Nuestra tarea consiste en examinar tales consideraciones de la manera más sistemática y concisa posible, señalando la correlación entre las distintas medidas políticas (y puntos de vista) y las bases económicas de la revolución agraria.

## 1. «Garantía contra la restauración»

En mi «Informe» sobre el Congreso de Estocolmo analicé este argumento[95], reconstruyendo de memoria los debates. Ahora disponemos del texto exacto de las actas.

«La clave de mi posición —exclamó Plejánov en el Congreso de Estocolmo— reside en la indicación de la posibilidad de una restauración» (pág. 115). Examinemos, pues, más de cerca esta clave. He aquí la primera mención de ella en el primer discurso de Plejánov:

«Lenin dice: "nosotros haremos inocua la nacionalización", pero para hacer inocua la nacionalización es necesario hallar una garantía contra la restauración; y semejante garantía no existe ni puede existir. Recuerden la historia de Francia; recuerden la historia de Inglaterra; en cada uno de estos países, a un amplio impulso revolucionario siguió una restauración. Lo mismo puede ocurrir entre nosotros; y nuestro programa debe ser tal que, en caso de realizarse, reduzca al mínimo el daño que pueda acarrear una restauración. Nuestro programa debe eliminar la base económica del zarismo; pero la nacionalización de la tierra en el período revolucionario no elimina esa base. Por eso considero la reivindicación de la nacionalización como una reivindicación antirrevolucionaria» (pág. 44). Respecto a cuál es esa «base económica del zarismo», Plejánov dice en el mismo discurso: «Entre nosotros las cosas se han configurado de tal modo que la tierra, junto con los agricultores, fue sometida a servidumbre por el Estado, y sobre la base de esta servidumbre se desarrolló el despotismo ruso. Para destruir el despotismo, es necesario eliminar su base económica. Por eso estoy ahora contra la nacionalización» (pág. 44).

Fíjense primero en la lógica de este razonamiento sobre la restauración. Primero: «¡No hay ni puede haber garantía contra la restauración!» Segundo: hay que «reducir al mínimo el daño que pueda acarrear la restauración». Es decir, ¡hay que idear una garantía contra la restauración, aunque semejante garantía no puede existir! Y en la página siguiente, la 45 (el mismo discurso), Plejánov termina por idear la garantía: «En caso de restauración —dice textualmente—, ella (la municipalización) no entrega las tierras (¡escuchen!) en manos de los representantes políticos del viejo orden». La garantía contra la restauración ha sido encontrada, aunque semejante garantía «no puede existir». El truco ha sido brillantemente ejecutado, y la literatura menchevique está llena de entusiasmo por la habilidad de este prestidigitador.

Cuando Plejánov habla, lanza agudezas, bromea, hace ruido, chisporrotea, gira y brilla como una rueda en un castillo de fuegos artificiales. Pero la desgracia surge cuando un orador así registra fielmente su discurso y este es sometido luego a un análisis lógico.

¿Qué es una restauración? El traspaso del poder estatal a manos de los representantes políticos del viejo orden. ¿Puede haber una garantía contra semejante restauración? No, una garantía así no puede existir. Por eso ideamos una garantía tal como la municipalización, que «no entrega las tierras»… Preguntémonos a continuación: ¿en qué consiste el obstáculo que la municipalización erige contra la «entrega de las tierras»? Exclusivamente en una ley promulgada por el parlamento revolucionario que declara tales o cuales tierras (antiguas tierras de los terratenientes, etc.) propiedad de las dietas regionales. ¿Y qué es una ley? La expresión de la voluntad de las clases que han vencido y mantienen en sus manos el poder estatal.

¿Comprenden ahora que semejante ley «no entrega las tierras» a los «representantes del viejo orden» cuando el poder estatal pase a sus manos?

¡Y esta estupidez insuperable fue predicada después de Estocolmo por los socialdemócratas, presentándola incluso desde la tribuna de la Duma![96]

Acerca de la esencia de este célebre problema de la «garantía contra la restauración», es necesario señalar lo siguiente. Puesto que no puede haber en nuestras manos garantías contra la restauración, plantear este problema en relación con el programa agrario significaba desviar la atención de los oyentes, ofuscar su pensamiento, embrollar la discusión. Nosotros no podemos, a voluntad, provocar la revolución socialista en Occidente, esa única garantía absoluta contra la restauración en Rusia. La «garantía» relativa y condicional, es decir, la mayor dificultación posible de la restauración, consiste en llevar a cabo la revolución en Rusia de la manera más profunda, consecuente y decidida posible. Cuanto más lejos llegue la revolución, tanto más difícil será la restauración de lo viejo, tanto más quedará incluso en caso de restauración. Cuanto más profundamente haya removido la revolución el viejo suelo, tanto más difícil será la restauración. En la esfera política, una revolución más profunda es la república democrática, más que el autogobierno local democrático; aquella supone (y desarrolla) una mayor energía revolucionaria, conciencia y organización de las grandes masas del pueblo; deja tradiciones que es mucho más difícil extirpar. Por eso, por ejemplo, los socialdemócratas actuales valoran los grandes frutos de la Revolución Francesa, a pesar de todas las restauraciones, distinguiéndose en esto de los kadetes (¿y de los socialdemócratas kadetizantes?), que prefieren los zemstvos democráticos bajo la monarquía, como «garantía contra la restauración».

En la esfera económica, la nacionalización es lo que más lejos llega durante la revolución agraria burguesa, pues rompe toda la propiedad territorial medieval. El campesino cultiva ahora un pedacito de su propia tierra de reparto, un pedacito de tierra de reparto arrendada, un pedacito de tierra terrateniente arrendada, etc. La nacionalización permite, en grado máximo, romper todas las barreras de la propiedad territorial y «despejar» toda la tierra para una nueva economía que responda a las exigencias del capitalismo. Por supuesto, incluso con semejante despeje no hay garantía contra el retorno de lo viejo: prometer al pueblo una «garantía contra la restauración» así sería hacer charlatanería. Pero este despeje de la vieja propiedad territorial consolidará la nueva economía hasta tal punto que el retorno a la vieja propiedad territorial se dificultará en grado máximo, pues el desarrollo del capitalismo no puede ser detenido por ninguna fuerza. En cambio, con la municipalización, el retorno a la vieja propiedad territorial se facilita, ya que ella eterniza la «zona de residencia», el lindero que separa la propiedad territorial medieval de la nueva, municipalizada. Después de la nacionalización, la restauración debería destruir millones de nuevas economías capitalistas (de granjeros) para restablecer la vieja propiedad territorial. Después de la municipalización, la restauración no necesitaría destruir ninguna economía, no necesitaría realizar ninguna nueva delimitación: bastaría, en el sentido literal de la palabra, con firmar un papelucho que transfiriera las tierras de la «municipalidad» X a la propiedad de los nobles terratenientes Y, Z, etc., o con entregar a los terratenientes la renta de las tierras «municipalizadas».

Además, del error lógico de Plejánov en el problema de la restauración, de la confusión de conceptos políticos, hay que pasar a la esencia económica de la restauración. Las «Actas» del Congreso de Estocolmo confirmaron plenamente lo que yo dije en mi «Informe»: que Plejánov confunde de manera inadmisible la restauración francesa sobre la base del capitalismo con la restauración de «nuestro viejo orden semiasiático» (pág. 116 de las «Actas» del Congreso de Estocolmo). Por eso no tengo necesidad de añadir nada sobre esta cuestión a lo dicho en el «Informe». Detengámonos únicamente en la «eliminación de la base económica del despotismo». He aquí el pasaje más importante del discurso de Plejánov referente a este punto:

«La restauración» (en Francia) «no restableció los vestigios del feudalismo, eso es cierto, pero lo que entre nosotros corresponde a esos vestigios es nuestra vieja servidumbre de la tierra y del agricultor respecto al Estado, nuestra vieja y peculiar nacionalización de la tierra. A nuestra restauración le será tanto más fácil restablecer esta (¡sic!) nacionalización, cuanto que vosotros mismos reivindicáis la nacionalización de la tierra, cuanto que dejáis intacta esta herencia de nuestro viejo orden semiasiático» (pág. 116).

¡De modo que a la restauración «le será más fácil» restablecer esta nacionalización, es decir, la semiasiática, porque Lenin (¡y el campesinado!) reivindican ahora la nacionalización! ¿Qué es esto? ¿Un análisis histórico-materialista o un «juego de palabras» puramente racionalista?[97] ¿Es la palabra «nacionalización» la que facilita el restablecimiento de los órdenes semiasiáticos, o lo facilitan determinados cambios económicos? Si Plejánov hubiera reflexionado sobre esto, habría visto que la municipalización y el reparto destruyen una base del semiasiático, la propiedad territorial terrateniente medieval, pero dejan otra: la propiedad territorial de reparto medieval. Por consiguiente, en el fondo del asunto, por la esencia económica de la revolución (y no por la designación de ella con tal o cual término), precisamente la nacionalización elimina las bases económicas del semiasiático de un modo mucho más radical. El «truco» de Plejánov consiste en que llamó «nacionalización peculiar» a la propiedad territorial medieval, dependiente, sujeta a tributos, de servicio, saltando por encima de dos tipos de esta propiedad territorial: la de reparto y la terrateniente. Gracias a esta tergiversación de palabras, la cuestión histórica real —qué tipos de propiedad territorial medieval destruye tal o cual medida agraria— quedó suprimida. ¡No son, ciertamente, complicados los procedimientos de los fuegos artificiales de Plejánov!

