Publicado el 3 y el 9 de junio (21 y 27 de mayo) de 1905 en el periódico «Proletari» núms. 2 y 3

Se imprime según el texto del periódico, cotejado con el manuscrito

**Artículo primero. Una referencia histórica de Plejánov**

El III Congreso del Partido adoptó una resolución sobre la cuestión del gobierno revolucionario provisional. Esta resolución expresa precisamente la posición que nosotros sosteníamos en el periódico «Vperiod». Nos proponemos ahora emprender un análisis detallado de todas las objeciones contra nuestra posición y esclarecer desde todos los puntos de vista el verdadero sentido de principio y el significado práctico de la resolución del Congreso. Comenzaremos por el intento de Plejánov de plantear esta cuestión sobre una base estrictamente de principio. Plejánov tituló su artículo: «En torno a la cuestión de la toma del poder». Critica «la táctica orientada (evidentemente por “Vperiod”) hacia la toma del poder político por el proletariado». En realidad, como sabe perfectamente todo el que conozca «Vperiod», este periódico jamás planteó la cuestión de la toma del poder ni orientó ninguna “táctica hacia la toma del poder”. Plejánov se esfuerza por sustituir el problema realmente discutido por otro, inventado; para convencerse de ello, basta recordar el curso de la polémica.

Martínov fue el primero en plantear la cuestión en sus célebres «Dos dictaduras». Sostenía que si nuestro partido toma una participación dirigente en la insurrección, de ello se desprenderá forzosamente, en caso de éxito, la necesidad de su participación en el gobierno revolucionario provisional, y dicha participación es inadmisible en principio y no puede conducir sino a un desenlace funesto y comprometedor. «Iskra» defendía esta posición. «Vperiod» objetaba que tal desenlace, por el contrario, es el más deseable, que la participación de la socialdemocracia en el gobierno revolucionario provisional —equivalente a la dictadura democrática del proletariado y el campesinado— es admisible, que sin esa dictadura no se logrará defender la república. Así pues, ambas partes en litigio, respondiendo a la cuestión planteada por Martínov, aceptaban dos supuestos y discrepaban en las conclusiones que de ellos se extraían: ambas aceptaban 1) la participación dirigente del partido del proletariado en la insurrección; 2) la victoria del levantamiento y el derrocamiento completo de la autocracia; divergían en la valoración de las conclusiones tácticas que se derivaban de dichos supuestos. ¿Acaso se parece esto a «la táctica orientada (!!) hacia la toma (??) del poder»? ¿Acaso no está claro que Plejánov procura eludir el planteamiento de Martínov que discutían «Iskra» y «Vperiod»? Discutíamos sobre si era peligroso, funesto, el triunfo del levantamiento, en tanto que podía llevar a la necesidad de participar en el gobierno revolucionario provisional. Plejánov expresa su deseo de discutir si hay que orientar la táctica hacia la toma del poder. Tememos que el deseo de Plejánov (comprensible sólo desde el punto de vista de desdibujar el planteamiento de Martínov) se quede en un inocente deseo, pues nadie disputó ni disputa sobre ese tema.

La importancia que tiene esta sustitución del problema en toda la argumentación de Plejánov se ve con claridad particular en el episodio de los «virtuosos del filisteísmo». A Plejánov no le deja en paz esta expresión utilizada por «Vperiod». Plejánov vuelve a ella hasta siete veces, asegurando con tono amenazador y colérico a sus lectores que «Vperiod» se ha atrevido a llamar a Marx y Engels con ese epíteto no muy lisonjero, que «Vperiod» empieza a “criticar” a Marx, etc., etc. Comprendemos perfectamente que a Plejánov, que se ha propuesto la tarea de rehabilitar a Martínov y “demoler” a «Vperiod», le resultaría muy grato que «Vperiod» hubiera dicho algo parecido a esa insensatez que él le atribuye. Pero lo cierto es que «Vperiod» no ha dicho nada semejante, y todo lector atento desenmascarará fácilmente a Plejánov, que ha enredado una interesante cuestión de principio con una quisquillosidad completamente baladí y minúscula.

