En octubre de 1905, Rusia vivía el mayor auge revolucionario. El proletariado apartó de su camino la Duma de Bulyguin y arrastró a las amplias masas populares a la lucha directa contra la autocracia. En octubre de 1907 vivimos, al parecer, el mayor declive de la lucha abierta de masas. Pero el período de decadencia, iniciado tras la derrota de diciembre de 1905, trajo consigo no sólo el florecimiento de las ilusiones constitucionales, sino también su completo derrumbe. La Tercera Duma, convocada después de la disolución de dos Dumas y del golpe de Estado del 3 de junio, pone fin manifiesto al período de fe en la coexistencia pacífica de la autocracia con la representación popular, y abre una nueva época en el desarrollo de la revolución.

En un momento como el que vivimos, la comparación entre la revolución y la contrarrevolución en Rusia, entre el período de embate revolucionario (1905) y el período del juego contrarrevolucionario a la constitución (1906 y 1907) se impone por sí misma. Toda definición de la línea política para el futuro inmediato incluye inevitablemente esa comparación. La contraposición de los «errores de la revolución» o «ilusiones revolucionarias» al «trabajo constitucional positivo» es el motivo fundamental de la literatura política actual. De esto gritan los kadetes en las reuniones preelectorales. De esto canta, clama y pregona la prensa liberal. Aquí está el señor Struve, que descarga apasionada y rabiosamente sobre los revolucionarios su frustración por el fracaso definitivo de la esperanza en un «compromiso». Aquí está Miliukov, a quien, a pesar de toda su gazmoñería y jesuitismo, la marcha de los acontecimientos obligó a llegar a algo claro, preciso y —lo principal— veraz: «enemigos por la izquierda». Aquí están los publicistas en el espíritu de «Tovarisch», Kuskova, Smirnov, Plejánov, Gorn, Iordanski, Cherevanin y otros, que censuran por frívola la lucha de octubre-diciembre y predican, más o menos abiertamente, la coalición «democrática» con los kadetes. Los auténticos elementos kadetes de esa turbia corriente expresan los intereses contrarrevolucionarios de la burguesía y el servilismo ilimitado de la pequeña burguesía intelectual. En cuanto a aquellos elementos que aún no han llegado del todo a Struve, el rasgo predominante es la incomprensión del vínculo entre la revolución y la contrarrevolución en Rusia, la incapacidad de contemplar todo lo vivido como un movimiento social único, que se desarrolla según su lógica interna. El período de embate revolucionario mostró en acción la composición de clase de la población de Rusia y la actitud de las distintas clases hacia la vieja autocracia. Los acontecimientos han enseñado ahora a todos y cada uno, incluso a personas completamente ajenas al marxismo, a datar la revolución a partir del 9 de enero de 1905, es decir, del primer movimiento conscientemente político de masas pertenecientes a una clase determinada. Cuando la socialdemocracia deducía del análisis de la realidad económica de Rusia el papel dirigente, la hegemonía del proletariado en nuestra revolución, aquello parecía una afición libresca de los teóricos. La revolución confirmó nuestra teoría, pues es la única teoría verdaderamente revolucionaria. El proletariado marchó de hecho todo el tiempo a la cabeza de la revolución. La socialdemocracia resultó de hecho el destacamento ideológico de vanguardia del proletariado. La lucha de masas se desarrolló, bajo la dirección del proletariado, con extraordinaria rapidez, más rápida de lo que esperaban muchos revolucionarios. En el transcurso de un año se elevó hasta las formas más decididas de embate revolucionario que conoce la historia: la huelga de masas y la insurrección armada. La organización de las masas proletarias creció con asombrosa rapidez en el curso mismo de la lucha. Tras el proletariado empezaron a organizarse otras capas de la población, que formaron los cuadros combativos del pueblo revolucionario. Se organizó la masa semiproletaria de toda clase de empleados, después la democracia campesina, los profesionales intelectuales, etc. El período de victorias proletarias fue un período de crecimiento, nunca visto en Rusia y gigantesco incluso desde el punto de vista europeo, de la organización de masas en general. El proletariado conquistó en ese tiempo toda una serie de mejoras en sus condiciones de trabajo. La masa campesina logró la «reducción» de la arbitrariedad de los terratenientes, la baja de los precios de arriendo y venta de la tierra. Toda Rusia conquistó una considerable libertad de reunión, de palabra y de asociación, conquistó la renuncia de toda la nación, por parte de la autocracia, a los viejos usos y el reconocimiento de la constitución.

