Más arriba hemos citado la formulación corriente de la tesis hoy generalmente reconocida: «todas las agrupaciones populistas se manifiestan por la nacionalización de la tierra». Pero en realidad esta formulación corriente es muy imprecisa, y lo «generalmente reconocido» en ella, si nos referimos a la verdadera identidad de la concepción de esta «nacionalización» entre los representantes de las distintas tendencias políticas, es muy poco. La masa campesina exige la tierra de manera espontánea, al ser oprimida por los latifundios feudales y sin vincular ninguna idea económica medianamente precisa con el paso de la tierra al pueblo. El campesino tiene solo una reivindicación plenamente madura, sufrida, por decirlo así, y templada por largos años de opresión: renovar, consolidar, afianzar, ampliar la pequeña explotación agrícola, hacerla predominante, nada más. El campesino se figura únicamente el paso de los latifundios señoriales a sus manos; el campesino reviste la vaga idea de la unidad de todos los campesinos, como masa, en esta lucha, con palabras sobre la propiedad popular de la tierra. Al campesino lo guía el instinto del propietario, al que estorban la infinita fragmentación de las formas actuales de la tenencia medieval de la tierra y la imposibilidad de organizar el cultivo de la tierra de manera plenamente conforme a las exigencias del «propietario» si persiste toda esta abigarrada variedad medieval de la tenencia de la tierra. La necesidad económica de suprimir la propiedad señorial de la tierra, de suprimir también las «trabas» de la tenencia parcelaria: he aquí los conceptos negativos que agotan la idea campesina de la nacionalización. Qué formas de tenencia de la tierra resultarán necesarias más adelante para la renovada pequeña hacienda que haya digerido, por así decirlo, los latifundios señoriales, sobre esto el campesino no piensa.

Y en la ideología populista, que expresa las reivindicaciones y esperanzas del campesinado, los aspectos negativos del concepto (o de la vaga idea) de la nacionalización predominan indudablemente. Eliminar los viejos obstáculos, quitar de en medio al terrateniente, «deslindar» las tierras, romper las trabas de la tenencia parcelaria, consolidar la pequeña hacienda, sustituir la «desigualdad» (los latifundios señoriales) por la «igualdad, la fraternidad, la libertad»: en esto se resume, en sus nueve décimas partes, la ideología populista. El derecho igual a la tierra, el usufructo igualitario de la tierra, la socialización, no son más que diferentes formas de expresión de las mismas ideas, y todo esto son, en lo fundamental, conceptos negativos, ya que el populista no se representa los nuevos órdenes como una determinada estructura de las relaciones económico-sociales. Para el populista, la revolución agraria en curso es el paso de la servidumbre, de la desigualdad, de la opresión en general a la igualdad y la libertad, nada más. Esta es la típica limitación del revolucionario burgués, que no ve las propiedades capitalistas de la nueva sociedad que él mismo edifica.

El marxismo, en contraposición a la ingenua concepción del populismo, investiga el nuevo régimen que se está formando. Con la más completa libertad de la hacienda campesina, con la más completa igualdad de los pequeños propietarios que trabajan en tierra de todo el pueblo, o en tierra de nadie, o en tierra «de Dios», tenemos ante nosotros un régimen de producción mercantil. Los pequeños productores están vinculados y sometidos al mercado. Del intercambio de productos surge el poder del dinero, y a la transformación del producto agrícola en dinero sigue la transformación de la fuerza de trabajo en dinero. La producción mercantil se convierte en producción capitalista. Y esta teoría no es un dogma, sino la simple descripción y generalización de lo que ocurre también en la hacienda campesina rusa. Cuanto más libre está esta hacienda de la escasez de tierra, de la opresión señorial, de la presión de las relaciones y del régimen medieval de tenencia de la tierra, de la servidumbre y de la arbitrariedad, tanto más se desarrollan las relaciones capitalistas dentro de la propia hacienda campesina. Es un hecho atestiguado con absoluta certeza por toda la historia de Rusia posterior a la reforma.

Por consiguiente, el concepto de nacionalización de la tierra, reducido al terreno de la realidad económica, es una categoría de la sociedad mercantil y capitalista. Lo real en este concepto no es lo que los campesinos piensan o lo que los populistas dicen, sino lo que se desprende de las relaciones económicas de dicha sociedad. La nacionalización de la tierra bajo las relaciones capitalistas es la transferencia de la renta al Estado, ni más ni menos. ¿Y qué es la renta en la sociedad capitalista? No es, en modo alguno, todo ingreso proveniente de la tierra. Es aquella parte de la plusvalía que queda después de deducir la ganancia media sobre el capital. Es decir, la renta presupone el trabajo asalariado en la agricultura, la transformación del agricultor en granjero, en empresario. La nacionalización (en su forma pura) presupone que el Estado recibe la renta de los empresarios agrícolas, los cuales pagan salarios a los obreros asalariados y obtienen la ganancia media sobre su capital, media en relación con todas las empresas, tanto agrícolas como no agrícolas, del país de que se trata o de un conjunto de países.

De este modo, el concepto teórico de la nacionalización está indisolublemente ligado a la teoría de la renta, es decir, precisamente de la renta capitalista, como forma particular de ingreso de una clase particular (la de los terratenientes) en la sociedad capitalista.

