La prédica del congreso obrero sin partido y de los bloques con los kadetes, sin duda, marca cierta crisis en la táctica de los mencheviques. Pertenociendo al número de adversarios de principio de toda su táctica en general, nosotros no podríamos, por supuesto, decidir por nosotros mismos la cuestión de en qué medida ha madurado esta crisis para su manifestación externa, por así decirlo. El camarada Y. Larin ha venido en nuestra ayuda con su nuevo, sumamente instructivo, folleto: «Un amplio partido obrero y el congreso obrero» (Moscú, 1906, depósito en la editorial «Novi Mir»).

El camarada Y. Larin habla a menudo en nombre de la mayoría de los mencheviques. Él se llama a sí mismo, y con pleno derecho, representante responsable del menchevismo. Ha trabajado tanto en el sur como en Petersburgo en el distrito más «menchevique», el de Výborg. Fue delegado en el Congreso de Unificación. Ha escrito constantemente en «La Voz del Trabajo»{82} y en «Ecos de la Modernidad»{83}. Todos estos hechos son sumamente importantes para la valoración del folleto, cuyo significado reside en la sinceridad del autor, no en su lógica, en sus informaciones, no en sus razonamientos.

I

En la base de los razonamientos sobre la táctica el marxista debe poner la valoración del curso objetivo de la revolución. Los bolcheviques, como es sabido, intentaron hacerlo en la resolución sobre el momento actual{84} propuesta al Congreso de Unificación. Los mencheviques retiraron ellos mismos su resolución al respecto. El camarada Larin siente, evidentemente, que no se pueden retirar tales cuestiones, e intenta examinar el curso de nuestra revolución burguesa.

Él distingue dos períodos. El primero, que abarca todo el año 1905, es el período del movimiento de masas abierto. El segundo, a partir de 1906, es la penosamente lenta preparación del «triunfo fáctico de la causa de la libertad», de la «realización de las aspiraciones populares». En esta preparación desempeña un papel fundamental la aldea, sin cuya ayuda «la ciudad aislada fue aplastada». Vivimos un «crecimiento interno, aparentemente como pasivo, de la revolución».

«Lo que se denomina el movimiento agrario – la efervescencia constante, que no llega a intentos generalizados de ataque activo, la pequeña lucha contra las autoridades locales, contra los terratenientes, el retraso de los impuestos, las expediciones punitivas, – todo esto representa el camino más ventajoso para la aldea desde el punto de vista de la economía, si no de sus fuerzas, lo cual es dudoso, sí de sus resultados. Sin agotar definitivamente a la aldea, trayéndole, en general, más alivios que derrotas, descompone poderosamente los pilares del viejo poder, de modo que crea condiciones en las cuales éste deberá inevitablemente capitular o caer al primer serio examen, cuando llegue el momento.» Y el autor señala que en 2-3 años cambiará la composición personal de la policía y el ejército, se llenará de elementos de la aldea descontenta; «nuestros hijos estarán entre los soldados», como le dijo un campesino al autor.

La conclusión del camarada Larin es doble: 1) En nuestro país «la aldea no puede apaciguarse. El año 1848 austríaco no puede repetirse en nuestro país». 2) «La revolución rusa no avanza por la vía de la insurrección armada de todo el pueblo en el verdadero sentido de la palabra, como la norteamericana o la polaca».

Detengámonos en estas conclusiones. La primera de ellas está fundamentada por el autor de manera demasiado folletinesca y formulada de manera demasiado imprecisa. Pero en esencia el autor está cerca de la verdad. El desenlace de nuestra revolución depende en efecto, más que nada, de la firmeza en la lucha de la masa multimillonaria del campesinado. La gran burguesía en nuestro país teme más a la revolución que a la reacción. El proletariado solo no está en condiciones de vencer. La pobreza urbana no representa ni intereses independientes ni un factor independiente de fuerza en comparación con el proletariado y el campesinado. El papel decisivo corresponde a la aldea, no en el sentido de dirección de la lucha (de eso no puede ni hablarse), sino en el sentido de aseguramiento de la victoria.

Si el camarada Larin hubiera meditado su conclusión y la hubiera puesto en relación con todo el curso del desarrollo de las ideas de la socialdemocracia sobre nuestra revolución burguesa, se habría encontrado cara a cara con la vieja tesis del bolchevismo, tan odiosa para él: el desenlace victorioso de la revolución burguesa en Rusia es posible únicamente como dictadura revolucionario-democrática del proletariado y del campesinado. En esencia, Larin ha llegado precisamente a este punto de vista. Reconocerlo abiertamente se lo impide únicamente esa cualidad de los mencheviques que él mismo fustiga, a saber: la inseguridad y timidez de pensamiento. Basta comparar los razonamientos sobre este tema de Larin y del órgano del CC, «Sotsial-Demokrat», para convencerse de la aproximación de Larin a los bolcheviques en esta cuestión. ¡Pues «S.-D.» llegó a decir que los kadetes son la burguesía urbana sin estamentos, progresista, y los trudoviques la rural estamental, no progresista! ¡«S.-D.» no se percató de los terratenientes y de los burgueses contrarrevolucionarios en los kadetes, no se percató de la democracia urbana sin estamentos (las capas bajas de la pobreza urbana) en los trudoviques!

Además. La aldea no puede apaciguarse, dice Larin. ¿Lo ha demostrado? No. No ha tenido en cuenta en absoluto el papel de la burguesía campesina, sistemáticamente sobornada por el gobierno. Tampoco ha reflexionado lo suficiente en que los «alivios» que obtienen los campesinos (rebaja de los arriendos, «reducción» de los terratenientes y de la policía, etc.) refuerzan la descomposición de la aldea en campesinos ricos contrarrevolucionarios y la masa de campesinos pobres. No se deben hacer generalizaciones tan grandes sobre la base de un material tan escaso: huele a estereotipo.

