Escrito el 26 de junio (9 de julio) de 1907.

Publicado a fines de julio de 1907 en el folleto «Sobre el boicot a la tercera Duma», editado en San Petersburgo. Firmado: N. Lenin.

Se publica según el texto del folleto.

El reciente Congreso de Maestros{2}, en el que la mayoría estaba bajo la influencia de los socialistas-revolucionarios{3}, aprobó, con la participación directa de un destacado representante del partido s.-r., una resolución a favor del boicot a la III Duma. Los maestros socialdemócratas, junto con el representante del POSDR, se abstuvieron de votar, por considerar que tal cuestión debe ser resuelta en un congreso o conferencia del partido, y no en una unión profesional-política sin partido.

La cuestión del boicot a la III Duma pasa así a primer plano como cuestión candente de la táctica revolucionaria. El partido s.-r., a juzgar por la intervención de su representante en el mencionado congreso, ya ha resuelto esta cuestión, aunque todavía no tenemos ni resoluciones oficiales de ese partido ni documentos literarios del campo eserista. Entre los socialdemócratas, la cuestión está planteada y se discute.

¿Con qué argumentos defienden los s.-r. su decisión? La resolución del Congreso de Maestros habla, en esencia, de la completa incapacidad de la III Duma, del carácter reaccionario y contrarrevolucionario del gobierno que perpetró el golpe de Estado del 3 de junio{4}, del carácter terrateniente de la nueva ley electoral, etc., etc.[1] La argumentación está construida como si de la ultrarreaccionariedad de la III Duma se dedujera por sí sola la necesidad y la legitimidad de un medio de lucha o de una consigna como el boicot. Para cualquier socialdemócrata salta a la vista la inconsistencia de semejante razonamiento, pues en él falta por completo el análisis de las condiciones históricas de la aplicabilidad del boicot. El socialdemócrata, basándose en el marxismo, deduce el boicot no del grado de reaccionariedad de tal o cual institución, sino de la existencia de aquellas condiciones especiales de lucha en las que, como ya ha demostrado la experiencia de la revolución rusa, es aplicable el medio singular llamado boicot. Quien se ponga a razonar sobre el boicot sin tener en cuenta la experiencia de dos años de nuestra revolución, sin profundizar en esa experiencia, merece que se diga de él que ha olvidado mucho y no ha aprendido nada. Y nuestro análisis de la cuestión del boicot lo comenzaremos precisamente con el intento de analizar esa experiencia.

**I**

La experiencia más importante de nuestra revolución en la aplicación del boicot fue, sin duda, el boicot a la Duma de Bulyguin{5}. Además, este boicot se vio coronado por el éxito más completo y más inmediato. Por consiguiente, nuestra primera tarea debe ser el análisis de las condiciones históricas del boicot a la Duma de Bulyguin.

Al examinar esta cuestión, dos circunstancias se destacan inmediatamente en primer plano. En primer lugar, el boicot a la Duma de Bulyguin fue una lucha contra el paso (aunque fuese temporal) de nuestra revolución a la vía de la constitución monárquica. En segundo lugar, este boicot se produjo en un ambiente de auge revolucionario el más amplio, general, enérgico y rápido.

Detengámonos en la primera circunstancia. Todo boicot es una lucha no en el terreno de una institución dada, sino contra la aparición o, dicho de un modo algo más amplio, contra la realización de dicha institución. Por eso, quienes, como Plejánov y muchos otros mencheviques, combatían el boicot con razonamientos generales sobre la necesidad de que el marxista utilice las instituciones representativas, no hacían sino poner de manifiesto un doctrinismo ridículo. Razonar así significaba eludir, mediante el rumiar de verdades indiscutibles, la esencia de la cuestión en disputa. Es indiscutible que el marxista debe utilizar las instituciones representativas. ¿Se deduce de ello que el marxista no puede, en determinadas condiciones, estar a favor de la lucha, no en el terreno de una institución dada, sino contra la implantación de la misma en la vida? No, no se deduce, porque este razonamiento general se aplica únicamente a aquellos casos en que no hay lugar para la lucha contra la aparición de semejante institución. Y lo discutible en la cuestión del boicot consiste precisamente en si hay o no lugar para la lucha contra la aparición misma de tales instituciones. Plejánov y Cía., con sus argumentos contra el boicot, demostraban no comprender el planteamiento mismo de la cuestión.

Sigamos. Si todo boicot es una lucha no en el terreno de una institución dada, sino contra su implantación en la vida, el boicot a la Duma de Bulyguin fue, además, una lucha contra la implantación en la vida de todo un sistema de instituciones de tipo constitucional-monárquico. El año 1905 demostró con evidencia que existía la posibilidad de una lucha directa de masas en forma de huelgas generales (la oleada huelguística después del 9 de enero) y de insurrecciones militares («Potiomkin»). La lucha revolucionaria directa de las masas era, por consiguiente, un hecho. Por otra parte, también era un hecho la ley del 6 de agosto, que intentaba desviar el movimiento de la vía revolucionaria (en el sentido más directo y estricto de la palabra) a la vía de la constitución monárquica. Era objetivamente inevitable la lucha entre una y otra vía: entre la vía de la lucha revolucionaria directa de las masas y la vía de la constitución monárquica. Se planteaba, por así decirlo, la elección de la vía del desarrollo inmediato de la revolución, y esta elección la decidía, naturalmente, no la voluntad de tal o cual grupo, sino la fuerza de las clases revolucionarias y contrarrevolucionarias. Y la fuerza sólo podía medirse y probarse en la lucha. La consigna del boicot a la Duma de Bulyguin era precisamente la consigna de la lucha por la vía de la lucha revolucionaria directa contra la vía constitucional-monárquica. Y en esta última vía, por supuesto, era posible la lucha, y no sólo posible, sino también inevitable. Sobre el terreno de la constitución monárquica es posible la continuación de la revolución y la preparación de un nuevo auge de la misma; sobre el terreno de la constitución monárquica es posible y obligatoria la lucha de la socialdemocracia revolucionaria: esta verdad elemental, que con tanto celo y tan fuera de lugar demostraban en 1905 Axelrod y Plejánov, sigue siendo una verdad. Pero el problema históricamente planteado entonces no era ése: Axelrod o Plejánov razonaban «fuera de tema» o, en otras palabras, sustituían el problema, históricamente puesto para su resolución por las fuerzas en lucha, por un problema tomado de la última edición del manual socialdemócrata alemán. Históricamente era inevitable la lucha por la elección de la vía de lucha en el futuro inmediato. ¿Convocaría el viejo poder la primera institución representativa en Rusia y, de ese modo, durante cierto tiempo (tal vez muy corto, tal vez relativamente largo) desviaría la revolución hacia la vía constitucional-monárquica, o bien el pueblo, mediante un embate directo, barrería —en el peor de los casos: haría tambalearse— al viejo poder, le privaría de la posibilidad de desviar la revolución hacia la vía constitucional-monárquica y aseguraría (a su vez durante un tiempo más o menos prolongado) la vía de la lucha revolucionaria directa de las masas? He ahí la cuestión que, inadvertida en su momento por Axelrod y Plejánov, se alzó históricamente en el otoño de 1905 ante las clases revolucionarias de Rusia. La prédica del boicot activo por la socialdemocracia fue la forma en que se planteó este problema, la forma en que lo planteó conscientemente el partido del proletariado, la consigna de lucha por la elección de la vía para la lucha.

Los predicadores del boicot activo, los bolcheviques, comprendieron correctamente el problema objetivamente planteado por la historia. La lucha de octubre-diciembre de 1905 fue, en efecto, una lucha por la elección del camino para la lucha. Esta lucha se desarrolló con suerte variable: primero prevaleció el pueblo revolucionario, arrebató al viejo poder la posibilidad de encauzar inmediatamente la revolución por los rieles monárquico-constitucionales, creó, en lugar de instituciones representativas de tipo policíaco-liberal, instituciones representativas de tipo puramente revolucionario, los Soviets de diputados obreros, etc. El período de octubre-diciembre fue el período de máxima libertad, máxima iniciativa de las masas, máxima amplitud y rapidez del movimiento obrero sobre un terreno del cual la embestida del pueblo había barrido las instituciones, leyes y trabas monárquico-constitucionales, sobre el terreno del «interpoder», cuando el viejo poder ya estaba debilitado y el nuevo poder revolucionario del pueblo (los Soviets de diputados obreros, campesinos, soldados, etc.) aún no era lo bastante fuerte para sustituir por completo al viejo poder. La lucha de diciembre resolvió el problema en otro sentido: el viejo poder venció, rechazando la embestida del pueblo y manteniendo su posición. Pero, ni que decir tiene, todavía no había entonces motivos para considerar esta victoria como una victoria decisiva. La insurrección de diciembre de 1905 tuvo su continuación en toda una serie de insurrecciones militares y huelgas dispersas y parciales del verano de 1906. La consigna de boicot a la Duma de Witte{6} fue la consigna de lucha por la concentración y generalización de estas insurrecciones.

