Escrito en la primera quincena de mayo de 1906.

Publicado en junio de 1906 en Moscú como folleto separado.

Se imprime según el texto del folleto.

Cubierta del folleto de V. I. Lenin «Informe sobre el Congreso de Unificación del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia». – 1906 (Reducida).

¡Camaradas! Me habéis elegido delegado al Congreso de Unificación del POSDR{2}. No pudiendo presentarme personalmente ahora en Petersburgo, me permito presentar por escrito mi informe sobre el congreso y exponer de paso algunas reflexiones a propósito de él.

Antes de pasar al asunto, debo hacer una importante salvedad. Recordar con exactitud todo lo sucedido en el congreso, compuesto por 120 o más personas y que celebró alrededor de 30 sesiones, es completamente imposible. Estando ocupado en el buró del congreso como uno de los presidentes y participando además en algunas comisiones, no pude tomar notas durante el congreso. Confiar sin notas enteramente en la memoria es imposible. Una serie de episodios sueltos y de discursos particulares del congreso no los oí en absoluto, por ausentarme de la sala de sesiones debido al trabajo en comisiones o por causas casuales y personales. La experiencia de los congresos anteriores (II y III){3}, que fueron menores en número de delegados, me ha mostrado que, incluso con una atención tensa, no hay modo alguno de componer de memoria un cuadro exacto del congreso. Cuando vieron la luz las actas del II y III congreso, leí estas actas como nuevos libros, aunque yo mismo había participado en el congreso, porque esos libros, en verdad, me aportaron no poco de nuevo y me obligaron a rectificar toda una serie de impresiones personales inexactas o incompletas del congreso. Por eso ruego encarecidamente se tenga presente que la presente carta es sólo un borrador del informe, sujeto en todo caso a corrección sobre la base de las actas del congreso.

I. Composición del congreso

Empezaré por la composición general del congreso. Los delegados con voto decisivo se elegían, como se sabe, uno por cada 300 miembros del partido. En total había unos 110 delegados de éstos: al comienzo del congreso, según parece, algo menos (no todos habían llegado); al final, casi hasta 113. Con voz consultiva había 5 redactores del Órgano Central (3 de la «minoría» y 2 de la «mayoría», ya que yo recibí de vosotros mandato con voto decisivo) y, si no me equivoco, cinco miembros del CC Unificado. Luego, con voz consultiva estaban los delegados de organizaciones que no obtuvieron voto decisivo, algunos especialmente invitados al congreso (dos miembros de la «comisión agraria»{4}, luego Plejánov y Axelrod, después el camarada Akímov y algunos otros). Con voz consultiva estaban también algunos delegados de grandes organizaciones que tenían más de 900 obreros (de Petersburgo, de Moscú, de la organización regional del sur, etc.). Por último, con voz consultiva estaban los representantes de los partidos socialdemócratas nacionales: tres de la socialdemocracia polaca{5}, igual número de la letona{6} y de la judía (Bund){7}, uno del Partido Obrero Socialdemócrata Ucraniano (nombre que, según resultó, adoptó en su última conferencia el Partido Revolucionario Ucraniano{8}). En total había 30 personas, o un poco más, con voz consultiva. En total, pues, no 120, sino más de 140 personas.

Por su «orientación» respecto a la plataforma táctica o, si se quiere, por su posición de fracción, los delegados con voto decisivo se distribuían aproximadamente así: 62 mencheviques y 46 bolcheviques. Al menos, son las cifras que más recuerdo de todas las numerosas votaciones «fraccionales» del congreso. Una parte de los delegados, por supuesto, era indefinida u oscilaba en ciertas cuestiones: el llamado, en lenguaje parlamentario, «centro» o «pantano». En el congreso este «centro» era particularmente débil, aunque algunos camaradas, a los que yo clasificaba, a juzgar por las votaciones, como mencheviques, pretendían el título de «conciliadores» o de «centro». De las votaciones medianamente serias del congreso recuerdo sólo una (la votación sobre la cuestión de la unión del Bund con el partido), en la que esos «mencheviques-conciliadores» votaron efectivamente no de manera fraccional. Sobre esta votación, en que los mencheviques plenamente fraccionales fueron derrotados por una mayoría de 59 votos, según recuerdo, hablaré detalladamente más abajo.

Así pues, 62 y 46. El congreso era menchevique. Los mencheviques tenían un predominio firme y seguro, que les permitía incluso ponerse de acuerdo de antemano y predeterminar así las resoluciones del congreso. Estos acuerdos privados en las reuniones de fracción son completamente naturales, en esencia, cuando existe una mayoría compacta definida, y cuando algunos delegados, sobre todo del llamado centro, se quejaban de ello, yo lo calificaba en conversaciones con los delegados de «queja del centro por su propia debilidad». En el congreso se intentó plantear la cuestión de las reuniones de fracción, pero fue retirada, porque resultó de hecho que las fracciones se habían cohesionado de todos modos, y se hizo posible admitir a personas ajenas a las reuniones de fracción, hacer estas reuniones «abiertas»{9}. Hacia el final del congreso, por ejemplo, la cuestión de la composición del CC, como se verá más adelante, fue resuelta en esencia no mediante elecciones en el congreso, sino por un simple «acuerdo» entre las fracciones. No voy a valorar este fenómeno. Lamentarlo, a mi juicio, es inútil, pues era completamente inevitable mientras no estén superadas aún las viejas divisiones fraccionales.