Todo lo conquistado hasta ahora por el movimiento liberador en Rusia ha sido conquistado entera y exclusivamente por la lucha revolucionaria de las masas con el proletariado a la cabeza.

El viraje en el desarrollo de la lucha comienza con la derrota de la insurrección de diciembre. La contrarrevolución pasa a la ofensiva paso a paso a medida que se debilita la lucha de masas. En la época de la primera Duma, esta lucha se expresó todavía de manera muy, muy impresionante en la intensificación del movimiento campesino, en la amplia destrucción de los nidos de los terratenientes feudales, en toda una serie de insurrecciones de soldados. Y la reacción avanzaba entonces lentamente, sin decidirse a dar inmediatamente un golpe de Estado. Sólo después del aplastamiento de las insurrecciones de Sveaborg y Kronstadt en julio de 1906, se vuelve más audaz, instaura el régimen de los tribunales militares, empieza a cercenar por partes el derecho electoral (las aclaraciones del Senado), y por último, cerca definitivamente con un asedio policial a la segunda Duma y derriba toda la archifamosa constitución. Todas las organizaciones libres, autónomas de las masas, fueron sustituidas en ese tiempo por la «lucha legal» en el marco de una constitución policial, interpretada por los Dubásov y los Stolypin. La primacía de la socialdemocracia fue sustituida por la primacía de los kadetes, que dominaron en ambas Dumas. El período de decadencia del movimiento de masas fue el período de mayor florecimiento del partido de los kadetes. Éste explotó esa decadencia, presentándose como «luchador» por la constitución. Apoyaba con todas sus fuerzas en el pueblo la fe en esa constitución y predicaba la necesidad de limitarse precisamente a la lucha «parlamentaria».

El fracaso de la «constitución kadete» es el fracaso de la táctica kadete y de la hegemonía kadete en la lucha liberadora. El carácter egoístamente clasista de todas las disquisiciones de nuestro liberalismo en torno a las «ilusiones revolucionarias» y los «errores de la revolución» se revela con evidencia al comparar ambos períodos de la revolución. La lucha proletaria de masas dio conquistas a todo el pueblo. La dirección liberal del movimiento no dio nada más que derrotas. El embate revolucionario del proletariado elevaba sin cesar la conciencia de las masas y su organización, planteando ante ellas tareas cada vez más elevadas, desarrollando su participación independiente en la vida política, enseñándoles a luchar. La hegemonía de los liberales en el período de las dos Dumas rebajaba la conciencia de las masas, descomponía su organización revolucionaria, embotaba la conciencia de las tareas democráticas.

Los jefes liberales de la I y la II Duma hicieron una magnífica demostración ante el pueblo de la lucha «legal» de rodillas, que condujo a que los autócratas feudales, de un plumazo, barrieran el paraíso constitucional de los charlatanes liberales y se burlaran de la fina diplomacia de los visitantes de las antecámaras ministeriales. Tras los liberales no hay ni una sola conquista en todo el tiempo de la revolución rusa, ni un solo éxito, ni una sola obra medianamente democrática que organice las fuerzas populares en la lucha por la libertad.

Hasta octubre de 1905, los liberales mantenían a veces una neutralidad simpatizante hacia la lucha revolucionaria de masas, pero ya entonces comenzaron a actuar contra ella, enviando una diputación con discursos viles al zar, apoyando la Duma de Bulyguin no por torpeza, sino por directa hostilidad a la revolución. Después de octubre de 1905, los liberales no hicieron más que traicionar vergonzosamente la causa de la libertad del pueblo.

