El congreso socialista internacional celebrado en Stuttgart en agosto del presente año se distinguió por su extraordinaria concurrencia y plenitud de representación. Las cinco partes del mundo enviaron delegados, cuyo número total fue de 886. Pero, además de la grandiosa manifestación de la unidad internacional de la lucha proletaria, el congreso desempeñó un papel destacado en la determinación de la táctica de los partidos socialistas. Sobre toda una serie de cuestiones que hasta ahora se resolvían exclusivamente en el seno de los partidos socialistas por separado, el congreso adoptó resoluciones comunes. La cohesión del socialismo en una sola fuerza internacional se expresa de manera particularmente clara en este aumento del número de cuestiones que exigen una misma solución de principio en los diferentes países.

Publicamos a continuación el texto completo de las resoluciones de Stuttgart{32}. Ahora nos detendremos brevemente en cada una de ellas para señalar los principales puntos controvertidos y el carácter de los debates en el congreso.

La cuestión colonial no es la primera vez que ocupa a los congresos internacionales. Hasta ahora, sus decisiones habían consistido siempre en la condena irrevocable de la política colonial burguesa, como política de rapiña y violencia. En esta ocasión, la comisión del congreso quedó integrada de tal modo que los elementos oportunistas, con el holandés Van Kol a la cabeza, prevalecieron en ella. En el proyecto de resolución se insertó una frase que decía que el congreso no condena por principio toda política colonial, la cual bajo un régimen socialista puede desempeñar un papel civilizador. La minoría de la comisión (el alemán Ledebour, los socialdemócratas polacos y rusos y muchos otros) protestó enérgicamente contra la admisión de tal idea. La cuestión fue llevada al congreso, y las fuerzas de ambas corrientes resultaron tan cercanas en magnitud que la lucha se encendió con una pasión nunca vista.

Los oportunistas se agruparon en torno a Van Kol. Bernstein y David, en nombre de la mayoría de la delegación alemana, hablaron a favor del reconocimiento de una «política colonial socialista» y fustigaron a los radicales por la esterilidad de su negación, por su incomprensión de la importancia de las reformas, por su falta de un programa colonial práctico, etc. Les replicó, entre otros, Kautsky, quien se vio obligado a pedir al congreso que se pronunciara contra la mayoría de la delegación alemana. Señaló, con razón, que no se trata en absoluto de negar la lucha por las reformas: en las demás partes de la resolución, que no suscitaron ninguna controversia, se habla de ello con toda claridad. Se trata de si debemos hacer concesiones al actual régimen de rapiña y violencia burguesas. La política colonial actual es la que está sometida a discusión en el congreso, y esta política se basa en el sojuzgamiento directo de los salvajes: la burguesía introduce de hecho la esclavitud en las colonias, somete a los nativos a vejámenes y violencias inauditas, los «civiliza» difundiendo el aguardiente y la sífilis. ¡Y en semejante situación, los socialistas pronunciarían frases evasivas sobre la posibilidad de reconocer por principio la política colonial! Esto equivaldría a un paso directo al punto de vista burgués. Esto significaría dar un paso decisivo hacia la subordinación del proletariado a la ideología burguesa, al imperialismo burgués, que alza ahora la cabeza con particular orgullo.

La propuesta de la comisión fue rechazada en el congreso por 128 votos contra 108, con 10 abstenciones (Suiza). Cabe señalar que en Stuttgart, por primera vez, las naciones obtuvieron un número de votos diferente: desde 20 (las grandes naciones, entre ellas Rusia) hasta 2 (Luxemburgo). La suma de las pequeñas naciones, que o no practican una política colonial o la padecen, pesó más que aquellos Estados que incluso contagiaron en cierta medida al proletariado con la pasión por las conquistas.

Esta votación sobre la cuestión colonial tiene una importancia muy grande. En primer lugar, puso de manifiesto de manera particularmente evidente el oportunismo socialista, que capitula ante la seducción burguesa. En segundo lugar, aquí se reveló un rasgo negativo del movimiento obrero europeo, susceptible de causar no poco daño a la causa del proletariado y que merece, por tanto, una seria atención. Marx señaló en repetidas ocasiones una sentencia de Sismondi que tiene una importancia enorme. Los proletarios del mundo antiguo, reza esta sentencia, vivían a costa de la sociedad. La sociedad moderna vive a costa de los proletarios{33}.

La clase de los desposeídos pero que no trabajan, no es capaz de derrocar a los explotadores. Solo la clase proletaria, que mantiene a toda la sociedad, está en condiciones de realizar la revolución social. Y he aquí que la amplia política colonial ha llevado a que el proletariado europeo se encuentre, en parte, en una situación en la que no es su trabajo lo que mantiene a toda la sociedad, sino el trabajo de los nativos coloniales casi esclavizados. La burguesía inglesa, por ejemplo, obtiene más ingresos de las decenas y cientos de millones de habitantes de la India y de sus otras colonias que de los obreros ingleses. En estas condiciones, se crea en ciertos países una base material y económica para el contagio del proletariado de tal o cual país con el chovinismo colonial. Esto puede ser, por supuesto, solo un fenómeno transitorio, pero no obstante es necesario comprender claramente el mal, entender sus causas, para saber cohesionar al proletariado de todos los países en la lucha contra tal oportunismo. Y esta lucha conducirá inevitablemente a la victoria, pues las naciones «privilegiadas» constituyen una fracción cada vez menor del número total de naciones capitalistas.