En lo que respecta a las diferencias internas dentro de las fracciones, señalaré que estas se manifestaron de forma notable únicamente en la cuestión agraria (una parte de los mencheviques se oponía a la municipalización, mientras que los bolcheviques se dividían entre los «rozhkovistas», partidarios del reparto, y los partidarios de la confiscación con nacionalización bajo la condición de la república) y en la cuestión de la unificación con el Bund. Además, saltaba a la vista la total ausencia entre los mencheviques de la corriente que se había manifestado con nitidez en «Nachalo»{10} y que el partido se había acostumbrado a vincular con los nombres de los camaradas Parvus y Trotski. Es cierto que, posiblemente, hubiera «parvusistas» y «trotskistas» entre los mencheviques —a mí, por ejemplo, me aseguraron que eran hasta 8 personas—, pero, una vez retirada la cuestión del gobierno revolucionario provisional, no lograron manifestarse. Sin embargo, es más probable que, debido al giro general de los mencheviques en el congreso hacia Plejánov, con cuyos «Diarios»{11} no estaban de acuerdo antes del congreso, también los «parvusistas» dieran un cierto paso a la derecha. Recuerdo solamente un episodio en el que, tal vez, los «parvusistas» entre los mencheviques obligaron a todos los mencheviques a virar un poco. Se trata precisamente del incidente en torno a la cuestión de la insurrección armada. Plejánov, jefe de la comisión, modificó la vieja resolución menchevique escribiendo, en lugar de «arrancar el poder» (de esto se trataba en ese pasaje de la resolución acerca de las tareas del movimiento), «arrancar los derechos por la fuerza» (o «conquistar los derechos», no lo recuerdo con exactitud). El oportunismo de esta enmienda era tan flagrante que en el congreso se alzaron las protestas más encendidas. Nosotros atacamos la enmienda con redoblada fuerza. Las filas de los mencheviques vacilaron. No sé con exactitud si hubo reuniones de fracción y qué ocurrió en ellas; no sé si fue veraz la información que me transmitieron de que diez mencheviques, inclinados al «parvusismo», declararon su desacuerdo rotundo con la enmienda. El hecho es que Plejánov, tras las discusiones en el congreso, él mismo retiró la enmienda, sin dejar que la cuestión llegara a votación, retirándola bajo el pretexto (diplomáticamente quizás hábil, pero acogido con sonrisas) de que no merecía la pena discutir especialmente por una cuestión de «estilística». Por último, para concluir con la cuestión de la composición del congreso, diré aún algo sobre la comisión de mandatos (la comisión de verificación de la composición del congreso). Hubo dos, pues la primera, elegida por el congreso, dimitió en pleno{12}. Este es un hecho fuera de lo común, nunca visto en los congresos anteriores. En cualquier caso, testimonia algo sumamente anormal en lo que respecta a la labor de verificación de la composición del congreso. Recuerdo que el presidente de la primera comisión era un conciliador que inicialmente inspiraba confianza también a nuestra fracción. Si él no pudo cohesionar a su comisión, si él y toda la primera comisión tuvieron que dimitir, significa que el conciliador no fue capaz de conciliar. Los pormenores de la lucha en el congreso en torno a los informes de la comisión de mandatos son lo que más escapó a mi atención. La lucha fue más de una vez muy encendida, los mandatos de los bolcheviques eran anulados, las pasiones se encendían, el asunto llegó al estallido con la dimisión de la primera comisión, pero yo, justo en ese momento, no estaba en la sala de sesiones. Me quedó grabado también otro hecho, al parecer bastante importante, relacionado con la determinación de la composición del congreso. Fue la protesta de los obreros de Tiflis (en número, creo, de hasta 200) contra los poderes de la delegación de Tiflis, que era casi enteramente menchevique y que por su número descollaba fuera de lo común, llegando, creo, a 11 personas. Esta protesta fue leída en el congreso y, por consiguiente, debe figurar en las actas{13}.

Los trabajos de las comisiones de mandatos también deben estar expuestos en las actas, siempre y cuando dichas comisiones hayan cumplido su trabajo con la debida atención y hayan elaborado un verdadero informe sobre la verificación de los poderes y sobre todas las elecciones al congreso. Si esto se hará, si el informe aparecerá en las actas, no lo sé. Si no, entonces quedará fuera de toda duda que las comisiones no abordaron su tarea con la debida atención y escrupulosidad. Si sí, es posible que tenga que rectificar mucho de lo dicho más arriba, pues en una cuestión de este tipo, no de principio sino puramente concreta y práctica, es especialmente fácil equivocarse al componer impresiones generales y es especialmente importante el estudio atento de los documentos.

A propósito, para agotar todas las cuestiones formales y pasar cuanto antes a las cuestiones de principio más interesantes, hablaré también de las actas. Temo que también en este aspecto nuestro congreso resulte ser peor que el segundo y el tercero. En ambos congresos, las actas fueron aprobadas en su totalidad por el congreso. En el Congreso de Unificación, por primera vez, se dio tal falta de diligencia de los secretarios, tal prisa por terminar el congreso (a pesar de haberse retirado del orden del día toda una serie de cuestiones de enorme importancia), que en el congreso no se aprobaron todas las actas. La comisión de actas (2 mencheviques y 2 bolcheviques) sale de este congreso con atribuciones de una amplitud y vaguedad inauditas: aprobar las actas inconclusas. En caso de desacuerdo, debe apelar a los delegados al congreso que se encuentren en Petersburgo. Todo esto es muy lamentable. Temo que no obtengamos actas tan buenas como las de los congresos II y III. Cierto que tuvimos dos estenógrafos, y algunos discursos se obtendrán casi en su forma íntegra y no en forma de resúmenes, como antes, pero de una estenografía completa de los debates en el congreso no puede ni hablarse, pues un trabajo semejante era absolutamente superior a las fuerzas de dos estenógrafos, como ellos mismos declararon en repetidas ocasiones al congreso. Yo, en calidad de presidente, insistí especialmente en que los secretarios proporcionaran, costara lo que costase, buenos resúmenes, aunque fueran muy breves: que, por así decirlo, las estenografías de discursos aislados constituyan un lujoso complemento de las actas, pero es preciso que haya una base, que no haya discursos aislados sino que todos los debates, sin excepción, figuren al menos en forma de resúmenes{14}.

II. Elección de la mesa. Orden del día del congreso

Pasaré ahora al relato de los trabajos del congreso en el orden de las sesiones. La votación para la elección de la mesa fue la primera votación que, en esencia, predeterminó (por extraño que pueda parecer a personas alejadas del asunto) todas las votaciones más importantes del congreso. Unos 60 votos (nada menos que 58, si no me falla la memoria) votaron por Plejánov y Dan, dejando a menudo lugares vacíos en las papeletas en lugar del tercer candidato. Unos cuarenta y tantos votos o alrededor de 40 fueron para mí. Luego el «centro» se manifestó, añadiendo una decena o una quincena de votos ora a uno, ora a otro candidato. Resultaron elegidos: Plejánov, creo que con 69 votos (¿o 71?), Dan con 67 y yo con 60.

Sobre la cuestión del orden del día del congreso, los debates adquirieron dos veces un carácter interesante, arrojando mucha luz sobre la composición y el carácter del congreso. Aquí se inscriben, en primer lugar, los debates acerca de si poner en primer lugar la cuestión de la unificación con los partidos socialdemócratas nacionales. Los partidos nacionales lo deseaban, por supuesto. Nosotros también estábamos a favor. Los mencheviques hicieron fracasar esto, motivándolo así: que primero se autodefina el POSDR, y después se fusione con otros, que primero «nosotros» definamos cómo somos «nosotros», y después nos fusionemos con «ellos». A este argumento (psicológicamente del todo comprensible y, desde el punto de vista fraccional-menchevique, correcto) replicábamos nosotros: ¿no es extraño negar a los partidos nacionales el derecho a definirse junto con nosotros? Si «ellos» se fusionan con «nosotros», entonces «nosotros» juntos, incluyéndolos a ellos, estaremos y deberemos definir cómo somos «nosotros». Hay que señalar además que, con respecto a la socialdemocracia polaca, el Comité Central unificado había concluido ya antes del congreso un acuerdo sobre la fusión plena. No obstante, la colocación de esta cuestión en primer lugar fue derrotada en la votación. El camarada Varshavski, miembro de la delegación polaca, habló en contra de manera tan franca que exclamó incluso, entre las sonrisas generales del congreso, dirigiéndose a los mencheviques: ¡queréis primero «comeros» o «degollar» a los bolcheviques, y después uniros con nosotros! Era, por supuesto, una broma, y yo soy el menos inclinado a aferrarme a «palabras terribles» como la palabra «comerse», pero esta broma expresó de forma plástica una apreciación muy certera de una original situación política.