Pero ¿es demostrable en general la tesis: «la aldea no puede apaciguarse»? Sí y no. Sí, en el sentido de un análisis sólidamente fundado de las consecuencias probables. No, en el sentido de la completa indubitabilidad de esas consecuencias para una revolución burguesa dada. No se puede pesar en balanza de farmacéutico cómo se equilibran las nuevas fuerzas contrarrevolucionarias y las nuevas fuerzas revolucionarias de la aldea, que crecen y se entrelazan. Esto sólo lo revelará plenamente la experiencia. La revolución en sentido estrecho es una lucha aguda, y solamente en la lucha misma, en su desenlace, se manifiesta y se conoce plenamente la fuerza real de todos los intereses, todas las aspiraciones, todas las potencialidades.

La tarea de la clase de vanguardia en la revolución es conocer correctamente la dirección de la lucha y agotar todas las posibilidades, todas las probabilidades de victoria. Tal clase debe ser la primera en emprender el camino directamente revolucionario y la última en abandonarlo para otros caminos más «cotidianos», más «indirectos». Esta verdad no la ha entendido en absoluto el camarada Larin, que razona mucho y (como veremos más abajo) muy poco inteligentemente sobre los impulsos espontáneos y la acción planificada.

Pasemos a la segunda conclusión, sobre la insurrección armada. Aquí Larin es aún más culpable de timidez de pensamiento. Su pensamiento sigue servilmente viejos modelos: la insurrección norteamericana y la polaca. Fuera de ellos, no quiere conocer la insurrección «en el verdadero sentido de la palabra». Dice incluso que nuestra revolución no avanza por el camino de la insurrección armada «formal» (!) y «uniformada» (!!).

Curioso: un menchevique que se ha ganado las espuelas combatiendo el formalismo ¡ha llegado a la insurrección armada formal! Échese la culpa, camarada Larin, si su pensamiento está tan oprimido por lo formal y lo uniformado. Los bolcheviques veían y ven la cuestión de otro modo. Mucho antes de la insurrección, en el III Congreso, es decir, en la primavera de 1905, subrayaron en una resolución especial la conexión de la huelga de masas con la insurrección{85}. Los mencheviques suelen pasar esto en silencio. En vano. La resolución del III Congreso es una demostración fáctica de que nosotros preveíamos, con el máximo grado de aproximación posible, las particularidades de la lucha popular de finales de 1905. Y no concebíamos la insurrección en absoluto «según el tipo» de América del Norte o de Polonia, donde no podía ni hablarse de huelga de masas.

Y después de diciembre señalábamos (proyecto de resolución para el Congreso de Unificación{86}) el cambio en la relación de la huelga con la insurrección, el papel del campesinado y del ejército, la insuficiencia de los estallidos militares, la necesidad de un acuerdo con los elementos revolucionario-democráticos del ejército.

Y los hechos confirmaron una vez más, durante el período de la Duma, la inevitabilidad de la insurrección en la lucha liberadora rusa.

Los razonamientos de Larin sobre la insurrección formal son la ignorancia más indecorosa para un socialdemócrata de la historia de la revolución que vivimos, o el ignorar esta historia con sus formas particulares de insurrección. La tesis de Larin: «la revolución rusa no avanza por la vía de la insurrección» es una burla de los hechos, pues ambos períodos de libertades en Rusia (tanto el de octubre como el de la Duma) mostraron precisamente «la vía» de las insurrecciones, por supuesto no americanas ni polacas, sino rusas, de la época del siglo XX. Razonando «en general» sobre ejemplos históricos de insurrecciones en países con predominio de elementos rurales o urbanos, sobre América y Polonia, y negándose al menor intento de estudiar o siquiera esbozar las particularidades de la insurrección rusa, Larin repite el error fundamental del pensamiento «inseguro y tímido» del menchevismo.

Reflexionemos sobre su construcción de una revolución «pasiva». Indudablemente, son plenamente posibles largos períodos de preparación de un nuevo ascenso, de una nueva embestida o de nuevas formas de movimiento. Pero no seáis doctrinarios, señores: fijaos en lo que significa esa «efervescencia constante» de la aldea junto con la «pequeña lucha», las «expediciones punitivas» y el cambio de la composición personal de la policía y el ejército. Porque no entendéis lo que vosotros mismos decís. La situación que describís no es otra cosa que una prolongada guerra de guerrillas, interrumpida por una serie de explosiones cada vez más amplias y cohesionadas de insurrecciones de soldados. Repetís palabras airadas e insultantes contra los «partisanos», «anarquistas», «anarco-blanquistas-bolcheviques», etc., ¡y al mismo tiempo trazad un cuadro de la revolución al estilo bolchevique! Cambio de la composición personal del ejército, su sustitución por «elementos de la aldea descontenta». ¿Qué significa esto? ¿Puede no manifestarse exteriormente ese «descontento» de la aldea vestida con chaquetas de marinero y uniformes de soldado? ¿Puede no manifestarse cuando en el país existe una «efervescencia constante» de la aldea natal del soldado? cuando en el país hay «pequeña lucha», por un lado, y «expediciones punitivas», por otro? ¿Y se puede imaginar, en la época de los pogromos de las Centurias Negras, de las violencias del gobierno, de las vejaciones de la policía, otra manifestación de ese descontento de los soldados que las insurrecciones militares?

Repitiendo frases kadetes («nuestra revolución no avanza por la vía de la insurrección», esta frase fue puesta en circulación precisamente por los kadetes a finales de 1905; véase «Naródnaya Svoboda» de Miliukov{87}), – vos mismo pintáis al mismo tiempo la inevitabilidad de una nueva insurrección: «el poder caerá al primer serio examen». ¿Pensáis acaso que un serio examen del poder es posible en un movimiento popular amplio, multicolor, complejo, sin una serie previa de exámenes no serios y parciales? que la huelga general es posible sin una serie de huelgas parciales? la insurrección general sin una serie de insurrecciones fraccionarias, pequeñas, no generales?

