La cuestión agraria constituye la base de la revolución burguesa en Rusia y determina la peculiaridad nacional de esta revolución.

La esencia de esta cuestión es la lucha del campesinado por la abolición de la propiedad terrateniente y de los residuos del feudalismo en el régimen agrario de Rusia, y, por consiguiente, en todas sus instituciones sociales y políticas.

Diez millones y medio de hogares campesinos en la Rusia europea poseen 75 millones de desyatinas de tierra. Treinta mil terratenientes, predominantemente nobles y en parte también advenedizos, poseen cada uno más de 500 desyatinas, con un total de 70 millones de desyatinas. Tal es el fondo básico del cuadro. Tales son las condiciones básicas del predominio de los terratenientes feudales en el régimen agrario de Rusia y, por consiguiente, en el Estado ruso en general y en toda la vida rusa. Son feudales los dueños de latifundios en el sentido económico de la palabra: la base de su propiedad agraria fue creada por la historia de la servidumbre, por la historia del saqueo secular de las tierras por la nobleza. La base de su actual gestión económica es el sistema de prestación personal, es decir, la pervivencia directa de la corvea, la explotación mediante el instrumental campesino, a través de infinitas y variadas formas de esclavización de los pequeños agricultores: contratación invernal, arriendo anual, arriendo a medias, arriendo por trabajo, servidumbre por deudas, servidumbre por las tierras “recortadas”, por bosques, por prados, por abrevaderos, etc., etc., sin fin. El desarrollo capitalista de Rusia ha dado ya un paso tan adelante en el último medio siglo, que el mantenimiento del feudalismo en la agricultura se ha convertido en algo absolutamente imposible; su eliminación ha tomado la forma de una crisis violenta, de una revolución nacional. Pero la eliminación del feudalismo en un país burgués es posible por dos vías.

Es posible eliminar el feudalismo mediante la lenta transformación de las haciendas feudales-terratenientes en haciendas junker-burguesas, la conversión de la masa campesina en braceros y jornaleros, el mantenimiento forzoso del nivel de vida miserable de la masa, y el surgimiento de un pequeño puñado de grandes agricultores (Grossbauern), campesinos ricos burgueses, creados inevitablemente por el capitalismo en el seno del campesinado. Los terratenientes de las Centurias Negras y su ministro Stolypin se situaron precisamente en esta vía. Comprendieron que sin una ruptura violenta de las enmohecidas formas medievales de propiedad de la tierra, era imposible despejar el camino para el desarrollo de Rusia. Y se lanzaron audazmente a esa ruptura en interés de los terratenientes. Arrojaron por la borda la simpatía, hasta entonces extendida entre la burocracia y los terratenientes, hacia la comuna semifeudal. Burlaron todas las leyes “constitucionales” para destruirla violentamente. Dieron carta blanca[132] a los kulaks para saquear a la masa campesina, para destruir la vieja propiedad agraria, arruinar miles de haciendas; entregaron la aldea medieval al “saqueo y la devastación” por parte del poseedor del rublo. No pueden actuar de otra manera en interés de mantener su dominación como clase, pues han comprendido la necesidad de adaptarse al desarrollo capitalista, y no de luchar contra él. Y para mantener su dominación, no tienen con quién unirse sino con el “advenedizo”, con los Razuváiev y Kolupáiev, contra la masa campesina. No les queda otra salida que gritar a estos Kolupáiev: ¡enrichissez-vous! ¡enriqueceos! ¡Os daremos la posibilidad de ganar cien rublos por uno, ayudadnos a salvar las bases de nuestro poder en las nuevas condiciones! Tal vía de desarrollo exige, para su realización, una violencia total, sistemática y desenfrenada contra la masa campesina y contra el proletariado. Y la contrarrevolución terrateniente se apresura a organizar esta violencia en todos los frentes.

La otra vía de desarrollo la hemos llamado vía americana de desarrollo del capitalismo, a diferencia de la primera, la prusiana. Exige también una ruptura violenta de la vieja propiedad agraria; solo los estúpidos filisteos del liberalismo ruso pueden soñar con una salida indolora y pacífica de la crisis increíblemente agravada en Rusia.