La segunda discusión interesante fue sobre si incluir o no en el orden del día del congreso la cuestión del momento actual de nuestra revolución y de las tareas de clase del proletariado. Nosotros, los bolcheviques, estábamos, por supuesto, a favor, de acuerdo con nuestra declaración[1] en el n.º 2 de *Partínye Izvestia*{15}. Desde el punto de vista de principios, no podía ni hablarse de eludir la cuestión fundamental de si la revolución marcha realmente hacia un ascenso, y qué formas del movimiento revolucionario son ahora, en virtud de las condiciones objetivas del momento, las principales, qué tareas del proletariado se derivan de ello. Discutiendo contra la inclusión de esta cuestión en general en el orden del día del congreso, los mencheviques se colocaron en una situación poco envidiable. Sus argumentos, como que se trata de una cuestión teórica, que no se puede atar al partido con resoluciones sobre tales cuestiones, etc., sorprendían directamente por su artificiosidad e inventiva. Se oyeron risas cuando, en respuesta al discurso casi de Dan, que se desvivía contra la inclusión de esta cuestión en el orden del día, uno de los oradores sacó el n.º 2 de *Partínye Izvestia* y leyó tranquilamente las «palabras fatídicas» de la plataforma táctica menchevique: «nosotros» – precisamente nosotros, los mencheviques – «nosotros reconocemos y proponemos al congreso que reconozca». ¿Cómo es eso, camaradas?, preguntaba el orador. Ayer «proponíamos al congreso que reconociera», ¿y hoy «proponemos al congreso» que no discuta esta cuestión? La cuestión fue incluida en el orden del día del congreso, pero los mencheviques posteriormente, como veremos más abajo, se salieron con la suya de todos modos.

III. La cuestión agraria

La cuestión agraria o, más exactamente, la cuestión del programa agrario fue colocada por el congreso en primer lugar. Los debates fueron amplios. Surgió una masa de interesantísimas cuestiones de principio. Hubo cinco ponentes: yo defendía el proyecto de la comisión agraria (publicado en el folleto: *Revisión del programa agrario del partido obrero*)[2] y atacaba la municipalización de Máslov. El camarada John defendía esta última. El tercer ponente, Plejánov, defendía a Máslov e intentaba asegurar al congreso que la nacionalización leninista era cosa eserista y populista. El cuarto ponente, Schmidt, defendía el proyecto de la comisión agraria con enmiendas en el espíritu de la «variante A» (véase esta variante en el citado folleto[3]). El quinto ponente, Borísov, defendía el reparto. Su programa era original por su construcción, pero en esencia se aproximaba sobre todo al nuestro, sustituyendo la nacionalización, condicionada por la creación de la república, por el reparto de las tierras en propiedad de los campesinos.

De suyo se comprende que la exposición de todos los detalles de los amplísimos debates está fuera de mi alcance en este informe. Intentaré esbozar sólo lo principal, es decir, la esencia de la «municipalización» y los argumentos contra la nacionalización condicionada por la institución de la república y demás. Haré notar aquí que en el centro de todos los debates se alzó el planteamiento plejanoviano de la cuestión, gracias a su agudeza polémica, siempre ventajosa y deseable desde el punto de vista de la neta separación de las tendencias fundamentales de una u otra orientación de pensamiento.

¿En qué consiste la esencia de la «municipalización»? En la transferencia de las tierras de los terratenientes (o más exactamente: de todas las tierras de gran propiedad privada) a manos de los zemstvos o, en general, de los órganos de autogobierno local. Las tierras de adjudicación campesina y las tierras de los pequeños propietarios deben quedar en su propiedad. Las grandes haciendas son «enajenadas» y pasan a posesión de los órganos de autogobierno local democráticamente organizados. Llanamente se puede expresar esto así: que las tierras campesinas sean propiedad campesina, y que las tierras de los terratenientes las tomen los campesinos en arriendo de los zemstvos, sólo de zemstvos democráticos.

Como primer ponente, me pronuncié decididamente contra este proyecto. No es revolucionario. Los campesinos no lo aceptarán. Es perjudicial si no hay un régimen estatal democrático plenamente consecuente, hasta la república, la elegibilidad de los funcionarios por el pueblo, la supresión del ejército permanente, etc. Tales fueron mis tres argumentos principales.

Considero este proyecto no revolucionario, en primer lugar, porque en él, en lugar de la confiscación (enajenación sin rescate), se hablaba de enajenación en general; en segundo lugar, y esto es lo principal, porque en este proyecto no hay un llamamiento al modo revolucionario de realizar la transformación agraria. Las frases sobre el democratismo no dicen absolutamente nada en un tiempo en que los hipócritas conciliadores de la autocracia con el pueblo, los kadetes{16}, se llaman a sí mismos demócratas. Todos los modos de transformación agraria se reducirán a una reforma liberal-burocrática, a una reforma kadete, y no a una revolución campesina, si no se enarbola como consigna la toma inmediata de las tierras por los propios campesinos ahora mismo sobre el terreno, es decir, precisamente por comités campesinos revolucionarios, de modo que los campesinos mismos dispongan también de estas tierras tomadas[4] hasta la convocatoria de una asamblea constituyente de todo el pueblo. Sin esta consigna, tendremos un programa de reforma agraria kadete o semikadete, y no de revolución campesina.

Prosigo. Los campesinos no aceptarán la municipalización. La municipalización significa: las tierras de adjudicación tómalas para ti gratis, y por las de los terratenientes paga arriendo al zemstvo. Los campesinos revolucionarios no aceptarán esto. Dirán o bien: repartamos todas las tierras entre nosotros, o bien: hagamos todas las tierras propiedad de todo el pueblo. La consigna de la municipalización nunca se convertirá en consigna del campesinado revolucionario. Si la revolución vence, entonces en ningún caso podrá detenerse en la municipalización. Si la revolución no vence, entonces de la «municipalización» resultará sólo un nuevo engaño a los campesinos al estilo de la reforma de 1861{17}.

Mi tercer argumento fundamental. La municipalización es perjudicial si se la condiciona al «democratismo» en general, y no específicamente a la república y la elegibilidad de los funcionarios por el pueblo. La municipalización es la entrega de la tierra a los órganos del poder local, a los órganos de autogobierno. Si el poder central no es plenamente democrático (república, etc.), entonces los poderes locales podrán ser sólo en minucias «autónomos», sólo en la cuestión del estañado de lavabos independientes, sólo tan «democráticos» como lo fueron, digamos, nuestros zemstvos bajo Alejandro III. Pero en las cuestiones importantes, y en particular en una cuestión tan fundamental como la propiedad terrateniente de la tierra, el democratismo de los poderes locales frente a un poder central no democrático es un juguete. Si no hay república y elección de los funcionarios por el pueblo, entonces municipalización significa: entregar las tierras de los terratenientes a los poderes locales electivos, aunque el poder central quede en manos de Trépov y Dubásov. Tal reforma será un juguete, y un juguete perjudicial, pues los Trépov y Dubásov dejarán a los poderes locales electivos el derecho a instalar cañerías de agua, tranvías eléctricos, etc., pero nunca podrán dejarles las tierras arrebatadas a los terratenientes. Los Trépov y Dubásov transferirán entonces esas tierras del «departamento» de los zemstvos al «departamento» del ministerio del interior, y los campesinos resultarán tres veces burlados. Hay que llamar a derrocar a los Trépov y Dubásov, a la elección de todos los funcionarios por el pueblo, y no dibujar, en lugar de esto y antes de esto, modelos de juguete de una especie de reforma local liberal.

