la tierra) debe, por supuesto, ser resuelta en sentido negativo, ya que no encuentra simpatía ni siquiera en el ámbito campesino: ellos desean poseer la tierra en calidad de propiedad, no en calidad de arriendo» (39ª sesión, pág. 621). Sólo los terratenientes y los ministros podían hablar así en nombre de los campesinos. Considero superfluo, dada la notoriedad de ese hecho, aducir citas de los discursos de los señores Gurko, Stolypin y héroes semejantes que se desviven por la propiedad.

La única excepción entre los derechistas es el cosaco del Térek, Karaúlov, de quien ya hemos hablado más arriba[117]. Coincidiendo en parte también con el kadete Shingariov, Karaúlov decía que las tropas cosacas constituyen «una enorme comuna agraria» (1363), que «más bien está sujeta a supresión la propiedad privada de la tierra» que la comuna, y defendía «una amplia municipalización de la tierra, su conversión en propiedad de cada región en particular» (1367). Al mismo tiempo se quejaba de las arbitrariedades de la burocracia, de que «nosotros no somos dueños de nuestros propios bienes» (1368). Del significado de estas simpatías cosacas por la municipalización ya hemos hablado más arriba.

2. Los kadetes

Como todos los partidos, los kadetes expresaron del modo más completo y cabal su verdadera naturaleza en la II Duma. Ellos «se encontraron a sí mismos» ocupando el lugar del centro y criticando «desde el punto de vista del Estado» tanto a la derecha como a la izquierda. Los kadetes pusieron de manifiesto su esencia contrarrevolucionaria con un viraje manifiesto hacia la derecha. ¿Y con qué sellaron ese viraje en la cuestión agraria? Con haber arrojado definitivamente por la borda todos los residuos de la idea de la nacionalización de la tierra, con haber renunciado por completo al plan de la «reserva estatal de tierras» y haberse puesto del lado de la transmisión de las tierras en propiedad a los campesinos. ¡Sí, las condiciones se conformaron en la revolución rusa precisamente de modo tal que virar a la derecha significa virar hacia la propiedad privada de la tierra!

El orador oficial del partido kadete en la cuestión agraria, el ex ministro Kutler, pasó de inmediato a criticar a la izquierda (12ª sesión, 19 de marzo de 1907). «Toda vez que nadie propone la supresión de la propiedad en general –exclamaba este digno colega de Witte y Durnovó–, es necesario reconocer en toda su fuerza la existencia de la propiedad sobre las tierras» (737). Este argumento coincide por entero con los razonamientos de los centurionegristas. El centurionegrista Krupenski, al igual que el kadete Kutler, gritaba: «Si repartir, ¡pues repartirlo todo!» (784).

Como genuino funcionario, Kutler se detenía con particular minuciosidad en la cuestión de las distintas normas de «adjudicación» de tierra a los campesinos. Sin apoyarse en ninguna clase compacta, el intelectual liberal y el funcionario con ínfulas liberales elude la cuestión de cuánta tierra tienen concretamente los terratenientes, cuánta se puede tomar. Prefiere hablar de «normas» a fin de oscurecer el asunto so capa de elevarlo a la altura del Estado, a fin de ocultar que los kadetes dejan intacta la economía terrateniente. «Incluso el gobierno –decía el señor Kutler– ha emprendido el camino de la ampliación del uso de la tierra por los campesinos» (734); por tanto, ¡no hay nada irrealizable en un proyecto igualmente burocrático de los kadetes! Insistiendo en su carácter práctico y realizable, el kadete, naturalmente, echa un velo sobre el hecho de que su criterio es la posibilidad de convencer a los terratenientes; es decir, en otros términos, ajustar su proyecto a los intereses de éstos, servir de modo servil a los centurionegristas bajo la apariencia de una conciliación superior de clases. «Paréceme, señores –decía Kutler–, que cabe imaginar aquellas condiciones políticas en las que el proyecto de ley sobre la nacionalización de la tierra podría adquirir fuerza de ley, pero no puedo imaginarme en un futuro próximo las condiciones políticas en las que esa ley pudiera ser efectivamente llevada a cabo» (733). Hablando en cristiano: cabe imaginarse el derrocamiento del poder de los terratenientes centurionegristas, pero yo no me lo imagino y por ello me pliego al poder existente.

Al defender la preferencia de la propiedad campesina sobre la tierra frente al plan de los trudovikí en general y al «usufructo igualitario» en particular, el señor Kutler argumentaba así: «Si para eso (para la igualación de la tierra) se nombran funcionarios especiales, ¡se instaurará un despotismo tan inverosímil, una injerencia tal en la vida del pueblo que ni hasta hoy hemos conocido! Por supuesto, se supone que se encomendará ese asunto a los órganos locales de autogobierno, a personas elegidas por la propia población; pero ¿acaso puede considerarse que la población está plenamente garantizada contra la arbitrariedad de esas personas, que esas personas obrarán siempre de acuerdo con sus intereses, que la población no sufrirá de ellas ninguna vejación? Creo que los campesinos aquí presentes saben que sus propias personas elegidas, los stárostas de volost y los starosty de aldea, son con harta frecuencia opresores de la población lo mismo que los funcionarios» (740). ¿Cabe imaginar una hipocresía más repugnante? ¡Los mismos kadetes proponen comisiones de tierras con predominio de terratenientes (mitad de terratenientes y mitad de campesinos, bajo la presidencia de un funcionario o terrateniente), y a los campesinos les ofrecen el peligro del despotismo y la arbitrariedad de sus elegidos! Así sólo pueden objetar contra la igualación de la tierra unos charlatanes políticos sin vergüenza, pues no tienen ni principios del socialismo (como los socialdemócratas, que demuestran la imposibilidad de la igualación, pero apoyan plenamente los comités locales elegidos), ni principios de la propiedad privada, única salvadora, de los terratenientes (como los Bobrinski).

A diferencia tanto de la derecha como de la izquierda, el plan de los kadetes no se caracteriza por lo que dicen, sino por lo que callan: por la composición de las comisiones de tierras que deberán obligar a los campesinos a aceptar la «segunda liberación», es decir, a pagar tres veces su valor por los «arenales». Para encubrir esa esencia del problema, los kadetes en la Segunda Duma (al igual que en la Primera) recurren a procedimientos de verdadero fraude. Ahí tienen al señor Shingariov. Se las da de progresista, repite las frases corrientes liberales contra la derecha, deplora, como es costumbre, las violencias y la anarquía por las que Francia «pagó con un siglo de terribles conmociones» (1355). Pero fíjense cómo se escabulle respecto a la cuestión de las comisiones de ordenación agraria:

«Nos ha objetado –dice– el diputado Yevréinov[118] acerca de las comisiones de ordenación agraria. No sé (sic!!), ¿en qué habrá fundado él sus objeciones? Hasta ahora nosotros no hemos hablado en absoluto de eso (¡mentira!); no sé de qué proyecto habla, por qué habla de desconfianza hacia el pueblo. Un proyecto semejante no ha sido presentado aún en la Duma de Estado, y él basa sus objeciones, al parecer, en un malentendido. Yo me sumo enteramente a los diputados de la izquierda, Uspenski y Volk-Karachevski, que hablaron de las disposiciones temporales y de la necesidad de crear órganos locales para la ordenación de la tierra sobre el terreno. Creo que tales órganos serán creados, y, probablemente, en estos días el partido de la libertad del pueblo presentará el correspondiente proyecto de ley, y entonces lo discutiremos» (1356).

Pues bien, ¿no es esto un fraude? ¿Podía de veras este sujeto no saber nada de los debates en la I Duma acerca de los comités locales, ni del artículo que entonces publicó «Rech»? ¿Podía no comprender la declaración perfectamente clara de Yevréinov?

Pero él prometió presentar «en estos días» un proyecto de ley, dirán ustedes. En primer lugar, la promesa de devolver lo obtenido mediante fraude no suprime el hecho del fraude. Y en segundo lugar, he aquí lo que sucedió «en estos días». El señor Shingariov hablaba el 29 de marzo de 1907. El 9 de abril de 1907 habló el kadete Tatarinov y dijo: «Luego, señores, abordaré ahora otra cuestión que, me parece» (¡tan sólo «le parece»!) «suscita grandes disputas, precisamente la cuestión que plantean todos los partidos situados a nuestra izquierda: la cuestión de los comités locales de tierras. Todos esos partidos plantean la necesidad de formar comités locales de tierras sobre la base del sufragio universal, igual, directo y secreto, con el fin de resolver sobre el terreno la cuestión agraria. Nosotros, en ese aspecto, ya el año pasado nos pronunciamos de manera absolutamente categórica contra dichos comités, y nos pronunciamos categóricamente también ahora» (1783).

Así, pues, sobre la cuestión más importante, la de las condiciones reales de la «expropiación forzosa» kadete, dos kadetes dicen cosas distintas, se lanzan de uno a otro lado bajo los golpes de los partidos de izquierda, que ponen de manifiesto lo que los kadetes deseaban mantener oculto. El señor Shingariov dice primero: «no sé»; luego: «estoy de acuerdo con la izquierda»; después: «en estos días, proyecto de ley». El señor Tatarinov dice: «nosotros, antes y ahora, nos oponemos categóricamente». Y añade aún consideraciones acerca de que no se puede fragmentar la Duma en mil dumas, de que no se puede posponer la cuestión agraria hasta que se realicen las reformas políticas, hasta la implantación del sufragio universal, etc. Pero eso, a su vez, no son más que evasivas. La cuestión no versa en absoluto sobre el momento de aplicar tal o cual medida: sobre ese particular, entre la izquierda en la II Duma no podía haber ninguna duda. La cuestión es: ¿cuáles son los verdaderos planes de los kadetes? En su «expropiación forzosa», ¿quién fuerza a quién: los terratenientes a los campesinos o los campesinos a los terratenientes? La respuesta a eso sólo la da la composición de los comités de tierras. Esa composición está definida por los kadetes lo mismo en el editorial de Miliukov en «Rech», que en el proyecto de Kutler y en el artículo de Chuprov (citado más arriba)[119]; pero en la Duma los kadetes guardaron silencio sobre esa composición, sin dar respuesta a la pregunta directa de Yevréinov.

Nunca se insistirá bastante en que semejante modo de actuar de los representantes del partido en el parlamento constituye precisamente un engaño al pueblo por los liberales. Respecto a los Bobrinski y los Stolypin, difícilmente alguien se llama a engaño. Respecto a los kadetes, son muchísimos los que no quieren analizar o no son capaces de entender el significado real de las consignas y frases políticas.

Así, pues, los kadetes están contra cualquier forma de usufructo público de la tierra[120], contra la expropiación sin indemnización, contra los comités locales de tierras con predominio de los campesinos, contra la revolución en general y en particular contra la revolución agraria campesina. Su posición de maniobra entre la izquierda y la derecha (para entregar a los campesinos a los terratenientes) la ilumina su actitud ante la «reforma» campesina de 1861. La izquierda, como veremos más abajo, habla de ella siempre con repugnancia e indignación, como de una soga echada al cuello de los campesinos por los terratenientes. Los kadetes son solidarios con la derecha y se conmueven ante semejante reforma.

El conde Bobrinski decía: «Aquí se ha arrojado fango sobre la página más pura, más luminosa de la historia rusa... La obra de la liberación de los campesinos está por encima de todo reproche... el grande y luminoso día del 19 de febrero de 1861» (29 de marzo, pág. 1289, 1299).

Kutler decía: «la gran reforma de 1861... el gobierno, en la persona del presidente del Consejo de Ministros, reniega de la historia rusa, de las mejores y más luminosas páginas de ella» (26 de mayo, pág. 1198–1199).

Esa valoración de la expropiación forzosa realmente llevada a cabo arroja más luz sobre el programa agrario kadete que todos sus proyectos y discursos escritos para ocultar sus pensamientos. Si esas personas consideran como la página más luminosa el que los terratenientes despojaran de la tierra a los campesinos, el triple rescate por los «arenales» y la imposición de las cartas estatutarias mediante expediciones militares de castigo, resulta claro que lo que buscan es una «segunda liberación», una segunda esclavización de los campesinos por medio del rescate. Bobrinski y Kutler son solidarios en la valoración de la reforma de 1861. Pero la valoración de Bobrinski expresa directa y fielmente los intereses bien entendidos de los terratenientes; de ahí que desbroce la conciencia de clase de las grandes masas. Los Bobrinski alaban, –señal de que los terratenientes se lucraron. La valoración de Kutler, expresión de la estrechez de miras de un oficinista que toda su vida ha doblado el espinazo ante los terratenientes, está llena de hipocresía y enturbia la conciencia de las masas.

En relación con esto hay que señalar aún otro lado de la política kadete en la cuestión agraria. Toda la izquierda se pone abiertamente del lado de los campesinos como fuerza en lucha, explica la necesidad de la lucha, señala el carácter terrateniente del gobierno. Los kadetes, junto con la derecha, se sitúan en «el punto de vista del Estado» y rechazan la lucha de clases.