Así pues, la primera conclusión que se desprende del examen de la experiencia de la revolución rusa con el boicot a la Duma de Bulyguin consiste en que el fundamento objetivo del boicot fue la lucha, puesta en el orden del día por la historia, por la forma del camino inmediato de desarrollo, la lucha por saber si la convocatoria de la primera asamblea representativa en Rusia correspondería al viejo poder o al nuevo poder popular surgido espontáneamente, la lucha por el camino directamente revolucionario o (por cierto tiempo) por el camino de la constitución monárquica.

En relación con esto está el problema, que afloró con frecuencia en la literatura y que surge constantemente al discutir el tema que analizamos, sobre la sencillez, claridad y «rectitud» de la consigna de boicot, así como el problema sobre la vía directa y la vía zigzagueante de desarrollo. El derrocamiento inmediato o, en el peor de los casos, el debilitamiento y desgaste del viejo poder, la creación inmediata por el pueblo de nuevos órganos de poder, todo esto es, sin duda, el camino más directo, el más ventajoso para el pueblo, pero, a cambio de ello, exige también la mayor fuerza. Con una superioridad de fuerzas aplastante se puede vencer también mediante un ataque frontal directo. Cuando las fuerzas son insuficientes, pueden ser necesarios caminos indirectos, esperas, zigzagueos, retiradas, etc., etc. El camino de la constitución monárquica no excluye en absoluto, por supuesto, la revolución, cuyos elementos también prepara y desarrolla de manera indirecta, pero es un camino más largo, zigzagueante.

A través de toda la literatura menchevique, especialmente la de 1905 (hasta octubre), corre como un hilo rojo la acusación a los bolcheviques de «rectitud», las amonestaciones a su dirección sobre la necesidad de tener en cuenta el camino zigzagueante que sigue la historia. Este rasgo de la literatura menchevique es también un ejemplo del razonamiento de que los caballos comen avena y de que el Volga desemboca en el mar Caspio, razonamiento que embrolla la esencia de lo discutible con la machacona explicación de lo indiscutible. Que la historia suele marchar por un camino zigzagueante y que el marxista debe saber tener en cuenta los más intrincados y caprichosos zigzagueos de la historia, es indiscutible. Pero esta rumia indiscutible no atañe en absoluto al problema de cómo debe actuar un marxista cuando esa misma historia plantea a la decisión de las fuerzas en lucha la cuestión de elegir la vía directa o la vía zigzagueante. En los momentos o en los períodos en que esto ocurre, despachar el problema con razonamientos sobre el habitual carácter zigzagueante de la historia significa precisamente convertirse en un hombre dentro de un estuche y sumirse en la contemplación de la verdad de que los caballos comen avena. Y los períodos revolucionarios son justamente, por antonomasia, aquellos períodos de la historia en que, en lapsos de tiempo relativamente cortos, el choque de las fuerzas sociales en lucha decide la cuestión de la elección por el país de la vía directa o la vía zigzagueante de desarrollo durante un tiempo relativamente muy prolongado. La necesidad de tener en cuenta el camino zigzagueante no elimina en modo alguno el hecho de que los marxistas deben saber explicar a las masas, en los momentos decisivos de su historia, la preferencia por la vía directa, deben saber ayudar a las masas en la lucha por la elección de la vía directa, dar consignas para esa lucha, etc. Y sólo filisteos sin remedio y pedantes totalmente obtusos podrían, una vez concluidas las batallas históricas decisivas que determinaron un camino zigzagueante en lugar del directo, hacer burla de quienes lucharon hasta el final por el camino directo. Esto se parecería a la burla de los historiadores alemanes del oficialismo policíaco, como Treitschke, sobre las consignas revolucionarias y la rectitud revolucionaria de Marx en 1848.

La actitud del marxismo hacia el camino zigzagueante de la historia es semejante, en lo esencial, a su actitud hacia los compromisos. Todo viraje zigzagueante de la historia es un compromiso, un compromiso entre lo viejo, ya no suficientemente fuerte para la negación total de lo nuevo, y lo nuevo, todavía no suficientemente fuerte para el derrocamiento total de lo viejo. El marxismo no reniega de los compromisos, el marxismo considera necesario utilizarlos, pero esto no excluye en absoluto que el marxismo, como fuerza histórica viva y actuante, luche con toda energía contra los compromisos. Quien no sea capaz de asimilar esta supuesta contradicción, no conoce el abecé del marxismo.

Engels expresó una vez de manera sumamente gráfica, clara y concisa la actitud del marxismo hacia los compromisos, precisamente en el artículo sobre el manifiesto de los blanquistas, emigrados de la Comuna (1874)[2]. Los blanquistas, emigrados de la Comuna, escribían en su manifiesto que no admitían ningún compromiso. Engels se burló de este manifiesto. La cuestión no está, dijo, en renegar de la utilización de los compromisos a que nos condenan las circunstancias (o a que nos obligan las circunstancias: debo disculparme ante el lector por tener que citar de memoria, sin poder consultar el texto). La cuestión está en tener clara conciencia de los verdaderos objetivos revolucionarios del proletariado y en saber perseguirlos a través de todas y cada una de las circunstancias, zigzagueos y compromisos{7}.

Sólo desde este punto de vista se puede valorar la sencillez, rectitud y claridad del boicot como consigna que apela a las masas. Todas las cualidades señaladas de esta consigna son buenas no en sí mismas, sino únicamente en la medida en que en la situación objetiva a la que se aplica esta consigna existen las condiciones de lucha por la elección de la vía directa o zigzagueante de desarrollo. En la época de la Duma de Bulyguin, esta consigna fue una consigna justa y la única consigna revolucionaria del partido obrero, no porque fuera la más sencilla, directa y clara, sino porque las condiciones históricas plantearon entonces ante el partido obrero la tarea de participar en la lucha por la vía revolucionaria simple y directa, contra la vía zigzagueante de la constitución monárquica.

Cabe preguntarse: ¿cuál es entonces el criterio de que estaban presentes esas condiciones históricas especiales? ¿Cuál es el principal indicio de esa particularidad en la situación objetiva que hacía de la consigna simple, directa y clara no una frase, sino la única consigna correspondiente a la lucha real? Pasemos ahora a esta cuestión.

II

Cuando se mira hacia atrás, a una lucha ya concluida (por lo menos, concluida en su forma directa e inmediata), nada hay más fácil, por supuesto, que computar el resultado general a partir de los diversos indicios y síntomas contradictorios de la época. El desenlace de la lucha lo resuelve todo de golpe y elimina de manera muy simple todas las dudas. Pero nosotros necesitamos ahora determinar aquellos indicios del fenómeno que pudieran ayudar a orientarse en la situación antes de la lucha, pues queremos aplicar las lecciones de la experiencia histórica a la III Duma. Más arriba hemos indicado ya que la condición del éxito del boicot en 1905 fue el más amplio, general, poderoso y rápido ascenso revolucionario. Hay que examinar ahora, en primer lugar, en qué relación se hallan un ascenso particularmente fuerte de la lucha y el boicot, y, en segundo lugar, cuáles son los rasgos característicos y los indicios distintivos de un ascenso particularmente fuerte.

El boicot, como ya hemos dicho, es una lucha no sobre la base de una institución dada, sino contra su surgimiento. Cualquier institución dada solo puede provenir del poder ya existente, es decir, del viejo poder. Por consiguiente, el boicot es un medio de lucha que se dirige directamente al derrocamiento del viejo poder o, en el peor de los casos, es decir, cuando falta el ímpetu para derrocarlo, a debilitarlo hasta tal punto que no pueda garantizar la creación de dicha institución, no pueda llevarla a la práctica[3]. El boicot exige, por tanto, para su éxito, la lucha directa contra el viejo poder, la insurrección contra él y la desobediencia masiva hacia él en toda una serie de casos (dicha desobediencia masiva es una de las condiciones que preparan la insurrección). El boicot es la negativa a reconocer al viejo poder y, por supuesto, una negativa no de palabra, sino de hecho, es decir, que se manifiesta no solo en proclamas o consignas de las organizaciones, sino en un determinado movimiento de las masas populares, que violan sistemáticamente las leyes del viejo poder, que crean sistemáticamente nuevas instituciones, ilegales, pero que existen de hecho, etc., etc. La conexión del boicot con un amplio ascenso revolucionario es, por tanto, evidente: el boicot es el medio de lucha más decidido, que rechaza no las formas de organización de una institución dada, sino su existencia misma. El boicot es la declaración de guerra directa al viejo poder, un ataque directo contra él. Fuera de un amplio ascenso revolucionario, fuera de una excitación masiva que por doquier desborda, por así decirlo, los márgenes de la vieja legalidad, no puede hablarse del éxito del boicot.