Si en el ejército crece el elemento de la aldea descontenta y si la revolución en general marcha adelante, eso significa que es inevitable la insurrección en forma de una lucha encarnizada contra el ejército de las Centurias Negras (¡porque los de las Centurias Negras también se organizan y aprenden, no lo olvidéis! ¡no olvidéis que hay elementos sociales que nutren al centurionegrismo consciente!), lucha tanto del pueblo como de una parte del ejército. Significa que hay que prepararse, preparar a las masas, prepararse uno mismo para una insurrección más planificada, más cohesionada y ofensiva, he aquí lo que se desprende de las premisas de Larin, de su cuento kadete sobre la revolución pasiva (??). Los mencheviques «han achacado al curso de la revolución rusa su propia melancolía y abatimiento» (58), reconoce Larin. ¡Exactamente así! La pasividad es una cualidad de la intelectualidad pequeñoburguesa, no de la revolución. Son pasivos los que reconocen el llenado del ejército con elementos de la aldea descontenta, la inevitabilidad de la efervescencia constante y de la pequeña lucha, – y al mismo tiempo, con la candidez de Iván Fiódorovich Shponka{88}, consuelan al partido obrero: «la revolución rusa no avanza por la vía de la insurrección».

¿Y la «pequeña lucha»? ¿Encontráis, honorable Larin, que es «el camino más ventajoso para la aldea desde el punto de vista de los resultados»? ¿Sostenéis esta opinión, a pesar de las expediciones punitivas, incluyendo incluso estas expediciones también en el camino más ventajoso? ¿Habéis pensado acaso aunque sea un poquito en qué se diferencia la pequeña lucha de la guerra de guerrillas? En nada, honorable camarada Larin.

Tras los malos ejemplos de América y Polonia habéis pasado por alto las formas particulares de lucha que ha engendrado la insurrección rusa, más prolongada, más tenaz, con intervalos más largos entre las grandes batallas, que las insurrecciones del viejo tipo.

El camarada Larin se ha enredado por completo y no ha atado cabos. Si existe el subsuelo de la revolución en la aldea, si la revolución se amplía y toma nuevas fuerzas, si el ejército se llena del campesino descontento, y en la aldea existe y se prolonga una efervescencia constante y una pequeña lucha, esto significa que tienen razón los bolcheviques que luchan contra la eliminación de la cuestión de la insurrección. Nosotros no predicamos en absoluto la insurrección en cualquier momento, en cualesquiera condiciones. Pero exigimos que el pensamiento socialdemócrata no sea inseguro y tímido. Si reconocéis las condiciones para la insurrección, reconoced también la insurrección misma, reconoced las tareas particulares del partido en relación con la insurrección.

Llamar a la pequeña lucha «el camino más ventajoso», es decir, la forma más ventajosa de lucha del pueblo en una época particular de nuestra revolución, – y al mismo tiempo negarse a reconocer las tareas activas del partido de la clase de vanguardia sobre el terreno de ese «camino más ventajoso», significa no saber pensar o pensar de manera deshonesta.

II

La «teoría de la pasividad»: así podría llamarse los razonamientos de Larin sobre la revolución «pasiva» que prepara «la caída del viejo poder al primer serio examen». Y esta «teoría de la pasividad», producto natural de la timidez de pensamiento, estampa su sello sobre todo el folleto de nuestro menchevique contrito. Él plantea la cuestión: ¿por qué nuestro partido, con una enorme influencia ideológica, es tan débil organizativamente? No es porque nuestro partido sea de intelectuales, responde Larin. Esta vieja explicación «oficial» (palabrita de Larin) de los mencheviques no sirve para nada. Es porque para la época que vivimos no era objetivamente necesario otro partido y no había condiciones objetivas para otro partido. Es porque para la «política de impulsos espontáneos», como era la política del proletariado al comienzo de la revolución, no era necesario un partido. Sólo era necesario un «aparato técnico para el servicio de la espontaneidad» y de los «estados de ánimo espontáneos», para el trabajo de propaganda y agitación entre dos impulsos. Esto no era un partido en el sentido europeo de la palabra, sino una «estrecha – 120 mil sobre 9 millones – unión de jóvenes obreros conspiradores»; hay pocos obreros con familia; la mayoría de los obreros dispuestos para la actividad social están fuera del partido.

Ahora pasa la época de los impulsos espontáneos. El cálculo ocupa el lugar del simple estado de ánimo. En lugar de la «política de impulsos espontáneos» surge la «política de la acción planificada». Es necesario un «partido de tipo europeo», un «partido de acción política objetivamente planificada». En lugar del «partido-aparato» es necesario el «partido-vanguardia», «donde se reúna todo lo que la clase obrera puede dar de sí en materia de elementos aptos para la vida política activa». Esto es la transición al «partido europeo de acción sobre la base del cálculo». Al «menchevismo oficial con su práctica a medias e insegura, con su abatimiento e incomprensión de su situación» lo sustituye «el sano realismo de la socialdemocracia europea». «Su voz suena ya de manera bastante clara, no de hoy, en boca de Plejánov y Axelrod, – los únicos, propiamente hablando, europeos en nuestro medio 'bárbaro'...» Y, por supuesto, el reemplazo de la barbarie por el europeísmo promete el reemplazo de los fracasos por los éxitos. «Donde domina la espontaneidad, allí son inevitables los errores en la valoración, los fracasos en la práctica». «Donde hay espontaneidad, allí hay utopismo, donde hay utopismo, allí hay fracaso».

En estos razonamientos de Larin salta de nuevo a la vista la clamorosa falta de correspondencia entre el minúsculo núcleo de un pensamiento correcto, aunque no nuevo, y la enorme cáscara de una irreflexión directamente reaccionaria. Una cucharada de miel, un barril de brea.

Es absolutamente indudable e indiscutible que la clase obrera de todos los países – a medida que se desarrolla el capitalismo, a medida que se acumula la experiencia de la revolución burguesa o de las revoluciones burguesas, así como de las revoluciones socialistas fracasadas – crece, se desarrolla, aprende, se educa, se organiza. En otras palabras: marcha en el sentido de la espontaneidad a la planificación, – de la dirección por el mero estado de ánimo a la dirección por la situación objetiva de todas las clases, de los impulsos a la lucha sostenida. Todo esto es cierto. Todo esto es tan viejo como el mundo y tan aplicable a la Rusia del siglo XX como a la Inglaterra del siglo XVII, a la Francia de los años 30 del siglo XIX y a la Alemania de fines del siglo XIX.

