Publicado por primera vez en 1909 en el libro: *El Congreso de Londres del POSDR (celebrado en 1907). Texto completo de las actas*. París, ed. del CC

Se imprime según los manuscritos, cotejados con el texto del libro; las objeciones contra la enmienda de Líber y las intervenciones, según el texto del libro

1. Intervención contra la propuesta de clausurar el debate sobre el orden del día del congreso{164}. 1 (14) de mayo

Me pronuncio categóricamente contra la clausura del debate. No se pueden resolver mecánicamente por simple votación cuestiones de importancia de principio.

2. Discurso durante el debate sobre el orden del día del congreso. 2 (15) de mayo

De los debates que han tenido lugar sobre esta cuestión se ha desprendido con toda claridad que las diversas corrientes en el seno de la socialdemocracia están divididas por serias discrepancias tácticas. ¿Quién hubiera podido pensar que, en tales condiciones, se nos fuera a proponer retirar del orden del día del congreso todas las cuestiones de principio generales? ¡Y con qué argumentos sofísticos se ha defendido aquí –en nombre de un supuesto practicismo y espíritu de trabajo– semejante eliminación de las cuestiones de principio!

Les recordaré que la cuestión de las tareas del proletariado en la revolución democrático-burguesa se planteó ante la socialdemocracia rusa hace ya mucho tiempo. Ya a comienzos de 1905, antes de la revolución, esta cuestión fue debatida tanto en el III Congreso del POSDR{165}, es decir, en su parte bolchevique, como en la conferencia menchevique de Ginebra{166}, que tuvo lugar simultáneamente. Entonces los mencheviques mismos pusieron en el orden del día de su congreso cuestiones de principio generales.

Entonces ellos mismos discutieron las bases de la táctica del proletariado en la revolución burguesa y adoptaron decisiones motivadas al respecto. Si ahora se propone eliminar cuestiones semejantes, es el resultado de un estado de ánimo de decadencia, ¡y contra ese estado de ánimo hay que luchar, no ceder ante él!

Se habla de la experiencia de los partidos socialdemócratas de Europa occidental con sus congresos «de trabajo». Y yo les diré que en los congresos de los alemanes se han discutido más de una vez cuestiones más abstractas, más teóricas, que las que se refieren a la valoración de la revolución que tiene lugar entre nosotros y las tareas del proletariado en ella. De la experiencia de otros partidos no debemos tomar aquello que nos rebaja al nivel de uno u otro período de grises y rutinarios días laborables. Debemos tomar aquello que nos eleva a las cuestiones generales, a las tareas de toda la lucha revolucionaria del proletariado en su conjunto. ¡Debemos aprender de los mejores, y no de los peores, ejemplos!

Se dice: «no se pueden resolver cuestiones tácticas serias por una mayoría de una decena de votos». Pues bien, ¿acaso no es esto un sofisma? ¿Acaso no es una evasiva impotente del espíritu de principio hacia la falta de principios?

La solución de una cuestión jamás se alcanza votando. Llevamos ya varios años resolviendo las cuestiones de la valoración marxista de nuestra revolución. Llevamos ya varios años verificando con la experiencia de nuestra revolución nuestros puntos de vista teóricos y nuestras decisiones tácticas generales. ¡Y ahora nos cuentan que aún no ha llegado el momento de hacer el balance de esta labor del partido! Ven ustedes, no habría que definir las bases de la táctica, sino ir a remolque del curso de los acontecimientos, resolviendo según cada caso...

Recuerden el Congreso de Estocolmo. Los mencheviques, victoriosos en él, retiraron su propia resolución sobre la valoración del momento, retiraron su propia resolución sobre la actitud hacia los partidos burgueses. ¿Qué resultó como consecuencia de ello? Resultó que el CC no tenía ninguna base de principio para resolver las cuestiones que se le planteaban. Resultó que el CC anduvo a la deriva todo el año, sin tener política alguna. Hoy estaba por la Asamblea Constituyente, mañana se lanzaba a predicar el ministerio de la Duma, pasado mañana – «la Duma como órgano de poder para convocar la Asamblea Constituyente», luego la Duma plenipotenciaria, luego los bloques con los k.-d... ¿Llamarán ustedes a esto una política proletaria consecuente? *(Aplausos del centro y de los bancos bolcheviques.)*

Se dice: «en nombre de la paz del partido... en nombre de la labor práctica, soslayemos las cuestiones generales». Esto es un sofisma. Semejantes cuestiones no pueden soslayarse. De soslayarlas no se obtiene la paz, sino una lucha de partido más ciega y, por ello, más enconada, menos fructífera.

Tales cuestiones no pueden soslayarse. Irrumpen en todo. Recuerden el discurso de Plejánov en la apertura del congreso. Puesto que nuestra revolución es burguesa –razonaba él–, hay que apresurarse especialmente en buscar aliados entre la burguesía. Yo afirmo que las bases de este razonamiento son erróneas. Afirmo que, sin analizar estas bases, condenan al partido a un abismo de errores prácticos suplementarios.

Plejánov decía en ese mismo discurso que el oportunismo en la socialdemocracia rusa es débil. ¡A lo mejor, si se consideran débiles las obras del propio Plejánov! *(Aplausos de los bancos bolcheviques.)* Y yo creo que el oportunismo se manifiesta entre nosotros precisamente en que se quiere retirar del debate del primer congreso verdaderamente de todo el partido las cuestiones generales sobre las bases de nuestra táctica en la revolución burguesa. No debemos retirar las cuestiones teóricas, sino elevar toda nuestra práctica de partido a la altura de la iluminación teórica de las tareas del partido obrero. *(Aplausos de los bolcheviques.)*

3. Intervención en defensa del método de votación nominal mediante papeletas{167}. 2 (15) de mayo

Junto con el representante de la delegación letona, defendemos la conservación del método de votación mediante papeletas que se ha venido aplicando hasta hoy. Es el más democrático, ahorra tiempo, da claridad. De falsificaciones ni se puede hablar. Quienes proponen votar pasando lista solo quieren alargar la votación nominal y hacer así imposible su aplicación.

4. Intervenciones en calidad de presidente en la 6.ª sesión del congreso. 3 (16) de mayo

1

Propongo expresar nuestro agradecimiento a los representantes de la Federación Socialdemócrata Inglesa por los servicios prestados en la organización del congreso. *(Aplausos.)*

2

Propongo discutir en qué orden colocar los puntos: informe del CC, informe de la fracción de la Duma, actitud hacia los partidos burgueses y la Duma de Estado.

Respecto a los demás puntos, se tomó una decisión unánime de los representantes de todas las fracciones de colocarlos en el siguiente orden:

5) Congreso obrero, 6) Sindicatos y partido, 7) Acciones guerrilleras, 8) Desempleo, crisis y lockouts, 9) Cuestiones de organización, 10) Congreso de Stuttgart, 11) Trabajo en el ejército, 12) Asuntos varios.

5. Discurso sobre el informe de la actividad del CC. 4 (17) de mayo

Quisiera hablar exclusivamente del aspecto político de la cuestión. Pero el último discurso del camarada Abramóvich me obliga a tocar brevemente sus observaciones. Cuando el camarada Abramóvich hablaba del CC menchevique «asediado», yo pensaba para mis adentros: «¡Pobres mencheviques! ¡Otra vez en estado de sitio! Los «asedian» no solo cuando están en minoría, sino también ¡cuando están en mayoría!».

¿No habrá causas internas, arraigadas en el propio carácter de la política menchevique, que obligan a los mencheviques a quejarse eternamente del asedio al que los somete el partido proletario?

¿Cuáles son los hechos relativos al asedio del CC menchevique aducidos por el camarada Abramóvich? Son tres: la agitación a favor de un congreso extraordinario, la conferencia de las organizaciones militares y de combate y, por último, «otras cuestiones de organización», como se expresó el camarada Abramóvich.

Examinemos estos tres hechos.

La agitación a favor de un congreso extraordinario se desarrolló ampliamente cuando quedó claro que la política del CC marchaba de manera incondicional contra la voluntad de la mayoría del partido. Recuerdo que esto fue después de la consigna lanzada por el Comité Central de apoyo al ministerio responsable. En aquel momento aún no había ingresado en nuestro partido el Bund, pero ya lo habían hecho los polacos y los letones. Tanto unos como otros rechazaron de forma completamente definida la política del CC. De manera que es un hecho absolutamente indiscutible que el CC se apartó entonces de la inmensa mayoría del partido. ¿Quién asediaba a quién: la mayoría del partido asediaba al CC del partido, exigiéndole cuentas ante el congreso, o el CC, yendo contra el partido, asediaba al partido? Recuerden a qué extremos llegó entonces Plejánov. Su carta contra el congreso fue reimpresa por el *Social-Demócrata*, órgano editado oficialmente por el Comité Central. ¡Y en esa carta, Plejánov respondía al llamamiento al congreso con sospechas sobre los motivos de la agitación y con tiradas sobre las perras de los obreros! Piénsenlo: ¿no estaba equivocado Plejánov al permitirse semejantes cosas contra la mayoría del partido que exigía un congreso?

Y yo solo diré: después de la decisión de la Conferencia de toda Rusia del POSDR de noviembre, la agitación a favor de un congreso extraordinario cesó.

Segundo hecho: la conferencia de las organizaciones militares y de combate. Resultó que hubo dos conferencias. Es lamentable, por supuesto, pero ver aquí un «asedio» al Comité Central es extraño. ¿No sería mejor explicar en qué fueron malas las decisiones de la conferencia celebrada al margen del CC, que salir del paso con quejas sobre el asedio? Recuerdo que en ambas conferencias hubo representantes tanto del Comité de Moscú como del Comité de Petersburgo, lo que significa que ninguna fracción del partido se vinculó, como fracción, a una sola conferencia. Y las resoluciones de la conferencia bolchevique de las organizaciones militares y de combate, publicadas en noviembre de 1906, no han recibido hasta ahora una crítica seria.

Tercer hecho: «otras cuestiones de organización». ¿De qué se trata? ¿Qué contenido concreto se le ha dado a esto? ¿No será la escisión en Petersburgo, organizada por los mencheviques con ayuda del CC durante las elecciones? Pero a este respecto, hablar de asedio al Comité Central sería sencillamente ridículo.

Paso al aspecto político de la cuestión. Nuestra tarea principal consiste en examinar cómo dirigió el CC la lucha de clases del proletariado, cómo aplicó en la práctica la táctica adoptada en el Congreso de Unificación.

La primera consigna impartida al partido por el Comité Central fue la consigna de apoyo a la reivindicación de un ministerio «de la Duma» o «responsable». El camarada Mártov ha dicho aquí ante nosotros que esta consigna fue lanzada para ampliar y profundizar el conflicto de la Duma con el gobierno.