En noviembre de 1905 enviaban al señor Struve a conversar íntimamente con el señor Witte. En la primavera de 1906 socavaban el boicot revolucionario y, con su negativa a pronunciarse abiertamente ante Europa contra el empréstito, ayudaban al gobierno a conseguir miles de millones para la conquista de Rusia. En el verano de 1906 regateaban desde la escalera de servicio con Trépov por las carteras ministeriales y luchaban contra los «izquierdistas», es decir, contra la revolución, en la I Duma. En enero de 1907 volvían a corretear hacia las autoridades policiales (visita de Miliukov a Stolypin). En la primavera de 1907 apoyaban al gobierno en la II Duma. La revolución ha desenmascarado con una rapidez asombrosa al liberalismo y ha demostrado en la práctica su naturaleza contrarrevolucionaria.

En este sentido, el período de ilusiones constitucionales transcurrió lejos de ser inútil para el pueblo. La experiencia de la primera y la segunda Duma no sólo enseñó a comprender toda la ilimitada miseria del papel que desempeña el liberalismo en nuestra revolución. No; esta experiencia liquidó también en la práctica la tentativa de dirigir el movimiento democrático desde un partido al que sólo los infantes en política o los ancianos que han perdido el juicio pueden considerar realmente constitucional-«democrático».

En 1905 y a comienzos de 1906, la composición de clase de la democracia burguesa en Rusia aún no estaba clara para todos. Las ilusiones acerca de que se podía unir la autocracia con una representación real de masas más o menos amplias del pueblo no eran privativas de los oscuros y oprimidos habitantes de los diversos rincones apartados. Tampoco eran ajenas a estas ilusiones las esferas gobernantes de la autocracia. ¿Por qué la ley electoral, tanto para la Duma de Bulyguin como para la de Witte, daba una representación significativa al campesinado? Porque se mantenía aún la fe en el talante monárquico de la aldea. «El mujikcito nos salvará», esa exclamación del periódico gubernamental en la primavera de 1906 expresaba la esperanza del gobierno en el carácter conservador de la masa campesina. En aquel tiempo, los kadetes no sólo no tenían conciencia del antagonismo entre la democracia campesina y el liberalismo burgués, sino que temían incluso el atraso de los campesinos y deseaban una sola cosa: que la Duma ayudase a transformar al campesino conservador o indiferente en liberal. En la primavera de 1906, el señor Struve expresaba un audaz deseo cuando escribía: «el campesino en la Duma será kadete». En el verano de 1907, ese mismo señor Struve alzaba la bandera de lucha contra los partidos trudoviques o de izquierda, como principal obstáculo para la realización del pacto entre el liberalismo burgués y la autocracia. ¡En el espacio de año y medio, la consigna de lucha por la ilustración política de los campesinos fue sustituida entre los liberales por la consigna de lucha contra el campesino «demasiado» ilustrado y exigente en política!

Este cambio de consignas expresa, mejor que nada, la bancarrota total del liberalismo en la revolución rusa. El antagonismo de clase entre la masa de la población rural democrática y los terratenientes feudales resultó inconmensurablemente más profundo de lo que imaginaban los cobardes y torpes kadetes. Por eso fracasó tan rápida y tan irrevocablemente su tentativa de asumir la hegemonía en la lucha por la democracia. Por eso se derrumbó toda su «línea» de reconciliar a la masa pequeñoburguesa democrática del pueblo con los terratenientes octubristas y centurionegristas. La gran conquista, aunque negativa, del período contrarrevolucionario de las dos Dumas consiste en esta bancarrota de los traidores «luchadores» por la «libertad del pueblo». La lucha de clases que se desarrolla abajo ha arrojado por la borda a estos héroes de las antecámaras ministeriales, los ha transformado de pretendientes a la dirección en simples lacayos del octubrismo, ligeramente barnizados con el esmalte constitucional.

