La prensa burguesa juzga y comenta la decisión de la Conferencia Socialdemócrata de Petersburgo. El coro unánime de los liberales —desde el estirado y oficial *Rech* hasta el pasquín callejero *Segodnia*{133}— se regocija por la escisión provocada por los mencheviques, celebra el retorno de estos hijos pródigos de la «sociedad» al seno del «bloque de oposición», su liberación de la influencia de las «ilusiones revolucionarias».

A los socialdemócratas que realmente están del lado del proletariado revolucionario no les viene mal plantear la pregunta:

¿Y quiénes son los jueces?

Tomemos a uno de los mejores jueces, si no el mejor: el periódico *Ródnaya Zemlyá*{134} del 15 de enero. La orientación de este periódico es, sin duda, más izquierdista que la kadete. Según todos los indicios, cabe calificar esta orientación de trudovique. Como confirmación documental de tal caracterización política se puede señalar la colaboración en este periódico del Sr. Tan. El Sr. Tan figura en la lista publicada de los miembros del comité organizador del «partido trudovique (socialista popular)».

Así pues, los jueces son los trudovikí.

Condenan a los bolcheviques y aprueban, al igual que los kadetes, el plan de los mencheviques. A diferencia de los kadetes, solo quieren que en el bloque común de todos los partidos de izquierda se conceda a los kadetes un máximo de 2 o 3 escaños.

Tal es el veredicto. Veamos los argumentos.

«En el centro de la disputa se halla, indudablemente, la cuestión de si existe o no en Petersburgo el peligro de las Centurias Negras».

Eso no es cierto. Si se atreven ustedes a juzgar a la socialdemocracia bolchevique en un artículo de fondo de un periódico político, tienen la obligación de conocer aquello que juzgan. Ustedes mismos dicen en ese mismo artículo de fondo: «la controversia que se ha encendido en estos momentos en torno a las resoluciones de la conferencia (socialdemócrata) reviste un indudable interés público». Quien manifiesta el deseo de participar públicamente en una controversia que a todos interesa y de inmediato revela desconocer el «centro» de la misma, se arriesga a recibir en la cara un calificativo nada halagüeño…

La socialdemocracia revolucionaria, en todas sus reiteradas declaraciones políticas, ha explicado y subrayado ya muchas veces que el «centro» de las discusiones sobre la táctica en las elecciones no puede considerarse la cuestión del llamado peligro de las Centurias Negras.

¿Por qué no? Porque la táctica del partido obrero en las elecciones no debe ser más que la aplicación, a un caso particular, de las bases generales de la táctica socialista del proletariado. Las elecciones son solo un terreno, y ni mucho menos el más importante ni el más esencial (sobre todo en una época revolucionaria), de la lucha del proletariado socialista por la libertad y por la abolición de toda explotación. Además de la lucha mediante las papeletas electorales, existe —e inevitablemente se enciende en las épocas revolucionarias— una lucha de otro género. De esta otra lucha suelen olvidarse los intelectuales que se tienen por cultos, cuya simpatía por la libertad no va más allá de la punta de la lengua. Suelen olvidarla los pequeños propietarios, que se mantienen al margen de la lucha más enconada y cotidiana contra el capital y sus lacayos. Pero el proletario no se olvida de esta lucha.

Por eso, para el proletario consciente, la táctica durante las elecciones solo puede ser una adaptación de su táctica general a una lucha específica, la electoral, y de ningún modo un cambio de las bases de su táctica ni un desplazamiento del «centro» de la misma.

Las bases de la táctica socialista durante la revolución consisten en que la clase de vanguardia, el proletariado, marche a la cabeza de la revolución popular (la revolución que ahora tiene lugar en Rusia es una revolución burguesa en el sentido de que la conquista de toda la libertad y de toda la tierra para el pueblo en modo alguno nos librará del dominio de la burguesía; es evidente que este carácter socioeconómico de la revolución no impide que sea una revolución popular). Por eso, la clase de vanguardia debe desenmascarar sin desmayo, ante todas las masas, la falsedad de cuantas esperanzas se cifran en las negociaciones y los acuerdos con el viejo poder en general, y en un acuerdo entre los terratenientes y los campesinos en la cuestión agraria en particular. La clase de vanguardia debe mantener con independencia la línea de lucha inflexible, apoyando únicamente a quienes de veras luchan, y solo en la medida en que luchan.

Tales son las bases de la táctica socialista, que prescriben al partido obrero la independencia de clase como regla, y la colaboración y los acuerdos exclusivamente con la burguesía revolucionaria, y solo como excepción.

Los liberales no comprenden estas bases de la táctica socialdemócrata. Les es ajena la idea de la lucha de clases, les repugna contraponer los pactos y las negociaciones a la revolución popular. Pero los socialdemócratas, en principio todos, tanto los bolcheviques como incluso los mencheviques, reconocen las bases de esta táctica. Los señores trudovikí, que se proponen dirigir un órgano político sin conocer el abc de los problemas tácticos del socialismo contemporáneo, pueden leer sobre esto al menos en la plataforma electoral del partido socialdemócrata, la plataforma de los mencheviques que predominan en el Comité Central.

