La cuestión mencionada en el título fue la segunda en ser debatida en el congreso. Los ponentes fuimos Martýnov y yo. El camarada Martýnov, en su informe, no defendió propiamente el proyecto menchevique de resolución publicado en el n.º 2 de «Izvestia del Partido». Prefirió ofrecer un «esbozo general» de sus puntos de vista y una crítica general de lo que los mencheviques llaman las concepciones bolcheviques.

Habló de la Duma como centro político, de lo nocivo de la idea de la toma del poder, de la importancia de la construcción constitucional en la época revolucionaria. Criticó la insurrección de diciembre, llamó a reconocer abiertamente nuestra derrota, acusando a nuestra resolución de plantear de forma «técnica» la cuestión de la huelga y la insurrección. Dijo que «los kadetes, a pesar de su carácter antirrevolucionario, construyen los andamios para el ulterior desarrollo de la revolución»[13] (¿por qué no se dice esto en sus resoluciones?, preguntábamos nosotros), dijo: «estamos en vísperas de una explosión revolucionaria» (¿por qué no figura esto en su resolución?, volvimos a preguntar). Dijo, entre otras cosas: «objetivamente, los kadetes desempeñarán un papel más importante que los eserres». La comparación de la toma del poder con las ideas de Tkachov, el poner en primer plano a la Duma como inicio de la «construcción constitucional», como piedra angular del sistema de «instituciones representativas»: tal fue la idea central del informe del camarada Martýnov. Como todos los mencheviques, adaptaba pasivamente nuestra táctica al menor giro en el curso de los acontecimientos, la supeditaba a los intereses del momento, a las necesidades (o aparentes necesidades) del minuto y rebajaba involuntariamente las tareas fundamentales y cardinales del proletariado como combatiente de vanguardia en la revolución democrático-burguesa.

Basé mi informe en una comparación precisa de las dos resoluciones propuestas al congreso. En ambas, dije, se reconoce que la revolución avanza hacia un nuevo ascenso, que nuestra tarea es esforzarnos por llevarla hasta el fin y, por último, que esta tarea sólo puede cumplirla el proletariado junto con el campesinado revolucionario. Parecería que estas tres tesis deberían determinar una completa unidad de la línea táctica. Pero observen, ¿cuál de las dos resoluciones aplica con mayor consecuencia este punto de vista fundamental?, ¿cuál la motiva más correctamente e indica con mayor acierto las conclusiones que de ella se derivan?

Y yo mostraba que la motivación de la resolución menchevique era totalmente inservible, que era una simple frase, no una motivación («la lucha no ha dejado al gobierno otra opción». ¡Es un ejemplo de frase hueca! Eso es precisamente lo que hay que demostrar, y no en esa forma. Los mencheviques empiezan, pues, con una tesis no demostrada e indemostrable). Dije que quien reconozca realmente que el ascenso de la revolución es inevitable, debe sacar la conclusión correspondiente acerca de la forma principal del movimiento. Pues en esto consiste la cuestión científica y política cardinal que debemos resolver y de la cual los mencheviques se escabullen: como quien dice, cuando haya Duma, iremos tras la Duma; cuando huelgas e insurrección, iremos tras las huelgas y la insurrección, pero no quieren o no pueden prever la inevitabilidad de una u otra forma del movimiento. No se atreven a decir al proletariado y a todo el pueblo cuál es la forma principal del movimiento. Y si es así, entonces las palabras sobre el ascenso de la revolución y sobre llevarla hasta su fin (los mencheviques dijeron con muy poca fortuna: hasta su fin lógico) son una frase vacía. Esto significa precisamente: no elevar al proletariado al papel de dirigente de vanguardia de la revolución, que la valora con mayor profundidad y amplitud, que da sentido a su táctica con los intereses generales y cardinales de la democracia, sino rebajar al proletariado al papel de participante pasivo y modesto «peón» de la revolución democrático-burguesa.

