En el número anterior de _Proletari_ publicamos la resolución del CC de nuestro partido sobre los sindicatos{120}. _Nash Vek_{121}, al informar a sus lectores de esta resolución, añadió que había sido aprobada por unanimidad en el CC, ya que los mencheviques votaron a favor de ella debido a las concesiones introducidas en comparación con el proyecto bolchevique inicial. Si esta información es correcta (el difunto periódico _Nash Vek_ se distinguía habitualmente por su excepcional conocimiento de todo lo concerniente al menchevismo), entonces no nos queda sino saludar de todo corazón este importante paso hacia la unificación del trabajo socialdemócrata en una esfera tan relevante como la de los sindicatos. Las concesiones de las que habló _Nash Vek_ son absolutamente insignificantes y no alteran en lo más mínimo los principios fundamentales del proyecto bolchevique (publicado, dicho sea de paso, en el número 17 de _Proletari_ del 20 de octubre de 1907, junto con un extenso artículo de motivación: «Los sindicatos y el partido socialdemócrata»){122}.

Todo nuestro partido ha reconocido ahora, por consiguiente, que el trabajo en los sindicatos debe llevarse a cabo no en el espíritu de la neutralidad de los sindicatos, sino en el espíritu de su mayor acercamiento posible al partido socialdemócrata. Se ha reconocido también que el carácter partidista de los sindicatos debe lograrse exclusivamente mediante el trabajo de los socialdemócratas en el seno de los mismos, que los socialdemócratas deben formar células cohesionadas en los sindicatos, y que deben fundarse sindicatos ilegales allí donde los legales sean imposibles.

Es indudable que lo que más ha influido en este acercamiento de ambas fracciones de nuestro partido en torno al carácter del trabajo en los sindicatos ha sido Stuttgart. La resolución del Congreso de Stuttgart, como señaló Kautsky en su informe ante los obreros de Leipzig, pone fin al reconocimiento de principio de la neutralidad. El alto grado de desarrollo de las contradicciones de clase, su agudización en los últimos tiempos en todos los países, la experiencia de largos años de Alemania –donde la política de neutralidad reforzó el oportunismo en los sindicatos sin impedir en absoluto el surgimiento de sindicatos particulares cristianos y liberales–, la ampliación de esa esfera específica de la lucha proletaria que exige la acción conjunta y unánime tanto de los sindicatos como del partido político (la huelga de masas y la insurrección armada en la revolución rusa, como prototipo de las formas probables de la revolución proletaria en Occidente), todo esto ha privado definitivamente de base a la teoría de la neutralidad.

Entre los partidos proletarios, la cuestión de la neutralidad no promete suscitar ahora discusiones especialmente grandes. Cosa distinta son los partidos cuasi socialistas no proletarios, como nuestros socialistas-revolucionarios, que en realidad constituyen el ala extrema izquierda del partido revolucionario-burgués de los intelectuales y de los campesinos avanzados.

Es sumamente característico que, después de Stuttgart, sólo los socialistas-revolucionarios y Plejánov hayan salido entre nosotros en defensa de la idea de la neutralidad. Y lo han hecho con muy poco éxito.

En el último número del órgano central del partido socialista-revolucionario, _Znamia Truda_ (núm. 8, diciembre de 1907), encontramos dos artículos dedicados a la cuestión del movimiento sindical. Los eseristas intentan allí, ante todo, burlarse de la declaración del periódico socialdemócrata _Vperiod_{123} de que la resolución de Stuttgart resolvió la cuestión de las relaciones entre el partido y los sindicatos precisamente en el sentido apuntado también por la de Londres, en el espíritu del bolchevismo. A esto diremos que los propios eseristas, en ese mismo número de _Znamia Truda_, adujeron hechos que demuestran irrefutablemente la justeza precisamente de semejante apreciación.

«Por esta misma época –escribe _Znamia Truda_ refiriéndose al otoño de 1905–, y este es un hecho característico, se produce el primer encuentro cara a cara de las tres fracciones socialistas rusas: los socialdemócratas mencheviques, los socialdemócratas bolcheviques y los eseristas, con la exposición de sus puntos de vista sobre el movimiento sindical. La Mesa de Moscú, a la que se había encargado que designara de su seno una mesa central para convocar el congreso (de sindicatos), organizó un gran mitin de obreros afiliados a los sindicatos en el teatro Olympia[139]. Los mencheviques se presentaron con una delimitación clásicamente marxista, estrictamente ortodoxa, de los fines del partido y del sindicato. “La tarea del partido socialdemócrata es la instauración del régimen socialista con la supresión de las relaciones capitalistas; la tarea de los sindicatos es el mejoramiento de las condiciones de trabajo dentro de los límites del régimen capitalista, a fin de obtener condiciones ventajosas para los intereses del trabajo en la venta de la fuerza de trabajo”; de aquí se deducía el apartidismo de los sindicatos y la cobertura de “todos los obreros de una profesión dada”[140].

