El miércoles 13 de febrero, Nicolás II recibió a 307 diputados de la III Duma. Las amables conversaciones del zar con los centurionegros Bobrinski y Chelyshev pertenecen al aspecto cómico de la nueva unión de la autocracia con la banda de aliados. Mucho más seria es la declaración de Nicolás de que la Duma debe aprobar pronto nuevas leyes agrarias y de que toda idea de expropiación forzosa debe ser excluida, pues él, Nicolás II, nunca sancionará una ley semejante. «Sobre los campesinos —informa el corresponsal del *Frankfurter Zeitung*— el discurso del zar produjo un efecto deprimente».

Sin duda, la importancia agitadora de la «declaración agraria» del propio zar es muy grande, y no podemos más que saludar a este talentoso agitador. Pero, además de su importancia agitadora, esta amenazante salida contra la expropiación forzosa tiene gran importancia como la entrada definitiva de la monarquía terrateniente en un nuevo camino de política agraria.

Los famosos decretos promulgados al margen de la Duma, en virtud del artículo 87 —el del 9 de noviembre de 1906 y los que le siguieron— abrieron la era de esta nueva política agraria del gobierno zarista. En la II Duma, Stolypin la confirmó; los diputados derechistas y octubristas la aprobaron; los kadetes (atemorizados por los rumores que circulaban en las antecámaras de la camarilla sobre la disolución de la Duma) renunciaron a condenarla abiertamente. Ahora, en la III Duma, la comisión agraria acaba de adoptar la disposición fundamental de la ley del 9 de noviembre de 1906 y ha ido más lejos, reconociendo como propiedad privada de los campesinos sus parcelas en todas las comunidades que no han realizado repartos durante 24 años. En la recepción del 13 de febrero, el jefe de la Rusia feudal-terrateniente aprobó en voz alta esta política, advirtiendo —claramente para conocimiento de los campesinos sin partido— que nunca sancionaría ninguna ley de expropiación forzosa en beneficio del campesinado.

El paso definitivo del gobierno del zar, los terratenientes y la gran burguesía (los octubristas) al lado de la nueva política agraria tiene una enorme importancia histórica. Los destinos de la revolución burguesa en Rusia —no sólo de la actual revolución, sino también de las posibles revoluciones democráticas futuras— dependen sobre todo del éxito o del fracaso de esta política.

¿En qué consiste la esencia de este viraje? En que, hasta ahora, la intangibilidad de la antigua posesión medieval de tierras de reparto de los campesinos y de su comunidad «primordial» encontraba sus más fervientes partidarios en las clases dominantes de la Rusia reaccionaria. Los terratenientes feudales, siendo la clase dominante en la Rusia anterior a la reforma, siendo la clase políticamente predominante durante todo el siglo XIX, llevaron en general una política de preservación de los viejos órdenes comunales de la tenencia campesina de la tierra.

El desarrollo del capitalismo socavó definitivamente estos órdenes para el siglo XX. La vieja comunidad estamental, la sujeción de los campesinos a la tierra, la rutina de la aldea semifeudal entraron en la más aguda contradicción con las nuevas condiciones económicas. La dialéctica de la historia hizo que el campesinado —que en otros países, bajo un régimen agrario mínimamente ordenado (desde el punto de vista de las exigencias del capitalismo), es el sostén del orden— se alzara en Rusia durante la revolución con las reivindicaciones más destructivas, hasta la confiscación de las tierras de los terratenientes y la nacionalización de la tierra (los trudovikí de la I y II Duma).

Estas reivindicaciones radicales, teñidas incluso con ideas de socialismo pequeñoburgués, no eran provocadas en absoluto por el «socialismo» del mujik, sino por la necesidad económica de cortar el enmarañado nudo de la propiedad feudal de la tierra, de despejar el camino para el granjero libre (el empresario agrícola) sobre la tierra libre de todas las barreras medievales[138].