¿Cuáles fueron, pues, los argumentos plejanovianos en defensa de la municipalización? Sobre todo, planteó en sus dos discursos la cuestión de la garantía contra la restauración. Este argumento original consistía en lo siguiente. La nacionalización de la tierra fue la base económica de la Rusia moscovita de la época prepetrina. Nuestra revolución actual, como cualquier otra revolución, no contiene en sí garantías contra la restauración. Por eso, en interés de evitar la restauración (es decir, el restablecimiento del viejo orden prerrevolucionario), hay que guardarse especialmente precisamente de la nacionalización.

Este argumento de Plejánov les pareció a los mencheviques sumamente convincente, y aplaudieron entusiasmados a Plejánov, en particular por las «palabras fuertes» dirigidas a la nacionalización (eserismo, etc.). Y, sin embargo, si se reflexiona un poquito, es fácil convencerse de que este argumento se reduce a pura sofística.

En efecto, observemos primero esta «nacionalización en la Rusia moscovita, prepetrina». No hablemos ya de que las concepciones históricas de Plejánov consisten en una exageración de la visión liberal-populista de la Rusia moscovita. Hablar seriamente de la nacionalización de la tierra en la Rusia prepetrina no viene al caso; remitámonos al menos a Kliuchevski, Efimenko y otros. Pero dejemos estas investigaciones históricas. Admitamos por un instante que en la Rusia moscovita, prepetrina, en el siglo XVII, existió realmente una nacionalización de la tierra. ¿Qué se desprende de ello? Según la lógica de Plejánov, se desprende que introducir la nacionalización equivale a facilitar la restauración de la Rusia moscovita. Pero semejante lógica es precisamente una sofisma, no lógica, o un juego de palabras, sin análisis de la base económica de los fenómenos o del contenido económico de los conceptos. En la medida en que en la Rusia moscovita hubo (o si la hubo) nacionalización de la tierra, su base económica fue el modo de producción asiático. Entretanto, en Rusia, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, se consolidó y ya en el siglo XX se volvió predominante de manera indudable el modo de producción capitalista. ¿Qué queda entonces del argumento de Plejánov? Mezcló la nacionalización basada en el modo de producción asiático con la nacionalización basada en el modo de producción capitalista. Por la identidad de las palabras, pasó por alto la diferencia radical de las relaciones económicas, precisamente de producción. Al construir su argumentación sobre la restauración de la Rusia moscovita (es decir, supuestamente la restauración de los modos de producción asiáticos), en realidad hablaba de una restauración política, al estilo de la restauración de los Borbones (a la que él hacía referencia), es decir, de la restauración de una forma de gobierno antirrepublicana sobre el terreno de las relaciones capitalistas de producción.

¿Se le señaló a Plejánov en el congreso que se había enredado? Se le señaló. El camarada que en el congreso se llamaba Demián dijo en su discurso que de la «restauración» con que a Plejánov se le ocurrió asustarnos no resultó absolutamente nada. De las premisas de su argumentación se desprende la restauración de la Rusia moscovita, es decir, la restauración del modo de producción asiático, es decir, el más puro despropósito en la época del capitalismo. En cambio, de sus conclusiones y ejemplos se desprende la restauración del Imperio por Napoleón o la restauración de los Borbones después de la gran revolución burguesa francesa. Pero semejante restauración no tenía nada en común con los modos de producción precapitalistas. Esto, en primer lugar. Y, en segundo lugar, semejante restauración no sobrevino precisamente después de la nacionalización de la tierra, sino después de la venta de las tierras de los terratenientes, es decir, después de una medida archiburguesa, puramente burguesa y que sin duda consolida las relaciones burguesas, es decir, capitalistas, de producción. Por consiguiente, al problema de la nacionalización no le atañe en absoluto ninguna de las restauraciones embrolladas por Plejánov, ni la restauración del modo de producción asiático (la restauración de la Rusia moscovita) ni la restauración del siglo XIX en Francia.

¿Qué respondió el camarada Plejánov a estos argumentos absolutamente irrefutables del camarada Demián? Respondió con extraordinaria habilidad. ¡Lenin es un eserista! —exclamó—, ¡y el camarada Demián me está dando de comer una especie de sopa de pescado de Demián!

Los mencheviques estaban fuera de sí de contento. Se desternillaban de risa con la brillante agudeza de Plejánov. Tronantes aplausos sacudían la sala de sesiones. La cuestión de si Plejánov había logrado salir airoso con su restauración fue eliminada de una vez para siempre del congreso menchevique.

Estoy lejos, por supuesto, de la idea de negar que la respuesta de Plejánov fue una perla no solo de brillante ingenio, sino, si se quiere, también de profundidad marxista. Pero aun así me permito pensar que el camarada Plejánov se enredó sin remedio entre la restauración de la Rusia moscovita y la restauración del siglo XIX en Francia. Me permito pensar que la «sopa de pescado de Demián» se convertirá en «expresión histórica» no en relación con el camarada Demián (como piensan los mencheviques embriagados por el brillo del ingenio de Plejánov), sino en relación con el camarada Plejánov. Al menos, en el Congreso de Unificación algunos delegados hablaron, a propósito de los discursos de Plejánov, de «ensalada campesina a la moscovita» y de «agudezas de salchicha», cuando el camarada Plejánov, a propósito del problema de la toma del poder en la revolución rusa actual, divertía a sus mencheviques contando la anécdota del communard de no sé qué pequeña ciudad de provincia en Francia que comió salchicha después de una fracasada «toma del poder».

En el congreso fui, como ya he señalado más arriba, el primer ponente sobre la cuestión agraria. Se me concedió la palabra para las conclusiones no en último lugar, sino también en primero entre los cinco ponentes. Por eso hablé después del camarada Demián y antes del camarada Plejánov. En consecuencia, no podía prever la genial defensa de Plejánov contra los argumentos de Demián. Me limité a repetir brevemente esos argumentos y puse el centro de gravedad no en señalar la completa vacuidad del razonamiento sobre la restauración como argumento a favor de la municipalización, sino en el análisis de fondo de la cuestión de la restauración. ¿De qué garantías contra la restauración se trata? —preguntaba yo al camarada Plejánov—. ¿Se trata de una garantía absoluta, en el sentido de la eliminación de la base económica que engendra la restauración? ¿O de una garantía relativa y temporal, es decir, de la creación de condiciones políticas que no eliminan la posibilidad misma de la restauración, sino que solo la hacen menos probable, que solo dificultan la restauración? Si se trata de la primera, respondo: la única garantía completa contra la restauración en Rusia (después de una revolución victoriosa en Rusia) puede ser, exclusivamente, una revolución socialista en Occidente. No hay ni puede haber otra garantía. De manera que, desde este punto de vista, la cuestión se reduce a saber cómo y con qué exactamente la revolución democrático-burguesa en Rusia puede facilitar o acelerar la revolución socialista en Occidente. Solo cabe una respuesta a esta cuestión: si el mísero 17 de Octubre{18} provocó un fuerte ascenso del movimiento obrero en Europa, la victoria completa de la revolución burguesa en Rusia provocará casi inevitablemente (o, al menos, con toda probabilidad) una serie de sacudidas políticas en Europa que serán el más poderoso impulso para la revolución socialista.

