El gobierno está recogiendo los frutos del infame crimen perpetrado por él el 3 de junio contra el pueblo: la monstruosa ley electoral, que tergiversa por completo la voluntad no sólo de todo el pueblo, sino incluso de la minoría que goza del derecho de voto, en provecho de un puñado de terratenientes y capitalistas, ha dado al zarismo los frutos anhelados. De los 442 diputados que deben ser elegidos para la Duma, en el momento de escribir el presente artículo ya han sido elegidos 432; quedan por elegir 10, de modo que los resultados generales de las elecciones se han definido ya en medida suficiente. Según un cálculo aproximadamente exacto, resulta que han sido elegidos 18 socialdemócratas{63}, 13 otros izquierdistas, 46 kadetes, 55 miembros de grupos afines a ellos, 92 octubristas, 21 miembros de grupos afines a éstos por su orientación, 171 derechistas de todo tipo, entre ellos 32 miembros de la Unión del Pueblo Ruso, y 16 sin partido.

Así, sin contar el insignificante número de sin partido, todos los diputados restantes pueden dividirse en 4 grupos: la extrema izquierda, que constituye apenas algo más del 7 por ciento; el centro izquierdista (kadete), con el 23 por ciento; el centro derechista (octubrista), con el 25,1 por ciento, y la derecha, con el 40 por ciento; los sin partido representan algo menos del 4 por ciento.

Ninguno de estos grupos, considerado por separado, representa la mayoría absoluta. ¿Corresponde este resultado plenamente a los deseos y expectativas de los inspiradores y redactores de la nueva ley electoral? Creemos que a esta pregunta hay que responder afirmativamente y que el nuevo «parlamento» ruso, desde el punto de vista de los grupos gobernantes que apoyan al zarismo autocrático, es, en el pleno sentido de la palabra, una chambre introuvable[28].

El hecho es que en nuestro país, como en todo país con un régimen autocrático o semiautocrático, existen en realidad dos gobiernos: uno oficial, el gabinete de ministros, y otro entre bastidores, la camarilla cortesana. Esta última se apoya siempre y en todas partes en los sectores más reaccionarios de la sociedad, en la nobleza feudal —en nuestro caso, la de las Centurias Negras—, que extrae su fuerza económica de la gran propiedad territorial y de la economía semifeudal a ella vinculada. Mimado, corrompido, degenerado, este grupo social constituye un vívido ejemplo del más infame parasitismo. Hasta qué grado de perversión llega aquí la degeneración lo demuestra el escandaloso proceso de Moltke-Harden en Berlín, que sacó a la luz la sucia cloaca que representaba la influyente camarilla en la corte del emperador semiautocrático alemán Guillermo II. Para nadie es un secreto que también en Rusia, en los círculos correspondientes, vilezas semejantes no constituyen una excepción. La enorme masa de «derechistas» en la III Duma defenderá, al menos en su aplastante mayoría si no en su totalidad, los intereses precisamente de ese moho y herrumbre sociales, de esos «sepulcros blanqueados» que nos ha legado el oscuro pasado. La conservación de la economía de servidumbre, de los privilegios nobiliarios y del régimen autocrático-nobiliario es cuestión de vida o muerte para estos mastodontes e ictiosaurios, pues «uros» es para ellos un nombre demasiado honorable.

Los mastodontes e ictiosaurios suelen hacer todo lo posible para, aprovechando su omnipotencia cortesana, apoderarse por completo y sin compartirlo del gobierno oficial —el gabinete de ministros—. Por lo general, el gabinete está compuesto en una parte considerable por sus protegidos. Sin embargo, a menudo la mayoría del gabinete, por su composición, no corresponde plenamente a las exigencias de la camarilla. La competencia al depredador antediluviano, al depredador de la época de la servidumbre, la hace en este caso el depredador de la época de la acumulación originaria, también grosero, ávido, parasitario, pero con cierto barniz cultural y, sobre todo, con el deseo de arrebatar también un buen trozo del pastel del erario en forma de garantías, subsidios, concesiones, aranceles protectores, etc. Este sector de la burguesía terrateniente e industrial, típico de la época de la acumulación originaria, encuentra su expresión en el octubrismo y en las corrientes afines a él. Tiene muchos intereses comunes con los centurias negras sans phrases[29]: el parasitismo económico y los privilegios, y el patriotismo de chovinismo cervecero es tan necesario desde el punto de vista octubrista como desde el de las centurias negras.