Los bolcheviques demostraban que en la actualidad no se puede trazar una separación estricta entre la política y la profesión, y de aquí llegaban a la conclusión de que “debe haber una estrecha unión entre el partido socialdemócrata y los sindicatos, a los cuales aquel debe dirigir”. Finalmente, los eseristas exigían un estricto apartidismo de los sindicatos para evitar la escisión en el proletariado, pero rechazaron toda limitación de las tareas y de la actividad de los sindicatos a cualquier esfera estrecha, formulando esta tarea como la lucha contra el capital en toda su amplitud, es decir, tanto la lucha económica como la política».

¡Así describe los hechos el propio _Znamia Truda_! Y sólo un ciego o una persona completamente incapaz de pensar puede negar que, de estos tres puntos de vista, precisamente aquel que habla de la estrecha unión entre el partido socialdemócrata y los sindicatos está «confirmado por la resolución de Stuttgart, que recomienda una estrecha vinculación entre el partido y los sindicatos»[141].

Para embrollar esta cuestión clarísima, los eseristas han mezclado de la manera más cómica la autonomía de los sindicatos en la lucha económica con su apartidismo. «El Congreso de Stuttgart –escriben– se pronunció decididamente también por la autonomía (apartidismo) de los sindicatos, es decir, rechazó el punto de vista tanto de los bolcheviques como de los mencheviques». Esto se deduce de las siguientes palabras de la resolución de Stuttgart: «Cada una de estas dos organizaciones (el partido y el sindicato) tiene una esfera correspondiente a su naturaleza, en la que debe actuar con plena autonomía. Pero, al lado de esta, existe una esfera cada vez más amplia», etc., como se cita más arriba. ¡Vaya unos bromistas que han confundido esta exigencia de «autonomía» de los sindicatos en la «esfera correspondiente a su naturaleza» con la cuestión del apartidismo de los sindicatos o de su estrecho acercamiento al partido en la esfera de la política y de las tareas de la revolución socialista!

De esta manera, nuestros eseristas han soslayado por completo la cuestión fundamental de principio sobre la valoración de la teoría de la «neutralidad», que en la práctica sirve para reforzar la influencia de la burguesía sobre el proletariado. En lugar de esta cuestión de principio, han preferido hablar sólo de las relaciones específicas de Rusia, cuando existen varios partidos socialistas, y además hacerlo falseando lo ocurrido en Stuttgart. «No cabe aquí remitirse a la vaguedad de la resolución de Stuttgart –escribe _Znamia Truda_–, pues toda vaguedad y toda duda fueron disipadas por el señor Plejánov, al intervenir en el congreso internacional en calidad de representante oficial del partido, y mientras no tengamos la correspondiente declaración del Comité Central socialdemócrata de que “semejante intervención del camarada Plejánov desorganiza las filas del partido unificado”…». ¡Señores eseristas! Ustedes, por supuesto, tienen derecho a ironizar sobre el hecho de que nuestro CC haya llamado al orden a Plejánov. Tienen derecho a pensar que se puede respetar, por ejemplo, a un partido que no condena oficialmente el kadetismo del señor Gershuni. Pero ¿a qué viene decir una mentira flagrante? Plejánov no fue en el Congreso de Stuttgart representante del partido socialdemócrata, sino tan sólo uno de sus 33 delegados. Y representaba no las opiniones del partido socialdemócrata, sino las de la actual oposición menchevique con relación al partido socialdemócrata y a sus acuerdos de Londres. Los eseristas no pueden ignorarlo y, por tanto, dicen una mentira a sabiendas.

…En la comisión que examinó el problema de las relaciones entre los sindicatos y el partido político, él (Plejánov) dijo literalmente lo siguiente: “En Rusia hay 11 organizaciones revolucionarias, ¿con cuál de ellas deben los sindicatos entablar relaciones?... Introducir divergencias políticas en los sindicatos sería perjudicial en Rusia”. A esto, todos los miembros de la comisión declararon unánimemente que la resolución del congreso no podía interpretarse de ese modo, que ellos “de ningún modo imponen a los sindicatos y a sus miembros la obligación de ser miembros del partido socialdemócrata”, es decir, exigen, como indica la resolución, “su completa independencia” (cursiva de Znamia Trudá).