«Ciudadanos —dice esta plataforma—, a la Duma hay que elegir a personas que no solo quieran la libertad para Rusia, sino que se esfuercen por ayudar a la revolución popular para conquistar esa libertad... La mayoría de la primera Duma, dirigida por el partido de la "libertad popular", esperaba alcanzar la libertad y la tierra mediante negociaciones pacíficas con el gobierno... ¡Elegid, ciudadanos, a luchadores de la revolución, que junto con vosotros continúen la gran obra comenzada en enero, octubre y diciembre del año pasado [1905]!»

El «centro de la controversia», en el que nuestros trudovikí no han entendido nada, consiste en si los acuerdos con los kadetes son admisibles en principio desde este punto de vista. A esta pregunta, la Conferencia Socialdemócrata de Petersburgo, siguiendo a los 14 delegados de la Conferencia de toda Rusia (POSDR), ha respondido negativamente. Los acuerdos con el partido de los pactos y las negociaciones con el viejo poder son inadmisibles. Los kadetes no pueden ser aliados en la «revolución popular». Sumarlos a los «luchadores de la revolución» no fortalece, sino debilita a los luchadores, cuyo trabajo ven lastrado por los kadetes, que se pronuncian ahora directamente contra la lucha, contra todas las consignas revolucionarias.

Al no percatarse de esta actitud de principio de la socialdemocracia bolchevique hacia los kadetes, nuestros jueces no han visto el «elefante».

Estos trudovikí se hallan por completo bajo la influencia ideológica de la burguesía liberal. Para ellos, las elecciones lo han eclipsado todo, los resultados electorales han eclipsado la labor de esclarecimiento de las masas en el curso de la campaña electoral. No tienen la menor idea de que la claridad absoluta, la precisión, el carácter inequívoco de la agitación electoral revisten una importancia enorme para el socialdemócrata fiel a sus principios, que se mantendrá leal a su posición revolucionaria, aunque lo seduzcan con la perspectiva de obtener un escañito en la Duma, aunque lo atemorice la perspectiva de quedarse en la capital sin mandato en la Duma. Los trudovikí, por su parte, se han olvidado de todos los principios, han olvidado todas las tareas fundamentales de la revolución, cediendo a la refriega liberal: no ven nada, no entienden nada, no se preocupan por nada y solo mascullan: «¡un escaño, dos escaños, tres escaños!».

«...El centro de la cuestión... si existe en Petersburgo el peligro de las Centurias Negras...»

Así pues, ¡reducen el peligro de las Centurias Negras al peligro de una victoria de las Centurias Negras en unas elecciones falseadas por el gobierno! ¡Comprendan, señores, que al plantear así la cuestión, reconocen que el gobierno ya ha triunfado definitivamente y que la causa de la libertad, sobre la que parlotean, está ya definitivamente perdida! Ustedes no ven por sí mismos, y además impiden que las masas populares vean el peligro real de las Centurias Negras, que se manifiesta no en las votaciones, sino en la determinación de las condiciones de la votación (las aclaraciones del Senado y la inminente abolición de la ley electoral del 11 de diciembre), en la anulación de los resultados de la votación (la disolución de la Duma). Asumen plenamente el trivial punto de vista liberal, limitando sus pensamientos —y los pensamientos de las masas populares que ustedes confunden— a la lucha sobre la base de una ley falsificada y falseable. No ven el peligro de las Centurias Negras consistente en el posible arresto de todos los electores. Aquello que depende de ustedes, y solo de ustedes —lo que en cualquier caso proporciona una conquista sólida y sustancial para la revolución, a saber, el desarrollo de la conciencia revolucionaria de las masas mediante una agitación plenamente consecuente—, eso lo están perdiendo. Y aquello que ustedes quieren perseguir, depende de las artimañas de Stolypin, de una nueva aclaración del Senado, de una nueva violación policial de la ley electoral. Por consiguiente, luchan contra el «peligro de las Centurias Negras» exactamente igual que los republicanos burgueses franceses luchan contra el peligro monárquico: a saber, mediante el fortalecimiento de las instituciones monárquicas y de la constitución monárquica en la república. Pues al inculcar en el pueblo la idea de que el peligro de las Centurias Negras consiste en el peligro de una votación de las Centurias Negras, están afianzando la ignorancia de las masas más atrasadas respecto a la fuente real y al verdadero carácter del peligro de las Centurias Negras.

Pero prosigamos. Supongamos que no haya ulteriores aclaraciones del Senado respecto a las elecciones y los electores. Pasemos a la cuestión de la victoria de uno u otro partido en la votación en Petersburgo bajo el sistema electoral dado.

Los trudoviques no pueden negar que los partidos de derecha están fuertemente comprometidos, que la Unión del 17 de Octubre sufre derrotas, una más vergonzosa que otra, que «últimamente los octubristas se han aquietado por completo, aturdidos por los duros golpes desde la izquierda», que «la sociedad se ha izquierdizado».