Los mencheviques, dije, toman sólo la primera mitad de la célebre tesis de Hegel: «todo lo real es racional, todo lo racional es real». La Duma es real. Por tanto, la Duma es racional, dicen ellos, y se satisfacen con eso. La lucha fuera de la Duma es «racional» —respondemos nosotros—. Se deriva con inevitable objetividad de toda la situación actual. Por tanto, es «real», aunque en el momento presente se halle aplastada. No debemos seguir servilmente el momento; eso sería oportunismo. Hemos de reflexionar sobre las causas más profundas de los acontecimientos y sobre las consecuencias más lejanas de nuestra táctica.

Los mencheviques reconocen en su resolución que la revolución va en ascenso, que el proletariado junto con el campesinado deben llevarla hasta el fin. Pero quien piensa así en serio, debe saber sacar también las conclusiones. Si es con el campesinado, significa que consideráis a la burguesía liberal-monárquica (kadetes, etc.) como no fiable. ¿Por qué no decís esto, como se dice en nuestra resolución? ¿Por qué no mencionáis ni con una sola palabra la necesidad de luchar contra las ilusiones constitucionales, es decir, contra la fe en las promesas y las leyes del viejo gobierno autocrático? A los kadetes les es habitual olvidarse de esta lucha; ellos mismos difunden las ilusiones constitucionales. Pero el socialdemócrata que en un momento revolucionario olvida la tarea de luchar contra las ilusiones constitucionales, en política se equipara a un kadete. ¿De qué valen todas las palabras sobre «el ascenso de la revolución», sobre «llevarla hasta el fin», sobre «una nueva explosión revolucionaria», si en la práctica el socialdemócrata no desenmascara ante el pueblo las ilusiones constitucionales?

La cuestión de las ilusiones constitucionales es precisamente aquella en la que más fácilmente y con mayor certeza se puede distinguir hoy al oportunista del partidario del ulterior desarrollo de la revolución. El oportunista rehúye desenmascarar estas ilusiones. El partidario de la revolución muestra despiadadamente su carácter engañoso. ¡Y he aquí que los socialdemócratas mencheviques callan acerca de una cuestión así!

Sin atreverse a decir abierta y directamente que las formas de lucha de octubre y diciembre son inadecuadas e indeseables, los mencheviques lo dicen en la peor forma, encubierta, indirecta y evasiva. Esto es completamente indecoroso para un socialdemócrata.

Tales fueron las tesis fundamentales de mi informe.

De los debates sobre estos informes cabe señalar los siguientes incidentes característicos. Un camarada que en el congreso se hizo llamar Borís Nikoláievich, me obligó a exclamar en mi discurso de clausura: al cazador le sale la pieza[14]. Difícilmente se podría haber reunido de forma más patente que como él lo hizo toda la «esencia» del menchevismo. Es una «curiosidad», decía, que los bolcheviques consideren como «forma principal del movimiento» no la legal ni la constitucional, sino los movimientos revolucionarios de las amplias masas populares. Esto es «ridículo», pues tales movimientos no existen en la realidad, mientras que la Duma sí está presente. Eso es «metafísica» y «fraseología»: las palabras sobre el papel del proletariado como «cabeza» o «dirigente», sobre la posibilidad de convertirse en «apéndice», etc.

¡Quítese los lentes kadetes! —respondí yo a ese menchevique consecuente—. Entonces verán también el movimiento campesino en Rusia, la efervescencia en las tropas, el movimiento de los obreros sin trabajo; verán esas formas de lucha que ahora están «agazapadas» y que ni siquiera los burgueses moderados se atreven a negar. Ellos hablan directamente del perjuicio o la inutilidad de esas formas de lucha. Y los socialdemócratas mencheviques se burlan de ellas. Tal es la diferencia entre la burguesía y los socialdemócratas mencheviques. Exactamente igual que ocurrió con Bernstein, el menchevique alemán, el socialdemócrata alemán del ala derecha. La burguesía encontraba y declaraba directamente nocivas las formas revolucionarias de lucha en Alemania a finales del siglo XIX. Bernstein se burlaba de ellas.