Kutler declara que no hay que «reestructurar de raíz las relaciones agrarias» (732). Savéliev previene contra el hecho de «afectar a una masa de intereses», diciendo: «el principio del rechazo total de la propiedad difícilmente sería conveniente, y podría tropezarse con complicaciones muy grandes y serias en su aplicación, en especial si tomamos en cuenta que los grandes propietarios, que tienen más de 50 desiatinas, poseen muchísima tierra, en concreto 79.440.000 desiatinas» (26 de marzo de 1907, pág. 1088; el campesino se refiere a los latifundios para demostrar la necesidad de suprimirlos; el liberal, para demostrar la necesidad de la genuflexión). Shingariov consideraría «la mayor desgracia» que el pueblo mismo tomara la tierra (1355). Ródichev canta como un ruiseñor: «No atizamos nosotros la hostilidad de clases; quisiéramos olvidar el pasado» (632, 16 de mayo de 1907). Kapustin, lo mismo: «Nuestra tarea es sembrar por doquier la paz y la justicia, y no sembrar y avivar la hostilidad de clases» (1810, 9 de abril). Krupenski se indigna ante el discurso del socialista revolucionario Zimin porque está «lleno de odio hacia las clases poseedoras» (783, 19 de marzo). En una palabra, en la condena de la lucha de clases, los kadetes y la derecha son uno. Pero la derecha sabe lo que hace. Para la clase contra la cual se dirige la lucha, no puede menos de ser perjudicial y peligrosa la prédica de la lucha de clases. La derecha vela fielmente por los intereses de los terratenientes feudales. ¿Y los kadetes? ¡Ellos libran una lucha, –dicen que libran una lucha!– quieren «forzar» a los terratenientes en cuyas manos está el poder, ¡y condenan la lucha de clases! ¿Acaso obró así una burguesía que realmente luchaba, y no que lacayaba ante los terratenientes, al menos en Francia? ¿No llamaba al pueblo a la lucha, no atizaba la hostilidad de clases, no creaba la teoría de la lucha de clases?

3. Los campesinos derechistas

En la Segunda Duma, a título de excepción, se topa uno con auténticos campesinos derechistas –apenas si uno solo, Remenchik (de la provincia de Minsk), que no quiere saber nada de comuna alguna ni de «fondos» y que se erige en paladín de la propiedad (en la I Duma hubo muchos campesinos polacos y ruso-occidentales partidarios de la propiedad). Pero incluso este Remenchik se pronuncia a favor de la expropiación «según una valoración justa» (648), es decir, resulta ser en esencia un kadete. Otros «campesinos derechistas» de la Segunda Duma los destacamos en un grupo especial porque están situados indudablemente a la izquierda de los kadetes. Tomen a Petrochenko (provincia de Vítebsk). Empieza diciendo que «defenderá hasta la muerte al zar y la patria» (1614). La derecha aplaude. Pero pasa luego a la cuestión de la «escasez de tierra». «Por más debates que se hagan –dice–, otro planeta no van a crear. De modo que esta tierra tendrán que dárnosla. Aquí, alguno de los oradores señaló que nuestros campesinos son ignorantes y oscuros, y que es inútil y superfluo darles mucha tierra porque de todos modos no reportará provecho. Cierto que antes la tierra nos reportaba poco provecho, precisamente a quienes no la tenían. Y en cuanto a que somos ignorantes, pues no pedimos otra cosa que la tierra, para a causa de nuestra torpeza hurgar precisamente en ella. Por mi parte creo que, desde luego, a un noble no le es decoroso enredarse con la tierra. Aquí se ha dicho que las tierras de propiedad privada no se pueden tocar según la ley. Claro que estoy de acuerdo en que hay que atenerse a la ley, pero para eliminar la escasez de tierra hace falta redactar una ley tal que permita hacer todo esto a tenor de la ley. Y para que nadie resulte agraviado, el diputado Kutler ha propuesto para ello buenas condiciones. Claro, él, como hombre rico, habló caro, y nosotros, campesinos pobres, no podemos pagar tanto; en cuanto a cómo debemos vivir, si en comunidades, en tenencias parcelarias o en granjas, yo considero, por mi parte, que es necesario dárselo a cada cual como le convenga vivir» (1616).

Entre este campesino derechista y el liberal ruso hay todo un abismo. El primero es, de palabra, fiel al viejo poder; de hecho, busca la tierra, lucha contra los terratenientes y no aceptará pagar un rescate de la magnitud del que proponen los kadetes. El segundo, de palabra, lucha por la libertad del pueblo; de hecho, prepara una segunda esclavización de los campesinos para con los terratenientes y el viejo poder. El segundo sólo puede moverse hacia la derecha, de la I Duma a la II, de la II a la III. El primero, al desengañarse de que la tierra «se la van a dar», irá en otra dirección. A lo mejor, acabaremos haciendo más camino junto al campesino «derechista» que junto al kadete «liberal», «democrático»...

Ahí está el campesino Shimanski (provincia de Minsk). «He venido aquí para defender la fe, el zar y la patria, y para exigir tierra... claro que no por el saqueo, sino por vía pacífica, mediante una valoración justa... Por eso, de parte de todos los campesinos, propongo a los miembros de la Duma, terratenientes, que suban a esta tribuna y digan que desean ceder la tierra a los campesinos mediante una valoración justa, y entonces nuestros campesinos, por supuesto, se lo agradecerán, y yo creo que también el zar, padrecito, se lo agradecerá. En cuanto a los terratenientes que no estén de acuerdo, propongo a la Duma de Estado que grave sus tierras con impuestos progresivos; sin duda, con el tiempo también nos las cederán, porque se darán cuenta de que un bocado grande raspa la garganta» (1617).

Este campesino derechista entiende por expropiación forzosa y por valoración justa algo muy distinto de lo que tienen en mente los kadetes. Los kadetes engañan no sólo a los campesinos de izquierda, sino también a los de derecha. Cómo reaccionarían los campesinos derechistas ante los planes kadetes de comisiones de tierras (a la manera de Kutler o a la manera de Chuprov: véase el tomo II de «La cuestión agraria») si llegaran a conocerlos, se ve por la siguiente propuesta del campesino Mélnik (octubrista; provincia de Minsk). «Considero un deber –dijo– que en la comisión (agraria) figuren, en una cantidad del 60%, campesinos que conozcan prácticamente la miseria (!) y estén familiarizados con la situación del estamento campesino, y no esos campesinos que quizá sólo lleven el nombre de campesinos. Es ésta una cuestión del bienestar de los campesinos y, en general, de la gente pobre, y no tiene en ella ningún significado político. Hay que elegir a las personas que puedan resolver esta cuestión en bien del pueblo de manera práctica, y no política» (1285). ¡Bien lejos hacia la izquierda irán esos campesinos derechistas cuando la contrarrevolución les muestre el significado político de las «cuestiones del bienestar de la gente pobre»!

Para mostrar cuán infinitamente alejados están entre sí los representantes del campesinado monárquico y los representantes de la burguesía monárquica, citaré fragmentos del discurso del sacerdote «progresista» Tijvinski, que habló en parte en nombre de la Unión Campesina y del Grupo del Trabajo. «Nuestro campesinado, en su masa, ama al zar –decía–. Cuánto me gustaría ser un gorro de invisibilidad y una alfombra voladora, volar hasta el pie del trono y decir, testimoniar: Soberano, tu primer enemigo, el primer enemigo del pueblo es el ministerio irresponsable... El campesinado trabajador sólo exige que se aplique con rigor el principio: «Toda la tierra para todo el pueblo...» (sobre la cuestión del rescate:)... «No teman, señores de la derecha, confíen en nuestro pueblo, no los dejará sin recursos. (Voces desde la derecha: «¡gracias! ¡gracias!».) Ahora me dirijo a las palabras del ponente del partido de la libertad del pueblo. Dice que el programa del partido de la libertad del pueblo no está lejos del programa del campesinado y del Grupo del Trabajo. No, señores, ese programa está lejos. Hemos oído del ponente: «supongamos que nuestro proyecto sea menos justo, pero es más práctico». ¡Señores, sacrifican la justicia en aras de consideraciones prácticas!» (789).

Por su concepción política del mundo, este diputado está al nivel del kadete. Pero ¡qué diferencia entre su ingenuidad aldeana y los «hombres prácticos» de la abogacía, la burocracia, el periodismo liberal!

4. Los campesinos sin partido

Los campesinos sin partido presentan un interés especial como exponentes de las opiniones de la masa aldeana menos consciente y menos organizada. Por ello aduciremos fragmentos de los discursos de todos los campesinos sin partido[121], tanto más cuanto que no son muchos: Sajnó, Semiónov, Moroz, Afanásiev.

«Señores representantes del pueblo –dijo Sajnó (provincia de Kiev)–, a los diputados campesinos les es difícil subir a esta tribuna y replicar a los señores terratenientes ricos. En la actualidad, los campesinos viven muy pobremente porque no tienen tierra... El campesino sufre a causa de los terratenientes, padece, pues el terrateniente lo oprime terriblemente... ¿Por qué al terrateniente le está permitido poseer mucha tierra, mientras que a los campesinos en suerte sólo les queda el reino de los cielos? ... Y así, señores representantes del pueblo; cuando a mí me enviaron acá los campesinos, me encargaron que defendiera sus necesidades, que se les diera tierra y libertad, que todas las tierras del fisco, del gabinete imperial, de infantazgo, de propiedad privada y de los monasterios fueran expropiadas forzosamente y sin indemnización... Sepan, señores representantes del pueblo, que un hombre hambriento no puede permanecer tranquilo si ve que, a pesar de su desgracia, el poder está del lado de los señores terratenientes. No puede dejar de desear la tierra, aunque ello sea contrario a la ley; su miseria lo obliga. Un hombre hambriento está dispuesto a todo, pues su miseria lo obliga a no tener en cuenta nada, ya que está hambriento y pobre» (1482–1486).

Igual de sencillo y de fuerte por su sencillez es el discurso del campesino sin partido Semiónov (provincia de Podolia, diputado por los campesinos):

«...La amarga desgracia reside precisamente en esos intereses de los campesinos que sufren siglos enteros sin tierra. Doscientos años esperan que les caiga del cielo algún bien, pero no cae. El bien está en manos de los señores grandes terratenientes, que, junto con nuestros abuelos y padres, obtuvieron esta tierra, cuando la tierra es de Dios, no de los terratenientes... Yo entiendo perfectamente que la tierra pertenece a todo el pueblo trabajador, que en ella labora... El diputado Purishkévich dice: «Revolución, ¡guardia!». ¿Qué es eso? Si a ellos se les quita la tierra mediante expropiación forzosa, serán ellos los de la revolución, no nosotros; nosotros todos seremos luchadores, gente querida... Y ¿qué hay de las 150 desiatinas que tiene el pope? ¿y en los monasterios? ¿y en las iglesias? ¿para qué la quieren? No, señores, basta ya de reunir riquezas y guardarlas en los bolsillos; hay que vivir conforme a la esencia. El país se las compondrá, señores; yo lo entiendo todo perfectamente; somos ciudadanos honrados, no nos ocupamos de política, como decía uno de los oradores que me precedieron... Ellos (los terratenientes) lo único que hacen es pasearse y cebar su panza con nuestra sangre, con nuestros jugos. Nos acordaremos, no los ofenderemos tanto; también a ellos les daremos tierra. Si se echan cuentas, a nosotros nos tocará por cada hogar 16 desiatinas, y a los señores grandes terratenientes aún les quedarán 50 desiatinas... Miles, millones de personas sufren, mientras los señores banquetean... Y en cuanto al servicio militar, lo sabemos: enferma uno, y dicen: «tiene tierra en su lugar de origen». Pero ¿dónde está su lugar de origen? No tiene lugar de origen. Su lugar de origen es sólo que figura en las listas donde nació y está apuntado de qué religión es, pero tierra no tiene. Ahora digo yo: el pueblo me ha pedido que las tierras de la Iglesia, de los monasterios, del fisco, de infantazgo y las expropiadas forzosamente a los terratenientes pasen a manos del pueblo trabajador que en ella va a laborar; y que se entreguen a los sitios: allí ya se las compondrán. Yo les digo: el pueblo me ha enviado para reclamar tierra y libertad y plena libertad civil; y viviremos y no mostraremos que aquéllos son señores y aquéllos campesinos, sino que todos seremos personas y cada cual será en su lugar un señor» (1930–1934).

Cuando se lee un discurso así de un campesino «que no se ocupa de política», se palpa con claridad que para llevar a cabo no ya sólo el programa agrario de Stolypin, sino incluso el kadete, hacen falta decenios de violencia sistemática sobre la masa campesina, de exterminio sistemático, de aniquilamiento por medio de torturas, cárcel y destierro de todos los campesinos que piensen e intenten actuar libremente. Stolypin lo comprende y obra en consonancia con ello. Los kadetes, en parte no lo comprenden, por la obtusidad característica de los funcionarios y profesores liberales, y en parte lo ocultan hipócritamente, «lo callan con vergüenza», como callaron lo referente a las expediciones militares de castigo de 1861 y los años siguientes. Y si esta violencia sistemática e incontenible fracasase ante cualquier obstáculo interno o externo, el campesino honrado sin partido, «que no se ocupa de política», hará de Rusia una república campesina.

El campesino Moroz, en un discurso muy breve, declaró llanamente: «Hay que arrebatar la tierra a los popes y a los terratenientes» (1955), y acto seguido se remitió al Evangelio (no sería ésta la primera vez en la historia que los revolucionarios burgueses extraen sus consignas del Evangelio)... «Como no le lleves al pope un pan y media botella de vodka, no te bautizará al niño... Ellos aún hablan del santo Evangelio y leen: «Pedid y se os dará; llamad y se os abrirá». Pedimos, pedimos, y no nos dan; y llamamos y no nos dan; ¿es que va a ser necesario echar la puerta abajo y quitárselo? Señores, no permitan que echemos la puerta abajo; entréguenlo voluntariamente, y entonces habrá voluntad, libertad, y a ustedes les irá bien y a nosotros también» (1955).

