En «Tovarisch»{34} del 20 de septiembre se inserta un «diálogo» sumamente instructivo entre un kadete y cierto político más izquierdista (¿un trudovik?), que expresa el punto de vista de un colaborador de ese periódico, el señor V. V. J—ov. He aquí cómo el radical reprende al kadete:

«¿Acaso no es al revés?» — pregunta al kadete, que peroraba acerca de que sólo la seguridad en el propio derecho es capaz de crear la fuerza. «¿No es la fuerza la que da la seguridad en la inviolabilidad del derecho?» «La actividad de su partido… la considero un quijotismo político… Ustedes fortalecían ficciones…» «La culpa es de sus ilusiones constitucionales… Lo que ustedes decían y cómo lo decían creaba una fe excesiva en la omnipotencia de la Duma. Y eso no contribuía a la acumulación de las fuerzas sociales… Siempre que escuchaba sus discursos dentro y fuera de la Duma, deseaba que dejaran de considerar a la Duma como un órgano constitucional y vieran en ella sólo un órgano de la voluntad social, que lucha contra otra voluntad… La situación exigía, ante todo, la organización de las propias fuerzas… La Duma debía emplear todos sus esfuerzos para crear por sí misma el aparato que la ley no le otorgaba… Ustedes descubren su talón de Aquiles: las ilusiones constitucionales… Siempre acababa convenciéndome de cuán profundamente habían calado en su partido las ficciones constitucionales… Le riño (a ustedes, kadetes) porque dejaban de sentirse una parte beligerante y aparecían como una especie de liquidador de la lucha. Proponían, entre otras cosas, lo que en otros países ha surgido ya como resultado de la lucha entre las partes».

¿Verdad que son discursos instructivos? Sólo que en vano nuestro bravo bernsteiniano{35} «hizo salir» a un kadete demasiado tonto para derrotarlo en el «diálogo». Los hay, con todo, más inteligentes. Los hay que siguen atentamente la literatura menchevique y, en particular, los escritos de Plejánov. Un kadete así respondería de otro modo a su interlocutor.

Diría: ¡Mi querido radical! Qui prouve trop, ne prouve rien. Quien prueba demasiado, no prueba nada. Y usted prueba, indudablemente, demasiadas cosas desde el punto de vista de su propia posición. ¿Acaso no nos apoyaron ustedes en las elecciones a la Duma y no combatieron a los boicotistas? Pero las elecciones obligaban. Esas elecciones se hicieron enteramente bajo el signo de lo que usted ahora llama «ilusiones constitucionales» (¡puf! ¡puf! ¿No habrá leído usted demasiadas obras bolcheviques?). Yo podría mostrarle, queridísimo radical, más de un pasaje —¡y no uno solo!— de su propio periódico «Tovarisch», donde ustedes (no usted personalmente, pero sí sus correligionarios) aseguraban al crédulo filisteo ruso que los malos ministros tendrían que dimitir si triunfaba en las elecciones el partido de la «libertad popular». ¿Eh? ¿Qué? ¿Ha olvidado eso, mi querido radical? Pues nosotros lo recordamos, lo recordamos muy bien. No se podía elegir, honorable señor, sin prometer ser leal, sin jurar aplicar únicamente procedimientos constitucionales de lucha. ¡Y nosotros, nosotros, el partido de la libertad popular, nosotros hacemos promesas sólo, y precisamente, para cumplirlas!

Dice usted que confiamos demasiado en la omnipotencia de la Duma, que eso no contribuyó a la acumulación de las fuerzas «propias». Pero lea, por el amor de Dios, lo que escribió Plejánov, escritor indiscutiblemente autorizado para usted. Precisamente ustedes, sus correligionarios, y de ningún modo los kadetes, son los que gustan de declarar en conversaciones íntimas que, en el fondo, son completa, completamente socialdemócratas, y se declararían tales si… si la socialdemocracia se situara por entero en el punto de vista de Plejánov. ¿Y no fue Plejánov quien dijo en el Congreso de Unificación del POSDR que sólo los anarquistas pueden gritar acerca de las ilusiones constitucionales? ¿No fue Plejánov quien propuso una resolución en la que la Duma no sólo era calificada de poder —¡y esta denominación fue aprobada por el Congreso de Unificación de los socialdemócratas!— sino, además, un poder «llamado a la vida por el propio zar y aprobado por la ley»? ¿No escribió Plejánov en el estimado órgano de los mencheviques —¡y ustedes, señores de «Nasha Zhizn»{36}, siempre elogiaron esas tendencias mencheviques!— que el trabajo orgánico en la Duma posee la mayor importancia agitacional? ¡Y ustedes aplaudieron a Plejánov, admiraron públicamente su «valentía» (¡sí! ¡sí! ¡se expresaban así!) en la lucha contra el «blanquismo»! ¡En el sentido literal de la palabra, aún no han gastado los zapatos desde que ocurrió todo eso, y ya repiten ustedes mismos los tristes extravíos blanquistas!