Pero la desgracia de Larin es que no es en absoluto capaz de digerir el material que nuestra revolución ofrece al socialdemócrata. La contraposición de los impulsos de la barbarie rusa a la planificación europea lo cautiva enteramente, como un nuevo grabado a un niño. Enunciando un truísmo referente a todas las épocas en general, no comprende que la aplicación ingenua de ese truísmo a la época de la lucha directamente revolucionaria se convierte en sus manos en una actitud renegada hacia la revolución. Esto sería tragicómico si la sinceridad de Larin no eliminara toda duda sobre el hecho de que de manera inconsciente hace el coro a los renegados de la revolución.

«Los impulsos espontáneos de los bárbaros, la acción planificada de los europeos»... Ésta es una fórmula puramente kadete y una idea kadete, la idea de los traidores a la revolución rusa, que se entusiasman con la «constitucionalidad» al estilo de Múromtsev, que declaró: «La Duma es parte del gobierno», o del lacayo Rodíchev, que exclamaba: «Es una audacia considerar al monarca responsable del pogromo». Los kadetes han creado toda una literatura de renegados (Izgóev, Struve, Prokopóvich, Portugálov et tutti quanti[32]), que insultan la locura de la espontaneidad, es decir, la revolución. El burgués liberal, como cierto animal de la fábula, no es capaz de levantar la mirada y comprender que sólo gracias al «impulso» del pueblo se mantiene entre nosotros aunque sea una sombra de libertad.

Y Larin, con una ingenua falta de crítica, marcha a la zaga del liberal. Larin no comprende que en la cuestión por él tocada hay dos aspectos: 1) la contraposición de la lucha espontánea a la lucha planificada de la misma envergadura, de las mismas formas y 2) la contraposición de la época revolucionaria (en el sentido estrecho) a la contrarrevolucionaria o «sólo-constitucional». La lógica en Larin es pésima. A la huelga política espontánea no la contrapone a la huelga política planificada, sino a la participación planificada, digamos, en la Duma de Bulyguin. A la insurrección espontánea no la contrapone a la insurrección planificada, sino a la lucha sindical planificada. Y por eso su análisis marxista se degrada en una apología pequeñoburguesa-chata de la contrarrevolución.

«La socialdemocracia europea es el partido de la acción política objetivamente planificada», balbuce entusiasmado Larin. ¡Niño! No se da cuenta de que se entusiasma con la «acción» particularmente estrecha a la que se vieron obligados a limitarse los europeos en las épocas de ausencia de lucha directamente revolucionaria. No se da cuenta de que se entusiasma con la planificación de la lucha dentro de la ley y ultraja la espontaneidad de la lucha por la fuerza y el poder, que determinan los límites de lo «legal». Compara la insurrección espontánea de los rusos en diciembre de 1905 no con las insurrecciones «planificadas» de los alemanes en 1849{89}, de los franceses en 1871{90}, sino con la planificación del crecimiento de los sindicatos alemanes. Compara la huelga general espontánea y fracasada de los rusos en diciembre de 1905 no con la huelga general «planificada» y fracasada de los belgas en 1902{91}, sino con el discurso planificado de Bebel o Vandervelde en el Reichstag.

Por eso Larin no comprende el progreso histórico-universal en la lucha de masas del proletariado que representan la huelga de octubre de 1905 y la insurrección de diciembre de 1905. Y en cambio, aquel retroceso de la revolución rusa (temporal, según su propio punto de vista) que se expresa en la necesidad de una acción preparatoria dentro de la ley (sindicatos, elecciones, etc.), lo eleva a progreso de lo espontáneo a lo planificado, del estado de ánimo al cálculo, etc.

Por eso, en lugar de la moral del marxista revolucionario (en lugar de la huelga política espontánea es necesaria la huelga política planificada; en lugar de la insurrección espontánea es necesaria la insurrección planificada) resulta la moral del renegado kadete (en lugar de la «locura de la espontaneidad»: huelgas, insurrección, es necesaria la sumisión planificada a las leyes de Stolypin y el compromiso planificado con la monarquía de las Centurias Negras).

No, camarada Larin, si hubierais asimilado el espíritu del marxismo, y no sólo las palabras, conoceríais la diferencia entre el materialismo dialéctico revolucionario y el oportunismo de los historiadores «objetivos». Recordad aunque sea lo dicho por Marx sobre Proudhon{92}. El marxista no renuncia a la lucha dentro de la ley, al parlamentarismo pacífico, a la sumisión «planificada» a los marcos de trabajo histórico definidos por Bismarck y Bennigsen, por Stolypin y Miliukov. Pero el marxista, al utilizar todo terreno, incluso el reaccionario, para la lucha por la revolución, no desciende hasta la apología de la reacción, no olvida la lucha por el mejor terreno posible de actividad. Por eso el marxista es el primero en prever la llegada de la época revolucionaria y comienza a despertar al pueblo y hacer sonar la campana aún cuando los filisteos duermen el sueño esclavo de los súbditos fieles. Por eso el marxista es el primero en emprender el camino de la lucha revolucionaria directa, marcha al choque inmediato, desenmascarando las ilusiones conciliadoras de toda clase de vacilantes sociales y políticos. Por eso el marxista es el último en abandonar el camino de la lucha directamente revolucionaria, lo abandona sólo cuando están agotadas todas las posibilidades, cuando no hay ni sombra de esperanza de un camino más corto, cuando el llamamiento a prepararse para huelgas de masas, para la insurrección, etc., pierde claramente su base. Por eso el marxista responde con desprecio a los innumerables renegados de la revolución que le gritan: ¡somos más «progresistas» que tú, nosotros hemos renunciado a la revolución antes! ¡nosotros nos hemos «sometido» antes a la constitución monárquica!

Una de dos, camarada Larin. ¿Pensáis que ya no hay base para la insurrección y para la revolución en el sentido estrecho en general? Entonces decidlo directamente y demostrádnoslo al modo marxista, mediante el análisis económico, la valoración de las aspiraciones políticas de las distintas clases, el análisis del significado de las corrientes ideológicas. ¿Lo habéis demostrado? Entonces declaramos fraseología los discursos sobre la insurrección. Entonces decimos: no hemos tenido una gran revolución, sino un gran gesto vano. ¡Obreros! la burguesía y los pequeños burgueses (entre ellos los campesinos) os han traicionado y abandonado. Pero nosotros, sobre el terreno creado por ellos, a pesar de nuestros esfuerzos, trabajaremos tenaz, paciente y sostenidamente para la revolución socialista, que no será tan a medias y tan mezquina, tan rica en frases y tan pobre en capacidad creadora como la revolución burguesa!