¿Es esto cierto? ¿En qué debe consistir la ampliación y profundización proletaria del conflicto? Por supuesto, en señalar la verdadera arena de la lucha y las colisiones que han provocado el conflicto: la arena de la lucha de clases en general, y en el caso concreto, la lucha del pueblo contra el viejo poder. Para ampliar y profundizar el conflicto de la Duma, era necesario comprender por nosotros mismos y explicar al pueblo que el conflicto de la Duma solo refleja de manera muy incompleta y tergiversada el conflicto del pueblo con el viejo poder, que la lucha en la Duma es un débil eco de la lucha revolucionaria fuera de la Duma. Para ampliar y profundizar, era necesario elevar la conciencia política y las reivindicaciones políticas desde las consignas de la Duma hasta las consignas de la lucha revolucionaria general. El CC actuó al revés. Embotaba y reducía las consignas de la lucha revolucionaria a la consigna del ministerio de la Duma. Llamaba al pueblo no a la lucha por el poder, aunque esta lucha se derivaba de toda la situación objetiva de las cosas, sino a la lucha por un pacto de los liberales con el poder. De grado o por fuerza, el CC llamaba al partido a adoptar las consignas de la vía parlamentaria «pacífica» en un momento en que, de hecho, de las condiciones objetivas se derivaba una lucha revolucionaria extraparlamentaria. En realidad, no hubo ni pudo haber ningún movimiento social más o menos serio a favor del «ministerio responsable». Incluso la fracción socialdemócrata menchevique de la Duma (de la I Duma) no adoptó esta consigna del CC. *(Mártov: «¡Es falso!».)* No, es cierto, camarada Mártov, y una simple consulta de la resolución del CC y de las actas estenográficas de la I Duma mostrará que es cierto.

La consigna del CC era de hecho, independientemente de los deseos y motivos del CC, una adaptación a la política liberal. Y de esta adaptación no pudo salir resultado alguno, pues la política liberal no expresaba el movimiento social real de aquel tiempo, sino el sueño de poner fin a la revolución, aunque esta aún no había terminado en absoluto. El curso de los acontecimientos demostró que toda esta historia del «ministerio responsable» fue un intento con medios inadecuados.

La segunda consigna del CC se refiere a la época de la huelga de julio{168}. No se puede reprochar al CC el fracaso de la acción de entonces. Para un CC como el menchevique, no es un reproche, sino más bien un elogio, que aun así saliera entonces al encuentro de la revolución. No es culpa del CC que, estando en Petersburgo, no conociera el estado de ánimo del proletariado en toda Rusia. Tampoco se puede declarar un error el hecho de que creyéramos entonces en la insurrección y la esperáramos. La insurrección realmente se produjo, y nuestras consignas previas, nuestra política antes de la insurrección fueron uno de los elementos del éxito o del fracaso de esta insurrección.

El error del CC lo veo en que se esforzó por encerrar la lucha revolucionaria, que había llegado hasta la insurrección, en el marco de consignas no revolucionarias o de consignas revolucionarias recortadas. Esto se expresó en la consigna del CC: «acciones parciales de masas». Se expresó aún más en la consigna: «¡Por la Duma como órgano de poder para convocar la Asamblea Constituyente!». Lanzar semejantes consignas sin vida significaba adaptar la política proletaria a la política de la burguesía liberal. Y una vez más, los acontecimientos mostraron toda la futilidad y toda la impotencia de los intentos de semejante adaptación. Entre nosotros se oyen a menudo quejas y lloriqueos sobre la impotencia del partido obrero. ¡Y yo digo: por eso mismo son ustedes impotentes, porque embotan sus propias consignas! *(Aplausos de los bancos bolcheviques.)*

Sigamos adelante. Veamos la cuestión de los bloques con los k.-d. en las elecciones a la II Duma. Mártov, en el informe del CC que leyó, se sacó de encima esta cuestión con un formalismo asombrosamente bonachón: dando a entender que el CC decretó que los bloques eran admisibles, ¡y los bloques, sobre la base exacta de la directiva del CC, se admitieron! *(Risas.)* No estaría de más que en un informe político del CC se remitieran no a la legalidad formal de los acuerdos, sino a la verificación por la vida de la justeza de la política dada en su esencia. Nosotros, los bolcheviques, sostuvimos todo el tiempo que el tan cacareado peligro de las centurias negras se reduce en realidad a la defensa liberal contra el peligro de la izquierda, que, guiándonos en nuestra política por el miedo al peligro de las centurias negras, en realidad caemos en el anzuelo de los liberales. Los resultados de las elecciones demostraron que teníamos razón. En toda una serie de ciudades, las estadísticas electorales refutaron las patrañas de los liberales y los mencheviques. *(Exclamaciones: «¡Y Kiev, Polonia, Vilna!».)* No tengo tiempo de ocuparme de localidades aisladas, hablaré de los resultados políticos generales. El estadístico Smirnov calculó en 22 ciudades el número de votos para el bloque de izquierda: 41 mil; para los k.-d.: 74 mil; para los octubristas: 34.500, y para los monárquicos: 17 mil. En otras 16 ciudades, de 72 mil votos para la oposición se emitieron el 58,7%, y para la reacción, el 21%. Las elecciones desenmascararon el carácter ficticio del peligro de las centurias negras, y la política de bloques con los k.-d., supuestamente «admisibles» a título de excepción, resultó ser una política de dependencia del proletariado respecto a la burguesía liberal.

Y yo les digo: no desprecien las discusiones teóricas, no hagan un gesto de desdén ante las invenciones fraccionales acerca de las discrepancias. Nuestras viejas disputas, nuestras discrepancias teóricas y, sobre todo, tácticas, se convierten constantemente en el curso de la revolución en las más inmediatas discrepancias prácticas. No se puede dar un solo paso en la política práctica sin tropezar con las mismas cuestiones fundamentales sobre la valoración de la revolución burguesa, sobre la correlación entre k.-d. y trudovikí, etc. La vida práctica no borra las discrepancias, sino que las agudiza y las aviva. Y no es casualidad que mencheviques tan destacados como Plejánov llevaran hasta el absurdo la política de bloques con los k.-d. Plejánov, al lanzar su famosa «Duma plenipotenciaria», predicaba una consigna común para el proletariado y para la burguesía liberal. Plejánov solo expresa de manera más acusada, con más fuerza que otros, la esencia interna, la tendencia fundamental de toda la política menchevique: la sustitución de la línea independiente de la clase obrera por la adaptación a la burguesía liberal. La bancarrota de nuestro CC fue ante todo y sobre todo la bancarrota de esta política de oportunismo. *(Aplausos de parte del centro y de los bolcheviques.)*

6. Discurso sobre el informe de la actividad de la fracción de la Duma. 8 (21) de mayo

Quisiera devolver de nuevo el debate a la valoración de principio de la política de la fracción de la Duma. El camarada Tsereteli dijo: «tuvimos errores, pero no hubo vacilaciones». Creo que sería completamente incorrecto condenar por errores a una fracción de la Duma joven, que empieza. Pero la cuestión clave es precisamente que hubo, sin duda, vacilaciones en la propia política de la fracción. Y no para condenar a las personas, sino para educar al partido proletario en su conjunto, debemos reconocer abiertamente estas vacilaciones y plantearnos como tarea su eliminación.

El camarada Tsereteli se remitió a la historia de Europa. El año 48 –dijo– nos enseñó no solo que aún no estaban maduras las condiciones para el socialismo, sino también que no se puede luchar por la libertad sin una u otra alianza con la democracia burguesa. Esta conclusión del camarada Tsereteli es puro revisionismo. Al contrario, tanto la revolución de 1848 como la subsiguiente experiencia histórica enseñaron a la socialdemocracia internacional precisamente lo opuesto, a saber: que la democracia burguesa se coloca cada vez más contra el proletariado, que la lucha por la libertad se lleva de manera consecuente solo allí donde el proletariado la dirige. 1848 no enseña a hacer alianzas con la democracia burguesa, sino la necesidad de liberar de la influencia de la democracia burguesa a las capas de las masas populares menos desarrolladas, incapaces de luchar siquiera por la democracia. El camarada Tsereteli, con su remisión a la experiencia de 1848 en el espíritu del bernsteinianismo, puso de manifiesto ese mismo revisionismo del que Plejánov dijo infundadamente que es débil en nuestro partido.

Característica también de toda la inestabilidad de la posición de principio del camarada Tsereteli fue su declaración a propósito de la comisión de abastecimiento. Subrayamos de modo insuficiente la legalidad de nuestra propuesta de investigar el asunto sobre el terreno –dijo Tsereteli–. Nos dejamos llevar por razonamientos generales, perdiendo la ocasión de convencer a otros con argumentos sobre la legalidad de nuestro plan. La próxima vez corregiremos este error.

Este planteamiento de la cuestión refleja de manera notablemente clara toda la inestabilidad de la posición de nuestra fracción. Piensen sólo: ¡la gente se lamenta por lo insuficiente de su argumentación en favor de la legalidad! ¿Acaso no ven que la cuestión no está en absoluto en los motivos, ni en las remisiones a la legalidad, ni en la «convicción» de los kadetes o de cualquier otro? ¿Acaso no les está claro que el gobierno, por la propia esencia del asunto, no podía permitir ni habría permitido una investigación sobre el terreno, viendo en ello (y viéndolo con razón) una apelación a las masas?

Cualesquiera que fueran las remisiones a la legalidad que se hubieran puesto en juego, la esencia del asunto no habría cambiado. Y en lugar de mirar hacia abajo –convencer a las masas populares, mostrarles la verdad–, Tsereteli mira hacia arriba, deseando convencer a los liberales, atraer con la legalidad... Esto es auténtico parlamentarismo burgués. Y la esterilidad de semejante politiquería mezquina, miserable y lamentable salta a la vista, pues está claro que a Stolypin ninguna artimaña parlamentaria de mencheviques ni de kadetes pudo desviarlo de su política. El alejamiento de las masas es un hecho patente; las ventajas de la convicción legal de los Stolypin y los kadetes son sueños ociosos de un intelectual ocioso.

El mismo afán ocioso de oportunismo veo en las negociaciones con los *naródovtsi*; su defensa remitiéndose a Bebel es de lo más débil. Se dice que Bebel dijo: si es necesario para la causa, entraremos en relaciones hasta con la abuela del diablo. Bebel tiene razón, camaradas: si es necesario para la causa, por supuesto, se puede también con la abuela del diablo. Pero, ¿para qué causa resultaron necesarias sus relaciones con los *naródovtsi*? Para ninguna. El provecho de ellas es nulo. Y resulta que Bebel hablaba bien, pero ustedes lo entienden mal.

Tanto la visita a los *naródovtsi*, como la votación a favor de Golovín, como el intento de eliminar la confiscación, son todas partes aisladas de una línea incorrecta. Todo esto son manifestaciones no de inexperiencia, sino precisamente de vacilación política. Y desde este punto de vista, tampoco es una minucia la invitación del Sr. Prokopóvich. Se nos ha dicho aquí: el Sr. Prokopóvich está ausente, no se puede condenar su ingreso sin él. Esto se parece a que nos envían de Herodes a Pilatos. En Petersburgo, en la conferencia, se nos dijo: aplaquémoslo hasta el congreso, no se puede examinar sin el congreso. Ahora en el congreso se dice: no se puede sin Prokopóvich, aplaquémoslo y trasladémoslo a la organización de Petersburgo. Esto es un sofisma.