Por aburrido que sea responder a quisquillosidades, hay que explicar detalladamente en qué consistió realmente ese episodio de los famosos «virtuosos del filisteísmo». «Vperiod» razonaba así. Todos hablamos de la conquista de la república. Para conquistarla de hecho, es necesario que «juntos golpeemos» a la autocracia; nosotros, es decir, el pueblo revolucionario, el proletariado y el campesinado. Pero esto no es suficiente. No basta incluso con «juntos rematar» a la autocracia, es decir, derribar por completo el gobierno autocrático. Es necesario además «juntos rechazar» las inevitables y desesperadas tentativas de restaurar la autocracia derrocada. Ese «juntos rechazar», aplicado a la época revolucionaria, no es otra cosa que la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado, es la participación del proletariado en el gobierno revolucionario. Por eso, quienes asustan a la clase obrera con la perspectiva posible de esta dictadura, es decir, gentes como Martínov y L. Mártov en la nueva «Iskra», incurren en contradicción con su propia consigna de lucha por la república y del llevar la revolución hasta el fin. Esas gentes, en el fondo, razonan como si quisieran limitar, recortar su lucha por la libertad, esto es, medirse de antemano el pedacito más modesto de conquistas, alguna constitución raquítica en lugar de la república. Tales gentes, decía «Vperiod», empequeñecen de manera filistea la conocida tesis marxista sobre las tres fuerzas principales de la revolución del siglo XIX (y del XX) y sus tres etapas fundamentales. Esta tesis consiste en que la primera etapa de la revolución es la limitación del absolutismo, que satisface a la burguesía; la segunda, la conquista de la república, que satisface al «pueblo», es decir, al campesinado y a la pequeña burguesía en general; la tercera, la revolución socialista, que es la única capaz de satisfacer al proletariado. «Este cuadro es justo en términos generales», escribía «Vperiod». En efecto, estamos ante un ascenso por esos tres distintos peldaños esquemáticos, diferentes según qué clases pueden, en el mejor de los casos, acompañarnos en ese ascenso. Pero si interpretamos este acertado esquema marxista de las tres etapas en el sentido de que, antes de cualquier ascenso, hay que medirse de antemano una medida modestita, por ejemplo, no más de un peldaño; si de acuerdo con este esquema, antes de cualquier ascenso, nos «trazamos un plan de acción para la época revolucionaria», seremos unos virtuosos del filisteísmo.

Así era el razonamiento de «Vperiod» en su núm. 14[81]. Y fue precisamente a esto a lo que se le ocurrió agarrarse Plejánov a cuenta de las últimas palabras subrayadas. «Vperiod» —declara con aire de triunfo— ¡ha tachado de filisteo al propio Marx, pues Marx, precisamente conforme a ese esquema, se trazó un plan de acción en plena época revolucionaria!

¿La prueba? La prueba consiste en que en 1850, cuando el pueblo revolucionario de Alemania sufrió una derrota en la lucha de 1848-1849, al no haber sido capaz de rematar a la autocracia, cuando la burguesía liberal ya había obtenido una constitución raquítica y se había pasado al lado de la reacción; en una palabra, cuando el movimiento democrático-revolucionario alemán había subido únicamente al primer peldaño y se había detenido, impotente para subir más alto, entonces… entonces Marx dijo que el nuevo ascenso revolucionario sería un ascenso al segundo peldaño.

¿Sonríe usted, lector? El silogismo de Plejánov resultó, en verdad, un poquito… ¿cómo decirlo suavemente?… «dialéctico». Puesto que Marx, en el momento concreto correspondiente de una revolución democrática concreta, dijo que después del ascenso realizado al primer peldaño se avecinaba el ascenso al segundo, por eso sólo los «críticos» de Marx pueden tachar de filisteos a quienes, antes del ascenso al primer peldaño, nos asustan con la terrible perspectiva de saltar (en caso de una insurrección particularmente bien organizada y llevada a cabo) dos peldaños a la vez.

Sí, sí, no es cosa buena la «crítica» de Marx… y no es muy buena cosa una referencia desafortunada a Marx. Martínov interpretó mal a Marx. Plejánov defendió mal a Martínov.

Y que ningún lector quisquilloso saque de nuestras palabras la conclusión de que predicamos una «táctica orientada» a saltos obligatorios por encima de un peldaño, independientemente de la correlación de fuerzas sociales. No, no predicamos ninguna táctica semejante. Combatimos únicamente contra la influencia sobre el proletariado de gentes capaces de hablar de la república y de llevar la revolución hasta el fin y, al mismo tiempo, de asustarse a sí mismas y a los demás con la posibilidad de participar en la dictadura democrática. Ya señalábamos en el núm. 14 de «Vperiod» que después del actual ascenso revolucionario, la reacción será, por supuesto, inevitable, pero que nos arrebatará tanta menos libertad cuanta más conquistemos ahora y cuanto más implacablemente aplastemos y aniquilemos a las fuerzas contrarrevolucionarias en la época de la dictadura democrática posible (y deseable). También señalábamos en el núm. 14 de «Vperiod» que la cuestión misma de esta dictadura tiene sentido sólo si se admite un curso de los acontecimientos en que la revolución democrática llega hasta el derrocamiento completo del absolutismo, hasta la república, y no se detiene a mitad de camino.

Pasemos ahora del episodio de los «virtuosos del filisteísmo» al contenido de la famosa «Alocución» (del Comité Central de la Liga de los Comunistas a los miembros de la Liga, en marzo de 1850), citada por Plejánov. En esta «Alocución» sumamente interesante e instructiva (que merecería ser traducida íntegramente al ruso), Marx examina la situación política concreta de Alemania en 1850, señala la probabilidad de una nueva explosión política, constata la inevitabilidad de que el poder, en caso de revolución, pase al partido democrático republicano pequeñoburgués, y analiza la táctica del proletariado. Al examinar especialmente la táctica antes de la revolución, en el momento de ella y después de la victoria de la democracia pequeñoburguesa, Marx insiste en la necesidad de crear «una organización independiente, secreta y abierta, del partido obrero», lucha con todas sus fuerzas contra «su rebajamiento al papel de apéndice de la democracia burguesa oficial», subraya la importancia de armar a los obreros, de formar una guardia proletaria independiente, de una vigilancia estricta de los proletarios sobre la traicionera democracia pequeñoburguesa, etc.