Quien no ve hasta ahora esta bancarrota de los liberales, que han experimentado en la práctica su idoneidad como luchadores por la democracia o, por lo menos, como luchadores en las filas de la democracia, no ha comprendido absolutamente nada de la historia política de las dos Dumas. La repetición insensata de la fórmula aprendida sobre el apoyo a la democracia burguesa se convierte, en esos sujetos, en un lloriqueo contrarrevolucionario. Los socialdemócratas no deben lamentarse del fracaso de las ilusiones constitucionales. Deben decir, como decía Marx sobre la contrarrevolución en Alemania: el pueblo ha ganado lo que ha perdido en ilusiones. La democracia burguesa en Rusia ha ganado lo que ha perdido en jefes inútiles y aliados flojos. Tanto mejor para el desarrollo político de esa democracia.

Al partido del proletariado le queda preocuparse de que las ricas lecciones políticas de nuestra revolución y contrarrevolución sean meditadas más profundamente y asimiladas con más firmeza por las amplias masas. El período de embate contra la autocracia desplegó las fuerzas del proletariado y le enseñó los fundamentos de la táctica revolucionaria, mostró las condiciones del éxito de la lucha directa de masas, que es la única capaz de conquistar mejoras más o menos serias. Un largo período de preparación de las fuerzas del proletariado, de educación y organización suyas, precedió a aquellas acciones de centenares de miles de obreros que asestaron golpes mortales a la vieja autocracia en Rusia. Un largo e invisible trabajo de dirección de todas las manifestaciones de la lucha de clase del proletariado, un trabajo de construcción de un partido sólido y templado, precedió a la explosión de la lucha verdaderamente de masas y aseguró las condiciones para convertir esa explosión en revolución. También ahora el proletariado, como luchador de vanguardia del pueblo, necesita fortalecer su organización, rasparse de encima todo moho de oportunismo intelectual, aglutinar sus fuerzas para un trabajo igualmente templado y tenaz. Las tareas que la marcha de la historia y la situación objetiva de las amplias masas han planteado ante la revolución rusa no están resueltas. Los elementos de una nueva crisis política de todo el pueblo no sólo no han sido eliminados, sino que, por el contrario, se han profundizado y ampliado aún más. El advenimiento de esta crisis volverá a colocar al proletariado a la cabeza del movimiento de todo el pueblo. Para ese papel debe estar preparado el partido obrero socialdemócrata. Y en el terreno abonado por los acontecimientos de 1905 y los años siguientes, la siembra dará una cosecha diez veces mejor. Si tras el partido de unos cuantos miles de vanguardistas conscientes de la clase obrera se levantó, a fines de 1905, un millón de proletarios, ahora nuestro partido, que cuenta con decenas de miles de socialdemócratas fogueados en la revolución y vinculados a la masa obrera de manera más estrecha en la lucha misma, conducirá tras de sí a una decena de millones y aplastará al enemigo.

Y tanto las tareas socialistas como las democráticas del movimiento obrero en Rusia se han definido con nitidez incomparablemente mayor, han pasado a primer plano con mayor urgencia bajo la influencia de los acontecimientos revolucionarios. La lucha contra la burguesía se eleva a un escalón superior. Los capitalistas se aglutinan en uniones de toda Rusia, se vinculan más estrechamente con el gobierno, recurren con mayor frecuencia a los medios más extremos de lucha económica, incluyendo los lock-outs masivos, para «refrenar» al proletariado. Pero las persecuciones sólo son temibles para las clases caducas, y el proletariado crece en número y cohesión tanto más rápido cuanto más rápidos son los éxitos de los señores capitalistas. La invencibilidad del proletariado está garantizada por el desarrollo económico tanto de Rusia como del mundo entero. La burguesía ha comenzado, por primera vez en nuestra revolución, a constituirse en clase, en una fuerza política única y consciente. Con tanto mayor éxito avanzará también la organización de los obreros en toda Rusia en una clase única. Tanto más profundo será el abismo entre el mundo del capital y el mundo del trabajo, tanto más clara será la conciencia socialista de los obreros. La agitación socialista entre el proletariado se volverá más definida, enriquecida por las experiencias de la revolución. La organización política de la burguesía es el mejor impulso para la formación definitiva del partido obrero socialista.

