De la intervención anterior habéis podido ver cuán justas eran las palabras del camarada Popov acerca de la esterilidad de los presentes debates. En la total falta de principios del discurso de Liber os habéis convencido vosotros mismos. Sólo recordaré que en nuestra comisión fracasada, al tomar como base el proyecto polaco, votaron contra nosotros y los letones 4 mencheviques, 1 bundista y 2 polacos.

Así, tomaron como base el proyecto polaco en la comisión precisamente aquellas personas que, por principio, estaban más alejadas de los polacos. ¡Lo hicieron para introducir en el proyecto enmiendas de espíritu menchevique, para hacer la resolución inaceptable para sus autores! El propio Liber votó con los mencheviques en este caso (Liber: «¡No es cierto!») y en la votación sobre la admisibilidad de los bloques con los demócratas constitucionalistas (k.-d.). Después de esto, sus discursos patéticos sobre los principios resultan sencillamente ridículos.

Comprendo perfectamente a los polacos cuando se esforzaban por que se tomara su proyecto como base. Los detalles de nuestra resolución les parecían innecesarios. Querían limitarse a dos principios fundamentales y verdaderamente unificadores entre ellos y nosotros: 1) la separación clasista del proletariado, en todo lo concerniente al socialismo, de todos los partidos burgueses; 2) la unión de las acciones comunes de la socialdemocracia y la democracia pequeñoburguesa contra el liberalismo traidor. Ambas ideas recorren como un hilo rojo también el proyecto bolchevique. Pero la concisión del proyecto polaco dejaba demasiado margen para escapatorias mencheviques. Con sus enmiendas, obligaron a los propios autores a votar contra su proyecto en su totalidad. Y al mismo tiempo, ni los mencheviques ni los bundistas se decidieron a defender por sí mismos el proyecto polaco «corregido» por ellos de semejante manera. Resultó un completo fracaso de los trabajos de toda la comisión.

Ahora a todos nosotros en general, y a los camaradas polacos en particular, sólo nos queda una cosa: intentar tomar como base el proyecto bolchevique. Si también a él se le hacen enmiendas inaceptables, entonces habrá que reconocer la incapacidad del congreso para trabajar. Pero es posible que, sobre la base de este proyecto, que analiza con precisión todos los tipos fundamentales de partidos, se logre alcanzar una decisión suficientemente definida en el espíritu de la socialdemocracia revolucionaria.

Contra nuestro proyecto se objeta que describe los partidos de manera demasiado minuciosa. Se dice que los partidos pueden escindirse, reagruparse, y toda la resolución resultará inservible.

Esta objeción es completamente inconsistente. En nuestro proyecto se caracterizan precisamente no los pequeños grupos, ni siquiera los partidos aislados, sino los grandes grupos de partidos. Estos grupos son tan grandes que un cambio rápido de las relaciones mutuas entre ellos es mucho menos posible que, por ejemplo, un cambio completo del declive revolucionario por un auge, o viceversa. Tomad estos grupos y examinadlos. La burguesía reaccionaria y la burguesía más o menos progresista son tipos invariables de todos los países capitalistas. A estos dos tipos invariables nosotros añadimos sólo dos tipos más: los octubristas (un término medio entre las centurias negras y los liberales) y los grupos laborales. ¿Pueden cambiar rápidamente estos tipos? No pueden, a menos que nuestra revolución no realice un viraje tan radical que, de todos modos y en cualquier caso, nos obligue a revisar radicalmente no sólo nuestras resoluciones del congreso, sino incluso nuestro programa.

Pensad en nuestra reivindicación programática de la confiscación de toda la tierra de los terratenientes. En ningún otro país los socialdemócratas habrían podido jamás apoyar las aspiraciones confiscatorias de la pequeña burguesía. Eso sería una charlatanería en un país capitalista habitual. En nuestro país, en la época de la revolución democrático-burguesa, esto es una necesidad. Y se puede garantizar que los problemas fundamentales en la apreciación de los partidos laborales habrán de ser revisados no antes que nuestra reivindicación programática de la confiscación.

Señalaré también que, para evitar todo tipo de malentendidos y falsas interpretaciones del bloque de izquierda, definimos con precisión el contenido de la lucha de los partidos laborales. En la práctica, ellos luchan no contra la explotación en general (como a ellos mismos les parece) y en absoluto contra la explotación capitalista (como presentan el asunto sus ideólogos), sino sólo contra el Estado feudal y la propiedad terrateniente. Y la precisión de esta indicación del contenido real de la lucha pone fin de inmediato a cualquier idea falsa sobre la posibilidad de acciones comunes del partido obrero y el campesinado en la lucha por el socialismo, en la lucha contra el capitalismo.

Además, en nuestra resolución hablamos claramente del «carácter pseudosocialista» de los partidos laborales, llamamos a una lucha resuelta contra el encubrimiento de la diferencia de clase entre el pequeño propietario y el proletario. Llamamos a desenmascarar la nebulosa ideología socialista de los pequeños burgueses. Esto es obligatorio decirlo acerca de los partidos pequeñoburgueses. Pero esto es todo lo que hay que decir. Están profundamente equivocados los mencheviques cuando añaden a esto la lucha contra el revolucionarismo y el utopismo del campesinado en la revolución actual. Así resulta precisamente de su resolución. Y semejante idea, objetivamente, equivale a llamar a luchar contra la confiscación de la tierra de los terratenientes. A esto se reduce el asunto, porque las corrientes ideológico-políticas más influyentes y extendidas del liberalismo declaran precisamente la confiscación como revolucionarismo, utopismo, etc. No por casualidad, sino necesariamente, los mencheviques se fueron desviando durante el año transcurrido de semejantes principios hasta la renuncia en la práctica a defender la confiscación.

¡No debéis permitir llegar a esto, camaradas! Dan observó en uno de sus discursos, mordazmente: malos son nuestros críticos si critican sobre todo lo que no hemos hecho. ¡Sólo hemos querido renunciar a la confiscación, pero no hemos renunciado!

Y yo responderé a esto: si hubierais renunciado, ya no tendríamos un partido unificado. No debemos permitir llegar a tales renuncias. Si admitimos aunque sea una sombra de la idea de semejante política, tambalearemos todas las bases revolucionarias de la lucha de clase independiente del proletariado en la revolución democrático-burguesa. (Aplausos de los bolcheviques, polacos y letones.)