«Toda la prensa progresista ha acogido la dura pérdida sufrida por Rusia en la persona del conde P. A. Heiden con expresiones de profundo pésame. ¡La hermosa figura de Piotr Aleksándrovich atraía hacia sí a todas las personas decentes, sin distinción de partidos ni tendencias. ¡Destino raro y feliz!» Sigue una extensa cita de los derechistas kadetes de *Rússkie Védomosti*{17}, en la que el príncipe Pável Dmítrievich Dolgorúkov, uno de esa estirpe de los Dolgorúkov cuyos representantes confesaron directamente las raíces de su democratismo, se enternece ante la vida y la actividad de un «hombre admirable». Más vale llegar a un acuerdo pacífico con los campesinos que esperar a que ellos mismos tomen la tierra... «Compartimos profundamente los sentimientos de amargura causados por la muerte del conde Heiden a todos aquellos que están acostumbrados a valorar a un hombre, cualquiera que sea el ropaje partidista con que aparezca. Y el difunto Heiden era, ante todo, un hombre».

Así escribe el periódico *Továrisch*, n.º 296, martes 19 de junio de 1907.

Los publicistas de *Továrisch* no son sólo los demócratas más ardientes de nuestra prensa legal. Se consideran socialistas, críticos, por supuesto. Son casi socialdemócratas; y los mencheviques, Plejánov, Mártov, Smirnov, Pereyáslavski, Dan y otros, y otros, gozan de la más cordial hospitalidad en el periódico, cuyas columnas adornan con sus firmas los señores Prokopóvich, Kúskova, Portugálov y otros «ex marxistas». En una palabra, no cabe la menor duda de que los publicistas de *Továrisch* son los representantes más «izquierdistas» de nuestra sociedad «ilustrada», ajena al estrecho clandestinaje, «democrática», etc.

Y cuando saltan a la vista líneas como las citadas, es difícil contener una exclamación dirigida a estos señores: ¡Qué suerte que nosotros, los bolcheviques, a sabiendas no perteneciéramos al círculo de personas decentes de *Továrisch*!

¡Señores «personas decentes» de la democracia ilustrada rusa! Embrutecéis al pueblo ruso y lo contagiáis con miasmas de adulación y lacayismo cien veces más que los famosos centurias negras, Purishkévich, Krusheván, Dubrovin, contra los cuales libráis una guerra tan celosa, tan liberal, tan barata, tan provechosa y segura para vosotros. ¿Os encogéis de hombros y os dirigís a todas las «personas decentes» de vuestra sociedad con una sonrisa despectiva ante tan «absurdas paradojas»? Sí, sí, sabemos perfectamente que nada en el mundo es capaz de quebrantar vuestra trivial autosatisfacción liberal. Precisamente por eso nos alegramos de haber logrado, con toda nuestra actividad, aislarnos con una sólida muralla del círculo de las personas decentes de la sociedad culta rusa.

¿Se pueden encontrar ejemplos de que los centurias negras hayan corrompido y descarriado a capas más o menos amplias de la población? No. Ni su prensa, ni su unión, ni sus reuniones, ni las elecciones a la I o II Duma han podido dar tales ejemplos. Los centurias negras exasperan con violencias y atrocidades en las que participan la policía y las tropas. Los centurias negras provocan odio y desprecio con sus fraudes, trampas y sobornos. Los centurias negras organizan con dinero gubernamental grupúsculos y bandas de borrachines, capaces de actuar sólo con permiso de la policía y bajo su instigación. En todo esto no hay ni rastro de una influencia ideológica medianamente peligrosa sobre capas más o menos amplias de la población.

Y, por el contrario, es igualmente indudable que tal influencia la ejerce nuestra prensa legal, liberal y «democrática». Las elecciones a la I y II Duma de Estado, las reuniones, las uniones, la enseñanza, todo lo demuestra. Y el comentario de *Továrisch* a propósito de la muerte de Heiden muestra de manera patente cuál es esa influencia ideológica.

«...Dura pérdida... hermosa figura... destino feliz... era, ante todo, un hombre».