Las tareas de este partido en la lucha por la democracia sólo pueden suscitar disputas, de ahora en adelante, entre los intelectuales «simpatizantes» que se disponen a pasarse a los liberales. Para la masa obrera, estas tareas se volvieron palpablemente claras en el fuego de la revolución. Que la base, y la única base de la democracia burguesa como fuerza histórica en Rusia, es la masa campesina, el proletariado lo sabe por experiencia. El papel de guía de esta masa en la lucha contra los terratenientes feudales y la autocracia zarista ya ha sido cumplido por el proletariado a escala nacional, y ninguna fuerza apartará ahora al partido obrero del camino correcto. El papel del partido liberal de los kadetes, que bajo la bandera de la democracia condujeron al campesinado bajo el ala del octubrismo, ha terminado, y la socialdemocracia, en contra de los aislados llorones, continuará su labor de esclarecer a las masas esta bancarrota de los liberales, de esclarecer que la democracia burguesa no puede cumplir su cometido sin depurarse por completo de la alianza con los lacayos del octubrismo.

Nadie puede decir ahora cómo se conformarán los destinos ulteriores de la democracia burguesa en Rusia. Es posible que la bancarrota de los kadetes conduzca a la formación de un partido democrático campesino, un partido de masas real, y no la organización de terroristas en que se han quedado reducidos los socialistas revolucionarios. También es posible que las dificultades objetivas de la cohesión política de la pequeña burguesía impidan la formación de tal partido y dejen por largo tiempo a la democracia campesina en el estado actual de una masa trudovique blanda, informe, como una gelatina. Tanto en uno como en otro caso, nuestra línea es una sola: forjar las fuerzas democráticas con la crítica implacable de todas las vacilaciones, con la lucha intransigente contra la adhesión de la democracia al liberalismo que ha demostrado su carácter contrarrevolucionario.

Cuanto más avanza la reacción, cuanto más se enfurece el terrateniente centurionegrista, cuanto más somete a la autocracia a sí mismo, tanto más lento será el desarrollo económico de Rusia y su liberación de los vestigios del feudalismo. Y esto significa: con tanta mayor fuerza y amplitud se desarrollará la democracia consciente y combativa en las masas de la pequeña burguesía urbana y rural. Tanto más fuerte será la resistencia de masas a las hambrunas, violencias y vejaciones a que los octubristas condenan al campesinado. La socialdemocracia se preocupará de que, para el momento del inevitable ascenso de la lucha democrática, la pandilla de arribistas liberales llamada partido de los kadetes no pueda dividir una vez más las filas de la democracia y sembrar la confusión en sus filas. O con el pueblo o contra el pueblo: esta alternativa la planteó hace ya mucho la socialdemocracia a todos los pretendientes al papel de jefes «democráticos» en la revolución. Hasta ahora, no todos los socialdemócratas supieron mantener consecuentemente esta línea; algunos sucumbieron ellos mismos a las promesas de los liberales, algunos cerraron los ojos a los manejos de esos liberales con la contrarrevolución. Ahora estamos ya ilustrados por la experiencia de las dos primeras Dumas.

La revolución enseñó al proletariado la lucha de masas. La revolución demostró que él puede conducir a las masas campesinas en la lucha por la democracia. La revolución cohesionó más estrechamente al partido puramente proletario, expulsando de él a los elementos pequeñoburgueses. La contrarrevolución curó a la democracia pequeñoburguesa de sus intentos de buscar jefes y aliados en el liberalismo, que teme a la lucha de masas más que al fuego. Apoyándonos en estas lecciones de los acontecimientos, podemos decir con audacia, dirigiéndonos al gobierno de los terratenientes centurionegristas: ¡Continúen con el mismo espíritu, señores Stolypin! ¡Nosotros recogeremos los frutos de lo que ustedes siembran!

«Proletari» nº 17, 20 de octubre de 1907.

Se publica según el texto del periódico «Proletari».