Plejánov ha roto el silencio que era la única táctica razonable por su parte después de su famosa propuesta de una consigna común de socialdemócratas y kadetes: «la Duma con plenos poderes». Plejánov ha intervenido en *Rússkaya Zhizn* con un nuevo intento de empujar a nuestro partido hacia los kadetes, con un intento de imponer la consigna de apoyo al «ministerio responsable», ya rechazada por el partido en el período de la primera Duma{44}.

Analicemos el razonamiento de Plejánov.

Ante todo, hay que señalar que, guerreando con celo contra los bolcheviques, Plejánov dice una falsedad manifiesta sobre su punto de vista. En concreto, nos atribuye de manera perfectamente explícita el deseo de «marchar a tontas y a locas», el deseo y el afán de librar el combate «ahora mismo».

Para mostrar a los lectores cuán equivocado está Plejánov, citemos un pasaje de una publicación bolchevique oficial fechada el 11 de febrero: «…La lucha… es inevitable. Pero precisamente porque es inevitable, no tenemos por qué forzarla, apresurarla ni azuzarla. De eso que se preocupen los Krushevan y los Stolypin. Nuestra preocupación ha de ser poner la verdad al desnudo ante el proletariado y el campesinado con toda claridad, de manera directa, despiadadamente franca, abrirles los ojos sobre el significado de la borrasca que se avecina, ayudarles a enfrentar al enemigo de forma organizada y con sangre fría… “¡Disparad primero, señores burgueses!”, decía Engels en 1894 dirigiéndose al capital alemán. “¡Disparad primero, señores Krushevan!”, diremos nosotros… Por eso, nada de llamamientos prematuros»[12].

¿Verdad que es fácil para el estimable Plejánov cumplir la tarea de «crítico»? Nada de llamamientos prematuros —declaran las organizaciones bolcheviques semana y media antes de la Duma—, y Plejánov repite machaconamente en un artículo publicado el 23 de febrero que los bolcheviques quieren librar el combate «ahora mismo», que quieren «marchar a tontas y a locas».

Claro que es el procedimiento más simple, barato y fácil para destrozar a los bolcheviques: atribuirles una idea absurda y luego meter ruido y cubrirles de improperios («celo insensato», «torpeza», «peor que la traición», etc., etc.). Pero en vano olvida Plejánov que a los bolcheviques no se les puede cargar el muerto como si estuvieran muertos, que los bolcheviques, con sólo remitirse a un documento oficial, mostrarán a todo el mundo hasta qué punto son inexactas las palabras de Plejánov. Y Plejánov sentirá vergüenza. Y Plejánov empezará a comprender entonces que no podrá repetir impunemente sobre los bolcheviques las cosas que hasta ahora sólo *Nóvoye Vremia* ha repetido sobre los revolucionarios.

Pasemos a la esencia de la cuestión planteada por Plejánov sobre el apoyo del partido obrero a la consigna «ministerio responsable». Plejánov defiende esta consigna de la siguiente manera:

«Una de dos. O las fuerzas de la revolución, que aumentan rápidamente, han superado ya a las fuerzas del gobierno y, en tal caso, la exigencia de un ministerio responsable puede y debe servir de señal para el combate decisivo contra la reacción.

O bien la fuerza de la revolución no ha superado todavía a la fuerza de resistencia del Estado, y entonces el combate decisivo aún no es oportuno; pero también entonces dicha exigencia debe ser apoyada como excelente medio educativo que desarrolla la conciencia política del pueblo y, con ello, lo prepara para el combate victorioso en el futuro.

De modo que, tanto en un caso como en el otro, los diputados socialdemócratas no pueden dejar de hacer suya dicha exigencia, en interés del pueblo, en interés de la revolución.»

Este razonamiento es muy instructivo. Tomemos primero su primera parte. Admitimos, pues, con Plejánov que las fuerzas de la revolución han superado a las fuerzas del gobierno. Si así fuera, la exigencia de un ministerio responsable sería, en primer lugar, innecesaria; en segundo lugar, perjudicial; en tercer lugar, no sería apoyada por los liberales.

(1) Sería innecesaria, porque semejante «señal para el combate decisivo» es, en todo caso, una señal indirecta y no directa. Esta «señal» no expresa una idea definida sobre un combate verdaderamente decisivo contra la reacción, sino que, por el contrario, expresa la idea de una concesión que la propia reacción podría hacer voluntariamente. No negamos que, en general y en condiciones particulares, sea admisible el lanzamiento de señales, no para un combate decisivo, sino para una escaramuza menor preparatoria, incluso para una demostración que simule el combate. Pero esa es otra cuestión. Y con las premisas que ha establecido Plejánov (las fuerzas de la revolución ya han superado, etc.), la inutilidad de una señal indirecta es evidente.

(2) «Las fuerzas de la revolución ya han superado a las fuerzas de la reacción…» ¿Qué significa esto? ¿Incluye la conciencia de las fuerzas de la revolución? Plejánov seguramente convendrá en que así es. Un pueblo que no ha tomado conciencia de las tareas revolucionarias no puede resultar suficientemente fuerte para vencer a la reacción en un combate decisivo. Ahora bien, prosigamos: ¿expresa correctamente la exigencia que estamos analizando las tareas de la revolución en la lucha contra la reacción? No, no las expresa, pues el ministerio responsable, en primer lugar, no es en absoluto el traspaso del poder al pueblo, ni siquiera el traspaso del poder a los liberales, sino, en esencia, un trato o un intento de trato de la reacción con los liberales; en segundo lugar, incluso el traspaso real del poder a los liberales no es capaz, debido a las condiciones objetivas, de realizar las reivindicaciones fundamentales de la revolución. Esta idea está expresada directamente en el pasaje del artículo de la *Primera Recopilación* citado por Plejánov, y Plejánov ni siquiera ha intentado abordar la esencia de esta idea.