Así se forma la mayoría de centurias negras y octubristas en la III Duma de Estado: alcanza la impresionante cifra de 284 hombres de 432, es decir, el 65,7 por ciento, más de 2/3 del número total de diputados.

Ésta es la fortaleza que asegura al gobierno la posibilidad, en la política agraria, de ayudar a los terratenientes arruinados a liquidar ventajosamente sus tierras, despojando hasta la médula a los campesinos de poca tierra; de convertir la legislación obrera en un instrumento de la más burda explotación del proletariado por el capital; y en la política financiera, de garantizar que el peso principal de los impuestos siga sobre los hombros de las masas populares. Es la fortaleza del proteccionismo y del militarismo. El carácter contrarrevolucionario de la mayoría octubrista y de centurias negras no es discutido por nadie.

Pero la cuestión es que ésta no es la única mayoría existente en la III Duma. Hay otra mayoría más.

Los centurias negras son un aliado seguro de los octubristas, del mismo modo que la camarilla cortesana lo es del gabinete de ministros en la defensa del zarismo. Pero así como la camarilla cortesana manifiesta una inclinación orgánica no tanto a aliarse con el gabinete de ministros como a dominarlo, también los centurias negras ansían la dictadura sobre los octubristas, los mangonean, tratan de someterlos.

Los intereses del capitalismo, aunque sea groseramente depredador y parasitario, no se avienen con el dominio absoluto de la propiedad territorial de tipo feudal. Ambos grupos sociales, emparentados entre sí, tratan de arrebatar un trozo del pastel mayor y más suculento, y de aquí la inevitable divergencia entre ellos en las cuestiones de la autoadministración local y de la organización central del poder estatal. Para los centurias negras, en los zemstvos y en la Duma municipal no hace falta nada más que lo que ya existe, y en el centro, «¡abajo la maldita constitución!». Para los octubristas, tanto en los zemstvos como en la Duma hay que reforzar su influencia, y en el centro es necesaria una «constitución», aunque muy recortada, ficticia para las masas.

No en vano Rússkoe Znamia{64} insulta a los «octubres», y Gólos Moskvy{65}, a su vez, considera que en la III Duma hay más derechistas de los necesarios.

Y he aquí que la marcha objetiva de las cosas obliga a los octubristas a buscar aliados en este aspecto. Hace tiempo que podrían haberlos encontrado en el centro izquierdista (kadete), el cual declara desde hace mucho su sinceramente lealtad a la constitución, pero el problema es que la joven burguesía rusa de la época de la acumulación capitalista, representada ahora por los kadetes, ha conservado del pasado amigos muy incómodos y ciertas tradiciones desagradables. Con las tradiciones en la esfera política, por lo demás, ha resultado fácil romper: los kadetes se proclamaron monárquicos hace ya mucho tiempo, incluso antes de la primera Duma; al ministerio responsable renunciaron tácitamente en la segunda Duma; los proyectos kadetes sobre las distintas «libertades» contienen tantas barreras, alambradas de espino y trampas contra esas libertades que hay plena esperanza de que sigan progresando en este sentido. Antes, los kadetes ya miraban con reproche la insurrección y la huelga, primero con un reproche tierno, luego melancólico; después de diciembre de 1905, el reproche se convirtió a medias en desdén, y tras la disolución de la primera Duma, en una negación y condena tajantes. La diplomacia, el trato, el regateo con los detentadores del poder: tal es la base de la táctica kadete. Y en cuanto a los amigos incómodos, hace ya mucho que se los llama simplemente «vecinos», y no hace mucho han sido proclamados a voz en grito «enemigos».

Así pues, es posible llegar a un acuerdo, y he aquí una nueva mayoría, también contrarrevolucionaria: la mayoría octubrista-kadete. Es cierto que por ahora es algo inferior a la mitad del número de diputados elegidos —214 de 432—, pero, en primer lugar, a ella se unirán indudablemente, si no todos los sin partido, al menos una parte de ellos, y en segundo lugar, hay todos los datos para suponer que aumentará en las siguientes elecciones, ya que las ciudades y la mayor parte de las asambleas electorales de gubernia, en las que aún no se han efectuado las elecciones, darán en su aplastante mayoría o octubristas o kadetes.