En toda la «Alocución» no se dice ni una palabra de la participación del partido obrero en el gobierno revolucionario provisional, ni de la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado. Plejánov deduce de ello que Marx «según se ve, ni siquiera admitía la idea de que los representantes políticos del proletariado revolucionario pudieran, junto con los representantes de la pequeña burguesía, trabajar en la creación de un nuevo orden social». La lógica de esta conclusión cojea. Marx no plantea la cuestión de la participación del partido obrero en el gobierno revolucionario provisional, y Plejánov concluye que Marx resuelve esa cuestión en general y en principio, en un espíritu incondicionalmente negativo. Marx habla sólo de una situación concreta, Plejánov extrae una conclusión general, sin examinar en absoluto la cuestión en su carácter concreto. Y, sin embargo, basta con echar un vistazo a algunos pasajes de la «Alocución» omitidos por Plejánov para ver la total incorrección de sus conclusiones.

La «Alocución» fue escrita basándose en la experiencia de dos años de época revolucionaria, 1848 y 1849. Marx formula así los resultados de esta experiencia: «Al mismo tiempo (es decir, precisamente en 1848-1849), la antigua y sólida organización de la Liga de los Comunistas se debilitó considerablemente. La mayor parte de los miembros que participaban directamente en el movimiento revolucionario creían que el tiempo de las sociedades secretas había pasado y que bastaba con la actividad abierta. Algunos distritos y comunidades (Gemeinden) comenzaron a descuidar sus relaciones con el Comité Central y gradualmente las cesaron por completo. De manera que, mientras el partido democrático, el partido de la pequeña burguesía, se organizaba cada vez más en Alemania, el partido obrero perdió su único apoyo firme, se conservó en forma organizada a lo sumo en algunas localidades con fines locales y, en virtud de ello, cayó en general por completo bajo el dominio y la dirección de los demócratas pequeñoburgueses»[82]. Y en la página siguiente de la «Alocución», Marx declara: «En la actualidad, cuando se avecina una nueva revolución, es de suma importancia que el partido obrero se presente lo más organizado posible, lo más unánime posible y lo más independiente posible, si no quiere ser explotado de nuevo, como en 1848, por la burguesía y marchar a remolque de ella».

¡Reflexione bien sobre el significado de estas afirmaciones categóricas! Después de dos años de revolución abierta, después de la victoria del levantamiento popular en Berlín, después de la convocatoria de un parlamento revolucionario, después de que una parte del país estuviera en insurrección abierta y el poder pasara temporalmente a manos de gobiernos revolucionarios, Marx constata la derrota del pueblo revolucionario y, en lo que respecta a la organización partidaria, la ganancia de la democracia pequeñoburguesa, la pérdida del partido obrero. ¿Acaso esto no indica, más claro que claro, una situación política en la que no había razón alguna para plantear la cuestión de la participación del partido obrero en el gobierno? Después de dos años de época revolucionaria, cuando Marx publicó abiertamente durante nueve meses el periódico más revolucionario del partido obrero, hay que constatar la completa desorganización de este partido, la ausencia total de una corriente proletaria más o menos marcada en la corriente general (las hermandades obreras de Stephan Born{105} son demasiado insignificantes), el completo sometimiento del proletariado no sólo al dominio, sino también a la dirección de la burguesía. Es evidente que las relaciones económicas estaban aún muy poco desarrolladas, la gran industria apenas existía, no había ningún movimiento obrero independiente de proporciones más o menos serias, la pequeña burguesía dominaba sin división. Es comprensible que, en tales condiciones, un escritor que analizara la situación concreta no pudiera ni siquiera admitir la idea de la posibilidad de la participación del partido obrero en un gobierno provisional. Es comprensible que Marx tuviera que inculcar (perdón por la expresión) a los miembros de la Liga de los Comunistas verdades que hoy nos parecen elementales. Marx tenía que demostrar la necesidad de que los obreros presentasen candidatos propios en las elecciones, independientemente de la democracia burguesa. Marx tenía que refutar las frases democráticas de que la separación de los obreros «escinde» (¡nótese esto! ¡Sólo se puede escindir lo que ayer aún estaba unido y lo que sigue estando ideológicamente unido!) al partido democrático. Marx tenía que prevenir a los miembros de la Liga de los Comunistas contra el entusiasmo por esas frases. Marx tenía que prometer, en nombre del CC de la Liga, la convocatoria, a la primera oportunidad, de un congreso del partido obrero para centralizar los clubes obreros; ¡durante los años revolucionarios de 1848-1849 no existían aún las condiciones ni para admitir la idea de la posibilidad de un congreso especial del partido obrero!

La conclusión es clara: en la famosa «Alocución», Marx no toca en absoluto la cuestión de la admisibilidad en principio de la participación del proletariado en el gobierno revolucionario provisional. Marx examina exclusivamente la situación concreta de Alemania en 1850. Marx no dice ni una palabra acerca de la participación de la Liga de los Comunistas en el gobierno revolucionario porque, en las condiciones de entonces, no podía surgir siquiera la idea de tal participación en nombre del partido obrero con fines de dictadura democrática.

