Hoy se reúne la segunda Duma{30}. Las condiciones de su convocatoria, las condiciones externas e internas de las elecciones, las condiciones de su trabajo, todo esto ha cambiado en comparación con la primera Duma. Esperar una simple repetición de los acontecimientos sería un error manifiesto. Pero, por otra parte, en todos los cambios ocurridos en el transcurso de este año político, tan rico en vicisitudes, se observa un rasgo fundamental que muestra que el movimiento ha ascendido, en general, a un escalón superior, avanzando en zigzag pero sin cesar hacia adelante y hacia adelante.

Este rasgo fundamental puede expresarse brevemente de la siguiente manera: giro a la derecha de las alturas, giro a la izquierda de las bases, agudización de los extremos políticos. Y no solo políticos, sino también, y ante todo, socioeconómicos. Los últimos acontecimientos antes de la segunda Duma se caracterizan especialmente por el hecho de que, bajo una aparente inmovilidad de la superficie política, se desarrollaba un trabajo invisible, silencioso pero profundo de crecimiento de la conciencia de masas, tanto de la clase obrera como de las más amplias capas del campesinado.

La constitución de campaña apenas ha cambiado en el año transcurrido. Pero el desplazamiento político de las clases es enorme. Tomemos a las Centurias Negras. Al principio eran, ante todo, un puñado de bandidos policíacos, seguidos por una pequeña parte del pueblo llano completamente oscuro, embaucado, a veces directamente embriagado. Ahora, al frente de los partidos negros está el Consejo de la Nobleza Unida. El terrateniente feudal se ha cohesionado y ha «tomado conciencia de sí» definitivamente en la revolución. Los partidos negros se convierten en la organización de clase de aquellos que deben defender a muerte, con uñas y dientes, los bienes más amenazados por la revolución actual: la gran propiedad territorial —ese vestigio de la época feudal—, los privilegios del estamento superior, la posibilidad de dirigir los asuntos del Estado mediante vínculos personales con la camarilla, etc.

Tomemos a los kadetes. De los partidos burgueses abierta y declaradamente tales, este era considerado, sin duda, el más «avanzado». ¡Y cómo se ha ido a la derecha! Ya no existe la vacilación del año pasado entre la reacción y la lucha popular. Existe un odio directo a esa lucha popular, un deseo directo, cínicamente proclamado, de detener la revolución, sentarse tranquilamente, pactar con la reacción, comenzar a tejer un «nidito» acogedor —para el terrateniente de corte capitalista y para el fabricante— de una constitución monárquica, una constitución estrecha, egoístamente clasista, implacablemente severa con todas las masas populares.

Ahora ya no se puede repetir el error en que incurrieron muchos, que decían que los kadetes se sitúan a la izquierda del centro, que la línea divisoria entre los partidos de la libertad y los partidos de la reacción pasa a su derecha. Los kadetes son el centro, y este centro organiza cada vez más abiertamente su componenda con la derecha. La reagrupación política de las clases se ha manifestado en que el apoyo de los kadetes ha pasado a ser el terrateniente que gestiona una hacienda capitalista y una amplia capa de la burguesía. En cambio, las capas democráticas pequeñoburguesas se apartan claramente de los kadetes; solo por tradición, por costumbre, a veces por engaño directo, los siguen.

En el campo, la lucha principal de la revolución actual se manifiesta de manera más tajante y patente: contra el feudalismo, contra la propiedad terrateniente. Al campesino, con más claridad que al pequeño burgués urbano, le salta a la vista la falta de democracia del kadete. El campesino se ha apartado aun más decididamente del kadete. Los electores campesinos fueron quizás los que más expulsaron a los kadetes de las asambleas electorales de las gubernias.