Pasando a la cuestión del carácter y los indicios del ascenso en el otoño de 1905, veremos fácilmente que entonces se producía una ofensiva masiva e ininterrumpida de la revolución, que atacaba y acosaba sistemáticamente al enemigo. Las represiones no deprimían, sino que ampliaban el movimiento. Tras el 9 de enero vino una gigantesca oleada de huelgas, las barricadas de Lodz, el levantamiento del «Potemkin». En el terreno de la prensa, en el de las uniones, en el de la enseñanza, por doquier los marcos legales establecidos por el viejo poder eran violados sistemáticamente, y lo eran no solo por los «revolucionarios», sino también por la gente común, pues el viejo poder estaba realmente debilitado, realmente soltaba las riendas de sus decrépitas manos. Un indicador particularmente claro e infalible (desde el punto de vista de las organizaciones revolucionarias) de la fuerza del ascenso era que las consignas de los revolucionarios no solo no quedaban sin respuesta, sino que directamente iban a la zaga de la vida. Tanto el 9 de enero, como las huelgas masivas posteriores, como el «Potemkin», todos esos fenómenos se adelantaban a los llamamientos directos de los revolucionarios. En 1905 no hubo un llamamiento de su parte que las masas acogieran pasivamente, con silencio, con la negativa a luchar. El boicot en semejante ambiente era un complemento natural de la atmósfera cargada de electricidad. Esta consigna no «inventaba» nada entonces, solo formulaba con precisión y exactitud el ascenso que avanzaba cada vez más, que marchaba hacia el ataque directo. En la posición de «inventores» se hallaban, por el contrario, nuestros mencheviques, quienes, apartándose del ascenso revolucionario, se dejaban seducir por la vana promesa del zar en forma del manifiesto o ley del 6 de agosto y tomaban en serio el viraje prometido hacia los rieles constitucional-monárquicos. ¡Los mencheviques (y Parvus) construían entonces su táctica no sobre la base del hecho del ascenso revolucionario más amplio, fuerte y rápido, sino sobre la promesa del zar de un viraje constitucional-monárquico! No es de extrañar que semejante táctica resultara ser un oportunismo ridículo y lamentable. No es de extrañar que en todas las disquisiciones mencheviques sobre el boicot se omita ahora cuidadosamente el análisis del boicot a la Duma de Bulyguin, es decir, de la experiencia más grande de boicot en la revolución. Pero no basta con reconocer este, acaso el mayor, error de los mencheviques en la táctica revolucionaria. Hay que darse cuenta clara de que la fuente de ese error fue la incomprensión de la situación objetiva de las cosas, que hacía del ascenso revolucionario una realidad, mientras que el viraje constitucional-monárquico era una vana promesa policial. Los mencheviques no estuvieron equivocados porque abordaran la cuestión sin una disposición subjetiva de ánimo revolucionario, sino porque estos pretendidos revolucionarios se habían rezagado en sus ideas respecto a la situación objetivamente revolucionaria. Es fácil confundir una y otra causa del error de los mencheviques, pero a un marxista no le está permitido confundirlas.

III

La conexión del boicot con las condiciones históricas particulares de un determinado período de la revolución rusa debe ser examinada también desde otro aspecto. ¿Cuál era el contenido político de la campaña boicotista socialdemócrata en el otoño de 1905 y la primavera de 1906? El contenido de esta campaña no consistía, por supuesto, en la repetición de la palabra boicot o en el llamamiento a no participar en las elecciones. Este contenido tampoco se agotaba en los llamamientos al ataque directo, que ignoraba los caminos tortuosos y zigzagueantes propuestos por la autocracia. Además, y ni siquiera junto al tema señalado, sino más bien en el centro de toda la agitación boicotista, estaba la lucha contra las ilusiones constitucionales. Esta lucha era, en verdad, el alma viva del boicot. Recuerden los discursos de los boicotistas y toda su agitación, examinen las principales resoluciones de los boicotistas, y se convencerán de la justeza de tal planteamiento.

A los mencheviques nunca les fue dado comprender este aspecto del boicot. Siempre les pareció que la lucha contra las ilusiones constitucionales en la época del constitucionalismo naciente era un absurdo, un disparate, «anarquismo». Y en los discursos en el Congreso de Estocolmo{8}, especialmente – según recuerdo – en los discursos de Plejánov, este punto de vista de los mencheviques se expresó con claridad, por no hablar ya de la literatura menchevique.

A primera vista, la posición de los mencheviques en esta cuestión podría parecer, en efecto, tan incontrovertible como la posición de una persona que, con suficiencia, alecciona a sus prójimos diciendo que los caballos comen avena. ¡En la época del constitucionalismo naciente, proclamar la lucha contra las ilusiones constitucionales! ¿Acaso no es esto anarquismo? ¿Acaso no es esto un disparate sin pies ni cabeza?

La vulgarización del problema, que se produce mediante la plausible invocación al simple sentido común en semejantes razonamientos, se basa en que se pasa por alto el período particular de la revolución rusa, se olvida el boicot a la Duma de Bulyguin, se sustituyen las etapas concretas del camino recorrido por nuestra revolución con la denominación general de toda nuestra revolución, pasada y futura, en su conjunto, como revolución que engendra constitucionalismo. Este es un ejemplo de la violación del método de la dialéctica materialista por personas que, como Plejánov, hablaban de este método con el mayor patetismo.

Sí, nuestra revolución burguesa, en su conjunto, como toda revolución burguesa, es, en última instancia, un proceso de creación de un régimen constitucional, y nada más. Esta es una verdad. Es una verdad útil para desenmascarar los aires quasi[4]-socialistas de uno u otro programa, teoría, táctica, etc., democrático-burgueses. Pero, ¿sabrán ustedes extraer provecho de esta verdad en la cuestión de a qué constitucionalismo debe conducir al país el partido obrero en la época de la revolución burguesa? ¿En la cuestión de cómo precisamente debe luchar el partido obrero por un constitucionalismo determinado (y precisamente republicano) en ciertos períodos de la revolución? No. La verdad predilecta de Axelrod y Plejánov les ilustrará tan poco sobre estas cuestiones como la convicción de que los caballos comen avena sirve para elegir un caballo apropiado y saber montarlo.

La lucha contra las ilusiones constitucionales, decían los bolcheviques en 1905 y a principios de 1906, debe convertirse en la consigna del momento, pues precisamente en ese período la situación objetiva de las cosas somete a la decisión de las fuerzas sociales en lucha la cuestión de si triunfará en el período más próximo el camino directo de la lucha revolucionaria directa y de las instituciones representativas creadas directamente por la revolución sobre la base del democratismo pleno, o el camino tortuoso, zigzagueante, de la constitución monárquica y de las instituciones de tipo policíaco-«constitucionales» (¡entre comillas!), del tipo de la «Duma».

¿Acaso la situación objetiva de las cosas planteaba realmente esta cuestión, o la «inventaban» los bolcheviques por pillería teórica? A esta cuestión ya ha respondido hoy la historia de la revolución rusa.

La lucha de octubre de 1905 fue precisamente la lucha contra el giro de la revolución hacia los rieles monárquico-constitucionales. El período de octubre a diciembre fue el período de realización de un constitucionalismo proletario, verdaderamente democrático, amplio, audaz, libre, que expresaba realmente la voluntad del pueblo, a diferencia del falso constitucionalismo de la constitución de Dubásov y Stolypin. La lucha revolucionaria en nombre de un constitucionalismo realmente democrático (es decir, existente sobre un terreno completamente limpio del viejo poder y de todas las abominaciones vinculadas a él) exigía la lucha más decidida contra el señuelo de una constitución policíaco-monárquica para el pueblo. Esta cosa nada complicada era precisamente lo que no podían comprender de ninguna manera los adversarios socialdemócratas del boicot.

Ahora se presentan ante nosotros con total claridad dos períodos en el desarrollo de la revolución rusa. El período de ascenso (1905) y el período de decadencia (1906-1907). El período de máximo florecimiento de la actividad independiente del pueblo, de organizaciones libres y amplias de todas las clases de la población, de máxima libertad de prensa, de máxima ignorancia del pueblo hacia el viejo poder, sus instituciones y sus mandatos, y todo ello en ausencia de todo constitucionalismo burocráticamente reconocido y expresado en estatutos o reglamentos formales. Y luego, el período de menor desarrollo y decadencia constante de la actividad independiente del pueblo, de la organización, de la prensa libre, etc., bajo la existencia de una "constitución", Dios me perdone, inventada por los Dubásov y los Stolypin, reconocida por los Dubásov y los Stolypin, custodiada por los Dubásov y los Stolypin.