Pero… Shchedrín hace ya mucho tiempo que traduce al lenguaje común este liberal «pero» ruso —¡no crecen las orejas por encima de la frente, no crecen!— pero «dificultades técnicas», «no envían literatura», «no entregan boletines», «restricciones policiales»…

He ahí la psicología del intelectual ruso: de palabra es un radical valiente, de hecho es un funcionario miserable.

¡Los bloques con los kadetes deben ayudar contra las restricciones policiales! ¿Y por qué no con los octubristas, que «quieren» una constitución y están garantizados contra las «restricciones»? En verdad, lógica política rusa: acuerdos electorales como medio de lucha contra el no envío por correo de literatura, contra la no entrega de boletines… ¿Contra qué luchan, señores?

—Contra las «leyes» en base a las cuales se perpetran las arbitrariedades policiales y se declara «ilegales», sin derecho a recibir boletines, a ciertos partidos. —¿Pues cómo luchan?

—¡Pues claro, mediante un acuerdo con un partido que o bien recibirá boletines de los renovadores pacíficos, o bien pactará además con Stolypin antes de la Duma, o también se quedará sin boletines!

El funcionario ruso (a los 20 años radical, a los 30 liberal, a los 40 simple funcionario) está acostumbrado a hacerse el liberal entre cuatro paredes y a hacer la higa en el bolsillo. La campaña electoral también la enfoca desde el punto de vista de la higa en el bolsillo. ¿Hay que influir en las masas? ¡Bagatelas, pues el correo no remite nuestra literatura!

¿No sería necesario editar y difundir literatura al margen del «correo» y de instituciones semejantes?

—¡Bagatelas! Son viejas ilusiones revolucionarias, que no se corresponden con el «amplio» trabajo constitucional. ¡El amplio trabajo constitucional consiste en engañar a las autoridades: «ellos» me buscarán entre los socialdemócratas o socialrevolucionarios, y yo me esconderé en la lista kadete de manera que no me encuentren! El gobierno me buscará como a un revolucionario, pero yo engaño tanto al gobierno como a los revolucionarios: me paso al «bloque opositor». ¡Mira qué astuto soy!

—¿Pero no resultará de aquí, oh respetable político, que engañe también a las masas, que dejarán de distinguirle a usted de la «oposición» de los liberales arrodillados?

—¡Bagatelas! ¡Qué masas ni qué… bueno, cederemos un lugarcito a la curia obrera… Y además, desde cierto punto de vista, todos estamos por la libertad… la revolución se ha hecho nacional… los kadetes también están dispuestos a luchar a su manera…

Cabe preguntar: además de consideraciones policiales, ¿tienen consideraciones políticas nuestros trudoviques? Las tienen. Consisten en que hay que adaptarse no al elector enérgico y dinámico, sino al que se queda en casa, al elector amedrentado o adormecido. Escuchen cómo razona el periódico «de izquierda»:

«Por el talante de los mítines no se puede juzgar aún sobre el talante de toda la masa de electores… A los mítines no asiste más de 1/10 parte de todos los electores – desde luego, los más enérgicos y vivos, la gente dinámica».

¡En verdad, motivo suficiente para arrastrarse a la zaga de los electores kadetes menos enérgicos, más muertos e inmóviles! La tragedia del radical ruso: durante decenas de años suspiró por los mítines, por la libertad, ardía en furiosa pasión (de palabra) por la libertad, – va a un mitin, ve que el estado de ánimo es más izquierdista que el suyo propio, y se pone triste: «es difícil juzgar», «no más de 1/10», «¡habría que ser más prudentes, señores!». Exactamente igual que el fogoso héroe de Turguéniev, que huyó de Asia, – sobre el que Chernyshevski escribió: «El hombre ruso en un rendez-vous»[51].

¡Ay, ustedes, que se hacen llamar partidarios de la masa trabajadora! ¡Qué van a ir ustedes a un rendez-vous con la revolución… quédense en casa; la verdad es que será más tranquilo; y no tendrán que vérselas con esa peligrosa «gente más enérgica y viva, dinámica». ¡Les vienen a medida los ciudadanos inmóviles!

¿Y quizás ahora, con un sencillo ejemplo, logren atisbar en qué consiste el «centro de la disputa» sobre el acuerdo con los kadetes?

Consiste precisamente, respetabilísimo, en que al ciudadano corriente queremos sacudirlo y transformarlo en ciudadano. Y para ello es necesario obligarlo a elegir entre la política del ciudadano apático del kadete que se humilla servilmente ante la (¡puf! ¡puf!) «constitución» y la política revolucionaria del proletariado socialista.

«El bloque de todos los partidos de izquierda» es la sumersión de «una décima parte de la gente más enérgica y viva, dinámica» en la masa de los indiferentes, tranquilos, adormecidos; es la subordinación de los que desean luchar (y son capaces de arrastrar a las masas en el momento decisivo) a los que desean guardar una lealtad tan indecente como los kadetes en la primera Duma, regatear de igual modo con Stolypin y pasarse vilmente a su lado, como el kadete Lvov.

