San Petersburgo, 10 de abril.

El estado de ánimo de la llamada «sociedad» rusa es de abatimiento, temor y desconcierto. El artículo del Sr. F. Malover —que ha elegido su seudónimo con sumo acierto— en el número dominical (8 de abril) de «Tovarisch» constituye por ello un fenómeno instructivo y característico, pues refleja fielmente ese estado de ánimo.

El artículo del Sr. Malover se titula «La Duma y la sociedad». Por «sociedad» se entiende aquí, conforme al viejo uso ruso de la palabra, un puñado de funcionarios liberales, intelectuales burgueses, rentistas melancólicos y demás público arrogante, pagado de sí mismo y ocioso, que se imagina ser la sal de la tierra, se autodenomina orgullosamente «intelectualidad», crea «la opinión pública», etc., etc.

Al Sr. Malover «le parece sumamente arriesgada la campaña contra la Duma que se observa en los últimos días en las páginas de la prensa de izquierda». Esa es la idea principal del artículo. La argumentación del Sr. Malover consiste en remitirse al estado de ánimo de la sociedad. La sociedad, dice, está cansada, «se sacude» la política, no protesta contra las arbitrariedades, lee en las bibliotecas y compra en las tiendas literatura «ligera». «Un medio blando»... «para que la Duma reviva, es necesario que reviva de nuevo el país». «La Duma podría, por supuesto, en cualquier momento dado, morir con una muerte heroica, pero, a juzgar por los rumores que circulan, esto solo vendría a favorecer a sus padrinos involuntarios. Y ¿qué ganaría con ello el pueblo, aparte de una nueva ley electoral?».

Citamos estos pasajes porque son típicos de la enorme masa de los liberales rusos y de todos los corrales traseros del liberalismo intelectual.

Obsérvese: ¡en la última frase, en lugar de «sociedad», ha saltado de repente «pueblo»! El Sr. Malover, engañándose a sí mismo con astucia (como hacen siempre todos los intelectuales maloverianos), ha falseado toda su argumentación, presentando las cosas como si la susodicha «sociedad» determinara realmente el «apoyo externo» o la actitud de las masas. Pero por muy sutil que fuera esta falsificación, se le escapó: tuvo que pasar de «sociedad» a «pueblo». Y todo el polvo acumulado en los gabinetes sofocantes y viciados de la gente de «sociedad», cuidadosamente aislados y protegidos de la calle, se levanta en remolino en cuanto se entreabre la puerta a la «calle». La sofística de un arenque seco que se imagina «intelectual» y «educado» queda al desnudo ante los ojos.

Tesis: la campaña de la izquierda contra la Duma es arriesgada.

Prueba: la sociedad está cansada y se sacude la política, prefiriendo la literatura ligera.

Conclusión: de la muerte heroica de la Duma, el pueblo no ganaría nada.

Lema político: «ahora, parece que ya nadie duda de que, en un futuro inmediato, la lucha política solo puede desarrollarse en torno al fortalecimiento y ampliación de los derechos de la Duma, como único (!) instrumento de lucha contra el gobierno que hasta ahora (!) está en manos del pueblo (!)».

¿No es cierto que es una lógica incomparable de hipócritas contrarrevolucionarios, envueltos en el noble manto del escepticismo y la indiferencia hastiada?

Tesis: nosotros, la «sociedad», estamos metidos en el barro. ¿Ustedes, los izquierdistas, intentan limpiarnos? ¡No toquen, que el barro no molesta!

Prueba: estamos cansados de los intentos (no hechos por nosotros) de quitar el barro. Nuestro estado de ánimo respecto a la limpieza es indeciso.

Conclusión: es arriesgado tocar el barro.