He aquí al campesino sin partido Afanásiev, que valora la «municipalización» cosaca no desde el punto de vista del cosaco, sino desde el punto de vista de quien es «casi un advenedizo». «Yo debo, señores, ante todo, decir que soy representante del campesinado de la región del Don, que cuenta allí con más de 1.000.000 de almas y del cual sólo yo he llegado acá; eso ya da a entender que allí somos casi unos advenedizos... Me maravilla hasta el infinito: ¿es posible que Petersburgo alimente a la aldea? No, al revés. En mis tiempos serví en Petersburgo más de veinte años cumplidos, y ya entonces observaba que no es Petersburgo quien alimenta a la aldea, sino la aldea a Petersburgo. Y ahora mismo lo observo. Todas esas bellísimas arquitecturas, todos esos realces, construcciones, todos esos hermosos, preciosos edificios, todo eso lo levantan los mismos campesinos que los levantaban hace 25 años... Purishkévich puso el ejemplo de que el cosaco tiene más de 20 desiatinas de tierra y también pasa hambre... ¿Por qué no dijo dónde está esa tierra? Tierra hay, también en Rusia hay tierra, pero ¿quién la posee? Si él sabía que allí hay tanta tierra y no lo dijo, entonces es una persona injusta; y si no lo sabía, para qué empezó a hablar de ello. Y si de veras, acaso, no lo sabía, les ruego, señores, que le permitan decir a él dónde está esa tierra, cuánta es y quién la posee. Si se la cuenta, resultará que en la región del Don, bajo la cría caballar privada figuran 753.546 desiatinas. Ahora mencionaré también la cría caballar kalmika, los llamados pastos nómadas. Allí hay en total 165.708 desiatinas. Luego, en arriendo temporal, gente rica posee 1.055.919 desiatinas. Todas esas tierras están en manos de personas, no de esas que enumeraba Purishkévich, sino de kulaks, de ricachones que nos oprimen; nos quitan la mitad del ganado, un rublo por desiatina y un rublo por el animal con que aramos; y entretanto nosotros tenemos que alimentar a nuestros hijos, y a las cosacas y los cosacos. Por eso entre nosotros reina el hambre». Y el orador relata que los arrendatarios obtienen hasta 2.700 desiatinas por suministrar 8 caballos «a la caballería»; los campesinos podrían suministrar más. «Les contaré que yo quise persuadir a nuestro gobierno de que cometía un craso error al no hacerlo. Escribí a la redacción de «Selski Véstnik» para que lo publicaran. Me respondieron que no es asunto nuestro enseñar al gobierno.» Así, en la tierra «municipalizada», entregada en propiedad a la región, «el gobierno central no democrático» crea de facto nuevos terratenientes: la municipalización, como ha descubierto Plejánov, es una garantía contra la restauración...

«El gobierno nos ha abierto de par en par las puertas, a través del Banco Campesino, para adquirir tierras, –ése es el mismo yugo que nos echaron en 1861. Quiere trasladarnos a los confines de Siberia... ¿no sería mejor hacer esto: llevarse allá a ese hombre que posee miles de desiatinas y de quien la tierra queda baldía, y con eso cuántos se saciarían? (aplausos de la izquierda; voces de la derecha: «viejo, viejo»)... En la guerra del Japón yo conducía a mis soldados movilizados a través de las tierras (de los terratenientes) que aquí he mencionado. Tuvimos que viajar más de dos días hasta el punto de concentración. Los soldados me preguntan: «¿Adónde nos llevas?». Yo digo: «Contra el Japón». – «¿Para qué?». – «Para defender la patria». Yo mismo, como militar, sentía que era necesario defender la patria. Los soldados me dicen: «¿Cuál patria es ésta: las tierras de los Lisetski, los Bezúlov, los Podkopáilov? ¿Dónde está aquí lo nuestro? No tenemos nada de nuestro». Me dijeron aquello que por tercer año ya no puedo borrar de mi corazón... Por consiguiente, señores... debo decir en suma que, en todos los derechos que en nuestra Rusia existen, empezando por los príncipes y siguiendo por los nobles, cosacos, burgueses, y sin mencionar la palabra «campesino», todos deben ser ciudadanos rusos y gozar de la tierra, todos aquellos que en ella laboran, que a ella aplican su trabajo, que la miman y la aman. Labora, suda, y aprovéchala. Mas si no quieres vivir en ella, si no quieres laborarla, si no quieres aplicarle tu trabajo, entonces no tienes derecho a aprovecharla» (1974) (26ª sesión, 12. IV. 1907).

«¡Sin mencionar la palabra campesino!». Esta expresión notable brotó «de lo hondo del corazón» en un campesino que quiere romper el carácter estamental de la tenencia de la tierra («todos los derechos que en nuestra Rusia existen»), que quiere suprimir el nombre mismo del estamento inferior, el campesino. «Que todos sean ciudadanos». El derecho igualitario a la tierra por parte de los trabajadores no es otra cosa que la aplicación, consecuente hasta el fin, del punto de vista del amo respecto a la tierra. Ningún otro fundamento de la tenencia de la tierra (como la tenencia «por servicio» de los cosacos, etc.), ninguna otra consideración, ninguna otra relación, fuera del derecho del amo sobre la tierra, de las consideraciones de «mimar» la tierra, de las relaciones del «que le aplica su trabajo» a la tierra. Exactamente así debe mirar el granjero que quiere una economía libre en tierra libre, la eliminación de todo lo advenedizo, lo estorboso, lo viejo, de todas las formas pretéritas de tenencia de la tierra. Ahora bien, ¿no sería una torpe aplicación de una doctrina mal digerida por parte de los marxistas el disuadir a semejante amo de la nacionalización e instruirlo acerca de las ventajas de la propiedad privada sobre las tierras de adjudicación?

En la Primera Duma, el campesino Merkúlov (provincia de Kursk) expresó justamente aquella misma idea acerca de la nacionalización de las tierras de adjudicación de los campesinos que hemos aducido más arriba a partir de los datos de los congresos de la Unión Campesina. «Atemorizan con eso –dijo Merkúlov– de que también el campesino no se desprenderá del pedacito que ahora posee. A ello contesto yo: ¿quién se lo quita? Aun en el caso de una completa nacionalización, sólo se pasaría aquella tierra que el amo no cultiva con sus propias fuerzas, sino mediante trabajo asalariado» (18ª sesión, 30 de mayo de 1906, pág. 822).

Esto lo dice un campesino que posee, según sus propias palabras, 60 desiatinas de tierra en propiedad; por supuesto, suprimir el trabajo asalariado en la sociedad capitalista o prohibirlo es una idea infantil, pero nosotros debemos cortar las ideas incorrectas precisamente allí donde empieza lo incorrecto, es decir, a partir de la «socialización» y la prohibición del trabajo asalariado[122], y no de la nacionalización.

El mismo campesino Merkúlov objetaba contra el proyecto kadete de los 42, que coincide con la municipalización en el sentido de que las tierras de adjudicación quedan en propiedad, mientras las de los terratenientes se entregan en usufructo. Eso es «una especie de escalón transitorio de un régimen a otro...» «en lugar de uno, resultan dos tenencias: la propiedad privada y el usufructo arrendaticio, es decir, dos formas de tenencia de la tierra no ya no empalmadas, sino directamente contrapuestas» (823).

5. Los populistas intelectuales

En los discursos de los populistas intelectuales, sobre todo de los enesistas, es decir, los oportunistas del populismo, hay que distinguir dos corrientes: por un lado, la defensa sincera de los intereses de la masa campesina –en este aspecto, sus discursos producen, por razones comprensibles, una impresión incomparablemente más débil que los discursos de los campesinos «que no se ocupan de política»–; por otro lado, un cierto tufillo kadete, algo pequeño-burgués intelectualoide, una pretensión de situarse en el punto de vista del Estado. Se sobrentiende que en ellos, a diferencia de los campesinos, se percibe una doctrina: no luchan en nombre de necesidades y miserias inmediatamente sentidas, sino en nombre de una determinada enseñanza, de un sistema de concepciones que deforman el contenido de la lucha.

«La tierra para los trabajadores», proclama el señor Karaváyev en su primer discurso, y caracteriza la legislación agraria de Stolypin al amparo del artículo 87 como «la destrucción de la comuna», como un «objetivo político»: «formar una clase especial de burguesía rural».

«Sabemos que, ciertamente, esos campesinos son el primer puntal de la reacción, son un sólido apoyo de la burocracia. Pero el gobierno, al hacer esos cálculos, ha errado de manera atroz: al lado de eso existirá un proletariado campesino. No sé qué es mejor: si el proletariado campesino, o el campesinado actual, escaso de tierra, que con determinadas medidas podría obtener una cantidad suficiente de tierra» (722).

Ahí se trasluce un populismo reaccionario al estilo del señor V. V.: ¿«mejor» para quién? ¿para el Estado? ¿para el Estado terrateniente o para el Estado burgués? Y ¿por qué el proletariado no es «mejor»? Porque al campesinado escaso de tierra «podría obtener», es decir, podría ser aplacado más fácilmente, trasladado con más facilidad al campo del orden, que el proletariado. Así viene a resultar en el señor Karaváyev: ¡cual si quisiera aconsejar a Stolypin y Cía una «garantía» más segura contra la revolución social! Si el señor Karaváyev tuviera razón en lo esencial, los marxistas no podrían apoyar la confiscación de las tierras de los terratenientes en Rusia. Pero el señor Karaváyev no tiene razón, pues la «vía» de Stolypin crea más paupérrimos que proletarios y retrasa –comparada con la revolución campesina– el desarrollo del capitalismo. El propio Karaváyev decía, y decía con razón, que la política de Stolypin enriquece (no a los nuevos elementos burgueses, a los granjeros capitalistas, sino) a los actuales terratenientes, que en buena medida practican una explotación semifeudal. En 1895, el precio de la tierra al venderla a través del Banco «Campesino» era de 51 rublos por desiatina, mientras que en 1906 fue de 126 rublos (Karaváyev, en la 47ª sesión, 26 de mayo de 1907, pág. 1189). Y los colegas del señor Karaváyev dentro del partido, los señores Volk-Karachevski y Delárov, pusieron aún más de relieve el significado de esas cifras. Delárov mostró que «hasta 1905, en más de 20 años de existencia, el Banco Campesino había adquirido en total sólo 7,5 millones de desiatinas», mientras que desde el 3 de noviembre de 1905 hasta el 1 de abril de 1907 el banco adquirió 3,8 millones de desiatinas. En 1900 el precio era de 80 rublos por desiatina; en 1902, 108; en 1903, antes del movimiento agrario y antes de la revolución rusa, era de 109 rublos. Ahora, 126 rublos. «Mientras toda Rusia sufría una masa de pérdidas a causa de la revolución rusa, los grandes terratenientes rusos amasaban cuantiosos capitales. En ese tiempo les pasaron más de 60 millones de rublos del dinero del pueblo» (1220, considerando como precio «normal» 109 rublos). El señor Volk-Karachevski, en cambio, hace un cálculo mucho más acertado al no reconocer ningún precio como «normal» y limitarse a constatar que el gobierno ha pagado a los terratenientes, después del 3 de noviembre de 1905, 52 millones de rublos por cuenta de las tierras compradas por los campesinos y 242 millones de rublos por su propia cuenta; en total, «295 millones de rublos de dinero del pueblo fueron pagados a los nobles terratenientes» (1080. En todos los casos, la cursiva es nuestra). Esto es, por supuesto, sólo una pequeña parte de lo que a Rusia le cuesta la evolución agraria de tipo junker-burgués, del tributo que se impone sobre el crecimiento de las fuerzas productivas en favor de los señores feudales y los burócratas. Ese tributo a los terratenientes por la liberación del desarrollo de Rusia lo conservan también los kadetes (el rescate). A la inversa, una república burguesa de granjeros se vería obligada a emplear sumas semejantes en desarrollar las fuerzas productivas de la agricultura bajo el nuevo régimen[123].

Por último, en el activo de los populistas intelectuales hay que anotar sin duda el que, en contraposición a los Bobrinski y a los Kutler, comprenden el engaño al pueblo en 1861 y califican la famosa reforma no de grande, sino de «llevada a cabo en interés de los terratenientes» (Karaváyev, 1193). La realidad –decía con justicia el señor Karaváyev sobre la época posterior a la reforma– «superó los más sombríos pronósticos» de quienes en 1861 defendieron los intereses del campesinado.

En cuanto a la propiedad campesina sobre la tierra, el señor Karaváyev opuso directamente a las preocupaciones gubernamentales por ella la pregunta a los campesinos: «Señores diputados campesinos, vosotros sois representantes del pueblo. Vuestra vida es la vida campesina, vuestra conciencia es su conciencia. Cuando os marchabais, ¿se quejaban vuestros electores de no tener seguridad en la tenencia de la tierra? ¿Acaso os plantearon como primera tarea en la Duma, como primera exigencia: «Mirad, consoliden la tierra en propiedad privada; si no, no cumplen nuestro mandato»? No, vosotros diréis que no nos dieron ese mandato» (1185).

Los campesinos no refutaron esa afirmación, sino que la confirmaron con todo el contenido de sus discursos. Y no es esto, desde luego, porque el campesino ruso sea «comunero», «antipropietarista», sino porque las condiciones económicas le dictan ahora la tarea de suprimir todas las viejas formas de tenencia de la tierra a fin de crear una nueva economía.

En el pasivo de los populistas intelectuales hay que anotar sus altisonantes disquisiciones sobre las «normas» de tenencia campesina de la tierra. «Creo que cualquiera convendrá –declaraba el señor Karaváyev– en que, para resolver correctamente la cuestión de la tierra, son precisos los siguientes datos: ante todo, la norma de tierra necesaria para la subsistencia –la norma de consumo– y la necesaria para agotar la cantidad total de trabajo –la norma de trabajo–. Es preciso conocer exactamente la cantidad de tierra de que disponen los campesinos; esto permitirá calcular cuánta tierra falta. Luego, hay que saber: ¿cuánta tierra se puede dar?» (1186).