El gobierno se considera dueño de la situación. La burguesía liberal, al parecer, lo acepta como un hecho. En estas condiciones, la transacción debe llevar, más que nunca, el sello del compromiso más vulgar y traicionero; más exactamente, la rendición de todas las posiciones del liberalismo que tengan aunque sea una sombra de democratismo. Es evidente que mediante semejante transacción, sin un nuevo movimiento de masas, no puede realizarse una organización ni siquiera medianamente democrática de la administración local y de los órganos legislativos centrales. La mayoría octubrista-kadete es incapaz de darnos esto. ¿Y acaso se puede esperar de la mayoría centurionegrista-octubrista, de los salvajes terratenientes aliados con los capitalistas rapaces, una solución medianamente aceptable de la cuestión agraria y un alivio de la situación de los obreros? A esta pregunta sólo cabe responder con una risa amarga.

La situación es clara: nuestra Chambre introuvable es incapaz de realizar, aunque sea de la forma más deformada, las tareas objetivas de la revolución. No puede curar, ni siquiera en parte, las heridas abiertas infligidas a Rusia por el viejo régimen; sólo puede cubrir estas heridas con reformas lamentables, insípidas y ficticias.

Los resultados de las elecciones confirman una vez más nuestra firme convicción: Rusia no puede salir de la crisis que atraviesa por una vía pacífica.

En estas condiciones, las tareas que se plantean con toda claridad como las más inmediatas para la socialdemocracia son las siguientes. Teniendo como objetivo final el triunfo del socialismo, estando convencida de que para alcanzar este objetivo es necesaria la libertad política, y teniendo en cuenta la circunstancia de que en el momento actual es imposible realizar esta libertad por una vía pacífica, sin acciones abiertas de masas, la socialdemocracia está obligada a mantener ahora, como tarea inmediata y prioritaria, las tareas democráticas y revolucionarias, sin renunciar ni por un minuto, por supuesto, a la propaganda del socialismo ni a la defensa de los intereses de clase proletarios en el sentido estricto de la palabra. Siendo la representante de la clase más avanzada y más revolucionaria de la sociedad moderna, del proletariado, que ha demostrado de hecho en la revolución rusa su capacidad para desempeñar el papel de conductor en la lucha de masas, la socialdemocracia está obligada a contribuir por todos los medios a que este papel lo conserve el proletariado también en la nueva etapa de la lucha revolucionaria que se avecina, una etapa caracterizada por un predominio de la conciencia sobre la espontaneidad mucho mayor que antes. Con este fin, la socialdemocracia debe esforzarse con todas sus energías por conquistar la hegemonía sobre la masa democrática y por desarrollar en esa masa la energía revolucionaria.

Semejante aspiración conduce al partido del proletariado a un choque tajante con otras organizaciones políticas de clase, para las cuales, de acuerdo con los intereses de los grupos que representan, la revolución democrática es odiosa y peligrosa no sólo por sí misma, sino también, y en especial, dado que la hegemonía del proletariado en ella está cargada de peligro socialista.

Es completamente claro y no admite duda alguna que las dos mayorías de la Duma —la centurionegrista-octubrista y la octubrista-kadete—, apoyándose alternativamente en las cuales pretende hacer equilibrios el gobierno de Stolypin, ambas mayorías, cada una a su manera y en distintas cuestiones, serán contrarrevolucionarias. De una lucha contra el ministerio de una u otra mayoría, o incluso contra sus elementos particulares —una lucha medianamente sistemática y planificada—, no puede ni hablarse. Sólo son posibles conflictos aislados y temporales. Tales conflictos son posibles, ante todo, entre el elemento centurionegrista de la primera mayoría y el gobierno. Pero no hay que olvidar que no pueden ser suficientemente profundos y que el gobierno, sin apartarse en absoluto del terreno contrarrevolucionario, puede salir de estos conflictos con toda comodidad y facilidad como vencedor, apoyándose en la segunda mayoría. La socialdemocracia revolucionaria, y junto con ella todos los demás elementos de la III Duma con ánimo revolucionario, por mucho que lo deseen, no pueden utilizar estos conflictos en interés de la revolución más que con fines puramente de agitación; de un "apoyo" a alguna de las partes en conflicto no puede hablarse aquí, porque tal apoyo sería en sí mismo un acto contrarrevolucionario.