El terrateniente, conde Heiden, practicó un noble liberalismo hasta la revolución de octubre. Inmediatamente después de la primera victoria del pueblo, después del 17 de octubre de 1905, sin la menor vacilación se pasó al campo de la contrarrevolución, al partido de los octubristas, al partido del terrateniente y gran capitalista enfurecido contra los campesinos y contra la democracia. En la I Duma este noble varón defendió al gobierno, y tras la disolución de la primera Duma, negoció – aunque sin llegar a un acuerdo – su participación en el ministerio. Tales son las principales y más grandes etapas en la carrera vital de este típico terrateniente contrarrevolucionario.

Y he aquí que aparecen señores decentemente vestidos, ilustrados y cultos, con frases sobre liberalismo, democratismo, socialismo en los labios, con discursos de simpatía por la causa de la libertad, por la causa de la lucha campesina por la tierra contra los terratenientes, señores que disponen de hecho del monopolio de la oposición legal en la prensa, en las uniones, en las reuniones, en las elecciones, y predican al pueblo, elevando los ojos al cielo: «¡Destino raro y feliz!... El difunto conde era, ante todo, un hombre».

Sí, Heiden no era sólo un hombre, sino también un ciudadano que supo elevarse a la comprensión de los intereses generales de su clase y defender esos intereses de manera harto inteligente. Y vosotros, señores demócratas ilustrados, sois simplemente unos tontos lacrimógenos que encubren con su beatería liberal vuestra incapacidad de ser otra cosa que lacayos cultos de la misma clase terrateniente.

La influencia de los terratenientes sobre el pueblo no es temible. Engañar a masas obreras y hasta campesinas más o menos amplias por un tiempo más o menos prolongado, jamás lo conseguirán. Pero la influencia de la intelectualidad, que no participa directamente en la explotación, entrenada para operar con palabras y conceptos generales, que se entusiasma con toda suerte de «buenos» preceptos, que a veces por sincera estupidez eleva su posición interclasista al rango de principio de partidos sin clase y política sin clase, la influencia de esta intelectualidad burguesa sobre el pueblo es peligrosa. Aquí, y sólo aquí, hay una contaminación de las amplias masas capaz de causar un daño real, que exige la tensión de todas las fuerzas del socialismo para luchar contra ese veneno.

– Heiden era un hombre instruido, culto, humano, tolerante – se extasían los babosos liberales y democráticos, imaginándose que se elevan por encima de todo «partidismo» hasta un punto de vista «universal».

Os equivocáis, respetabilísimos señores. Ese punto de vista no es universal, sino universalmente lacayuno. El esclavo consciente de su condición de esclavo y que lucha contra ella es un revolucionario. El esclavo que no tiene conciencia de su esclavitud y vegeta en una vida esclava muda, inconsciente y sin palabras, es simplemente un esclavo. El esclavo a quien se le hace la boca agua cuando describe con autosatisfacción las delicias de la vida esclava y se entusiasma con el amo bueno y bondadoso, es un lacayo, un canalla. Pues bien, vosotros sois precisamente esos canallas, señores de *Továrisch*. Con repugnante benevolencia os enternecéis de que el terrateniente contrarrevolucionario que apoyaba al gobierno contrarrevolucionario fuera un hombre instruido y humano. No comprendéis que, en lugar de convertir al esclavo en revolucionario, convertís a los esclavos en lacayos. Vuestras palabras sobre libertad y democracia son barniz postizo, frases aprendidas, charlatanería de moda o hipocresía. Son un letrero pintarrajeado. Y vosotros mismos sois sepulcros blanqueados. Vuestra alma es de cabo a rabo canallesca, y toda vuestra instrucción, cultura e ilustración no son más que una variedad de prostitución cualificada. ¡Porque vendéis vuestras almas, y no sólo por necesidad, sino también por «amor al arte»!

