La campaña electoral en Petersburgo llega a su fin. Faltan tres días para las elecciones, y cuando el lector tenga ante sí estas líneas, ya se conocerán los resultados de la votación de Petersburgo.

Parecería que no se puede hablar del significado de las elecciones de Petersburgo antes de su desenlace. Pero no es así. La campaña electoral en Petersburgo tiene una historia tan larga; esta campaña ha proporcionado tal cantidad de material político extraordinariamente instructivo, que su significado ya se ha definido plenamente. Cualesquiera que sean los resultados de las elecciones, la campaña de Petersburgo de 1906-1907 constituye ya, sin duda, una etapa importante e independiente en la historia de la revolución rusa.

Una conquista inalienable de la revolución en la campaña electoral de Petersburgo es, ante todo, la clarificación de las relaciones mutuas entre los partidos políticos, del estado de ánimo (y, por consiguiente, también de los intereses y de toda la situación política) de las distintas clases, y después la verificación en la práctica, en una acción grande, abierta y de masas, de las distintas respuestas a las cuestiones fundamentales de la táctica socialdemócrata en la revolución burguesa rusa.

Los principales acontecimientos de la campaña electoral en Petersburgo se sucedieron con la rapidez de un torbellino. Y en ese torbellino, cuando era necesario actuar de inmediato a cualquier precio, se delinearon como nunca la verdadera naturaleza y la esencia de los distintos partidos y corrientes. En ese torbellino no resistieron vínculo formal alguno, tradición partidaria alguna; las organizaciones se escindían, se violaban las promesas, cambiaban las decisiones y las posiciones, y cada día traía las mayores novedades. Los choques entre los distintos partidos y corrientes fueron extraordinariamente agudos; la polémica, ya de por sí enconada en tiempos normales, degeneró en trifulca. Y esto no se debe a que el ruso sea un hombre destemplado, ni a que esté corrompido por la clandestinidad, ni a que no estemos educados; sólo los filisteos pueden explicarlo así.

No, la causa de los agudos choques y la lucha encarnizada residía en la profundidad de las diferencias de clase, en el antagonismo de las tendencias sociales y políticas que se pusieron al descubierto bajo la influencia de los acontecimientos con inesperada rapidez, exigieron de cada cual «pasos» inmediatos, enfrentaron a todos y los obligaron a defender mediante la lucha, *auskämpfen*, su verdadero lugar, su auténtica línea.

En Petersburgo se hallan los centros de todos los partidos. Es el foco de la vida política de Rusia. La prensa no tiene un significado local, sino nacional. Por eso resultó inevitable que la lucha electoral de los partidos en Petersburgo se convirtiera en un síntoma, un signo y un prototipo de la máxima importancia para muchas batallas y acontecimientos futuros, tanto parlamentarios como extraparlamentarios, de la revolución rusa.

Al principio, parecía estar en el orden del día una cuestión pequeña, secundaria y «técnica»: la de los acuerdos entre todos los partidos opositores y revolucionarios contra el peligro de las Centurias Negras. Bajo la cobertura de esa cuestión «simple» se ocultaban, en realidad, las cuestiones políticas fundamentales: 1) la actitud del gobierno hacia los liberales, los kadetes; 2) las tendencias reales de los kadetes; 3) la hegemonía de los kadetes en el movimiento liberador en Rusia; 4) las tendencias de los partidos trudoviques, pequeñoburgueses; 5) la comunidad de clase y la afinidad política entre los enesistas moderados y los socialistas revolucionarios; 6) la parte pequeñoburguesa u oportunista del partido obrero socialdemócrata; 7) la hegemonía del proletariado en el movimiento liberador; 8) el significado de los elementos visibles, abiertos, y de los invisibles, ocultos, así como de las «potencias» de la democracia revolucionaria pequeñoburguesa en Rusia.

Y toda esa notable riqueza de cuestiones políticas la planteaba y resolvía la propia vida, el propio curso de la campaña electoral. Esas cuestiones se planteaban contra la voluntad y al margen de la conciencia de muchos partidos; se resolvían «violentamente», hasta la ruptura de todas las tradiciones; y el resultado final resultó sumamente inesperado para la inmensa mayoría de los políticos participantes en la campaña.

«A los bolcheviques los ha favorecido la suerte —dice el filisteo, meneando la cabeza a propósito de todas esas cosas inesperadas—. ¡Tuvieron buena suerte!»

Tales discursos me han recordado un pasaje de las cartas de Engels a Sorge recientemente publicadas. El 7 de marzo de 1884, Engels escribía a Sorge: «Hace dos semanas estuvo en mi casa un sobrino de Barmen, conservador independiente; le digo: “Ahora en Alemania hemos llegado a una situación en la que podemos simplemente cruzarnos de brazos y dejar que nuestros enemigos trabajen para nosotros. Bien deroguéis la ley de excepción contra los socialistas, bien la hagáis aún más feroz, o algo más suave, da lo mismo. Hagáis lo que hagáis, trabajáis a nuestro favor.” —Sí —respondió él—, todas las condiciones se conjugan notablemente a vuestro favor. —“Claro está —contesté yo—, las condiciones no se conjugarían a nuestro favor si no hubiésemos, hace ya 40 años, determinado acertadamente esas condiciones y no hubiésemos actuado nosotros mismos sobre la base de esa determinación acertada.” El sobrino no respondió nada»{148}.

