Empezaré por la composición general del congreso. Los delegados con voto decisivo se elegían, como es sabido, a razón de uno por cada 300 miembros del partido. En total hubo alrededor de 110 delegados de este tipo: al comienzo del congreso, al parecer, un poco menos (no todos habían llegado); al final, casi 113. Con voto consultivo había 5 redactores del Órgano Central (3 de la «minoría» y 2 de la «mayoría», pues yo recibí de vosotros un mandato con voto decisivo) y, si no me equivoco, cinco miembros del Comité Central. Además, con voto consultivo asistieron delegados de organizaciones que no obtuvieron voto decisivo, algunos invitados especiales al congreso (dos miembros de la «comisión agraria»{4}, luego Plejánov y Axelrod, después el camarada Akímov y algunos otros). Con voto consultivo estaban también algunos delegados de grandes organizaciones que contaban con más de 900 obreros (de Petersburgo, de Moscú, de la organización regional del sur, etc.). Por último, con voto consultivo había representantes de los partidos socialdemócratas nacionales: tres de la socialdemocracia polaca{5}, otros tantos de la letona{6} y de la judía (Bund){7}, y uno del Partido Obrero Socialdemócrata Ucraniano (nombre que, según parece, adoptó en su última conferencia el Partido Revolucionario Ucraniano{8}). En total, unas 30 personas, o algo más, con voto consultivo. En conjunto, pues, no 120, sino más de 140 personas.

Por su «orientación» en cuanto a la plataforma táctica o, si se quiere, por su posición fraccional, los delegados con voto decisivo se distribuían aproximadamente así: 62 mencheviques y 46 bolcheviques. Al menos, estas son las cifras que más se me grabaron de entre las numerosas votaciones «fraccionales» del congreso. Una parte de los delegados, por supuesto, estaba indecisa u oscilaba en algunas cuestiones: era el llamado, en lenguaje parlamentario, «centro» o «pantano». En el congreso este «centro» fue particularmente débil, aunque algunos camaradas a quienes yo, basándome en las votaciones, considero mencheviques, pretendían el título de «conciliadores» o «centro». De las votaciones más o menos serias del congreso solo recuerdo una (la votación sobre la cuestión de la unificación del Bund con el partido) en la que estos «mencheviques conciliadores» votaron de manera efectivamente no fraccional. De esta votación, cuando los mencheviques netamente fraccionales fueron derrotados por una mayoría de 59 votos, si mal no recuerdo, hablaré detalladamente más abajo.

Así pues, 62 y 46. El congreso era menchevique. Los mencheviques tenían un predominio firme y asegurado, que les permitía incluso ponerse de acuerdo de antemano y predeterminar así las resoluciones del congreso. Estos acuerdos privados en las reuniones fraccionales son, en esencia, completamente naturales cuando existe una mayoría compacta y definida, y cuando algunos delegados, sobre todo del llamado centro, se quejaban de ello, yo lo calificaba, en conversaciones con los delegados, de «queja del centro sobre su propia debilidad». En el congreso se intentó plantear la cuestión de las reuniones fraccionales, pero fue retirada, pues de hecho se vio que las fracciones se mantenían cohesionadas de todos modos y que resultaba posible admitir a personas ajenas a las reuniones fraccionales, hacerlas «abiertas»{9}. Hacia el final del congreso, por ejemplo, la cuestión de la composición del Comité Central, como se verá más abajo, se resolvió en esencia no mediante elecciones en el congreso, sino por simple «acuerdo» de las fracciones. No voy a evaluar este fenómeno. Lamentarlo, en mi opinión, es inútil, pues fue absolutamente inevitable mientras no se hayan superado aún las viejas divisiones fraccionales.