¡Están confundiendo las cosas ustedes, los señores de Znamia Trudá! En la comisión, un camarada belga preguntó si se podía obligar a los miembros de los sindicatos a ingresar en el partido socialdemócrata, y todos le respondieron que no. Y, por otra parte, Plejánov presentó a la resolución una enmienda: “no debiendo perderse de vista la unidad de la organización sindical”, y esta enmienda fue aceptada, pero no unánimemente (el camarada Vóinov, que representaba los puntos de vista del POSDR, votó a favor de la enmienda y, en nuestra opinión, votó correctamente). Así es como sucedieron las cosas.

Los socialdemócratas no deben nunca perder de vista la unidad de la organización sindical. Esto es completamente justo. ¡Pero esto se refiere también a los eseristas, a quienes invitamos a reflexionar sobre esta “unidad de la organización sindical” cuando ésta proclame su estrecha unión con los socialdemócratas! Nadie jamás ha pensado en “imponer la obligación” a los miembros de los sindicatos de ingresar en el partido socialdemócrata: esto se lo ha figurado el miedo de los eseristas. Pero eso de que el Congreso de Stuttgart prohibiera a los sindicatos declarar su estrecha unión con el partido socialdemócrata o llevar a la práctica, en la vida, tal unión, eso son cuentos.

“Los socialdemócratas rusos –escribe Znamia Trudá– llevan a cabo la más firme y enérgica campaña para conquistar los sindicatos y subordinarlos a su dirección partidaria. Los bolcheviques lo hacen directa y abiertamente... los mencheviques han elegido un camino más tortuoso”... ¡Correcto, señores eseristas! En nombre de la autoridad de la Internacional obrera, tienen ustedes derecho a exigir de nosotros que conduzcamos esta campaña con tacto, de modo consecuente, “no perdiendo de vista la unidad de la organización sindical”. ¡Con toda disposición lo reconocemos y exigimos de ustedes el reconocimiento de lo mismo, pero de la campaña no renunciaremos!

Pero si Plejánov dijo que es perjudicial introducir en los sindicatos divergencias políticas... Sí, Plejánov dijo esa tontería, y los señores eseristas, naturalmente, debieron haberse aferrado a ella, como se aferran siempre a todo lo que menos merece ser imitado. Pero no deben servir de guía las palabras de Plejánov, sino la resolución del congreso, cuya aplicación es imposible sin “introducir divergencias políticas”. Les pongo un pequeño ejemplo. La resolución del congreso dice que los sindicatos no deben guiarse por la “teoría de la armonía de intereses entre el trabajo y el capital”. Nosotros, los socialdemócratas, afirmamos que el programa agrario que exige igualdad en el reparto de la tierra en la sociedad burguesa, se basa en la teoría de la armonía de intereses del trabajo y el capital [142]. Siempre nos manifestaremos en contra de que, a causa de tal divergencia (o incluso por discrepancias con los obreros monárquicos), se escinda la unidad de la huelga, etc., pero siempre “introduciremos esta divergencia” en el seno obrero en general, y en todos los sindicatos obreros en particular.

Es igual de insensata la referencia de Plejánov a los 11 partidos. 1º) No es solo Rusia donde hay diferentes partidos socialistas. 2º) En Rusia solo hay dos partidos socialistas que compiten de un modo medianamente serio: el socialdemócrata y el socialista-revolucionario, pues es completamente absurdo meter en el mismo saco a los partidos nacionales. 3º) La cuestión de la unificación de los partidos realmente socialistas es una cuestión completamente aparte; al mezclarla, Plejánov embrolla el asunto. Debemos defender siempre y en todas partes el acercamiento de los sindicatos al partido socialista de la clase obrera; y qué partido es, en tal o cual país, entre tal o cual nacionalidad, realmente socialista y realmente partido de la clase obrera, esto es una cuestión aparte, y la deciden no las resoluciones de los congresos internacionales, sino el curso de la lucha entre los partidos nacionales.

Hasta qué punto son erróneas en este problema las disquisiciones del camarada Plejánov, lo muestra de manera especialmente gráfica su artículo en el número 12 de El Mundo Contemporáneo{124} de 1907. En la página 55, Plejánov menciona la indicación de Lunacharski de que la neutralidad de los sindicatos es defendida por los revisionistas alemanes. Plejánov responde a esta indicación: “Los revisionistas dicen: los sindicatos deben ser neutrales, y entienden por ello: los sindicatos hay que utilizarlos para la lucha contra el marxismo ortodoxo”. Y Plejánov concluye: “La eliminación de la neutralidad de los sindicatos no ayudará en nada aquí. Si colocamos a los sindicatos incluso en estrecha dependencia formal del partido, y en el partido triunfa la ‘ideología’ de los revisionistas, entonces la eliminación de la neutralidad de los sindicatos será sólo una nueva victoria de los ‘críticos de Marx’”.