La explicación real de toda esta confusión, casi increíble, de Plejánov en el problema de la restauración reside en dos circunstancias. En primer lugar, Plejánov, al hablar de «revolución agraria campesina», no se aclaró en absoluto su peculiaridad como evolución capitalista. Él confunde el populismo, la doctrina sobre la posibilidad de una evolución no capitalista, con el punto de vista marxista sobre la posibilidad de dos tipos de evolución agraria capitalista. En Plejánov trasluce constantemente un vago «temor a la revolución campesina» (como ya le dije en Estocolmo, págs. 106-107[98]), el temor de que esta pueda resultar económicamente reaccionaria, conduciendo no a la granjería americana, sino a una servidumbre medieval. En realidad, esto es económicamente imposible. La prueba es la reforma campesina y el curso de la evolución posterior a ella. En la reforma campesina, la envoltura del feudalismo (tanto del feudalismo terrateniente como del «feudalismo estatal», del que, siguiendo a Plejánov, habló Martínov en Estocolmo) es muy fuerte. Pero la evolución económica resultó más fuerte y llenó esa envoltura feudal con un contenido capitalista. A pesar del obstáculo de la propiedad territorial medieval, tanto la economía campesina como la terrateniente se desarrollaron, aunque con una lentitud increíble, por la vía burguesa. La propiedad territorial de los campesinos estatales (hasta los años 80) o de los antiguos campesinos estatales (después de los años 80) tendría que haberse revelado, si el temor de Plejánov al retorno del semiasiático fuera real, como el tipo más puro de «feudalismo estatal». En realidad, resultó ser más libre que la terrateniente, pues la explotación feudal ya era imposible en la segunda mitad del siglo XIX. Entre los campesinos estatales «con mucha tierra»[99] reinaba menos la servidumbre por deudas y se desarrollaba más rápidamente la burguesía campesina. En Rusia es posible ahora o bien una evolución burguesa lenta y penosa según el tipo prusiano, junker, o bien una evolución rápida y libre según el tipo americano. Todo lo demás son fantasmas.

La segunda causa que condicionó la «mescolanza restauracionista» en la cabeza de algunos camaradas fue la indefinición de la situación en la primavera de 1906. El campesinado, como masa, aún no se había manifestado definitivamente. Todavía era posible no considerar el movimiento campesino y la Unión Campesina como indicadores definitivos de las aspiraciones reales de la inmensa mayoría de los campesinos. La burocracia autocrática y Witte aún no habían perdido definitivamente la esperanza de que «el mujik nos sacará del apuro» (frase clásica del órgano de Witte, «El Estado Ruso», en la primavera de 1906), es decir, de que el campesino se pondría a la derecha. De ahí una representación tan fuerte del campesinado según la ley del 11 de diciembre de 1905. Alguna que otra aventura de la autocracia sobre la base de la idea campesina: «mejor toda la tierra del zar, con tal de que no sea de los señores», parecía todavía entonces posible a muchos socialdemócratas. Pero las dos Dumas, la ley del 3 de junio de 1907 y la legislación agraria de Stolypin debieron abrir los ojos a todos. La autocracia se vio obligada, para salvar lo que podía, a emprender el camino de la destrucción violenta de la comuna en favor de la propiedad privada de la tierra, es decir, a basar la contrarrevolución no en los vagos discursos campesinos sobre la nacionalización (la tierra es «de la comunidad», etc.), sino en la única base económica posible para el mantenimiento del poder terrateniente: sobre la evolución capitalista según el modelo prusiano.

Ahora la situación se ha aclarado por completo, y es hora de mandar al archivo el vago temor a una restauración «asiática» sobre la base del movimiento campesino contra la propiedad privada de la tierra[100].

## 2. El autogobierno local como «baluarte contra la reacción»

«…En los órganos de autogobierno social que posean la tierra —dijo Plejánov en Estocolmo—, ella (la municipalización) crea un baluarte contra la reacción. Y será un baluarte muy fuerte. Tomemos a nuestros cosacos» (pág. 45)… Ahora mismo «tomaremos a nuestros cosacos» y veremos qué valor tiene la referencia a ellos. Pero antes analicemos las bases generales de este punto de vista de que el autogobierno local es capaz de ser un baluarte contra la reacción. Esta opinión ha sido aducida innumerables veces por nuestros municipalistas y, además de la formulación de Plejánov, bastará con una cita más del discurso de John: «¿A qué se reduce la diferencia entre la nacionalización y la municipalización de la tierra, si reconocemos que una y otra son realizables y están igualmente ligadas a la democratización del régimen político? La diferencia se reduce a que la municipalización consolidará mejor las conquistas de la revolución, el régimen democrático, y servirá de base para su desarrollo ulterior, mientras que la nacionalización sólo fortalecerá el poder estatal» (pág. 112).

En verdad, los mencheviques niegan la posibilidad de garantías contra la restauración y luego cuecen, a la vista del público, «garantías» y «baluartes», como prestidigitadores que se tragan espadas. ¿De qué manera el autogobierno local puede ser un baluarte contra la reacción o consolidar las conquistas de la revolución? ¡Reflexionen ustedes al menos un poco, señores! Un baluarte contra la reacción y una consolidación de las conquistas sólo puede ser una cosa: la conciencia y la organización de las masas del proletariado y del campesinado. Y esta organización, en un Estado capitalista que está centralizado no por el capricho de la burocracia, sino en virtud de las exigencias ineludibles del desarrollo económico, debe ser la unificación en una fuerza única en todo el Estado. Sin un movimiento campesino centralizado, sin una lucha política centralizada del campesinado en todo el Estado, siguiendo al proletariado centralizado, no puede haber ninguna «conquista de la revolución» seria que valga la pena «consolidar», no puede haber ningún «baluarte contra la reacción».

Un autogobierno local realmente democrático, en alguna medida, es imposible sin el derrocamiento completo del poder terrateniente y la abolición de la propiedad territorial terrateniente; admitiendo esto de palabra, los mencheviques, con una ligereza asombrosa, se niegan a reflexionar sobre lo que esto significa en la práctica. En la práctica, esto es irrealizable sin la conquista del poder político en todo el Estado por las clases revolucionarias, y dos años de revolución deberían, al parecer, haber enseñado incluso a los más empedernidos «hombres envainados» que esas clases en Rusia sólo pueden ser el proletariado y el campesinado. La «revolución agraria campesina» de la que ustedes hablan, señores, debe, para vencer, convertirse en poder central en todo el Estado, como tal revolución, como revolución campesina.

Sólo como partes de ese poder central del campesinado democrático pueden existir los autogobiernos democráticos, y sólo luchando contra la dispersión local y regional del campesinado, sólo predicando, preparando, organizando un movimiento estatal, de toda Rusia, centralizado, se puede servir realmente a la causa de la «revolución agraria campesina», y no a la de fomentar el anquilosamiento parroquial y el embrutecimiento local-regional del campesinado. Precisamente a este embrutecimiento sirven ustedes, señor Plejánov y señor John, predicando la idea absurda y archirreaccionaria de que el autogobierno local es capaz de ser un «baluarte contra la reacción» o una «consolidación de las conquistas de la revolución». Precisamente la experiencia de dos años de revolución rusa ha demostrado con evidencia que la dispersión local y regional del movimiento campesino (el movimiento de los soldados es una parte del movimiento campesino) fue, más que nada, la causa de la derrota.

Dar un programa de «revolución agraria campesina» y vincularla sólo con la democratización del autogobierno local, y no del poder central, poner en primer plano al primero como verdadero «baluarte» y «consolidación»: esto, en el fondo del asunto, no es otra cosa que un pacto kadete con la reacción[101]. Los kadetes insisten en el autogobierno local «democrático», no queriendo tocar o temiendo tocar cuestiones más importantes. Los mencheviques no pensaron en la gran palabra que pronunciaron al reconocer como tarea del momento la «revolución agraria campesina», y en las consideraciones políticas de su programa agrario dieron la apoteosis del anquilosamiento provinciano. He aquí, si no, un razonamiento de John:

«El camarada Lenin teme que la reacción arranque a los autogobiernos locales las tierras confiscadas; si esto se puede decir respecto a las tierras caídas en manos del Estado, de ninguna manera se puede decir respecto a las tierras municipalizadas. Incluso el gobierno autocrático ruso no pudo arrebatar sus tierras al autogobierno armenio, porque provocó una réplica tajante por parte de la población» (pág. 113).

¿Verdad que es inigualable? Toda la historia de la autocracia es un saqueo continuo de las tierras locales, regionales, nacionales, y nuestros sabios tranquilizan al pueblo, que se embrutece en el aislamiento provinciano, diciendo: «incluso la autocracia» no arrebató las tierras a las iglesias armenias, aunque empezó a arrebatarlas y aunque sólo la revolución de toda Rusia impidió de hecho que las arrebatara… En el centro, la autocracia; en la provincia, «las tierras armenias» que «no se atreven a quitar»… ¿De dónde sale tanta necedad pequeñoburguesa en nuestra socialdemocracia?

Ahí tienen a los cosacos de Plejánov.

«Tomemos a nuestros cosacos. Se comportan como auténticos reaccionarios y, sin embargo, si el gobierno (autocrático) intentara echar mano a su tierra, se sublevarían por ella como un solo hombre. De modo que la municipalización es buena porque sirve incluso en caso de restauración» (pág. 45).

¡En efecto, «de modo que»! Si la autocracia se alzara contra los defensores de la autocracia, los defensores de la autocracia se alzarían contra la autocracia. ¡Qué profundidad de pensamiento! Pero la propiedad territorial cosaca sirve no sólo en caso de restauración, sino también para el mantenimiento de lo que debe ser derrocado antes de ser restaurado. Sobre este aspecto interesante de la municipalización llamó la atención Schmidt, que replicaba a Plejánov:

«…Recordaré que hace apenas un mes la autocracia concedió privilegios a los cosacos; por tanto, no teme a la municipalización, porque las tierras cosacas son administradas ya ahora de una manera que recuerda en medida considerable la municipalización… Ella (la municipalización) desempeñará un papel contrarrevolucionario» (págs. 123-124).

