Los acontecimientos se despliegan con una rapidez que no puede menos de calificarse de directamente revolucionaria. Hace cuatro días escribíamos a propósito de la campaña electoral en San Petersburgo[61] que ya se perfilaba una agrupación política: solo la socialdemocracia revolucionaria alzaba de manera independiente, resuelta y orgullosa la bandera de la lucha implacable contra la violencia de la reacción, contra la hipocresía de los liberales. La democracia pequeñoburguesa (incluyendo aquí también a la parte pequeñoburguesa del partido obrero) vacila, ora girando hacia los liberales, ora hacia los socialdemócratas revolucionarios.

Hoy son las elecciones en San Petersburgo. Sus resultados no pueden alterar la correlación de fuerzas sociales señalada. Y las elecciones de ayer para la Duma, que ya han dado 217 miembros de 524, es decir, más de dos quintos, dibujan con nitidez la composición de la segunda Duma, dibujan con nitidez la situación política que se está configurando ante nuestros ojos.

Según los datos de _Rech_{165}, proclive, por supuesto, a adornar las cosas a favor de los kadetes, los 205 miembros electos de la Duma se distribuyen de este modo: derechistas – 37, nacionalistas-autonomistas{166} – 24, kadetes – 48, progresistas e independientes – 16, independientes de izquierda – 40, populistas – 20 (13 trudovikis, 6 socialrevolucionarios y 1 socialista popular) y socialdemócratas – 20.

Nos encontramos, sin duda, ante una Duma más de izquierda que la anterior. Si las restantes elecciones dieran resultados como estos, obtendríamos, para 500 miembros de la Duma, las siguientes cifras globales: derechistas – 90, nacionalistas – 50, kadetes – 125, progresistas – 35, independientes de izquierda – 100, populistas y socialdemócratas – 50 cada uno. Por supuesto, este es un cálculo aproximado que hacemos solo para mayor claridad, pero la corrección de las grandes cifras totales difícilmente puede ser puesta en duda ahora.

Una quinta parte de derechistas; dos quintas partes de liberales moderados (burgueses liberal-monárquicos, incluyendo aquí a nacionalistas, kadetes y una parte, si no todos, de los progresistas); dos quintas partes de izquierda (de ellas, una quinta parte de independientes y una quinta parte de partidarios, populistas y socialdemócratas por igual): esta es la composición de la segunda Duma que se perfila ante nosotros a partir de los datos preliminares.

¿Qué significa esto?

La arbitrariedad más salvaje, la más desvergonzada del gobierno de las centurias negras, el más reaccionario de toda Europa. La ley electoral más reaccionaria de toda Europa. ¡La composición más revolucionaria de Europa de la representación popular en el país más atrasado!

Esta contradicción flagrante expresa con plena evidencia la contradicción fundamental de toda la vida rusa actual, expresa todo el carácter revolucionario del momento que estamos atravesando.

Desde el gran día del 9 de enero de 1905 han transcurrido dos años de revolución. Hemos atravesado largos y penosos períodos de feroz reacción. Hemos vivido breves «intervalos luminosos» de libertades. Hemos vivido dos grandes explosiones populares de lucha huelguística y armada. Hemos vivido una Duma y dos elecciones repetidas, que han perfilado definitivamente la agrupación partidista, han dado una agrupación extraordinariamente nítida de la población, que hasta hace poco no tenía ni idea de partidos políticos.

En dos años hemos superado la ingenua —en unos— y groseramente egoísta —en otros— fe en la unidad del movimiento liberador, hemos superado una serie de ilusiones sobre la vía pacífica, constitucional, hemos adquirido experiencia de las formas masivas de lucha, hemos llegado hasta los procedimientos de lucha más crueles y extremos, hasta los últimos imaginables, hasta la lucha armada de una parte de la población contra otra. Se ha enconado y endurecido la burguesía y los terratenientes. Se ha cansado el ciudadano común. Se ha ablandado y deshecho el intelectual ruso. Ha levado cabeza el partido de los charlatanes liberales y de los traidores liberales, los kadetes, especulando con el cansancio de la revolución, haciendo pasar por su hegemonía su fámusiana disposición a rebajarse hasta lo imposible.

Pero abajo, en la profunda mole de las masas proletarias y de las masas del campesinado arruinado y hambriento, la revolución seguía avanzando, minando en silencio y sin ser notada los cimientos, despertando a los más dormidos con el trueno de la guerra civil, despabilando a los más inmóviles con la rápida sucesión de «libertades» y bestiales violencias, de calma y animación parlamentaria, de elecciones, mítines y la fiebre del trabajo «sindical».

Como resultado, una Duma nueva, aún más de izquierda, y por delante, una nueva crisis revolucionaria, aún más amenazante e indudable.

Los ciegos deben ver ahora que la crisis que tenemos ante nosotros es precisamente revolucionaria, y no constitucional. Las dudas son imposibles. Los días de la constitución rusa están contados. Un nuevo choque se avecina inexorablemente: o la victoria del pueblo revolucionario, o una desaparición tan ignominiosa como la de la primera Duma, y a continuación la derogación de la ley electoral y el retorno a la autocracia de las centurias negras _sans phrases_[62].

¡Qué miserables resultan de pronto nuestras recientes disputas «teóricas», iluminadas por el brillante rayo del sol revolucionario naciente que ahora irrumpe! ¿No son ridículos los gemidos del intelectual lamentable, asustado y pusilánime sobre el peligro de las centurias negras en las elecciones? ¿No se ha confirmado brillantemente lo dicho por nosotros en noviembre (n.º 8 de _Proletari_): «con sus gritos sobre el peligro de las centurias negras, los kadetes traen engañados a los mencheviques para apartar de sí el peligro por la izquierda»?[63]

La revolución enseña. La revolución, por la fuerza, devuelve al carril revolucionario a aquellos que por falta de carácter o por debilidad mental se desvían constantemente hacia un lado. Los mencheviques querían el bloque con los kadetes, la unidad de la «oposición», la posibilidad de «utilizar la Duma como un todo». Hicieron todo lo posible (y todo lo imposible, hasta la escisión del partido, como en San Petersburgo) para crear una Duma compactamente liberal.

