Las categóricas declaraciones de John y Kostrov que he citado corresponden a abril de 1906, es decir, a la víspera de la primera Duma. Yo demostraba (véase mi folleto sobre «La revisión»[56]) que el campesinado está por la nacionalización. Se me objetaba que las resoluciones de los congresos de la Unión Campesina{86} no eran probatorias, que estaban inspiradas por los ideólogos del eserismo, que la masa campesina jamás apoyaría semejantes reivindicaciones.

Desde entonces, la primera y la segunda Duma han resuelto documentalmente esta cuestión. Los representantes del campesinado de todos los confines de Rusia se manifestaron en la primera y, sobre todo, en la II Duma. Sólo publicistas como los de «Rossía»{87} o «Nóvoye Vremia» podrían negar que las reivindicaciones políticas y económicas de las masas campesinas encontraron su expresión en una y otra Duma. Al parecer, la idea de la nacionalización de las tierras campesinas habría debido ser definitivamente enterrada ahora, después de las intervenciones independientes de los diputados campesinos frente a los otros partidos. Al parecer, a los partidarios de John y Kostrov nada les habría costado suscitar en la Duma el clamor de los diputados campesinos contra lo inadmisible de la nacionalización. Al parecer, la socialdemocracia, dirigida por los mencheviques, habría debido realmente «cortar» de la revolución a los partidarios de la nacionalización, que promueven una contrarrevolucionaria Vendée en toda Rusia.

En realidad ocurrió algo muy distinto. En la primera Duma, la preocupación por las *propias* (cursiva de John) tierras campesinas la manifestaron Stishinski y Gurko. En ambas Dumas, la extrema derecha defendía la propiedad privada de la tierra, junto con los representantes del gobierno, rechazando por igual toda forma de propiedad social de la tierra, tanto la municipalización como la nacionalización y la socialización. En ambas Dumas, los diputados campesinos de todos los confines de Rusia se pronunciaron a favor de la nacionalización.

El camarada Máslov escribía en 1905: «La nacionalización de la tierra, como medio para resolver (?) la cuestión agraria, no puede ser considerada en la Rusia de hoy *ante todo*» (obsérvese este «ante todo») «porque es irremediablemente utópica. La nacionalización de la tierra supone la entrega de todas las tierras al Estado. Pero ¿acaso los campesinos consentirán en ceder voluntariamente sus tierras a alguien, sobre todo los campesinos parcelarios?» (P. Máslov, *Crítica de los programas agrarios*, M. 1905, pág. 20).

Así, en 1905, la nacionalización es, «ante todo», irremediablemente utópica, porque los campesinos no la aceptarán.

En 1907, en marzo, el mismo Máslov escribía: «Todos los grupos populistas (trudovikí, socialistas populares y socialistas-revolucionarios) se pronuncian a favor de la nacionalización de la tierra en una u otra forma» (*Obrazovánie*, 1907, nº 3, pág. 100).

¡Ahí tenéis la nueva Vendée! ¡Ahí tenéis el levantamiento campesino en toda Rusia contra la nacionalización!

Pero en vez de reflexionar sobre la ridícula situación en que se encontraron quienes hablaban y escribían de una Vendée campesina contra la nacionalización, tras la experiencia de dos Dumas; en vez de buscar una explicación a su error de 1905, P. Máslov procedió como Iván Nepomniaschi. ¡Prefirió olvidar tanto las palabras que yo cité como los discursos en el Congreso de Estocolmo! Y no sólo eso. Con la misma facilidad con que en 1905 afirmaba que los campesinos no consentirían, ahora pasó a afirmar lo contrario. Escuchad:

«…Los populistas, que reflejan los intereses y esperanzas de los pequeños propietarios (¡escuchad!), *debían* pronunciarse a favor de la nacionalización» (*Obrazovánie*, ibídem).

¡He aquí una muestra de la probidad científica de nuestros municipalizadores! Antes de las manifestaciones políticas de los diputados elegidos por el campesinado en toda Rusia, al resolver una cuestión difícil, afirmaban una cosa de los pequeños propietarios, y después de dicha manifestación en dos Dumas, afirman exactamente lo contrario de esos mismos «pequeños propietarios».