Ahora, cuando todo esto se ve tan bien, tan simple y claramente en retrospectiva, tal vez no se encuentre ni un solo pedante que se atreva a negar la legitimidad y la necesidad de la lucha revolucionaria del proletariado contra el giro de los acontecimientos hacia los rieles constitucional-monárquicos, la legitimidad y la necesidad de la lucha contra las ilusiones constitucionales.

Ahora, seguramente, no se encontrará ni un solo historiador medianamente serio que no divida el curso de la revolución rusa desde 1905 hasta el otoño de 1907 precisamente en estos dos períodos: el período de ascenso "anticonstitucional" (si se me permite expresarlo así) y el período de decadencia "constitucional", el período de conquista y realización de la libertad por el pueblo sin el constitucionalismo policíaco (monárquico) y el período de opresión y supresión de la libertad popular mediante la "constitución" monárquica.

Ahora el período de las ilusiones constitucionales, el período de la primera y segunda Duma{9}, se ha perfilado plenamente ante nosotros, y comprender el significado de la lucha de entonces de los socialdemócratas revolucionarios contra las ilusiones constitucionales ya no es difícil. Pero entonces, en 1905 y a principios de 1906, no lo comprendían ni los liberales en el campo burgués, ni los mencheviques en el proletario.

Y el período de la I y II Duma fue, en todos los sentidos y en todos los aspectos, un período de ilusiones constitucionales. La solemne promesa: "ninguna ley recibirá fuerza sin la aprobación de la Duma Estatal" no fue violada en este período. Significa que la constitución existía sobre el papel y conmovía incesantemente todas las almas serviles de los kadetes rusos{10}. Tanto Dubásov como Stolypin experimentaban en la práctica, probaban, ensayaban en este período la constitución rusa, esforzándose por ajustarla y adaptarla a la vieja autocracia. Ellos eran, al parecer, las personas más poderosas de esta época, los señores Dubásov y Stolypin, que se esforzaban con todas sus fuerzas por convertir la "ilusión" en realidad. La ilusión resultó ser una ilusión. La corrección de la consigna de la socialdemocracia revolucionaria ha sido plenamente confirmada por la historia. Pero no solo los Dubásov y los Stolypin intentaron realizar la "constitución", no solo los serviles kadetes la ensalzaban y se desvivían lacayunamente (à la señor Rodíchev en la primera Duma), demostrando que el monarca es irresponsable y que sería una insolencia considerarlo responsable de los pogromos. No. También las amplias masas populares, indudablemente, creían aún en mayor o menor grado en la "constitución" durante este período, creían en la Duma, a pesar de las advertencias de la socialdemocracia.

Se puede decir que el período de las ilusiones constitucionales en la revolución rusa fue un período de fascinación nacional por un fetiche burgués, tal como a veces naciones enteras de Europa Occidental se dejan llevar por el fetiche del nacionalismo burgués, del antisemitismo, del chovinismo, etc. Y el mérito de la socialdemocracia consiste en que fue la única en no sucumbir al ofuscamiento burgués, la única que en la época de las ilusiones constitucionales mantuvo en todo momento desplegada la bandera de la lucha contra las ilusiones constitucionales.

¿Por qué, cabe preguntarse ahora, el boicot resultó ser el medio específico de lucha contra las ilusiones constitucionales?

Hay en el boicot un rasgo que, de inmediato y a primera vista, lo hace instintivamente repulsivo para todo marxista. El boicot electoral es una abstención del parlamentarismo, es algo que no puede dejar de parecer una renuncia pasiva, una abstención, una evasión. Así lo veía Parvus, educado únicamente en modelos alemanes, cuando en otoño de 1905 se enfurecía tan airada como infructuosamente, intentando demostrar que el boicot activo sigue siendo, de todos modos, algo malo, puesto que es un boicot... Así lo sigue viendo Mártov, que no ha aprendido nada de la revolución y se convierte cada vez más en un liberal, demostrando en su último artículo en "Továrisch"{11} la incapacidad incluso de plantear la cuestión como corresponde a un socialdemócrata revolucionario.

Pero este rasgo del boicot, el más antipático, por así decirlo, para los marxistas, encuentra su plena explicación en las particularidades de la época que engendró tal medio de lucha. La primera Duma monárquica, la Duma de Bulyguin, era un señuelo destinado a distraer al pueblo de la revolución. El señuelo era un espantapájaros vestido con el traje del constitucionalismo. Todo y todos tendían a morder el anzuelo. Quienes por intereses de clase egoístas, quienes por simpleza, tendían a aferrarse al espantapájaros de la Duma de Bulyguin y más tarde al espantapájaros de la Duma de Witte. Todos se dejaban llevar, todos creían sinceramente. La participación en las elecciones no era el cumplimiento cotidiano y simple de los deberes cívicos habituales. Era la inauguración de la constitución monárquica. Era el giro desde la vía directamente revolucionaria hacia la vía monárquico-constitucional.

La socialdemocracia debía, en semejante momento, desplegar su bandera de protesta y advertencia con toda energía, con todo el énfasis demostrativo. Y eso significaba precisamente negarse a participar, no ir ellos mismos y llamar al pueblo a retirarse, lanzar el clamor del asalto contra el viejo poder en lugar de trabajar sobre el terreno de la institución creada por ese poder. La fascinación nacional por el fetiche burgués-policíaco de la monarquía "constitucional" exigía de la socialdemocracia, como partido del proletariado, una igualmente nacional "demostración" de sus puntos de vista de protesta y desenmascaramiento de ese fetiche, exigía la lucha con todas las fuerzas contra la realización de las instituciones que encarnaban ese fetichismo.

He aquí la plena justificación histórica no solo del boicot a la Duma de Bulyguin, coronado por un éxito inmediato, sino también del boicot a la Duma de Witte, que, aparentemente, terminó en fracaso. Ahora se ve por qué fue solo un fracaso aparente, por qué la socialdemocracia debió defender hasta el final su protesta contra el giro constitucional-monárquico de nuestra revolución. Este giro resultó ser, en la práctica, un giro hacia un callejón sin salida. Las ilusiones de la constitución monárquica resultaron ser solo un preludio o un letrero, un adorno, una cortina de humo para preparar la abolición de esta "constitución" por el viejo poder...

Dijimos que la socialdemocracia debió defender hasta el final su protesta contra la supresión de la libertad mediante la "constitución". ¿Qué significa ese "hasta el final"? Significa: hasta el momento en que la institución contra la que luchaban los socialdemócratas no se convirtió en un hecho a pesar de la socialdemocracia; hasta que ese giro monárquico-constitucional de la revolución rusa, que inevitablemente significaba (durante un tiempo conocido) la decadencia de la revolución, la derrota de la revolución, no se convirtió en un hecho a pesar de la socialdemocracia. El período de las ilusiones constitucionales fue un intento de compromiso. Luchamos y debimos luchar con todas nuestras fuerzas contra él. Tuvimos que ir a la II Duma, tuvimos que contar con el compromiso, una vez que las circunstancias nos lo impusieron contra nuestra voluntad, a pesar de nuestros esfuerzos, a costa de la derrota de nuestra lucha. Por cuánto tiempo contar con él, esa es, por supuesto, una cuestión diferente.

¿Qué conclusión se desprende, pues, de todo esto en relación con el boicot a la III Duma? ¿Acaso la de que el boicot, necesario al inicio del período de ilusiones constitucionales, lo es también al final de este período? Esto sería un «juego mental» al estilo de la «sociología analógica», y no una conclusión seria. El contenido que el boicot tenía al inicio de la revolución rusa ya no puede existir en el boicot actual. Ahora no es posible ni prevenir al pueblo contra las ilusiones constitucionales, ni luchar contra el giro de la revolución hacia el callejón sin salida constitucional-monárquico. La antigua alma viva del boicot ya no puede existir. Si llegara a haber un boicot, en cualquier caso adquiriría un significado diferente, en cualquier caso estaría imbuido de un contenido político distinto.