Prokopóvich es un publicista, y sus obras son de todos conocidas. Prokopóvich es un tipo de intelectual burgués que se infiltra en nuestro partido con fines determinados, oportunistas. Su ingreso en el distrito ferroviario es una burla manifiesta. Es un encubrimiento para trabajar en el entorno de la Duma. Y es culpa de nuestro CC haberse servido de tal encubrimiento. Es culpa de nuestra fracción de la Duma haber facilitado la entrada en nuestro partido, desde la escalinata de la Duma, de publicistas liberales precisamente no militantes en el partido y hostiles por principio al partido, que colaboran en *Továrisch*.

Cherevanin defendió aquí la política de la fracción de la Duma, diciendo: admitamos que los kadetes ahora se han quedado atrás, ahora son reaccionarios. Pero esto no es para siempre. No hay que fijar esto. Los kadetes son malos en las épocas de decadencia, pueden ser útiles en las épocas de auge, cuando giran rápidamente a la izquierda.

Este es el habitual razonamiento menchevique, solo que expresado con particular franqueza y crudeza. De ahí que su falsedad se haga aún más visible. Tomen dos grandes hitos de la revolución: octubre de 1905, el mayor auge, y la primavera de 1907, la mayor decadencia. ¿Sirvieron los kadetes para la democracia en 1905? No. Esto lo reconocieron los propios mencheviques en *Nachalo*. Witte, agente de la Bolsa; Struve, agente de Witte, así escribían entonces los mencheviques, y escribían correctamente. Entonces los mencheviques estaban de acuerdo con nosotros en que no debíamos apoyar a los k.-d., sino desenmascararlos, hacer caer su prestigio entre la democracia.

Ahora, en la primavera de 1907, también todos ustedes empiezan a coincidir con nosotros en que los k.-d. son unos demócratas inútiles. Y resulta que ni en la época de auge ni en la de decadencia sirven los k.-d. Y el intervalo entre estas épocas, cualquier historiador lo llamará precisamente una época de vacilaciones, en la que también vaciló hacia la política pequeñoburguesa una parte de los socialdemócratas, y en que esa parte intentó en vano «apoyar» a los k.-d., con lo que solo perjudicó al partido obrero y al fin y al cabo vio su error.

Unas palabras sobre Trotski. Habló en nombre del «centro», expresó los puntos de vista del Bund. Nos fustigó por presentar una resolución «inaceptable». Amenazó directamente con la escisión, con la retirada de la fracción de la Duma, supuestamente ofendida por nuestra resolución. Subrayo estas palabras. Les exhorto a releer atentamente nuestra resolución.

Ver una ofensa en un reconocimiento sereno de errores, sin la menor condena en forma tajante, y hablar a propósito de esto de escisión, ¿no es algo monstruoso? ¿Acaso no muestra esto una enfermedad de nuestro partido, el miedo a reconocer los errores?, ¿el miedo a la crítica de la fracción de la Duma?

La sola posibilidad de semejante planteamiento de la cuestión muestra que hay algo no partidista en el seno de nuestro partido. Ese algo no partidista está en las relaciones de la fracción de la Duma con el partido. La fracción de la Duma debe ser más partidista, estar más estrechamente ligada al partido, más subordinada a todo el trabajo proletario. Entonces desaparecerán los clamores sobre la ofensa y las amenazas de escisión.

Cuando Trotski dijo: su resolución inaceptable impide hacer pasar sus ideas correctas, yo le grité: «¡Pues presente su resolución!». Trotski respondió: no, primero retiren la suya.

Buena posición la del «centro», ¿verdad? ¡Por nuestro error (en opinión de Trotski) («falta de tacto») castiga a todo el partido, privándole de su exposición «táctica» de los mismos principios! ¿Por qué no presentaron su resolución?, nos preguntarán en las localidades. Porque el centro se ofendió por ella, ¡y se negó, por ofensa, a exponer sus principios! *(Aplausos de los bolcheviques y de parte del centro.)* Esto no es una posición de principios, sino la falta de principios del centro.

Vinimos al congreso con dos líneas tácticas conocidas desde hace tiempo por el partido. Es insensato e indigno de un partido obrero ocultar las discrepancias y esconderlas. Confrontemos con mayor claridad ambos puntos de vista. Expresémoslos en su aplicación a todas las cuestiones de nuestra política. Hagamos balances claros de la experiencia del partido. Solo así cumpliremos nuestro deber y pondremos fin a las vacilaciones en la política del proletariado. *(Aplausos de los bolcheviques y de parte del centro.)*

7. Declaración sobre hechos. 10 (23) de mayo

El camarada Mártov, al citar de *L'Humanité* una entrevista conmigo (firmada por Etienne Avenard)[63], ha interpretado incorrectamente algunos pasajes.

En la entrevista consta que el CC (es decir, por supuesto, su parte menchevique) informaba secreta y clandestinamente a los kadetes. Esta declaración mía ha sido confirmada ahora por los debates en el congreso. En el congreso quedó claro que ya en noviembre de 1906, Dan se entrevistó privadamente «en una taza de té» con Miliukov, Nabókov, con los líderes de los socialrevolucionarios y de los socialistas populares. Dan no consideró necesario informar de esto ni al CC ni al Comité de Petersburgo.

Esta entrevista con los kadetes, sin comunicarla ni al CC ni al Comité de Petersburgo, era precisamente una información secreta y clandestina a los kadetes.

Además, en la entrevista se dice que los mencheviques no refutaron la vergonzosa proposición kadete de ceder a los mencheviques los puestos de obreros a cambio de la ayuda de los mencheviques a los kadetes. El camarada Mártov demuestra que los mencheviques lo refutaron de palabra. Declaro sobre los hechos que los actos de los mencheviques contradecían su refutación verbal: 1) De palabra, los mencheviques prometieron ceder todos los puestos a la curia obrera. De hecho, cuando todos los delegados obreros, reunidos, instaron a los mencheviques (por una mayoría de 220-230 votos contra 10-20) a renunciar al «apoyo encubierto» a los kadetes, los mencheviques se negaron a obedecer; 2) Después del 25 de enero, después de la conclusión del bloque de izquierda, los mencheviques pusieron por escrito como condición de su ayuda al mismo: libertad de acción de los electores mencheviques en la segunda etapa. Esta condición solo podía significar objetivamente una cosa: la disposición a apoyar a los kadetes contra los socialdemócratas en la segunda etapa.

8. Declaración. 11 (24) de mayo{169}

La Mesa tenía razón *(una voz: «¡Por supuesto!»)* cuando explicó que la anulación de la decisión de ayer es inadmisible. Para anularla se requiere un acuerdo especial del congreso sobre la admisibilidad de someter tal propuesta a votación. En el caso presente, nadie propone anular la decisión de ayer. Sigue en vigor. ¿Es admisible un aplazamiento? Abramóvich ha omitido el momento más sustancial, a saber, que la cuestión del aplazamiento fue provocada por una nueva circunstancia (la motivación de los letones), surgida después de la votación de ayer sobre las directivas. Este es un motivo nuevo, que Abramóvich no tuvo en cuenta. La propuesta de Werner es, por tanto, formalmente correcta.

9. Informe sobre la actitud hacia los partidos burgueses. 12 (25) de mayo

La cuestión de la actitud hacia los partidos burgueses está en el centro de las discrepancias de principio que dividen desde hace tiempo en dos campos a la socialdemocracia rusa. Ya antes de los primeros grandes éxitos de la revolución, o incluso antes de la revolución –si se puede hablar así de la primera mitad de 1905–, había dos puntos de vista plenamente perfilados sobre esta cuestión. Las discusiones estaban vinculadas a la valoración de la revolución burguesa en Rusia. Ambas corrientes en el seno de la socialdemocracia coincidían en que esta revolución es burguesa. Pero divergían en la comprensión de esta categoría y en la valoración de las conclusiones práctico-políticas que de ella se derivan. Un ala de la socialdemocracia –los mencheviques– interpretaba este concepto en el sentido de que en la revolución burguesa su principal motor es la burguesía, y el proletariado solo es capaz de ocupar la posición de «oposición extrema». No puede asumir la tarea de realizar por sí mismo esta revolución, ni dirigirla. De manera particularmente acusada se manifestaron estas discrepancias en las discusiones sobre el gobierno provisional (más exactamente: sobre la participación de la socialdemocracia en el gobierno provisional), discusiones que tuvieron lugar en 1905. Los mencheviques negaban la admisibilidad de la participación de la socialdemocracia en el gobierno revolucionario provisional, ante todo y precisamente porque consideraban a la burguesía el principal motor o guía de la revolución burguesa. Con toda claridad se puso de manifiesto este punto de vista en la resolución de los mencheviques del Cáucaso (de 1905){170}, aprobada por la nueva *Iskra*. En esa resolución se decía abiertamente que la participación de la socialdemocracia en el gobierno provisional podría ahuyentar a la burguesía y, con ello, debilitar la envergadura de la revolución. Aquí se reconoce claramente que el proletariado no puede ni debe ir más allá de la burguesía en la revolución burguesa.

El punto de vista opuesto era sostenido por los bolcheviques. Defendían incondicionalmente que nuestra revolución es burguesa en el sentido de su contenido social y económico. Esto significa lo siguiente: las tareas de la actual transformación que tiene lugar en Rusia no salen del marco de la sociedad burguesa. Incluso la victoria más completa de la revolución actual, es decir, la conquista de la república más democrática y la confiscación de toda la tierra de los terratenientes por el campesinado, no afecta en absoluto a las bases del régimen social burgués. La propiedad privada sobre los medios de producción (o la economía privada sobre la tierra, sea quien sea su propietario jurídico) y la producción mercantil permanecen. Las contradicciones de la sociedad capitalista, y la principal de ellas –la contradicción entre el trabajo asalariado y el capital–, no solo no se borran, sino que, por el contrario, se agudizan y profundizan aún más, desarrollándose de manera más amplia y en una forma más pura.

Todo esto debe ser absolutamente indiscutible para cualquier marxista. Pero de aquí no se sigue en absoluto la conclusión de que el principal motor o guía de la revolución sea la burguesía. Tal conclusión sería una vulgarización del marxismo, sería una incomprensión de la lucha de clases entre el proletariado y la burguesía. El hecho es que nuestra revolución se produce en una época en que el proletariado ya ha empezado a tomar conciencia de sí mismo como clase particular y a unirse en una organización de clase independiente. En tales condiciones, el proletariado utiliza cada conquista de la democracia, utiliza cada paso de la libertad, para fortalecer su organización de clase contra la burguesía. De aquí se deriva inevitablemente la tendencia de la burguesía a limar las aristas agudas de la revolución, a no permitir que se lleve hasta el fin, a no dar al proletariado la posibilidad de llevar con plena libertad su lucha de clases. El antagonismo entre la burguesía y el proletariado obliga a la burguesía a esforzarse por conservar ciertos instrumentos e instituciones del viejo poder, para aplicar estos instrumentos contra el proletariado.

