En el «Informe» sobre el Congreso de Estocolmo analicé este argumento[95], reconstruyendo de memoria los debates. Ahora disponemos del texto exacto de las actas.

«La clave de mi posición —exclamó Plejánov en el Congreso de Estocolmo— reside en señalar la posibilidad de una restauración» (pág. 115). Analicemos más de cerca esta clave. He aquí la primera referencia a ella en el primer discurso de Plejánov:

«Lenin dice: "neutralizaremos la nacionalización", pero para neutralizar la nacionalización es preciso hallar una garantía contra la restauración; y tal garantía no existe ni puede existir. Recuerden la historia de Francia; recuerden la historia de Inglaterra; en cada uno de estos países, tras un amplio empuje revolucionario, sobrevino la restauración. Lo mismo puede ocurrir en nuestro país; y nuestro programa debe ser tal que, en caso de aplicarse, reduzca al mínimo el perjuicio que pueda ocasionar la restauración. Nuestro programa debe eliminar la base económica del zarismo; en cambio, la nacionalización de la tierra en el período revolucionario no elimina esta base. Por eso considero la reivindicación de la nacionalización como una reivindicación antirrevolucionaria» (pág. 44). En qué consiste esta «base económica del zarismo», Plejánov lo dice en el mismo discurso: «En nuestro país las cosas ocurrieron de tal modo que la tierra, junto con los agricultores, fue entregada en servidumbre al Estado, y sobre la base de esta servidumbre se desarrolló el despotismo ruso. Para abatir el despotismo es necesario eliminar su base económica. Por eso estoy en contra de la nacionalización en estos momentos» (pág. 44).

Observemos primero la lógica de este razonamiento sobre la restauración. Primero: «¡Una garantía contra la restauración no existe ni puede existir!». Segundo: hay que «reducir al mínimo el perjuicio que pueda ocasionar la restauración». Es decir, ¡hay que inventar una garantía contra la restauración, aunque tal garantía no pueda existir! Y en la página 45 siguiente (el mismo discurso) Plejánov acaba por inventar la garantía: «En caso de restauración —dice directamente—, ella (la municipalización) no entrega la tierra (¡escuchen!) en manos de los representantes políticos del viejo orden». La garantía contra la restauración ha sido hallada, aunque tal garantía «no puede existir». El truco está brillantemente ejecutado, y la literatura menchevique está llena de entusiasmo por la habilidad de este prestidigitador.

Cuando Plejánov habla, aguza el ingenio, bromea, arma ruido, crepita, gira y brilla como una rueda de fuegos artificiales. Pero es lamentable que un orador así escriba fielmente su discurso y luego sea sometido a un análisis lógico.

¿Qué es la restauración? El paso del poder estatal a manos de los representantes políticos del viejo orden. ¿Puede haber una garantía contra semejante restauración? No, no puede haber garantía. Por eso inventamos tal garantía: la municipalización, que «no entrega la tierra»... En qué consiste, preguntémonos a continuación, el obstáculo que la municipalización erige a la «entrega de la tierra»? Exclusivamente en la ley promulgada por el parlamento revolucionario que declara tales tierras (las ex tierras de los terratenientes, etc.) propiedad de las Dietas regionales. ¿Y qué es una ley? La expresión de la voluntad de las clases que han triunfado y mantienen en sus manos el poder estatal.

¿Comprenden ahora que semejante ley «no entrega la tierra» a los «representantes del viejo orden» cuando el poder estatal pase a sus manos?

– ¡Y esta estupidez sin parangón la predicaron los socialdemócratas después de Estocolmo, presentándola incluso desde la tribuna de la Duma! [96]