Examinemos ahora la «segunda» garantía contra la restauración, es decir, la relativa. ¿En qué consiste la base económica de la restauración sobre el fundamento del modo de producción capitalista, es decir, no la humorística «restauración de la Rusia moscovita», sino la restauración de tipo francés de principios del siglo XIX? En la situación del pequeño productor mercantil en toda sociedad capitalista. El pequeño productor mercantil vacila entre el trabajo y el capital. Junto con la clase obrera lucha contra el régimen de servidumbre y la autocracia policíaca. Pero, al mismo tiempo, tiende a consolidar su posición de propietario en la sociedad burguesa y, por consiguiente, si las condiciones de desarrollo de esta sociedad resultan mínimamente favorables (por ejemplo, prosperidad industrial, ampliación del mercado interior a raíz de una revolución agraria, etc.), el pequeño productor mercantil se vuelve inevitablemente contra el proletario que lucha por el socialismo. Por lo tanto, decía yo, la restauración sobre la base de la pequeña producción mercantil, de la pequeña propiedad campesina, en la sociedad capitalista no solo es posible en Rusia, sino incluso inevitable, porque Rusia es un país predominantemente pequeñoburgués. La situación de la revolución rusa desde el punto de vista de la restauración podía expresarse, seguía yo diciendo, con este planteamiento: la revolución rusa tiene fuerzas propias suficientes para vencer. Pero no tiene fuerzas suficientes para conservar los frutos de la victoria. Puede vencer, porque el proletariado junto con el campesinado revolucionario puede constituir una fuerza invencible. Pero no puede conservar las conquistas alcanzadas, porque en un país con un enorme desarrollo de la pequeña economía los pequeños productores mercantiles (incluidos los campesinos) se volverán inevitablemente contra el proletariado cuando este pase de la libertad al socialismo. Para conservar la victoria, para impedir la restauración, la revolución rusa necesita una reserva no rusa, necesita ayuda desde fuera. ¿Existe en el mundo tal reserva? Existe: el proletariado socialista de Occidente.

Quien habla de restauración olvidando esto, revela la extrema estrechez de sus concepciones sobre la revolución rusa. Olvida que la Francia de finales del siglo XVIII, en la época de la revolución democrático-burguesa, estaba rodeada de países semifeudales mucho más atrasados, que servían de reserva para la restauración; mientras que la Rusia de principios del siglo XX, en la época de su revolución democrático-burguesa, está rodeada de países mucho más avanzados, en los cuales existe una fuerza social capaz de convertirse en reserva de la revolución.

Resultado: al plantear la cuestión de la garantía contra la restauración, Plejánov rozó una serie de temas interesantísimos, pero no explicó absolutamente nada sobre el fondo del asunto y sólo se desvió (desvió a los oyentes mencheviques) de la cuestión de la municipalización. En efecto, si el apoyo de la restauración capitalista (llamemos así, para abreviar, a la restauración sobre la base del modo de producción capitalista, y no asiático) es la clase de los pequeños productores mercantiles, como clase, ¿qué tiene que ver aquí la municipalización? La municipalización es una de las formas de propiedad de la tierra, pero ¿acaso no está claro que los rasgos fundamentales y esenciales de una clase no cambian por la forma de propiedad de la tierra? El pequeño burgués es inevitable e ineludiblemente un baluarte de la restauración contra el proletario, tanto bajo la nacionalización, como bajo la municipalización, como bajo el reparto de la tierra. Si es concebible trazar una frontera tajante a este respecto entre las formas de propiedad de la tierra, sería acaso sólo en favor del reparto, por ser éste un vínculo más estrecho del pequeño propietario con la tierra, un vínculo más estrecho y, por ello, más difícil de romper[5]. Pero defender la municipalización con el argumento de la restauración es sencillamente ridículo.

En el curso de los debates en el congreso, los camaradas John y Plejánov, que pronunciaron sus palabras de clausura después de mí, intentaron una vez más saltar imperceptiblemente de este argumento fracasado sobre la restauración a otro, aparentemente similar en la forma, pero completamente distinto en el contenido. Empezaron a defender la municipalización no desde el punto de vista de la garantía contra la restauración de la monarquía después de la creación de la república, es decir, no como una medida para asegurar la república, no como una institución permanente, sino como una base en el proceso de lucha contra la monarquía por la república, es decir, como una medida que facilita las conquistas ulteriores, como una institución temporal y transitoria. Plejánov llegó incluso a llamar a los grandes órganos de autogobierno local, que hubieran municipalizado la tierra, "repúblicas" locales, que servirían de apoyo en la guerra contra la monarquía.

Con respecto a este argumento, cabe señalar: En primer lugar, el programa inicial de Máslov y el programa de John – Plejánov – Kóstrov, adoptado en el congreso, no indican ni con una sola palabra que la municipalización se considere como una medida temporal, transitoria en el curso de la revolución, es decir, como un instrumento de lucha por lo ulterior. Por consiguiente, tal interpretación es una "invención libérrima", no confirmada, sino refutada por el texto del programa. Por ejemplo, al proponer en mi programa los comités campesinos revolucionarios como instrumento de la revolución, como base de la lucha por lo ulterior, lo digo directa y explícitamente en el programa mismo: el partido aconseja a los comités campesinos que se apoderen de las tierras y dispongan de ellas hasta la Asamblea Constituyente. En el programa de Máslov – John – Plejánov – Kóstrov, no sólo no se dice esto[6], sino que, por el contrario, se expone indudablemente un plan de ordenación permanente del uso de la tierra.