Más aún. La peculiaridad histórica del boicot que hemos examinado proporciona un argumento contra el boicot a la III Duma. En la época del inicio del giro constitucional, la atención de toda la nación se dirigía inevitablemente hacia la Duma. Mediante el boicot combatíamos y debíamos combatir esta orientación de la atención hacia el callejón sin salida, combatir el entusiasmo que era resultado de la ignorancia, la falta de desarrollo, la debilidad o el interesado carácter contrarrevolucionario. Ahora, no puede hablarse ya no solo de un entusiasmo nacional general, sino ni siquiera de un entusiasmo más o menos amplio por la Duma en general o por la III Duma en particular. El boicot no es necesario desde este punto de vista.

IV

Por lo tanto, las condiciones para la aplicabilidad del boicot deben buscarse, sin duda, en la situación objetiva del momento dado. Comparando desde este punto de vista el otoño de 1907 con el otoño de 1905, no se puede sino llegar a la conclusión de que no tenemos fundamentos para proclamar ahora el boicot. Tanto desde el punto de vista de la correlación entre la vía revolucionaria directa y el «zigzag» constitucional-monárquico, como desde el punto de vista del ascenso de masas, como desde el punto de vista de la tarea específica de lucha contra las ilusiones constitucionales, la situación actual se diferencia del modo más tajante de la que existía dos años atrás.

Entonces, el giro histórico monárquico-constitucional no era más que una promesa policial. Ahora, ese giro es un hecho. Sería un ridículo temor a la verdad no querer reconocer directamente este hecho. Y sería un error deducir del reconocimiento de este hecho la conclusión de que la revolución rusa ha terminado. No. Aún no hay datos para esta última conclusión. El marxista está obligado a luchar por la vía revolucionaria directa de desarrollo cuando tal lucha viene dictada por la situación objetiva, pero esto, lo repetimos, no significa que no debamos tener en cuenta el giro zigzagueante que ya se ha definido de hecho. Desde este lado, el curso de la revolución rusa ya se ha definido plenamente. Al inicio de la revolución vemos una línea de ascenso corto, pero extraordinariamente amplio y vertiginosamente rápido. Luego, tenemos ante nosotros una línea de declive extraordinariamente lento, pero constante, a partir de la insurrección de diciembre de 1905. Primero, el período de lucha revolucionaria directa de las masas, luego el período del giro monárquico-constitucional.

¿Significa esto que este último giro es el giro definitivo? ¿Que la revolución ha terminado y ha comenzado el período «constitucional»? ¿Que no hay fundamentos para esperar un nuevo ascenso ni para prepararlo? ¿Que hay que arrojar por la borda el carácter republicano de nuestro programa?

Nada de eso. Tales conclusiones solo las pueden sacar los filisteos liberales, como nuestros kadetes, dispuestos a justificar el servilismo y la adulación con los primeros argumentos que se les ocurren. No. Esto significa solo que, defendiendo íntegramente todo nuestro programa y todas nuestras concepciones revolucionarias, debemos adecuar los llamamientos directos a la situación objetiva del momento dado. Predicando la inevitabilidad de la revolución, preparando de manera sistemática y constante la acumulación de material combustible bajo todas las formas, preservando cuidadosamente con este fin y cultivando, depurando de los parásitos liberales las tradiciones revolucionarias de la mejor época de nuestra revolución, al mismo tiempo no renunciamos a trabajar de manera cotidiana dentro del cotidiano giro monárquico-constitucional. Esto es todo. Debemos preparar un nuevo y amplio ascenso, pero no hay fundamento alguno para lanzarnos, sin antes medir las consecuencias, con la consigna del boicot.

El boicot, como ya hemos dicho, solo puede tener en Rusia algún sentido en el momento actual como boicot activo. Esto significa no una exclusión pasiva de la participación en las elecciones, sino ignorar las elecciones en aras de la tarea del choque directo. El boicot en este sentido equivale inevitablemente al llamamiento a la ofensiva más enérgica y decidida. ¿Existe en el momento presente un ascenso tan amplio y general sin el cual semejante llamamiento carece de sentido? Por supuesto que no.

En general, en lo que respecta a los «llamamientos», la diferencia a este respecto entre la situación actual y el otoño de 1905 es particularmente evidente. Entonces, como ya hemos señalado, durante todo el año precedente no hubo llamamientos que la masa recibiera con silencio. La energía de la ofensiva de masas precedía a los llamamientos de las organizaciones. Ahora nos encontramos en un período de tal pausa de la revolución, en el que toda una serie de llamamientos ha resultado sistemáticamente no encontrar eco en las masas. Así ocurrió con el llamamiento a barrer la Duma de Witte (inicios de 1906), con el llamamiento a la insurrección tras la disolución de la primera Duma (verano de 1906), con el llamamiento a la lucha en respuesta a la disolución de la segunda Duma y al golpe de Estado del 3 de junio de 1907. Tómese la hoja de nuestro Comité Central a propósito de estos últimos actos{12}. Se encontrará en esta hoja un llamamiento directo a la lucha en la forma que sea posible según las condiciones locales (manifestaciones, huelgas, lucha abierta contra la fuerza armada del absolutismo). Fue un llamamiento verbal. Las insurrecciones militares de junio de 1907 en Kiev y en la Flota del Mar Negro fueron llamamientos mediante la acción. Ni uno ni otro llamamiento encontraron respuesta masiva alguna. Si las manifestaciones más claras y directas de la embestida reaccionaria contra la revolución –las disoluciones de dos Dumas y el golpe de Estado– no provocaron un ascenso en el momento dado, ¿dónde están las bases para repetir de inmediato el llamamiento en forma de proclamación del boicot? ¿No está claro que la situación objetiva es tal que la «proclamación» corre el riesgo de resultar un vano grito? Cuando la lucha está en marcha, se amplía, crece, avanza desde todas partes, entonces la «proclamación» es legítima y necesaria, entonces lanzar el grito de combate es el deber del proletariado revolucionario. Pero no se puede ni inventar esta lucha ni provocarla únicamente con un grito. Y cuando toda una serie de llamamientos combativos, que hemos ensayado con motivos más directos, han resultado infructuosos, debemos, naturalmente, buscar fundamentos serios para la «proclamación» de una consigna que carece de sentido fuera de las condiciones para la realizabilidad de los llamamientos combativos.

Quien quiera convencer al proletariado socialdemócrata de lo correcto de la consigna del boicot, no debe dejarse arrastrar únicamente por el sonido de palabras que en su momento desempeñaron un papel revolucionario grande y glorioso. Debe reflexionar sobre las condiciones objetivas de aplicabilidad de semejante consigna y comprender que lanzarla significa ya presuponer indirectamente la existencia de condiciones para un ascenso revolucionario amplio, general, fuerte y rápido. Pero en épocas como la que atravesamos, en épocas de pausa temporal de la revolución, tal condición no se puede presuponer indirectamente en ningún caso. Es necesario tomar conciencia de ella y esclarecerla para sí mismo y para toda la clase obrera de manera directa y clara. De lo contrario, se corre el riesgo de caer en la situación de quien utiliza grandes palabras, sin tomar conciencia de su verdadero significado o sin decidirse a llamar las cosas por su nombre directa y llana.

V

El boicot pertenece a una de las mejores tradiciones revolucionarias del período más rico en acontecimientos, del período más heroico de la revolución rusa. Dijimos más arriba que una de nuestras tareas es preservar cuidadosamente estas tradiciones en general, cultivarlas, depurarlas de los parásitos liberales (y oportunistas). Es necesario detenerse un poco en el análisis de esta tarea para definir correctamente su contenido y eliminar las reinterpretaciones y los malentendidos fácilmente posibles.

El marxismo se distingue de todas las demás teorías socialistas por la notable combinación de una completa sobriedad científica en el análisis de la situación objetiva y del curso objetivo de la evolución, con el reconocimiento más decidido de la importancia de la energía revolucionaria, de la creatividad revolucionaria, de la iniciativa revolucionaria de las masas —así como, por supuesto, de las personalidades, grupos, organizaciones y partidos aislados que saben descubrir y realizar la conexión con unas u otras clases—. La alta valoración de los períodos revolucionarios en el desarrollo de la humanidad se desprende de todo el conjunto de las concepciones históricas de Marx: precisamente en esos períodos se resuelven las numerosas contradicciones que se acumulan lentamente durante los períodos del llamado desarrollo pacífico. Precisamente en esos períodos se manifiesta con la mayor fuerza el papel directo de las distintas clases en la determinación de las formas de la vida social, se crean los cimientos de la "superestructura" política, que luego se mantiene largo tiempo sobre la base de relaciones de producción renovadas. Y, a diferencia de los teóricos de la burguesía liberal, Marx veía en esos períodos no desviaciones del camino "normal", no manifestaciones de una "enfermedad social", no los lamentables resultados de extremismos y errores, sino los momentos más vitales, más importantes, esenciales y decisivos en la historia de las sociedades humanas. En la actividad del propio Marx y Engels, el período de su participación en la lucha revolucionaria de masas de 1848-1849 se destaca como punto central. De este punto parten al determinar los destinos del movimiento obrero y de la democracia de los distintos países. A este punto retornan siempre para definir la naturaleza interna de las diferentes clases y sus tendencias en su forma más nítida y pura. Desde el punto de vista de la época revolucionaria de entonces, evalúan siempre las formaciones políticas posteriores, más pequeñas, las organizaciones, las tareas políticas y los conflictos políticos. No en vano los líderes ideológicos del liberalismo, como Sombart, odian con toda su alma este rasgo en la actividad y en las obras literarias de Marx, atribuyéndolo a la "amargura de emigrante". ¡Qué típico de las chinches de la ciencia universitaria policiaco-burguesa es reducir al rencor personal, a las penalidades personales de la condición de emigrante, lo que en Marx y Engels constituye la parte más inseparable de toda su concepción revolucionaria del mundo!