O bien, ¿creéis realmente en lo que decís, camarada Larin? ¿Creéis que la revolución está en crecimiento, que la pequeña lucha y la sorda efervescencia preparan en unos 2–3 años un nuevo ejército descontento y un nuevo «serio examen»? ¿que «la aldea no puede apaciguarse»? Entonces debéis reconocer que los «impulsos» expresan la fuerza de la indignación de todo el pueblo, y no la fuerza de la barbarie atrasada, – que nuestro deber es convertir la insurrección espontánea en planificada, trabajando de manera sostenida y tenaz, durante largos meses, incluso años, en esa conversión, y no renunciar a la insurrección, como hacen todos los Judas.

Vuestra actual posición, camarada Larin, es precisamente la «melancolía y el abatimiento», la «inseguridad y la timidez» de pensamiento, el achacar vuestra pasividad a nuestra revolución.

Es precisamente esto, y sólo esto, lo que significa vuestro alborozado anuncio de que el boicot fue un error. Es un alborozo miope y trivial. Si es «progresista» la renuncia al boicot, entonces los más progresistas de todos son los kadetes de derecha de «Rússkie Védomosti», que combatieron el boicot a la Duma de Bulyguin y llamaban a los estudiantes a «estudiar, y no a amotinarse». No envidiamos esa progresividad de los renegados. Pensamos que declarar «error» el boicot a la Duma de Witte (en cuya convocatoria no creía nadie apenas 3–4 meses antes) y silenciar el error de los que llamaban a participar en la Duma de Bulyguin, significa sustituir el materialismo del luchador revolucionario por el «objetivismo» del profesor que se arrastra ante la reacción. Pensamos que es mejor la posición de los que, habiendo agotado realmente todo en el camino de la lucha directa, fueron los últimos en ir a la Duma, al camino indirecto, que la posición de los que llamaron a la Duma de Bulyguin los primeros, en vísperas de la insurrección popular que barrió esa Duma.

Y para Larin es tanto más imperdonable esa frase kadete sobre lo erróneo del boicot cuanto que dice sinceramente cómo los mencheviques «inventaban toda clase de trucos sabios y astutos, comenzando por el principio electivo y la campaña de los zemstvos y hasta la reunión del partido mediante la participación en las elecciones con el objetivo de boicotear la Duma» (57). Los mencheviques llamaban a los obreros a elegir a la Duma, no creyendo ellos mismos en que se podía ir a la Duma. ¿No fue más correcta la táctica de los que, no creyendo en ello, boicotearon la Duma? de los que declaraban un engaño al pueblo el calificar a la Duma de «poder» (calificación que, antes de Múromtsev, dieron a la Duma los mencheviques en la resolución del Congreso de Unificación)? de los que fueron a la Duma sólo cuando la burguesía traicionó definitivamente el camino directo del boicot y nos obligó a ir por el camino indirecto, pero no con el objetivo ni del modo como van los kadetes?

III

La contraposición que hace Larin entre el partido-aparato y el partido-vanguardia, o el partido de luchadores contra la policía y el partido de luchadores políticos conscientes, parece profunda y llena de un espíritu «puramente proletario». En realidad es un oportunismo intelectual enteramente igual que la respectiva contraposición que hacían en 1899–1901 los partidarios de «Rábochaya Mysl» y los akímovtsi{93}.

Por un lado, cuando existen condiciones objetivas para la embestida directamente revolucionaria de las masas, entonces «el servicio de la espontaneidad» es la tarea política suprema del partido. Contraponer tal trabajo revolucionario a la «política» significa rebajar la política a politiqueo. Significa ensalzar la política de la lucha en la Duma, colocándola por encima de la política de las masas en octubre y diciembre, – es decir, precisamente pasarse del punto de vista proletario-revolucionario al intelectual-oportunista.

Toda forma de lucha exige una técnica correspondiente y un aparato correspondiente. Cuando la forma principal de lucha, en virtud de condiciones objetivas, se convierte en la lucha parlamentaria, inevitablemente se refuerzan en el partido los rasgos de un aparato para la lucha parlamentaria. A la inversa, cuando las condiciones objetivas engendran la lucha de masas en forma de huelgas políticas de masas e insurrecciones, el partido del proletariado debe tener «aparatos» para «el servicio» precisamente de estas formas de lucha, y es de por sí evidente que deben ser «aparatos» particulares, distintos de los parlamentarios. Un partido organizado del proletariado que reconociera la existencia de condiciones para las insurrecciones populares y no se preocupara del aparato correspondiente sería un partido de charlatanes intelectuales; los obreros lo abandonarían y se pasarían al anarquismo, al revolucionarismo burgués, etc.

Por otro lado, la composición de la vanguardia políticamente dirigente de cada clase, incluido el proletariado, depende también de la situación de esta clase y de la forma principal de su lucha. Larin se queja, por ejemplo, de que en nuestro partido predomina la juventud obrera, de que tenemos pocos obreros con familia, de que éstos se apartan del partido. Esta queja del oportunista ruso me ha recordado un pasaje de Engels (según creo en «El problema de la vivienda», «Zur Wohnungsfrage»). Respondiendo a algún trivial profesor burgués, un kadete alemán, Engels escribió: ¿acaso no es natural que en nuestro partido, el partido de la revolución, predomine la juventud? Somos el partido del futuro, y el futuro pertenece a la juventud. Somos el partido de los innovadores, y a los innovadores los sigue siempre con más gusto la juventud. Somos el partido de la lucha abnegada contra la vieja podredumbre, y a la lucha abnegada siempre va primero la juventud.

No, dejemos mejor a los kadetes recoger a los «fatigados» ancianos de 30 años, a los revolucionarios «que se han vuelto más sensatos» y a los renegados de la socialdemocracia. ¡Nosotros seremos siempre el partido de la juventud de la clase de vanguardia!