La idea de Marx es esta: nosotros, los socialdemócratas alemanes de 1850, no estamos organizados, hemos sufrido una derrota en el primer período de la revolución, hemos caído por completo a remolque de la burguesía; debemos organizarnos de manera independiente, infaliblemente, incondicionalmente, a toda costa de manera independiente; de lo contrario, también en la futura victoria del fortalecido y poderoso partido pequeñoburgués, volveremos a estar a la zaga.

La idea de Martínov era la siguiente: nosotros, los socialdemócratas rusos de 1905, estamos organizados en un partido independiente y queremos marchar al primer asalto contra la fortaleza del zarismo, marchar a la cabeza del pueblo pequeñoburgués. Pero si organizamos el asalto demasiado bien y, Dios nos libre, lo llevamos a cabo victoriosamente, entonces tendremos que participar, quizás, en el gobierno revolucionario provisional o incluso en la dictadura democrática. Y esta participación es inadmisible en principio.

¿Y Plejánov quiere convencer seriamente a alguien de que se puede defender a Martínov basándose en Marx? Se diría que Plejánov toma a los lectores de «Iskra» por niños. Nosotros diremos solamente: una cosa es el marxismo, otra cosa el martínovismo.

Para terminar con la «Alocución», es necesario todavía esclarecer la siguiente opinión incorrecta de Plejánov. Él señala con razón que en marzo de 1850, cuando se escribió la «Alocución», Marx creía en la decrepitud del capitalismo, y la revolución socialista le parecía «muy cercana». Muy pronto Marx corrigió su error: ya el 15 de septiembre de 1850 rompió con Schapper (Schapper, con Willich, quedó en minoría en la Liga y salió de ella), quien se había entregado al revolucionarismo o utopismo democrático-burgués hasta el punto de decir: «debemos alcanzar inmediatamente el poder o bien podemos irnos a dormir». Marx replicaba a Schapper que no se podía considerar la mera voluntad propia como motor de la revolución en lugar de las condiciones reales. Al proletariado tal vez le toque vivir aún 15, 20, 50 años de guerras civiles y choques internacionales «no sólo para cambiar esas condiciones, sino también para cambiarse a sí mismos, a los proletarios, y hacerse capaces de dominación política»{106}. Plejánov relata sucintamente este cambio de opiniones de Marx y concluye:

«Las tareas políticas del proletariado habrían sido definidas por ellos» (Marx y Engels después de este «cambio») «ya bajo el supuesto de que el régimen democrático seguiría dominando durante un período bastante prolongado. Pero precisamente por eso habrían condenado aún más resueltamente la participación de los socialistas en un gobierno pequeñoburgués» («Iskra» núm. 96).

Esta conclusión de Plejánov es completamente incorrecta. Se reduce precisamente a esa confusión entre la dictadura socialista y la dictadura democrática que más de una vez hemos reprochado a L. Mártov y a Martínov. Marx y Engels en 1850 no distinguían entre la dictadura democrática y la socialista o, mejor dicho, no hablaban en absoluto de la primera, pues el capitalismo les parecía decrépito y el socialismo cercano. Por eso no distinguían entonces tampoco entre el programa mínimo y el programa máximo. Pero si se hace esta distinción (como hacemos todos nosotros, los marxistas, ahora, luchando contra el revolucionarismo democrático-burgués de los «socialistas-revolucionarios» que no la comprenden), entonces hay que examinar por separado la cuestión de la dictadura socialista y la de la dictadura democrática. Al no hacerlo, Plejánov actúa de manera inconsecuente. Al elegir una formulación evasiva, hablando en general de «la participación de los socialistas en un gobierno pequeñoburgués», desliza precisamente la cuestión de la dictadura socialista en lugar de la cuestión, planteada clara, determinada y precisamente, de la dictadura democrática. Confunde (empleando la comparación de «Vperiod»[83]) la participación de Millerand en un ministerio junto a Galliffet en vísperas de la revolución socialista, con la participación de Varlin en un gobierno revolucionario junto a demócratas pequeñoburgueses que defendieron y defendían la república.

Marx y Engels en 1850 consideraban que el socialismo estaba cercano y por ello subestimaban las conquistas democráticas, que les parecían plenamente consolidadas en vista de la indudable victoria del partido democrático pequeñoburgués{107}. Veinticinco años después, en 1875, Marx señalaba el carácter no democrático de Alemania: «el absolutismo, revestido de formas parlamentarias»{108}. Treinta y cinco años después, en 1885, Engels predecía el paso del poder en Alemania a la democracia pequeñoburguesa en el próximo cataclismo europeo{109}. De aquí se desprende precisamente lo contrario de lo que Plejánov quiere probar: si Marx y Engels hubieran comprendido la inevitabilidad de un dominio relativamente prolongado del régimen democrático, tanto más importancia habrían concedido a la dictadura democrática del proletariado y el campesinado con el fin de consolidar la república, de destruir por completo todos los vestigios del absolutismo y de despejar plenamente la arena para la batalla por el socialismo. Tanto más habrían condenado a los seguidores a la zaga, capaces de asustar al proletariado, en vísperas de la revolución democrática, con la posibilidad de una dictadura democrático-revolucionaria.