En segundo lugar, el argumento principal y fundamental contra el razonamiento que analizamos consiste en que, bajo la apariencia de una garantía contra la restauración o contra la reacción, el programa de Plejánov resulta ser un pacto con la reacción. Piénsese, en efecto: ¿acaso no escribimos programas, y en particular el programa agrario (campesino), para las amplias masas que queremos dirigir? ¿Y qué es lo que resulta? Algunos miembros, incluso dirigentes del partido, dirán que los zemstvos que hayan municipalizado la tierra serán repúblicas contra la monarquía en el centro. ¡Pero en el programa, la transformación agraria se vincula directa y precisamente con el democratismo en la administración local, pero no se vincula ni con una sola palabra con el democratismo pleno de la administración central y de la estructura del Estado! Yo pregunto: ¿por qué se guiará en nuestra agitación y propaganda cotidianas la masa de los militantes del partido: por las palabras de Plejánov sobre las "repúblicas" locales que luchan contra la monarquía central, o por el texto mismo de nuestro nuevo programa partidario, en el cual la reivindicación de la tierra para los campesinos está vinculada precisamente sólo con el democratismo de la administración local y en absoluto con el democratismo del poder central y de la estructura del Estado? Las palabras de Plejánov, confusas de por sí, desempeñarán inevitablemente el papel de una consigna "desorientadora", semejante al "célebre" (en opinión de Plejánov, "célebre") "autogobierno revolucionario". De hecho, nuestro programa partidario sigue siendo un programa de pacto con la reacción. No es un programa socialdemócrata, sino kadete, si se toma su significado político real en la situación de la Rusia contemporánea, y no los motivos mencionados en los discursos aislados de nuestros oradores. Sus motivos son excelentes, sus intenciones de lo más socialdemócratas, pero el programa resultó de hecho kadete, imbuido del espíritu de "pacto", y no del espíritu de "revolución campesina" (Plejánov dijo, entre otras cosas, que antes teníamos miedo a la revolución campesina, pero que ahora había que desechar ese miedo).

He analizado más arriba el significado científico del argumento de la "garantía contra la restauración". Ahora me he acercado a su significado político en la época del constitucionalismo dubásoviano y de la Duma Estatal kadete{19}. El significado científico de este argumento es igual a cero o a menos uno. Políticamente, es un arma del arsenal de los kadetes y agua para el molino de los kadetes. Miren a su alrededor: ¿qué corriente política ha hecho casi de su monopolio las advertencias sobre el peligro de la restauración? La corriente kadete. ¿En qué consiste la respuesta que millones de veces dieron los kadetes a nuestros camaradas de partido, que señalaban la contradicción entre el "democratismo" de los kadetes y su programa monárquico, etc.? En que tocar la monarquía significa provocar el peligro de restauración. No toquen la monarquía, gritaban con mil voces los kadetes a los socialdemócratas, no toquen la monarquía, porque no tienen garantía contra la restauración. En lugar de atraerse el peligro de restauración, el peligro de reacción, es mejor pactar con la reacción: en esto consiste toda la esencia de la sabiduría política de los kadetes, todo su programa, toda su táctica, que se derivan inevitablemente de la posición de clase del pequeño burgués, del peligro que para la burguesía representa una revolución democrática llevada hasta el fin.

Me limitaré a dos ejemplos en confirmación de lo dicho. "Naródnaya Svoboda"{20}, órgano de Miliukov y Hessen, escribía en diciembre de 1905 que Moscú había demostrado la posibilidad de la insurrección armada, pero que la insurrección era, de todos modos, funesta, no porque fuera desesperada, sino porque, de todas maneras, la reacción barrería las conquistas de la insurrección (citado en mi folleto: "La socialdemocracia y la Duma Estatal"{21}). Otro ejemplo. Ya en "Proletari", en 1905, cité extractos del artículo de Vinográdov[7] en "Rússkie Védomosti"{22}. Vinográdov expresaba el deseo de que la revolución rusa no siguiera el tipo de 1789-1793, sino el de 1848-1849, es decir, que no hubiera en nuestro país insurrecciones victoriosas, que nuestra revolución no llegara hasta el fin, que fuera cercenada prematuramente por la traición de la burguesía liberal, por su acuerdo con la monarquía. Vinográdov nos asustaba con la restauración en la persona del sargento prusiano, sin decir palabra, por supuesto, de una "garantía de la revolución" como el proletariado alemán.

La referencia a la ausencia de garantías contra la restauración es una idea puramente kadete, es un arma política de la burguesía contra el proletariado. Los intereses de la burguesía la obligan a luchar para que el proletariado, junto con el campesinado revolucionario, no lleve hasta el fin la revolución democrático-burguesa. En esta lucha, los filósofos y políticos de la burguesía se aferran inevitablemente a argumentos históricos, a ejemplos del pasado. En el pasado siempre ocurrió que se engañaba a los obreros, que incluso después del triunfo de la revolución sobrevenía la restauración; por tanto, dice la burguesía, entre nosotros no puede ser de otro modo, buscando con naturalidad debilitar la fe del proletariado ruso en sus propias fuerzas y en las del socialismo europeo. La agudización de las contradicciones políticas y de la lucha política conduce a la reacción –alecciona el burgués a los obreros–; por tanto, hay que atenuar esas contradicciones: más vale no luchar por el triunfo y pactar con la reacción, que correr el riesgo de la reacción después del triunfo.

¿Fue casual que Plejánov se aferrara al arma ideológica de la burguesía contra el proletariado? No, fue inevitable después de que Plejánov valorara incorrectamente la insurrección de diciembre ("no había que empuñar las armas") y empezara, sin llamar a las cosas por su nombre, a predicar en sus "Diarios" el apoyo del partido obrero a los kadetes. En el congreso, esta cuestión fue abordada durante los debates sobre otro punto del orden del día, cuando se discutió por qué la burguesía elogiaba a Plejánov. Relataré este debate en su momento; aquí solo señalaré que los argumentos que acabo de exponer no los desarrollé, sino que solo los esbocé en líneas generales en el congreso. Nuestra "garantía contra la restauración" –dije– es llevar la revolución hasta el fin, y no el pacto con la reacción[8]. Y esto es, precisamente, lo único que dice mi programa agrario, que es íntegramente un programa de insurrección campesina y de realización completa de la revolución democrático-burguesa. Por ejemplo, los "comités revolucionarios campesinos" son la única vía por la que puede marchar la insurrección campesina (y de ningún modo contrapongo los comités campesinos al poder revolucionario, como los mencheviques le contraponían el autogobierno revolucionario, sino que veo en esos comités uno de los órganos de dicho poder, uno de los órganos que requieren completarse con otros órganos centrales, con un gobierno revolucionario provisional y con una asamblea constituyente de todo el pueblo). Una solución agraria de tipo burocrático-burgués, una solución a lo Petrunkévich, Rodíchev, Káufman y Kutler, solo se excluye con una formulación así del programa agrario.

Plejánov no pudo dejar de notar este rasgo fundamental de mi programa. Lo notó y lo reconoció en el congreso. Pero expresó su reconocimiento (tal es su naturaleza) en esa misma forma de la sopa de Demián o de la paja de Plejánov. Sí, sí, en el programa de Lenin hay una idea de toma del poder. El propio Lenin lo reconoce. Pero eso es justamente lo malo. Eso es populismo. Lenin restaura el populismo. Luchad, camaradas, contra la restauración del populismo. Lenin habla incluso de una tal "creación popular". ¿No es esto populismo?, etc., etc.

Por estos razonamientos, nosotros, los bolcheviques –yo y Vóinov–, agradecimos de todo corazón a Plejánov. Semejantes argumentos nos resultan solo útiles y deseables. Pensad, en efecto, camaradas, en este razonamiento: "puesto que en el programa de Lenin hay una idea de toma del poder, Lenin es un populista". ¿De qué programa se trata? Del agrario. ¿Quién se supone en ese programa que toma el poder? El campesinado revolucionario. ¿Acaso Lenin confunde al proletariado con ese campesinado? ¡No solo no lo confunde, sino que lo destaca especialmente en aquella tercera parte de su programa que (la 3ª parte) el congreso menchevique copió íntegramente en su resolución táctica!