En una de sus cartas, creo que a Kugelmann, Marx deja caer de pasada una observación sumamente característica y especialmente interesante desde el punto de vista de la cuestión que nos ocupa. Observa que la reacción logró en Alemania casi extirpar de la conciencia popular los recuerdos y las tradiciones de la época revolucionaria de 1848{13}. Aquí se contraponen de manera notable las tareas de la reacción y las tareas del partido del proletariado en relación con las tradiciones revolucionarias de un país dado. La tarea de la reacción es extirpar estas tradiciones, presentar la revolución como una "fuerza elemental de la locura" —traducción struvista del alemán "das tolle Jahr" ("el año loco", expresión de los historiadores policiaco-burgueses alemanes, y aún más ampliamente: de la historiografía profesoral-universitaria alemana sobre 1848)—. La tarea de la reacción es obligar a la población a olvidar las formas de lucha, las formas de organización, las ideas, las consignas que la época revolucionaria engendró con tanta riqueza y diversidad. Así como los torpes aduladores de la pequeña burguesía inglesa, los Webb, se esfuerzan por presentar el cartismo, la época revolucionaria del movimiento obrero inglés, como una simple chiquillada, un "pecado de juventud", una ingenuidad que no merece seria atención, una desviación casual y anormal, así también los historiadores burgueses alemanes menosprecian el año 1848 en Alemania. Análoga es la actitud de la reacción hacia la Gran Revolución Francesa, que demuestra hasta hoy la vitalidad y la fuerza de su influencia sobre la humanidad por el hecho de que hasta hoy suscita el odio más furibundo. Así también nuestros héroes de la contrarrevolución, especialmente los "demócratas" de ayer como Struve, Miliukov, Kizevetter y tutti quanti[5], rivalizan entre sí en el vil escupitajo a las tradiciones revolucionarias de la revolución rusa. No han pasado ni dos años desde que la lucha directa de masas del proletariado conquistó esa pequeña porción de libertad que admiran los lacayos liberales del viejo poder, y ya en nuestra literatura publicística se ha creado una enorme corriente que se autodenomina liberal (!!), cultivada en la prensa kadete y dedicada por entero a presentar nuestra revolución, los métodos revolucionarios de lucha, las consignas revolucionarias, las tradiciones revolucionarias, como algo vil, elemental, ingenuo, espontáneo, loco, etc. ... ¡hasta criminal... de Miliukov a Kamyshanski il n'y a qu'un pas[6]! Por el contrario, los éxitos de la reacción, que empujó al pueblo primero desde los Soviets de diputados obreros y campesinos a las Dumas al estilo Dubásov-Stolypin, y ahora lo empuja a la Duma octubrista, estos éxitos son pintados por los héroes del liberalismo ruso como "el proceso de crecimiento de la conciencia constitucional en Rusia".

Sobre la socialdemocracia rusa recae, indudablemente, el deber de estudiar de la manera más minuciosa y multilateral nuestra revolución, de difundir entre las masas el conocimiento de sus formas de lucha, de sus formas de organización, etc., de fortalecer las tradiciones revolucionarias en el pueblo, de inculcar en las masas la convicción de que solo y exclusivamente mediante la lucha revolucionaria se pueden conseguir mejoras medianamente serias y medianamente duraderas, de desenmascarar implacablemente toda la vileza de esos liberales satisfechos de sí mismos que infectan la atmósfera social con los miasmas del servilismo, la traición y el silencio cómplice "constitucionales". Un solo día de la huelga de octubre o de la insurrección de diciembre significó y significa cien veces más en la historia de la lucha por la libertad que meses de discursos lacayunos de los kadetes en la Duma sobre el monarca irresponsable y el régimen monárquico-constitucional. Debemos preocuparnos —y nadie más que nosotros podrá preocuparse— de que el pueblo conozca estos días llenos de vida, ricos en contenido y grandes por su significado y sus consecuencias, de manera mucho más detallada, pormenorizada y profunda que esos meses de asfixia "constitucional" y de prosperidad al estilo Balalaikin-Molchalin, sobre los cuales, con la benévola indulgencia de Stolypin y su séquito de censores y gendarmes, tañen tan celosamente los órganos de nuestra prensa liberal-partidista y "democrática" (¡puaf! ¡puaf!) sin partido.

No hay duda de que las simpatías hacia el boicot son suscitadas en muchos precisamente por este afán, digno de todo respeto, de los revolucionarios de mantener la tradición del mejor pasado revolucionario, de animar el desolador pantano de la gris cotidianidad actual con la chispa de una lucha audaz, abierta y decidida. Pero precisamente porque nos es cara una actitud cuidadosa hacia las tradiciones revolucionarias, debemos protestar resueltamente contra la opinión de que aplicando una de las consignas de una época histórica particular se puede contribuir al renacimiento de las condiciones esenciales de esa época. Una cosa es la conservación de las tradiciones de la revolución, la habilidad de utilizarlas para la propaganda y la agitación constantes, para familiarizar a las masas con las condiciones de la lucha directa y ofensiva contra la vieja sociedad; otra cosa es la repetición de una de las consignas, arrancada del conjunto de las condiciones que la engendraron y le aseguraron el éxito, y su aplicación a condiciones esencialmente distintas.

El mismo Marx, que tan altamente valoraba las tradiciones revolucionarias y fustigaba implacablemente la actitud renegada o filistea hacia ellas, exigía al mismo tiempo de los revolucionarios la capacidad de pensar, la capacidad de analizar las condiciones de aplicación de los viejos métodos de lucha, y no la simple repetición de consignas conocidas. Las tradiciones "nacionales" de 1792 en Francia quedarán, quizás, para siempre como modelo de ciertos métodos revolucionarios de lucha, pero esto no impidió a Marx en 1870, en el famoso "Mensaje" de la Internacional, prevenir al proletariado francés contra el traslado erróneo de estas tradiciones a las condiciones de una época diferente{14}.

Así ocurre también entre nosotros. Debemos estudiar las condiciones de aplicación del boicot, debemos inculcar en las masas la idea de que el boicot es un recurso plenamente legítimo y necesario en ocasiones, en los momentos de auge revolucionario (digan lo que digan los pedantes que invocan en vano el nombre de Marx). Pero la cuestión de si existe ese auge, esa condición fundamental para proclamar el boicot, hay que saber plantearla de manera independiente y resolverla basándose en un análisis serio de los datos. Nuestro deber es preparar, en la medida de nuestras fuerzas, la ofensiva de tal auge, y no renunciar al boicot en el momento oportuno; pero considerar que la consigna del boicot es aplicable en general a cualquier institución representativa mala o muy mala sería un error indudable.

Tomen la argumentación con que se defendía y demostraba el boicot en los «días de libertad», y verán de inmediato la imposibilidad de trasladar sin más esos argumentos a las condiciones de la situación actual.

La participación en las elecciones deprime el ánimo, entrega posiciones al enemigo, confunde al pueblo revolucionario, facilita el acuerdo del zarismo con la burguesía contrarrevolucionaria, etc., decíamos nosotros al defender el boicot en 1905 y a principios de 1906. ¿Cuál es la premisa fundamental de estos argumentos, que no siempre se enunciaba pero que siempre se sobreentendía como algo que en aquel tiempo se daba por descontado? Esa premisa es la rica energía revolucionaria de las masas, que busca y encuentra salidas directas al margen de todos los cauces «constitucionales». Esa premisa es la ofensiva ininterrumpida de la revolución contra la reacción, la cual habría sido criminal debilitar ocupando y defendiendo una posición que el enemigo cedía adrede con el fin de debilitar el empuje general. Intenten repetir estos argumentos fuera de las condiciones de esa premisa fundamental, y sentirán de inmediato la falsedad de toda su «música», la incorrección del tono básico.