Pero esta ruptura necesaria e inevitable es posible en interés de la masa campesina, no de la pandilla terrateniente. La base del desarrollo capitalista puede ser una masa libre de granjeros sin ninguna hacienda terrateniente, porque esta hacienda es, en su conjunto, económicamente reaccionaria, mientras que los elementos del granjero han sido creados en el campesinado por la historia económica anterior del país. En esta vía de desarrollo capitalista, éste debe avanzar inconmensurablemente más amplia, libre y rápidamente, a consecuencia de un enorme crecimiento del mercado interior, de la elevación del nivel de vida, de la energía, la iniciativa y la cultura de toda la población. Y el gigantesco fondo de colonización de Rusia, cuya utilización se ve infinitamente dificultada por la opresión feudal de la masa campesina en la Rusia central, así como por la actitud feudal-burocrática hacia la política agraria, ese fondo garantiza la base económica para una vasta expansión de la agricultura y un aumento de la producción no solo en profundidad, sino también en extensión.

Esta vía de desarrollo exige no solo la abolición de la propiedad terrateniente. Pues el dominio de los terratenientes feudales ha impreso su sello durante siglos en toda la propiedad agraria del país, tanto en las tierras de reparto campesinas como en la propiedad de los colonos en las fronteras relativamente libres: toda la política de colonización de la autocracia está penetrada de una injerencia asiática de una burocracia anquilosada, que impedía a los colonos establecerse libremente, introducía una terrible confusión en las nuevas relaciones agrarias, contagiaba con el veneno del burocratismo feudal de la Rusia central a la Rusia periférica[133]. No solo la propiedad terrateniente, sino también la propiedad campesina de reparto es medieval en Rusia. Está increíblemente enmarañada. Divide a los campesinos en miles de pequeñas subdivisiones, categorías medievales, categorías estamentales. Refleja en sí la historia secular de la injerencia desenfrenada tanto del poder central como de los poderes locales en las relaciones agrarias campesinas. Encierra a los campesinos, como en un gueto, en pequeñas uniones medievales de carácter fiscal, de carga tributaria, uniones para la posesión de tierras de reparto, es decir, la comuna. Y el desarrollo económico de Rusia arranca de hecho al campesinado de este marco medieval, por un lado, dando lugar a la cesión y el abandono de los repartos, y por otro, creando la hacienda de los futuros granjeros libres (o de los futuros Grossbauern de la Rusia junker) a base de fragmentos de la más diversa propiedad agraria: propia de reparto, arrendada de reparto, propia comprada, arrendada de terrateniente, arrendada del Estado, etc.

Para construir una hacienda granjera verdaderamente libre en Rusia, es necesario “deslindar” todas las tierras, tanto las terratenientes como las de reparto. Es necesario destruir toda la propiedad agraria medieval, igualar todas y cada una de las tierras ante los agricultores libres en tierra libre. Es necesario facilitar en el máximo grado posible el intercambio de tierras, el reasentamiento, la concentración parcelaria, la creación de nuevas asociaciones libres en lugar de la enmohecida comuna tributaria. Es necesario “limpiar” toda la tierra de toda la morralla medieval.

La expresión de esta necesidad económica es la nacionalización de la tierra, la abolición de la propiedad privada sobre la tierra, la transferencia de todas las tierras a propiedad del Estado, como ruptura total con las regulaciones feudales en el campo. Precisamente esta necesidad económica es la que ha hecho de la masa campesina en Rusia partidaria de la nacionalización de la tierra. Los pequeños propietarios agricultores en masa se pronunciaron por la nacionalización en los congresos de la Unión Campesina en 1905, en la primera Duma en 1906 y en la segunda Duma en 1907, es decir, a lo largo de todo el primer período de la revolución. Se pronunciaron así no porque la “comuna” hubiera depositado en ellos particulares “gérmenes”, particulares principios “laborales” no burgueses. Se pronunciaron así, al contrario, porque la vida les exigía liberarse de la comuna medieval y de la propiedad medieval de reparto. Se pronunciaron así no porque quisieran o pudieran construir una agricultura socialista, sino porque querían y quieren, podían y pueden construir una pequeña agricultura verdaderamente burguesa, es decir, en el máximo grado libre de todas las tradiciones feudales.