Disentimos terminantemente de esa opinión. Y afirmamos, basándonos en las declaraciones de los campesinos en la Duma, que aquí hay un elemento de burocratismo intelectualoide, extraño a los campesinos. Los campesinos no hablan de «normas». Las normas son una invención burocrática, un resabio de la maldita reforma semifeudal de 1861. Los campesinos, guiados por un certero instinto de clase, trasladan el centro de gravedad a la supresión de la propiedad terrateniente de la tierra, y no a las «normas». La cuestión no estriba en cuánta tierra «se necesita». «Otro planeta no van a crear», como dijo inmejorablemente el citado campesino sin partido. La cuestión estriba en suprimir los opresivos latifundios feudales, que merecen ser suprimidos incluso en el caso de que las «normas» resulten alcanzadas al margen de ello. En el intelectual populista la cuestión deriva hacia esto: que si la «norma» está alcanzada, entonces quizá no haría falta tocar a los terratenientes. En los campesinos el curso del pensamiento es otro: «campesinos, quitádselos de encima» (a los terratenientes) –decía el campesino Pyanyj (socialista revolucionario) en la II Duma (16ª sesión, 26 de marzo de 1907, pág. 1101). No hay que quitarse de encima a los terratenientes porque no alcancen las «normas», sino porque el agricultor-amo no quiere acarrear encima a zánganos y sanguijuelas. Uno y otro razonamiento suponen «dos grandes diferencias».

Sin hablar de normas, el campesino, con notable instinto práctico, «coge el toro por los cuernos». La cuestión es: ¿quién las va a fijar? El pope Poyarkov lo expresó magníficamente en la I Duma. «Se supone que se fijará la norma de tierra por persona –dijo–. ¿Quién fijará esa norma? Si son los propios campesinos, entonces, por supuesto, ellos no se perjudicarán; pero si junto con los campesinos fijarán la norma también los terratenientes, entonces ya es cuestionable quién prevalecerá al elaborar la norma» (12ª sesión, 19 de mayo de 1906, pág. 488).

Esto no es dar en la ceja, sino en el ojo mismo de toda la verborrea acerca de las normas.

En los kadetes eso no es verborrea, sino una abierta traición a los mujiks en favor de los terratenientes. Y el bonachón del pope rural, el señor Poyarkov, que evidentemente había visto de hecho, en su propia aldea, a los terratenientes liberales, captó instintivamente dónde está la falsedad.

«¡Luego temen –decía el mismo Poyarkov– que haya muchos funcionarios! ¡Los campesinos repartirán las tierras ellos mismos!» (488–489). Ahí está el meollo de la cuestión. Las «normas» apestan de veras a burocratismo. En los campesinos es otra cosa: nosotros mismos nos las repartiremos sobre el terreno. De ahí la idea de los comités locales de tierras, que expresa los intereses correctos del campesinado en la revolución y que suscita fundadamente el odio de los canallas liberales[124]. Al Estado, con un plan así de nacionalización, no le queda sino determinar qué tierra puede servir de fondo de repoblación o exige una intervención especial («los bosques y las aguas de importancia estatal general», como dice nuestro actual programa), es decir, le queda justo lo que los propios «municipalistas» consideran necesario transferir a la administración del «Estado democrático» (habría que decir: de la república).

Comparando las conversaciones sobre las normas con la realidad económica, advertimos de inmediato que los campesinos son hombres de acción, mientras que los intelectuales populistas son hombres de palabra. La norma «de trabajo» tendría un significado serio si se intentase prohibir el trabajo asalariado. La mayoría de los campesinos ha arrojado por la borda esos intentos, y los enesistas han reconocido su imposibilidad. En esas condiciones, la cuestión de la «norma» pierde sentido y queda la división entre el número dado de amos. La norma «de consumo» es una norma de miseria, y en la sociedad capitalista el campesinado huirá siempre de semejante «norma» hacia las ciudades (de esto hablaremos especialmente más adelante). Por tanto, aquí tampoco se trata en modo alguno de la «norma» (la cual, además, cambia con cada cambio de cultura y de técnica), sino de la división entre el número existente de amos, del «deslinde» entre los amos de verdad, capaces de «mimar» la tierra (tanto con trabajo como con capital), y los amos inservibles, a los que no se puede retener en la agricultura y sería reaccionario pretender retener.

Como curiosidad que muestra a dónde conducen las teorías populistas de los señores populistas, citemos la alusión del señor Karaváyev a Dinamarca. Europa, dice usted, «se ha estrellado contra la propiedad privada», mientras que nuestra comuna «ayuda a resolver la tarea de la cooperación». «Dinamarca es, en este sentido, un ejemplo brillante». Ejemplo, ciertamente, brillante... contra los populistas. En Dinamarca vemos el más típico campesinado burgués, que concentra tanto la ganadería lechera (véase «La cuestión agraria y los “críticos de Marx”», § X[125]) como la tierra. Del número total de explotaciones agrícolas danesas, el 68,3% posee hasta 1 hartkorn, es decir, aproximadamente hasta 9 desiatinas, y reúnen tan sólo el 11,1% de toda la tierra. En el otro polo, el 12,6% de las explotaciones posee 4 y más hartkorns (36 y más desiatinas) y detenta el 62% de toda la tierra (N. S. «Los programas agrarios», ed. «Novy Mir», pág. 7). Huelgan los comentarios.

Es interesante señalar que en la I Duma alardeó con Dinamarca el liberal Gerzenshtein, y la derecha replicó (en ambas Dumas): ¡en Dinamarca hay propiedad campesina! La nacionalización de la tierra es necesaria entre nosotros para dar libertad a las viejas economías para reestructurarse «a la danesa» sobre la tierra «cercada»; en cuanto a la conversión del arriendo en propiedad, no será un obstáculo si los propios campesinos lo exigen, pues toda la burguesía y la burocracia apoyarán siempre en ese asunto al campesinado. Y, además, con la nacionalización, el desarrollo del capitalismo (el desarrollo «a la danesa») marchará más rápido como resultado de la abolición de la propiedad privada sobre la tierra.

6. Los campesinos trudovikí (populistas)

En esencia, los campesinos trudovikí y los campesinos socialrevolucionarios no se diferencian de los campesinos sin partido. Ustedes ven claramente, al comparar los discursos de unos y otros, las mismas necesidades, las mismas exigencias, la misma concepción del mundo. En los campesinos con partido hay sólo una mayor conciencia, un modo de expresión más claro, una comprensión más cabal de la interdependencia entre los distintos aspectos de la cuestión.

Acaso el mejor discurso sea el del campesino Kiseliov, trudovik, en la 26ª sesión de la Segunda Duma (12 de abril de 1907). En contraposición al «punto de vista del Estado» del oficinista liberal, aquí el centro de gravedad se traslada directamente a que «toda la política interior de nuestro gobierno, cuyos dirigentes efectivos son los terratenientes propietarios de tierras, está encaminada por entero a conservar la tierra en manos de los actuales poseedores» (1943). El orador muestra que es precisamente por eso por lo que mantienen al pueblo «en una ignorancia impenetrable», y se detiene en el discurso del octubrista príncipe Svyatopolk-Mirski. «Ustedes no han olvidado, por supuesto, sus terribles palabras: «Abandonen toda idea de aumentar la superficie de la tenencia campesina de la tierra. Conserven y apoyen a los propietarios privados. Nuestra gris, oscura masa campesina sin terratenientes es un rebaño sin pastor». Camaradas campesinos, ¿hace falta añadir algo a esto para que comprendan qué ansias se ocultan en el alma de esos señores benefactores nuestros? ¿Acaso no les es claro que todavía añoran y suspiran por la servidumbre? No, señores pastores, basta... Sólo quisiera una cosa: que esas palabras del noble Riúrikovich las recuerde firmemente toda la Rusia gris campesina, toda la tierra rusa; que esas palabras ardan como fuego en el alma de cada campesino y alumbren, más brillantes que el sol, el abismo que se abre entre nosotros y esos bienhechores indeseados. ¡Basta, señores pastores... Basta! No necesitamos pastores, sino guías, que nosotros mismos sabremos encontrar sin ustedes, y con ellos hallaremos el camino hacia la luz y la verdad, hallaremos el camino hacia la tierra prometida» (1947).

El trudovik se sitúa enteramente en el punto de vista del burgués revolucionario, que se ilusiona pensando que la nacionalización de la tierra proporcionará la «tierra prometida», pero que por la presente revolución lucha con abnegación y acoge con odio la idea de recortar su envergadura: «El partido de la libertad del pueblo renuncia a la solución justa de la cuestión agraria... Señores representantes del pueblo: ¿puede una institución legislativa como la Duma de Estado transigir en sus actos con la justicia en aras de la practicidad? ¿Pueden ustedes dictar leyes sabiendo de antemano que son injustas? ... ¿Acaso no bastan las leyes injustas con que nos ha agraciado nuestra burocracia, para que nosotros mismos todavía nos pongamos a crearlas? ... Ustedes saben perfectamente que por consideraciones prácticas –para pacificar a Rusia– se nos enviaron expediciones punitivas y se declaró a toda Rusia bajo el régimen de excepción; por consideraciones prácticas se introdujeron los tribunales de guerra. Pero, por amor de Dios, díganme: ¿quién de nosotros admira esa practicidad? ¿No la han maldecido ustedes todos? No planteen la cuestión como aquí lo han hecho algunos» (el orador alude, evidentemente, al terrateniente kadete Tatarinov, que en la 24ª sesión, el 9 de abril, dijo: «la justicia, señores, es una noción bastante convencional», «la justicia es ese ideal al que todos aspiramos, pero ese ideal sigue siendo» (para un kadete) «sólo un ideal; y el que sea posible o no realizarlo de facto, para mí es una cuestión», 1779)– «– ¡qué es la justicia! El hombre: ésa es la justicia. Nació un hombre, es justo que viva, y para ello es justo que tenga la posibilidad de ganarse un pedazo de pan con el trabajo...».

Ustedes ven: este ideólogo del campesinado se sitúa en el punto de vista típico del ilustrado francés del siglo XVIII. No comprende la limitación histórica, el contenido históricamente determinado de su justicia. Pero quiere, y la clase que representa puede, en nombre de esa justicia abstracta, barrer hasta los cimientos todos los residuos del medioevo. Precisamente ese contenido histórico real es el que encierra el planteamiento de la cuestión: nada de consideraciones «prácticas» en detrimento de la justicia. Léase: ninguna concesión al medioevo, a los terratenientes, al viejo poder. Éste es el lenguaje de un hombre de la Convención. En cambio, para el liberal Tatarinov, el «ideal» de la libertad burguesa «sigue siendo sólo un ideal» por el cual él no lucha en serio, no sacrifica todo por realizarlo, sino que pacta con el terrateniente. Los Kiseliov pueden conducir al pueblo a una revolución burguesa victoriosa; los Tatarinov, sólo a la traición.

«...En nombre de la practicidad, el partido de la libertad del pueblo propone no crear ningún derecho a la tierra. Teme que semejante derecho atraiga a la aldea una masa de gente procedente de la ciudad y, en ese caso, a cada cual le tocará poca tierra. Ante todo quisiera preguntar: ¿qué es el derecho a la tierra? El derecho a la tierra es el derecho al trabajo, es el derecho al pan, es el derecho a la vida, es un derecho inalienable de cada persona. Pues entonces, ¿cómo podemos privar a alguien de ese derecho? El partido de la libertad del pueblo dice que, si se otorga semejante derecho a todos los ciudadanos y se reparte entre ellos la tierra, a cada cual le tocará poca. Pero el derecho y su realización práctica no son en absoluto una misma cosa. Cada uno de ustedes, los aquí presentes, tiene derecho a vivir en cualquier Chujlomá, y sin embargo vive aquí; y a la inversa, los que viven en Chujlomá tienen el mismo derecho a vivir en Petersburgo, y sin embargo están en su madriguera. Por tanto, temer que la concesión del derecho a la tierra a todos los que deseen laborarla atraiga de la ciudad a una masa de gente es completamente infundado. Irán a la aldea desde la ciudad sólo aquellos que aún no hayan roto los lazos con ella y aun ahora; irán a la aldea sólo aquellos que se han marchado hace poco a la ciudad... Las personas que tienen en la ciudad un jornal verdaderamente sólido y seguro no irán a la aldea... Yo creo que sólo la abolición completa e irrevocable de la propiedad privada sobre la tierra... etc., ... sólo esa solución podemos reconocerla como satisfactoria» (1950).

Esta perorata típica de un trudovik nos plantea una cuestión interesante: ¿existe diferencia entre semejantes discursos sobre el derecho al trabajo y los discursos de los demócratas pequeñoburgueses franceses de 1848 sobre el derecho al trabajo? Ambos son, indudablemente, declamación de demócrata burgués que expresa de manera confusa el contenido histórico real de la lucha. Pero la declamación del trudovik expresa confusamente las tareas reales de la revolución burguesa que, por condiciones objetivas, es posible (es decir, es posible una revolución agraria campesina en la Rusia del siglo XX), mientras que la declamación del kleinbürger francés de 1848 expresa confusamente las tareas de la revolución socialista, la cual era imposible en Francia a mediados del siglo pasado. Dicho en otros términos: el derecho al trabajo del obrero francés de mediados del siglo XIX expresaba el deseo de renovar toda la pequeña producción sobre bases de cooperación, socialismo, etc., lo cual era económicamente imposible. El derecho al trabajo del campesino ruso del siglo XX expresa el deseo de renovar la pequeña producción agrícola sobre tierra nacionalizada, lo cual es económicamente plenamente posible. En el «derecho al trabajo» del campesino ruso del siglo XX hay, además de una falsa teoría socialista, un contenido burgués real. En el derecho al trabajo del pequeño burgués y del obrero francés de mediados del siglo XIX no hay nada excepto una falsa teoría socialista. Muchos de nuestros marxistas pasan por alto esta diferencia.