Como caso particularmente curioso hay que mencionar que Máslov explica esta inclinación de los campesinos rusos a la nacionalización no por las condiciones especiales de la revolución agraria campesina, sino por las propiedades generales del pequeño propietario en la sociedad capitalista. Resulta increíble, pero es un hecho:

«El pequeño propietario —pontifica Máslov— teme sobre todo la competencia y el dominio del gran propietario, el dominio del capital…» ¡Lo está embarullando, señor Máslov! Poner en el mismo plano al gran propietario (feudal) de la tierra y al propietario de capital significa repetir los prejuicios del pequeño burgués. Precisamente porque el campesino es, en este momento histórico, el representante de la libre evolución capitalista de la agricultura, lucha con tanta energía contra los latifundios feudales.

«…Al no poder luchar contra el capital en el terreno económico, el pequeño propietario deposita sus esperanzas en el poder gubernamental, que debe acudir en ayuda del pequeño propietario frente al grande… Si el campesino ruso esperó durante siglos la protección del poder central frente a los terratenientes y los funcionarios; si en Francia Napoleón, apoyándose en los campesinos, estranguló la república, lo hizo gracias a las esperanzas del campesinado en el apoyo del poder central» (*Obrazovánie*, pág. 100).

¡Magnífico razonamiento el de Piotr Máslov! En primer lugar, si el campesino ruso manifiesta en el actual momento histórico las mismas propiedades que el campesino francés bajo Napoleón, ¿qué tiene que ver entonces la nacionalización de la tierra? El campesino francés jamás bajo Napoleón estuvo a favor de la nacionalización, ni podía estarlo. ¡Lo que dice no guarda ninguna relación, señor Máslov!

En segundo lugar, ¿qué tiene que ver aquí la lucha contra el capital? Se trata de comparar la propiedad campesina de la tierra con la nacionalización de toda la tierra, incluida la campesina. El campesino francés se aferró fanáticamente bajo Napoleón a la pequeña propiedad, viendo en ella una defensa contra el capital, mientras que el ruso… Una vez más, ¿dónde está la vinculación entre el principio y el final de su razonamiento, estimadísimo señor?

En tercer lugar, al hablar de la esperanza en el poder gubernamental, Máslov presenta las cosas como si los campesinos no comprendieran el perjuicio de la burocracia, no comprendieran la importancia del autogobierno, mientras que él, el progresista Piotr Máslov, lo valora. ¡Una crítica de los populistas demasiado simplista! Basta consultar el conocido proyecto agrario de los trudovikí (proyecto de los 104), presentado tanto en la primera como en la II Duma{88}, para ver la falsedad del razonamiento (¿o de la insinuación?) de Máslov. Por el contrario, los hechos dicen que en el proyecto de los trudovikí los principios del autogobierno y la hostilidad hacia una solución burocrática de la cuestión agraria están expresados con más claridad que en el programa socialdemócrata, ¡redactado según Máslov! En efecto, en nuestro programa sólo se habla de «principios democráticos» para la elección de los órganos locales, mientras que en el proyecto de los trudovikí (§ 16) se dice de manera precisa y directa que los autogobiernos locales deben ser elegidos por «sufragio universal, igual, directo y secreto». No sólo eso. En ese mismo proyecto se plantean los comités locales de tierras, apoyados, como es sabido, por los socialdemócratas, que deben ser elegidos por el mismo sistema de votación y que deben (§§ 17-20) organizar la discusión de la reforma agraria y prepararla. Quienes defendían el modo burocrático de llevar a cabo la reforma agraria eran los kadetes, no los trudovikí; los burgueses liberales, no los campesinos. ¿Para qué pudo necesitar Máslov tergiversar estos hechos por todos conocidos?

En cuarto lugar, en su notable «explicación» de por qué los pequeños propietarios «debían haberse pronunciado por la nacionalización», Máslov subraya la esperanza del mujik en la protección del poder central. Éste es el punto de diferencia entre la municipalización y la nacionalización: aquí, los poderes locales; allí, el poder central. Es la idea predilecta de Máslov, cuyo significado económico y político analizaremos detalladamente más adelante. Aquí señalemos sólo que Máslov escamotea la cuestión que le ha planteado la historia de nuestra revolución, a saber: por qué los campesinos no temen la nacionalización de sus tierras. ¡Ahí está el meollo del problema!