Así pues, no es una casualidad ni la influencia de una u otra doctrina (como piensan las gentes miopes) lo que originó la relación original de las clases en lucha en la revolución rusa hacia la cuestión de la propiedad privada sobre la tierra. Esta originalidad se explica plenamente por las condiciones del desarrollo capitalista en Rusia y las exigencias del capitalismo en el momento actual de ese desarrollo. Todos los terratenientes de las Centurias Negras, toda la burguesía contrarrevolucionaria (incluidos los octubristas y los kadetes) se situaron del lado de la propiedad privada sobre la tierra. Todo el campesinado y todo el proletariado, contra la propiedad privada sobre la tierra. La vía reformista de creación de una Rusia junker-burguesa supone necesariamente la conservación de las bases de la vieja propiedad agraria y la adaptación lenta, dolorosa para la masa de la población, de esas bases al capitalismo. La vía revolucionaria de verdadero derrocamiento del viejo orden exige inevitablemente, como su base económica, la destrucción de todas las viejas formas de propiedad de la tierra, junto con todas las viejas instituciones políticas de Rusia. La experiencia del primer período de la revolución rusa demostró de manera definitiva que solo puede ser victoriosa como revolución agraria campesina, y que esta última no puede cumplir enteramente su misión histórica sin la nacionalización de la tierra.

Por supuesto, la socialdemocracia, como partido del proletariado internacional, partido que se plantea objetivos socialistas mundiales, no puede fundirse con ninguna época de ninguna revolución burguesa, no puede atar su suerte a uno u otro desenlace de tal o cual revolución burguesa. Cualesquiera que sean los desenlaces, debemos seguir siendo un partido independiente, puramente proletario, que conduzca consecuentemente a las masas trabajadoras hacia su gran objetivo socialista. Por eso no podemos ofrecer garantía alguna de la solidez de conquista alguna de la revolución burguesa, pues la inconsistencia y la contradicción interna de todas sus conquistas son inmanentes a la revolución burguesa como tal. Solo fruto de la irreflexión puede ser el “inventar” “garantías contra la restauración”. Nuestra tarea es una: aglutinando al proletariado para la revolución socialista, apoyar toda lucha contra el viejo orden en la forma más decidida posible, defender las mejores condiciones posibles para el proletariado en la sociedad burguesa en desarrollo. Y de aquí se desprende inevitablemente que nuestro programa socialdemócrata en la revolución burguesa rusa solo puede ser la nacionalización de la tierra. Como cualquier otra parte de nuestro programa, debemos ponerla en relación con determinadas formas y determinada etapa de las transformaciones políticas, pues la envergadura de la revolución política y de la revolución agraria no puede ser de distinto tipo. Como toda otra parte de nuestro programa, debemos separarla estrictamente de las ilusiones pequeñoburguesas, de la palabrería intelectual-burocrática sobre las “normas”, de la verborrea reaccionaria acerca de la consolidación de la comuna o del uso igualitario de la tierra. Los intereses del proletariado no exigen la invención de una consigna especial, de un “plan” o un “sistema” especial para tal o cual revolución burguesa, sino solo la expresión consecuente de sus condiciones objetivas y la depuración de esas condiciones objetivas, económicamente insoslayables, de ilusiones y utopías. La nacionalización de la tierra no solo es el único medio de liquidación completa del medievalismo en la agricultura, sino también el mejor ordenamiento agrario concebible bajo el capitalismo.

Circunstancias de tres tipos desviaron temporalmente a los socialdemócratas rusos de este correcto programa agrario. En primer lugar, el iniciador de la “municipalización” en Rusia, P. Máslov, “corrigió” la teoría de Marx, rechazó la teoría de la renta absoluta, remozó las semipodridas doctrinas burguesas sobre la ley de la fertilidad decreciente, su relación con la teoría de la renta, etc. La negación de la renta absoluta es la negación de todo significado económico de la propiedad privada sobre la tierra bajo el capitalismo y, en consecuencia, conducía inevitablemente a la tergiversación de los puntos de vista marxistas sobre la nacionalización. En segundo lugar, los socialdemócratas rusos, al no haber visto ante sus ojos el comienzo de la revolución campesina, no podían por menos de mostrarse cautelosos ante su posibilidad, pues la posibilidad de su victoria exige efectivamente una serie de condiciones particularmente favorables y un auge particularmente favorable de la conciencia, la energía y la iniciativa revolucionarias de las masas. No teniendo ante sí la experiencia, y considerando imposible inventar movimientos burgueses, los marxistas rusos, naturalmente, no pudieron plantear un programa agrario correcto antes de la revolución. Sin embargo, cometieron el error de que, incluso después del inicio de la revolución, en lugar de aplicar la teoría de Marx a las condiciones originales de Rusia (nuestra teoría no es un dogma —enseñaban siempre Marx y Engels—, sino una guía para la acción){113}, en lugar de eso, repitieron de manera acrítica las conclusiones de la aplicación de la teoría de Marx a condiciones ajenas, a otra época. Los socialdemócratas alemanes, por ejemplo, renunciaron con toda razón a todos los viejos programas de Marx con la exigencia de nacionalización de la tierra, porque Alemania se había conformado definitivamente como un país junker-burgués, todos los movimientos basados en el régimen burgués han caducado allí de manera irrevocable, y no hay ni puede haber movimiento popular alguno a favor de la nacionalización. El predominio de los elementos junker-burgueses convirtió de hecho los planes nacionalizadores en un juguete o incluso en un instrumento de saqueo de las masas por los junkers. Los alemanes tienen razón al negarse siquiera a hablar de la nacionalización, pero trasladar esta conclusión a Rusia (como hacen, en esencia, aquellos de nuestros mencheviques que no advierten la vinculación de la municipalización con la corrección masloviana de la teoría de Marx) significa no saber reflexionar sobre las tareas concretas de partidos socialdemócratas en períodos particulares de su desarrollo histórico.