Plejánov se alteró tanto a propósito de este discurso, que interrumpió una vez al orador (por una cuestión completamente nimia, sobre si se trataba de los cosacos de Oremburgo) e intentó violar el reglamento para obtener la palabra fuera de turno y hacer una declaración. He aquí el texto de la declaración escrita que presentó después:

«El camarada Schmidt ha expuesto incorrectamente mi referencia a los cosacos. Yo no me referí en absoluto a los cosacos de Oremburgo. Dije: miren a los cosacos; se comportan de un modo archirreaccionario y, sin embargo, si el gobierno quisiera echar mano a su tierra, también ellos se sublevarían en masa contra él. Y lo mismo, en mayor o menor grado, harán, en caso de semejante intento, todas aquellas instituciones regionales a las que la revolución haya entregado las tierras confiscadas de los terratenientes. Y semejante conducta suya sería una de las garantías contra la reacción en caso de restauración» (pág. 127).

Éste es, naturalmente, el plan más genial para derribar a la autocracia sin tocar a la autocracia: arrebatarle regiones aisladas, y que luego pruebe a recuperarlas. Esto es casi tan genial como la expropiación del capitalismo mediante las cajas de ahorro. Pero la cuestión ahora no es ésa. La cuestión está en que la municipalización regional, que después de la revolución victoriosa «debe» desempeñar un papel maravilloso, ahora desempeña un papel contrarrevolucionario. ¡Esto es lo que esquivó Plejánov!

Las tierras cosacas representan ahora una verdadera municipalización. Grandes regiones pertenecen a un destacamento cosaco particular: al de Oremburgo, al del Don, etc. Los cosacos tienen por término medio 52 desiatinas por hogar, los campesinos 11 desiatinas. Además, al destacamento de Oremburgo le pertenecen 1,5 millones de desiatinas de tierras del destacamento, al del Don, 1,9 millones de desiatinas, etc. Sobre la base de esta «municipalización» se desarrollan relaciones puramente feudales. Esta municipalización, fácticamente existente, significa el aislamiento estamental y regional de los campesinos, desunidos por las diferencias en las dimensiones de la propiedad territorial, en los pagos, en las condiciones medievales del uso de la tierra a cambio de servicio, etc. La «municipalización» ayuda no al movimiento democrático general, sino a su atomización, al debilitamiento regional de lo que puede vencer sólo como fuerza centralizada, al alejamiento de una región respecto a otra.

Y vemos en la segunda Duma al cosaco derechista Karaúlov, que defendía a Stolypin («Stolypin también admite en su declaración el desplazamiento forzoso de los linderos»), vapuleaba la nacionalización no peor que Plejánov y se pronunció abiertamente por la municipalización por regiones (18.ª sesión, 29 de marzo de 1907, pág. 1366 de la versión taquigráfica).

El cosaco derechista Karaúlov captó mil veces mejor la esencia del asunto que Máslov y Plejánov. La desunión de las regiones es una garantía contra la revolución. Si el campesinado ruso (con la ayuda del movimiento proletario centralizado, y no «regional») no logra romper los marcos de su aislamiento regional, no logra organizar un movimiento de toda Rusia, la revolución será siempre derrotada por los representantes de regiones aisladas, bien pertrechadas, que la fuerza centralizada del viejo poder dirigirá a la lucha según las necesidades.

La municipalización es una consigna reaccionaria que idealiza la singularidad medieval de las regiones y embota en el campesinado la conciencia de la necesidad de una revolución agraria centralizada.

## 3. El poder central y el fortalecimiento del Estado burgués

Precisamente el poder estatal central es lo que mayor repugnancia inspira a los municipalistas. Antes de pasar al examen de los correspondientes razonamientos, es preciso aclarar qué es la nacionalización desde el punto de vista político-jurídico (arriba hemos aclarado su contenido económico).

La nacionalización es la transferencia de toda la tierra a propiedad del Estado. Propiedad significa derecho a la renta y fijación, por el poder estatal, de reglas generales para todo el Estado sobre la posesión y el usufructo de la tierra. Entre esas reglas generales, en caso de nacionalización, está incluida incondicionalmente la prohibición de toda intermediación, es decir, la prohibición de transferir la tierra a subarrendatarios, la prohibición de ceder la tierra a quien no sea el propio agricultor, etc. Además, si el Estado de que se trata es realmente democrático (no en el sentido menchevique à la Novosédsqui), su propiedad sobre la tierra no excluye en absoluto, sino que, por el contrario, exige, la transmisión de la disposición de la tierra, dentro del marco de las leyes generales del Estado, a los órganos locales y regionales de autogobierno. Nuestro programa mínimo, como ya indiqué en el folleto «La revisión, etc.»[102], exige esto directamente al hablar de la autodeterminación de las nacionalidades y de un amplio autogobierno regional, etc. Por eso, las normas detalladas, conformes con las diferencias locales, la asignación práctica de tierras o la distribución de parcelas entre individuos, sociedades, etc., todo esto pasa inevitablemente a manos de los órganos locales del poder estatal, es decir, de los órganos locales de autogobierno.

Si sobre todo esto pudieron existir malentendidos, ellos derivaban o bien de la incomprensión de la diferencia entre los conceptos de propiedad, posesión, disposición, usufructo, o bien del coqueteo demagógico con el provincialismo y el federalismo[103]. La base de la diferencia entre municipalización y nacionalización no está en la distribución de derechos entre el centro y la provincia, y menos aún en el «burocratismo» del centro —así pueden pensar y hablar sólo personas completamente ignorantes—, sino en la conservación de la propiedad privada sobre la tierra para una categoría de tierras en la municipalización, y en su abolición completa en la nacionalización. La base de la diferencia es el «bimetalismo agrario» que el primer programa admite y el segundo elimina.

Pero si ustedes abordan el actual programa desde el punto de vista de la posibilidad de la arbitrariedad del poder central, etc. (punto de vista en el que tratan de salir del paso a menudo los vulgares defensores de la municipalización), verán que el actual programa adolece a este respecto de una confusión e imprecisión redobladas. Basta señalar que el actual programa transfiere «a posesión del Estado democrático» tanto «las tierras necesarias para el fondo de colonización» como «los bosques y las aguas de importancia estatal general». Es claro que estos conceptos son completamente indeterminados y que el terreno para conflictos es aquí inmenso. Tómese, por ejemplo, el más reciente trabajo del señor Kaufman en el tomo II de «La cuestión agraria» kadete («Sobre el problema de las normas de dotación complementaria»), donde se ha hecho, para 44 provincias, el cálculo de la reserva de tierra para las dotaciones complementarias de los campesinos según las normas máximas de 1861. El «fondo de tierras fuera de las dotaciones» se calcula primero sin los bosques, luego con los bosques (por encima del 25 % de superficie forestal). ¿Quién determina cuáles de estos bosques tienen «importancia estatal general»? Por supuesto, sólo el poder central del Estado, y, en consecuencia, el programa menchevique entrega en sus manos una gigantesca superficie de tierra: 57 millones de desiatinas en 44 provincias (según Kaufman). ¿Quién determina qué es el «fondo de colonización»? Por supuesto, sólo el poder burgués central. Sólo él decide si, por ejemplo, los 1,5 millones de desiatinas de tierras de los destacamentos de los cosacos de Oremburgo o los 2 millones de desiatinas de los cosacos del Don constituyen un «fondo de colonización» para todo el país (pues los cosacos tienen 52,7 desiatinas por hogar) o no. Está claro que la cuestión no se plantea en absoluto como la plantean Máslov, Plejánov y Cía. No se trata de proteger mediante decretos de papel a los autogobiernos regionales locales de las usurpaciones del centro, cosa imposible de hacer no ya con papel, sino ni con cañones, pues el desarrollo capitalista avanza hacia la centralización, concentra en manos del poder burgués central una fuerza tal que las «regiones» jamás podrán oponérsele. Se trata de que una misma clase tenga el poder político tanto en el centro como en los lugares, de que aquí y allá sea aplicado de manera plenamente consecuente un grado de democracia completamente idéntico, que asegure el dominio pleno, digamos por ejemplo, de la mayoría de la población, es decir, del campesinado. En esto consiste exclusivamente la garantía real contra las usurpaciones «excesivas» del centro, contra la violación de los derechos «legales» de las regiones; todas las demás garantías que imaginan los mencheviques no son más que pura necedad, la defensa con un gorro de papel del filisteo provinciano frente a la fuerza del poder central concentrada por el capitalismo. Precisamente esta necedad filistea es la que comete Novosédsqui, como la comete todo el actual programa, al admitir una democracia plena en los autogobiernos locales y un grado «no superior» de democracia en el centro. La democracia incompleta del centro significa asegurar el poder en el centro no a la mayoría de la población, no a los elementos que predominan en los autogobiernos locales, y esto significa no sólo la posibilidad, sino la inevitabilidad de conflictos, de los que, en virtud de las leyes del desarrollo económico, saldrá vencedor indefectiblemente ¡el poder central no democrático!

La «municipalización», desde este ángulo de la cuestión, como «garantía» para las regiones de algo frente al poder central, es pura simpleza filistea. Si esto es una «lucha» contra el poder burgués centralizado, entonces es sólo una «lucha» como la que libran los antisemitas contra el capitalismo: promesas igualmente ampulosas, que atraen a las masas torpes y oscuras, e igual irrealizabilidad económica y política de esas promesas.

Tomemos el argumento más «corriente» de los municipalistas contra la nacionalización: la nacionalización fortalecerá al Estado burgués (recuerden la magnífica expresión de John: «sólo fortalecerá el poder estatal»), aumentará los ingresos del poder burgués antiproletario, y… así es: en tanto que la municipalización dará ingresos para las necesidades de la población, para las necesidades del proletariado. Semejante argumento hace sentir vergüenza por la socialdemocracia, pues es pura necedad antisemita y demagogia antisemita. Para no tomar a cualquiera de los «más pequeños», confundidos por Plejánov y Máslov, tomaré al «propio» Máslov:

«La socialdemocracia —instruye a los lectores de “Obrazovanie”— calcula siempre de tal manera que, en las peores circunstancias, sus planes y tareas se justifiquen… Debemos suponer que en todas las facetas de la vida social dominará el régimen burgués con todos sus aspectos negativos. El autogobierno será tan burgués como todo el régimen estatal; en él habrá una lucha de clases tan exacerbada como en los municipios de Europa occidental.