¿Verdad que es bueno? El propio Plejánov decía que no está bien que nosotros, los marxistas, temamos a la revolución campesina. ¡Y al mismo tiempo se imaginó como populismo la toma del poder por el campesinado revolucionario! Pero ¿cómo es posible una revolución campesina victoriosa sin que el campesinado revolucionario tome el poder? Plejánov llegó directo al absurdo. Habiendo caído una vez en el plano inclinado, rueda irremediablemente hacia abajo. Primero negó la posibilidad de que el proletariado tomara el poder en la revolución actual. Ahora ha empezado a negar la posibilidad de que el campesinado revolucionario tome el poder en la revolución actual. Pero si ni el proletariado ni el campesinado revolucionario pueden tomar el poder, eso significa que el poder debe quedar en manos del zar y de Dubásov. ¿O acaso el poder debe ser tomado por los kadetes? Pero los propios kadetes no quieren tomar el poder, dejando la monarquía, el ejército permanente, la cámara alta y demás encantos.

¿No tenía yo razón en el congreso cuando dije que el miedo plejanoviano a la toma del poder es miedo a la revolución campesina?[9] ¿No tenía razón Vóinov al decir que a Plejánov lo asustaron tanto en su juventud los populistas{23} que se le aparecen incluso cuando él mismo reconoce la inevitabilidad de la revolución campesina y cuando entre los socialdemócratas ya nadie se hace ilusiones sobre el socialismo campesino? ¿No tenía razón Vóinov cuando bromeaba en el congreso, a propósito de la resolución menchevique sobre la insurrección armada (en esa resolución el primer punto comienza reconociendo la tarea de "arrancar el poder al gobierno autocrático"), diciendo que "la toma del poder" es populismo, mientras que el "arrancar el poder" es marxismo verdadero y profundo? Ocurrió, en verdad, que, en nombre de la lucha contra el populismo en la socialdemocracia, los mencheviques obsequiaron a nuestro partido con un programa de "arrancar el poder"… a los kadetes.

A mí no me sorprendieron, por supuesto, ni en lo más mínimo los clamores sobre el populismo. Recuerdo demasiado bien que los oportunistas de la socialdemocracia se aferraron siempre (ya en 1898-1900) a este espantajo contra los socialdemócratas revolucionarios. Y el camarada Akímov, que pronunció en nuestro Congreso de Unificación un brillante discurso de defensa en favor de Axelrod y de los kadetes, lo recordó muy oportunamente. Espero volver aún sobre esta cuestión en la prensa.

Dos palabras sobre la "creación popular". ¿En qué sentido hablé de ella en el congreso?[10] En el mismo en que hablo en mi folleto: "El triunfo de los kadetes y las tareas del partido obrero" (folleto que fue repartido a los delegados del congreso)[11]. Yo contrapongo el período de octubre-diciembre de 1905 al actual período kadete y digo que en el período revolucionario la creación del pueblo (campesinos revolucionarios más proletarios) es más rica y productiva que en el período kadete. A Plejánov esto le parece populismo. A mí me parece, desde el punto de vista científico, una escapatoria ante la cuestión más importante de la valoración del período de octubre-diciembre de 1905. (¡Plejánov ni siquiera pensó en analizar las formas del movimiento de esa época en sus "Diarios", limitándose a moralizar!). Desde el punto de vista político, esto es solo una nueva prueba de cuán cercano está Plejánov en la táctica al señor Blank y a los kadetes en general.

Para terminar con la cuestión agraria, abordaré el último de los argumentos serios. Lenin es un soñador, decía Plejánov; fantasea sobre la elección de los funcionarios por el pueblo, etc. Para un desenlace tan bueno no es difícil escribir un programa. No, escribe tú un programa para un desenlace malo. Hazlo de modo que tu programa esté "herrado en las cuatro patas".

En este argumento hay, indudablemente, una consideración que todo marxista está obligado a tomar en cuenta de la manera más rigurosa. En efecto, no serviría un programa que contara solo con el mejor desenlace posible. Pero precisamente desde este punto de vista —respondí a Plejánov en el congreso—, mi programa está, evidentemente, por encima del de Máslov. Para convencerse de ello, basta con recordar la existencia del arrendamiento. ¿En qué se distingue el modo de producción capitalista (y sem capitalista) en la agricultura? En todas partes y en todo lugar: por el desarrollo del arrendamiento. ¿Se refiere esto a Rusia? Se refiere, y en enormes proporciones. Y no tenía razón el camarada John, quien me objetaba que en mi programa hay un sinsentido: el arrendamiento permanece después de la confiscación de las tierras de los terratenientes. En este punto, el camarada John se equivoca tres veces: en primer lugar, toda la primera parte de mi programa habla de los primeros pasos de la revolución campesina (la toma de tierras hasta la convocatoria de una Asamblea Constituyente de todo el pueblo); por lo tanto, en mi programa el arrendamiento no «permanece» «después» de la confiscación, sino que se toma como un hecho, pues es un hecho. En segundo lugar, la confiscación es el traspaso de la propiedad de la tierra a otras manos, y el traspaso de la propiedad de por sí no afecta en absoluto al arrendamiento; en tercer lugar, el arrendamiento tiene lugar, como todos saben, tanto en tierras campesinas como en tierras de adjudicación.

Vean, pues, qué resulta en lo que a nosotros respecta en cuanto a «estar herrado en las cuatro patas», en cuanto a tomar en consideración no solo las mejores, sino también las peores condiciones. Máslov tacha majestuosamente el arrendamiento por completo. Presupone directa e inmediatamente una transformación tal que eliminaría el arrendamiento. Esta presuposición, como he demostrado, es completamente absurda desde el punto de vista de la «mala realidad» y de la necesidad de contar con ella. Por el contrario, toda la primera parte de mi programa está construida enteramente sobre la base de la «mala realidad», contra la cual se sublevan los campesinos revolucionarios. Por eso, en mi programa el arrendamiento no desaparece en el reino de las sombras (la eliminación del arrendamiento en la sociedad capitalista es una transformación no menos, si no más, «fantástica», desde el punto de vista del «sentido común» plejanoviano, que la eliminación del ejército permanente, etc.). Resulta que yo tomo en cuenta la «mala realidad» mucho más seriamente que Máslov, mientras que la buena realidad se la predico a los campesinos no desde el punto de vista de una componenda kadete (repúblicas locales frente a la monarquía central), sino desde el punto de vista de la victoria completa de la revolución y de la conquista de una república auténticamente democrática.

