En cierto sentido de la palabra, sólo puede ser victoriosa una revolución nacional. Esto es cierto en el sentido de que, para el triunfo de la revolución, es necesaria la unión en la lucha por sus reivindicaciones de la inmensa mayoría de la población. Esta inmensa mayoría debe estar compuesta íntegramente por una sola clase, o por distintas clases que tengan algunas tareas comunes. En lo que se refiere a la actual revolución rusa, también es cierto, por supuesto, que ésta sólo puede triunfar como revolución nacional en el sentido que, para su victoria, es imprescindible la participación consciente en la lucha de la inmensa mayoría de la población.

Pero la justez condicional de la expresión corriente «revolución nacional» se limita a esto. Fuera de la verdad de Perogrullo señalada (al poder organizado y dominante de una minoría sólo puede vencerlo una inmensa mayoría), no se puede sacar de este concepto ninguna otra conclusión. Por eso es radicalmente falso y profundamente antimarxista aplicarlo como fórmula general, como patrón, como criterio de la táctica. El concepto de «revolución nacional» debe indicar al marxista la necesidad de un análisis preciso de los distintos intereses de las distintas clases, que convergen en determinadas, concretas y limitadas tareas comunes. En ningún caso puede servir este concepto para velar, para eclipsar el estudio de la lucha de clases en el transcurso de una u otra revolución. Semejante empleo del concepto de «revolución nacional» constituye un completo abandono del marxismo y un retorno a la fraseología vulgar de los demócratas pequeñoburgueses o de los socialistas pequeñoburgueses.

Nuestros socialdemócratas del ala derecha olvidan a menudo esta verdad. Con mayor frecuencia aún olvidan que, con el progreso de la revolución, cambia la correlación de clases dentro de ella. Todo progreso real de la revolución supone la incorporación al movimiento de masas cada vez más amplias, y, por consiguiente, una mayor conciencia de los intereses de clase, y, por tanto, una mayor definición de las agrupaciones políticas y partidistas y un perfilamiento más exacto de la fisonomía de clase de los diferentes partidos, y, en consecuencia, una sustitución cada vez mayor de las reivindicaciones políticas y económicas generales, abstractas, confusas y turbias en su abstracción, por reivindicaciones concretas, rigurosamente definidas y específicas de las distintas clases.

Por ejemplo, la revolución burguesa rusa, como toda revolución burguesa, empieza inevitablemente bajo la consigna general de «libertad política», «intereses del pueblo», cuyo significado concreto se va esclareciendo para las masas y para las clases sólo en el curso de la lucha, sólo a medida que se procede a la realización práctica de esa «libertad», a llenar de un contenido determinado esa cáscara —así no sea más que verbal— que es la «democracia». Ante la revolución burguesa, al comienzo de ella, todos se alzan en nombre de la democracia: tanto el proletariado como el campesinado junto con los elementos pequeñoburgueses urbanos, y tanto la burguesía liberal como los terratenientes liberales. Sólo en el curso de la lucha de clases, sólo en un desarrollo histórico más o menos prolongado de la revolución, se pone de manifiesto la diferente interpretación que de esa «democracia» tienen las distintas clases. Más aún: se revela un profundo abismo entre los intereses de las diversas clases, que exigen diferentes medidas económicas y políticas en nombre de una misma «democracia».

Sólo en el curso de la lucha, sólo en el desarrollo de la revolución, se esclarece que una clase o capa «democrática» no quiere o no puede ir tan lejos como otra; que, sobre la base de la realización de las tareas «comunes» (pretendidamente comunes), se despliegan encarnizados choques por el modo de llevarlas a cabo, por ejemplo, por tal o cual grado, amplitud y consecuencia de la libertad, del poder popular, por tal o cual forma de traspaso de la tierra al campesinado, etc.

Todas estas verdades olvidadas tuvimos que recordarlas para explicar al lector la polémica sostenida hace poco entre dos periódicos. He aquí lo que escribía uno de ellos, «Naródnaya Gazeta», contra el otro, «Nashe Eco»:

«“La agrupación de la población por partidos —escribe ‘Nashe Eco’—, esa importantísima lección política y la más importante conquista política de la revolución durante las elecciones a la II Duma, ha mostrado con hechos, a escala nacional, este viraje hacia la derecha de amplios sectores de terratenientes y de la burguesía”. De completo acuerdo; pero el estado de ánimo y los mandatos con que los diputados de “izquierda” —eseristas, trudoviques y socialistas populares (n.s.)— llegaron de las provincias también “mostraron con hechos, a escala nacional”, que el “pueblo” en el momento actual está imbuido en no pequeña medida de las “ilusiones constitucionales” kadetes, que el “pueblo” deposita esperanzas excesivas en la actividad autosuficiente de la Duma, que se preocupa en exceso de “preservar” la Duma. He aquí este elefante que los literatos del periódico “Nashe Eco” no han advertido. Advirtieron a quién enviaba el pueblo a la Duma, pero no advirtieron para qué los enviaba allí. Pero, en tal caso, ¿no estará de acuerdo “Nashe Eco” en que, al invitar al proletariado a ignorar las tareas “nacionales”, lo invita a aislarse no sólo de la “sociedad” burguesa, sino también del “pueblo” pequeñoburgués?»