Los bolcheviques no pueden remontarse a 40 años, desde luego —comparamos aquí algo muy grande con algo pequeño—, pero sí a los meses y años de una táctica socialdemócrata en la revolución burguesa que ellos habían definido de antemano. Los bolcheviques, de hecho, se cruzaron de brazos durante los momentos más importantes y decisivos de la campaña electoral en Petersburgo, y las condiciones trabajaron a nuestro favor. Todos nuestros enemigos, desde el enemigo serio y despiadado, Stolypin, hasta los «enemigos» con espada de papel, los revisionistas, trabajaron a nuestro favor.

Toda la oposición, toda la izquierda estaban contra los bolcheviques al comienzo de la campaña electoral en Petersburgo. Todo lo posible, todo lo imaginable se hizo contra nosotros. Y, sin embargo, las cosas salieron a nuestro modo.

¿Por qué? Porque nosotros, desde mucho antes (ya desde «Dos tácticas»[60] de 1905, en Ginebra), habíamos valorado mucho más acertadamente la actitud del gobierno hacia los liberales y la actitud de la democracia pequeñoburguesa hacia el proletariado.

¿Qué causa hizo fracasar el bloque casi concertado de los kadetes con todas las «izquierdas», excepto los bolcheviques? Las negociaciones de Miliukov con Stolypin. Stolypin hizo una seña, y el kadete se apartó del pueblo y se arrastró, como un cachorro, hacia el amo de las Centurias Negras.

¿Es esto un accidente? No, es una necesidad, pues los intereses fundamentales de la burguesía liberal-monárquica la empujan, en cada momento decisivo, de la lucha revolucionaria junto al pueblo al acuerdo con la reacción.

¿Qué causa produjo la total inestabilidad y falta de carácter de todos los partidos pequeñoburgueses (populistas y trudoviques) y de la parte pequeñoburguesa del partido obrero, los mencheviques? ¿Por qué vacilaban y titubeaban, se lanzaban a derecha e izquierda, seguían a los kadetes y se prosternaban ante los kadetes?

No por las cualidades personales de Sidor o de Karp, sino porque el pequeño burgués tiende inevitablemente a marchar tras las huellas del liberal, a su zaga, sin fe en sí mismo, sin saber soportar el temporal «aislamiento», sin saber afrontar tranquila y firmemente los ladridos de los perros burgueses, sin creer en la lucha revolucionaria independiente de las masas, del proletariado y del campesinado, renunciando al papel de dirigente en la revolución burguesa, renunciando a sus consignas, adaptándose y amoldándose a los Miliukov…

¡Y los Miliukov se amoldan a Stolypin!

Los bolcheviques definieron por su cuenta su línea y enarbolaron de antemano ante el pueblo su bandera, la bandera del proletariado revolucionario.

¡Abajo las hipócritas patrañas sobre el peligro de las Centurias Negras, sobre la «lucha» mediante visitas a los Stolypin! Quien quiera de verdad la libertad del pueblo, quien quiera de verdad la victoria de la revolución, que venga con nosotros, contra la banda de las Centurias Negras y contra los mercachifles kadetes.

Nosotros, en todo caso, vamos al combate por nuestra cuenta. No tememos «aislarnos» de vuestras pequeñas y ruines, mezquinas y lamentables artimañas y transacciones.

¡Con el proletariado por la revolución, o con los liberales por las negociaciones con Stolypin! ¡Elegid, electores! ¡Elegid, señores populistas! ¡Elegid, camaradas mencheviques!

Y, tras definir nuestra línea, nos cruzamos de brazos. Esperamos el desenlace de la trifulca comenzada. El 6 de enero, nuestra conferencia enarboló nuestra bandera. Hasta el 18 de enero, Miliukov se enredaba a los pies de Stolypin, y los mencheviques, populistas y sin partido se enredaban a los pies de Miliukov.

Todos se enredaron. Todos hacían diplomacia, y todos se insultaron y se mordieron de tal modo que no pudieron ir juntos.

Nosotros no hicimos diplomacia, sino que fustigamos a todos en nombre de los principios, clara y abiertamente expuestos, de la lucha revolucionaria del proletariado.

Y todos los capaces de luchar nos siguieron. El bloque de izquierda se convirtió en un hecho. La hegemonía del proletariado revolucionario se convirtió en un hecho. Éste arrastró tras de sí a todos los trudoviques y a la mayor parte de los mencheviques, incluso a los intelectuales.

Su bandera se alzó en las elecciones de Petersburgo. Y, cualesquiera que sean los resultados de estas primeras elecciones serias en Rusia con la participación de todos los partidos, la bandera del proletariado independiente, que sigue su propia línea, ya está izada. Ondeará tanto sobre la Duma como sobre todas las demás formas de lucha que conducirán la revolución a la victoria.

Atraer hacia sí, por la fuerza de su independencia, de su firmeza, de su entereza, a la masa del campesinado oprimido y vejado, a la masa de la democracia pequeñoburguesa vacilante, insegura e inestable, arrancarla de la burguesía liberal traidora, controlar de ese modo a esa burguesía y, al frente del movimiento popular de masas, aplastar la maldita autocracia: tal es la tarea del proletariado socialista en la revolución burguesa.

Escrito el 4 (17) de febrero de 1907.

Publicado el 11 de febrero de 1907 en el periódico «Proletari» núm. 13.

Se publica según el texto del periódico.