En las ciudades no ocupa el primer plano el antagonismo entre el campesino y el terrateniente, ese antagonismo —el más profundo y típico para una revolución burguesa— entre la libertad popular y el feudalismo. En las ciudades, el proletario ya ha tomado conciencia de otra oposición de intereses, mucho más profunda, que ha engendrado el movimiento socialista. La curia obrera, en términos generales, ha dado en toda Rusia socialdemócratas de forma abrumadora, pocos socialrevolucionarios y una cantidad insignificante de miembros de otros partidos. Pero también en la democracia pequeñoburguesa urbana es indudable el giro de las bases hacia la izquierda, alejándose de los k.-d. Según los datos del estadístico kadete Sr. Smirnov, publicados en «Rech», en 22 ciudades con 153 mil electores que votaban entre cuatro listas, los monárquicos obtuvieron 17 mil votos, los octubristas 34 mil, el bloque de izquierda 41 mil, los kadetes 74 mil. Ya en el primer combate electoral, pese a la enorme fuerza de la prensa diaria kadete, de la organización legal kadete, de la mentira kadete sobre el peligro de que pasaran los negros, y a la existencia clandestina de las izquierdas, se ha desprendido de los kadetes una masa tan grande de votos que es evidente el viraje del dependiente, del pequeño empleado, del funcionario subalterno, del inquilino pobre. Un segundo combate como este los kadetes no lo resistirán. La democracia urbana se ha alejado de ellos hacia los trudoviques y los socialdemócratas.

Contra el Consejo centurionegrista de la Nobleza Unida, contra la burguesía liberal, definitivamente acobardada y apartada de la revolución, se ha movilizado todo el proletariado, se está movilizando la enorme masa de la pequeña burguesía democrática, en particular del campesinado.

La reagrupación política de clases es tan profunda, tan amplia, tan poderosa, que ninguna opresión de campaña, ninguna aclaración del Senado{31}, ninguna artimaña de la reacción, ningún torrente de mentiras kadetes que, con su monopolio, inundaba toda la prensa diaria, nada ha podido impedir que esta reagrupación se refleje en la Duma. La segunda Duma muestra la agudización de una lucha profunda, de masas, organizativamente fortalecida y consciente, de las distintas clases.

La tarea del momento es comprender este hecho fundamental, saber vincular más estrechamente las distintas partes de la Duma con ese poderoso apoyo en las bases. No hay que mirar a las alturas, ni al gobierno, sino a las bases, al pueblo. No hay que prestar atención a las minucias de la técnica dumesca. No son esas vulgares consideraciones sobre cómo esconderse, callarse y no provocar que disuelvan la Duma, no irritar a Stolypin y Cía., no son esas vulgares consideraciones kadetes las que deben ocupar al demócrata. Toda su atención, todas las fuerzas de su espíritu debe orientarlas a fortalecer la correa de transmisión entre la gran rueda, que ha comenzado a moverse con fuerza en la base, y la pequeña ruedecilla en la cúspide.

La socialdemocracia, como partido de la clase avanzada, ahora más que nunca debe tomar la iniciativa de erguirse en toda su estatura, de hablar con independencia, con decisión y audacia. En nombre de las tareas socialistas y puramente clasistas del proletariado, debe mostrarse como vanguardia de toda la democracia. Debemos separarnos de todas las capas y capitas pequeñoburguesas, pero no para encerrarnos en un supuesto orgulloso aislamiento (eso significaría, en la práctica, ayudar a los burgueses liberales, marchar a la zaga de ellos), sino para liberarnos de toda vacilación, de todo eclecticismo, y ser capaces de conducir tras nosotros al campesinado democrático.

Arrebatar a la hegemonía de los liberales a los restos de la democracia, conducirlos tras de sí, enseñarles a apoyarse en el pueblo, a unirse a las bases, desplegar más ampliamente su bandera ante toda la clase obrera, ante toda la masa del campesinado arruinado y hambriento: he ahí la primera tarea con que la socialdemocracia entra en la segunda Duma.

«Novy Luch» nº 1, 20 de febrero de 1907.

Se publica según el texto del periódico «Novy Luch»

Primera página del periódico «Rabochi» nº 2, 23 de febrero de 1907, con el artículo de fondo de V. I. Lenin (Reducido)