Esta disquisición representa un ejemplo del proceder tan habitual en Plejánov de esquivar la cuestión y escamotear la esencia de la polémica. Si en el partido triunfara realmente la ideología de los revisionistas, entonces éste no sería el partido socialista de la clase obrera. No se trata en absoluto de cómo se forma tal partido, qué lucha y qué escisiones se producen durante ese proceso. Se trata de que en cada país capitalista existen un partido socialista y sindicatos, y nuestra tarea es determinar las relaciones fundamentales entre ellos. Los intereses de clase de la burguesía engendran inevitablemente la aspiración de limitar a los sindicatos a una actividad mezquina y estrecha sobre la base del régimen existente, de alejarlos de toda conexión con el socialismo, y la teoría de la neutralidad es el ropaje ideológico de estas aspiraciones burguesas. Los revisionistas dentro de los partidos socialdemócratas siempre se abrirán camino de un modo u otro en la sociedad capitalista.

Por supuesto, al principio del movimiento político y sindical obrero en Europa, se podía defender la neutralidad de los sindicatos como un medio para ampliar la base inicial de la lucha proletaria en la época de su relativo subdesarrollo y de la ausencia de una influencia burguesa sistemática sobre los sindicatos. En la actualidad, desde el punto de vista de la socialdemocracia internacional, defender la neutralidad de los sindicatos ya es completamente inoportuno. Sólo cabe sonreír al leer las afirmaciones de Plejánov de que “Marx, incluso hoy, estaría en Alemania a favor de la neutralidad de los sindicatos”, especialmente cuando tal argumento se construye sobre una interpretación unilateral de una “cita” de Marx, ignorando todo el conjunto de las declaraciones de Marx y todo el espíritu de su doctrina.

“Estoy a favor de la neutralidad, entendida en el sentido de Bebel, y no en el revisionista”, escribe Plejánov. Hablar así es santiguarse con el nombre de Bebel y, aun así, meterse en el pantano. No hay palabras, Bebel es una autoridad tan grande en el movimiento internacional del proletariado, un líder práctico tan experimentado, un socialista tan sensible a las exigencias de la lucha revolucionaria, que en noventa y nueve de cada cien casos salía él mismo del pantano cuando tropezaba, y sacaba a quienes querían seguirlo. Bebel también se equivocó cuando en Breslau (en 1895) defendió, junto con Vollmar, el programa agrario de los revisionistas, y cuando insistió (en Essen) en la diferencia de principio entre la guerra defensiva y la ofensiva, y cuando estuvo dispuesto a erigir en principio la “neutralidad” de los sindicatos. Creemos de buena gana que, si Plejánov se mete en el pantano solo junto con Bebel, esto le sucederá con poca frecuencia y por poco tiempo. Pero, aun así, pensamos que se debe imitar a Bebel no cuando Bebel se equivoca.

Se dice —y Plejánov insiste en ello particularmente— que la neutralidad es necesaria para unir a todos los obreros que llegan a la idea de la necesidad de mejorar su situación material. Pero quienes lo dicen olvidan que la actual etapa de desarrollo de las contradicciones de clase introduce inevitable e indefectiblemente «divergencias políticas» incluso en la cuestión de cómo debe lograrse ese mejoramiento dentro de los límites de la sociedad actual. La teoría de la neutralidad de los sindicatos, a diferencia de la teoría sobre la necesidad de su estrecha vinculación con la socialdemocracia revolucionaria, conduce inevitablemente a la preferencia por aquellos medios de ese mejoramiento que significan el embotamiento de la lucha de clases del proletariado. Un ejemplo ilustrativo de ello (vinculado, por cierto, con la valoración de uno de los episodios más interesantes del movimiento obrero reciente) nos lo proporciona ese mismo número de «Mundo Contemporáneo» en el que Plejánov defiende la neutralidad. Junto a Plejánov vemos aquí al señor E. P., ensalzando al conocido dirigente de los obreros ferroviarios ingleses Richard Bell, quien puso fin al conflicto de los obreros con los directores de las compañías mediante un compromiso. Bell es proclamado «el alma de todo el movimiento obrero ferroviario». «No cabe ninguna duda —escribe el señor E. P.— de que, gracias a su táctica tranquila, meditada y contenida, Bell se ha ganado la confianza incondicional de la asociación de empleados ferroviarios, cuyos miembros están dispuestos, sin vacilar, a seguirlo a todas partes» (pág. 75, núm. 12 de «Mundo Contemporáneo»). Tal punto de vista no está vinculado al neutralismo de manera casual, sino por la esencia misma de la cuestión, que coloca en primer plano la unión de los obreros para mejorar su situación, y no la unión para una lucha capaz de beneficiar la causa de la emancipación del proletariado.