Por eso, en el mejor de los casos, en las épocas de mayor auge de la revolución, la burguesía representa (y no casualmente, sino por necesidad, en virtud de sus intereses económicos) un elemento que vacila entre la revolución y la reacción. De modo que la burguesía no puede ser el guía de nuestra revolución.

La particularidad más importante de esta revolución es la agudeza de la cuestión agraria. Esta está agudizada en Rusia mucho más de lo que lo estuvo en condiciones análogas en cualquier otro país. La llamada reforma campesina de 1861 fue realizada de manera tan inconsecuente y no democrática, que las bases fundamentales del dominio feudal de los terratenientes quedaron inconmovibles. Por eso, la cuestión agraria, es decir, la lucha de los campesinos por la tierra contra los terratenientes, resultó ser una de las piedras de toque de la presente revolución. Esta lucha por la tierra empuja inevitablemente a enormes masas del campesinado hacia la transformación democrática, pues solo la democracia puede darles la tierra, otorgándoles el dominio en el Estado. La condición para la victoria del campesinado es la derrota total de la propiedad terrateniente.

De tal correlación de fuerzas sociales se deriva una conclusión inevitable: la burguesía no puede ser ni el principal motor ni el guía de la revolución. Solo el proletariado está en condiciones de llevarla hasta el fin, es decir, hasta la victoria completa. Pero esta victoria solo puede alcanzarse bajo la condición de que el proletariado logre llevar tras de sí a la mayor parte del campesinado. La victoria de la revolución actual en Rusia solo es posible como dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y del campesinado.

Tal planteamiento de la cuestión, formulado ya a comienzos de 1905 –hablo del III Congreso del POSDR en la primavera de 1905–, encontró plena confirmación en los acontecimientos de todas las etapas más importantes de la revolución rusa. Nuestras conclusiones teóricas se confirmaron en la práctica, en el curso de la lucha revolucionaria. Durante el mayor auge, en octubre de 1905, el proletariado marchaba a la cabeza, la burguesía vacilaba y se escabullía, y los campesinos destrozaban las haciendas de los terratenientes. En los órganos embrionarios del poder revolucionario (Soviets de diputados obreros, Soviets de diputados campesinos y soldados, etc.) participaban, principalmente, representantes del proletariado, y luego los elementos avanzados del campesinado insurrecto. Durante la primera Duma, los campesinos dieron inmediatamente un grupo democrático «Trudovik», más a la izquierda, es decir, más revolucionario, que los liberales –los k.-d.–. Durante las elecciones a la segunda Duma, los campesinos derrotaron directamente a los liberales. El proletariado marchaba delante, el campesinado, de manera más o menos decidida, se movía tras él contra la autocracia y contra los liberales vacilantes.

Paso a los proyectos de resolución que tenemos ante nosotros. La diferencia de puntos de vista que he descrito se expresó plenamente en la contraposición de las resoluciones bolchevique y menchevique. El proyecto bolchevique se construye sobre la base de definir el contenido de clase de los tipos fundamentales de partidos burgueses. Tal construcción ya la dimos en nuestra resolución para el Congreso de Unificación de Estocolmo. Ya allí señalamos tres tipos fundamentales de partidos burgueses: los octubristas, los liberales y los demócratas campesinos (entonces aún no se habían perfilado del todo, y la palabra «trudovik» no existía en el léxico político ruso)[64]. Nuestra resolución actual ha conservado la misma construcción. No es más que una modificación de la resolución de Estocolmo. El curso de los acontecimientos ha confirmado hasta tal punto sus tesis fundamentales, que solo se requirieron las más pequeñas modificaciones para tener en cuenta la experiencia de la primera y la segunda Duma.

La resolución menchevique para el Congreso de Unificación no daba ningún análisis ni del tipo de partidos ni de su contenido de clase. La resolución dice con impotencia «que los partidos democrático-burgueses solo están todavía formándose en Rusia y que por eso no han tenido tiempo aún de adquirir el carácter de partidos estables», y «que en el presente momento histórico en Rusia no existen a la vista partidos que combinen ya simultáneamente en sí el democratismo consecuente y el espíritu revolucionario». ¿Acaso no son estas declaraciones impotentes? ¿Acaso no es esto eludir la tarea marxista? No habrá nunca partidos de plena estabilidad, como no habrá nunca tampoco un democratismo plenamente «consecuente» fuera del proletariado. Pero nuestra obligación es poner al descubierto las raíces de clase de todos los partidos que aparecen en la escena histórica. Y que esta es una tarea realizable lo demostró nuestra resolución. Los tres tipos de partidos señalados por ella resultaron ser bastante «estables» en el curso de todo un año de revolución, como ya he mostrado con el ejemplo de la primera y la segunda Duma.

Quienes resultaron inestables fueron los puntos de vista de los mencheviques. Su actual resolución es un enorme paso atrás incluso en comparación con su proyecto del año pasado. Examinemos esta resolución, publicada en el núm. 12 de *Naródnaya Duma* (del 24 de marzo de 1907). En la parte de motivación se señala, en primer lugar, la existencia de «una serie de tareas comunes» al proletariado y a la democracia burguesa; en segundo lugar, la necesidad para el proletariado de «combinar sus acciones con las acciones de otras clases y grupos sociales»; en tercer lugar, que en un país de campesinado predominante y de débil democracia urbana, el proletariado «con su propio movimiento impulsa hacia delante»... «a toda la democracia burguesa del país»; en cuarto lugar, «que en la actual agrupación de los partidos burgueses, el movimiento democrático del país no ha encontrado aún su expresión acabada», reflejando en un polo el «realismo» y la falta de disposición para la lucha de la burguesía urbana, y en el otro polo las «ilusiones campesinas de revolucionarismo pequeñoburgués y de utopías agrarias». Tal es la parte de motivación. Veamos ahora las conclusiones: la conclusión primera consiste en que, llevando una política independiente, el proletariado debe luchar tanto contra el oportunismo y las ilusiones constitucionales de unos, como contra las ilusiones revolucionarias y los proyectos económicamente reaccionarios de otros. La conclusión segunda: hay que «combinar sus acciones con las acciones de estos partidos».

Semejante resolución no responde a ninguna de las cuestiones que está obligado a plantearse todo marxista si quiere definir la actitud del partido obrero hacia los partidos burgueses. ¿Cuáles son estas cuestiones generales? Ante todo, es necesario determinar el carácter de clase de los partidos. Luego hay que esclarecer la correlación fundamental de las distintas clases en la revolución dada en general, es decir, cómo se relacionan los intereses de estas clases con la continuación o el desarrollo de la revolución. Después, de las clases en general hay que pasar al papel actual de los diferentes partidos o de los diferentes grupos de partidos. Por último, hay que dar indicaciones prácticas sobre la política del partido obrero en esta cuestión.

Nada de esto hay en la resolución menchevique. Es una especie de salida del paso ante la cuestión, una salida del paso mediante frases generales sobre la «combinación» de la política del proletariado con la política de la burguesía. Cómo precisamente «combinar» y con qué partidos democrático-burgueses exactamente, no se dice ni una palabra. Es una resolución sobre los partidos sin partidos. Es una resolución para definir nuestra actitud que no define en absoluto nuestra actitud hacia los distintos partidos. Guiarse por tal resolución es imposible, pues deja la más plena libertad para «combinar» lo que sea y como sea. Semejante resolución no coarta a nadie; es la resolución más «liberal» en el pleno sentido de la palabra. Se puede interpretar de cualquier manera. Pero de marxismo no tiene ni un grano. Las tesis fundamentales del marxismo se han olvidado aquí tan a fondo que cualquier kadete de izquierda suscribiría esta resolución. Tomen sus puntos principales: «tareas comunes» del proletariado y de la democracia burguesa... ¿Acaso no pregona esto toda la prensa liberal?... La necesidad de «combinación» –esto es precisamente lo que exigen los kadetes... La lucha contra el oportunismo por la derecha y contra el revolucionarismo por la izquierda: ¡pero si esta es precisamente la frasecita preferida de los kadetes de izquierda, que desean sentarse supuestamente entre los trudovikí y los liberales burgueses! ¡Esto no es la posición de un partido obrero, que se mantiene aparte e independiente fuera de la democracia burguesa; es la posición de un liberal que desea ocupar el «centro» en el seno de la democracia burguesa!

Examinen en su esencia la posición de los mencheviques: el proletariado, con su movimiento, «impulsa hacia delante» a «toda la democracia burguesa del país». ¿Es esto cierto? En absoluto no. Recuerden los acontecimientos más importantes de nuestra revolución. Tomen la Duma de Bulyguin. Al llamamiento del zar de emprender la vía legal, de aceptar sus condiciones, las condiciones del zar, para la convocatoria de la primera representación popular, el proletariado respondió con una negativa decidida. El proletariado llamaba al pueblo a barrer esta institución, a no dejar que surgiera. El proletariado llamaba a todas las clases revolucionarias a luchar por mejores condiciones de convocatoria de la representación popular. Esto no prejuzgaba en absoluto la cuestión de la utilización de una institución, incluso mala, si realmente entraba en la vida a pesar de todos nuestros esfuerzos. Era una lucha contra la realización precisamente de las peores condiciones de convocatoria de la representación popular. Al valorar el boicot, se comete con demasiada frecuencia el error lógico e histórico de confundir la lucha sobre la base de una institución dada con la lucha contra la realización de esa institución.

Pues bien, ¿cómo respondió la burguesía liberal al llamamiento del proletariado? Respondió con clamores generales contra el boicot. Llamaba a ir a la Duma de Bulyguin. Los profesores liberales llamaban a los estudiantes a estudiar en lugar de organizar huelgas. Al llamamiento del proletariado a la lucha, la burguesía respondió con la lucha contra el proletariado. El antagonismo de estas clases, incluso en la revolución democrática, se manifestó ya entonces con plena nitidez. La burguesía quería reducir la envergadura de la lucha del proletariado, no dejarle salir del marco de la institución de la Duma de Bulyguin.

El profesor Vinográdov, lumbrera de la ciencia liberal, escribía precisamente entonces: sería una dicha para Rusia si nuestra revolución tomara el camino de 1848-1849; sería una desgracia si tomara el camino de la revolución de 1789-1793. ¡Llamaba dicha este «demócrata» al camino de la revolución inacabada, al camino de la insurrección vencida! Si nuestra revolución ajustara las cuentas a sus enemigos de manera tan despiadada como la francesa en 1793, entonces, en opinión del «liberal», habría que llamar para restablecer el orden al sargento prusiano. Los mencheviques hablan de la «falta de disposición para la lucha» de nuestra burguesía. Pero en realidad, ya entonces la burguesía estaba dispuesta para la lucha, precisamente para la lucha contra el proletariado, para la lucha contra las victorias «excesivas» de la revolución.