El trudovik mismo, por su parte, pone de manifiesto el contenido real de su teoría: no todos irán a la tierra, aunque todos «tengan igual derecho». Está claro que irán a la tierra, o se asentarán en la tierra, sólo los amos. La abolición de la propiedad privada sobre la tierra es la abolición de todos los obstáculos para que los amos se establezcan en la tierra.

No es de extrañar que Kiseliov, imbuido de una fe abnegada en la revolución campesina y del deseo de servirla, hable con desprecio de los kadetes, de sus deseos de expropiar no toda la tierra, sino una parte, de hacer pagar por la tierra, de entregar el asunto a «instituciones de tierras de calificación desconocida», –en una palabra, del «parajito desplumado por el partido de la libertad del pueblo» (1950–1951). Tampoco es de extrañar que Struve y los que son como él tuvieran que cobrar odio a los trudovikí especialmente después de la II Duma: mientras el campesino ruso sea trudovik, no pueden prosperar los planes de los kadetes. Y cuando el campesino ruso deje de ser trudovik, ¡entonces desaparecerá definitivamente la diferencia entre el kadete y el octubrista!

Señalemos brevemente a otros oradores. He aquí al campesino Nechitailo: «Esas gentes que están ahí, empapadas en sangre, ahítas de los sesos de los campesinos, los llaman ignorantes» (779). Golovín interrumpe: un terrateniente puede ofender al campesino, pero un mujik... ¿a un terrateniente? «Esas tierras que pertenecen al pueblo –nos dicen: compradlas–. ¿Acaso somos forasteros extranjeros llegados de Inglaterra, Francia, etc.? Somos gente de aquí, ¿a santo de qué tenemos que comprar nuestras propias tierras? Ya las tenemos pagadas diez veces con sangre, sudor y dinero» (780).

He aquí al campesino Kirnósov (provincia de Sarátov): «Ahora no hablamos más que de la tierra; de nuevo nos dicen: es sagrada, es inviolable. Yo creo que no puede ser que sea inviolable; una vez que el pueblo lo desea, nada puede ser inviolable[126]. (Voz desde la derecha: «¡Oh!») ¡Cierto: oh! (Aplausos desde la izquierda.) Señores nobles, ¿creen que no sabemos cuándo nos ponían en juego de cartas, cuándo nos cambiaban por perros? Lo sabemos; ésa era toda su propiedad sagrada, inviolable... Nos robaron la tierra... Los campesinos que me enviaron dijeron así: la tierra es nuestra; nosotros no hemos venido a comprarla, sino a tomarla» (1144)[127].

He aquí al campesino Vasiutin (provincia de Járkov): «Vemos aquí, en la persona del representante del señor presidente del Consejo de Ministros, no al ministro de todo el país, sino al ministro de 130.000 terratenientes. Los 90 millones de campesinos no representan nada para él... Ustedes (dirigiéndose a la derecha) se dedican a la explotación, alquilan sus tierras a un precio caro y les arrancan la última piel al campesino... Sepan que el pueblo, si el gobierno no satisface sus necesidades, tampoco les pedirá consentimiento, tomará la tierra... Yo soy ucraniano (cuenta cómo Catalina regaló a Potiomkin un bosquecillo: 27.000 desiatinas y 2.000 campesinos)... Antes la tierra se vendía a 25–50 rublos la desiatina, y ahora la renta de arrendamiento es de 15–30 rublos por desiatina, y el prado de siega, 35–50 rublos. Esto es felonía (voz desde la derecha: «¿Qué? ¿Felonía?». Risas.) Nada, no se azoren, estén tranquilos (aplausos desde la izquierda); yo a eso lo llamo arrancar la última piel a los campesinos» (643, 39ª sesión, 16 de mayo).

Un rasgo común entre los campesinos trudovikí y la intelectualidad campesina es la viveza de los recuerdos de la servidumbre. A todos los une un odio a borbotones contra los terratenientes y contra el Estado terrateniente. En todos ellos bulle la pasión revolucionaria. Unos no piensan en absoluto en el régimen futuro que ellos mismos están creando y tensan espontáneamente las fuerzas para «quitárselos de encima». Otros pintan ese régimen con colores utópicos, pero todos odian el compromiso con la vieja Rusia, todos luchan para no dejar piedra sobre piedra del maldito medioevo.

Cuando se comparan los discursos de los campesinos revolucionarios en la Segunda Duma con los discursos de los obreros revolucionarios, salta involuntariamente a la vista la diferencia siguiente. En los primeros hay muchísima más revolución inmediata, más pasión por la destrucción inmediata del poder de los terratenientes, por la creación inmediata de un nuevo régimen. El campesino arde en deseos de arrojarse sobre el enemigo al momento y ahogarlo. En el obrero, la revolución es más abstracta; está como desplazada hacia objetivos más lejanos. Ésta es una diferencia perfectamente comprensible y legítima. El campesino hace ahora, de inmediato, su revolución burguesa, sin ver las contradicciones dentro de ella, sin admitir siquiera la idea de tales contradicciones. El obrero socialdemócrata las ve y, al plantearse fines socialistas de alcance mundial, no puede vincular la suerte del movimiento obrero al desenlace de la revolución burguesa. De esto no se deduce, sin embargo, que el obrero deba apoyar al liberal en la revolución burguesa. De esto se deduce que el obrero, sin fundirse con ninguna otra clase, debe ayudar con toda su energía al campesino a llevar hasta el fin esta revolución burguesa.

7. Los socialistas revolucionarios

Los discursos de los intelectuales socialrevolucionarios (a los campesinos los hemos señalado más arriba entre los trudovikí) están llenos de una crítica igualmente irreconciliable de los kadetes y de una guerra idéntica contra los terratenientes. Sin repetir lo ya dicho, destacaremos un nuevo rasgo de este grupo de diputados. A diferencia de los enesistas, quienes, en lugar del ideal del socialismo, se inclinan a pintar el ideal de... Dinamarca; a diferencia de los campesinos, ajenos a toda doctrina y que expresan el sentimiento inmediato del hombre oprimido, tan dado a idealizar de manera también inmediata la liberación de esa forma concreta de explotación, los socialrevolucionarios introducen en sus discursos la doctrina de su «socialismo». Ahí tienen a Uspenski y a Sagatelián («dashnaktsutiún», muy próximos a los socialrevolucionarios; los «jóvenes» incluso ingresan en el partido s. r.), que plantean la cuestión de la comuna. Este último orador observa con bastante ingenuidad: «Con pesar ha de señalarse que, al desarrollar una amplia teoría de la nacionalización de la tierra, no se subraya en particular la viva institución que aún pervive y sobre cuya base únicamente cabe avanzar... De todos esos horrores (los horrores de Europa, la destrucción de la pequeña economía, etc.) protege la comuna» (1122).

El «pesar» de tan honorable paladín de la comuna nos resultará comprensible si tenemos en cuenta que él habló como 26º orador sobre la cuestión agraria. Antes que él se habían pronunciado no menos de 14 izquierdistas, trudovikí, etc., ¡y todos ellos «no subrayaban en particular la viva institución que aún pervive»! Hay motivo para «pesar» al ver la misma indiferencia hacia la comuna entre los campesinos de la Duma que la que manifestaron los congresos de la Unión Campesina. Sagatelián y Uspenski se pusieron a hablar de la comuna como verdaderos sectarios en medio de la revolución campesina que no quiere saber nada de las viejas uniones agrarias. «Presiento cierto peligro para la comuna», se lamenta Sagatelián (1123). «Precisamente ahora hay que salvar la comuna a toda costa» (1124). «Esa forma (es decir, la comuna) puede desplegarse hasta ser un movimiento mundial, capaz de indicar la solución de todos los problemas económicos» (1126). Todas estas disquisiciones sobre la comuna las vertía el señor Sagatelián, por lo visto, «triste e inoportunamente». Y su colega Uspenski, al criticar la legislación de Stolypin contra la comuna, expresó el deseo de «que la movilización de la propiedad de la tierra se reduzca hasta los últimos límites, hasta el último grado» (1115).

Este deseo de los populistas es, indiscutiblemente, reaccionario. Pero lo curioso es que el partido s. r., en cuyo nombre se formulaba en la Duma tal deseo, defiende la abolición de la propiedad privada sobre la tierra, ¡sin darse cuenta de que por esa vía se crea la mayor movilización de la tierra, el tránsito más libre y fácil de ésta de un amo a otro, la penetración más libre y fácil del capital en la agricultura! El confundir la propiedad privada sobre la tierra con el dominio del capital en la agricultura es un error característico de los nacionalizadores burgueses de la tierra (entre ellos George, así como de muchos otros). En su afán de «reducir la movilización», los socialrevolucionarios coinciden con los kadetes, cuyo representante, Kutler, declaró directamente en su ponencia: «el partido de la libertad del pueblo se propone limitar a esos (a los campesinos) sólo en el derecho de enajenación y en el derecho de hipoteca, es decir, evitar en el futuro un amplio desarrollo de la compraventa de tierras» (12ª sesión, 19 de marzo de 1907, pág. 740).

Los kadetes vinculan ese deseo reaccionario con procedimientos de solución de la cuestión agraria (dominio de los terratenientes y de la burocracia) que garantizan la posibilidad de absurdas prohibiciones burocráticas y de papeleos de oficina que ayudan a la sujeción de los campesinos. Los socialrevolucionarios vinculan ese deseo reaccionario con medidas que excluyen la posibilidad de opresiones burocráticas (comités locales de tierras sobre la base del sufragio universal, etc.). En los primeros, es reaccionaria toda su política (burocrático-terrateniente) dentro de la revolución burguesa. En los segundos, es reaccionario el «socialismo» pequeñoburgués que erróneamente se le endosa a una revolución burguesa consecuente.

Es interesante, en relación con las teorías económicas de los socialrevolucionarios, señalar las disquisiciones de sus representantes en la Duma acerca del influjo de la transformación agraria sobre el desarrollo de la industria. El punto de vista ingenuo de los revolucionarios burgueses, apenas recubierto con la cáscara de la doctrina populista, resalta con notable relieve. Ahí está, por ejemplo, el s. r. Kabakov (provincia de Perm), célebre organizador de la Unión Campesina en los Urales, «presidente de la república de Alapáievsk»{110}, alias «Pugachov»[128]. Él fundamenta, de modo puramente campesino, el derecho de los campesinos a la tierra, entre otras cosas, en que los campesinos jamás rehusaron defender a Rusia de los enemigos (1953). «¿Para qué la adjudicación de tierra? –exclama–. Declaramos de plano que la tierra debe ser patrimonio común del campesinado trabajador, y los campesinos sabrán repartirse por sí mismos la tierra sobre el terreno, sin injerencia alguna de unos funcionarios de los cuales sabemos hace tiempo que ningún provecho han traído al campesinado» (1954). «Fábricas enteras se han parado en nuestros Urales porque el hierro en láminas no encuentra salida, mientras en toda Rusia las izbas están techadas de paja. Hace ya mucho que habría sido necesario cubrir de hierro todas esas casas de los campesinos... Mercados hay, pero compradores no los hay. ¿Quién constituye entre nosotros la masa compradora? El centenar de millones de campesinos trabajadores; ése es el fundamento de la masa compradora» (1952).

Sí, aquí se expresan correctamente las condiciones de la producción realmente capitalista en los Urales, en lugar del secular estancamiento semifeudal de la producción «posesional». Ni la política agraria de Stolypin ni la kadete pueden proporcionar un mejoramiento perceptible en las condiciones de vida de la masa, y sin eso no se desarrollará una industria de verdad «libre» en los Urales. Sólo una revolución campesina podría sustituir con rapidez la Rusia de madera por una Rusia de hierro. El socialrevolucionario campesino comprende las condiciones del desarrollo del capitalismo de modo más certero y amplio que los siervos jurados del capital.

Otro s. r., el campesino Jvorostujin (provincia de Sarátov), decía: «Sí, señores, por supuesto, se ha hablado mucho de parte del partido de la libertad del pueblo; se ha dicho que acusan al Grupo del Trabajo de querer entregar la tierra a quien quiera laborarla. Dicen que entonces muchos se irán de las ciudades y se producirá algo aún peor. Pero yo creo, señores, que de las ciudades se irán únicamente aquellos que no tengan nada que hacer; en cambio, los que trabajan, ésos están acostumbrados a su trabajo y, una vez que tengan trabajo, no se irán de la ciudad. De hecho, ¿a qué dar tierra a personas que no quieren cultivarla?..» (774). ¿Acaso no está claro que este «socialrevolucionario» no desea en absoluto un usufructo universal e igualitario de la tierra, sino la creación de una granjería igual en derechos y libre, en tierra libre? «... Cueste lo que cueste, hay que desatar la libertad económica a todo el pueblo, en particular al pueblo que tantos años ha padecido y pasado hambre» (777).

No crean que esta acertada formulación del contenido real de la esencia socialrevolucionaria («desatar la libertad económica») es fruto exclusivo de la torpeza campesina para expresarse. No es eso solamente. El líder socialrevolucionario, el intelectual Mushchenko, que pronunció el discurso de conclusión en nombre del partido s. r. sobre la cuestión agraria, es mucho más ingenuo aún en sus concepciones económicas que los campesinos Kabakov y Jvorostujin.