La teoría de Marx distingue dos tipos de renta: la diferencial y la absoluta. La primera es resultado de la limitación de la tierra, de su ocupación por explotaciones capitalistas, con independencia absoluta de que exista la propiedad sobre la tierra y de la forma de tenencia. Entre las distintas haciendas en la tierra son inevitables las diferencias resultantes de las diferencias de fertilidad del suelo, de la situación de las parcelas respecto al mercado, de la productividad de las inversiones adicionales de capital en la tierra. Para abreviar, se pueden resumir estas diferencias (sin olvidar, no obstante, la diversidad de fuentes de unas y otras diferencias) como diferencias entre tierras mejores y peores. Además. El precio de producción del producto agrícola lo determinan las condiciones de producción no en las tierras medias, sino en las peores, ya que el producto de las tierras mejores no es suficiente para cubrir la demanda. La diferencia entre el precio de producción individual y el precio de producción más alto constituye la renta diferencial. (Recordemos que Marx llama precio de producción a los gastos de capital en la producción del producto más la ganancia media sobre el capital.)

La renta diferencial se forma inevitablemente en la agricultura capitalista, aunque se aboliera por completo la propiedad privada de la tierra. En presencia de la propiedad territorial, esta renta la percibe el terrateniente, porque la competencia de los capitales obligará al granjero (arrendatario) a contentarse con la ganancia media sobre el capital. Abolida la propiedad privada de la tierra, esta renta la percibirá el Estado. La supresión de esta renta es imposible mientras exista el modo capitalista de producción.

La renta absoluta proviene de la propiedad privada de la tierra. En esta renta hay un elemento de monopolio, un elemento de precio de monopolio[79]. La propiedad privada de la tierra obstaculiza la libre competencia, impide la nivelación de la ganancia, la formación de la ganancia media en las empresas agrícolas y no agrícolas. Y como en la agricultura la técnica es inferior y la composición del capital se distingue por una mayor proporción de capital variable con respecto al constante que en la industria, el valor individual del producto agrícola es superior a la media. Por eso, la propiedad privada de la tierra, al frenar la libre nivelación de la ganancia en las empresas agrícolas al mismo nivel que en las no agrícolas, permite vender el producto agrícola no por el precio de producción más alto, sino por el valor individual, aún más elevado, del producto (pues el precio de producción se determina por la ganancia media del capital, y la renta absoluta no deja que se forme esta «media», fijando de manera monopólica un valor individual más alto que la media).

Así, pues, la renta diferencial es inherente a toda agricultura capitalista. La absoluta no lo es a toda, sino solo a condición de la propiedad privada de la tierra, solo a condición del atraso históricamente[80] creado en la agricultura, atraso que el monopolio consolida.

Kautsky contrapone ambos tipos de renta, entre otras cosas en su relación específica con la nacionalización de la tierra, en los siguientes términos:

«En la medida en que la renta territorial es renta diferencial, proviene de la competencia. En la medida en que es renta absoluta, proviene del monopolio... En la práctica, la renta territorial se nos presenta sin dividir en partes; no se puede saber qué parte de ella es renta diferencial y cuál es absoluta. Además, suele mezclarse con ella el interés del capital por los gastos hechos por el terrateniente. Allí donde el terrateniente es al mismo tiempo agricultor, la renta territorial se confunde con la ganancia agrícola.

Sin embargo, la diferencia entre ambos tipos de renta tiene la mayor importancia.

La renta diferencial proviene del carácter capitalista de la producción, y no de la propiedad privada de la tierra.

Esta renta se mantendría también con la nacionalización de la tierra, exigida (en Alemania) por los partidarios de la reforma agraria que conservan la explotación capitalista de la agricultura. Solo que entonces esa renta no iría a parar a manos de particulares, sino al Estado.

La renta absoluta proviene de la propiedad privada de la tierra, de la contraposición de intereses entre el terrateniente y el resto de la sociedad. La nacionalización de la tierra permitiría suprimir esta renta y reducir los precios de los productos agrícolas en la suma de esta renta (cursiva nuestra).

Además, la segunda diferencia entre la renta diferencial y la absoluta consiste en que la primera no influye, como parte integrante, en el precio de los productos agrícolas, mientras que la segunda sí influye. La primera proviene del precio de producción; la segunda, del excedente de los precios de mercado sobre los precios de producción. La primera surge del excedente, de la superganancia que proporciona el trabajo más productivo en la tierra mejor o en la mejor situación. La segunda no proviene de un ingreso adicional de algunos tipos de trabajo agrícola; solo es posible como un descuento de la cantidad disponible de valores a favor del terrateniente, un descuento de la masa de plusvalía, es decir, o bien una reducción de la ganancia, o bien un descuento del salario. Si los precios de los cereales aumentan y también aumenta el salario, entonces disminuye la ganancia del capital. Si los precios de los cereales aumentan sin que aumente el salario, entonces el perjuicio lo sufren los obreros. Finalmente, puede ocurrir —y esto debe considerarse incluso la regla general— que el perjuicio causado por la renta absoluta lo sufran juntamente los obreros y los capitalistas»[81].

Así, pues, el problema de la nacionalización de la tierra en la sociedad capitalista se divide en dos partes esencialmente distintas: el problema de la renta diferencial y el de la renta absoluta. La nacionalización cambia al poseedor de la primera y socava la propia existencia de la segunda. La nacionalización es, por consiguiente, por un lado, una reforma parcial dentro de los límites del capitalismo (cambio del poseedor de una parte de la plusvalía) y, por otro lado, la abolición del monopolio que obstaculiza todo el desarrollo del capitalismo en general.

Sin distinguir estos dos aspectos, es decir, la nacionalización de la renta diferencial y de la renta absoluta, es imposible comprender todo el significado económico del problema de la nacionalización en Rusia. Pero aquí tropezamos con la negación de la teoría de la renta absoluta por P. Máslov.