Si el kadete se defendiera de este modo, su defensa se transformaría en ataque, y el radical sería derrotado completamente…

Este radical recuerda, con su actual intervención de guerrillero contra las ilusiones constitucionales, a aquel héroe del epos popular que gritaba: «¡con llevarlo no acabaréis nunca!» al ver una procesión fúnebre. Piénsese, en efecto: ¿cuándo era importante y perentoriamente necesaria la lucha contra las ilusiones constitucionales? Evidentemente, cuando éstas florecían y podían causar, causaban de hecho, un daño amplio, seduciendo a toda clase de «pequeños». Dicho de otro modo: cuando a las amplias masas podía y debía parecerles que la constitución existía, pero en realidad no existía constitución alguna. Precisamente ese fue el período de las elecciones a la primera Duma y durante las sesiones de la Duma, es decir, de marzo a junio de 1906. Fue precisamente entonces cuando las ilusiones constitucionales causaron un daño amplio. Pero entonces sólo los socialdemócratas bolcheviques lucharon sistemáticamente contra ellas, nadando contra la corriente. Entonces los señores J—ov y otros publicistas de «Nasha Zhizn» apoyaban esas ilusiones, «combatiendo» a los bolcheviques, increpándolos por su dura crítica a los kadetes.

Ahora la Duma ha sido disuelta. Los kadetes están derrotados. A nadie le parece ya que exista la constitución. Ahora incluso animales no muy nobles pueden cocear a los kadetes («les riño», véase el «diálogo») y, cada cuatro palabras, maldecir las ilusiones constitucionales. ¡Eh, señores radicales! ¡El huevo de Pascua es caro a su debido tiempo!…

El ejemplo del señor J—ov y Cía. es una muestra instructiva de cómo personas que se consideran políticos cultos e incluso librepensadores o radicales, navegan a la deriva, incapaces y sin ideas, flojas e impotentes. En marzo-junio de 1906 apoyan las ilusiones constitucionales, llamando a la Duma poder, se arrastran a la cola de los kadetes, arrugan con repugnancia la nariz ante la crítica implacable de ese partido entonces de moda. En septiembre de 1906 «riñen» a los kadetes y «combaten» las ilusiones constitucionales, sin comprender que se han rezagado de nuevo, que ahora eso ya no basta, sino que hace falta un llamamiento directo a una forma determinada (determinada por el desarrollo histórico anterior) de lucha revolucionaria.

Sería bueno que, con el ejemplo de tales señores, la intelligentsia rusa, que engendra una masa de semejantes alfeñiques, aprendiera a tomar conciencia de todo el daño del oportunismo. Entre nosotros, a menudo se considera esta palabra un mero «insulto», sin reflexionar sobre su significado. El oportunista no traiciona a su partido, no lo vende, no se aparta de él. Sigue sirviéndolo sincera y celosamente. Pero su rasgo típico y característico es la docilidad al estado de ánimo del momento, la incapacidad de resistirse a la moda, la miopía y la falta de carácter en política. El oportunismo es el sacrificio de los intereses duraderos y esenciales del partido en aras de sus intereses momentáneos, pasajeros y secundarios. Un cierto auge industrial, una prosperidad relativa del comercio, una ligera animación del liberalismo burgués, y el oportunista ya grita: ¡no atemoricéis a la burguesía, no rehuyáis de ella, abandonad las «frases» sobre la revolución social! Se reunió la Duma, sopló la «primavera» policial-constitucional, y el oportunista ya llama a la Duma poder, se apresura a maldecir el «funesto» boicot, se precipita a esgrimir la consigna de apoyar la exigencia de un ministerio de la Duma, es decir, kadete. Retrocedió la ola, y con igual sinceridad, y de manera igualmente inoportuna, el oportunista empieza a «reñir» a los kadetes y a vapulear las ilusiones constitucionales.

Ninguna política consecuente, digna de una clase verdaderamente revolucionaria, que conduzca con firmeza a través de todas las pequeñas desviaciones y vacilaciones hacia la preparación de un combate decidido y de una osadía abnegada contra el enemigo, es posible bajo el dominio de semejantes estados de ánimo intelectualizantes. He aquí por qué el proletariado consciente debe saber relacionarse críticamente con la intelligentsia que se sitúa de su lado, debe aprender a librar una lucha implacable contra el oportunismo en la política.

«Véstnik Zhizni» núm. 12, 18 de octubre de 1906. Firmado: N. Lenin

Se publica según el texto de la revista «Véstnik Zhizni»