– Heyden era un convencido constitucionalista –se enternecen ustedes–. Mienten o ya han sido completamente embaucados por los Heyden. Llamar ante el pueblo, públicamente, convencido constitucionalista a un hombre que fundó un partido que apoyaba al gobierno de Witte, Dubásov, Goremykin y Stolypin, equivale a llamar a un cardenal convencido luchador contra el papa. En lugar de enseñar al pueblo el concepto correcto de la constitución, ustedes, demócratas, reducen en sus escritos la constitución a esturión con rábano picante. Pues no cabe duda de que para un terrateniente contrarrevolucionario la constitución es precisamente esturión con rábano picante, una forma de máximo perfeccionamiento de los procedimientos para saquear y someter al mujik y a toda la masa popular. Si Heyden era un convencido constitucionalista, entonces Dubásov y Stolypin también son convencidos constitucionalistas, ya que Heyden apoyaba de hecho su política. Dubásov y Stolypin no habrían podido ser lo que fueron, ni habrían podido llevar a cabo su política sin el apoyo de los octubristas, incluido Heyden. ¿Con qué criterios, oh sapientísimos demócratas de entre la gente «decente», debe juzgarse la fisonomía política de un hombre («constitucionalista»)? ¿Por sus discursos, por sus golpes de pecho y sus lágrimas de cocodrilo? ¿O por su actividad real en la arena pública?

¿Qué es lo característico, lo típico de la actividad política de Heyden? ¿El que no lograra entenderse con Stolypin sobre su participación en el ministerio tras la disolución de la I Duma, o el que, después de un acto semejante, fuera a negociar con Stolypin? ¿El que antes, en tal y tal momento, pronunciara tales o cuales frases liberales, o el que se volviera octubrista (= contrarrevolucionario) inmediatamente después del 17 de octubre? Al llamar a Heyden convencido constitucionalista, ustedes enseñan al pueblo que lo primero es lo característico y lo típico. Y eso significa que repiten sin sentido fragmentos de consignas democráticas, sin comprender el abecé de la democracia.

Porque la democracia –grábenselo bien, señores gente decente de la sociedad decente– significa la lucha contra ese mismo dominio sobre el país de los terratenientes contrarrevolucionarios, dominio que el señor Heyden apoyaba y encarnó en toda su carrera política.

– Heyden era un hombre instruido –se enternecen nuestros demócratas de salón–. Sí, ya hemos reconocido y reconocemos de buen grado que era más instruido y más inteligente (cosa que no siempre va unida a la instrucción) que los propios demócratas, pues comprendía mejor los intereses de su clase y de su movimiento social contrarrevolucionario que ustedes, señores de «Továrisch», los intereses del movimiento de liberación. Un instruido terrateniente contrarrevolucionario sabía defender con finura y astucia los intereses de su clase, encubría hábilmente con el velo de palabras nobles y de un gentlemanismo externo las ambiciones egoístas y los apetitos rapaces de los señores feudales, insistía (ante los Stolypin) en garantizar esos intereses mediante las formas más civilizadas de dominación de clase. Toda su «instrucción», Heyden y sus semejantes la depositaron en el altar del servicio a los intereses terratenientes. Para un verdadero demócrata, y no para un canalla «decente» de los salones radicales rusos, esto podría haber servido de magnífico tema a un publicista que mostrara la prostitución de la instrucción en la sociedad actual.

Cuando un «demócrata» parlotea sobre la instrucción, quiere evocar en la mente del lector la idea de ricos conocimientos, de amplio horizonte, de nobleza de mente y corazón. Para los señores Heyden, la instrucción es un ligero barniz, un adiestramiento, un «entrenamiento» en las formas gentleman de rematar los más groseros y más sucios negocios políticos. Pues todo el octubrismo, todo el «renovacionismo pacífico»{18} de Heyden, todas sus negociaciones con Stolypin después de la disolución de la I Duma eran, en esencia, el remate del más grosero y sucio asunto, la construcción de cómo defender, de manera más segura, más astuta, más hábil, más sólida por dentro e imperceptible por fuera, los derechos de la nobleza rusa sobre la sangre y el sudor de millones de «mujiks», saqueados por esos Heyden siempre e incesantemente, antes de 1861, en 1861, después de 1861 y después de 1905.

Todavía Nekrásov y Saltykov enseñaban a la sociedad rusa a distinguir, bajo la apariencia alisada y empolvada de la instrucción del terrateniente feudal, sus intereses rapaces, enseñaban a odiar la hipocresía y la falta de alma de semejantes tipos, mientras que el intelectual ruso contemporáneo, que se imagina guardián de la herencia democrática y pertenece al partido kadete[10] o a sus corifeos, enseña al pueblo el servilismo y se entusiasma con su imparcialidad de demócrata sin partido. Un espectáculo acaso más repugnante que el espectáculo de las hazañas de Dubásov y Stolypin…

– Heyden era «un hombre» –se atraganta de entusiasmo el demócrata de salón–. Heyden era humanitario.