En cuanto al fondo de esta manida cuestión de la «garantía contra la restauración», hay que hacer la siguiente observación. Ya que en nuestras manos no puede haber garantías contra la restauración, plantear esta cuestión en relación con el programa agrario significaba desviar la atención de los oyentes, embrollar sus ideas, enredar la discusión. No podemos provocar a voluntad la revolución socialista en Occidente, que es la única garantía absoluta contra la restauración en Rusia. Pero una «garantía» relativa y condicional, es decir, la mayor dificultad posible para la restauración, consiste en la realización más profunda, consecuente y decidida posible de la transformación revolucionaria en Rusia. Cuanto más lejos llegue la revolución, tanto más difícil será la restauración de lo viejo, tanto más quedará incluso en caso de restauración. Cuanto más profundamente haya sido removida la vieja tierra por la revolución, tanto más difícil será la restauración. En la esfera política, una transformación más profunda es la república democrática que la autoadministración local democrática; ella presupone (y desarrolla) una mayor energía revolucionaria, conciencia, organización de las grandes masas del pueblo; ella deja tradiciones mucho más difíciles de extirpar. Por eso, por ejemplo, los socialdemócratas de hoy valoran los grandes frutos de la Revolución Francesa, a pesar de todas las restauraciones, diferenciándose en esto de los kadetes (¿y de los socialdemócratas kadetizantes?), que prefieren los zemstvos democráticos bajo la monarquía como «garantía contra la restauración».

En la esfera económica, durante la transformación agraria burguesa, la que más lejos llega es la nacionalización, ya que rompe toda la propiedad medieval de la tierra. El campesino explota ahora un pedazo de tierra parcelaria propia, un pedazo de tierra parcelaria arrendada, un pedazo de tierra terrateniente arrendada, etc. La nacionalización permite en grado máximo romper todas las compartimentaciones de la propiedad de la tierra y «despejar» toda la tierra para la nueva economía, correspondiente a las exigencias del capitalismo. Por supuesto, incluso con semejante limpieza no hay garantía contra el retorno de lo viejo; prometer tal «garantía contra la restauración» al pueblo sería un charlatanismo. Pero con tal limpieza de la vieja propiedad de la tierra, la nueva economía se consolidará hasta tal punto que el retorno a la vieja propiedad de la tierra se hará en grado máximo difícil, ya que el desarrollo del capitalismo no puede ser detenido por ninguna fuerza. En cambio, con la municipalización el retorno a la vieja propiedad de la tierra se facilita, pues ella eterniza la «línea de demarcación», el lindero que separa la propiedad medieval de la tierra de la nueva, municipalizada. Después de la nacionalización, la restauración tendría que destruir millones de nuevas haciendas capitalistas (de granjeros) para restablecer la vieja propiedad de la tierra. Después de la municipalización, la restauración no necesita destruir ningún tipo de haciendas, no necesita realizar ninguna nueva redistribución de tierras: basta literalmente con firmar un papelito que transfiera las tierras de la «municipalidad» X a la propiedad de los nobles terratenientes Y, Z, etc., o entregar a los terratenientes la renta de las tierras «municipalizadas».

Además, del error lógico de Plejánov en la cuestión de la restauración, de la confusión de conceptos políticos, debemos pasar a la esencia económica de la restauración. Las «Actas» del Congreso de Estocolmo confirmaron plenamente lo dicho por mí en el «Informe»: que Plejánov mezcla de manera inadmisible la restauración francesa sobre la base del capitalismo con la restauración de «nuestro viejo orden semiasiático» (pág. 116 de las «Actas» del Congreso de Estocolmo). Por eso no necesito añadir nada sobre esta cuestión a lo dicho en el «Informe». Detengámonos únicamente en la «eliminación de la base económica del despotismo». He aquí el pasaje más importante del discurso de Plejánov referente a ello:

«La restauración» (en Francia) «no restableció los restos del feudalismo, es cierto, pero lo que en nuestro país corresponde a esos restos es nuestra vieja servidumbre de la tierra y del agricultor al Estado, nuestra vieja y singular nacionalización de la tierra. A nuestra restauración le será tanto más fácil restablecer esta (¡sic!) nacionalización cuanto que vosotros mismos reivindicáis la nacionalización de la tierra, cuanto que dejáis intacto este legado de nuestro viejo orden semiasiático» (pág. 116).

¡De modo que a la restauración «le será más fácil» restablecer esta nacionalización, es decir, la semiasiática, porque Lenin (y el campesinado) reivindican ahora la nacionalización! ¿Qué es esto? ¿Análisis histórico-materialista o un puro «juego de palabras» racionalista? [97] ¿Es la palabra «nacionalización» la que facilita el restablecimiento de los órdenes semiasiáticos, o son ciertos cambios económicos? Si Plejánov hubiera reflexionado sobre esto, habría visto que la municipalización y el reparto destruyen una base del asiático: la propiedad terrateniente medieval de la tierra, pero dejan otra: la propiedad parcelaria medieval de la tierra. Por consiguiente, en el fondo de la cuestión, por la esencia económica de la transformación (y no por su denominación con tal o cual término), es precisamente la nacionalización la que elimina las bases económicas del asiático de manera mucho más radical. El «truco» de Plejánov consiste en que llamó «singular nacionalización» a la propiedad medieval de la tierra, dependiente, sujeta a tributos, de servicio, saltando por encima de dos tipos de esta propiedad de la tierra: la parcelaria y la terrateniente. Gracias a esta tergiversación de palabras, quedó desdibujada la cuestión histórica real: qué tipos de propiedad medieval de la tierra destruye tal o cual medida agraria. ¡Nada complicados son los procedimientos de los fuegos artificiales de Plejánov!