La reacción avanza sobre ustedes, ya ha arrebatado una buena tercera parte de las conquistas de octubre, amenaza con arrebatar también las otras dos terceras partes. ¡Y ustedes se hacen los garantes del orden, se defienden apelando a la mentalidad del ciudadano apático: nada de ofensivas, nada de revolución, vamos a la Duma a legislar, nos limitamos a la defensa, nos mantenemos en el terreno de la ley!

¿Cuándo comprenderán que limitarse a la defensa significa ya reconocerse moralmente derrotado? Y es que ustedes son, de hecho, gente moralmente derrotada. Solo sirven para entregar sus votos al kadete.

«Obligar al ciudadano corriente a elegir», decíamos. Precisamente, obligar. Ningún partido socialista en el mundo ha podido arrancar a las masas de la influencia de partidos burgueses liberales o radicales que se basan en la mentalidad del ciudadano apático, sin un cierto empuje, sin cierta resistencia, sin el riesgo de la primera experiencia: ¿quién defiende de hecho la libertad, los kadetes o nosotros?

Si hay un acuerdo con el kadete, el ciudadano corriente no necesita pensar en ello. Ya han pensado por él los politicastros de los charlatanes radicales y los oportunistas socialdemócratas, lo han pensado en el rendez-vous con los kadetes. El ciudadano corriente se ha izquierdizado (no por culpa nuestra, no en virtud de nuestra prédica partidista, sino en virtud del celo de Stolypin), el ciudadano corriente se ha izquierdizado, – y con eso nos basta. ¡Se ha izquierdizado, así que estará por el «bloque de todos los de izquierda»! Y estará toda la masa apática de los ciudadanos, y no una décima parte de la gente inquieta… perdón, dinámica… Hay que ajustar tanto las reuniones como toda la política al ciudadano corriente amedrentado; eso significa en la práctica el bloque con los kadetes.

Y nosotros decíamos: es necesario conducir no solo los panfletos y las plataformas, no solo las resoluciones y los discursos, sino toda la política y la campaña electoral de tal modo que se contraponga al filisteo acobardado un luchador decidido. Y esto solo puede contraponerse mediante la confrontación de dos listas diferentes: la kadete y la socialdemócrata. En la capital, cuya prensa se difunde por toda Rusia, en la capital donde se hallan los centros de todos los partidos, en la capital que dirige ideológica y políticamente a todo el país, es mil veces más importante dar un ejemplo no de una política de benevolencia filistea, sino de una política digna del luchador de octubre, que arrancó un pedacito de libertad, una política digna del proletariado.

Nuestras frases sobre la necesidad de tomar conciencia de los errores de la Duma kadete "pacífica", sobre la necesidad de dar un paso adelante, quedarán en frases vacías si nosotros mismos no damos un paso adelante contra la idea filistea, oblómoviana[1], del "bloque de todos los partidos de izquierda". Nuestros llamamientos a avanzar sonarán a falso y no encenderán los corazones de los luchadores del pueblo si nosotros mismos, los "dirigentes", los "líderes", organizamos en la capital, ante los ojos de todos los pueblos de Rusia, un paso en el sitio: del brazo de esos mismos kadetes, sobre la base de un reparto "amistoso" de los puestos, por las buenas, todos juntos, todos a una, todos por la libertad... ¡Para qué seguir distinguiendo! ¿Y qué más da si el menchevique Iván Ivánich llamó una vez sinvergüenza al kadete Iván Nikíforich?[2]

"...A los mítines no asiste más de 1/10 parte de todos los electores..." Bien, señor radical. Le creamos, excepcionalmente, bajo palabra, le hacemos esta concesión por... por el hecho de que argumenta usted de modo tan torpe.

Una décima parte de los electores son 13 000 de los 130 000 de todo Petersburgo. Estos trece mil electores, los más enérgicos y vivos, los más móviles, están situados más a la izquierda que los kadetes. Cabe preguntar si es posible, estando en sano juicio y cabal memoria, afirmar que los enérgicos asistentes a los mítines no arrastran tras de sí a un cierto número de electores caseros menos enérgicos. Todo el mundo comprende que esto no puede admitirse, que en una ciudad de millón y medio de habitantes existen, incluso al margen de los periódicos y las reuniones, miles de otras vías y canales a través de los cuales el estado de ánimo de los vanguardistas se filtra a toda la masa. Todo el mundo comprende —y todas las elecciones en todos los países lo confirman— que detrás de cada elector enérgico, asistente a los mítines, no hay uno, sino varios electores caseros.

En las elecciones pasadas, de los 150 000 electores petersburgueses, votaron 60 000. De ellos, cerca de 40 000 por los kadetes, cerca de 20 000 en todo Petersburgo por los derechistas. Hemos oído, de nuestro propio señor radical, que no quiere ser "optimista"... (¡Dios nos libre! Nuestros radicales quieren ser gente "sólida", ...como los radicales alemanes de los años 40 del siglo pasado)... Hemos oído de él que los octubristas están completamente callados, y sabemos por los hechos de su total derrota. Oímos ahora hablar de 13 000 electores enérgicos, situados más a la izquierda que los kadetes. Piensen que las relaciones entre estas cifras varían considerablemente según las distintas circunscripciones. Piensen cuántos votos suele representar normalmente un elector que asiste a los mítines.