Tal vez se pueda utilizar algo más y mejor los posibles conflictos entre los distintos elementos de la segunda mayoría, entre los kadetes, por un lado, y los octubristas y el gobierno, por otro. Pero la situación también aquí es tal que, no sólo en virtud de los estados de ánimo e intenciones subjetivas, sino también a consecuencia de las condiciones objetivas, los conflictos serán poco profundos y transitorios, y serán sólo un medio para facilitar a los mercaderes políticos la conclusión de una transacción en condiciones más decentes en apariencia, pero que en esencia contradicen los intereses de la democracia. La socialdemocracia, por consiguiente, sin renunciar a utilizar incluso estos conflictos poco profundos e infrecuentes, debe librar una lucha tenaz por las tareas democráticas y revolucionarias, no sólo contra el gobierno, la Centuria Negra y los octubristas, sino también contra los kadetes.

Estos son los objetivos fundamentales que debe plantearse la socialdemocracia en la tercera Duma de Estado. Es absolutamente evidente que estos objetivos son los mismos que se planteaban ante el partido del proletariado en la segunda Duma. Están formulados con total claridad en el primer apartado de la resolución del Congreso de Londres sobre la Duma de Estado. Este apartado dice: «Las tareas políticas inmediatas de la socialdemocracia en la Duma son: a) explicar al pueblo la total inadecuación de la Duma como medio para realizar las demandas del proletariado y de la pequeña burguesía revolucionaria, en particular del campesinado; b) explicar al pueblo la imposibilidad de alcanzar la libertad política por la vía parlamentaria mientras el poder real permanezca en manos del gobierno zarista, y explicar la inevitabilidad de la lucha abierta de las masas populares contra la fuerza armada del absolutismo, una lucha cuyo objetivo es asegurar la victoria completa: el paso del poder a manos de las masas populares y la convocatoria de una asamblea constituyente sobre la base del sufragio universal, igual, directo y secreto».

En esta resolución, y en particular en sus últimas palabras, está formulada también la tarea especial más importante de la actividad de la socialdemocracia en la tercera Duma, tarea que los diputados socialdemócratas deben cumplir en relación con la denuncia de toda la infamia del crimen del 3 de junio. Deben denunciar este crimen, por supuesto, no desde el punto de vista liberal de una violación formal de la constitución, sino como una violación cínica y brutal de los intereses de las amplias masas populares, como una falsificación desvergonzada e indignante de la representación popular. De aquí debe derivarse la explicación a las amplias masas populares de la total inadecuación de la III Duma a los intereses y demandas del pueblo, y, en relación con ello, una propaganda amplia y enérgica de la idea de una asamblea constituyente con plenos poderes, basada en el sufragio universal, directo, igual y secreto.

La misma resolución de Londres define con gran precisión el carácter del trabajo partidista socialdemócrata en la Duma de Estado, en los siguientes términos: «debe ponerse en primer plano el papel crítico, de propaganda, de agitación y de organización de la fracción parlamentaria socialdemócrata»; «el carácter general de la lucha en la Duma debe subordinarse a toda la lucha extraparlamentaria del proletariado, siendo especialmente importante la utilización de la lucha económica de masas y el servicio a sus intereses». Es completamente clara la estrecha e indisoluble relación que guarda este carácter del trabajo en la Duma con los objetivos que, como se ha señalado más arriba, debe plantearse en la Duma la socialdemocracia en el momento actual. Una labor legislativa pacífica de los socialdemócratas en la tercera Duma, en condiciones que hacen altamente probables los movimientos de masas, no sólo sería inoportuna, no sólo sería un quijotismo ridículo, sino una traición directa a los intereses proletarios. Llevaría inevitablemente a la socialdemocracia a «rebajar sus consignas, lo cual no podría sino desacreditarla ante los ojos de las masas y apartarla de la lucha revolucionaria del proletariado»{66}. Los representantes del proletariado en la Duma no podrían cometer un crimen mayor.