¿Cuál es, entonces, la diferencia entre el autogobierno y el poder estatal? ¿Por qué la socialdemocracia aspira a transferir las tierras no al Estado, sino al autogobierno local?

Para determinar las tareas del Estado y del autogobierno local, comparemos los presupuestos de uno y otro» («Obrazovanie», 1907, núm. 3, pág. 102).

Sigue una comparación: en una de las repúblicas más democráticas, en los Estados Unidos de América, se gasta en ejército y marina el 42 % del presupuesto. Lo mismo en Francia, Inglaterra, etc. Los «zemstvos de terratenientes» en Rusia gastan en medicina un 27,5 %, en instrucción pública un 17,4 %, en carreteras un 11,9 %.

«De la comparación de los presupuestos de los Estados más democráticos y de los autogobiernos locales menos democráticos, vemos que, por sus funciones, los primeros sirven a los intereses de las clases dominantes, que los medios estatales se gastan en instrumentos de opresión, en instrumentos de represión de la democracia; que, por el contrario, el autogobierno local más antidemocrático, el peor, está obligado, aunque mal, a servir de todos modos a la democracia, a satisfacer las necesidades locales» (pág. 103).

«Un socialdemócrata no debe ser tan ingenuo como para transigir con la nacionalización de la tierra por el hecho de que, por ejemplo, los ingresos de las tierras nacionalizadas vayan a mantenimiento de tropas republicanas… Será sumamente ingenuo aquel lector que crea a Olenov en que la teoría de Marx “permite” introducir en el programa sólo la reivindicación de la nacionalización de la tierra, es decir, el gasto de la renta de la tierra (lo mismo da que se la llame absoluta o diferencial) en el ejército y la marina, y que esta misma teoría no admite la municipalización de la tierra, es decir, el gasto de la renta en las necesidades de la población» (pág. 103).

Parece claro, ¿no? Nacionalización: al ejército y la marina. Municipalización: a las necesidades de la población. El judío es capitalista. ¡Abajo los judíos, significa abajo los capitalistas!

El bueno de Máslov no comprende que el alto porcentaje de gastos culturales de los autogobiernos locales constituye una alta proporción de gastos secundarios. ¿Por qué es así? Porque los límites de la administración de los autogobiernos locales y sus facultades financieras los determina ese mismo poder estatal central, y los determina de modo que se lleva la gran tajada para el ejército, etc., y da una miseria para la «cultura». ¿Es obligatoria semejante distribución en la sociedad burguesa? Es obligatoria, porque en la sociedad burguesa la burguesía no podría dominar si no gastase una gran tajada para asegurar su dominación como clase, dejando una miseria para los gastos culturales. ¡Y hay que ser Máslov para tener la genial idea de que si yo declaro la nueva gran tajada propiedad de los zemstvos, con ello eludiré la dominación de la burguesía! ¡Qué sencilla sería, si los proletarios razonaran según Máslov, su tarea: bastaría con reivindicar que los ingresos de los ferrocarriles, correos, telégrafos, del monopolio del aguardiente no se «nacionalizaran», sino que se «municipalizaran», y esos ingresos se destinarían no al ejército y la marina, sino a fines culturales. No haría falta en absoluto derrocar al poder central o rehacerlo de raíz; bastaría simple y llanamente con conseguir la «municipalización» de todas las grandes partidas de ingresos, y el asunto estaría resuelto. ¡Oh, sabios!

Los ingresos municipales en Europa y en todo país burgués son ingresos de tal naturaleza —¡que lo recuerde el bueno de Máslov!— que el poder central burgués consiente en sacrificar para fines culturales, porque son ingresos secundarios, porque la recaudación de esos ingresos es incómoda en el centro, porque las necesidades principales, fundamentales, básicas de la burguesía y de la dominación burguesa ya están aseguradas con la gran tajada. Por eso, el consejo al pueblo de que obtenga una nueva gran tajada, centenares de millones de las tierras municipalizadas, y asegure su destino cultural mediante la transferencia de la gran tajada a propiedad de los zemstvos, y no del poder central, es un consejo charlatanesco. En un Estado burgués, la burguesía no puede dar para fines culturales realmente más que miserias, porque necesita las grandes tajadas para asegurar la dominación de la burguesía como clase. ¿Por qué el poder central se queda con las nueve décimas partes de los impuestos sobre la tierra, sobre los establecimientos comerciales, etc., mientras permite a los zemstvos percibir una décima parte, estableciendo por ley que el impuesto adicional de los zemstvos no pueda exceder de tal o cual bajo porcentaje? Porque la gran tajada es necesaria para asegurar la dominación de la burguesía como clase, y ella no puede, siguiendo siendo burguesía, dar para la cultura más que la miseria[104].

Los socialistas europeos toman esta distribución de gran tajada y miseria como algo dado, sabiendo perfectamente que en la sociedad burguesa no puede ser de otro modo. Tomando esta distribución como algo dado, dicen: en el poder central no podemos participar, porque es un instrumento de opresión; en los municipios podemos, porque aquí las miserias se gastan en cultura. Pero ¿qué dirían esos socialistas de una persona que aconsejara al partido obrero hacer agitación para que al municipio europeo se le dieran en propiedad ingresos realmente grandes, toda la renta de las tierras locales, toda la ganancia de las oficinas de correos locales, de los ferrocarriles locales, etc.? A semejante persona la considerarían o loca, o un «socialista cristiano» que ha ido a parar por error a la socialdemocracia.

Las personas que, al discutir las tareas de la revolución contemporánea (es decir, burguesa) en Rusia, dicen que no debemos fortalecer el poder central del Estado burgués, revelan una incapacidad total para pensar. Los alemanes pueden y deben razonar así, porque ante ellos existe sólo una Alemania junker-burguesa; ninguna otra Alemania puede haber hasta el socialismo. Entre nosotros, en cambio, todo el contenido de la actual lucha revolucionaria de las masas consiste en si Rusia será junker-burguesa (como quieren Stolypin y los kadetes) o campesino-burguesa (como quieren los campesinos y los obreros). No se puede participar en una revolución semejante sin apoyar a una capa de la burguesía, a un tipo de evolución burguesa, contra otro. En virtud de causas económicas objetivas, entre nosotros no hay ni puede haber, en la revolución actual, más «elección» que entre una república burguesa centralizada de campesinos-granjeros o una monarquía burguesa centralizada de terratenientes-junkers. Eludir esta difícil «elección» mediante el intento de atraer la atención de las masas hacia la idea de que «a nosotros con que nos dieran zemstvos un poco más democráticos», es la mayor vulgaridad filistea.

## 4. La envergadura del viraje político y la envergadura del viraje agrario

Es difícil la «elección», hemos dicho, refiriéndonos, por supuesto, no a la elección subjetiva (lo que es más deseable), sino al desenlace objetivo de la lucha de fuerzas sociales que deciden la cuestión histórica. En qué consiste, en realidad, la «dificultad» de un desenlace favorable a los campesinos, esto no lo han meditado en absoluto quienes hablan del optimismo de mi programa agrario, que vincula la república con la nacionalización. He aquí el razonamiento de Plejánov sobre este tema:

«Lenin elude la dificultad de la cuestión con ayuda de suposiciones optimistas. Es éste un procedimiento habitual del pensamiento utópico; así, por ejemplo, los anarquistas dicen: “no hace falta ninguna organización coactiva”, y cuando nosotros les objetamos que la ausencia de organización coactiva daría a los distintos miembros de la sociedad la posibilidad de perjudicar a esa sociedad si tuvieran tal deseo, los anarquistas nos responden: “eso no puede ocurrir”. A mi juicio, esto significa eludir la dificultad de la cuestión mediante suposiciones optimistas. Y esto es lo que hace Lenin. Rodea las posibles consecuencias de la medida que él propone con toda una serie de “si” optimistas. Como prueba aduciré el reproche de Lenin a Máslov. En la página 23[105] de su folleto dice: “El proyecto de Máslov, en el fondo, supone tácitamente que la reivindicación de nuestro programa político mínimo no se ha realizado en plenitud, que la autocracia del pueblo no está asegurada, el ejército permanente no ha sido abolido, la elegibilidad de los funcionarios no ha sido introducida, etc. Dicho de otro modo: que nuestra revolución democrática no ha llegado a su fin, lo mismo que la mayor parte de las revoluciones democráticas europeas, que ha sido igualmente mutilada, tergiversada, ‘devuelta hacia atrás’, como todas estas últimas. El proyecto de Máslov está especialmente adaptado a un viraje democrático a medias, inconsecuente, incompleto o mutilado y ‘hecho inocuo’ por la reacción”. Admitamos que el reproche que él hace a Máslov sea fundado, pero la cita reproducida muestra que el proyecto propio de Lenin es bueno sólo en el caso de que se cumplan todos los “si” por él indicados. Y si aquí no se dieran esos “si”, entonces la realización de su proyecto[106] sería perjudicial. Pero nosotros no necesitamos proyectos de esa clase. Nuestro proyecto debe estar herrado en las cuatro patas, es decir, para el caso de “si” desfavorables» («Actas» del Congreso de Estocolmo, págs. 44-45).

He transcrito íntegramente este razonamiento, porque muestra con claridad el error de Plejánov. El optimismo que lo asustó no ha sido en absoluto comprendido por él. El «optimismo» no consiste en suponer la elegibilidad de los funcionarios por el pueblo, etc., sino en suponer la victoria de la revolución agraria campesina. La verdadera «dificultad» consiste en que en un país que se desarrolla, al menos desde 1861, según el tipo junker-burgués, venza la revolución agraria campesina; una vez que ustedes admiten esta dificultad económica fundamental, es ridículo ver casi anarquismo en las dificultades del democratismo político. Es ridículo olvidar que entre la envergadura de las transformaciones agrarias y las políticas no puede dejar de haber correspondencia, que el viraje económico supone una superestructura política correspondiente. El error fundamental de Plejánov en esta cuestión reside en la incomprensión de dónde está la raíz del «optimismo» de nuestro programa agrario común, tanto del menchevique como del bolchevique.