Les resultará claro que el peligro de una votación centurianegrista en Petersburgo, en el sentido del peligro de que los derechistas entren en la Duma debido a la dispersión de los votos de kadetes y socialistas, es un cuento absurdo. Pues para que en Petersburgo entren los derechistas en la Duma es necesario que en la mayoría de las circunscripciones no solo se dispersen los votos en general, sino que se dispersen precisamente de tal modo que tanto los kadetes como los socialistas, tomados por separado, tengan menos votos que la lista de los centurias negras. Esto es un evidente sinsentido.

Y por eso decimos directamente: si el peligro centurianegrista no se manifiesta por el lado extra-"constitucional" (y en la valoración de este lado reside el centro de gravedad de la diferente táctica de kadetes y socialistas), la dispersión de los votos de kadetes y socialistas no puede dar la victoria a los derechistas en Petersburgo.

El peligro de un desenlace centurianegrista de las elecciones en Petersburgo es un engaño al pueblo, difundido por los kadetes, los "radicales" y toda clase de oportunistas, y que sirve a los intereses del filisteísmo en política. El cuento de este peligro centurianegrista sirve de hecho a los intereses de los kadetes —a quienes ayuda a resguardarse del peligro por la izquierda—, sirve al embrutecimiento de las masas, a las que no se les obliga a distinguir, en el acto mismo de la votación, entre el kadete-burgués "legislador" y el socialista que conduce al pueblo a la lucha.

Y por eso, cuando el coro general de liberales, trudoviques y oportunistas socialdemócratas vocifera en nuestra dirección: ¡están aislados!, respondemos con calma: nos alegramos mucho de habernos aislado del engaño. Nos alegramos mucho de habernos aislado de un asunto sucio. Pues en Petersburgo, después del 9 de enero de 1905, después de octubre de 1905, ante la masa de 130 000 electores, meter en la Duma a los Kutlerov, a los Nabókov, a los Struve y Cía. es un asunto absolutamente sucio.

A los trudoviques y a los oportunistas socialdemócratas, que se regocijan de antemano de que los kadetes meterán en la Duma a los suyos y no a los bolcheviques, les predecimos que si la segunda Duma es kadete, a ellos, a los trudoviques y a los oportunistas socialdemócratas, les dará vergüenza haber contribuido a meter a los kadetes en la Duma. Ahora serán directamente responsables de ello. Y los kadetes en la segunda Duma virarán tanto a la derecha (esto se desprende de todo su comportamiento y de toda su literatura política del último año) que incluso los oportunistas más extremos tendrán que desenmascararlos. En la primera Duma, el kadete Lvov viró hacia los renovadores pacíficos y hacia la justificación de la disolución centurianegrista de la Duma. En la segunda Duma (si la historia no nos trae un giro brusco que reduzca a polvo todos los mezquinos pactos con los kadetes y a todos los kadetes), en la segunda Duma, los Lvov kadetes se mostrarán no al final, sino al principio.

¡Tomen, pues, señores, sus escañitos en la Duma de manos de los kadetes! No les envidiamos. Nosotros tomaremos para nosotros la advertencia de la masa obrera y pequeñoburguesa de la capital. Tomaremos para nosotros el desarrollo en ella —no solo mediante discursos, sino también mediante las elecciones mismas— de la conciencia del abismo que separa a los kadetes de los socialistas.

A cada cual lo suyo, pero "mezclar esos dos oficios tiene muchos aficionados; yo no soy de ésos"[3].

"Y ellos —dice el editorialista de 'Ródnaya Zemlyá' sobre los bolcheviques— estarán incluso más solos ahora que antes, ya que los antiguos boicoteadores, los eseres, ahora no solo van a las elecciones, sino que están por el bloque con los kadetes".

Nuevo e interesante. Ya hemos señalado en alguna ocasión que los eseres se comportan en toda la cuestión de los acuerdos electorales no como un partido político, sino como una camarilla intelectual, pues no hemos visto manifestaciones políticas abiertas de sus organizaciones sobre este asunto. Y ahora, si el periódico en el que escribe el Sr. Tan no dice una falsedad directa y no repite un rumor no verificado, sacaremos una conclusión adicional: precisamente, que los eseres se comportan en la cuestión de los acuerdos electorales de forma políticamente deshonesta o, al menos, con una inestabilidad inseparable del peligro político.

Todos y cada uno saben que la conferencia de la organización socialdemócrata de Petersburgo rechazó el bloque con los k.-d. y les propuso, para enfrentarlos, un acuerdo electoral a los trudoviques y a los eseres. Nuestra resolución está publicada en todos los periódicos.