Pero eso no es todo. Resulta especialmente picante, en este intento de Máslov por explicar las raíces de clase de la nacionalización trudovikí, a diferencia de la municipalización, la siguiente circunstancia: ¡Máslov oculta al lector que los populistas han resuelto la cuestión de la disposición inmediata de las tierras también a favor de los autogobiernos locales! Los razonamientos de Máslov acerca de la «esperanza» del mujik en el poder central son, simple y llanamente, un chismorreo intelectual sobre el mujik. Leed el § 16 del proyecto agrario de los trudovikí, presentado en ambas Dumas. He aquí el texto de ese parágrafo:

«La administración del fondo nacional de tierras deberá ser confiada a los autogobiernos locales, elegidos por sufragio universal, igual, directo y secreto, los cuales actuarán de manera autónoma dentro de los límites establecidos por la ley».

Comparad con esto la reivindicación correspondiente de nuestro programa: «…El POSDR exige:… 4) la confiscación de las tierras de propiedad privada, excepto la pequeña propiedad territorial, y su entrega a disposición de los grandes órganos de autogobierno local elegidos sobre bases democráticas (que abarquen —pto. 3— los distritos urbanos y rurales)…».

¿Qué diferencia hay aquí desde el punto de vista de los derechos del poder central y local? ¿En qué se distingue la «administración» de la «disposición»?

¿Por qué Máslov, al hablar de la actitud de los trudovikí hacia la nacionalización, se ha visto obligado a ocultar a los lectores —y quizá también a sí mismo— el contenido de este § 16? Pues porque echa por tierra por completo su absurda «municipalización».

Repasad los argumentos de Máslov en favor de esa municipalización ante el Congreso de Estocolmo, leed las actas de ese congreso: encontraréis un sinfín de referencias a la imposibilidad de oprimir a las nacionalidades, de sojuzgar a las regiones periféricas, de pasar por alto la diversidad de los intereses locales, etc., etc. Ya antes del Congreso de Estocolmo yo le señalaba a Máslov (véase mi «Revisión», pág. 18[57]) que todos los argumentos de ese género son un «puro malentendido», ya que —decía yo— nuestro programa ya reconoce el derecho de las nacionalidades a la autodeterminación y una amplia autonomía local y regional. Por consiguiente, desde ese punto de vista, no hay por qué ni es posible inventar «garantías» adicionales contra la centralización excesiva, la burocratización y la reglamentación, pues ello sería o bien carente de contenido o bien interpretado en un espíritu antiproletario, federalista.

Los trudovikí demostraron a los municipalistas que yo tenía razón.

Máslov debe reconocer ahora que todos los grupos que expresan los intereses y el punto de vista del campesinado se han pronunciado por la nacionalización en una forma tal que los derechos y facultades de los autogobiernos locales están salvaguardados en sus proyectos ¡no menos que en el de Máslov! La ley sobre los límites de los derechos de los autogobiernos locales ha de ser promulgada por el parlamento central; Máslov no lo dice, pero ninguna táctica de esconder la cabeza bajo el ala servirá aquí, ya que no se puede ni imaginar otro orden de cosas.

La expresión «entregar a disposición» introduce una confusión extrema. No se sabe quién es el propietario[58] de las tierras confiscadas a los terratenientes. Y al no saberse esto, el propietario sólo puede ser el Estado. En qué debe consistir la «disposición», cuáles han de ser sus límites, formas y condiciones, nuevamente deberá determinarlo el parlamento central. Esto es evidente por sí mismo, y en el programa de nuestro partido, además, se destacan por separado tanto los «bosques de importancia estatal» como el «fondo de colonización». Está claro que sólo el poder estatal central puede separar de la masa total de bosques los que «tienen importancia estatal», y de la masa total de tierras, el «fondo de colonización».

En una palabra, el programa de Máslov, convertido ahora en una versión particularmente tergiversada en programa de nuestro partido, es completamente absurdo si se lo compara con el programa de los trudovikí. No es de extrañar que Máslov se haya visto obligado a hablar, a propósito de la nacionalización, incluso del campesino napoleónico, ¡sólo para ocultar al público la ridícula situación en que nos ha colocado ante los representantes de la democracia burguesa con esa embrollada «municipalización»!

La única diferencia, plenamente real e incondicional, es la actitud hacia las tierras de adjudicación campesinas. Máslov aislaba estas tierras sólo porque temía la «Vendée». Y ha resultado que los diputados campesinos, enviados tanto a la I como a la II Duma, se han burlado de los temores de los socialdemócratas de la cola[59], ¡pronunciándose por la nacionalización de sus propias tierras!

Los municipalistas deben ahora ir contra los trudovikí-campesinos, demostrándoles que no deben nacionalizar sus tierras. La ironía de la historia ha hecho que los argumentos de Máslov, John, Kostrov y Cía se vuelvan contra sus propias cabezas.