Este enternecerse por la humanidad de Heyden nos hace recordar no solo a Nekrásov y Saltykov, sino también las «Memorias de un cazador» de Turguénev. Ante nosotros se alza un terrateniente civilizado, instruido, culto, de modales suaves, con lustre europeo. El terrateniente agasaja al huésped con vino y sostiene conversaciones elevadas. «¿Por qué no está caliente el vino?», pregunta al lacayo. El lacayo calla y palidece. El terrateniente toca la campanilla y, sin alzar la voz, dice al criado que ha entrado: «Respecto a Fiódor… que se disponga»{19}.

He aquí un ejemplo de la «humanidad» heydeniana, o de la humanidad à la Heyden. El terrateniente de Turguénev también es un hombre «humanitario»... en comparación con una Saltychija, por ejemplo, tan humanitario que él mismo no va al establo a vigilar si se ha dispuesto bien la flagelación de Fiódor. Es tan humanitario que no se preocupa de poner en remojo de agua salada las varas con que azotan a Fiódor. Él, ese terrateniente, no se permitirá ni golpear ni insultar al lacayo, solo «dispone» a distancia, como persona instruida, en formas suaves y humanitarias, sin ruido, sin escándalo, sin «espectáculo público»…

Exactamente así es la humanidad de Heyden. Él mismo no participaba en la flagelación y tortura de campesinos junto con los Luzhenovski y Filónov. No iba en expediciones punitivas con los Rennenkampf y Meller-Zakomelski. No ametrallaba Moscú junto con Dubásov. Era tan humanitario que se abstenía de semejantes hazañas, dejando a esos héroes del «establo» de toda Rusia el «disponer», y dirigía en la quietud de su pacífico y culto gabinete un partido político que sostenía al gobierno de los Dubásov y cuyo líder brindaba por el vencedor de Moscú, Dubásov… ¿Acaso no es verdaderamente humanitario mandar a los Dubásov a «disponer respecto a Fiódor», en lugar de ir uno mismo al establo? Para las viejas beatas que llevan la sección política en nuestra prensa liberal y democrática, eso es un modelo de humanidad… – ¡Un hombre de oro, no mataba ni una mosca! «Raro y afortunado destino» apoyar a los Dubásov, disfrutar de los frutos de las represiones dubasovianas y no ser responsable por los Dubásov.

El demócrata de salón considera la cima del democratismo suspirar por que no nos gobiernen los Heyden (pues a ese tontito de salón no se le ocurre la idea de la división «natural» del trabajo entre Heyden y los Dubásov). Escuchen:

«...Y qué lástima que él (Heyden) haya muerto justo ahora, cuando habría sido de lo más útil. Ahora lucharía contra la extrema derecha, desplegando los mejores lados de su alma, defendiendo los principios constitucionales con toda la energía y la inventiva que le eran propias» («Továrisch» nº 299, viernes 22 de junio, «A la memoria del conde Heyden», correspondencia de la provincia de Pskov).

¡Lástima que el instruido y humanitario Heyden, renovacionista-pacífico, no cubra con su fraseología constitucional la desnudez de la III Duma octubrista, la desnudez de la autocracia que aniquila a la Duma! La tarea del publicista «demócrata» no es desgarrar las vestiduras mendaces, no mostrar al pueblo a los enemigos que lo oprimen en toda su desnudez, sino lamentar la ausencia de hipócritas probados que adornen las filas octubristas… Was ist der Philister? Ein hohler Darm, voll Furcht und Hoffnung, dass Gott erbarm! ¿Qué es un filisteo? Un intestino hueco, lleno de miedo y de esperanza de que Dios se apiade{20}. ¿Qué es el filisteo liberal-democrático ruso del campo kadete y parakadete? Un intestino hueco, lleno de miedo y de esperanza de que el terrateniente contrarrevolucionario se apiade.

Junio de 1907

Publicado a principios de septiembre de 1907 en la primera recopilación «La Voz de la Vida». San Petersburgo

Se publica según el texto de la recopilación