Y al propio Larin se le escapa una confesión franca acerca de por qué lamenta tanto que los hombres de familia estén fatigados de la lucha. Si se incorporara más de estos fatigados al partido, ello lo haría «más pesado de levantar, minando el terreno bajo la aventura política» (pág. 18).

¡Así está mejor, buen Larin! ¿Para qué andar con astucias y engañarse a sí mismo? Vos no necesitáis un partido-vanguardia, sino un partido-retaguardia, para que sea más pesado de levantar. ¡Así hay que decirlo directamente!

…«Minando el terreno bajo la aventura política»... Ha habido derrotas de la revolución también en Europa, ha habido las jornadas de junio de 1848, las de mayo de 1871, pero socialdemócratas, comunistas que vieran su tarea en declarar «aventura» las intervenciones de las masas en la revolución, – esto no se había visto todavía. Para eso era necesario que se inscribieran en los marxistas revolucionarios (hay que esperar que no por mucho tiempo) unos pequeños burgueses rusos, sin carácter y cobardes, inseguros de sí mismos y que se desaniman a cada viraje de los acontecimientos hacia la reacción, llamados, si se puede llamar así, «intelectualidad».

…«Minando el terreno bajo la aventura»! Pero si es así, el primer aventurero es el propio Larin, pues él califica la «pequeña lucha» como el camino más ventajoso de la revolución, pues inculca a las masas la fe en el crecimiento de la revolución, en el llenado del ejército en 2–3 años por la aldea descontenta, en la futura «caída del viejo poder» al «primer serio examen».

Pero Larin es un aventurero también en otro sentido, mucho peor y más mezquino. Es un defensor del congreso obrero y del «partido sin partido» (¡palabrita suya!). En lugar de la socialdemocracia es necesaria la «Federación Obrera de toda Rusia», – «obrera» porque hay que incluir en ella a los revolucionarios pequeñoburgueses, eseristas, del Partido Socialista Popular, de la Hromada bielorrusa{94}, etc.

Larin es un admirador de Axelrod. Pero le ha hecho un flaco servicio. Ha ensalzado tanto su «energía juvenil», su «verdadero valor partidista» en la lucha por el congreso obrero, lo ha abrazado tan ardientemente que... ¡lo ha asfixiado en sus abrazos! La nebulosa «idea» de Axelrod sobre el congreso obrero ha sido muerta del todo por un práctico ingenuo y sincero, que de inmediato tomó y soltó todo lo que había que ocultar para el éxito de la propaganda del congreso obrero. El congreso obrero significa «quitar el letrero» (pág. 20 en Larin, para quien la socialdemocracia es sólo un letrero), significa la fusión con los eseristas y con los sindicatos.

¡Exacto, camarada Larin! ¡Gracias al menos por la sinceridad! El congreso obrero significa en efecto todo eso. Precisamente a esto conduciría incluso contra la voluntad de los convocantes. Y precisamente por eso el congreso obrero ahora es una mezquina aventura oportunista. Mezquina, porque no hay en el fondo ninguna idea amplia, sino sólo el cansancio del intelectual ante la lucha tenaz por el marxismo. Oportunista, por esa misma razón y porque se deja entrar en el partido obrero a miles de pequeños burgueses que no están aún, ni mucho menos, definitivamente definidos. Aventura, porque en las condiciones actuales tal tentativa no traería la paz, ni un trabajo positivo, ni la colaboración de eseristas y socialdemócratas, a los que Larin asigna amablemente el papel de «sociedades de propaganda dentro del amplio partido» (pág. 40), sino un ilimitado aumento de la lucha, de las discordias, de las escisiones, de la confusión ideológica, de la desorganización práctica.

Una cosa es predecir que el «centro» eserista, al desprenderse los socialistas populares y los maximalistas, debe llegar a los socialdemócratas[33]. Otra cosa es lanzarse a coger la manzana que apenas está madurando, pero que aún no ha madurado. O se romperán el cuello, distinguidísimo señor, o se estropearán el estómago con frutas verdes.

Larin argumenta «por Bélgica», exactamente como en 1899 R. M. (redactor de «Rábochaya Mysl») y el señor Prokopóvich (cuando aún experimentaba los «impulsos espontáneos» de socialdemócrata y no se había vuelto tan «sensato» como para convertirse en un kadete de «acción planificada»). ¡Al librito de Larin está pegadita una pulcra traducción de los estatutos del partido obrero belga! El buen Larin ha olvidado trasladar a Rusia las condiciones industriales y la historia de Bélgica. Después de una serie de revoluciones burguesas, después de decenios de lucha contra el cuasisocialismo pequeñoburgués de Proudhon, con un gigantesco desarrollo del capitalismo industrial, tal vez el más alto del mundo, – el congreso obrero y el partido obrero en Bélgica fueron una transición del socialismo no proletario al proletario. En Rusia, en pleno auge de la revolución burguesa, que engendra inevitablemente ideas pequeñoburguesas e ideólogos pequeñoburgueses, con la existencia de una corriente «trudovique» creciente en las capas limítrofes del campesinado y del proletariado, con la existencia de un Partido Obrero Socialdemócrata de casi diez años de historia, el congreso obrero es un mal invento, la fusión con los eseristas (¿quién los conoce? quizás 30 mil, quizás 60 mil – dice Larin cándidamente) es un capricho de intelectual.

¡Sí, sí, la historia sabe hacer uso de la ironía! Años y años estuvieron tocando los mencheviques la trompeta sobre la cercanía de los bolcheviques al eserismo. Y he aquí que los bolcheviques rechazan el congreso obrero, entre otras razones, precisamente porque él ensombrecería la diferencia de puntos de vista del proletario y del pequeño propietario (véase la resolución del Comité de Petersburgo{95} en el nº 3 de «Proletari»). Y un menchevique está por la fusión con los eseristas en relación con la defensa del congreso obrero. Esto es inigualable.

– Yo no quiero disolver el partido en la clase, – se justifica Larin. – Yo quiero unir solamente a la vanguardia, 900 mil de 9 millones (pág. 17 y pág. 49).