En efecto, imagínense concretamente lo que significa en la Rusia actual una «revolución agraria campesina» con confiscación de la propiedad territorial terrateniente. No cabe duda de que durante medio siglo el capitalismo se ha ido abriendo camino a través de la economía terrateniente, la cual, en conjunto y en general, está indiscutiblemente por encima de la campesina en el momento actual, no sólo por la altura de las cosechas (explicable en parte por la mejor calidad de las tierras terratenientes), sino también por la difusión de aperos perfeccionados y rotaciones de cultivos (siembra de hierbas)[107]. No cabe duda de que la economía terrateniente está ligada por miles de hilos no sólo a la burocracia, sino también a la burguesía. La confiscación socava una masa de intereses de la gran burguesía, y la revolución campesina conduce, como señalaba con razón Kautsky, a la bancarrota del Estado, es decir, a la vulneración de los intereses no de una burguesía rusa, sino de toda la burguesía internacional. Es comprensible que, en tales condiciones, la victoria de la revolución campesina, la victoria de los pequeños burgueses sobre los terratenientes y sobre los grandes burgueses, exija una conjunción de circunstancias especialmente favorable, exija supuestos completamente fuera de lo común, «optimistas» desde el punto de vista del filisteo o del historiador filisteo, exija una gigantesca envergadura de la iniciativa campesina, de energía revolucionaria, de conciencia, de organización y de riqueza de la creatividad popular. Esto es indiscutible, y las bromitas filisteas de Plejánov a propósito de esta última palabra no son más que una escapatoria barata de una cuestión seria[108]. Y como la producción mercantil no unifica ni centraliza al campesinado, sino que lo descompone y lo desune, la revolución campesina en un país burgués es realizable sólo bajo la dirección del proletariado, circunstancia que levanta aún más contra semejante revolución a la más poderosa burguesía de todo el mundo.

¿Se deduce de esto que los marxistas deban abandonar por completo la idea de una revolución agraria campesina? No, semejante conclusión sería digna sólo de personas cuya concepción del mundo represente una parodia liberal del marxismo. De lo dicho se deduce sólo: 1) que el marxismo no puede vincular los destinos del socialismo en Rusia con el desenlace del viraje democrático-burgués; 2) que el marxismo debe tener en cuenta ambas posibilidades de la evolución capitalista de la agricultura en Rusia y mostrar con claridad al pueblo las condiciones y el significado de cada posibilidad; 3) que el marxismo debe luchar resueltamente contra la idea de que sea posible un viraje agrario radical en Rusia sin un viraje político radical.

1) Los socialistas-revolucionarios, como todos los populistas consecuentes en alguna medida, no comprenden el carácter burgués de la revolución campesina y vinculan a ella todo su cuasisocialismo. Un desenlace favorable de la revolución campesina significaría, a juicio de los populistas, el triunfo del socialismo populista en Rusia. En realidad, tal desenlace sería la bancarrota más rápida y más decidida del socialismo populista (campesino). Cuanto más plena y decidida fuera la victoria de la revolución campesina, tanto más rápidamente se convertiría el campesinado en libres granjeros burgueses que «darían su dimisión» al «socialismo» populista. Por el contrario, un desenlace desfavorable prolongaría por algún tiempo la agonía del socialismo populista, daría la posibilidad de que se sostuviera un poco más la ilusión de que la crítica de la variedad terrateniente-burguesa del capitalismo es una crítica del capitalismo en general.

La socialdemocracia, partido del proletariado, de ninguna manera vincula la suerte del socialismo con uno u otro desenlace de la revolución burguesa. Ambos desenlaces significan desarrollo capitalista y opresión del proletariado, tanto en la monarquía de los terratenientes con propiedad privada de la tierra, como en la república de los granjeros, incluso con la nacionalización de la tierra. Por eso, sólo un partido absolutamente independiente y puramente proletario está en condiciones de defender la causa del socialismo «en cualquier situación de las transformaciones agrarias democráticas»[109], como se dice en la parte final de mi programa agrario (esta parte entró en la resolución táctica del Congreso de Estocolmo).

2) Pero el carácter burgués de ambos desenlaces del viraje agrario no significa en ningún caso que los socialdemócratas puedan permanecer indiferentes ante la lucha por uno u otro desenlace. Los intereses de la clase obrera exigen incondicionalmente que ésta apoye del modo más enérgico la revolución campesina; más aún: que desempeñe un papel dirigente en la revolución campesina. Luchando por su desenlace favorable, nosotros debemos difundir entre las masas la comprensión más clara de lo que significa la pervivencia de la vía terrateniente de evolución agraria, de qué calamidades innumerables (derivadas no del capitalismo, sino del desarrollo insuficiente del capitalismo) acarrea ésta a todas las masas trabajadoras. Por otra parte, también debemos explicar el carácter pequeñoburgués de la revolución campesina y lo infundado de las esperanzas «socialistas» depositadas en ella.

En este caso, nuestro programa —puesto que no vinculamos la suerte del socialismo con uno u otro desenlace del viraje burgués— no puede ser igual para el caso favorable y para el «caso desfavorable». Si Plejánov dijo que no necesitamos proyectos que prevean especialmente uno y otro (por tanto, construidos con «si»), simplemente dijo algo sin haberlo pensado. Porque, precisamente desde su punto de vista, desde el punto de vista de la probabilidad del peor desenlace, o de la necesidad de contar con él, es particularmente necesaria la división del programa en dos partes, las mismas que existían en el mío. Es necesario decir que, en la vía dada de desarrollo terrateniente-burgués, el partido obrero defiende tales y cuales medidas; pero, al mismo tiempo, ayuda con todas sus fuerzas al campesinado a destruir por completo la propiedad territorial terrateniente y a abrir con ello la posibilidad de condiciones de desarrollo más amplias y libres. Sobre este aspecto del asunto he hablado detalladamente en el «Informe» (el punto sobre el arriendo, su necesidad en el programa «para el peor caso»; su ausencia en Máslov)[110]. Añadiré tan sólo que, precisamente ahora, cuando las condiciones inmediatas de la actividad de la socialdemocracia se parecen menos que nunca a supuestos optimistas, el error de Plejánov resalta con mayor claridad. La tercera Duma no puede, en ningún caso, impulsarnos a cesar la lucha por la revolución agraria campesina, pero durante un cierto período de tiempo es preciso trabajar sobre la base de las relaciones agrarias que aseguran la más salvaje explotación de los terratenientes. ¡Precisamente Plejánov, que tanto se preocupó por el peor caso, se ha quedado ahora sin programa para el peor caso!

3) Una vez que nos planteamos como tarea contribuir a la revolución campesina, es necesario tener clara conciencia de la dificultad de la tarea y de la necesidad de correspondencia entre las transformaciones políticas y las agrarias. De lo contrario, la combinación del «optimismo» agrario (confiscación más municipalización o reparto) con el «pesimismo» político (Novosédsqui: democratización de «grado comparativo» en el centro) resulta científicamente insostenible y prácticamente reaccionaria.

Los mencheviques admiten la revolución campesina como a contrapelo, sin querer plantear con claridad y de modo definido ante el pueblo toda su fisonomía. En ellos trasluce la opinión, expresada con ingenuidad inigualable por el menchevique Ptitsin en Estocolmo: «Pasarán los sobresaltos revolucionarios, la corriente de la vida burguesa volverá a su cauce habitual y, si no estalla la revolución obrera en Occidente, la burguesía entre nosotros inevitablemente llegará al poder. Esto no lo niega ni puede negarlo el camarada Lenin» (pág. 91 de las «Actas»). Ha resultado que el concepto abstracto, irreflexivo, de revolución burguesa ha eclipsado la cuestión de aquella variedad suya que es la revolución campesina. Todo esto no son más que «sobresaltos», y lo real es sólo el «cauce habitual». Es difícil expresar con más relieve el punto de vista filisteo y la incomprensión de lo que constituye el objeto mismo de la lucha en nuestra revolución burguesa.

El campesinado no puede realizar el viraje agrario sin eliminar el viejo poder, el ejército permanente y la burocracia, pues todo esto es el más seguro baluarte de la propiedad territorial terrateniente, ligado a ella por miles de hilos. Por eso es científicamente insostenible la idea de una revolución campesina con democracia sólo en las instituciones locales, sin la demolición completa de las instituciones centrales. Prácticamente reaccionaria es esta idea porque hace el juego a la torpeza pequeñoburguesa y al oportunismo pequeñoburgués, que se representan el asunto «con sencillez»: hace falta la tierruca, y en cuanto a la política, ¡Dios sabrá! Hay que tomar toda la tierra, pero si hace falta o no tomar todo el poder, si se puede tomar todo el poder, cómo tomarlo... en esto no piensa el campesino (o no pensaba hasta que la disolución de las dos Dumas se lo hizo entender). En alto grado reaccionario es, por eso, el punto de vista del «kadete campesino», el señor Peshejónov, el cual ya en su «Problema agrario» escribía: «es incomparablemente más necesaria ahora una respuesta concreta sobre la cuestión agraria que sobre la cuestión, por ejemplo, de la república» (pág. 114). Y este punto de vista de necedad política (herencia del maestro de los asuntos reaccionarios, el señor V. V.) se reflejó, como es sabido, en todo el programa y en toda la táctica del partido de los «socialistas populares». En vez de combatir la simpleza del campesino, que no comprende el vínculo entre radicalismo agrario y radicalismo político, los enesistas («socialistas populares») se amoldan a su simpleza. A ellos les parece que «así es más práctico», pero, en realidad, precisamente ese planteamiento condena al fracaso absoluto el programa agrario del campesinado. El viraje político radical es difícil, no cabe duda; pero también lo es el agrario; el segundo es imposible fuera de su vinculación con el primero, y el deber de los socialistas no es ocultárselo a los campesinos, no es echar un velo (por medio de frases insuficientemente definidas, semikadetes, sobre el «Estado democrático», como en nuestro programa agrario), sino decirlo todo hasta el fin, enseñar a los campesinos que, sin llegar al fin en la política, no pueden pensar seriamente en la confiscación de la tierra de los terratenientes.