Las negociaciones entre el CK del POSDR y las instituciones correspondientes de los s.-r. y del comité del Grupo del Trabajo ya han tenido lugar. Las divergencias concernían a nuestra exclusión de los eneses (n.-s., "socialistas populares") y al número de puestos. Si a pesar de ello los eseres, habiendo iniciado negociaciones con nosotros después de nuestra declaración sobre la decisión incondicional de librar batalla en Petersburgo contra los kadetes, iniciaron o continuaron negociaciones con los kadetes sobre el bloque, es evidente que los eseres actuaron de un modo políticamente deshonesto.

Nosotros decimos abiertamente: vamos al combate contra los kadetes. ¿Quién está con nosotros?

¡Y los eseres llevan negociaciones tanto con nosotros como con los kadetes!

Repetimos: si el editorialista de "Ródnaya Zemlyá" ha dicho la verdad, no lo sabemos. Pero no podemos dejar completamente de lado la afirmación directa del órgano en el que escribe un miembro del comité organizador del partido de los n.-s., el Sr. Tan. Del bloque de los eseres con los eneses sabemos tanto por los periódicos como por las comunicaciones de los eseres en las negociaciones con nosotros (aunque las condiciones de este bloque y su verdadero carácter nos son desconocidas: también aquí se desarrolla algún tipo de juego entre bastidores).

Nuestro deber, por consiguiente, es plantear la cuestión pública y abiertamente, para que todos conozcan la conducta de tal o cual partido político. Hasta ahora, la correlación de los partidos la determinábamos únicamente por los programas y la literatura, lo cual, a fin de cuentas, no son más que palabras. La primera Duma perfiló a algunos partidos en su actividad. Ahora debemos utilizar indefectiblemente las elecciones, y las utilizaremos, para ilustrar plenamente a las masas sobre el verdadero carácter de los partidos.

Que los eseristas ocultan algo de sus relaciones con los enesistas es ahora un hecho político. Que en la práctica los eseristas van a remolque del partido oportunista que se ha escindido de ellos también es un hecho. En la práctica, pues, los eseristas, por lo que se refiere a la independencia y firmeza revolucionarias, son mucho peores de lo que aparentan. Y si pactan con los kadetes, encima por un escaño no para sí, sino para los enesistas, dispondremos de un material de agitación inmejorable para explicar a los obreros de Petersburgo la tesis marxista sobre la total inestabilidad y la engañosa apariencia de los partidos pequeñoburgueses (aunque sean revolucionarios).

El «aislarse» de tales partidos lo consideramos no sólo una cuestión de honor para el socialdemócrata, sino también la única política calculada. Sólo que nuestro cálculo no parte del punto de vista de los escaños en la Duma, sino del punto de vista de todo el movimiento obrero en su conjunto, del punto de vista de los intereses cardinales del socialismo.

Pero volvamos a Tierra Natal. Hasta qué punto llega la ligereza de este periódico lo muestra la siguiente frase:

«En general, las resoluciones de la conferencia de los bolcheviques han sido adoptadas, al parecer, apresurada y desconsideradamente. Realmente, ¿en qué son mejores los trudoviques que los enesistas?»

Este «realmente» es, en verdad, incomparable. El autor es un ignorante tan redondo en política, que ni siquiera se da cuenta de que va en cueros, como un salvaje de Australia. ¡Y estos son los políticos instruidos de la pequeña burguesía!

Bueno, qué hacer, asumamos la «maldita obligación» del publicista: masticar la papilla y enseñar el abecé.

Los trudoviques, es decir, el Comité del Grupo del Trabajo, al que se dirigió la conferencia socialdemócrata de Petersburgo, y los enesistas surgieron del Grupo del Trabajo en la primera Duma. En este Grupo del Trabajo había dos alas: la oportunista y la revolucionaria. La diferencia entre ellas se puso de manifiesto de la manera más patente en la diferencia de dos proyectos agrarios del Grupo del Trabajo: el proyecto de los 104 y el proyecto de los 33.

Lo común entre estos proyectos es: 1) que defienden el traspaso de la tierra de los terratenientes a los campesinos; 2) que están imbuidos por completo del espíritu de la utopía pequeñoburguesa, de la utopía de la «igualación» de los pequeños propietarios (aunque sea en cierta medida) en una sociedad de producción mercantil.

La diferencia entre estos proyectos consiste en que el primero está imbuido del temor del pequeño propietario a realizar una transformación demasiado brusca, a arrastrar al movimiento a masas del pueblo demasiado grandes y demasiado pobres. Este «espíritu» del proyecto de los 104 lo expresó de manera excelente uno de sus autores y líderes de los enesistas, el señor Peshejónov, que se remitió a la declaración de los «mujiks hacendosos» en la Duma: «Nos enviaron para recibir la tierra, no para entregarla». Ello significa que, junto a la utopía de la igualación pequeñoburguesa, esta ala de los trudoviques expresa claramente los intereses egoístas del sector más acomodado del campesinado, temeroso de que le toque «entregar» (suponiendo una «igualación» universal, como se imagina el socialismo el pequeño burgués). Tomar del terrateniente, pero no entregar al proletariado, tal es la consigna del partido de los mujiks hacendosos.