«Nosotros decimos –declaró Mushchenko– que un correcto traslado de población, una correcta redistribución, sólo son posibles cuando la tierra esté cercada, cuando se hayan suprimido todas las cercas que le ha impuesto el principio de la propiedad privada sobre la tierra. Además, el ministro habló del aumento de la población en nuestro Estado... Resultaba que sólo para ese (1,6 millones) aumento de población hacen falta alrededor de 3 1/2 millones de desiatinas de tierra. El dice: así, si ustedes realizan la igualación de la tierra, ¿de dónde van a sacar tierra para semejante aumento de población? Pero yo pregunto: ¿en qué Estado (sic!) absorbe la agricultura todo el aumento de población? En efecto, la ley que regula la distribución de la población por estamentos, por profesiones, es una ley inversa» (la cursiva es nuestra). «Si el Estado, si el país no degenera, sino que se desarrolla en el sentido industrial, esto quiere decir que sobre el fundamento de la economía rural, que satisface la necesidad elemental de alimentos y materias primas, se erigen pisos económicos cada vez nuevos. Las necesidades crecen, surgen nuevos productos de la producción, surgen nuevas ramas de la producción; la industria de transformación atrae hacia sí un número cada vez mayor de brazos. La población urbana crece más que la agrícola y absorbe la mayor parte del aumento de la población. A veces ocurre, señores, que la población agrícola disminuye no sólo en términos relativos, sino incluso de modo absoluto. Si entre nosotros ese (!) proceso marcha con lentitud, es porque no hay encima de qué erigir esos nuevos pisos económicos. La economía campesina –ese fundamento– está demasiado resentida; el mercado para la industria es demasiado pequeño. Creen sobre el suelo de la entrega de la tierra al pueblo en usufructo una población agrícola sana, numerosa, llena de fuerzas vivas, y verán qué demanda habrá de productos de la industria y qué masa de brazos se necesitará en las ciudades, en las fábricas y talleres» (1173).

Pues bien, ¿no es una maravilla este «socialista revolucionario» que llama programa de socialización de la tierra al programa de desarrollo del capitalismo? Él ni siquiera sospecha que la ley del crecimiento más rápido de la población urbana es una ley exclusiva del modo capitalista de producción. A él no se le pasa por la cabeza que esa «ley» no funciona ni podría funcionar más que a través de la descomposición del campesinado en burguesía y proletariado, a través del «deslinde» entre los agricultores, es decir, el desplazamiento de los «pelados» por el «amo de verdad». La armonía económica que este s. r. pinta sobre la base de la ley capitalista es de una ingenuidad enternecedora. Pero no es la armonía de un economista burgués vulgar, que desea encubrir la lucha del trabajo con el capital. Es la armonía de un revolucionario burgués inconsciente, que desea barrer a fondo los residuos de la autocracia, del feudalismo, del medioevo.

La revolución burguesa triunfante con que sueña nuestro actual programa agrario no puede marchar más que a través de semejante revolucionario burgués. Y el obrero consciente debe apoyarlo en interés del desarrollo social, sin dejarse seducir ni por un segundo por el balbuceo infantil de los «economistas» populistas.

8. Los «nacionales»

Entre los representantes de las nacionalidades no rusas intervinieron en la Duma sobre la cuestión agraria polacos, bielorrusos, letones y estonios, lituanos, tártaros, armenios, bashkires, kirguises, ucranianos. He aquí cómo exponían su punto de vista.

El narodovets{111} Dmovski habló en la II Duma «por los polacos, representantes del Reino de Polonia y de la parte occidental del Estado contigua a él» (742): «Aunque nuestras relaciones agrarias ya están en tránsito hacia las relaciones europeo-occidentales, no por eso deja de existir entre nosotros la cuestión agraria, y la escasez de tierra es una llaga de nuestra vida. Uno de los primeros puntos de nuestro programa social es el aumento de la superficie de la tenencia campesina de la tierra» (743).

«Si en el Reino de Polonia hubo grandes desórdenes agrarios en forma de usurpación de las tierras de los terratenientes, éstos se produjeron sólo en la parte oriental, precisamente en el distrito de Włodawa, donde se decía a los campesinos que ellos, como ortodoxos, serían dotados de las tierras de los terratenientes. Esos desórdenes ocurrieron exclusivamente entre la población ortodoxa» (745).

... «Aquí (en el Reino de Polonia), el asunto de la tierra, al igual que todas las demás reformas sociales... puede ser arreglado, conforme a las exigencias de la vida, únicamente por una asamblea de representantes del país, únicamente por una Dieta autónoma» (747).

Este discurso del narodovets polaco provocó furiosos ataques de los campesinos bielorrusos derechistas (Gavrilchik, provincia de Minsk; Shimanski; Grudinski) contra los terratenientes polacos, mientras que el obispo Evlogui, como es natural, terció en ello y pronunció un discurso jesuítico-policial, en el espíritu de la política rusa de 1863, sobre la opresión de los campesinos rusos por los terratenientes polacos (26ª sesión, 12 de abril).

«¡Qué sencillo es lo que se les ha ocurrido!», respondió el narodovets Grabski (32ª sesión, 3 de mayo). «Los campesinos recibirán tierra; los terratenientes rusos se quedarán con sus tierras; los campesinos, como en los buenos tiempos antiguos, sostendrán el viejo régimen, y los polacos recibirán el merecido castigo por haberse atrevido a hablar del Sejm polaco» (62). Y el orador, tras desenmascarar con vehemencia toda la desvergonzada demagogia del gobierno ruso, exigió «la transferencia al Sejm polaco de la decisión sobre la reforma agraria en nuestra tierra» (75).

Añadamos a esto que los campesinos antes mencionados exigían un reparto adicional de tierras en calidad de propiedad (por ejemplo, pág. 1811). También en la I Duma, los campesinos polacos y de las provincias occidentales, al reclamar tierra, se pronunciaron a favor de la propiedad. «Yo soy un campesino pobre en tierra de la provincia de Lublin –dijo Nakonechni el 1 de junio de 1906–. En Polonia también es necesaria la expropiación forzosa. Es mejor 1 desiatina para siempre que 5 por tiempo indefinido» (881–882). Lo mismo dijeron Poniatovski (provincia de Volinia) en nombre del Territorio Occidental (19 de mayo, pág. 501), y Trasun, de la provincia de Vítebsk (418, 16 de mayo de 1906). Girnius (provincia de Suwalki) se manifestó al respecto contra un fondo único de tierras para todo el imperio y a favor de fondos locales de tierras (1 de junio de 1906, pág. 879). El conde Tyszkiewicz declaró entonces que consideraba la idea de formar un fondo nacional como «poco práctica y no carente de peligro» (874). En el mismo sentido se pronunció Stetski (24 de mayo de 1906, pág. 613–614: a favor de la propiedad personal, contra el arriendo).

De la región del Báltico intervino en la II Duma Yurashevski (provincia de Curlandia), que exigió la abolición de los privilegios feudales de los grandes terratenientes (16 de mayo de 1907, pág. 670) y la expropiación de las tierras de los terratenientes por encima de una norma determinada. «Siendo que en la región del Báltico la cultura actual se ha desarrollado sobre la base del principio practicado allí de la propiedad privada o del arriendo hereditario, hay que llegar, sin embargo, a la conclusión de que, para regular en lo sucesivo las relaciones agrícolas, es necesario introducir inmediatamente el autogobierno en la región del Báltico sobre amplias bases democráticas, el cual pueda resolver acertadamente esta cuestión» (672).

El representante de la provincia de Estonia, el progresista Yurine, presentó un proyecto separado para la provincia de Estonia (47ª sesión, 26 de mayo de 1907, pág. 1210). Él se pronuncia por un «compromiso» (1213) –por «el arriendo hereditario o perpetuo» (1214)–. «El que utiliza la tierra, el que mejor la utiliza, ése tendrá la tierra en sus manos» (ahí mismo). Exigiendo en ese sentido la expropiación forzosa, Yurine rechaza la confiscación de la tierra (1215). En la I Duma, Chakste (provincia de Curlandia) pidió la transferencia a los campesinos de las tierras eclesiásticas (pastorales), además de las de los terratenientes (4ª sesión, 4 de mayo de 1906, pág. 195). Tenison (provincia de Livonia) estaba de acuerdo en votar a favor del mensaje dirigido al trono, es decir, de la expropiación forzosa, considerando que «todos los partidarios de la individualización de la tierra» (ahí mismo, pág. 209) pueden hacerlo. Kreitzberg (provincia de Curlandia), en nombre del campesinado de Curlandia, exigió «la expropiación de los latifundios» y la adjudicación de tierra a los que carecían de ella y a los que tenían poca, obligatoriamente «en calidad de propiedad» (12ª sesión, 19 de mayo de 1906, pág. 500). Riutli (provincia de Livonia) exigió la expropiación forzosa, etc. «En cuanto a la conversión de la tierra en fondo estatal –dijo–, nuestros campesinos tienen la clara conciencia de que eso es un nuevo sojuzgamiento de los campesinos. Debemos, por tanto, defender la pequeña economía campesina, la productividad del trabajo y protegerlas contra los atentados del capitalismo. Así, pues, si convertimos las tierras en fondo estatal, estaremos creando el mayor capitalismo» (497, entonces). Ozolin (provincia de Livonia), en nombre de los campesinos letones, se manifestó a favor de la expropiación forzosa y de la propiedad; resueltamente en contra del fondo estatal de tierras, y sólo admite fondos regionales locales (13ª sesión, 23 de mayo de 1906, pág. 564).

Leonas, «representante por la provincia de Suwalki, concretamente de la nacionalidad lituana» (39ª sesión, 16 de mayo de 1907, pág. 654), se pronunció a favor del plan del partido k. d., en el que ingresa. Otro lituano autonomista por la misma provincia, Bulat, se sumó a los trudovikí, pero aplazaba la decisión sobre el rescate, etc., hasta que los comités locales de tierras discutieran el asunto (pág. 651, ahí mismo). Povilius (provincia de Kovno), en nombre del «grupo en la Duma de los socialdemócratas de Lituania» (ahí mismo, pág. 681, apéndice), presentó el programa agrario de ese grupo, formulado de manera precisa, que coincide con nuestro programa del POSDR, con la diferencia de que «el fondo local de tierras dentro de los límites de Lituania» se transfiere a disposición del «órgano del autogobierno autónomo de Lituania» (ahí mismo, punto 2).

En nombre del grupo musulmán habló en la II Duma Jan Joiski (provincia de Elisavetpol): «Nosotros, los musulmanes, que constituimos más de 20 millones de la población total del Estado ruso, prestamos oído con igual atención a todas las peripecias de la cuestión agraria y aguardamos con igual impaciencia su solución satisfactoria» (20ª sesión, 2 de abril de 1907, pág. 1499). En nombre del grupo musulmán, el orador se manifiesta de acuerdo con Kutler, pronunciándose a favor de la expropiación forzosa sobre la base de una valoración justa (1502). «Pero ¿adónde deben ir a parar esas tierras expropiadas? A este respecto, el grupo musulmán considera que las tierras expropiadas deben constituir no un fondo estatal de tierras, sino un fondo regional de tierras dentro de los confines de cada región dada» (1503). «El representante de los tártaros de Crimea», diputado Mediev (provincia de Táurida), en un ardiente discurso revolucionario se pronuncia por «la tierra y la libertad». «Cuanto más se prolongan los debates, con más nitidez emerge ante nosotros la exigencia del pueblo: que de la tierra debe gozar quien en ella labora» (24ª sesión, 9 de abril de 1907, pág. 1789). El orador señala «cómo se ha formado en nuestras colonias fronterizas la propiedad sagrada sobre la tierra» (1792), cómo se saqueaban las tierras de los bashkires, cómo los ministros y los consejeros de Estado efectivos, los jefes de las administraciones de gendarmería, recibían de 2.000 a 6.000 desiatinas. Refiere el mandato de los «hermanos tártaros», que se quejan del saqueo de las tierras vakuf{112}. Cita la respuesta del gobernador general de Turquestán a un tártaro, fechada el 15 de diciembre de 1906, según la cual pueden trasladarse a las tierras del fisco sólo las personas de confesión cristiana. «¿Acaso no hieden esos documentos a algo rancio, al arakchéyevismo del siglo pasado?» (1794).

Respecto a los campesinos caucásicos –dejando aparte a los socialdemócratas de nuestro partido, de los cuales hablaremos más abajo–, intervino el mencionado más arriba Sagatelián (provincia de Ereván), que se sitúa en el punto de vista de los socialrevolucionarios. Otro representante del partido «dashnaktsutiún», Ter-Avetikiants (provincia de Elisavetpol), se pronunció en el mismo espíritu: «la tierra, sobre la base de la propiedad comunal, debe pertenecer a los trabajadores, es decir, al pueblo trabajador y a nadie más» (39ª sesión, 16 de mayo de 1907, pág. 644). «Yo, en nombre de todo el campesinado caucásico, declaro... en el momento decisivo, todo el campesinado caucásico irá mano a mano con su hermano mayor –el campesinado ruso– y conquistará la tierra y la libertad» (646). Eldarjanov, «en nombre de sus electores –los nativos de la región del Térek–, solicita que se ponga coto al saqueo de las riquezas naturales hasta tanto se resuelva la cuestión agraria» (32ª sesión, 3 de mayo de 1907, pág. 78), mientras que el gobierno saquea las tierras apropiándose de la mejor parte de la franja montañosa, expoliando las tierras del pueblo kumiko y formulando su pretensión sobre el subsuelo (por lo visto, esto fue antes de la conferencia de Estocolmo de Plejánov y John acerca de la inaccesibilidad de las tierras municipalizadas para el poder estatal no democrático).