El capitalismo ha socavado ya irreversiblemente todas las bases del viejo régimen agrario de Rusia. No puede seguir desarrollándose sin romper este régimen; y lo romperá inevitable e ineluctablemente; no existe fuerza en la tierra que pueda impedirlo. Pero este régimen puede ser roto a la manera terrateniente o a la manera campesina, para despejar el camino al capitalismo terrateniente o al capitalismo campesino. La ruptura terrateniente de lo viejo significa la destrucción violenta de la comunidad y la ruina acelerada, el exterminio de la masa de pequeños propietarios empobrecidos en provecho de un puñado de kulaks. La ruptura campesina significa la confiscación de la propiedad territorial y la entrega de toda la tierra a disposición de la granjería libre surgida de los campesinos (el «derecho igual a la tierra» de los señores populistas significa, en realidad, el derecho de los propietarios a la tierra con la supresión de todas las barreras medievales).

Y he aquí que el gobierno de la contrarrevolución comprendió esta situación. Stolypin entendió correctamente la cuestión: sin romper la vieja propiedad agraria no se puede asegurar el desarrollo económico de Rusia. Stolypin y los terratenientes emprendieron audazmente el camino revolucionario, rompiendo del modo más implacable los viejos órdenes, entregando enteramente a la rapiña y al saqueo de terratenientes y kulaks a las masas campesinas.

¡Los señores liberales y demócratas pequeñoburgueses —desde los «meones»{118} semioctubristas, pasando por *Rússkie Védomosti*, hasta el señor Peshejónov de *Rússkoie Bogatstvo*— han armado ahora un terrible escándalo por la destrucción de la comunidad por parte del gobierno, acusando a este gobierno de revolucionarismo! Jamás había aparecido con tanta nitidez la posición ambigua del liberalismo burgués en la revolución rusa. No, señores, con lloriqueos por la destrucción de los fundamentos primordiales no se puede ayudar en este asunto. Tres años de revolución han quemado las ilusiones conciliadoras y transaccionales. La cuestión está planteada con claridad. O una audaz llamada a la revolución campesina que vaya hasta la república, y una preparación ideológica y organizativa integral de esta revolución en alianza con el proletariado. O un vacuo lamento, impotencia política e ideológica ante la embestida stolypinista-terrateniente-octubrista contra la comunidad.

¡Elijan, aquellos a quienes aún les queda una gota de valor cívico y simpatía hacia las masas campesinas! El proletariado ya ha hecho su elección, y ahora, más firmemente que nunca, el partido obrero socialdemócrata explicará, propagará, lanzará a las masas la consigna de la insurrección campesina junto con el proletariado, como el único medio posible de impedir el método stolypinista de «renovación» de Rusia.

No diremos que este método es imposible —ha sido ensayado en Europa más de una vez en menor escala—, pero explicaremos al pueblo que sólo es realizable mediante violencias ilimitadas de una minoría sobre la mayoría durante decenios y mediante el exterminio masivo del campesinado avanzado. No concentraremos nuestras preocupaciones en remendar los revolucionarios proyectos de Stolypin, en intentos de corregirlos, de atenuar sus efectos, etc. Responderemos intensificando nuestra agitación entre las masas populares, especialmente en los sectores del proletariado vinculados al campesinado. Los diputados campesinos —incluso cribados por una serie de tamices policiales, incluso elegidos por los terratenientes, incluso atemorizados por los bisontes en la Duma— han revelado hace muy poco sus verdaderas aspiraciones. ¡El grupo de campesinos sin partido y en parte derechistas se pronunció, como se sabe por la prensa, a favor de la expropiación forzosa de la tierra y de los organismos agrarios locales elegidos por toda la población! No en vano un kadete dijo en la comisión agraria que el campesino derechista está a la izquierda de los kadetes. Sí, en la cuestión agraria, los campesinos «derechistas» en las tres Dumas se sitúan a la izquierda de los kadetes, demostrando con ello que el monarquismo del mujik es una ingenuidad que se extingue, a diferencia del monarquismo de los políticos liberales, que son monárquicos por cálculo de clase.

El zar de los señores feudales les gritó a los campesinos sin partido que no permitirá la expropiación forzosa. ¡Que la clase obrera le responda con un grito a millones de campesinos «sin partido», diciéndoles que los llama a la lucha de masas por el derrocamiento del zarismo y por la confiscación de la tierra de los terratenientes!

*«Proletari»* nº 22, 19 de febrero (3 de marzo) de 1908.