La cuestión del sufragio femenino casi no suscitó controversias en el congreso. Solo se encontró una inglesa de la extremadamente oportunista «Sociedad Fabiana»{34} inglesa, que intentó defender la admisibilidad de la lucha socialista por un sufragio femenino restringido, es decir, no universal, sino censitario. La fabiana se quedó completamente sola. El trasfondo de sus opiniones es simple: las damas burguesas inglesas esperan obtener para sí el derecho al voto, sin extenderlo al proletariado femenino.

De manera simultánea con el congreso socialista internacional, se celebró en Stuttgart, en el mismo local, la primera conferencia socialista internacional de mujeres. En esta conferencia y en la comisión del congreso, durante la discusión de la resolución, tuvieron lugar interesantes debates entre los socialdemócratas alemanes y austríacos. Estos últimos, durante su lucha por el sufragio universal, relegaron un poco a un segundo plano la reivindicación de igualar a las mujeres con los hombres: por practicismo, subrayaban no el sufragio universal sino el masculino como su reivindicación. En los discursos de Zetkin y de otros socialdemócratas alemanes se señaló con razón a los austríacos que habían actuado incorrectamente, que debilitaban la fuerza del movimiento de masas al no enarbolar con toda energía la reivindicación del derecho al voto no solo para los hombres, sino también para las mujeres. Las últimas palabras de la resolución de Stuttgart («es necesario enarbolar la reivindicación del sufragio universal simultáneamente para los hombres y para las mujeres») guardan una relación indudable con este episodio de excesivo «practicismo» en la historia del movimiento obrero austríaco.

La resolución sobre las relaciones entre los partidos socialistas y los sindicatos tiene una importancia particularmente grande para nosotros, los rusos. El Congreso de Estocolmo del POSDR se pronunció a favor de los sindicatos sin partido, adoptando así el punto de vista de la neutralidad. Este mismo punto de vista fue defendido siempre por nuestros demócratas sin partido, los bernsteinianos y los socialrevolucionarios. Por el contrario, el Congreso de Londres planteó un principio diferente: el acercamiento de los sindicatos al partido hasta el punto de reconocerlos (en determinadas condiciones) como sindicatos de partido. En Stuttgart, la subsección socialdemócrata de la sección rusa (los socialistas de cada país forman secciones independientes en los congresos internacionales) se escindió al discutirse esta cuestión (en las demás cuestiones no hubo escisión). Concretamente: Plejánov defendía por principio la neutralidad. El bolchevique Voinov defendía el punto de vista antineutralista del Congreso de Londres y de la resolución belga (publicada junto con el informe de De Brouckère en los materiales del congreso; este informe aparecerá pronto en ruso). Clara Zetkin señaló justamente en su periódico «Die Gleichheit»{35} que los argumentos de Plejánov en defensa de la neutralidad fueron tan desacertados como los de los franceses. Y la resolución del Congreso de Stuttgart, como señaló acertadamente Kautsky y como se convencerá cualquiera que la estudie atentamente, pone fin al reconocimiento por principio de la «neutralidad». En ella no hay ni una palabra sobre la neutralidad o el carácter sin partido. Por el contrario, la necesidad de vínculos estrechos entre los sindicatos y el partido socialista y del fortalecimiento de estos vínculos se reconoce con toda claridad.

La resolución de Londres del POSDR sobre los sindicatos tiene ahora una sólida base de principios en la resolución de Stuttgart. La de Stuttgart establece en general y para todos los países la necesidad de vínculos firmes y estrechos de los sindicatos con el partido socialista; la de Londres señala que para Rusia la forma de este vínculo debe ser, en condiciones favorables para ello, el carácter partidista de los sindicatos y a ello debe orientarse la actividad de los miembros del partido.

Observemos que el principio de neutralidad mostró sus aspectos nocivos en Stuttgart porque la mitad de la delegación alemana, los representantes de los sindicatos, sostuvo del modo más decidido el punto de vista oportunista. Por eso, por ejemplo, en Essen los alemanes estuvieron contra Van Kol (en Essen hubo un congreso sólo del partido, no de los sindicatos), y en Stuttgart a favor de Van Kol. La prédica de la neutralidad ha dado en la práctica frutos nocivos en Alemania, haciendo el juego al oportunismo en la socialdemocracia. Este hecho no puede ser ignorado en adelante y hay que tenerlo especialmente en cuenta en Rusia, donde son tan numerosos los consejeros demócrataburgueses del proletariado que le recomiendan la «neutralidad» del movimiento sindical.