En nombre de los bashkires, el diputado Jasánov (provincia de Ufá) recuerda el saqueo por parte del gobierno de dos millones de desiatinas de tierra y exige que esas tierras sean «recuperadas» (39ª sesión, 16 de mayo de 1907, pág. 641). Lo mismo exigió el diputado de Ufá en la I Duma, Syrtlanov (20ª sesión, 2 de junio de 1906, pág. 923). En nombre del pueblo kirguís-kaisako habló en la II Duma el diputado Karatáyev (región de los Urales): «Nosotros, los kirguises-kaisakos... comprendemos y sentimos profundamente el hambre de tierra de nuestros hermanos los campesinos y estamos dispuestos a apretarnos de buen grado» (39ª sesión, pág. 673), pero «las tierras sobrantes son muy pocas», y «el traslado de la población en la actualidad va acompañado del desalojo del pueblo kirguís-kaisako...» «Desalojan a los kirguises no de las tierras, sino de sus propias casas habitadas» (675). «Los kirguises-kaisakos siempre simpatizan con todas las fracciones opositoras» (675).

En nombre de la fracción ucraniana habló en la II Duma el 29 de marzo de 1907 el cosaco Saykó, de la provincia de Poltava. Trajo a colación la canción de los cosacos: «¡Ay, zarina Catalina, qué has hecho! La ancha estepa, la tierra alegre, la has regalado a los señores. ¡Ay, zarina Catalina, apiádate de nosotros, devuélvenos la tierra, la tierra alegre con las oscuras alamedas!», y se sumó a los trudovikí, exigiendo sólo que en el § 2 del proyecto de los 104 se sustituyesen las palabras «fondo estatal de tierras» por estas otras: «fondo nacional (¡sic!) regional de tierras, que debe servir de base para un régimen socialista». «La fracción ucraniana considera la mayor injusticia que hay en el mundo la propiedad privada sobre la tierra» (1318).

En la Primera Duma, el diputado por Poltava Chizhevski declaró: «Yo, como ardiente partidario de la idea autonómica, como ardiente partidario, en particular, de la autonomía de Ucrania, desearía mucho que la cuestión agraria fuera resuelta por mi pueblo, que la cuestión agraria la resolvieran las distintas unidades autónomas dentro del régimen autónomo de nuestro Estado, que es para mí un ideal» (14ª sesión, 24 de mayo de 1906, pág. 618). Al mismo tiempo, este autonomista ucraniano reconoce la necesidad incondicional del fondo estatal de tierras, aclarando con ello una cuestión confundida por nuestros «municipalistas». «Debemos establecer con firmeza y de modo positivo el principio –decía Chizhevski– de que la administración de las tierras del fondo estatal de tierras debe pertenecer exclusivamente a las unidades locales autogobernadas –zemstvos o autónomas– cuando surjan. Cierto, ¿qué sentido puede tener entonces la denominación de «fondo estatal de tierras», si en todos los casos particulares lo van a administrar los autogobiernos locales? Se me figura que un sentido enorme. Ante todo... una parte del fondo estatal debe hallarse a disposición del gobierno central... nuestro fondo estatal de colonización... Luego, en segundo lugar, el sentido de la institución del fondo estatal y el sentido de semejante denominación nace de que, aunque las instituciones locales serán libres de disponer de ese fondo en sus respectivos ámbitos, lo serán, con todo, dentro de ciertos límites» (620). Este autonomista pequeñoburgués comprende mucho mejor el significado del poder del Estado en una sociedad centralizada por el desarrollo económico que nuestros mencheviques socialdemócratas.

A propósito. Hablando del discurso de Chizhevski, no se puede pasar por alto su crítica de las «normas». «La norma de trabajo es un sonido vacío», dice de plano, señalando la diversidad de las condiciones agrícolas y rechazando sobre esa misma base la norma «de consumo». «Se me figura que la tierra hay que adjudicársela a los campesinos no según ninguna norma, sino en la medida de las existencias disponibles... Hay que dar a los campesinos todo lo que se puede dar en la localidad de que se trate», por ejemplo, en la provincia de Poltava, «expropiar a todos los terratenientes la tierra, dejándoles un máximo de 50 desiatinas por término medio» (621). ¿Cabe asombrarse de que los kadetes charlotearan sobre las normas para ocultar sus planes acerca de las dimensiones reales de la expropiación? Chizhevski, al criticar a los kadetes, aún no se da cuenta de ello[129].

La conclusión de nuestro repaso de las intervenciones de los «nacionales» en la Duma sobre la cuestión agraria es clara. Dichas intervenciones han confirmado por completo lo que yo decía contra Máslov en el folleto «Revisión, etc.», pág. 18 (de la primera edición), en cuanto a la correlación entre la municipalización y los derechos de las nacionalidades, a saber: que se trata de una cuestión política, agotada por la parte política de nuestro programa, y que sólo a causa de un mezquino provincialismo se la mezcla con el programa agrario[130].

Los mencheviques en Estocolmo se afanaban con cómico celo en «depurar la municipalización de la nacionalización» (palabras del menchevique Novosédski en las «Actas» del Congreso de Estocolmo, pág. 146). «Algunas regiones históricas, como, por ejemplo, Polonia, Lituania –decía Novosédski–, coinciden con territorios nacionales, y la transferencia a esas regiones de la tierra puede servir de suelo en el que se desarrollen con éxito tendencias nacionalista-federalistas, lo que convertirá de nuevo, en esencia, la municipalización en una nacionalización por partes». Y he aquí que Novosédski, junto con Dan, alegaban y aprobaron, por esa razón, la siguiente enmienda: en lugar de las palabras «grandes organizaciones regionales autogobernadas» del proyecto de Máslov, poner «grandes órganos de autogobierno local que agrupen distritos urbanos y rurales».

¡Ocurrente «depuración de la municipalización respecto a la nacionalización», no hay más que decir! Sustituir una palabra por otra... ¿acaso no está claro que con ello se obtiene por sí mismo una redistribución de las «regiones históricas»?

No, señores, con ninguna sustitución de palabras podrán ustedes eliminar de la municipalización la estupidez «nacionalista-federalista» que le es inherente. La Segunda Duma ha mostrado que, de hecho, la idea «municipalizadora» no ha servido sino a las tendencias nacionalistas de distintos grupos de la burguesía. Tan sólo esos grupos, si no contamos al cosaco derechista Karaúlov, son los que «se han acogido» bajo la salvaguardia de distintos fondos «del territorio» y «regionales». Al hacerlo, los nacionales han desechado el contenido agrario de la provincialización (pues, de hecho, Máslov «cede» las tierras a las provincias, no a los «municipios», de suerte que la palabra provincialización es más exacta): no prejuzgar nada, dejárselo todo a las dietas autónomas o a los autogobiernos regionales, etc., así como la cuestión del rescate, la cuestión de la propiedad, etc. Se ha obtenido la confirmación más plena de mis palabras: «la ley sobre la zemstvolización de las tierras transcaucásicas tendrá que dictarla, de todos modos, la asamblea constituyente de Petersburgo, porque Máslov no pretende, seguramente, conceder a cualquier región periférica la libertad de conservar la propiedad de los terratenientes sobre la tierra» («Revisión», pág. 18)[131].

Así, pues, los acontecimientos han confirmado que la defensa de la municipalización con argumentos sobre el acuerdo o desacuerdo de las nacionalidades es un argumento trivial. La municipalización de nuestro programa ha resultado estar en contradicción con la opinión, claramente manifestada, de las más diversas nacionalidades.

Los acontecimientos han confirmado que, de hecho, la municipalización no sirve para guiar al movimiento campesino de masas de escala nacional, sino para fragmentar ese movimiento en arroyuelos provinciales y nacionales. De la idea de los fondos regionales de Máslov, la vida ha absorbido en sí misma tan sólo el «regionalismo» nacional-autonomista.

Los «nacionales» están un poco al margen de nuestra cuestión agraria. En muchas de las nacionalidades no rusas no existe un movimiento campesino autónomo en el centro de la revolución, como entre nosotros. Por eso es de todo punto natural que en sus programas los «nacionales» a menudo se mantengan un tanto aparte de la cuestión agraria rusa. «Nuestra choza está en el límite; nosotros, a lo nuestro». De parte de la burguesía y de la pequeña burguesía nacionalistas, semejante punto de vista es inevitable. De parte del proletariado, es inadmisible, y nuestro programa, de hecho, incurre precisamente en ese inadmisible nacionalismo burgués. Así como los «nacionales», en el mejor de los casos, no hacen más que sumarse al movimiento de toda Rusia sin plantearse el objetivo de multiplicar por diez sus fuerzas mediante la unificación, la concentración del movimiento, así los mencheviques construyen un programa que se suma a la revolución campesina, en vez de dar un programa que guíe a la revolución, que la aglutine y la empuje más lejos. La municipalización no es una consigna de la revolución campesina, sino un plan inventado del reformismo pequeñoburgués, que se ajusta de lado a la revolución desde un rincón.

El proletariado socialdemócrata no puede cambiar su programa según que las distintas nacionalidades «estén de acuerdo» o no. Nuestra tarea es unir y concentrar el movimiento, propagar la mejor vía, la mejor organización de la tierra dentro de la sociedad burguesa, luchando contra la fuerza de la tradición, de los prejuicios, del provincialismo inerte. El «desacuerdo» de los pequeños campesinos con la socialización de la tierra no puede cambiar nuestro programa de la revolución socialista. Sólo puede obligarnos a preferir la acción mediante el ejemplo. Así también con la nacionalización de la tierra en la revolución burguesa. Ningún «desacuerdo» con ella de tal o cual nacionalidad o nacionalidades puede obligarnos a modificar la enseñanza de que en interés de todo el pueblo está la emancipación más completa de la tenencia medieval de la tierra y la abolición de la propiedad privada sobre la tierra. El «desacuerdo» de sectores considerables de la masa trabajadora de una u otra nacionalidad nos obligará a preferir el influjo por medio del ejemplo a cualquier otro influjo. La nacionalización del fondo de colonización, la nacionalización de los bosques, la nacionalización de toda la tierra en la Rusia central no puede coexistir por tiempo más o menos prolongado con la propiedad privada sobre la tierra dentro de los límites de tal o cual parte del Estado (siempre que la causa de la unión de ese Estado sea la corriente realmente fundamental de la evolución económica). O bien un sistema, o bien el otro deberá prevalecer. La experiencia decidirá esto. Nuestra tarea es procurar explicar al pueblo las condiciones más favorables para el proletariado y para las masas trabajadoras de un país que se desarrolla capitalísticamente.

9. Los socialdemócratas

De los ocho discursos socialdemócratas pronunciados en la II Duma sobre la cuestión agraria, sólo dos contenían una defensa de la municipalización, y no una mera mención de ella. Fueron el discurso de Ozol y el segundo discurso de Tsereteli. Los demás discursos consistieron, principalmente, y casi de modo exclusivo, en un ataque a la propiedad terrateniente de la tierra en general y en la explicación del aspecto político de la cuestión agraria. En extremo característico a este respecto es el sencillo discurso del campesino derechista Petrochenko (22ª sesión, 5 de abril de 1907), que expone las impresiones generales de un diputado rural sobre los discursos de los oradores de distintos partidos. «No fatigaré vuestra atención con la enumeración de lo que aquí se ha dicho; permítanme que lo diga con palabras sencillas. El diputado Svyatopolk-Mirski pronunció aquí un largo discurso. Ese discurso, por lo visto, nos preparaba para algo. Si se dice en pocas palabras, resulta que la tierra que me pertenece o que yo poseo, ustedes no tienen derecho a tomarla, y yo no se la daré. A esto dijo el diputado Kutler: «Ese tiempo ha pasado; hay que darla; así que entréguenla y reciban su dinero». El diputado Dmovski habla así: «Con la tierra hagan lo que quieran, pero la autonomía es imprescindible». En cambio, el diputado Karaváyev habla de esta manera: «Hacen falta tanto una cosa como la otra, pero arrójenlo todo junto y después ya repartiremos». Tsereteli dice: «No, señores, no se puede repartir, por cuanto el gobierno es aún el viejo y no lo permitirá. Mejor será que nosotros nos esforcemos en conquistar el poder, y luego repartiremos como queramos»» (pág. 1615).

El campesino ha captado, por consiguiente, como única diferencia del discurso del socialdemócrata frente al trudovikí, la explicación de la necesidad de luchar por el poder en el Estado, la «conquista del poder». Las demás diferencias no las ha percibido, ¡le han parecido inesenciales! En el primer discurso de Tsereteli vemos, ciertamente, el desenmascaramiento de que «nuestra nobleza burócrata es también la nobleza agraria» (725). El orador mostró cómo «a lo largo de varios siglos el poder estatal ha ido entregando en propiedad privada tierras que pertenecían a todo el Estado, tierras que constituían la propiedad de todo el pueblo» (724). La declaración presentada por él al final del discurso en nombre de la fracción socialdemócrata, y que repite nuestro programa agrario, quedó sin motivar y sin contraponerse a los programas de otros partidos «de izquierda». Constatamos esto no en modo alguno para culpar a nadie –al contrario, el primer discurso de Tsereteli, corto, claro, concentrado en la explicación del carácter de clase del gobierno terrateniente, lo consideramos extremadamente logrado–, sino para explicar por qué para el campesino derechista (y, probablemente, para todos los campesinos) desaparecieron los rasgos específicamente socialdemócratas de nuestro programa.

El segundo discurso socialdemócrata sobre la cuestión agraria lo pronunció en la siguiente «sesión agraria» de la Duma (16ª sesión, 26 de marzo de 1907) el obrero Fómichev (provincia de Táurida), que con frecuencia decía: «nosotros, los campesinos». Fómichev dio una réplica apasionada a Svyatopolk-Mirski, cuyas célebres palabras: los campesinos sin terratenientes, «un rebaño sin pastor», agitaron a los diputados campesinos mejor que otros varios discursos «de izquierda». «El diputado Kutler desarrolló en un extenso discurso la idea de la expropiación forzosa, pero con rescate. Nosotros, los representantes de los campesinos, no podemos reconocer el rescate, por cuanto el rescate es una nueva soga al cuello del campesino» (1113). Como conclusión, Fómichev exigió «la transmisión de todas las tierras a manos de los trabajadores, en las condiciones que ha propuesto el diputado Tsereteli» (1114).