Sigamos. Tomemos octubre-diciembre de 1905. Que en esa época del mayor auge de nuestra revolución la burguesía puso de manifiesto «disposición para la lucha» contra el proletariado, ni siquiera hace falta demostrarlo. La prensa menchevique de entonces lo reconocía plenamente. La burguesía, incluidos los kadetes, se esforzaba por todos los medios en denigrar la revolución, presentarla como una anarquía ciega y salvaje. La burguesía no solo no apoyaba los órganos de insurrección creados por el pueblo –todos esos Soviets de diputados obreros, Soviets de diputados campesinos y soldados, etc.–, sino que la burguesía temía a estas instituciones y luchaba contra ellas. Recuerden a Struve, que calificaba a estas instituciones de espectáculo humillante. La burguesía veía en ellas una revolución que había ido demasiado lejos. La burguesía liberal quería encauzar la energía de la lucha revolucionaria del pueblo por el estrecho cauce de la reacción político-constitucional.

Sobre la conducta de los liberales en la primera y en la segunda Duma no hay necesidad de hablar largo. También los mencheviques reconocieron que en la primera Duma los kadetes estorbaban la política revolucionaria de los socialdemócratas y en parte de los trudovikí, frenaban su actividad. Y en la segunda Duma, los kadetes se unieron directamente a las centurias negras, apoyaron directamente al gobierno.

Decir ahora que el proletariado con su movimiento «impulsa hacia delante a toda la democracia burguesa del país» es burlarse de los hechos. Callar en la actualidad el carácter contrarrevolucionario de nuestra burguesía significa abandonar completamente el punto de vista marxista, olvidar por completo el punto de vista de la lucha de clases.

Los mencheviques hablan en su resolución del «realismo» de las clases burguesas urbanas. Extraña terminología, que los delata contra su voluntad. Estamos acostumbrados a encontrar entre los socialdemócratas de ala derecha un significado especial de la palabra realismo. Por ejemplo, *Sovreménnaya Zhizn*, de Plejánov, contraponía el «realismo» del ala derecha de la socialdemocracia al «romanticismo revolucionario» de los socialdemócratas de izquierda. ¿Qué tiene en mente la resolución menchevique al hablar de realismo? ¡Resulta que alaba a la burguesía por su moderación y exactitud!

Estas disquisiciones de los mencheviques sobre el «realismo» de la burguesía, sobre su «falta de disposición» a la lucha –en relación con la declaración directa de su plataforma táctica sobre la «hostilidad unilateral» de la socialdemocracia hacia los liberales–, dicen una cosa, y solo una. En realidad, todo esto significa que la política independiente del partido obrero se sustituye por una política de dependencia respecto a la burguesía liberal. Y esta esencia del menchevismo no ha sido inventada por nosotros, ni deducida solo de sus disquisiciones teóricas: se ha manifestado en todos los grandes pasos de su política en el año transcurrido. Tomen el «ministerio responsable», los bloques con los kadetes, la votación a favor de Golovín, etc. De hecho, esta era precisamente la política de dependencia respecto a los liberales.

¿Y qué dicen los mencheviques sobre la democracia campesina? La resolución coloca una al lado de la otra y contrapone, como cosas de significado equivalente o en todo caso plenamente homogéneas, el «realismo» de la burguesía y las «utopías agrarias» del campesinado. Hay que luchar –dicen los mencheviques– por igual contra el oportunismo de la burguesía y contra el utopismo, contra el «revolucionarismo pequeñoburgués» del campesinado. Este es un razonamiento típico del menchevismo. Y vale la pena detenerse en él, porque es incorrecto de raíz. De él se deriva inevitablemente toda una serie de conclusiones erróneas en la política práctica. Bajo la crítica de las utopías campesinas se esconde aquí la incomprensión de las tareas del proletariado de empujar hacia adelante al campesinado hacia la victoria completa en la revolución democrática.

En realidad, fíjense en el significado de las utopías agrarias del campesinado en la revolución actual. ¿En qué consiste su principal utopía? Sin duda, en la idea de la igualdad, en la convicción de que la abolición de la propiedad privada sobre la tierra y el reparto de la tierra (o del uso de la tierra) por igual son capaces de eliminar las fuentes de la necesidad, la miseria, el desempleo, la explotación.

No hay discusión sobre que, desde el punto de vista del socialismo, esto es una utopía, una utopía del pequeño burgués. Desde el punto de vista del socialismo, esto es un prejuicio reaccionario, pues el socialismo proletario ve el ideal no en la igualdad de los pequeños propietarios, sino en la gran producción socializada. Pero no olviden que ahora valoramos el significado de los ideales campesinos no en el movimiento socialista, sino en la presente revolución democrático-burguesa. ¿Es utópico, es reaccionario en la presente revolución que todas las tierras sean arrebatadas a los terratenientes y repartidas o distribuidas por igual entre los campesinos? ¡No! Esto no solo no es reaccionario, sino que, por el contrario, expresa de la manera más decidida, más consecuente, la aspiración a la abolición más completa de todo el viejo orden, de todos los restos del feudalismo. Es utópica la idea de que la «igualdad» pueda mantenerse bajo la producción mercantil e incluso servir de inicio a un semisocialismo. No es utópica, sino revolucionaria en el más pleno, en el más riguroso sentido científico de la palabra, la aspiración de los campesinos de quitar ahora mismo las tierras a los terratenientes y repartirlas por igual. Tal confiscación y tal reparto crearían la base para el desarrollo más rápido, más amplio, más libre del capitalismo.

Objetivamente, no desde el punto de vista de nuestros deseos, sino desde el punto de vista del desarrollo económico actual de Rusia, la cuestión fundamental de nuestra revolución se reduce precisamente a si asegurará el desarrollo del capitalismo mediante la victoria completa de los campesinos sobre los terratenientes, o mediante la victoria de los terratenientes sobre los campesinos. La transformación democrático-burguesa en la economía de Rusia es absolutamente inevitable. Ninguna fuerza en el mundo puede impedirla. Pero esta transformación es posible en dos formas: según el tipo prusiano, si se puede decir así, o según el tipo americano. Esto significa lo siguiente: los terratenientes pueden vencer, imponer a los campesinos el rescate u otras concesiones miserables, aliarse con un puñado de ricachones, arruinar por completo a la masa y convertir sus haciendas en haciendas junker, capitalistas. Tal transformación será democrático-burguesa, pero será la menos ventajosa para los campesinos, la menos ventajosa desde el punto de vista de la rapidez del desarrollo del capitalismo. Por el contrario, la victoria completa de la insurrección campesina, la confiscación de toda la tierra de los terratenientes, su reparto por igual significan el desarrollo más rápido del capitalismo, la forma más ventajosa para los campesinos de la transformación democrático-burguesa.

Y no solo para los campesinos es esto más ventajoso. Lo mismo para el proletariado. El proletariado consciente sabe que no hay ni puede haber otro camino hacia el socialismo que a través de la transformación democrático-burguesa.

De manera que cuanto menos completa y menos decidida sea esta transformación, tanto más tiempo y con más fuerza pesarán sobre el proletariado las tareas no socialistas, no puramente de clase, proletarias, sino las tareas democráticas generales. Cuanto más completa sea la victoria del campesinado, tanto más rápidamente se deslindará el proletariado de manera definitiva como clase, con tanta mayor claridad planteará sus tareas y objetivos puramente socialistas.

De aquí ven ustedes que las ideas campesinas sobre la igualdad –reaccionarias y utópicas desde el punto de vista del socialismo– son revolucionarias desde el punto de vista del democratismo burgués. Por eso, contraponer el carácter reaccionario de los liberales en la presente revolución con el utopismo reaccionario de los campesinos en las ideas sobre la revolución socialista, significa cometer un error lógico e histórico clamoroso. Poner en el mismo plano las aspiraciones de los liberales de amputar la revolución presente hasta el rescate, hasta la monarquía constitucional, hasta el programa agrario kadete, etc., y los intentos de los campesinos de idealizar utópicamente en un espíritu reaccionario sus aspiraciones de aplastar de inmediato a los terratenientes, quitar toda la tierra, someterla toda a reparto, poner esto en el mismo plano significa abandonar por completo no solo el punto de vista del proletariado, sino incluso el punto de vista de un demócrata revolucionario consecuente. Escribir una resolución sobre la lucha contra el oportunismo del liberal y el revolucionarismo del mujik en la presente revolución, significa escribir una resolución no socialdemócrata. Quien escribe esto no es un socialdemócrata, sino un intelectual sentado entre el liberal y el mujik en el campo de la democracia burguesa.

No puedo detenerme aquí con tanto detalle como sería necesario en la célebre plataforma táctica de los mencheviques con su famosa consigna de lucha contra «la hostilidad unilateral del proletariado hacia el liberalismo». El carácter no marxista y no proletario de tal consigna es más que evidente.

Me detendré, para concluir, en una objeción que se nos hace a menudo, supuestamente contra nosotros. «Sus» trudovikí, se nos dice, a cada paso van con los kadetes contra nosotros. Es cierto. Pero esto no es una objeción contra nuestro punto de vista y nuestra resolución, pues nosotros lo hemos reconocido con plena nitidez y decisión.

Los trudovikí, indudablemente, no representan demócratas plenamente consecuentes. Los trudovikí (incluidos los socialrevolucionarios), indudablemente, vacilan entre los liberales y el proletariado revolucionario. Esto lo hemos dicho nosotros y debe ser dicho. Tales vacilaciones no son en absoluto casuales. Son inevitables por la propia esencia de la situación económica del pequeño productor. Por un lado, está oprimido, sometido a explotación. Se ve empujado involuntariamente a la lucha contra tal situación, a la lucha por la democracia, a las ideas de suprimir la explotación. Por otro lado, es un pequeño propietario. En el campesino vive el instinto del propietario, si no del hoy, del mañana. Este instinto de propietario, de posesión, aparta al campesino del proletariado, engendra en el campesino sueños y aspiraciones de medrar, de convertirse él mismo en burgués, de aislarse contra toda la sociedad en su pedazo de tierra, en su –como decía maliciosamente Marx– montón de estiércol{171}.

Las vacilaciones del campesinado y de los partidos democráticos campesinos son inevitables. Y por eso, la socialdemocracia no debe ni por un minuto turbarse por el temor de aislarse de semejantes vacilaciones. Cada vez que los trudovikí muestren pusilanimidad y se arrastren detrás de los liberales, debemos salir sin temor y con plena firmeza contra los trudovikí, desenmascarar y flagelar la inconsecuencia y la flojedad pequeñoburguesas.

Nuestra revolución atraviesa tiempos difíciles. Se necesita toda la fuerza de voluntad, toda la entereza y la firmeza de un partido proletario cohesionado para saber resistir los estados de ánimo de descreimiento, de decaimiento de fuerzas, de indiferencia, de renuncia a la lucha. La pequeña burguesía siempre e inevitablemente será la que más fácilmente ceda a semejantes estados de ánimo, muestre falta de carácter, traicione el camino revolucionario, lloriquee y se arrepienta. Y en todos estos casos, el partido obrero se aislará de la vacilante democracia pequeñoburguesa. En todos estos casos, hay que saber, incluso desde la tribuna de la Duma, desenmascarar abiertamente a los demócratas inconsistentes. «¡Campesinos! –debemos decir en la Duma en semejantes circunstancias–, ¡campesinos! Sepan que sus representantes les traicionan al ir a remolque de los terratenientes liberales. Sus diputados en la Duma entregan la causa del campesinado a los charlatanes y abogados liberales». Que sepan los campesinos –debemos demostrárselo con hechos– que solo el partido obrero es el defensor realmente seguro, fiel hasta el fin, de los intereses no solo del socialismo, sino también de la democracia, no solo de todos los trabajadores y explotados, sino de toda la masa campesina que lucha contra la explotación feudal.