En tercer lugar, en el programa municipalizador se manifestó claramente toda la errónea línea táctica del menchevismo en la revolución burguesa rusa: la incomprensión de que solo la “alianza del proletariado y el campesinado”[134] puede garantizar su victoria. La incomprensión del papel dirigente del proletariado en la revolución burguesa, el afán de ponerlo a un lado, de adaptarlo a un desenlace a medias de la revolución, de convertirlo de dirigente en ayudante (y, de hecho, en peón y sirviente) de la burguesía liberal. “Sin exaltarse, adaptándose, más despacio, pueblo trabajador”: estas palabras de Narcisa Tuporýlova{114} contra los “economistas” (= los primeros oportunistas en el POSDR) expresan plenamente el espíritu de nuestro actual programa agrario.

La lucha contra el “entusiasmo” del socialismo pequeñoburgués debe conducir no a la reducción, sino a la ampliación de la envergadura de la revolución y de sus tareas, determinadas por el proletariado. No debemos fomentar el “regionalismo”, por fuerte que sea entre las capas atrasadas de la pequeña burguesía o del campesinado privilegiado (cosacos), ni el particularismo de las distintas nacionalidades; no, debemos explicar al campesinado la importancia de la unidad para la victoria, plantear una consigna que amplíe el movimiento, no que lo reduzca, que atribuya la responsabilidad de lo incompleto de la revolución burguesa al atraso de la burguesía, no a la irreflexión del proletariado. No debemos “adaptar” nuestro programa al democratismo “local”, ni inventar un absurdo e imposible, bajo un poder central no democrático, “socialismo municipal” en el campo, ni acomodar el reformismo pequeñoburgués-socialista a la revolución burguesa, sino concentrar la atención de las masas en las condiciones reales de su victoria como revolución burguesa, en la necesidad para ello no de un democratismo solo local, sino forzosamente “central”, es decir, el democratismo del poder estatal central, y no solo el democratismo en general, sino precisamente las formas más completas, más elevadas de democratismo, pues sin ellas la revolución agraria campesina en Rusia se convierte en utopía en el sentido científico de la palabra.

Y que nadie piense que precisamente el momento histórico actual, cuando los uros de las Centurias Negras aúllan y braman en la tercera Duma, cuando la orgía contrarrevolucionaria ha llegado al nec plus ultra[135], cuando la reacción consuma su salvaje acto de venganza política sobre los revolucionarios en general, y sobre los diputados socialdemócratas de la segunda Duma en particular, que nadie piense que este momento “no es adecuado” para programas agrarios “amplios”. Tal idea sería afín a ese renegadismo, abatimiento, descomposición y decadentismo que han invadido amplias capas de la intelectualidad pequeñoburguesa que ingresa o se adhiere al partido socialdemócrata en Rusia. El proletariado solo saldrá ganando si esta escoria es barrida bien limpia del partido obrero. No, cuanto más se enfurece la reacción, tanto más, en esencia, frena el inevitable desarrollo económico, y con más éxito prepara un auge más amplio del movimiento democrático. Y los períodos de calma temporal en la acción de masas debemos aprovecharlos para estudiar críticamente la experiencia de la gran revolución, verificarla, limpiarla de escorias y transmitirla a las masas como guía para la lucha venidera.

Noviembre-diciembre de 1907.