El siguiente discurso lo dijo asimismo un obrero, Izmáilov, que había sido elegido por la curia campesina de la provincia de Nóvgorod (18ª sesión, 29 de marzo de 1907). Respondió a su paisano, el campesino Bogátov, que aceptaba el rescate en nombre de los mujiks de Nóvgorod. Izmáilov rechazó con indignación el rescate. Relató las condiciones de la «liberación» de los campesinos de Nóvgorod, que recibieron 2 millones de desiatinas de los 10 millones de desiatinas de tierras de cultivo y 1 millón de desiatinas de los 6 millones de desiatinas de bosque. Describió la miseria de los campesinos, que había llegado al punto no ya de que «desde hace decenas de años queman en los hornos las estacas de sus huertos alrededor de las izbas», sino de que «aserran las esquinas de sus propias casas», «de grandes y antiguas izbas hacen pequeñas, tan sólo para, al reedificarlas, economizar de algún modo un haz de leña para el combustible» (1344). «He ahí en qué situación se encuentran nuestros campesinos, y los señores de la derecha han empezado a quejarse de la cultura. ¡El mujik, ojo, se ha comido, según ellos, la cultura! ¡Como si el mujik, muerto de hambre y de frío, estuviera para culturas! Y así, en lugar de tierra, querrían ofrecerle esa cultura; pero yo tampoco me fío de ellos por eso; yo creo que también ellos aceptarán vender sus tierras, pero de manera que se las apañarán para que el mujik pague por la tierra lo más caro posible. He ahí por qué aceptan. A mi modo de ver –y los campesinos deben saberlo en especial–, la cuestión no está en absoluto en la tierra, señores. Yo creo que no me equivoco si digo que detrás de la tierra se oculta algo distinto, otra fuerza, que los señores feudales temen transferir al pueblo, temen perder juntamente con la tierra; señores, esa fuerza es... el poder. Ellos transferirán la tierra y quieren transferirla, pero de manera que nosotros sigamos siendo como antes sus esclavos. Si contraemos deudas, no podremos librarnos del poder de los terratenientes feudales» (1345). ¡Resulta difícil imaginar algo más relevante y preciso que este desenmascaramiento de la esencia de los planes kadetes por parte de un obrero!

El socialdemócrata Sérov, en la 20ª sesión, el 2 de abril de 1907, criticó principalmente las concepciones de los kadetes como «representantes del capital» (1492), «representantes de la propiedad capitalista de la tierra». El orador mostró con detalle, cifras en mano, en qué consistió el rescate de 1861 y rechazó el «principio elástico» de la valoración justa. Sérov dio una respuesta impecablemente correcta desde el punto de vista marxista a Kutler, ante el argumento de que no se puede confiscar la tierra sin confiscar el capital. «Nosotros no aducimos en modo alguno los argumentos de que la tierra no es de nadie, de que la tierra no es una creación de las manos humanas» (1497). «El proletariado, cuyo representante aquí es el partido socialdemócrata, habiendo alcanzado la autoconciencia, rechaza por igual toda explotación, tanto la feudal como la burguesa. Para él, el proletariado, no existe la cuestión de cuál de esas dos formas de explotación es más justa; para él, la cuestión se reduce constantemente a si han madurado o no las condiciones históricas para liberarse de la explotación» (1499). «Según los cálculos de los estadísticos, con la confiscación de las tierras pasarían a manos del pueblo hasta 500 millones de rublos de renta no ganada de los terratenientes. El campesinado destinará esa renta, por supuesto, al mejoramiento de su economía, a la ampliación de la producción, al incremento de sus necesidades» (1498).

En la 22ª sesión de la Duma (5 de abril de 1907) se pronunciaron los discursos agrarios de Anikin y Aleksinski. El primero subrayó el nexo entre «la alta burocracia y la gran propiedad de la tierra» y demostró que la lucha por la libertad y por la tierra son una sola e indivisible. El segundo, en un extenso discurso, aclaró el carácter semifeudal de la economía de prestación personal que predomina en Rusia. El orador expuso, así, la base de las concepciones marxistas sobre la lucha del campesinado contra la propiedad terrateniente de la tierra; luego mostró el doble papel de la comuna («supervivencia del pasado» y «aparato para ejercer presión sobre las fincas de los terratenientes»), el significado de las leyes del 9 y del 15 de noviembre de 1906 (sumar al kulak como «puntal» junto al terrateniente). El orador demostró, cifras en mano, que «la escasez campesina de tierra es la abundancia nobiliaria de tierra», y puso de relieve que la expropiación «forzosa» kadete es «el forzamiento del pueblo en provecho de los terratenientes» (1635). Aleksinski se remitió directamente al «órgano kadete “Rech”» (1639), que había reconocido la verdad kadete acerca de la composición terrateniente de las comisiones de tierras que deseaban. Y el kadete Tatarinov, que habló una sesión después de Aleksinski, fue arrinconado contra la pared por esto, como ya hemos visto.

El discurso de Ozol en la 39ª sesión (16 de mayo de 1907) nos ofrece una muestra de la argumentación inconveniente para marxistas a la que Máslov empujó a una parte de nuestros socialdemócratas con su famosa «crítica» de la teoría de la renta de Marx y la correspondiente tergiversación de la noción de nacionalización de la tierra. Ozol replicaba a los socialrevolucionarios de este modo: «Su proyecto» «resulta ser, a mi modo de ver, desesperado, pues se suprime la propiedad privada sobre los medios de producción, en el caso dado sobre la tierra, en un momento en que se mantiene la propiedad privada sobre los edificios fabriles, no ya sobre los edificios fabriles, sino incluso sobre las casas y construcciones. En la página 2 del proyecto leemos que todas las construcciones que estén erigidas sobre la tierra que se explota de modo capitalista seguirán siendo propiedad privada, y entonces cualquier propietario privado dirá: hagan el favor, paguen todos los gastos por las tierras nacionalizadas, por el empedrado de las calles, etc., y yo cobraré el arriendo de estas casas. Eso no es nacionalización, sino simplemente un alivio para la obtención de rentas capitalistas en la forma capitalista más desarrollada» (667).

¡He ahí la Maslovada! En primer lugar, se repite el argumento trivial de la derecha y de los kadetes de que no se puede suprimir la explotación feudal sin tocar la explotación burguesa. En segundo lugar, se pone de manifiesto una asombrosa ignorancia económica: ¡el «arriendo» de las casas urbanas, etc., contiene la parte del león de la renta de la tierra! En tercer lugar, nuestro «marxista», siguiendo a Máslov, ¿se olvida por completo de la renta absoluta (o la niega)? En cuarto lugar, ¡resulta que un marxista refuta la conveniencia de «la forma capitalista más desarrollada» que defiende el socialrevolucionario! Perlas de la municipalización masloviana...

Tsereteli, en el amplio discurso de conclusión (47ª sesión, 26 de mayo de 1907), defendió la municipalización, por supuesto, de manera más meditada que Ozol; pero precisamente la defensa esmerada, ponderada y clara de Tsereteli puso de relieve con particular nitidez toda la falsedad de los argumentos básicos de los municipalistas.

La crítica de la derecha hecha por Tsereteli al comienzo del discurso era, políticamente, de todo punto acertada. Magnífica fue su observación contra los charlatanes del liberalismo que amedrentaban al pueblo con conmociones al estilo de la Revolución Francesa. «Él (Shingariov) ha olvidado que precisamente después de la confiscación, y como resultado de la confiscación de las tierras de los terratenientes, Francia renació a una nueva y pujante vida» (1228). Perfectamente acertada fue también su consigna fundamental: «la total supresión de la propiedad de los terratenientes y la completa liquidación del régimen burocrático terrateniente» (1224). Pero ya al pasar a los kadetes empieza a traslucirse la falsa posición del menchevismo. «El principio de la expropiación forzosa de la tierra –dijo Tsereteli– es objetivamente el principio del movimiento liberador, pero no todos los que sostienen este principio tienen conciencia de ello o quieren reconocer todas las conclusiones a que obliga este principio» (1225). Ésta es la concepción fundamental del menchevismo: que «la línea divisoria» de las divisiones políticas cardinales en nuestra revolución pasa a la derecha de los kadetes, y no a su izquierda, como pensamos nosotros. Y que esa concepción es errónea se ve con particular claridad a partir de la precisa formulación de Tsereteli, pues es absolutamente indiscutible, después de la experiencia de 1861, la posibilidad de una expropiación forzosa con predominio de los intereses de los terratenientes, con conservación de su poder, con la consolidación de una nueva servidumbre. Aún más inexacta es la afirmación de Tsereteli: «en la cuestión de las formas de usufructo de la tierra, nosotros (los socialdemócratas) estamos más lejos de ellos (de los populistas)» (1230) que de los kadetes. El orador, acto seguido, pasó a criticar las «normas», la de trabajo y la de consumo. En esto tenía mil veces razón, pero, justamente en esto, los kadetes no son en nada mejores que los trudovikí, pues los kadetes abusan de las «normas» bastante más. Y no es eso sólo. En los kadetes, la manipulación de las estúpidas «normas» es resultado de su burocratismo y de su tendencia a traicionar al mujik. En el mujik, las «normas» han sido traídas de fuera por la intelectualidad populista, y hemos visto más arriba, en el ejemplo de los diputados de la I Duma, Chizhevski y Poyarkov, cómo los prácticos del campo critican con agudeza toda clase de «normas». Si los socialdemócratas hubiesen explicado eso a los diputados campesinos, si hubiesen presentado una enmienda al proyecto trudovik que negara las normas, si hubiesen mostrado teóricamente el significado de la nacionalización, que nada tiene que ver con las «normas», los socialdemócratas habrían resultado ser los dirigentes de la revolución campesina contra los liberales. La posición del menchevismo, en cambio, es la subordinación del proletariado a la influencia liberal. En la II Duma resultaba especialmente extraño decir que nosotros, los socialdemócratas, estamos más lejos de los populistas, ¡pues los kadetes se había pronunciado a favor de restringir la venta y la hipoteca de las tierras!

Cuando Tsereteli pasó luego a criticar la nacionalización, adujo tres argumentos: 1) «un ejército de funcionarios»; 2) «la mayor injusticia respecto de las pequeñas nacionalidades»; 3) «en caso de restauración», «pondrían un arma en manos del enemigo del pueblo» (1232). Es ésta una escrupulosa exposición de los puntos de vista de quienes aprobaron nuestro programa del partido, y Tsereteli, como hombre de partido, debía exponer esos puntos de vista. La inconsistencia de esos puntos de vista, la superficialidad de esta crítica exclusivamente política, ya la hemos mostrado más arriba.

A favor de la municipalización, Tsereteli adujo seis argumentos: 1) con la municipalización «quedará asegurado el empleo efectivo de esos medios (es decir, de la renta) para necesidades populares (!!)» (¡sic! pág. 1233): afirmación de carácter optimista; 2) «los municipios se esforzarán por mejorar la situación de los desocupados», como, por ejemplo, en la América democrática y descentralizada (?); 3) «los municipios podrán apoderarse de las (grandes) economías y organizar haciendas modelo»; y 4) «en el momento de la crisis agraria... entregarán tierra en arriendo gratuito a los campesinos sin tierra y desposeídos» (¡sic! pág. 1234). Esto ya es una demagogia peor que la de los socialrevolucionarios: un programa de socialismo pequeñoburgués en la revolución burguesa. 5) «Baluarte de la democracia», al estilo del autogobierno cosaco; 6) «la expropiación de las tierras de adjudicación... puede provocar un terrible movimiento contrarrevolucionario», probablemente contra la voluntad de todos los campesinos que se han pronunciado por la nacionalización.

Balance de las intervenciones de los socialdemócratas en la II Duma: un papel dirigente en la cuestión del rescate, en la cuestión del nexo entre la propiedad terrateniente de la tierra y el poder del Estado actual, y un programa agrario propiamente dicho, que se extravía hacia el kadetismo y demuestra la incomprensión de las condiciones económicas y políticas de la revolución campesina.

Balance de todos los debates agrarios en la II Duma: los terratenientes derechistas pusieron de manifiesto la más clara comprensión de sus intereses de clase, la conciencia más nítida de las condiciones, tanto económicas como políticas, para conservar su dominio como clase en la Rusia burguesa. Los liberales se sumaban a ellos en esencia, intentando entregar al mujik en manos del terrateniente mediante los más despreciables e hipócritas procedimientos. Los intelectuales populistas infundían a los programas campesinos un regusto de burocratismo y de raciocinación pequeñoburguesa. Los campesinos, del modo más impetuoso y directo, expresaron la espontánea revolución de su lucha contra todos los residuos del medioevo y contra todas las formas de tenencia medieval de la tierra, no percibiendo con plena nitidez las condiciones políticas de esa lucha e idealizando de manera ingenua la «tierra prometida» de la libertad burguesa. Los «nacionales» burgueses se sumaban a la lucha campesina más o menos tímidamente, permeados en considerable medida de las concepciones estrechas y los prejuicios engendrados por el aislamiento de las pequeñas nacionalidades. Los socialdemócratas defendían con resolución la causa de la revolución campesina, aclaraban el carácter de clase del poder estatal actual, pero no estaban en condiciones de dirigir de modo consecuente la revolución campesina, a consecuencia de lo erróneo del programa agrario del partido.