Plejánov mismo siente la debilidad de su posición, basada en una interpretación tergiversada de la «Alocución». Por eso, prudentemente hace la salvedad de que no pretende agotar definitivamente la cuestión con su referencia, aunque saca conclusiones de un categórico «agotador» sin haber aportado absolutamente nada más que una referencia que no viene al caso, y sin haberse tomado siquiera el trabajo de analizar el planteamiento concreto de la cuestión dado por «Vperiod». Plejánov se esfuerza por atribuir a «Vperiod» tanto el deseo de «criticar» a Marx como el punto de vista de Mach y Avenarius. Este intento suyo solo nos provoca una sonrisa: sin duda es mala la posición de Plejánov si no puede encontrar un blanco en las afirmaciones reales de «Vperiod» y tiene que inventarse un blanco con temas completamente ajenos tanto al periódico «Vperiod» como a la cuestión examinada. Finalmente, Plejánov aduce una prueba más, que le parece «irrefutable». En realidad, esta prueba (la carta de Engels a Turati de 1894) es ya del todo mala.

Como se desprende de la exposición que Plejánov hace de esta carta (por desgracia, Plejánov no reproduce la carta íntegramente ni indica si fue publicada y dónde), Engels debía demostrar a Turati la diferencia entre la revolución socialista y la revolución pequeñoburguesa. ¡Esto lo dice todo, camarada Plejánov! Turati es el Millerand italiano, un bernsteiniano, a quien Giolitti ofrecía una cartera en su ministerio. Turati confundía, evidentemente, dos revoluciones de contenido clasista completamente distinto. Turati se imaginaba que defendería los intereses del dominio del proletariado, y Engels le explicaba que, en la situación dada en Italia en 1894 (es decir, varias décadas después del ascenso de Italia al «primer peldaño», después de la conquista de la libertad política que permitió al proletariado organizarse abierta, amplia e independientemente), él, Turati, en un ministerio del triunfante partido pequeñoburgués defendería y realizaría de hecho los intereses de una clase ajena, la pequeña burguesía. Nos hallamos, pues, ante uno de los casos de millerandismo; contra la confusión del millerandismo con la dictadura democrática «Vperiod» se alzó directamente, y Plejánov ni siquiera tocó los argumentos de «Vperiod». Tenemos ante nosotros un ejemplo característico de esa falsa posición contra la que Engels había advertido desde hacía tiempo a los dirigentes de los partidos extremos, precisamente cuando no comprenden el verdadero carácter de la revolución y defienden inconscientemente los intereses de una clase «ajena». ¡Por lo más sagrado, camarada Plejánov! ¿Acaso tiene esto alguna relación con la cuestión suscitada por Martínov y examinada por «Vperiod»? ¿Acaso el peligro de confundir el segundo y el tercer peldaño por gentes que han subido al primer peldaño puede servir de justificación para que a nosotros, antes de subir al primer peldaño, nos asusten con la perspectiva de la posible subida a dos peldaños a la vez?

No, la «pequeña referencia histórica» de Plejánov no demuestra absolutamente nada. Su conclusión de principio: «participar en el gobierno revolucionario junto con representantes de la pequeña burguesía significa traicionar al proletariado» no se ve confirmada en absoluto por las referencias a aquellas situaciones que tuvieron lugar en Alemania en 1850 e Italia en 1894 y que difieren radicalmente de la rusa en enero y mayo de 1905. Estas referencias no aportan nada a la cuestión de la dictadura democrática y del gobierno revolucionario provisional. Y si Plejánov quiere aplicar su conclusión a esta cuestión, si considera en principio inadmisible toda participación del proletariado en un gobierno revolucionario en la lucha por la república, en la revolución democrática, nosotros nos encargaremos de demostrarle que eso es un «principio» del anarquismo, condenado del modo más inequívoco por Engels. Esta demostración la presentaremos en el próximo artículo.

**Artículo segundo. ¿Sólo desde abajo, o desde abajo y desde arriba?**

En el artículo anterior, al analizar la referencia histórica de Plejánov, demostramos que Plejánov extrae infundadamente conclusiones generales y de principio basándose en palabras de Marx que se refieren exclusiva y enteramente a la situación concreta de Alemania en 1850. Esta situación concreta explica plenamente por qué Marx no planteaba ni podía plantear entonces la cuestión de la participación de la Liga de los Comunistas en el gobierno revolucionario provisional. Ahora pasaremos a examinar la cuestión general y de principio de la admisibilidad de tal participación.

Ante todo, es necesario plantear con precisión la cuestión en litigio. A este respecto podemos, por fortuna, valernos de una de las formulaciones dadas por nuestros oponentes, para eliminar así las disputas sobre la esencia de la controversia. En el núm. 93 de «Iskra» se dice: «El mejor camino para tal organización (para la organización del proletariado en un partido, en oposición al Estado democrático-burgués) es el camino del desarrollo de la revolución burguesa *desde abajo* (cursiva de “Iskra”), mediante la presión del proletariado sobre la democracia que esté en el poder». Y más adelante «Iskra» dice de «Vperiod» que «quiere que la presión del proletariado sobre la revolución no se ejerza “solo desde abajo”, no solo desde la calle, sino también desde arriba, desde los salones del gobierno provisional».