La actividad crítica de la socialdemocracia debe desplegarse en toda su amplitud y agudizarse al máximo, tanto más cuanto que en la III Duma habrá material para ello en extraordinaria abundancia. Los socialdemócratas en la Duma están obligados a desenmascarar hasta el fin la base clasista tanto de las medidas y propuestas gubernamentales como de las liberales que se llevarán a cabo en la Duma, y, en plena concordancia con la resolución del congreso, es necesario prestar especial atención a aquellas medidas y propuestas que atañen a los intereses económicos de las amplias masas populares; aquí se incluyen la cuestión obrera y la agraria, la cuestión del presupuesto, etc. En todas estas cuestiones la socialdemocracia está obligada a contraponer a los puntos de vista gubernamental y liberal sus propias exigencias socialistas y democráticas; estas cuestiones son el nervio más sensible de la vida del pueblo y, al mismo tiempo, el punto más doloroso del gobierno y de los grupos sociales en los que se apoyan las dos mayorías de la Duma.

Todas estas tareas de agitación, propaganda y organización las llevarán a cabo los socialdemócratas en la Duma, además de con sus discursos desde la tribuna de la Duma, también mediante la presentación de proyectos de ley e interpelaciones al gobierno. Pero aquí hay una dificultad importante: para presentar un proyecto de ley o formular una interpelación se requiere la firma de no menos de treinta diputados.

En la III Duma no hay ni habrá treinta socialdemócratas. Es indudable. Por tanto, la socialdemocracia por sí sola, sin la ayuda de otros grupos, no puede ni presentar proyectos de ley ni formular interpelaciones. Sin duda, esto dificulta y complica enormemente el asunto.

Se trata, claro está, de proyectos de ley e interpelaciones de carácter consecuentemente democrático. ¿Puede la socialdemocracia contar en este aspecto con la ayuda del partido constitucional-democrático? Por supuesto que no. ¿Acaso los kadetes, ya completamente dispuestos en la actualidad a un compromiso sin ambages en condiciones tales que de sus exigencias programáticas, por raquíticas que sean y por reducidas al mínimo que estén con diversas reservas y excepciones, no quede nada, se decidirán a irritar al gobierno con interpelaciones democráticas? Todos recordamos que ya en la segunda Duma los discursos de los oradores kadetes al formular interpelaciones palidecieron considerablemente y a veces se convertían ya en un balbuceo infantil, ya en preguntas corteses e incluso respetuosas con medias reverencias. Y ahora, cuando la «capacidad de trabajo» de la Duma para tejer redes para el pueblo, más firmes y más seguras, de modo que esas redes se conviertan en cadenas, se ha convertido en la comidilla de todos, sus excelencias los señores ministros pueden dormir tranquilos: rara vez se les molestará por parte de los kadetes —¡pues cómo no, si hay que legislar!—, y si se les molesta, será observando todas las reglas de la cortesía. No en vano Miliukov en las reuniones preelectorales promete «cuidar la llamita». ¿Y acaso solo Miliukov? ¿Qué significa la negación incondicional de Dan del lema «¡Abajo la Duma!»? ¿No es el mismo cuidado de la llamita? ¿Y no es acaso hacia esa misma «cortesía» hacia donde aconseja ir a la socialdemocracia Plejánov con su «apoyo a la burguesía liberal», cuya «lucha» se reduce ni más ni menos que a reverencias y profundas inclinaciones?

Ni qué decir tiene que los kadetes no se adherirán a las propuestas legislativas de los socialdemócratas: pues estos proyectos de ley tendrán un carácter agitador claramente marcado, expresarán en toda su plenitud las exigencias consecuentemente democráticas, y esto, claro está, suscitará en el medio kadete no menos irritación que en el octubrista e incluso en el de las Centurias Negras.

Así pues, también en este aspecto hay que descontar a los kadetes. En lo que respecta a la presentación de interpelaciones y propuestas de proyectos de ley, la socialdemocracia solo puede contar con la ayuda de los grupos situados a la izquierda de los kadetes. Al parecer, estos, junto con los socialdemócratas, sumarán hasta 30 personas y, en consecuencia, se abrirá plena posibilidad técnica de manifestar iniciativa en este aspecto. Se trata, naturalmente, no de un bloque cualquiera, sino de las «acciones conjuntas» que, según la resolución del Congreso de Londres, «deben excluir toda posibilidad de desviación alguna del programa y la táctica socialdemócratas, sirviendo únicamente a los fines de una ofensiva común tanto contra la reacción como contra la táctica traidora de la burguesía liberal»{67}.

«Proletari» nº 18, 29 de octubre de 1907.

Se imprime según el texto del periódico «Proletari»