Aquí no son importantes en el programa los «si». Lo importante es la indicación de que debe existir correspondencia entre las transformaciones agrarias y las políticas. En vez de con «si», se puede expresar la misma idea de otro modo: «el partido explica que el mejor modo, en la sociedad burguesa, de posesión de la tierra es la abolición de la propiedad privada sobre la tierra, la nacionalización de la tierra, su paso a propiedad del Estado, y que tal medida no puede ser ni realizada ni aportar un provecho real sin una democracia plena no sólo en las instituciones locales, sino en toda la estructura del Estado, hasta la república, la supresión del ejército permanente, la elegibilidad de los funcionarios por el pueblo, etc.».

Al no incluir esta explicación en nuestro programa agrario, hemos inculcado al pueblo la falsa idea de que es posible la confiscación de la tierra terrateniente sin una democracia plena en el poder central. Hemos descendido al nivel de la pequeña burguesía oportunista, es decir, de los «socialistas populares», pues ocurrió que en las dos Dumas tanto su programa (proyecto de los 104) como el nuestro condicionaban el vínculo de las transformaciones agrarias con la democracia sólo de las instituciones locales. Semejante enfoque es una necedad pequeñoburguesa, de la que el 3 de junio de 1907 y la III Duma deberían curar a muchos, y a los socialdemócratas ante todo.

## 5. ¿Revolución campesina sin conquista del poder por el campesinado?

El programa agrario de la socialdemocracia rusa es un programa proletario en la revolución campesina, dirigida contra los vestigios del feudalismo, contra todo lo medieval en nuestro régimen agrario. Teóricamente, esta tesis, como hemos visto, es reconocida también por los mencheviques (discurso de Plejánov en Estocolmo). Pero los mencheviques no han meditado en absoluto esta tesis, no han advertido el vínculo indisoluble entre ella y las bases generales de la táctica socialdemócrata en la revolución burguesa rusa. Y precisamente en las obras de Plejánov se ha evidenciado con mayor claridad esta falta de meditación. Toda revolución campesina dirigida contra el medioevo, dado el carácter capitalista de toda la economía social, es una revolución burguesa. Pero no toda revolución burguesa es una revolución campesina. Si en un país con la agricultura organizada de un modo plenamente capitalista, los capitalistas agricultores, con la ayuda de obreros asalariados, llevaran a cabo una revolución agraria destruyendo, digamos por ejemplo, la propiedad privada sobre la tierra, esto sería una revolución burguesa, pero no una revolución campesina. Si en un país cuyo régimen agrario ha crecido ya de tal modo junto con la economía capitalista en general, que destruir ese régimen fuera imposible sin destruir el capitalismo, estallara una revolución que pusiera, digamos, en el poder a la burguesía industrial en lugar de la burocracia autocrática, esto sería una revolución burguesa, pero no una revolución campesina. Dicho de otro modo: es posible un país burgués sin campesinado, y es posible en semejante país una revolución burguesa sin campesinado. Es posible una revolución burguesa en un país con una población campesina considerable y, sin embargo, una revolución tal que no es, en modo alguno, una revolución campesina, es decir, que no revoluciona las relaciones territoriales que atañen especialmente al campesinado y no sitúa al campesinado entre las fuerzas sociales activas, en alguna medida, que hacen la revolución. Por consiguiente, el concepto marxista general de «revolución burguesa» contiene ciertas tesis obligatoriamente aplicables a toda revolución campesina en un país de capitalismo en desarrollo, pero este concepto general no dice todavía absolutamente nada sobre si la revolución burguesa de un país dado debe (en el sentido de necesidad objetiva) convertirse en revolución campesina para alcanzar una victoria plena, o no debe.

La fuente principal de la incorrección de toda la línea táctica de Plejánov y de los mencheviques que lo seguían en el primer período de la revolución rusa (es decir, en 1905-1907) consiste en que no comprendieron en absoluto esta correlación entre revolución burguesa en general y revolución burguesa campesina. El ruido amenazador[111], habitual en la literatura menchevique, acerca de que los bolcheviques no comprenden el carácter burgués de la revolución en curso, no es otra cosa que un encubrimiento de esta simpleza. En realidad, ni un solo socialdemócrata, de una ni de otra fracción, ni antes de la revolución ni durante ella, se apartó de las concepciones marxistas sobre el carácter burgués de la revolución; sólo los «simplificadores», los vulgarizadores de las discrepancias fraccionales, podían afirmar lo contrario. Pero una parte de los marxistas, precisamente el ala derecha, se las arreglaba todo el tiempo con el concepto general, abstracto, estereotipado de revolución burguesa, sin haber sabido comprender la peculiaridad de la revolución burguesa dada justamente como revolución campesina. Es completamente natural e inevitable que esta ala de la socialdemocracia no pudiera comprender la fuente del carácter contrarrevolucionario de nuestra burguesía en la revolución rusa, no pudiera determinar con claridad qué clases son capaces de alcanzar en esta revolución una victoria plena, no pudiera dejar de resbalar hacia la opinión de que en la revolución burguesa el proletariado debe apoyar a la burguesía, de que en la revolución burguesa la burguesía debe ser el principal agente, de que la envergadura de la revolución se debilitará si la burguesía se aparta, etc., etc.

De este modo vemos que Plejánov se dio por vencido completamente en la cuestión de las bases de toda la táctica socialdemócrata en general en una revolución burguesa que puede vencer sólo como revolución campesina. Mis palabras en Estocolmo (abril de 1906)[113] de que Plejánov había llevado al absurdo el menchevismo al rechazar la conquista del poder por el campesinado en la revolución campesina, encontraron su confirmación más plena en la literatura posterior. Y este error fundamental de la línea táctica no podía dejar de manifestarse en el programa agrario menchevique. La municipalización, como he mostrado más de una vez más arriba, no expresa plenamente, ni en el terreno económico ni en el político, las condiciones de una victoria real de la revolución campesina, de una conquista real del poder por el proletariado y el campesinado. En el terreno económico, semejante victoria no puede ser compatible con la consolidación de la vieja propiedad territorial de reparto; en el terreno político, no puede serlo con un democratismo meramente regional coexistente con un democratismo incompleto del poder central.

## 6. ¿Es la nacionalización de la tierra un medio suficientemente flexible?

El camarada John dijo en Estocolmo (pág. 111 de las «Actas») que «el proyecto de municipalización de la tierra es más aceptable, por ser más flexible, pues tiene en cuenta la diversidad de las condiciones económicas y admite su realización en el proceso mismo de la revolución». La deficiencia fundamental de la municipalización en este aspecto ya ha sido señalada por mí: la consolidación en propiedad de la tierra de reparto. La nacionalización es, en este sentido, inconmensurablemente más flexible, pues permite organizar con mucha mayor libertad nuevas economías en la tierra «deslindada». Aquí hay que señalar brevemente otras consideraciones de John, más menudas.

«El reparto de la tierra —dice John— en algunos lugares crearía de nuevo las viejas relaciones agrarias. En algunas regiones tocarían a cada hogar 200 desiatinas, y de este modo, por ejemplo, en los Urales crearíamos una clase de nuevos terratenientes». ¡Modelo de argumento que consiste en acusar a su propio sistema! ¡Y semejantes argumentos decidieron la cuestión en el congreso menchevique! Precisamente la municipalización, y sólo ella, peca del pecado que aquí se indica, pues sólo ella consolida la tierra para regiones aisladas. No es el reparto aquí el culpable, como piensa John, cometiendo un ridículo error lógico, sino el provincialismo de los municipalistas. La tierra municipalizada de los Urales habría quedado de todos modos, según el programa de los mencheviques, en «posesión» de los habitantes de los Urales. Esto sería la creación de una nueva capa cosaca reaccionaria, reaccionaria porque unos pequeños agricultores privilegiados, asegurados con diez veces más tierra que toda la masa restante de agricultores, no podrían dejar de oponerse a la revolución campesina, no podrían dejar de defender el privilegio de la propiedad privada sobre la tierra. Sólo queda suponer que, sobre la base del mismo programa, el «Estado democrático» podría declarar las decenas de millones de desiatinas de bosques de los Urales como «bosques de importancia estatal general» o «fondo de colonización» (¡el kadete Kaufman admite tal destino de los bosques de los Urales dentro del límite del 25 % de superficie forestal, lo que da 21 millones de desiatinas en las provincias de Viatka, Ufá y Perm!), y sobre esta base arrebatarlos a su «posesión». No por su flexibilidad se distingue la municipalización, sino por su confusión, y nada más.

A continuación, examinemos la realización de la municipalización en el proceso mismo de la revolución. Aquí tropezamos con ataques a mis «comités revolucionarios campesinos» como institución estamental. Nosotros estamos por la ausencia de estamentos, decían con liberalismo los mencheviques en Estocolmo. ¡Liberalismo barato! Nuestros mencheviques no pensaron que para introducir un autogobierno sin estamentos es necesario ya haber vencido y haber privado del poder al estamento privilegiado contra el que se lucha. Justamente «en el proceso mismo de la revolución», como dice John, es decir, en el proceso de la lucha por la expulsión de los terratenientes, en el proceso de aquellas «acciones revolucionarias del campesinado» de las que habla también la resolución táctica de los mencheviques, son posibles sólo los comités campesinos. La introducción del autogobierno sin estamentos está asegurada por nuestro programa político, será establecida inevitablemente y debe ser establecida como organización de la administración después de la victoria, cuando toda la población se haya visto ya obligada a reconocer el nuevo orden. Pero si no es una frase vacía lo que dice nuestro programa sobre el «apoyo a las acciones revolucionarias del campesinado hasta la confiscación de las tierras de los terratenientes», ¡entonces hay que pensar en la organización de las masas para esas «acciones»! Sobre esto el programa menchevique no piensa. Está construido de tal modo que se pueda cómodamente transformarlo por entero en un proyecto de ley parlamentario, al lado de los proyectos de ley de los partidos burgueses, que odian todo tipo de «acciones» (como los kadetes) o rehúyen de modo oportunista la tarea de contribuir sistemáticamente a esas acciones y de organizarlas (como los enesistas). Pero semejante construcción del programa es indigna de un partido obrero que habla de revolución agraria campesina, un partido que persigue el fin no de tranquilizar a la gran burguesía y a la burocracia (como los kadetes), ni de tranquilizar a la pequeña burguesía (como los enesistas), sino exclusivamente de desarrollar la conciencia y la actividad espontánea de las amplias masas en el curso de su lucha contra la Rusia feudal.