Si llevamos con firmeza e incesantemente esta política, extraeremos de nuestra revolución un enorme material para la causa del desarrollo de clase del proletariado, lo extraeremos en todo caso, cualesquiera que sean las vicisitudes del destino que nos toque vivir, cualesquiera que sean las derrotas de la revolución (si se producen circunstancias particularmente desfavorables) que nos caigan en suerte. Una firme política proletaria dará a toda la clase obrera tal acervo de ideas, tal claridad de comprensión y tal temple en la lucha, que nada en el mundo podrá arrebatar a la socialdemocracia. Incluso si la revolución sufriera derrotas, el proletariado aprenderá ante todo a comprender las bases económico-clasistas tanto de los partidos liberales como de los democráticos, y después aprenderá a odiar las traiciones de la burguesía y a despreciar la flojedad y las vacilaciones de la pequeña burguesía.

¡Y precisamente con tal acervo de conocimientos, precisamente con tales hábitos de pensamiento, el proletariado marchará más unido y más audaz hacia la nueva revolución, la socialista! *(Aplausos de los bolcheviques y del centro.)*

10. Palabras finales sobre el informe acerca de la actitud hacia los partidos burgueses. 14 (27) de mayo

Empezaré por la cuestión aquí tocada de la posición de la delegación polaca. Se ha reprochado a los camaradas polacos –especialmente los bundistas– su inconsecuencia, al aceptar nuestra resolución, que ellos mismos declararon en la comisión insatisfactoria. Semejantes reproches se basan en una argucia muy simple: en eludir la esencia de las cuestiones que se plantean ante el congreso en este punto del orden del día. Quien no quiera eludir esta esencia de la cuestión verá fácilmente que nosotros, los bolcheviques, siempre hemos coincidido y ahora coincidimos con los polacos en dos cuestiones fundamentales. En primer lugar, coincidimos en que, en nombre de las tareas socialistas del proletariado, es absolutamente necesario su deslinde de clase respecto a todos los demás partidos burgueses, por muy revolucionarios que sean, por muy república democrática que defiendan. En segundo lugar, coincidimos en que reconocemos el derecho y la obligación del partido obrero de llevar tras de sí a la lucha no solo contra la autocracia, sino también contra la traicionera burguesía liberal a los partidos democráticos pequeñoburgueses, incluidos los campesinos.

En la resolución propuesta al congreso por los camaradas polacos sobre el informe de la fracción socialdemócrata de la Duma, estos pensamientos o tesis están expresados con la mayor claridad. Allí se dice directamente del deslinde de clase respecto a todos los partidos, terminando por los socialrevolucionarios. Allí se dice directamente de la posibilidad y necesidad de acciones conjuntas de los socialdemócratas con los grupos trudovikí contra los liberales. Esto es precisamente lo que en Rusia llamamos bloque de izquierda o política de bloque de izquierda.

De aquí está claro que lo que nos une a los polacos es una solidaridad real en los puntos fundamentales de la cuestión de la actitud hacia los partidos burgueses. Negar esto y hablar del carácter contradictorio de la conducta de los polacos significa eludir el planteamiento directo de la discrepancia de principio.

Deslinde socialista del proletariado respecto a todos los partidos, aun los más revolucionarios y republicanos; luego, dirección por parte del proletariado de la lucha de toda la democracia revolucionaria en la presente revolución. ¿Se puede acaso negar que estas son precisamente las ideas fundamentales y rectoras tanto de la resolución polaca como de la bolchevique?

Unas palabras sobre Trotski. No tengo tiempo aquí de detenerme en nuestras discrepancias con él. Solo señalaré que Trotski, en el folleto *En defensa del partido*, expresó por escrito su solidaridad con Kautsky, quien escribió sobre la comunidad económica de intereses del proletariado y del campesinado en la actual revolución en Rusia. Trotski reconocía la admisibilidad y la conveniencia del bloque de izquierda contra la burguesía liberal. Para mí bastan estos hechos para reconocer el acercamiento de Trotski a nuestros puntos de vista. Independientemente de la cuestión de la «revolución ininterrumpida», hay aquí solidaridad en los puntos fundamentales de la cuestión de la actitud hacia los partidos burgueses.

El camarada Líber me reprochó con mucha energía que yo tachara incluso a los trudovikí del número de aliados democrático-burgueses del proletariado. Líber se ha dejado llevar de nuevo aquí por la fraseología, sin prestar atención a la esencia de la discusión. No hablé de excluir las acciones conjuntas con los trudovikí, sino de la necesidad de separarnos de las vacilaciones de los trudovikí. No hay que tener miedo de «aislarnos» de ellos cuando tiendan a arrastrarse detrás de los k.-d. Hay que desenmascarar sin piedad a los trudovikí cuando no se mantengan en el punto de vista consecuente del demócrata revolucionario. Una de dos, camarada Líber: o bien el partido obrero lleva una política realmente independiente, proletaria –entonces solo admitimos acciones conjuntas con una parte de la burguesía cuando esa parte acepte nuestra política, y no al revés–; o bien nuestras palabras sobre la independencia de la lucha de clases del proletariado quedarán en palabras vacías.

Junto con Líber, también Plejánov eludió la esencia de la discusión, solo que de otra manera. Plejánov habló de Rosa Luxemburgo, pintándola como una Virgen sentada en las nubes. ¡Qué decir! Una polémica elegante, galante, efectista... Pero yo preguntaría de todos modos a Plejánov: Virgen por Virgen, ¿pero qué piensa usted en esencia de la cuestión? *(Aplausos del centro y de los bolcheviques.)* Pues está mal eso, si se ha necesitado a la Virgen para eludir el examen de la cuestión en su esencia. Virgen por Virgen, pero ¿qué hacemos con la «Duma plenipotenciaria»? ¿Qué es eso?, ¿se parece al marxismo o a una política independiente del proletariado?

«Acuerdos de cada caso» –nos dicen en diferentes tonos tanto Líber como Plejánov–. Es una fórmula muy cómoda. Pero es absolutamente falta de principios. Es absolutamente vacía de contenido. Pues también nosotros, camaradas, admitimos en determinados casos acuerdos con los trudovikí, también solo de cada caso, exclusivamente de cada caso. Con gusto insertaremos estas palabras también en nuestra resolución.

La cuestión no está en eso. La cuestión está en qué acciones conjuntas de cada caso son admisibles, ¡con quién, en aras de qué finalidad! Estas cuestiones sustanciales fueron tapadas, oscurecidas tanto por Plejánov con sus agudezas galantes, como por Líber con su patetismo vacío. Y esta es una cuestión no teórica, sino la más viva cuestión práctica. ¡Hemos visto en la experiencia lo que significan entre los mencheviques los famosos acuerdos de cada caso, los famosos acuerdos «técnicos»! Significan una política de dependencia de la clase obrera respecto a los liberales, nada más. «De cada caso» es una mala cobertura de esta política oportunista.

Plejánov citaba pasajes de las obras de Marx sobre la necesidad de apoyo a la burguesía. En vano no citó pasajes de la *Nueva Gaceta Renana*, en vano olvidó de qué manera «apoyaba» Marx a los liberales en la época de apogeo de la revolución burguesa en Alemania. Y no hay por qué ir tan lejos para probar lo que es indiscutible. También la vieja *Iskra* escribió más de una vez sobre la necesidad de apoyo a los liberales –incluso a los mariscales de la nobleza– por el partido obrero socialdemócrata. En el período anterior a la revolución burguesa, cuando la socialdemocracia debía aún despertar a la vida política al pueblo, esto era plenamente legítimo. Ahora, cuando han aparecido ya en escena diferentes clases, cuando se ha mostrado el movimiento revolucionario campesino, por un lado, y las traiciones liberales, por otro, ya no puede hablarse de apoyo nuestro a los liberales. Todos estamos de acuerdo en que los socialdemócratas deben exigir ahora la confiscación de la tierra terrateniente, y ¿cómo se sitúan ante esto los liberales?

Plejánov decía: todas las clases medianamente progresistas deben convertirse en instrumento en manos del proletariado. No dudo que tal sea el deseo de Plejánov. Pero yo afirmo que de la política menchevique sale en la práctica algo muy distinto, algo contrario. En la práctica, en todos los casos durante el año transcurrido, durante el llamado apoyo a los kadetes por los mencheviques, precisamente los mencheviques fueron el instrumento de los kadetes. Así fue tanto durante el apoyo a la reivindicación del ministerio de la Duma, como durante los bloques electorales con los k.-d. La experiencia ha demostrado que el instrumento en estos casos resultó ser precisamente el proletariado, en contra de los «deseos» de Plejánov y de otros mencheviques. Ya ni hablo de la «Duma plenipotenciaria» y de la votación a favor de Golovín.

Es necesario reconocer con toda nitidez que la burguesía liberal ha emprendido el camino contrarrevolucionario, y librar la lucha contra ella. Solo entonces la política del partido obrero será independiente y no solo de palabra una política revolucionaria. Solo entonces ejerceremos una influencia sistemática también sobre la pequeña burguesía y sobre el campesinado, que vacilan entre el liberalismo y la lucha revolucionaria.

En vano se han quejado aquí de la incorrección de nuestra premisa sobre el engaño de la pequeña burguesía por los liberales. No solo nuestra revolución, sino también la experiencia de otros países ha demostrado que precisamente mediante el engaño se sostiene la influencia del liberalismo entre muchas capas de la población. La lucha por la liberación de estas capas de la influencia de los liberales es nuestra tarea directa. Los socialdemócratas alemanes durante decenios minaron y minaron, por ejemplo, en Berlín, la influencia de los liberales sobre las amplias masas de la población. Podemos y debemos alcanzar lo mismo y privar a los kadetes de sus partidarios demócratas.

Mostraré con un ejemplo a qué conducía la política menchevique de apoyo a los k.-d. En el periódico menchevique *Rússkaya Zhizn* del 22 de febrero de 1907 (núm. 45), en un artículo sin firma, es decir, editorial, se decía a propósito de la elección de Golovín y de su discurso: «El presidente de la Duma de Estado asumió la gran y responsable tarea de pronunciar una palabra en la que cristalizaran las principales reivindicaciones y necesidades del pueblo de 140 millones... El Sr. Golovín no supo, ni por un momento, situarse por encima de miembro del partido kadete, convertirse en el portavoz de la voluntad de toda la Duma». Vean ustedes qué instructivo resulta esto. Del simple apoyo mediante votación, los mencheviques deducen la tarea responsable del liberal de hablar en nombre del «pueblo». Esto es una transferencia directa de la dirección ideológico-política al liberalismo. Esto es una renuncia total al punto de vista de clase. Y yo digo: si en un bloque de izquierda a algún socialdemócrata se le ocurriera escribir sobre la tarea responsable de un trudovik de expresar las necesidades del «trabajo», suscribiría por entero la condena decisiva de tal socialdemócrata. Esto es un bloque ideológico con los k.-d. por parte de los mencheviques, y nosotros no debemos permitir con nadie, ni siquiera con los socialrevolucionarios, semejantes bloques.