La explicación real de toda esta confusión, casi increíble, de Plejánov en la cuestión de la restauración reside en dos circunstancias. Primera: Plejánov, al hablar de la «revolución agraria campesina», no se aclaró en absoluto su peculiaridad como evolución capitalista. Confunde el populismo, la doctrina sobre la posibilidad de una evolución no capitalista, con el punto de vista marxista sobre la posibilidad de dos tipos de evolución agraria capitalista. En Plejánov se trasluce constantemente un vago «temor a la revolución campesina» (como ya le dije en Estocolmo, págs. 106-107[98]), el temor de que pueda resultar económicamente reaccionaria, que no conduzca a la granja americana, sino a una servidumbre medieval. En realidad, esto es económicamente imposible. La prueba es la reforma campesina y el curso de la evolución posterior a ella. En la reforma campesina, la envoltura del feudalismo (tanto del feudalismo terrateniente como del «feudalismo estatal» del que habló en Estocolmo Martínov, siguiendo a Plejánov) es muy fuerte. Pero la evolución económica resultó ser más fuerte y llenó esta envoltura feudal con un contenido capitalista. A pesar del estorbo de la propiedad medieval de la tierra, tanto la hacienda campesina como la terrateniente se desarrollaban, aunque de manera increíblemente lenta, por la vía burguesa. La propiedad de la tierra de los campesinos estatales (hasta los años 80) o de los ex campesinos estatales (después de los años 80) debería haber resultado, si el temor de Plejánov al retorno del asiático fuera real, el tipo más puro de «feudalismo estatal». En la práctica resultó ser más libre que la terrateniente, ya que la explotación feudal ya era imposible en la segunda mitad del siglo XIX. Entre los campesinos estatales «de muchas tierras»[99] imperaba menos la servidumbre por deudas y se desarrollaba más rápidamente la burguesía campesina. Ahora en Rusia es posible o bien una evolución burguesa lenta y penosa según el tipo prusiano, junker, o bien una rápida y libre según el tipo americano. Todo lo demás son fantasmas.

La segunda causa que condicionó la «confusión restauracionista» en la cabeza de algunos camaradas fue la indeterminación de la situación en la primavera de 1906. El campesinado, como masa, aún no se había manifestado de manera definitiva. Aún era posible considerar tanto el movimiento campesino como la Unión Campesina como un indicador no definitivo de las aspiraciones reales de la abrumadora mayoría de los campesinos. La burocracia autocrática y Witte aún no habían perdido por completo la esperanza de que «el mujik sacará del apuro» (frase clásica del órgano de Witte «El Estado Ruso» en la primavera de 1906), es decir, de que el campesino se pondría de pie a la derecha. De ahí una representación tan fuerte del campesinado según la ley del 11 de diciembre de 1905. Alguna aventura de la autocracia sobre la base de la idea campesina: «mejor toda la tierra del zar, pero que no sea de los señores», les parecía entonces posible a muchos socialdemócratas. Pero las dos Dumas, la ley del 3 de junio de 1907 y la legislación agraria de Stolypin debían abrir los ojos a todos. A la autocracia, para salvar lo que se pudiera, no le quedó más remedio que emprender el camino de la destrucción violenta de la comuna en favor de la propiedad privada de la tierra, es decir, basar la contrarrevolución no en los vagos discursos campesinos sobre la nacionalización (la tierra es «del mir», etc.), sino en la única base económica posible para mantener el poder de los terratenientes, en la base de la evolución capitalista según el modelo prusiano.

Ahora la situación se ha aclarado por completo, y el vago temor a una restauración «asiática» sobre la base del movimiento campesino contra la propiedad privada de la tierra ya es hora de archivarlo[100].