Esta tirada, extraordinariamente instructiva y significativa, revela tres grandes errores del oportunismo: en primer lugar, se contrapone el estado de ánimo de los diputados a los resultados de las elecciones; esto equivale a sustituir el estado de ánimo del pueblo por el estado de ánimo de los diputados, a apelar de lo más profundo, amplio, fundamental a lo más menudo, estrecho, derivado[56]. En segundo lugar, se sustituye la cuestión de una línea y una táctica política firme y consecuente del proletariado por la cuestión de tomar en cuenta tal o cual «estado de ánimo». En tercer lugar —y esto es lo más importante—, en nombre del fetiche democrático vulgar de la «revolución nacional», se atemoriza al proletariado con su «aislamiento» del «pueblo pequeñoburgués».

Detengámonos lo más brevemente posible en los dos primeros errores. Las elecciones afectaron a las masas y mostraron no sólo su estado de ánimo momentáneo, sino sus intereses profundos. No es propio en absoluto de marxistas apelar de los intereses de clase (expresados en la agrupación partidista en las elecciones) al estado de ánimo momentáneo. El estado de ánimo de los diputados puede ser abatido, mientras que los intereses económicos de las masas pueden suscitar una lucha de masas. Por eso, la consideración del «estado de ánimo» puede ser necesaria para determinar el momento de tal o cual acción, paso, llamamiento, etc., pero de ningún modo para determinar la táctica del proletariado. Razonar de otro modo significa sustituir la táctica proletaria consecuente por una dependencia sin principios del «estado de ánimo». Y todo el tiempo se trataba precisamente de la línea, en absoluto del «momento». Si el proletariado se ha rehecho o no en un momento dado (como supone «Naródnaya Gazeta»), esto es importante para tener en cuenta el «momento» de las acciones, pero no para determinar la línea táctica de acción de la clase obrera.

El tercer error es el más profundo y el más importante: el miedo a «aislar» a la socialdemocracia o (lo que es lo mismo) al proletariado del pueblo pequeñoburgués. Esto ya es un temor del todo inadmisible.

En la medida en que los eseristas, los trudoviques y los socialistas populares en realidad andan a la zaga de los kadetes —y esto sucede y ha sucedido muy a menudo, empezando por la votación a favor de Golovín, prosiguiendo con la famosa táctica del silencio sepulcral, etc.—, la socialdemocracia está obligada a aislarse del pueblo pequeñoburgués. Pues una de dos: o las vacilaciones del pueblo pequeñoburgués muestran, en general, la naturaleza inestable de los pequeños burgueses, muestran el desarrollo pesado y difícil de la revolución, pero no significan su fin, el agotamiento de sus fuerzas (así lo pensamos nosotros). Entonces, aislándose de todas y cada una de las vacilaciones y titubeos del pueblo pequeñoburgués, el proletariado socialdemócrata educa a ese pueblo para la lucha, lo prepara para la lucha, desarrolla su conciencia, su decisión, su firmeza, etc. O bien las vacilaciones del pueblo pequeñoburgués significan el final completo de la presente revolución burguesa (nosotros pensamos que este punto de vista es falso y que ningún socialdemócrata lo ha defendido directa y abiertamente, aunque los socialdemócratas de extrema derecha se inclinan hacia él sin duda alguna). Entonces el proletariado socialdemócrata también está obligado a aislarse de las vacilaciones (o de la traición) de la pequeña burguesía, para educar la conciencia de clase de las masas obreras y prepararlas para una participación más planeada, firme y resuelta en la próxima revolución.

Aislarse del pueblo pequeñoburgués imbuido de ilusiones kadetes es algo a lo que el proletariado socialdemócrata está obligado incondicionalmente, en ambos casos, en todos los casos. Debe mantener en todas las circunstancias una política firme y consecuente de clase verdaderamente revolucionaria, sin dejarse confundir por ningún cuento reaccionario ni pequeño burgués acerca de las tareas nacionales en general ni de la revolución nacional.

Es posible que, ante tal o cual combinación de fuerzas y cúmulo de circunstancias desfavorables, la aplastante mayoría de las capas burguesas y pequeñoburguesas se contagie por un tiempo de lacayismo, servilismo o pusilanimidad. Esto sería una pusilanimidad «nacional»; y el proletariado socialdemócrata se aísla de ella en nombre de los intereses de todo el movimiento obrero en su conjunto.

«Proletari» núm. 16, 2 de mayo de 1907.

Se publica según el texto del periódico «Proletari».