A propósito, Martínov decía que nosotros caemos en semejante bloque cuando hablamos de toda la tierra y toda la libertad. Eso no es cierto. Les recuerdo el menchevique *Social-Demócrata*. Allí, en el proyecto de plataforma electoral redactado por el Comité Central, ¡encontramos las mismas consignas de tierra y libertad! Las palabras de Martínov no son más que un pretexto.

Para concluir, quisiera decir unas palabras a los camaradas polacos. Tal vez a algunos de ellos les parecería innecesaria una caracterización precisa de los partidos pequeñoburgueses. La lucha de clases más agudizada en Polonia tal vez hace esto superfluo. Pero para los socialdemócratas rusos es necesario. La indicación precisa del carácter de clase de los partidos trudovikí es sumamente importante para la dirección de toda la propaganda y la agitación. Solo partiendo del análisis de clase de los partidos podemos plantear con plena nitidez ante toda la clase obrera nuestra tarea táctica: el deslinde socialista de clase del proletariado y la lucha bajo su dirección tanto contra la autocracia como contra la burguesía traicionera. *(Aplausos de los bolcheviques y del centro.)*

11. Discurso sobre la actitud hacia el proyecto polaco de resolución sobre los partidos burgueses. 15 (28) de mayo

Por el discurso anterior han podido ustedes ver cuán justas eran las palabras del camarada Popov sobre la esterilidad de los presentes debates. De la total falta de principios del discurso de Líber se han convencido ustedes mismos. Solo recordaré que en nuestra fallida comisión, por tomar como base el proyecto polaco votaron contra nosotros y los letones 4 mencheviques, 1 bundista y 2 polacos.

Así pues, tomaron como base en la comisión el proyecto polaco precisamente aquellas personas que por principio estaban más lejos de los polacos. ¡Lo hicieron para introducir en el proyecto enmiendas en el espíritu menchevique, para hacer la resolución inaceptable para sus autores! Líber mismo votó con los mencheviques tanto en este caso *(Líber: «¡Es falso!».)*, como en la votación sobre la admisibilidad de los bloques con los k.-d. Después de esto, sus discursos patéticos sobre los principios resultan sencillamente ridículos.

Comprendo perfectamente a los polacos cuando se esforzaban por que se tomara como base su proyecto. Les parecían innecesarios los detalles de nuestra resolución. Querían limitarse a dos principios fundamentales y que realmente nos unen con ellos: 1) deslinde de clase del proletariado en todo lo concerniente al socialismo, respecto a todos los partidos burgueses; 2) unión de las acciones comunes tanto de los socialdemócratas como de la democracia pequeñoburguesa contra el liberalismo traicionero. Ambas ideas recorren como un hilo rojo también el proyecto bolchevique. Pero la brevedad del proyecto polaco dejaba demasiado margen para los resquicios mencheviques. Con sus enmiendas obligaron a los propios autores a votar contra su proyecto en conjunto. Y al mismo tiempo, ni los mencheviques ni los bundistas se decidieron a defender ellos mismos el proyecto polaco así «corregido» por ellos. Resultó el fracaso total de los trabajos de toda la comisión.

Ahora a todos nosotros en general, y a los camaradas polacos en particular, no nos queda más remedio que intentar tomar como base el proyecto bolchevique. Si también a él se le hacen enmiendas inaceptables, entonces habrá que reconocer al congreso incapacitado para el trabajo. Pero es posible que sobre la base de este proyecto, que analiza con precisión todos los tipos fundamentales de partidos, se logre alcanzar una decisión suficientemente definida en el espíritu de la socialdemocracia revolucionaria.

Contra nuestro proyecto se objeta que describe los partidos de manera demasiado minuciosa. Se dice que los partidos pueden escindirse, reagruparse, y toda la resolución resultará inservible.

Esta objeción es sumamente inconsistente. En nuestro proyecto se han bosquejado precisamente no pequeños grupos, ni siquiera partidos aislados, sino grandes grupos de partidos. Estos grupos son tan grandes que un cambio rápido de las interrelaciones entre ellos es mucho menos posible que un cambio completo del declive revolucionario por el auge, o viceversa. Tomen estos grupos y fíjense en ellos. La burguesía reaccionaria y la burguesía más o menos progresista son tipos invariables de todos los países capitalistas. A estos dos tipos invariables nosotros solo hemos añadido dos tipos: los octubristas (intermedios entre las centurias negras y los liberales) y los grupos trudovikí. ¿Pueden cambiar rápidamente estos tipos? No pueden, a no ser que nuestra revolución realice un viraje tan radical que, de todos modos y en todo caso, nos obligue a revisar radicalmente no solo nuestras resoluciones congresuales, sino incluso nuestro programa.

Piensen en nuestra reivindicación programática de confiscación de toda la tierra de los terratenientes. En ningún otro país los socialdemócratas habrían podido jamás apoyar las ambiciones confiscatorias de la pequeña burguesía. Esto sería charlatanería en un país capitalista corriente. Entre nosotros, en la época de la revolución democrático-burguesa, es una necesidad. Y se puede garantizar que las cuestiones fundamentales en la valoración de los partidos trudovikí habrá que revisarlas no antes de lo que nuestra reivindicación programática de confiscación.

Señalaré también que, para evitar todo tipo de malentendidos y falsas interpretaciones del bloque de izquierda, definimos con precisión el contenido de la lucha de los partidos trudovikí. En realidad, ellos no luchan contra la explotación en general (como les parece a ellos mismos) y en absoluto contra la explotación capitalista (como presentan la cosa sus ideólogos), sino solo contra el Estado feudal y la propiedad terrateniente. Y la indicación precisa de este contenido real de la lucha pone fin de inmediato a todo pensamiento falso sobre la posibilidad de acciones comunes del partido obrero y del campesinado en la lucha por el socialismo, en la lucha contra el capitalismo.

Además de esto, en nuestra resolución hablamos claramente del «carácter pseudosocialista» de los partidos trudovikí, llamamos a una lucha decidida contra el encubrimiento de la discordia de clase entre el pequeño propietario y el proletario. Llamamos a desenmascarar la nebulosa ideología socialista de los pequeños burgueses. Esto es obligatorio decirlo sobre los partidos pequeñoburgueses. Pero es todo lo que hay que decir. Están profundamente equivocados los mencheviques cuando a esto añaden la lucha contra el revolucionarismo y el utopismo del campesinado en la revolución actual. Esto es precisamente lo que se desprende de su resolución. Y semejante idea se reduce objetivamente a llamar a luchar contra la confiscación de la tierra terrateniente. A esto se reduce la cosa porque las corrientes ideológico-políticas más influyentes y extendidas del liberalismo califican precisamente la confiscación de revolucionarismo, utopismo, etc. No casualmente, sino necesariamente, los mencheviques se deslizaron durante el año transcurrido desde semejantes principios a la renuncia en la práctica a la defensa de la confiscación.

¡No deben ustedes permitir esto, camaradas! Dan observó en uno de sus discursos, bromeando: malos son nuestros críticos si sobre todo nos critican por lo que no hemos hecho. ¡Solo quisimos renunciar a la confiscación, pero no renunciamos!

Y yo respondo a esto: si hubieran renunciado ustedes, ya no tendríamos un partido único. No debemos permitir llegar a semejantes renuncias. Si admitimos una sola sombra de pensamiento sobre tal política, haremos vacilar todas las bases revolucionarias de la lucha de clase independiente del proletariado en la revolución democrático-burguesa. *(Aplausos de los bolcheviques, polacos y letones.)*

12. Objeción contra la enmienda de Líber a la resolución bolchevique adoptada por el congreso sobre la actitud hacia los partidos burgueses{172}. 15 (28) de mayo

Líber no tiene razón. Ya ven ustedes el carácter de las enmiendas de Líber. Su declaración es escolástica, y esto es característico de su falta de principios.

13. Objeciones contra las enmiendas de Trotski a la resolución bolchevique adoptada por el congreso sobre la actitud hacia los partidos burgueses{173}. 15 y 16 (28 y 29) de mayo

1

Hay aquí dos puntos importantes. No se pueden suprimir. El primer punto es la indicación de las capas de la burguesía económicamente más progresistas. Esto es sustancial. Aún más sustancial es la indicación de la intelectualidad burguesa. En los partidos burgueses aumenta el número de intelectuales burgueses que intentan conciliar a los terratenientes feudales con el campesinado trabajador y están por la conservación de todo tipo de restos y supervivencias de la autocracia.

2

Que la enmienda de Trotski no es menchevique, que expresa «el mismo», es decir, el pensamiento bolchevique, no se puede dejar de estar de acuerdo con ello. Pero este pensamiento está expresado en Trotski difícilmente mejor. Cuando decimos: «simultáneamente», expresamos el carácter general de la política actual. Este carácter general es, sin duda, tal que las circunstancias nos obligan a ir a la vez contra Stolypin y contra los k.-d. Lo mismo a propósito de la política traicionera de los kadetes. La inserción de Trotski es superflua, pues no captamos casos aislados en la resolución, sino que definimos la línea fundamental de la socialdemocracia en la revolución burguesa rusa.

14. Objeciones contra las enmiendas de Mártov a la resolución bolchevique sobre la actitud hacia los partidos burgueses. 16 (29) de mayo

1

2

Cuando Mártov llega a decir que nos negamos a introducir en nuestra resolución toda mención de nuestro antagonismo con los populistas revolucionarios, con esta evidente, clamorosa falsedad se derrota a sí mismo, mostrando el carácter inventado de su enmienda{175}. No, no somos nosotros quienes hemos renunciado a la lucha contra el carácter pseudosocialista de los populistas, sino que son ustedes, camaradas mencheviques, quienes han renunciado al apoyo de la democracia revolucionaria y han preferido a los liberales (k.-d.). La mayoría de las fracciones populistas (socialistas populares y trudovikí) no solo no se adherían especialmente al terrorismo de los socialrevolucionarios, sino que, por el contrario, pecaban de docilidad hacia los liberales. El verdadero espíritu revolucionario de todos los populistas es la aspiración a suprimir la propiedad terrateniente. Solo en esto ven los liberales «aventurerismo y utopismo». En realidad, Mártov ayuda a los liberales.