Sobre la resolución acerca de la emigración y la inmigración diremos sólo unas palabras. También aquí, en la comisión, hubo un intento de defender puntos de vista estrechamente gremialistas, de imponer la prohibición de la inmigración de obreros de países atrasados (culíes de China, etc.). Es el mismo espíritu de aristocratismo que se da entre los proletarios de algunos países «civilizados», que obtienen ciertas ventajas de su situación privilegiada y son propensos por ello a olvidar las exigencias de la solidaridad internacional de clase. En el congreso mismo no hubo defensores de esta estrechez gremial y pequeñoburguesa. La resolución responde plenamente a las exigencias de la socialdemocracia revolucionaria.

Pasemos a la última y acaso la más importante resolución del congreso: sobre la cuestión del antimilitarismo. El famoso Hervé, que tanto ruido ha hecho en Francia y en Europa, defendió sobre esta cuestión un punto de vista semianarquista, proponiendo ingenuamente «responder» a toda guerra con la huelga y la insurrección. No comprendía, por una parte, que la guerra es un producto necesario del capitalismo y que el proletariado no puede renunciar a participar en una guerra revolucionaria, pues tales guerras son posibles y las ha habido en las sociedades capitalistas. No comprendía, por otra parte, que la posibilidad de «responder» a la guerra depende del carácter de la crisis que la guerra provoca. De estas condiciones depende la elección de los medios de lucha, debiendo consistir esta lucha (este es el tercer punto de incomprensión o de falta de reflexión del herveísmo) no sólo en sustituir la guerra por la paz, sino en sustituir el capitalismo por el socialismo. No se trata sólo de impedir el estallido de la guerra, sino de utilizar la crisis generada por la guerra para acelerar el derrocamiento de la burguesía. Pero detrás de todas las necedades semianarquistas del herveísmo se ocultaba un fondo prácticamente justo: dar un impulso al socialismo en el sentido de no limitarse únicamente a los medios parlamentarios de lucha, de desarrollar en las masas la conciencia de la necesidad de métodos revolucionarios de acción en relación con las crisis que la guerra trae inevitablemente consigo, – en el sentido, en fin, de extender entre las masas una conciencia más viva de la solidaridad internacional de los obreros y de la falsedad del patriotismo burgués.

La resolución de Bebel, que propusieron los alemanes y que coincidía en todo lo esencial con la resolución de Guesde, adolecía precisamente del defecto de no contener ninguna indicación sobre las tareas activas del proletariado. Esto daba la posibilidad de leer las tesis ortodoxas de Bebel con anteojeras oportunistas. Vollmar convirtió inmediatamente esta posibilidad en realidad.

Por eso Rosa Luxemburgo y los delegados socialdemócratas rusos presentaron sus enmiendas a la resolución de Bebel. En estas enmiendas: 1) se decía que el militarismo es el principal instrumento de la opresión de clase; 2) se señalaba la tarea de la agitación entre la juventud; 3) se subrayaba la tarea de la socialdemocracia no sólo de luchar contra el estallido de las guerras o por el cese lo más rápido posible de las guerras ya comenzadas, sino también de utilizar la crisis creada por la guerra para acelerar la caída de la burguesía.

Todas estas enmiendas fueron incluidas por la subcomisión (elegida por la comisión sobre el antimilitarismo) en la resolución de Bebel. Además, Jaurès propuso un plan afortunado: en lugar de señalar los medios de lucha (huelga, insurrección), indicar ejemplos históricos de la lucha del proletariado contra la guerra, desde las manifestaciones en Europa hasta la revolución en Rusia. Como resultado de toda esta reelaboración resultó una resolución, ciertamente muy larga, pero verdaderamente rica en ideas y que indica con precisión las tareas del proletariado. En esta resolución el rigor del análisis marxista ortodoxo, es decir, el único científico, se unió a la recomendación a los partidos obreros de las medidas de lucha más decididas y revolucionarias. Esta resolución no puede ser leída a lo Vollmar, como tampoco puede encerrarse en los estrechos marcos del ingenuo herveísmo.

En general, el Congreso de Stuttgart contrapuso de manera nítida, en toda una serie de importantísimas cuestiones, el ala oportunista y el ala revolucionaria de la socialdemocracia internacional y dio a estas cuestiones una solución en el espíritu del marxismo revolucionario. Las resoluciones de este congreso, esclarecidas por los debates habidos en él, deben convertirse en acompañante permanente de todo propagandista y agitador. La unidad de táctica y la unidad de lucha revolucionaria de los proletarios de todos los países hará avanzar en gran medida la obra realizada en Stuttgart.

Escrito a fines de agosto – comienzos de septiembre de 1907.
Publicado el 20 de octubre de 1907 en el periódico «Proletari» nº 17.
Se imprime según el texto del periódico.