El proyecto de los 33, en cambio, propone la abolición inmediata y total de la propiedad privada sobre la tierra. La utopía «igualadora» también está presente aquí, y en la misma escala, pero no existe el temor a «entregar». Es la utopía no del pequeño burgués oportunista, sino del pequeño burgués revolucionario; no del mujik hacendoso, sino del mujik arruinado; no el sueño de enriquecerse a costa del terrateniente, a expensas del proletariado, sino el sueño de hacer el bien a todos, incluidos los proletarios, por medio de la igualación. No es el temor a arrastrar al movimiento a las masas más amplias y más pobres, sino el deseo de arrastrarlas a la lucha (deseo que no va acompañado de capacidad y comprensión del asunto)[52].

Después de la Duma, esta diferencia de las dos corrientes entre los trudoviques llevó a la formación de dos organizaciones políticas distintas: el Comité del Grupo del Trabajo y el partido de los enesistas. La primera organización se ganó un lugar de honor en la historia de la revolución rusa con sus llamamientos de julio{136}. Hasta ahora, por lo que sabe el público, aún no ha echado a perder su buen nombre, en ninguna parte ha renegado de los llamamientos, no ha participado en el coro de quejicas, apocados y renegados.

La segunda organización, en cambio, aprovechó precisamente el período de disolución de la Duma para legalizarse bajo el régimen de Stolypin, para, en la prensa legal, es decir, protegida de las críticas por la izquierda, «despellejar» los mencionados llamamientos, recomendar al pueblo que «por ahora» no tocara ciertas instituciones del viejo poder, etc. La conferencia de la organización socialdemócrata de Petersburgo se expresó por eso sobre este partido con excesiva suavidad, al hablar de su «actitud evasiva ante los problemas cardinales de la lucha extraparlamentaria».

Así pues, los hechos políticos han sido hasta ahora tales que los partidos pequeñoburgueses o trudoviques se han dividido netamente en partidos del pequeño burgués revolucionario (eseristas y Comité del Grupo del Trabajo) y el partido del pequeño burgués oportunista (enesistas). Puesto que para los socialdemócratas la campaña electoral es uno de los medios de ilustración política de las masas, también aquí, al separar a los dos partidos trudoviques del tercero, hemos obligado al hombre de la calle a reflexionar sobre las causas de esta separación. Y después de haber reflexionado y averiguado de qué se trata, el hombre de la calle hará una elección consciente.

Para terminar, no se puede dejar de señalar que el autor del editorial de Tierra Natal, ingenuo e ignorante, se embarca al mismo tiempo en divertidos sofismas para justificar su posición. No será inútil analizar un sofisma, que tiene una apariencia tal que satisface justamente a los filisteos:

«Los bolcheviques se equivocan también en caso de que no haya peligro centurionegrista. Porque en tal caso no hay necesidad de un bloque con los eseristas y los trudoviques, y el partido socialdemócrata puede, con gran provecho para la pureza de su contenido de clase, presentarse a las elecciones de manera totalmente independiente».

“He ahí cómo somos —piensa este radical—, ¡incluso podemos juzgar sobre la pureza del contenido de clase!”

Sí, el escritor de periódico contemporáneo «puede» juzgar de todo, pero no entiende el asunto, y carece de conocimientos. No es cierto que la necesidad de observar la pureza de la posición de clase excluya todo tipo de acuerdos. Pensar así significa llevar al absurdo los puntos de vista del marxismo, convertirlos en una caricatura. Y es igualmente falso que no haya necesidad de un bloque con los eseristas si no existe peligro centurionegrista.

La plena independencia de la campaña electoral del partido obrero socialdemócrata es la regla general. Las excepciones, sin embargo, han de ser admitidas por todo partido vivo y de masas, aunque sólo dentro de límites razonables y estrictamente definidos. En la época de la revolución burguesa todos los socialdemócratas admitieron acuerdos políticos con la burguesía revolucionaria, tanto cuando trabajaron conjuntamente en los Soviets de diputados obreros, campesinos, soldados, ferroviarios, etc., como cuando firmaron el conocido manifiesto del Soviet de diputados obreros (diciembre de 1905){137} o los llamamientos de julio (julio de 1906). El editorialista de Tierra Natal, evidentemente, desconoce los hechos más notorios concernientes al papel de los distintos partidos en la revolución rusa. La socialdemocracia revolucionaria rechaza los acuerdos sin principios, rechaza los acuerdos perjudiciales e innecesarios, pero no piensa en modo alguno en atarse las manos en general y para todas las ocasiones. Eso sería pueril. La plataforma de los 14 delegados de la Conferencia socialdemócrata de toda Rusia lo ha demostrado documentalmente[53].