La cuestión de Bernstein, al ser abordada en el congreso, condujo naturalmente a la pregunta: ¿por qué alaba la burguesía a Plejánov? El hecho de que toda la inmensa masa de periódicos y publicaciones liberal-burguesas de Rusia, incluido incluso el «Slovo»{25} octubrista, elogiara con el mayor celo a Plejánov, no podía dejar de ser señalado en el congreso.

Plejánov recogió el guante. A Bernstein la burguesía lo elogiaba por algo distinto de por lo que me elogia a mí, dijo. A Bernstein lo elogiaban por entregar a la burguesía nuestra arma teórica: el marxismo. Y a mí me elogian por la táctica. La situación es distinta.

A Plejánov le respondieron el representante del partido socialdemócrata polaco y yo. Ambos señalamos que Plejánov no tenía razón. La burguesía elogiaba a Bernstein no sólo por la teoría, y en rigor, no lo elogiaba en absoluto por la teoría. A la burguesía le importan un bledo todas las teorías. La burguesía elogiaba a los socialdemócratas alemanes del ala derecha por señalar una táctica diferente. Los elogiaban por la táctica. Por la táctica de los reformistas, a diferencia de la táctica revolucionaria. Por reconocer como lucha principal o casi única la lucha legal, parlamentaria, reformista. Por el afán de transformar la socialdemocracia en un partido de reformas democrático-sociales. He ahí por qué elogiaban a Bernstein. Lo elogiaban los burgueses por embotar las contradicciones entre el trabajo y el capital en la época en vísperas de la revolución socialista. A Plejánov lo elogia la burguesía por embotar las contradicciones entre el pueblo revolucionario y la autocracia en la época de la revolución democrático-burguesa. A Plejánov lo elogian por reconocer como forma principal de lucha la lucha «parlamentaria», por condenar la lucha de octubre-diciembre y, en particular, la insurrección armada. A Plejánov lo elogian por haberse convertido, en las cuestiones de táctica actual, en jefe del ala derecha de la socialdemocracia.

Olvidé añadir cómo se comportaron los mencheviques en los debates sobre la cuestión de las ilusiones constitucionales. No adoptaron una posición más o menos firme: unos decían que la lucha contra las ilusiones constitucionales es una tarea permanente de la socialdemocracia, y no en absoluto una tarea especial del momento actual. Otros (Plejánov) declaraban anarquismo la lucha contra las ilusiones constitucionales. En estas dos opiniones extremas y contrapuestas de los mencheviques sobre la cuestión de las ilusiones constitucionales se ponía de manifiesto con particular relieve la total impotencia de su posición. Cuando el régimen constitucional se ha consolidado, cuando la lucha constitucional se ha convertido, por un tiempo determinado, en la forma principal de la lucha de clases y de la lucha política en general, entonces el desenmascaramiento de las ilusiones constitucionales no constituye una tarea especial de la socialdemocracia, una tarea del momento. ¿Por qué? Porque en esos momentos los asuntos se resuelven en los Estados constitucionales exactamente como se deciden en los parlamentos. Las ilusiones constitucionales son una fe engañosa en la Constitución. Pasan al primer plano cuando parece que existe la Constitución pero en realidad no la hay, en otras palabras: cuando los asuntos se resuelven en el Estado no como se deciden en los parlamentos. Cuando la vida política real diverge de su reflejo en la lucha parlamentaria, entonces, y sólo entonces, la lucha contra las ilusiones constitucionales se convierte en tarea inmediata de la clase revolucionaria de vanguardia, el proletariado. Los burgueses liberales, temiendo la lucha extraparlamentaria, difunden las ilusiones constitucionales incluso cuando los parlamentos son impotentes. Los anarquistas niegan por completo la participación en los parlamentos en todas y cada una de las circunstancias. Los socialdemócratas son partidarios de utilizar la lucha parlamentaria, de participar en ella, pero desenmascaran implacablemente el «cretinismo parlamentario», es decir, la fe en que la lucha parlamentaria es la única forma de lucha política o la principal en todas las condiciones.