Así pues, la cuestión está planteada con claridad. «Iskra» quiere la presión *desde abajo*, «Vperiod»: «no solo desde abajo, sino también desde arriba». La presión desde abajo es la presión de los ciudadanos sobre el gobierno revolucionario. La presión desde arriba es la presión del gobierno revolucionario sobre los ciudadanos. Unos limitan su actividad a la presión desde abajo. Otros no están de acuerdo con tal limitación y exigen que la presión desde abajo se complemente con la presión desde arriba. Por consiguiente, la polémica se reduce precisamente a la cuestión que nosotros hemos planteado en el subtítulo: ¿sólo desde abajo, o desde abajo y desde arriba? En principio es inadmisible para el proletariado, en la época de la revolución democrática, la presión desde arriba, «desde los salones del gobierno provisional», dicen unos. En principio es inadmisible para el proletariado, en la época de la revolución democrática, renunciar incondicionalmente a la presión desde arriba, a la participación en el gobierno revolucionario provisional, dicen otros. No se trata, pues, de si es probable en una coyuntura dada, realizable bajo tal o cual correlación de fuerzas, la presión desde arriba. No, ahora no analizamos ninguna situación concreta, y en vista de los reiterados intentos de sustituir una cuestión en litigio por otra, pedimos encarecidamente a los lectores que tengan esto presente. Se trata del problema general y de principio de la admisibilidad del paso de la presión desde abajo a la presión desde arriba en la época de la revolución democrática.

Para esclarecer esta cuestión, remitámonos ante todo a la historia de las concepciones tácticas de los fundadores del socialismo científico. ¿No hubo acaso en esta historia polémicas precisamente sobre el problema general de la admisibilidad de la presión desde arriba? Hubo tal polémica. El motivo que la originó fue la insurrección española del verano de 1873. Engels valoró las lecciones que el proletariado socialista debía extraer de esta insurrección en el artículo «Los bakuninistas en acción», publicado en 1873 en el periódico socialdemócrata alemán «Volksstaat»{110} y reproducido en 1894 en el folleto «Internationales aus dem Volksstaat»[84]. Veamos, pues, qué conclusiones generales sacaba Engels{111}.

El 9 de febrero de 1873, el rey Amadeo de España abdicó: «el primer rey que se declaró en huelga», bromea Engels. El 12 de febrero fue proclamada la república. En las provincias vascas estalló luego una insurrección carlista. El 10 de abril fue elegida una Asamblea Constituyente, que el 8 de junio proclamó la república federal. El 11 de junio se constituyó el nuevo ministerio de Pi y Margall. Los republicanos extremistas, los llamados «intransigentes», no entraron en la comisión encargada de elaborar la constitución. Y cuando, el 3 de julio, se proclamó esta nueva constitución, los intransigentes se alzaron en insurrección. Del 5 al 11 de julio vencieron en las provincias de Sevilla, Granada, Alcoy, Valencia y varias otras. El gobierno de Salmerón, que sustituyó al dimisionario Pi y Margall, envió fuerzas militares contra las provincias sublevadas. La insurrección fue sofocada tras una resistencia más o menos tenaz: Cádiz cayó el 26 de julio de 1873, Cartagena el 11 de enero de 1874. Estos son los breves datos cronológicos que Engels antepone a su relato.

Al valorar las lecciones del acontecimiento, Engels subraya ante todo que la lucha por la república en España no fue ni podía ser, en modo alguno, una lucha por la revolución socialista. «España —dice— es un país tan atrasado en el aspecto industrial que no se puede hablar en él de una inmediata emancipación completa de la clase obrera. Antes de llegar a esto, España tendrá que pasar aún por diversas etapas previas de desarrollo y despejar del camino toda una serie de obstáculos. Recorrer estas etapas previas en el plazo más corto posible, eliminar rápidamente esos obstáculos: tales eran las posibilidades que abría la república. Pero esas posibilidades solo podían aprovecharse mediante la intervención política activa de la clase obrera española. La masa obrera sentía esto; en todas partes se esforzaba por tomar parte en los acontecimientos, por aprovechar la ocasión propicia para actuar, en vez de dejar, como hasta entonces, el campo libre para la acción y las intrigas de las clases poseedoras».

Así pues, se trataba de la lucha por la república, de la revolución democrática y no socialista. La cuestión de la intervención de los obreros en los acontecimientos se planteaba entonces de dos maneras: por un lado, los bakuninistas (o «aliancistas», fundadores de la «Alianza» para luchar contra la «Internacional» marxista) negaban la actividad política, la participación en las elecciones, etc. Por otro lado, estaban en contra de la participación en una revolución que no persiguiera el objetivo de la inmediata y completa emancipación de la clase obrera, en contra de toda participación en un gobierno revolucionario. Esta última faceta del asunto es la que presenta especial interés para nosotros desde el punto de vista de nuestra cuestión en litigio. Fue precisamente esta faceta la que dio motivo, entre otras cosas, para formular la diferencia de principio entre dos consignas tácticas.