Además. La «necesidad» de un acuerdo con los socialrevolucionarios y los trudoviques en Petersburgo surge del peligro kadete. Si el autor del editorial de «Ródnaya Zemliá» conociera el tema del que se propuso hablar, sabría que incluso entre los socialdemócratas partidarios de acuerdos con los kadetes hay organizaciones influyentes (por ejemplo, el Bund) que reconocen la necesidad de un bloque con la burguesía revolucionaria en caso de peligro kadete, cuando no hay peligro de las centurias negras. En Petersburgo habría sido posible no solo llevar a cabo la campaña electoral en un espíritu de educación revolucionaria y socialista de las masas (esto lo lograremos los socialdemócratas en todo caso), sino también derrotar a los kadetes, si no hubieran traicionado los mencheviques socialdemócratas, si todos los trudoviques revolucionarios hubieran seguido a todos los socialistas. Y puesto que estamos desarrollando una campaña electoral, no tenemos derecho a dejar pasar ni una sola posibilidad de victoria, siempre que no se produzcan violaciones de principios de la táctica socialista.

Que en Petersburgo la lucha seria se libra solo entre los kadetes y los socialdemócratas ha sido demostrado por las asambleas preelectorales (lo mismo se aplica a Moscú, y cabe añadir que los resultados de todas las encuestas parciales, por ejemplo, las del periódico «Vek» o del sindicato de dependientes de comercio «Unidad y Fuerza», también confirmaron esta posición){138}.

Que un acuerdo con los kadetes significa la hegemonía ideológico-política de los kadetes sobre sus aliados lo demuestra toda la prensa política y todo el carácter de las negociaciones. Los kadetes dictan las condiciones. Los kadetes definen en voz alta el significado de los acuerdos (recordemos sus opiniones sobre los mencheviques y los socialistas populares: «partidos socialistas moderados», «bloque de oposición»). Se pide a los kadetes la igualdad en el número de escaños como concesión máxima.

Y es igualmente indudable que un acuerdo de los socialdemócratas con los partidos democrático-revolucionarios significa la hegemonía de los socialdemócratas sobre la pequeña burguesía. La prensa socialdemócrata ha expuesto abierta, clara y exhaustivamente todos sus puntos de vista, mientras que los socialrevolucionarios y el comité del Grupo del Trabajo no se han pronunciado en absoluto de manera independiente sobre la cuestión de los acuerdos. El tono fundamental lo han marcado los socialdemócratas. No se habla ni puede hablarse de recortar sus concepciones socialistas, su punto de vista de clase. En el reparto de escaños a nadie se le ocurrirá ofrecerles una parte menor. Su campaña en la curia obrera se desarrolla sin condiciones de manera independiente y muestra su predominio.

En tales condiciones, tener miedo de llevar consigo a la batalla contra los kadetes a aliados de la pequeña burguesía revolucionaria sería sencillamente ridículo. Incluso a los socialistas populares podríamos llevarlos con nosotros en tales condiciones, si ello resultara necesario para la causa. La firmeza de principios de nuestro partido no se vería mermada en absoluto: la línea sigue siendo la misma, la lucha contra el partido hegemónico de los burgueses liberales conciliadores la libramos con no menos energía. Ninguna persona sensata dirá que hemos seguido a los socialistas populares (al darles, junto con los socialrevolucionarios y el comité del Grupo del Trabajo, dos escaños de seis). Por el contrario, esto significaría en la práctica una campaña independiente de los socialdemócratas y la separación por nuestra parte de uno de los apéndices de los kadetes. ¿Acaso no está claro que las tareas de la lucha contra los kadetes no solo no contradicen, sino que, al contrario, sirven directamente a la movilización contra ellos de los semikadetes, si estos últimos entran en nuestra lista?

La conferencia de la organización socialdemócrata de Petersburgo obró correctamente al manifestar abierta y públicamente su actitud negativa hacia los socialistas populares. Estábamos obligados a prevenir a los trudoviques revolucionarios contra este partido supuestamente trudovique. Si los trudoviques revolucionarios resultan depender del partido formalmente completamente independiente de los socialistas populares, que esto sea declarado públicamente. Para nosotros es muy importante sacar este hecho a la luz, obligar a reconocerlo, hacer derivar de él todas las consecuencias en la amplia agitación ante los obreros, ante todo el pueblo.

Y luego, la cuestión de si recibimos como aliados para la lucha en Petersburgo contra los kadetes a trudoviques de mejor o peor calidad, esta cuestión la resolveremos de manera puramente práctica. Hemos definido la línea de principios. A la batalla vamos en todo caso por nuestra cuenta. La responsabilidad por los trudoviques menos fiables la hemos depuesto abiertamente de nosotros y la hemos cargado sobre otros.

Los kadetes de izquierda de «Továrisch» intentaron burlarse de los bolcheviques cuando estos ya en noviembre declararon: en Petersburgo luchan tres partidos principales: las centurias negras, los kadetes y los socialdemócratas.

Rira bien qui rira le dernier (bien ríe quien ríe el último).

Nuestra previsión se ha visto confirmada.

En Petersburgo habrá tres listas de candidatos a la Duma: la de las centurias negras, la kadete y la socialdemócrata.

¡Ciudadanos, elegid!

Se publica según el texto del folleto