Igualmente desesperado sería el intento de justificar el boicot por la diferencia entre la segunda y la tercera Duma. Considerar que la diferencia entre los kadetes (que en la segunda Duma entregaban definitivamente al pueblo en manos de las centurias negras) y los octubristas{15} es seria y de fondo, atribuir algún valor real a la famosa «constitución» desgarrada por el golpe de Estado del 3 de junio, todo eso corresponde en general mucho más al espíritu del democratismo vulgar que al espíritu de la socialdemocracia revolucionaria. Siempre dijimos, repetimos, reiteramos que la «constitución» de la I y la II Duma es solo un fantasma, que la cháchara de los kadetes es solo una cortina de humo para encubrir su esencia octubrista, que la Duma es un medio totalmente inservible para satisfacer las demandas del proletariado y el campesinado. Para nosotros, el 3 de junio de 1907 es un resultado natural e inevitable de la derrota de diciembre de 1905. Nunca estuvimos «encantados» con las delicias de la constitución «dumista»; tampoco puede desencantarnos especialmente el paso de una reacción matizada y embellecida con frases al estilo Rodíchev, a una reacción desnuda, abierta, brutal. Quizás esta última sea incluso un medio mucho mejor para que recobren la sobriedad toda clase de tontos liberales que se conducen con grosería, o los grupos de población desorientados por ellos…

Comparen las resoluciones menchevique, de Estocolmo, y bolchevique, de Londres, sobre la Duma de Estado. Verán que la primera es ampulosa, fraseológica, llena de palabras grandilocuentes sobre la importancia de la Duma, inflada por la conciencia de la grandeza del trabajo en la Duma. La segunda es simple, seca, sobria, modesta. La primera resolución está impregnada del espíritu del triunfalismo pequeñoburgués por la unión de la socialdemocracia con el constitucionalismo («un nuevo poder surgido de las entrañas del pueblo», etc., etc., en el espíritu de la misma falsedad oficial). La segunda puede resumirse más o menos así: ya que la maldita contrarrevolución nos ha metido en este maldito chiquero, trabajemos también allí en beneficio de la revolución, sin gemir, pero también sin jactarnos.

Al defender la Duma contra el boicot ya en el período de la lucha revolucionaria directa, los mencheviques, por así decirlo, se comprometieron ante el pueblo respecto a que la Duma sería algo así como un instrumento de la revolución. Y fracasaron de la manera más pomposa con ese compromiso. Los bolcheviques, en cambio, si algo comprometimos fueron solo las seguridades de que la Duma es un engendro de la contrarrevolución y que no se puede esperar de ella nada seriamente bueno. Nuestro punto de vista se ha visto confirmado hasta ahora de modo magnífico, y se puede garantizar que los acontecimientos ulteriores lo confirmarán aún más. Sin «corregir» y repetir, sobre la base de nuevos datos, la estrategia de octubre-diciembre, no habrá libertad en Rusia.

Por eso, cuando me dicen: la III Duma no puede ser utilizada como la segunda, no se puede explicar a las masas la necesidad de participar en ella, me dan ganas de responder: si por «utilizar» se entiende algo al estilo menchevique, grandilocuente, como un instrumento de la revolución, etc., entonces, por supuesto, no se puede. Pero si observamos que también las dos primeras Dumas resultaron en la práctica solo peldaños hacia la Duma octubrista, y aun así las utilizamos para aquel fin simple y modesto[7] (propaganda y agitación, crítica y explicación a las masas de lo que sucede) para el cual siempre sabremos utilizar las peores instituciones representativas. Un discurso en la Duma no provocará ninguna «revolución», y la propaganda vinculada a la Duma no se distingue por cualidades especiales; pero la socialdemocracia obtendrá de ambas cosas no menos beneficio, y a veces incluso más, que de cualquier otro discurso impreso o pronunciado en otra asamblea.

Y explicar a las masas nuestra participación en la Duma octubrista debemos hacerlo con la misma sencillez. Como consecuencia de la derrota de diciembre de 1905 y del fracaso de los intentos de 1906-1907 por «corregir» dicha derrota, la reacción inevitablemente nos ha empujado y nos seguirá empujando a instituciones cuasi-constitucionales cada vez peores. Defenderemos siempre y en todas partes nuestras convicciones y sostendremos nuestros puntos de vista, repitiendo siempre que, mientras se mantenga el viejo poder, mientras no sea arrancado de raíz, no hay nada bueno que esperar. Prepararemos las condiciones para un nuevo auge, y hasta que llegue, y para que llegue, hay que trabajar con más tenacidad, sin lanzar consignas que solo tienen sentido en condiciones de auge.

Tampoco sería correcto considerar el boicot como una línea táctica que contrapone al proletariado y a una parte de la democracia burguesa revolucionaria al liberalismo junto con la reacción. El boicot no es una línea táctica, sino un medio especial de lucha, apto en condiciones especiales. Confundir el bolchevismo con el «boicotismo» es un error tan grande como confundirlo con el «combatismo». La diferencia de línea táctica entre mencheviques y bolcheviques se manifestó ya plenamente y se plasmó en resoluciones de principio distintas en la primavera de 1905, durante el III Congreso bolchevique en Londres y la conferencia menchevique en Ginebra. Entonces no hubo ni podía haber discusión ni sobre el boicot ni sobre el «combatismo». Y en las elecciones a la segunda Duma, cuando no éramos boicotistas, y en la II Duma, nuestra línea táctica se distinguió del modo más decidido de la menchevique, como es de todos bien sabido. Las líneas tácticas divergen en todos los recursos y medios de lucha, en cada campo de lucha, sin crear en modo alguno métodos de lucha especiales propios de una u otra línea. Y si el boicot a la III Duma se justificara o se motivara por el derrumbe de las expectativas revolucionarias respecto a la primera o la segunda Duma, por el derrumbe de una constitución «legal», «fuerte», «sólida» y «verdadera», eso sería menchevismo de la peor especie.

VI

Hemos dejado para el final el examen de los argumentos más fuertes y los únicos marxistas a favor del boicot. El boicot activo carece de sentido fuera de un amplio auge revolucionario. De acuerdo. Pero un auge amplio se desarrolla a partir de uno no amplio. Hay indicios de cierto auge. La consigna del boicot debe ser enarbolada por nosotros, pues esta consigna sostiene, desarrolla y amplía el auge que comienza.

Tal es, a mi juicio, la argumentación fundamental que determina, de forma más o menos clara, la inclinación al boicot en los círculos socialdemócratas. Y en esto, los camaradas más cercanos al trabajo directamente proletario no parten de una argumentación «construida» según un esquema conocido, sino de una suma de impresiones que reciben del contacto con la masa obrera.

Uno de los pocos problemas sobre los que no hay o no ha habido hasta ahora, al parecer, divergencias entre las dos fracciones de la socialdemocracia, es el problema de la causa de la larga pausa en el desarrollo de nuestra revolución. «El proletariado no se ha repuesto», tal es esta causa. Y en efecto, la lucha de octubre-diciembre recayó casi por entero sobre un solo proletariado. Por toda la nación luchó sistemática, organizada, ininterrumpidamente un solo el proletariado. No es de extrañar que en un país con el porcentaje más bajo (según la escala europea) de población proletaria, el proletariado tuviera que resultar increíblemente agotado por tal lucha. Además, las fuerzas unidas de la reacción gubernamental y burguesa se abatieron después de diciembre y se han abatido desde entonces ininterrumpidamente precisamente sobre el proletariado. Las persecuciones policíacas y las ejecuciones diezmaron al proletariado durante año y medio, y los lockouts sistemáticos, comenzando por el cierre «punitivo» de las fábricas estatales y terminando con las conspiraciones de los capitalistas contra los obreros, llevaron la miseria de las masas obreras a dimensiones nunca vistas. Y he aquí que ahora, dicen algunos militantes socialdemócratas, entre las masas se observan indicios de un ascenso del estado de ánimo, de acumulación de fuerzas en el proletariado. Esta impresión no del todo definida y no del todo aprehensible se completa con un argumento más fuerte: en algunas ramas de la industria se constata un indudable reanimamiento de los negocios. La demanda acrecentada de obreros debe forzosamente intensificar el movimiento huelguístico. Los obreros tendrán que intentar resarcirse al menos de una parte de las enormes pérdidas que sufrieron en la época de represiones y lockouts. Finalmente, el tercer argumento y el más fuerte consiste en la indicación no de un movimiento huelguístico problemático y en general esperado, sino de una grandísima huelga, ya señalada por las organizaciones obreras. Los representantes de 10.000 obreros textiles ya a principios de 1907 discutieron su situación y esbozaron los pasos para fortalecer los sindicatos de esta rama industrial. Por segunda vez se reunieron ya representantes de 20.000 obreros y decidieron declarar en julio de 1907 una huelga general de los obreros textiles. Este movimiento puede abarcar directamente hasta 400.000 obreros. Parte de la región de Moscú, es decir, del centro más grande del movimiento obrero en Rusia y del centro comercial e industrial más grande. Precisamente en Moscú, y solo en Moscú, el movimiento obrero de masas puede adquirir más rápidamente el carácter de movimiento popular amplio, de decisiva importancia política. Y los obreros textiles de la masa obrera general representan el elemento peor pagado, el menos desarrollado, el que más débilmente participó en los movimientos anteriores, el más estrechamente vinculado con el campesinado. La iniciativa de tales obreros puede indicar que el movimiento abarcará capas del proletariado incomparablemente más amplias que antes. Y el vínculo del movimiento huelguístico con el ascenso revolucionario entre las masas ha sido demostrado ya reiteradamente en la historia de la revolución rusa.