Recuerden ustedes, siquiera sea en líneas generales, esa masa de «acciones revolucionarias» campesinas que tuvieron lugar en Rusia en la primavera de 1905, en el otoño de 1905, en la primavera de 1906. ¿Prometemos apoyar tales acciones o no? Si no, nuestro programa estaría mintiendo. Si sí, entonces está claro que para esas acciones el programa no da indicaciones sobre su organización. La organización de esas acciones sólo es posible directamente en el lugar de la lucha; la organización sólo puede ser creada directamente por la masa que participa en la lucha, es decir, la organización debe ser ineludiblemente del tipo de comités campesinos. Aguardar grandes autogobiernos regionales para esas acciones es sencillamente ridículo. La ampliación de los comités locales vencedores, de los límites de su poder e influencia sobre las aldeas, distritos, provincias, ciudades, circunscripciones vecinas y sobre todo el Estado, por supuesto, es deseable y necesaria. Nada se puede objetar contra la indicación en el programa de la necesidad de tal ampliación, pero entonces es obligatorio no limitarse a las regiones, sino llegar hasta el poder central. Esto, en primer lugar. Y en segundo lugar, no hay que hablar entonces de autogobiernos, porque tal término indica la dependencia de las organizaciones que administran respecto de la organización de la estructura del Estado. El «autogobierno» actúa según las reglas establecidas por el poder central y dentro de los límites fijados por él. En cambio, las organizaciones del pueblo en lucha de las que hablamos deben ser completamente independientes de todas las instituciones del viejo poder, deben librar la lucha por la nueva estructura del Estado, deben ser instrumento de la omnipotencia del pueblo (o de la autocracia del pueblo) y medio para asegurarla.

En una palabra, desde el punto de vista del «proceso mismo de la revolución», es en todos los aspectos insatisfactorio el programa menchevique, que refleja la confusión de las ideas mencheviques sobre el problema del poder provisional, etc.

## 7. Municipalización de la tierra y socialismo municipal

La aproximación entre ambos es obra de los propios mencheviques, que llevaron a cabo el programa agrario en Estocolmo. Basta nombrar a dos destacados mencheviques: Kóstrov y Larin. «Algunos camaradas —dijo Kóstrov en Estocolmo— parecen oír hablar por primera vez de la propiedad municipal. Les recordaré que en Europa Occidental existe toda una corriente» (¡eso es!) «“socialismo municipal” (Inglaterra), que consiste en la ampliación de la propiedad de los municipios urbanos y rurales, y que es apoyada también por nuestros camaradas. Muchos municipios poseen bienes inmuebles, y esto no contradice nuestro programa. Ahora tenemos la posibilidad de obtener (¡!) para los municipios gratis (¡¡!!) riqueza inmueble, y debemos aprovecharla. Por supuesto, las tierras confiscadas deben ser municipalizadas» (pág. 88).

El ingenuo punto de vista sobre la «posibilidad de obtener riqueza gratis» está expresado aquí magníficamente. El orador sólo no pensó en por qué esta «corriente» del socialismo municipal, precisamente como corriente particular, y sobre todo en Inglaterra, que él tomó como ejemplo, es una corriente de oportunismo extremo. ¿Por qué Engels, al caracterizar en sus cartas a Sorge este oportunismo extremo, intelectual, de los fabianos ingleses, señaló el significado pequeñoburgués de sus aspiraciones «municipalizadoras»?{107}

Al unísono con Kóstrov, Larin dice en su comentario al programa menchevique: «Quizás, en algunas localidades, el autogobierno popular local pueda por sí mismo llevar esas grandes haciendas por su cuenta, como tienen, por ejemplo, los ayuntamientos urbanos los tranvías de tracción animal o los mataderos, y entonces toda (¡!) la ganancia de ellas estará a disposición de toda (¡!) la población»[114], ¿y no de la burguesía local, amable Larin?

Las ilusiones pequeñoburguesas de los héroes pequeñoburgueses del socialismo municipal de Europa occidental ya se dejan sentir de inmediato. Se ha olvidado tanto la dominación de la burguesía, como que sólo en ciudades con un gran porcentaje de población proletaria se logra defender para los trabajadores algo de las migajas de la administración municipal. Pero esto es de pasada. La principal falsedad de la idea «municipal-socialista» de la municipalización de la tierra consiste en lo siguiente.

La intelectualidad burguesa en Occidente, al igual que los fabianos ingleses, eleva el socialismo municipal a «corriente» particular precisamente porque sueña con la paz social, con la conciliación de las clases, y desea transferir la atención pública de las cuestiones fundamentales de todo el régimen económico y de toda la estructura estatal a las pequeñas cuestiones del autogobierno local. En el terreno de las cuestiones del primer tipo, las contradicciones de clase son más agudas; precisamente este terreno, como ya hemos señalado, afecta a las bases mismas de la dominación de la burguesía como clase. Justamente por eso, aquí la utopía pequeñoburguesa, reaccionaria, de la realización parcial del socialismo es especialmente desesperada. La atención se transfiere al terreno de las pequeñas cuestiones locales, no a la cuestión de la dominación de la burguesía como clase, no a la cuestión de los instrumentos fundamentales de esa dominación, sino a la cuestión del gasto de las migajas que la rica burguesía arroja para las «necesidades de la población». Es comprensible que, si se separan estas cuestiones sobre el gasto de sumas insignificantes (en comparación con la masa total de plusvalía y con la suma total de los gastos estatales de la burguesía), que la propia burguesía consiente en dar para la sanidad pública (Engels señalaba en «El problema de la vivienda» que las epidemias contagiosas asustan a la propia burguesía{108}), para la instrucción pública (¡la burguesía tiene que disponer de obreros instruidos, capaces de adaptarse al alto nivel de la técnica!), etc., en el terreno de estas pequeñas cuestiones se puede perorar sobre la «paz social», sobre el perjuicio de la lucha de clases, etc. ¿Qué lucha de clases hay aquí, si la propia burguesía gasta dinero en las «necesidades de la población», en medicina, en educación? ¿Para qué la revolución social, si a través de los autogobiernos locales se puede poco a poco y gradualmente ampliar la «propiedad colectiva», «socializar» la producción: los tranvías de tracción animal, los mataderos, que tan oportunamente señala el respetable Y. Larin?

El oportunismo pequeñoburgués de esta «corriente» consiste en que olvida los estrechos límites del llamado «socialismo municipal» (en realidad, capitalismo municipal, como dicen con razón los socialdemócratas ingleses contra los fabianos). Olvidan que, mientras la burguesía domina como clase, no puede permitir que se toquen, ni siquiera desde el punto de vista «municipal», las verdaderas bases de su dominación; que si la burguesía permite, tolera el «socialismo municipal», es precisamente porque no toca las bases de su dominación, no afecta a las fuentes serias de su riqueza, se extiende sólo a aquella esfera local, estrecha, de gastos que la propia burguesía cede a la administración de la «población». Basta el más pequeño conocimiento del «socialismo municipal» en Occidente para saber cómo todo intento de los municipios socialistas de salirse un poquito del marco de la administración económica habitual, es decir, pequeña, mezquina, que no da alivios sustanciales al obrero, todo intento de tocar un poquito al capital, provoca siempre e incondicionalmente el veto decidido del poder central del Estado burgués.

Y, he aquí, este error fundamental, este oportunismo pequeñoburgués de los fabianos, posibilistas y bernsteinianos de Europa occidental, lo copian nuestros municipalizadores.

El «socialismo municipal» es socialismo en cuestiones de administración local. Aquello que sale de los límites de los intereses locales, de los límites de las funciones de la administración estatal, es decir, todo lo que concierne a las fuentes principales de ingreso de las clases gobernantes y a los medios principales de asegurar su dominación, todo lo que afecta no a la administración del Estado, sino a la estructura del Estado, sale con ello de la esfera del «socialismo municipal». ¡Y nuestros sabios eluden la agudeza de la cuestión nacional, que afecta del modo más directo a los intereses fundamentales de las clases gobernantes, la cuestión de la tierra, mediante el expediente de inscribirla entre las «cuestiones de administración local»! En Occidente municipalizan los tranvías de tracción animal y los mataderos, ¿por qué nosotros no habríamos de municipalizar la mejor mitad de todas las tierras?, razona el intelectualito ruso. ¡Esto vale para el caso de restauración, y para el caso de una democracia incompleta en el poder central!

Resulta un socialismo agrario en la revolución burguesa, y un socialismo de lo más pequeñoburgués, que cuenta con el embotamiento de la lucha de clases en las cuestiones candentes mediante la transferencia de estas cuestiones a la categoría de cuestiones menudas, concernientes sólo a la administración local. En realidad, la cuestión de la economía sobre la mitad de las mejores tierras no puede ser una cuestión local, ni una cuestión de administración. Es una cuestión estatal general, una cuestión de la estructura no sólo del Estado terrateniente, sino también del Estado burgués. Y atraer al pueblo con la idea de que es posible, antes de la realización de la revolución socialista, el desarrollo del «socialismo municipal» en la agricultura, significa hacer la más inadmisible demagogia. El marxismo permite introducir en el programa de la revolución burguesa la nacionalización, porque la nacionalización es una medida burguesa, porque la renta absoluta estorba el desarrollo del capitalismo, la propiedad privada sobre la tierra es un obstáculo para el capitalismo. Pero hay que transformar el marxismo en oportunismo intelectual fabiano para incluir en el programa de la revolución burguesa la municipalización de las grandes propiedades.