Tomemos las cifras oficiales de la estadística fabril de 1903. Total de obreros fabriles: 1.640.406. De ellos, en fábricas con más de 500 obreros: 797.997; en fábricas con más de 100 obreros: 1.261.363. ¡El número de obreros en las fábricas más grandes (800 mil) es poco menor que la cifra de Larin para el partido obrero unificado con los eseristas!

De modo que Larin no confía en que nosotros en Rusia, teniendo ya ahora hasta 150–170 mil miembros del partido socialdemócrata, con 800 mil obreros en las fábricas más grandes, con grandes empresas mineras (no incluidas en este total), con una masa de elementos puramente proletarios en el comercio, en la agricultura, en el transporte, etc., – ¡que nosotros podamos conquistar próximamente para la socialdemocracia 900 mil proletarios como miembros del partido? Esto es monstruoso, pero es un hecho.

Pero la falta de fe de Larin es sólo la timidez de pensamiento del intelectual.

Nosotros creemos plenamente en la realizabilidad de esa tarea. Frente a la aventura del «congreso obrero» y del «partido sin partido», nosotros lanzamos la consigna: ampliación en cinco y en diez veces de nuestro partido socialdemócrata, pero sólo con elementos predominantemente y casi exclusivamente puramente proletarios y exclusivamente bajo la bandera ideológica del marxismo revolucionario[34].

Ahora, después del año de la gran revolución, con la rapidez del desarrollo de todos los partidos, el proletariado se destaca como partido independiente más rápidamente que nunca. Las elecciones a la Duma ayudarán a esto (por supuesto, si no se va a bloques oportunistas con los k.-d.). Las traiciones de la burguesía en general, y de la pequeña en particular (socialistas populares), fortalecerán a la socialdemocracia revolucionaria.

Alcanzaremos el «ideal» de Larin (900 mil miembros del partido) – incluso superaremos ese ideal mediante el trabajo tenaz en el mismo camino, y no mediante aventuras. Ahora es necesario realmente ampliar el partido con el elemento proletario. Es anormal que en Petersburgo haya sólo 6 mil miembros del partido (81 mil obreros en la gubernia de San Petersburgo en fábricas con 500 y más obreros; en total 150 mil obreros), – que en la región industrial central haya sólo 20 mil miembros del partido (377 mil obreros en fábricas con 500 y más obreros; en total 562 mil obreros). Hay que saber incluir[35] a los obreros en el partido en esos centros en cinco y diez veces más. En esto Larin tiene completa e incondicional razón. Pero no debemos caer en la pusilanimidad ni en el nerviosismo de intelectual. Lo conseguiremos en nuestro camino socialdemócrata, sin aventuras.

IV

El único «fenómeno consolador» en el folleto del camarada Larin es su ardiente protesta contra los bloques con los k.-d. En otro artículo de este número de nuestro periódico el lector encontrará citas detalladas al respecto, en relación con la caracterización de todos los vaivenes del menchevismo sobre esta importante cuestión{96}.

Aquí nos interesa la caracterización general del menchevismo hecha por un testigo tan «autorizado» como el menchevique Larin. Es precisamente con motivo de los bloques con los k.-d. que él protesta contra el «menchevismo simplificado-oficial». «El menchevismo oficial», escribe, es capaz de desear «la unión suicida con los adversarios de la socialdemocracia del campo burgués». No sabemos si Larin sabrá manifestar en la defensa de sus puntos de vista contra Plejánov más carácter que Mártov. Pero Larin se alza contra el menchevismo «oficial» y «de oficio» no sólo con motivo de los bloques con los k.-d. «Todo lo caduco, dice por ejemplo Larin al dirigirse al menchevismo, adquiere un sello de oficio»!! (pág. 65). El menchevismo caduca, cediendo el lugar al «realismo europeo». «De ahí la eterna melancolía, las medias tintas, la inseguridad del menchevismo» (pág. 62). Sobre las charlas del congreso obrero escribe: «De una especie de reticencia, de timidez de pensamiento, quizás simplemente que no se decide a decir en voz alta lo que ya ha madurado dentro, están selladas todas estas charlas» (pág. 6), etc.

Conocemos ya el trasfondo de esta crisis del menchevismo, de esta degeneración suya en burocratismo[36]: el intelectual pequeñoburgués no está seguro de la posibilidad de una ulterior lucha revolucionaria, teme reconocer la revolución como terminada, teme reconocer la reacción como definitivamente vencedora. «El menchevismo era sólo una instintiva, semiespontánea, melancolía por el partido», dice Larin. El menchevismo es la melancolía espontánea del intelectual por una constitución raquítica y una legalidad pacífica, diremos nosotros. El menchevismo es una supuesta apología objetiva de la reacción, que parte del medio revolucionario.

Los bolcheviques desde el comienzo mismo, ya en el periódico ginebrino «Vperiod»{97} (enero-marzo de 1905), ya en el folleto «Dos tácticas» (julio de 1905) planteaban la cuestión de un modo muy distinto. Sin hacerse la menor ilusión sobre el carácter contradictorio de los intereses y de las tareas de las diferentes clases en la revolución burguesa, declaraban ya entonces directamente: es posible que la revolución rusa termine en un aborto constitucional[37]. Como partidarios e ideólogos del proletariado revolucionario, cumpliremos con nuestro deber hasta el fin, – llevaremos nuestras consignas revolucionarias a través de todas las traiciones y ruindades de los liberales, a través de todos los vaivenes, de toda la timidez e inseguridad de los pequeños burgueses, – agotaremos realmente hasta el fin todas las posibilidades revolucionarias, – nos enorgulleceremos de haber sido los primeros en emprender el camino de la insurrección y los últimos en abandonarlo si de hecho se ha vuelto imposible. Y en la actualidad nosotros estamos lejos, muy lejos, de reconocer aún agotadas todas las posibilidades y perspectivas revolucionarias. Predicamos directa y abiertamente la insurrección y la tenaz, perseverante y prolongada preparación para ella.