«Los bakuninistas —dice Engels— habían predicado durante muchos años que toda acción revolucionaria de arriba abajo es funesta, que todo debe ser organizado y conducido de abajo arriba».

Así pues, el principio: «sólo desde abajo» es un principio anárquico.

Engels demuestra precisamente la insensatez redoblada de este principio en la época de la revolución democrática. De él se desprende de manera natural e inevitable la conclusión práctica de que la creación de gobiernos revolucionarios es una traición a la clase obrera. Y los bakuninistas sacaban exactamente esa conclusión, proclamaban precisamente como principio que «la institución de un gobierno revolucionario es un nuevo engaño a la clase obrera, una nueva traición a la clase obrera».

Como ve el lector, nos hallamos precisamente ante los dos «principios» a los que ha llegado también la nueva «Iskra», a saber: 1) solo es admisible la acción revolucionaria desde abajo, en contraposición a la táctica de «desde abajo y desde arriba»; 2) la participación en un gobierno revolucionario provisional es una traición a la clase obrera. Estos dos principios de la nueva «Iskra» son principios anárquicos. El curso real de la lucha por la república en España demostró precisamente toda la insensatez y todo el carácter reaccionario de esos dos principios.

Engels lo muestra en distintos episodios de la revolución española. He aquí, por ejemplo, cómo estalla la revolución en la ciudad de Alcoy. Es una ciudad fabril, de origen relativamente nuevo, con 30.000 habitantes. La insurrección obrera triunfa, a pesar de la dirección de los bakuninistas, que por principio rehuían la idea de organizar la revolución. Los bakuninistas empezaron a jactarse a posteriori de haberse convertido en «dueños de la situación». Y ¿qué hicieron esos «dueños» de su «situación»?, pregunta Engels. En primer lugar, fundaron en Alcoy un «comité de bienestar», es decir, un gobierno revolucionario. Entretanto, esos mismos aliancistas (bakuninistas), en su congreso del 15 de septiembre de 1872, es decir, apenas diez meses antes de la revolución, habían acordado: «toda organización del poder político, del llamado gobierno provisional o revolucionario, no puede ser más que un nuevo engaño y resultaría tan peligrosa para el proletariado como todos los gobiernos actualmente existentes». En lugar de refutar estas frases anárquicas, Engels se limita a hacer el comentario sarcástico de que precisamente los partidarios de la resolución tuvieron que convertirse en «participantes de ese poder gubernamental temporal y revolucionario» en Alcoy. Engels trata a esos señores con el desprecio que merecen por haber mostrado, al encontrarse en el poder, una «absoluta impotencia, desconcierto y falta de energía». Engels habría respondido con el mismo desprecio a las acusaciones de «jacobinismo», tan caras a los girondinos de la socialdemocracia. Muestra que en una serie de otras ciudades, por ejemplo, en Sanlúcar de Barrameda (ciudad portuaria de 26.000 habitantes, cerca de Cádiz), «los aliancistas también tuvieron que formar, en contra de sus principios anárquicos, un gobierno revolucionario». Les reprocha que «no supieran qué hacer con su poder». Sabiendo perfectamente que los dirigentes bakuninistas de los obreros participaron en los gobiernos provisionales junto con los intransigentes, es decir, junto con los republicanos, los representantes de la pequeña burguesía, Engels reprocha a los bakuninistas no su participación en el gobierno (como debería hacerse según los «principios» de la nueva «Iskra»), sino la falta de organización, la falta de energía en la participación, el sometimiento de su dirección a la de los señores republicanos burgueses. Con qué sarcasmos aniquiladores habría cubierto Engels a las gentes que rebajan, en la época de la revolución, la importancia de la dirección «técnica» y militar, se ve, entre otras cosas, por el hecho de que Engels reprochaba a los dirigentes bakuninistas de los obreros que, una vez en el gobierno revolucionario, dejaran «la dirección política y militar» en manos de los señores republicanos burgueses, mientras ellos alimentaban a los obreros con frases altisonantes y papelotes de proyectos de reformas «sociales».

Como verdadero jacobino de la socialdemocracia, Engels no solo sabía valorar la importancia de la acción desde arriba, no solo admitía plenamente la participación en el gobierno revolucionario junto con la burguesía republicana, sino que exigía tal participación y una enérgica iniciativa militar del poder revolucionario. Engels consideraba su deber, al mismo tiempo, dar consejos militares prácticamente orientadores.