Aquí aparece justamente ante nosotros la diferencia entre los métodos pequeño-burgueses y los proletarios en la revolución burguesa. La pequeña burguesía, incluso la más radical —incluido nuestro partido socialrevolucionario—, prevé no la lucha de clases después de la revolución burguesa, sino la prosperidad y tranquilidad generales. Por eso «se hace su nidito» de antemano, introduce planes de reformismo pequeñoburgués en la revolución burguesa, diserta sobre distintas «normas», sobre la «regulación» de la propiedad territorial, sobre el fortalecimiento del principio laboral y de la pequeña economía laboral, etc. El método pequeñoburgués es el método de la construcción de relaciones de la mayor paz social posible. El método proletario es exclusivamente el despeje del camino de todo lo medieval, el despeje del camino para la lucha de clases. Por eso, todas las «normas» de propiedad territorial puede el proletario dejarlas para su discusión a los pequeños propietarios: al proletario le interesa sólo la destrucción de los latifundios terratenientes, sólo la abolición de la propiedad privada sobre la tierra como último obstáculo a la lucha de clases en la agricultura. En la revolución burguesa, no nos interesa el reformismo filisteo, no el futuro «nidito» de los pequeños propietarios tranquilizados, sino las condiciones de la lucha proletaria contra toda tranquilidad filistea sobre el suelo burgués.

Precisamente este espíritu antiproletario es el que introduce en el programa de la revolución agraria burguesa la municipalización, pues ésta no amplía ni agudiza la lucha de clases, contrariamente a la profundamente falsa opinión de los mencheviques, sino que, por el contrario, la embota. La embota también porque admite el democratismo local con un democratismo incompleto en el centro. La embota también con la idea del «socialismo municipal», pues éste es pensable en la sociedad burguesa sólo apartado del camino principal de la lucha, sólo en cuestiones pequeñas, locales, sin importancia, en las que incluso la burguesía puede ceder, puede transigir, sin perder la posibilidad de conservar su dominación como clase.

La clase obrera debe dar a la sociedad burguesa el programa más puro, más consecuente, más decidido de la revolución burguesa, hasta la nacionalización burguesa de la tierra. Del reformismo filisteo, el proletariado se aparta con desprecio en la revolución burguesa: a nosotros nos interesa la libertad para la lucha, no la libertad para la felicidad filistea.

El oportunismo de la intelectualidad dentro del partido obrero tira, naturalmente, de otra línea. En lugar de un amplio programa revolucionario de la revolución burguesa, la atención se concentra en la utopía filistea: defender el democratismo local con el no democratismo en el centro, asegurar para el reformismo menudo un rinconcito de economía municipal, apartado de las grandes «convulsiones», eludir la agudeza del inusualmente agudo conflicto agrario según la receta de los antisemitas, es decir, transfiriendo la gran cuestión nacional a la jurisdicción de las pequeñas cuestiones locales.

## 8. Algunos ejemplos de la confusión engendrada por la municipalización

Qué falta de claridad ha sembrado el programa «municipalizador» en las cabezas de los socialdemócratas, a qué situación de impotencia ha condenado a propagandistas y agitadores, lo atestiguan los siguientes casos.

Y. Larin es, sin duda, uno de los mencheviques destacados y conocidos en la literatura. En Estocolmo tomó, como se ve por las actas, la más viva participación en la aprobación del programa. Su folleto «La cuestión campesina y la socialdemocracia», incluido en la serie de folletos de «Novi Mir», es casi un comentario oficial del programa menchevique. Y he aquí lo que escribe este comentarista. Las páginas finales de su folleto están dedicadas al balance del problema de la transformación agraria. El autor prevé un triple desenlace de estas transformaciones: 1) dotaciones complementarias en propiedad privada de los campesinos mediante indemnización: «el desenlace más desventajoso para la clase obrera, para las capas inferiores del campesinado y para todo el desarrollo de la economía nacional» (pág. 103). El segundo desenlace es el mejor, y el tercero, aunque improbable, es «la proclamación sobre el papel del usufructo igualitario obligatorio». Parecería que tenemos derecho a esperar que el segundo desenlace, a juicio del partidario del programa municipalizador, debe consistir en la municipalización. No. Escuchen:

«Quizás todas las tierras confiscadas, o incluso todas las tierras en general, serán declaradas propiedad común del Estado y transferidas a la disposición del autogobierno local para su distribución gratuita (??) en usufructo a todos los que cultiven realmente en ellas, por supuesto, sin la implantación obligatoria en toda Rusia del usufructo igualitario y sin la prohibición del trabajo asalariado. Semejante solución de la cuestión, como hemos visto, asegura del mejor modo tanto los intereses inmediatos del proletariado, como los intereses generales del movimiento socialista y la elevación de la productividad del trabajo, cuestión fundamental de la vida de Rusia. Por eso los socialdemócratas deben defender y llevar a cabo la reforma (?) agraria precisamente de este carácter. Ella tendrá lugar cuando, en una revolución que haya alcanzado un desarrollo superior, sean fuertes los elementos conscientes del desarrollo social» (pág. 103, cursivas nuestras).

Si Y. Larin u otros mencheviques piensan que aquí está expuesto el programa de la municipalización, es éste un error tragicómico. La transferencia de todas las tierras a propiedad del Estado es la nacionalización de la tierra, cuya disposición no se puede ni imaginar de otro modo que a través de los autogobiernos locales, que actúan dentro de los límites de la ley estatal general. Bajo semejante programa —no de «reformas», claro está, sino de revolución— yo suscribo plenamente, con excepción del punto sobre la distribución «gratuita» a los que cultivan, incluso con trabajo asalariado. Prometer algo así para la sociedad burguesa es más propio de un antisemita que de un socialdemócrata. Un marxista no puede suponer posible tal desenlace en el marco del desarrollo capitalista, y considerar deseable la transferencia de la renta a los granjeros-empresarios tampoco tiene fundamento. Pero, a excepción de este punto, que lo más probable es que se explique como un lapsus del autor, queda fuera de duda que en el popular folleto menchevique se predica, como el mejor desenlace en relación con el desarrollo superior de la revolución, la nacionalización de la tierra.

El mismo Larin, sobre la cuestión de qué hacer con las tierras de propiedad privada, escribe:

«En cuanto a las tierras de propiedad privada ocupadas por grandes haciendas capitalistas productivas, su confiscación es pensada por los socialdemócratas en modo alguno para el reparto entre los pequeños propietarios. Mientras la productividad media de la pequeña hacienda campesina en su propia tierra o en tierra arrendada no alcanza los 30 puds por desiatina, la productividad media de la agricultura capitalista supera en Rusia los 50 puds» (pág. 64).

Diciendo esto, Larin, en el fondo, arroja por la borda la idea de la revolución agraria campesina, pues sus cifras medias de rendimiento se refieren a todas las tierras terratenientes. Si no se considera posible una elevación más amplia y más rápida de la productividad del trabajo en la pequeña agricultura liberada del feudalismo, entonces todo el «apoyo a las acciones revolucionarias del campesinado hasta la confiscación de las tierras terratenientes» carece de sentido. Y, a continuación, Larin olvida que sobre la cuestión de «para qué es pensada por los socialdemócratas la confiscación de las haciendas capitalistas» hay una decisión del Congreso de Estocolmo.

Precisamente el camarada Strumilin presentó en el Congreso de Estocolmo una enmienda: insertar después de las palabras: desarrollo económico (en la resolución) «insistiendo, por tanto, en que las grandes economías capitalistas confiscadas sean explotadas también en adelante de manera capitalista, en interés de todo el pueblo y en las condiciones que mejor aseguren las necesidades del proletariado agrícola» (pág. 157). Esta enmienda fue rechazada por todos contra uno (ibidem).

¡Y, sin embargo, la propaganda entre las masas se hace sin tener en cuenta la decisión del congreso! La municipalización es algo tan confuso, debido al mantenimiento de la propiedad privada sobre las tierras de reparto, que involuntariamente el comentario del programa diverge de la decisión del congreso.

K. Kautsky, a quien tan a menudo y tan injustamente se ha citado en favor de uno u otro programa (injustamente porque rechazaba de plano las propuestas de pronunciarse de un modo definido sobre esta cuestión, limitándose a aclarar algunas verdades generales), Kautsky, a quien, como para una curiosidad, se arrastraba incluso en defensa de la municipalización, escribió —según resulta— a M. Shanin en abril de 1906:

«Es evidente que yo entendía por municipalización algo distinto de lo que entiende usted y, tal vez, Máslov. Yo entendía por ella lo siguiente: la gran propiedad territorial será confiscada y en ella se seguirá llevando, por las comunas (!) o por organizaciones más grandes, la gran hacienda, o bien la tierra será arrendada a sociedades productivas. No sé si esto es posible en Rusia, no sé tampoco si los campesinos aceptarán esto. Y no digo que debamos reivindicarlo, sino que pienso tan sólo que, si otros lo reivindican, nosotros podríamos libremente estar de acuerdo con ello. Sería un experimento interesante»[115].

Estas citas, me parece, bastan para mostrar cómo las personas que simpatizaban o simpatizan plenamente con el programa de Estocolmo, lo aniquilan con sus interpretaciones. La culpa la tiene la desesperada confusión del programa, vinculado teóricamente con la negación de la teoría de la renta de Marx, adaptado en la práctica a un «medio» imposible: democratismo local con no democratismo del poder central, y que económicamente es la introducción de un reformismo pequeñoburgués, supuestamente socialista, en el programa de la revolución burguesa.