Las reflexiones de los señores Malover tienen una importancia capital, pues reflejan fielmente, repetimos, un estado de ánimo cuyo origen es, en última instancia, la lucha de clases en la revolución rusa. El cansancio de la burguesía y su inclinación hacia la literatura «ligera» no es un fenómeno casual, sino inevitable. La agrupación de la población por partidos —esa importantísima lección y adquisición política de la revolución durante las elecciones a la II Duma— ha mostrado de manera patente, a escala nacional, ese giro hacia la derecha de amplios sectores de terratenientes y burgueses. La «sociedad» y la «intelectualidad» son simplemente el lastimoso, mísero, cobarde y ruin apéndice de esos diez mil de arriba.

La mayor parte de la intelectualidad burguesa vive de ellos y se alimenta a su costa, de aquellos a quienes ha arrastrado lejos de la política. Solo unos pocos intelectuales van a los círculos de propagandistas del partido obrero, que conocen por experiencia el «hambre de lobo» de las masas populares por el libro, el periódico político y el saber socialista. Pero, por supuesto, esos intelectuales van, si no a una muerte heroica, sí realmente a una vida heroica de presidiarios, mal pagados, medio hambrientos, eternamente agotados y destrozados hasta lo increíble, los «militantes rasos» del partido. Su recompensa consiste en haberse librado de los estercoleros de la «sociedad» y haber olvidado pensar en la indiferencia de su auditorio hacia los problemas sociopolíticos. Pues un «intelectual» que no sabe encontrar para sí un auditorio no indiferente a esas cuestiones se parece tanto a un «demócrata» y a un intelectual en el buen sentido de la palabra como una mujer vendida por dinero en matrimonio legal se parece a una esposa amante. Aquí y allá son simples variedades de la prostitución oficial-decente y perfectamente legal.

En cambio, los partidos de izquierda son realmente de izquierda y merecen ese nombre solo en la medida en que expresan los intereses y reflejan la psicología no de la «sociedad», no de los puñados de toda esa basura intelectual quejumbrosa, sino de las capas inferiores del pueblo, del proletariado y de cierta parte de la masa pequeño-burguesa, rural y urbana. Los partidos de izquierda son aquellos cuyo auditorio jamás es indiferente a los problemas sociopolíticos, como jamás es indiferente el hambriento a la cuestión del pedazo de pan. La «campaña contra la Duma» de esos partidos de izquierda es el reflejo de cierta corriente en las capas bajas del pueblo, es el eco de una cierta excitación de masas... digamos, digamos, contra los narcisos pagados de sí mismos, enamorados de los estercoleros que los rodean.

Uno de esos narcisos, el Sr. F. Malover, escribe: «La psicología de las masas populares es, para el periodo que vivimos, una magnitud absolutamente desconocida, y nadie puede garantizar que esas masas reaccionen de otro modo ante la disolución de la segunda Duma de como reaccionaron ante la disolución de la primera».

¿En qué se diferencia esto de la psicología de la «mujer honrada» de la sociedad burguesa que dice: nadie puede garantizar que no me casaré por amor con aquel que más pague por mí?

Y sus propios sentimientos, señora mía, ¿no pueden servir de garantía para nadie? Y ustedes, señores Malover, ¿no se sienten una partícula de las «masas populares»? ¿no se sienten participantes (y no meros espectadores)? ¿no se reconocen como uno de los creadores del estado de ánimo general, uno de los motores del avance?

La burguesía «no puede garantizar» que el proletariado marche de las derrotas a la victoria. El proletariado sí puede garantizar que la burguesía se distingue por una bajeza idéntica tanto en las derrotas como en las victorias del pueblo en la lucha por la libertad.

Que los socialdemócratas inclinados a vacilaciones y dudas aprendan del ejemplo de los señores Malover, aprendan a comprender hasta qué punto son reaccionarios ahora no solo los discursos sobre una posición «unilateralmente hostil» de la socialdemocracia respecto a los liberales, sino también los discursos sobre la revolución «nacional» (¡con los Malover a la cabeza!)

«Nashe Ekho» nº 14, 10 de abril de 1907.

Se publica según el texto del periódico «Nashe Ekho».