Nada resultó. La revolución es más fuerte de lo que piensan los oportunistas de poca fe. La revolución solo puede yacer en el polvo bajo la hegemonía de los kadetes; solo puede vencer bajo la hegemonía de la socialdemocracia bolchevique.

La Duma resultante es exactamente tal como la dibujábamos en la polémica con los mencheviques en el n.º 8 de _Proletari_ (noviembre de 1906). Es una Duma de extremos nítidos, una Duma de un centro moderado y bien delimitado deslavado por el torrente revolucionario, una Duma de los Krushevan y del pueblo revolucionario. La socialdemocracia bolchevique alzará bien alto en esta Duma su bandera y dirá a la masa de los demócratas pequeñoburgueses, tal como le dijo en las elecciones de San Petersburgo: ¡elegid entre el mercadeo kadete con los Stolypin y la lucha común en las filas de las masas populares! ¡Nosotros, el proletariado de toda Rusia, vamos a esa lucha! ¡Detrás de nosotros, todos los que quieren libertad para el pueblo, tierra para el campesinado!

Ya el kadete presiente que ha soplado viento de otro lado, que el barómetro político baja rápidamente. No en vano se han enervado hasta tal punto todos los Miliukov, que se han desnudado por completo y han empezado a gritar sobre los «trapos rojos»… por la calle (¡en los gabinetes de los Stolypin, esos sujetos siempre maldecían en secreto el «trapo rojo»!). No en vano dice _Rech_ de hoy (7 de febrero) sobre los «saltos» del barómetro político, sobre las vacilaciones del gobierno: ora «entre la dimisión del ministerio, ora entre una especie de pronunciamiento, un pogromo militar de las centurias negras, cuyo plazo mismo se señala ya para el 14». Y llora, angustiado, el alma castrada del liberal ruso: ¿será posible, por ventura, que vuelva otra vez «la política de reflejos espontáneos»…?

¡Sí, héroes lamentables de un lamentable impasse! Otra vez la revolución. Nosotros saludamos con entusiasmo la ola que se avecina de la ira popular espontánea. Pero haremos todo lo que dependa de nosotros para que la nueva lucha sea lo menos espontánea posible, lo más consciente, firme y constante posible.

Hace ya tiempo que el gobierno ha puesto en marcha todas las ruedas de su máquina de violencias, pogromos, bestialidad salvaje, engaño y embrutecimiento. Y ahora ya todas las ruedas están destrozadas, todo se ha probado hasta la artillería en aldeas y ciudades. Pero las fuerzas del pueblo no solo no están agotadas, sino que justamente ahora se están organizando de manera cada vez más amplia, poderosa, abierta y audaz. Autocracia de las centurias negras y una Duma de izquierda. Situación incondicionalmente revolucionaria. La lucha en la forma más aguda es incondicionalmente inevitable.

Pero justamente porque es inevitable, no necesitamos forzarla, acelerarla, azuzarla. Que de eso se ocupen los Krushevan y los Stolypin. Nuestra tarea consiste en desvelar la verdad con toda claridad, directa y abiertamente, sin piedad, ante el proletariado y el campesinado, en abrirles los ojos sobre el significado de la tempestad que se avecina, en ayudarles a enfrentar al enemigo organizadamente, con la sangre fría de quienes marchan a la muerte, como se enfrenta al enemigo un soldado tendido tras la trinchera y dispuesto, tras los primeros disparos, a pasar a la ofensiva furiosa.

«¡Disparad primero vosotros, señores burgueses!», decía Engels en 1894 a los capitalistas alemanes{167}. «¡Disparad primero vosotros, señores Krushevan y Stolypin, Orlov y Románov!», diremos nosotros. Nuestra tarea es ayudar a la clase obrera y al campesinado a aplastar la autocracia de las centurias negras cuando ella misma se arroje sobre nosotros.

Por eso, ¡nada de llamamientos prematuros a la insurrección! ¡Nada de manifiestos solemnes al pueblo! ¡Nada de pronunciamientos, nada de «proclamaciones»! La tempestad por sí misma se está dirigiendo hacia nosotros. No hay que hacer ruido de armas.

Hay que preparar las armas, tanto en el sentido literal como en el figurado de la palabra. Hay que preparar ante todo y sobre todo un ejército del proletariado cohesionado y fuerte por su conciencia, por su decisión. Hay que redoblar el trabajo de nuestra agitación y organización entre el campesinado, tanto entre el que pasa hambre en la aldea como entre el que envió al servicio militar el pasado otoño a sus hijos, que vivieron el gran año de la revolución. Hay que arrancar todos y cada uno de los encubrimientos y velos ideológicos de la revolución, hay que eliminar todas las dudas y vacilaciones. Hay que decir de forma sencilla, serena, en el lenguaje más accesible al pueblo, sin artificio alguno, lo más alto y claro posible: la lucha es inevitable. El proletariado aceptará el combate. El proletariado lo entregará todo, lanzará todas sus fuerzas a esta batalla por la libertad. Que sepa el campesinado arruinado, que sepan los soldados y los marineros que se decide la suerte de la libertad rusa.

_Proletari_ n.º 13, 11 de febrero de 1907

Se publica según el texto del periódico _Proletari_.