En cuanto a las diferencias internas dentro de las fracciones, señalaré que se manifestaron de manera notable únicamente en la cuestión agraria (una parte de los mencheviques estaba en contra de la municipalización, mientras que los bolcheviques se dividían en «rozhkovistas», partidarios del reparto y partidarios de la confiscación con nacionalización bajo la condición de la república) y en la cuestión de la unificación con el Bund. Además, saltaba a la vista la ausencia total entre los mencheviques de aquella corriente que se manifestó claramente en «Nachalo»{10} y que en el partido se acostumbraba a vincular con los nombres de los camaradas Párvus y Trotski. Es cierto que posiblemente hubiera «parvusistas» y «trotskistas» entre los mencheviques –a mí, por ejemplo, me aseguraban que eran hasta 8–, pero, al retirarse la cuestión del gobierno revolucionario provisional, no lograron manifestarse. Es más probable, sin embargo, que a raíz del giro general de los mencheviques en el congreso hacia Plejánov, con cuyos «Diarios»{11} no estaban de acuerdo antes del congreso, también los «parvusistas» dieran un cierto paso a la derecha. Recuerdo un solo episodio en el que, tal vez, los «parvusistas» entre los mencheviques obligaron a todos los mencheviques a girar un poco. Fue precisamente el incidente sobre la cuestión de la insurrección armada. Plejánov, presidente de la comisión, modificó la antigua resolución menchevique escribiendo, en lugar de «arrancar el poder» (se trataba en ese pasaje de la resolución de las tareas del movimiento), «arrancar los derechos por la fuerza» (o «conquistar los derechos», no recuerdo exactamente). El oportunismo de esta enmienda era tan flagrante que en el congreso resonaron las protestas más encendidas. Nosotros arremetimos contra la enmienda con redoblada fuerza. Las filas mencheviques vacilaron. No sé con exactitud si hubo reuniones fraccionales y qué ocurrió en ellas; no sé si fue veraz el comunicado que me transmitieron de que diez mencheviques, inclinados al «parvusismo», declararon su enérgico desacuerdo con la enmienda. El hecho es que Plejánov, tras los debates en el congreso, retiró él mismo la enmienda, sin dejar que la cuestión llegara a votación, retiró bajo el pretexto (diplomáticamente, tal vez, hábil, pero acogido con sonrisas) de que no valía la pena discutir especialmente por una cuestión de «estilística». Por último, para terminar con la cuestión de la composición del congreso, diré algo sobre la comisión de credenciales (comisión de verificación de la composición del congreso). Hubo dos, porque la primera, elegida por el congreso, dimitió en pleno{12}. Este hecho es absolutamente excepcional, nunca visto en los congresos anteriores. En cualquier caso, testimonia algo sumamente anormal en la labor de verificación de la composición del congreso. Recuerdo que el presidente de la primera comisión era un conciliador, que al principio inspiraba confianza también a nuestra fracción. Si no logró cohesionar a su comisión, si él y toda la primera comisión tuvieron que dimitir, eso significa que el conciliador no fue capaz de conciliar. Los detalles de la lucha congresual en torno a los informes de la comisión de credenciales son lo que más escapó a mi atención. La lucha fue muy enconada más de una vez, se anulaban los mandatos de los bolcheviques, se encendían las pasiones, el asunto llegó a estallar con la dimisión de la primera comisión, pero precisamente en ese momento yo no estaba en la sala de sesiones. Recuerdo todavía otro hecho, al parecer bastante importante, relacionado con la determinación de la composición del congreso. Fue la protesta de los obreros de Tiflis (en número, creo, de hasta 200) contra los poderes de la delegación de Tiflis, que era casi en su totalidad menchevique y se distinguía por lo numerosa que era: llegaba, parece, a 11 personas. Esta protesta fue leída en el congreso y, por consiguiente, debería figurar en las actas{13}.

Los trabajos de las comisiones de credenciales también deberían exponerse en las actas, siempre que dichas comisiones hayan cumplido su trabajo con cierta atención y hayan elaborado un informe auténtico sobre la verificación de los poderes y sobre todas las elecciones al congreso. No sé si se hará esto, si el informe aparecerá en las actas. Si no, quedará fuera de toda duda que las comisiones no abordaron su tarea con la debida atención y minuciosidad. Si sí, es posible que yo tenga que rectificar mucho de lo dicho más arriba, pues en una cuestión no de principio, sino puramente concreta y práctica, es particularmente fácil equivocarse al componer impresiones generales, y es particularmente importante el estudio atento de los documentos.

A propósito, para agotar todas las cuestiones formales y pasar cuanto antes a las cuestiones de principio, más interesantes, diré también algo sobre las actas. Temo que también en este aspecto nuestro congreso resulte peor que el segundo y el tercero. En esos dos congresos, las actas fueron aprobadas íntegramente por el congreso. En el Congreso de Unificación se dio por primera vez tal falta de diligencia de los secretarios, tal prisa por terminar el congreso (a pesar de haberse retirado del orden del día toda una serie de cuestiones de enorme importancia), que no se aprobaron en el congreso todas las actas. La comisión de actas (2 mencheviques y 2 bolcheviques) sale de este congreso con atribuciones inusitadamente amplias y difusas: aprobar las actas inconclusas. En caso de desacuerdo, deberá apelar a los delegados al congreso que se encuentren en Petersburgo. Todo esto es muy lamentable. Temo que no obtengamos actas tan buenas como las de los congresos II y III. Cierto es que tuvimos dos taquígrafos y algunos discursos se obtendrán casi íntegros, no en forma de resúmenes como antes, pero no se puede ni hablar de una versión taquigráfica completa de los debates del congreso, ya que dos taquígrafos no podían en absoluto con semejante trabajo, como reiteradamente manifestaron ante el congreso. Yo, en calidad de presidente, insistí especialmente en que los secretarios proporcionaran a toda costa buenos resúmenes, aunque fueran muy breves: que, por así decirlo, las versiones taquigráficas de algunos discursos fueran un lujoso complemento de las actas, pero que era preciso que hubiera una base, que se dispusiera, aunque fuera en forma de resúmenes, no de discursos sueltos, sino de todos los debates sin excepción{14}.