Cabe preguntarse ahora: ¿qué significado para el combate decisivo (¡condición de Plejánov!) contra la reacción tiene una consigna que expresa incorrectamente las reivindicaciones de la revolución (¡cuyas fuerzas ya han superado —¡condición de Plejánov!— a las fuerzas del gobierno)? Está claro que es incondicionalmente perjudicial. Esta consigna significa enturbiar la conciencia de las masas que van al combate decisivo. Enarbolar esta consigna equivale a llamar al combate decisivo señalando al mismo tiempo un objetivo de lucha que no decide nada, a llamar diciendo: dispara a la vaca, pero apunta al cuervo.

Nunca se puede determinar con plena exactitud antes del combate qué fuerzas «han superado ya» a las fuerzas del enemigo. Sólo los pedantes pueden soñar con eso. El concepto de «fuerzas que han superado a las fuerzas del enemigo» incluye la conciencia clara de las tareas por parte de los combatientes. Presuponer el carácter «decisivo» del combate y al mismo tiempo enturbiar esta conciencia, daña directamente a la revolución. ¡Eso sí que, en verdad, es «peor que una traición», estimado crítico! Las «fuerzas» bastan para la victoria sobre la reacción, pero el «jefe» llama a las tropas a luchar por un trato con la reacción… Plejánov se ha comparado en broma con el general romano que hizo ejecutar a su hijo por entablar combate prematuramente. La broma es ocurrente. Pues bien, si yo fuera el «hijo» en el momento del combate decisivo, cuando «las fuerzas de la revolución ya han superado a las del gobierno», yo, sin vacilar un segundo, pegaría un tiro (o, a la usanza romana, atravesaría con la espada) al «papá» que lanza la consigna de transar con la reacción, y dejaría tranquilamente que los futuros Mommsen dilucidasen si mi acto fue el asesinato de un traidor, su ejecución o un crimen contra el respeto a los cargos.

(3) Cuando en la época de la primera Duma discutíamos contra la consigna «ministerio responsable», nos limitábamos a los dos argumentos señalados. Ahora hay que añadir un tercero: si la exigencia de un ministerio responsable pudiera convertirse, directa o indirectamente, en una señal para el combate decisivo de la «revolución» contra la reacción, los propios liberales retirarían esa exigencia.

¿Por qué hay que añadir ahora este argumento? Porque los liberales (incluidos los kadetes) han virado fuertemente a la derecha después de la primera Duma y se han pronunciado resueltamente contra la revolución. Porque Golovín, apoyado por los malos socialdemócratas a causa de su liberalismo, pronunció su primer discurso, que no era liberal ni kadete, sino octubrista.

Si Plejánov se ha distanciado tanto de los asuntos rusos que no sabe esto, entonces su artículo merece, por supuesto, indulgencia. Pero sus argumentos, en esencia, siguen siendo radicalmente incorrectos, independientemente de sus errores particulares.

Pasemos al segundo caso. Las fuerzas de la revolución aún no han superado a las fuerzas de la reacción, el combate decisivo aún no es oportuno. Entonces, el significado de la consigna consiste en su influencia sobre el desarrollo de la conciencia política del pueblo, dice Plejánov. Es cierto. Pero entonces —y aquí Plejánov está mil veces equivocado— semejante consigna corrompe en vez de ilustrar la conciencia del pueblo; la enturbia en vez de revolucionarla; la desmoraliza en vez de educarla. Esto es claro hasta tal punto que podemos no detenernos en desarrollar esta idea, al menos hasta la próxima conversación con el respetabilísimo Plejánov.

Y resulta que no hay salida posible. Hayan madurado o no las fuerzas de la revolución, la consigna de Plejánov, en todo caso, no puede considerarse «madurada» hasta la conciencia del proletariado socialdemócrata. Esta consigna sacrifica los intereses cardinales de la democracia y de toda nuestra revolución —la ilustración de las masas sobre las tareas de la lucha real del pueblo por el poder real—, los sacrifica en aras de consignas, tareas e intereses liberales temporales, casuales, secundarios y confusos.

Y en este sacrificio de las tareas cardinales del proletariado en aras de las tareas a medias y confusas del liberalismo consiste la esencia del oportunismo en la táctica.

Unas palabras más para concluir. Plejánov intenta darnos pellizcos en su artículo a cuenta del boicot. Hablaremos detenidamente con él sobre esto cuando desee pasar de los pellizcos a la lucha de fondo. Mientras tanto, señalemos una cosa. El hijo del general romano venció de todos modos —bromea Plejánov— en su combate prematuro, mientras que los bolcheviques sólo cuentan en su haber, por ahora, con derrotas.

Tiene usted mala memoria, compañero Plejánov. Recuerde usted la Duma de Bulyguin{45}. Recuerde cómo Párvus y la nueva *Iskra*{46}, apoyada por usted, estaban entonces en contra del boicot. Los bolcheviques estaban por el boicot.

El desarrollo de la revolución trajo la victoria completa del bolchevismo, del que en los días de octubre-noviembre los mencheviques sólo se diferenciaban por las veleidades de Trotski.

Así fue, así será, respetabilísimo compañero Plejánov. Cuando la revolución decae, los pedantes que asumen tardíamente el papel de «generales romanos» salen al proscenio con sus lamentaciones. Cuando la revolución se alza, las cosas salen como quieren los socialdemócratas revolucionarios, por mucho que los comparen con «jóvenes impacientes».

Escrito el 23 de febrero (8 de marzo) de 1907.

Publicado el 24 de febrero de 1907 en el periódico *Novy Luch*, núm. 5. Firmado: N. Lenin

Se publica según el texto del periódico.