¿Diverge en Rusia la realidad política de las decisiones y los discursos de la Duma? ¿Se resuelven los asuntos del Estado en nuestro país tal como se deciden en la Duma? ¿Reflejan los partidos «dumistas» con alguna fidelidad las fuerzas políticas reales en el momento actual de la revolución? Basta plantear estas preguntas para comprender la impotente perplejidad de los mencheviques en la cuestión de las ilusiones constitucionales.

Esta perplejidad se manifestó en el congreso de manera extraordinariamente patente en que los mencheviques, aun siendo mayoría, ni siquiera pusieron a votación su resolución sobre la evaluación del momento actual. ¡Retiraron su resolución! Los bolcheviques en el congreso se rieron mucho de esto. Los vencedores retiran su resolución victoriosa, así se comentaba la conducta extraordinaria e inaudita en la historia de los congresos de los mencheviques. Incluso se exigió y se logró una votación nominal sobre esta cuestión, aunque los mencheviques se enfadaron por ello de un modo muy curioso, presentando a la mesa declaraciones escritas de que «Lenin está recopilando material de agitación contra las decisiones del congreso». ¡Como si ese derecho a recopilar material no fuera un derecho y un deber de toda oposición! ¡Y como si nuestros vencedores no estuvieran subrayando con su fastidio la situación increíblemente embarazosa en la que se habían metido al renunciar a su propia resolución! Los vencidos insisten en que los vencedores adopten su resolución victoriosa. No podríamos desear una victoria moral expresada de forma más determinada.

Los mencheviques decían, por supuesto, que no quieren imponernos aquello con lo que no estamos de acuerdo, que no quieren violencia, etc. Es comprensible que semejantes excusas fueran recibidas con sonrisas y reiteradas exigencias de votación nominal. Pues en aquellas cuestiones en las que creían tener razón, los mencheviques no temían «imponernos» su opinión, no temían la «violencia» (¿y a qué viene esa palabra terrible?), etc. La resolución sobre la evaluación del momento no llamaba al partido a ninguna acción. Pero sin ella el partido no podía comprender los fundamentos de principio y los motivos de toda la táctica del congreso.

La retirada de la resolución fue, en este sentido, la manifestación suprema del oportunismo práctico. Nuestra tarea es estar en la Duma cuando hay Duma, y no queremos saber nada de razonamientos generales, de ninguna evaluación general, de ninguna táctica meditada. Eso fue lo que dijeron los mencheviques al proletariado con la retirada de su resolución.

Es indudable que los mencheviques se convencieron de la inutilidad y la falsedad de su resolución. No cabe hablar siquiera de que personas convencidas de la justeza de sus puntos de vista renuncien a expresarlos directa y determinadamente. Pero el quid está en que los mencheviques no pudieron siquiera introducir enmienda alguna a su resolución. No pudieron, por consiguiente, ponerse de acuerdo entre sí sobre ni una sola cuestión sustancial en cuanto a la evaluación del momento y la evaluación de las tareas de clase del proletariado en general. Sólo pudieron coincidir en una decisión negativa: retirar por completo la resolución. Los mencheviques sentían confusamente que, si adoptaban su propia resolución de principio, socavarían sus resoluciones prácticas. Pero con ello no ayudaron a la causa. Las resoluciones de los mencheviques y los bolcheviques sobre la evaluación del momento pueden y deben ser discutidas y comparadas por todo el partido, por todas las organizaciones del partido. La cuestión quedó abierta. Y hay que resolverla. Y la comparación de ambas resoluciones señaladas con la experiencia de la vida política, con las lecciones, por ejemplo, de la Duma kadete, proporciona una excelente confirmación de la justeza de los puntos de vista bolcheviques sobre el momento de la revolución rusa y sobre las tareas de clase del proletariado.