15. Objeciones contra las enmiendas de Martínov a la resolución sobre la actitud hacia los partidos burgueses{176}. 16 (29) de mayo

1

La enmienda de Martínov intenta de nuevo hacer pasar el punto de vista menchevique de que los campesinos son más reaccionarios (o pueden ser más reaccionarios) en la revolución actual que los kadetes, pues del carácter reaccionario de los kadetes los mencheviques no dicen ni palabra. La argumentación de Martínov embrolla: la dualidad no está en que los campesinos vacilen entre la revolución y la reacción, sino en que vacilan entre los k.-d. y los socialdemócratas. Bajo las tendencias anárquicas de las que habla Martínov, inevitable e ineludiblemente los mencheviques harán pasar su idea predilecta sobre el carácter reaccionario de la confiscación de la tierra terrateniente y el carácter progresivo del rescate. Las «tendencias anárquicas» de los campesinos es una frase de los terratenientes liberales. Y de la subordinación del movimiento proletario al campesino es ridículo hablar después de que nosotros hemos declarado decenas de veces lo contrario y lo hemos expresado en resoluciones.

2

Sin duda, sería el hazmerreír para los socialdemócratas si adoptáramos la enmienda de Martínov. Sobre la lucha decidida contra el Estado feudal ya hemos dicho al comienzo de la resolución. Ahora hay que sacar la conclusión política de esta situación socioeconómica. Nuestra tarea es arrancar de la influencia de aquellos burgueses que son incapaces de esta lucha decidida (de la influencia de los terratenientes liberales, de los kadetes) a aquella parte de la burguesía a la que empuja a la lucha su situación económica (es decir, al campesinado). Martínov propone repetir al final lo dicho al comienzo, para emborronar la clara conclusión política.

16. Informe de la comisión para la elaboración de la resolución sobre la Duma de Estado{177}. 18 (31) de mayo

Nuestra comisión no ha llegado a un acuerdo. A favor del proyecto bolchevique se pronunciaron 6 a favor y 6 en contra. A favor del proyecto menchevique, 5 a favor y 5 en contra. Uno se abstuvo. Me corresponde defender brevemente ante ustedes nuestro proyecto bolchevique, en el que han coincidido también los socialdemócratas polacos y los letones.

Partimos de que todo lo ya dicho en la resolución sobre los partidos burgueses debe ser eliminado de la resolución sobre la Duma de Estado, pues la lucha en la Duma es solo una parte, y no la parte principal, de toda nuestra lucha contra los partidos burgueses y la autocracia.

En la presente resolución hablamos solo de cuál debe ser nuestra política en la Duma. En cuanto a la valoración de cómo hemos entrado en la Duma, esta parte de la resolución –el punto sobre el boicot– la hemos eliminado por las siguientes razones. A mí personalmente me parece, como a todos los bolcheviques, que, en vista de la posición adoptada por toda la prensa liberal, debería darse una valoración de cómo hemos entrado en la Duma. Contra toda la burguesía liberal, el partido obrero está obligado a declarar que precisamente las traiciones burguesas tienen la culpa de que tengamos que contar por un tiempo con una institución tan monstruosa. Pero los camaradas letones estaban en contra de este punto y, para no estorbar la rápida finalización del trabajo (y tenemos que darnos prisa para clausurar el congreso mañana, como está decidido), hemos retirado este punto. La voluntad del congreso está clara de todos modos, y la falta de tiempo no permite celebrar debates de principio.

Me detendré en las ideas fundamentales de nuestra resolución. En esencia, todo esto es una repetición de lo dicho en nuestro proyecto de resolución en el Congreso de Estocolmo. En el primer punto se subraya la total inadecuación de la Duma como tal. Esta es una idea necesaria, pues capas muy amplias del campesinado y de la pequeña burguesía en general depositan hasta ahora las más ingenuas esperanzas en la Duma. Desenmascarar estas ingenuas ilusiones, mantenidas por los liberales para sus fines clasistas y egoístas, es nuestro deber directo.

La segunda parte del 1.er punto habla de la inutilidad de la vía parlamentaria en general y de la explicación de la inevitabilidad de la lucha abierta de las masas. Aquí se explican nuestros puntos de vista positivos sobre los medios para salir de la situación actual. Subrayar esto y repetir con claridad nuestras consignas revolucionarias debemos hacerlo sin falta, pues las vacilaciones y titubeos, incluso entre los socialdemócratas, sobre tal cuestión no son raros. Que sepan todos que la socialdemocracia se mantiene en su viejo camino, el revolucionario.

El segundo punto está dedicado a esclarecer la relación entre el trabajo inmediatamente «legislativo» en la Duma y la agitación, la crítica, la propaganda, la organización. La relación entre el trabajo en la Duma y fuera de la Duma la ve el partido obrero de manera muy distinta a la burguesía liberal. Esta diferencia radical de puntos de vista hay que subrayarla. De un lado, politiqueros burgueses, embriagados por el juego parlamentario a espaldas del pueblo. Del otro lado, uno de los destacamentos del proletariado organizado, enviado al campo enemigo y que realiza un trabajo solidario en relación con toda la lucha del proletariado. Para nosotros no hay más que un movimiento obrero único e indivisible, la lucha de clases del proletariado. A esta lucha debemos subordinar por entero todas sus formas parciales aisladas, incluida la parlamentaria. La lucha extraparlamentaria del proletariado es para nosotros determinante. No bastaría con decir que tenemos en cuenta los intereses económicos y las necesidades de las masas, etc. Frases semejantes (en el espíritu de la vieja resolución menchevique) son nebulosas y pueden ser suscritas por cualquier liberal. Cualquier liberal está dispuesto a hablar de las necesidades económicas del pueblo en general. Pero ningún liberal subordinará la actividad de la Duma a la lucha de clases, y precisamente este punto de vista debemos expresar nosotros, los socialdemócratas, con pleno relieve. Solo por este principio nos distinguimos de hecho de toda y de cualquier democracia burguesa.

A veces se señala (especialmente los bundistas, pretendidos conciliadores) que hay que señalar también lo contrario: la relación de la lucha socialdemócrata extraparlamentaria con el trabajo de la fracción socialdemócrata de la Duma. Yo afirmo que esto es incorrecto y podría sembrar solo las más perniciosas ilusiones parlamentarias. La parte debe guiarse por el todo, y no al revés. La Duma puede ser temporalmente uno de los campos de la lucha de clases en su conjunto, pero solo si este conjunto no se pierde de vista, si no se emborronan las tareas revolucionarias de la lucha de clases.

El punto siguiente de nuestra resolución está dedicado a la política liberal en la Duma. La consigna de esta política –«conservar la Duma»– no hace sino encubrir la unión de los liberales con las centurias negras. Esto hay que decirlo abiertamente y explicarlo al pueblo. La consigna liberal corrompe sistemáticamente la conciencia política y de clase de las masas. La lucha despiadada contra esta niebla liberal es nuestro deber. Arrancar la máscara al liberalismo, mostrar que tras la frase sobre la democracia se oculta la votación codo con codo con las centurias negras, significa desgajar los restos de democracia de los traidores burgueses a la libertad.

¿Por qué debemos guiarnos en la definición de nuestra política en la Duma? Nuestra resolución, apartando todo pensamiento de provocar conflictos por los conflictos mismos, da una definición positiva de la «oportunidad» en el sentido socialdemócrata de la palabra: hay que tener en cuenta la crisis revolucionaria que se desarrolla fuera de la Duma, en virtud de las condiciones objetivas.

El último punto está dedicado al famoso «ministerio responsable». Esta consigna no ha sido lanzada casualmente, sino inevitablemente, por la burguesía liberal para utilizar en sus fines los momentos de calma para el debilitamiento de la conciencia revolucionaria de las masas. Esta consigna la apoyaron los mencheviques tanto en la primera como en la segunda Duma, y Plejánov escribía abiertamente en el periódico menchevique durante la segunda Duma que los socialdemócratas deben «hacer suya» esta reivindicación. De manera que esta consigna ha desempeñado un papel plenamente definido en la historia de nuestra revolución. Definir nuestra actitud hacia esta consigna es necesario para el partido obrero. No podemos guiarnos por el hecho de que ahora los liberales no la plantean: la han retirado temporalmente, por consideraciones oportunistas, pero, en esencia, aspiran al pacto con el zarismo con más fuerza aún. Y la consigna del «ministerio de la Duma» expresa del modo más acusado estas tendencias inmanentes del liberalismo al pacto.

No negamos, ni podemos negar, ni que el ministerio de la Duma pueda resultar una etapa de la revolución, ni que las circunstancias puedan obligarnos a utilizarlo. La cuestión no es esa. La socialdemocracia utiliza las reformas como subproducto de la lucha revolucionaria de clase del proletariado, pero no es asunto nuestro llamar al pueblo a reformas a medias, irrealizables sin la lucha revolucionaria. La socialdemocracia debe desenmascarar toda la inconsecuencia de tales consignas incluso desde el punto de vista puramente democrático. La socialdemocracia debe explicar al proletariado las condiciones de su victoria, y no atar su política de antemano a la posibilidad de una victoria incompleta, a la posibilidad de una derrota parcial; y tales son precisamente las condiciones de la realización problemática del «ministerio de la Duma».

Que los liberales cambien la democracia por monedas y arrojen por la borda el todo en aras de sueños vulgares e impotentes, de una limosna miserable. La socialdemocracia debe avivar en el pueblo la conciencia de las tareas democráticas integrales y conducir al proletariado hacia objetivos revolucionarios claramente conscientes. Debemos ilustrar la conciencia de las masas obreras y desarrollar su disposición a la lucha, y no oscurecer la conciencia con el embotamiento de las contradicciones, con el embotamiento de las tareas de la lucha. *(Aplausos.)*

17. Intervención sobre la cuestión del nombre del congreso{178}. 19 de mayo (1 de junio)

Me sorprende que los mencheviques teman llamar al congreso V. ¿Acaso nuestra historia es un secreto para alguien?

18. Observaciones durante los debates sobre la cuestión de la repetición de la votación de los elegidos al CC{179}. 19 de mayo (1 de junio)

1

Se debe repetir la votación. Líber no tiene razón. Todo su razonamiento es un sofisma ridículo. Pues también quién decide el sorteo, ¿quién? ¡Nosotros! Nosotros representamos la última sesión del congreso. No puede haber acuerdos. Porque esto es un congreso, y no una reunión de fracciones. Ustedes dicen que se nos autorizó a decidir solo cuestiones técnicas y formales, ¡pero si acabamos de adoptar una resolución política sobre el empréstito{180}!

2

Han querido asustarles con palabras terribles sobre la usurpación del poder. ¡Pero si estamos autorizados a elegir a los candidatos al CC en esta sesión! *(Ruido.)* ¡Cálmense, camaradas, de todos modos no van a gritar más que yo! Se nos reprocha que queremos aprovecharnos de un voto. Yo encuentro que esto se puede y se debe hacer. Decidimos aquí una cuestión política, de principio. Dejar la decisión de esta cuestión al sorteo –al ciego azar– significa jugar a un juego de azar. No se puede condenar al partido a un año de juego de azar. Les prevengo que si, en caso de empate de votos, nuestro partido decide esta cuestión por sorteo, la responsabilidad recae sobre ustedes. Por eso esta reunión debe repetir la votación.