Y cuando reconozcamos la revolución como terminada, lo diremos directa y abiertamente. Retiraremos de nuestra plataforma ante todo el pueblo todas nuestras consignas directamente revolucionarias (como la Asamblea Constituyente). No nos engañaremos a nosotros mismos y a los demás con sofismas jesuíticos (como la «Duma con plenitud de poderes» de Plejánov para los kadetes[38]). No justificaremos la reacción, no calificaremos el constitucionalismo reaccionario de terreno para un sano realismo. Diremos y demostraremos al proletariado que las traiciones de la burguesía y los vaivenes de los pequeños propietarios han arruinado la revolución burguesa, y que el propio proletariado preparará y llevará a cabo ahora una nueva revolución, la socialista. Y por eso, sobre el terreno del descenso de la revolución, es decir, de la traición total de la burguesía, en ningún caso iremos a bloque alguno, no sólo con la burguesía oportunista, sino tampoco con la burguesía revolucionaria, – pues el descenso de la revolución significaría la conversión del revolucionarismo burgués en una frase vacía.

He aquí por qué no nos afectan en absoluto las airadas palabras que tanto prodiga Larin a nuestra dirección, gritando sobre la cercana crisis del bolchevismo, sobre que se ha agotado, que siempre fuimos a remolque de los mencheviques, etc. Todos estos intentos de pinchar y pellizcar sólo provocan una sonrisa condescendiente.

De los bolcheviques se han apartado y se apartarán individuos aislados, pero en nuestra tendencia no puede haber crisis. El asunto es que nosotros desde el comienzo mismo (véase «Un paso adelante, dos atrás»[39]) declaramos: no creamos ninguna tendencia «bolchevique» especial, defendemos única y exclusivamente, en todas partes y siempre, el punto de vista de la socialdemocracia revolucionaria. Y en la socialdemocracia, hasta la revolución social, inevitablemente existirán un ala oportunista y un ala revolucionaria.

Basta una mirada superficial a la historia del «bolchevismo» para convencerse de ello.

1903–1904. Los mencheviques predican el democratismo en la organización. Los bolcheviques califican eso de frase intelectual, hasta la salida abierta del partido. El menchevique Rabochi en el folleto ginebrino (1905){98} reconoce que de hecho ningún democratismo hubo entre los mencheviques. El menchevique Larin reconoce que sus «conversaciones sobre el principio electivo» eran un «invento», eran un intento de «engañar a la historia» y que de hecho en el «grupo de San Petersburgo menchevique no hubo principio electivo ni siquiera en otoño de 1905» (pág. 62). Y después de la revolución de octubre, los bolcheviques fueron los primeros en anunciar inmediatamente en «Nóvaya Zhizn»{99} el paso al democratismo en el partido de hecho[40].

Finales de 1904. La campaña de los zemstvos. Los mencheviques van a remolque de los liberales. Los bolcheviques no niegan (contrariamente a la fábula a menudo difundida) las «buenas manifestaciones» ante los zemstvos, pero rechazan los «malos razonamientos de los intelectuales»[41], que decían que en la arena de lucha había dos fuerzas (el zar y los liberales), que la comparecencia ante los zemstvos era una manifestación del tipo superior. Ahora el menchevique Larin reconoce él mismo que la campaña de los zemstvos era un «invento» (pág. 62), era un «truco sabio y astuto» (pág. 57).

A principios de 1905. Los bolcheviques plantean abierta y directamente la cuestión de la insurrección, de la preparación para ella. En la resolución del III Congreso predicen la unión de la huelga con la insurrección. Los mencheviques dan vueltas, eluden las tareas de la insurrección, hablan de que armar a las masas es una necesidad candente del autoarmamento.

Agosto-septiembre de 1905. Los mencheviques (Parvus en «Nóvaya Iskra»{100}) llaman a participar en la Duma de Bulyguin. Los bolcheviques llaman al boicot activo de ella, a la predicación directa de la insurrección.

Octubre-diciembre de 1905. La lucha popular en forma de huelgas e insurrecciones barrió la Duma de Bulyguin. El menchevique Larin reconoce en una declaración escrita en el Congreso de Unificación que los mencheviques, en la época del máximo ascenso de la revolución, actuaban al modo bolchevique. En los órganos embrionarios del gobierno provisional participamos nosotros, socialdemócratas, junto con la burguesía revolucionaria.

Comienzos de 1906. Los mencheviques en la melancolía. No creen en la Duma y no creen en la revolución. Llaman a elegir a la Duma para boicotear la Duma (Larin, pág. 57). Los bolcheviques cumplen con su deber de revolucionarios, haciendo todo lo posible por el boicot de la segunda Duma, en la que no creía nadie en los círculos revolucionarios.

Mayo-junio de 1906. La campaña de la Duma. El boicot no resultó debido a la traición de la burguesía. Los bolcheviques llevan a cabo el trabajo revolucionario sobre un terreno nuevo, aunque peor. Durante la Duma, nuestra táctica, la de los socialdemócratas revolucionarios, se separa aún más claramente del oportunismo a los ojos de todo el pueblo: crítica de los k.-d. en la Duma, lucha por la liberación de los trudoviques de la influencia de los k.-d., crítica de las ilusiones en la Duma, predicación del acercamiento revolucionario de los grupos de izquierda de la Duma.

Julio de 1906. Disolución de la Duma. Los mencheviques titubean, pronunciándose por una inmediata huelga-manifestación y por acciones parciales. Los bolcheviques protestan. Larin, hablando de esto, silencia la protesta de los 3 miembros del CC, publicada para los miembros del partido. Larin dice una falsedad sobre este incidente. Los bolcheviques señalan lo absurdo de la manifestación, están por una insurrección más tardía[42]. Los mencheviques suscriben llamamientos a la insurrección junto con la burguesía revolucionaria.

Finales de 1906. Los bolcheviques reconocen que las traiciones de la burguesía obligan a ir por el camino indirecto, a ir a la Duma. ¡Abajo todos los bloques! ¡Abajo, en particular, los bloques con los kadetes! Los mencheviques están por los bloques.

No, camarada Larin, ¡no tenemos que avergonzarnos de tal marcha de la lucha entre el ala revolucionaria y el ala oportunista de la socialdemocracia rusa!

«Proletari» nº 9, 7 de diciembre de 1906.

Se publica según el texto del periódico «Proletari».