Pero este punto de vista no corresponde en absoluto a las opiniones de los socialistas ingleses, quienes seguramente se sorprenderían mucho al saber que los panegiristas de Bell escriben, sin encontrar objeciones, en la misma revista que destacados mencheviques como Plejánov, Iordanski y Cía.

El periódico socialdemócrata inglés «Justice» escribía en su editorial del 16 de noviembre, a propósito del acuerdo de Bell con las compañías ferroviarias: «Coincidimos plenamente con la condena casi unánime de este llamado tratado de paz por parte de los tradeunionistas»... «destruye por completo el sentido mismo de la existencia de un trade union»... «Este absurdo acuerdo... no puede obligar a los obreros, y harán bien en rechazarlo». Y en el número siguiente, del 23 de noviembre, Burnet escribía sobre este acuerdo en un artículo titulado «¡Vendidos otra vez!»: «Hace tres semanas, la Sociedad Unida de Empleados Ferroviarios era uno de los trade unions más poderosos de Inglaterra; ahora ha quedado reducida al nivel de una sociedad de socorros mutuos». «Y este cambio no se produjo porque los ferroviarios lucharan y fueran derrotados, sino porque sus dirigentes, deliberadamente o por su estupidez, los vendieron a los capitalistas antes de la lucha». Y la redacción del periódico añade que una carta análoga le envió un «obrero asalariado de la compañía ferroviaria Midland».

Pero, ¿tal vez se trata de un «apasionamiento» de socialdemócratas «demasiado revolucionarios»? No. El órgano del partido moderado, el «Partido Laborista Independiente» (I.L.P.), que ni siquiera quiere llamarse socialista, el «Labour Leader» del 15 de noviembre, publicó una carta de un obrero ferroviario tradeunionista que, en respuesta a los elogios prodigados a Bell por toda la prensa capitalista (desde el radical «Reynolds' Newspaper» hasta el conservador «Times»), declara que el acuerdo concertado por él es «el más despreciable que haya habido en la historia del tradeunionismo», y llama a Richard Bell «el mariscal Bazaine del movimiento tradeunionista». Al lado, otro ferroviario exige «pedir cuentas a Bell» por ese funesto acuerdo, «que ha condenado a los obreros a siete años de trabajos forzados». Y la redacción del órgano moderado, en la editorial del mismo número, califica el acuerdo de «Sedán del movimiento tradeunionista británico». «Nunca hubo una ocasión tan propicia para mostrar a escala nacional la fuerza del trabajo organizado», reinaba entre los obreros un «entusiasmo sin precedentes» y deseos de lucha. El artículo termina con una cáustica comparación entre la penuria obrera y el triunfo del «señor Lloyd George (el ministro que desempeñó el papel de lacayo de los capitalistas) y del señor Bell, preparando banquetes».

Sólo los oportunistas más extremos, los fabianos, una organización puramente de intelectuales, aprobaron este acuerdo, provocando con ello el rubor incluso en la revista simpatizante de los fabianos «The New Age», que se vio obligada a reconocer que si bien el conservador burgués «Times» reprodujo íntegramente la correspondiente declaración del comité central de los fabianos, en cambio, aparte de estos señores, «ni una sola organización socialista, ni un solo trade union, ni un solo dirigente obrero destacado» (pág. 101, número del 7 de diciembre) se pronunció a favor del acuerdo.

He aquí una muestra de la aplicación de la neutralidad por parte del colaborador de Plejánov, el señor E. P. La cuestión no concernía a «divergencias políticas», sino al mejoramiento de la situación de los obreros en la sociedad dada. Por el «mejoramiento» al precio de la renuncia a la lucha y de la rendición a merced del capital se pronunciaron toda la burguesía de Inglaterra, los fabianos y el señor E. P.; por la lucha colectiva de los obreros, todos los socialistas y los obreros tradeunionistas. ¿Y Plejánov seguirá predicando ahora la «neutralidad», y no el estrecho acercamiento de los sindicatos al partido socialista?

«Proletari» núm. 22, (3 de marzo) 19 de febrero de 1908.

Se imprime según el texto del periódico «Proletari»