Es obligación directa de la socialdemocracia concentrar una enorme atención y esfuerzos extraordinarios precisamente en este movimiento. El trabajo precisamente en esta esfera debe tener un significado absolutamente primordial en comparación con las elecciones a la Duma octubrista. Entre las masas debe ser inculcada la convicción de la necesidad de convertir este movimiento huelguístico en un embate general y amplio contra la autocracia. La consigna del boicot significa precisamente desplazar la atención de la Duma a la lucha directa de masas. La consigna del boicot significa precisamente imbuir al nuevo movimiento de un contenido político y revolucionario.

Tal es, aproximadamente, el curso del pensamiento que conduce a algunos socialdemócratas a la convicción de la necesidad de boicotear la III Duma. Esta es una argumentación a favor del boicot, indudablemente marxista y que no tiene nada en común con la mera repetición de una consigna arrancada de su conexión con las condiciones históricas especiales.

Pero, por fuerte que sea esta argumentación, ella es sin embargo, en mi opinión, todavía insuficiente para obligarnos a adoptar ahora mismo la consigna del boicot. Esta argumentación subraya lo que en general no debería ser dudoso para un socialdemócrata ruso que haya meditado sobre las lecciones ofrecidas por nuestra revolución, a saber: que no podemos renunciar al boicot, que debemos estar dispuestos a enarbolar esta consigna en el momento oportuno, que nuestro planteamiento del problema del boicot no tiene nada en común con el liberal, filisteo-miserable y desprovisto de todo contenido revolucionario planteamiento del problema: ¿abstenerse o no abstenerse?[8].

Aceptemos como demostrado y plenamente correspondiente a la realidad todo lo que dicen los partidarios del boicot entre los socialdemócratas sobre el cambio en el estado de ánimo de los obreros, el reanimamiento industrial y la huelga de los textiles en julio.

¿Qué se desprende de todo esto? Tenemos ante nosotros el comienzo de un cierto ascenso parcial, de significado revolucionario[9]. ¿Estamos obligados a aplicar todos los esfuerzos para apoyarlo y desarrollarlo, esforzándonos por convertirlo en un ascenso revolucionario general, y luego en un movimiento de tipo ofensivo? Absolutamente. Entre los socialdemócratas (exceptuando quizá a los colaboradores de «Továrisch») no puede haber dos opiniones sobre esto. Pero ¿es necesaria en este momento, al comenzar este ascenso parcial, antes de su paso definitivo a general, la consigna del boicot para desarrollar el movimiento? ¿Es capaz esta consigna de contribuir al desarrollo del movimiento actual? Es ésta otra pregunta, y a esta pregunta, en mi opinión, habrá que responder negativamente.

Desarrollar el ascenso general a partir del parcial puede y debe hacerse con argumentos y consignas directas e inmediatas, sin relación con la III Duma. Todo el curso de los acontecimientos después de diciembre es una confirmación continua de la concepción socialdemócrata sobre el papel de la constitución monárquica, sobre la necesidad de la lucha directa. ¡Ciudadanos! diremos nosotros, si no queréis que la causa de la democracia en Rusia vaya cuesta abajo tan inexorablemente y cada vez más rápidamente como fue después de diciembre de 1905, durante la hegemonía sobre el movimiento democrático de los señores kadetes, si no queréis eso, apoyad el ascenso que comienza del movimiento obrero, apoyad la lucha directa de masas. Fuera de ella no hay ni puede haber garantías de libertad en Rusia.

Una agitación de este tipo será, indudablemente, una agitación plenamente consecuente, revolucionario-socialdemócrata. ¿Es obligatorio añadirle: no creáis, ciudadanos, en la III Duma y miradnos a nosotros, socialdemócratas, que la boicoteamos en prueba de nuestra protesta?

Una adición semejante, por las condiciones del momento que atravesamos, no solo no es necesaria, sino que suena incluso extraña, casi como una burla. Pues en la III Duma no cree nadie de todos modos, es decir, en las capas de la población capaces de alimentar un movimiento democrático, no hay ni puede haber ese entusiasmo por la institución constitucional de la III Duma, como hubo, indudablemente, un amplio entusiasmo por la I Duma, los primeros intentos de crear en Rusia cualquier tipo, solo constitucionales, de instituciones.

El centro de gravedad de la atención de amplios círculos de la población en 1905 y a principios de 1906 fue la primera institución representativa, aunque sobre la base de la constitución monárquica. Es un hecho. Contra esto debían luchar los socialdemócratas y demostrarlo del modo más evidente.

Ahora no es así. El entusiasmo por el primer «parlamento» no constituye el rasgo característico del momento, ni la fe en la Duma, sino la falta de fe en el ascenso.

En tales condiciones, al enarbolar prematuramente la consigna del boicot, no intensificamos en absoluto el movimiento, no paralizamos los verdaderos obstáculos a este movimiento. Más aún: corremos incluso el riesgo de debilitar con ello la fuerza de nuestra agitación, puesto que el boicot es una consigna que acompaña a un ascenso ya definido, y toda la desgracia ahora consiste en que los amplios círculos de la población no creen en el ascenso, no ven su fuerza.

Hay que preocuparse primero de que se demuestre en la práctica la fuerza de este ascenso, y luego siempre tendremos tiempo de lanzar una consigna que exprese indirectamente esa fuerza. Y aún está por ver si será necesaria una consigna especial para el movimiento revolucionario de carácter ofensivo, que distraiga la atención de… la III Duma. Es posible que no. Para pasar por alto algo importante y realmente capaz de arrastrar a una multitud inexperta y que aún no ha visto parlamentos, es necesario, quizás, boicotear aquello que se debe pasar por alto. Pero para pasar por alto una institución completamente incapaz de arrastrar a la multitud democrática o semidemocrática actual, no es obligatorio proclamar el boicot. Ahora la cuestión no está en el boicot, sino en los esfuerzos directos e inmediatos para convertir el ascenso parcial en uno general, el movimiento profesional en revolucionario, la defensa contra los lockouts en una ofensiva contra la reacción.

VII

Resumamos. La consigna del boicot fue engendrada por un período histórico especial. En 1905 y a principios de 1906, la situación objetiva de las cosas ponía a decisión de las fuerzas sociales en lucha la cuestión de la elección del camino inmediato: el camino directamente revolucionario o el viraje monárquico-constitucional. El contenido de la agitación boicotista era entonces, principalmente, la lucha contra las ilusiones constitucionales. La condición del éxito del boicot era un ascenso revolucionario amplio, general, rápido y fuerte.

En todos estos aspectos, la situación de las cosas hacia el otoño de 1907 no suscita en absoluto la necesidad de tal consigna y no la justifica.

Continuando nuestro trabajo cotidiano de preparación de las elecciones y sin renunciar de antemano a la participación en las instituciones representativas más reaccionarias, debemos orientar toda nuestra propaganda y agitación a esclarecer al pueblo la conexión entre la derrota de diciembre y toda la subsiguiente decadencia de la libertad y el escarnio de la constitución. Debemos inculcar en las masas la firme convicción de que, sin una lucha directa de masas, tal escarnio continuará y se intensificará inevitablemente.

Sin renunciar a la aplicación de la consigna del boicot en los momentos de ascenso, cuando podría surgir una necesidad seria de tal consigna, nosotros en la actualidad debemos dirigir todos los esfuerzos a tratar de convertir, mediante una influencia directa e inmediata, uno u otro ascenso del movimiento obrero en un movimiento general, amplio, revolucionario y ofensivo contra la reacción en su conjunto, contra sus cimientos.

26 de junio de 1907