«A pesar de que la insurrección —dice— se inició de manera insensata, tenía aún grandes posibilidades de éxito si se la hubiera dirigido con una pizca de sentido común[85], aunque sólo fuera según el modelo de los pronunciamientos militares españoles. En esos pronunciamientos, la guarnición de una ciudad se subleva, se dirige a la ciudad vecina, arrastra a su guarnición, ya ganada de antemano por la propaganda, y así los sublevados, creciendo en número como un alud, marchan sobre la capital, hasta que una batalla afortunada o el paso de las tropas enviadas contra ellos a su lado decide la victoria. Este proceder era particularmente aplicable en el caso dado. Los insurgentes estaban organizados desde hacía tiempo en todas partes en batallones de voluntarios; es cierto que su disciplina era deplorable, pero en todo caso no era peor que en los restos del viejo ejército español, en su mayor parte disuelto. Las únicas tropas seguras del gobierno eran los gendarmes, pero estaban dispersos por todo el país. La tarea consistía, ante todo, en impedir que esos gendarmes se concentrasen, y eso solo era posible actuando ofensivamente y saliendo audazmente a combatir en campo abierto. Tal manera de actuar no presentaba gran peligro, porque el gobierno no podía oponer a los voluntarios sino tropas tan indisciplinadas como los propios voluntarios. Y quien quería vencer no tenía otros caminos para la victoria».

¡He aquí cómo razonaba el fundador del socialismo científico cuando le tocaba habérselas con las tareas de la insurrección y la lucha directa en la época de la explosión revolucionaria! A pesar de que la insurrección fue iniciada por republicanos pequeñoburgueses; a pesar de que para el proletariado no se planteaba la cuestión ni de la revolución socialista ni de la libertad política elementalmente necesaria; a pesar de ello, Engels valoraba altísimamente la participación más activa de los obreros en la lucha por la república, Engels exigía de los dirigentes del proletariado que subordinasen toda su actividad a la necesidad de vencer en la lucha comenzada; Engels entraba también él mismo, como uno de los dirigentes del proletariado, hasta en los detalles de la organización militar, Engels no desdeñaba, si era necesario para la victoria, ni siquiera los anticuados métodos de lucha de los pronunciamientos militares, Engels ponía en primer plano el modo de actuar ofensivo y la centralización de las fuerzas revolucionarias. Los reproches más amargos los dirigía contra los bakuninistas por haber elevado a principio «lo que había sido un mal inevitable en la época de la guerra campesina alemana y durante las insurrecciones de mayo de 1849 en Alemania, precisamente la dispersión y el aislamiento de las fuerzas revolucionarias, que permitieron que unas mismas tropas gubernamentales sofocaran un levantamiento aislado tras otro». Las concepciones de Engels sobre la realización de la insurrección, sobre la organización de la revolución, sobre la utilización del poder revolucionario, se diferencian como el cielo de la tierra de las concepciones de los seguidores a la zaga de la nueva «Iskra».

Resumiendo las lecciones de la revolución española, Engels señala ante todo que «los bakuninistas se vieron obligados, apenas se encontraron ante una situación revolucionaria seria, a arrojar por la borda todo su programa anterior». En efecto, en primer lugar, tuvieron que arrojar por la borda el principio de la abstención de la actividad política, de las elecciones, el principio de la «abolición del Estado». En segundo lugar, «arrojaron por la borda el principio de que los obreros no deben participar en ninguna revolución que no persiga el objetivo de la emancipación completa e inmediata del proletariado, participando ellos mismos en un movimiento a sabiendas puramente burgués». En tercer lugar —y esta conclusión responde precisamente a nuestra cuestión en litigio— «pisotearon el principio que acababan de proclamar ellos mismos: que la institución de un gobierno revolucionario es solo una nueva añagaza y una nueva traición a la clase obrera; lo pisotearon, sentándose muy tranquilamente en los comités gubernamentales de distintas ciudades, y además casi en todas partes como una minoría impotente, mayorizada y políticamente explotada por los señores burgueses». Al no saber dirigir la insurrección, al dispersar las fuerzas revolucionarias en vez de centralizarlas, al ceder la realización de la revolución a los señores burgueses, al disolver la sólida y firme organización de la Internacional, «los bakuninistas nos dieron en España un ejemplo insuperable de cómo no se debe hacer la revolución».

Resumiendo lo expuesto, obtenemos las siguientes conclusiones:

1. Limitar en principio la acción revolucionaria a la presión desde abajo y renunciar a la presión también desde arriba es anarquismo.

2. Quien no comprende las nuevas tareas en la época de la revolución, las tareas de la acción desde arriba, quien no sabe determinar las condiciones y el programa de esa acción, no tiene noción de las tareas del proletariado en toda revolución democrática.

3. El principio de que para la socialdemocracia es inadmisible participar junto con la burguesía en el gobierno revolucionario provisional, de que toda participación semejante es una traición a la clase obrera, es un principio del anarquismo.

4. Toda «situación revolucionaria seria» plantea al partido del proletariado la tarea de la realización consciente de la insurrección, de la organización de la revolución, de la centralización de todas las fuerzas revolucionarias, de la audaz ofensiva militar, de la más enérgica utilización del poder revolucionario[86].

5. Marx y Engels no podían aprobar, y jamás habrían aprobado, la táctica de la nueva «Iskra» en el momento revolucionario actual, porque esa táctica consiste precisamente en repetir todos los errores enumerados más arriba. Marx y Engels habrían calificado la posición de principio de la nueva «Iskra» de contemplación de la «retaguardia» del proletariado y de repetición de aberraciones anarquistas[87].

En el próximo artículo pasaremos a analizar las tareas del gobierno revolucionario provisional.