Este elemento de propaganda política, específicamente en el programa agrario, lo subrayé particularmente en el congreso, y probablemente tendré que detenerme más de una vez en esta cuestión en la literatura. En el congreso, a nosotros, los bolcheviques, se nos objetaba: nosotros tenemos un programa político, y en él es donde hay que hablar de la república. Esta objeción atestigua una total falta de reflexión sobre la cuestión. Nosotros tenemos, efectivamente, un programa general de principios (la primera parte del programa del partido) y programas especiales: político, obrero, campesino. En la parte obrera del programa (jornada laboral de 8 horas, etc.) a nadie se le ocurre proponer que se especifiquen aparte y especialmente las condiciones políticas de una u otra transformación. ¿Por qué? Porque la jornada de 8 horas y reformas semejantes, bajo cualquier condición política, se convertirán inevitablemente en un instrumento de avance. Pero en el programa campesino, ¿es necesario especificar aparte y especialmente las condiciones políticas? Es necesario, porque la mejor redistribución de la tierra puede convertirse en un instrumento de retroceso bajo el dominio de los Trépov y los Dubásov. Tomemos aunque sea el programa de Máslov: en él se habla de la entrega de las tierras al Estado democrático y a los órganos democráticos de autogobierno local; es decir, en él, a pesar de la existencia del programa político del partido, se especifican aparte y especialmente las condiciones políticas de las transformaciones agrarias actuales. Así pues, no puede haber discusión sobre la necesidad de acompañar las reivindicaciones agrarias con condiciones políticas especiales. Toda la cuestión reside en si es permisible, tanto desde el punto de vista científico como desde el punto de vista del democratismo proletario consecuente, vincular la transformación agraria radical no con la elegibilidad de los funcionarios por el pueblo, no con la república, sino con el «democratismo» en general, es decir, por consiguiente, también con el democratismo kadete, que es hoy, independientemente de nuestra voluntad, la principal y más difundida, la más influyente en la prensa y en la «sociedad» forma de pseudodemocratismo. Pienso que no es permisible. Predigo que el error de nuestro programa agrario tendrá que ser corregido de inmediato y será corregido por la práctica, es decir, la coyuntura política obligará a nuestros propagandistas y agitadores, en la lucha contra los kadetes, a subrayar precisamente no el democratismo kadete, sino la elegibilidad de los funcionarios por el pueblo y la república.

En cuanto al programa del reparto de la tierra, expresé mi actitud hacia él en el congreso con estas palabras: la municipalización es errónea y perjudicial; el reparto, como programa, es erróneo, pero no perjudicial. Por ello, yo estoy, naturalmente, más cerca del reparto y estoy dispuesto a votar por Borísov en contra de Máslov. El reparto no puede ser perjudicial, pues los campesinos estarán de acuerdo con él, esto es lo primero; no hay que acompañarlo con la reestructuración consecuente del Estado, esto es lo segundo. ¿Por qué es erróneo? Porque examina unilateralmente el movimiento campesino solo desde el punto de vista del pasado y del presente, sin atraer la atención hacia el punto de vista del futuro. Los «repartistas» me dicen, discutiendo contra la nacionalización: el campesino no quiere lo que dice cuando usted oye de él lo de la nacionalización. No mire a la palabra, sino a la esencia del asunto. El campesino quiere la propiedad privada, el derecho a vender la tierra, y las palabras sobre la «tierra de Dios», etc., no son más que la envoltura ideológica del deseo de quitar la tierra al terrateniente.

Yo respondía a los «repartistas»: todo eso es cierto; pero nuestra divergencia con ustedes empieza precisamente allí donde ustedes consideran ya agotada la cuestión. Ustedes repiten el error del viejo materialismo, acerca del cual dijo Marx: los viejos materialistas sabían explicar el mundo, pero a nosotros nos incumbe cambiarlo{24}. Pues exactamente del mismo modo, los partidarios del reparto comprenden correctamente los discursos de los campesinos sobre la nacionalización, los explican correctamente, pero —y en ello está todo el meollo— no saben convertir esa explicación correcta en palanca para cambiar el mundo, en instrumento para seguir avanzando. No se trata de imponer a los campesinos la nacionalización en lugar del reparto (la variante A de mi programa quita toda base a semejantes ideas absurdas, si es que a alguien se le ocurren). Se trata de que el socialista, al desenmascarar implacablemente las ilusiones pequeñoburguesas del campesino acerca de la «tierra de Dios», debe saber mostrarle al campesino el camino hacia adelante. Ya le dije a Plejánov en el Congreso, y lo repetiré mil veces: los prácticos vulgarizarán el programa actual de la misma manera que vulgarizaron lo de los recortes; convertirán un pequeño error en uno grande. Ellos se pondrán a demostrar a la masa campesina, que grita que la tierra es de nadie, de Dios, del Estado, las ventajas del reparto, y con ello deshonrarán y vulgarizarán el marxismo. No es eso lo que debemos decir a los campesinos. Debemos decirles: en esos discursos sobre la tierra de Dios, de nadie o del Estado hay una gran verdad, solo que hay que analizarla a fondo. Si la tierra es del Estado, y al frente del Estado está Trépov, eso significa que la tierra será de Trépov. ¿Quieren ustedes eso? ¿Quieren que la tierra vaya a parar a manos de los Ródichev y los Petruniévich si, conforme a sus deseos, llegaran a obtener el poder y, por consiguiente, también el Estado? Y los campesinos, naturalmente, responderán: no, no queremos. No entregaremos a los Trépov ni a los Ródichev las tierras arrebatadas a los terratenientes. Si es así, entonces es necesaria la elegibilidad de todos los funcionarios por el pueblo, la supresión del ejército permanente, la república; solo entonces la entrega de la tierra «al Estado», la entrega de la tierra «al pueblo» será una medida no nociva, sino útil. Y desde el punto de vista estrictamente científico, desde el punto de vista de las condiciones del desarrollo del capitalismo en general, debemos decir sin falta, si no queremos apartarnos del tomo III de El Capital, que la nacionalización de la tierra es posible en la sociedad burguesa, que contribuye al desarrollo económico, facilita la competencia y la afluencia de capital a la agricultura, reduce el precio del pan, etc. Por consiguiente, en modo alguno podemos, en la época de una verdadera revolución campesina con un capitalismo bastante desarrollado, adoptar una actitud de negación escueta y general hacia la nacionalización. Eso sería estrecho, unilateral, burdo, miope. Lo único que debemos hacer es explicar al campesino las necesarias premisas políticas de la nacionalización como medida útil, y luego mostrar su carácter burgués (eso es precisamente lo que hace la tercera parte de mi programa, incorporada ahora a la resolución del Congreso de Unificación).

Para terminar mi relato de los debates sobre la cuestión agraria en el Congreso, señalaré aún qué enmiendas se presentaron al proyecto de programa de Máslov. Cuando se puso a votación la adopción como base de uno u otro proyecto de programa, por el de Máslov se pronunciaron al principio solo 52 votos, es decir, menos de la mitad. Por el reparto se pronunciaron alrededor de 40 (yo me sumé a los «repartistas» para no dispersar los votos contra la municipalización). Solo en una segunda votación el proyecto de Máslov obtuvo algo más de 60 votos, cuando todos los vacilantes votaron a favor para no dejar al partido sin programa agrario en absoluto.

De las enmiendas, los mencheviques rechazaron una referente a una definición más exacta del concepto: Estado democrático. Nosotros propusimos decir: «república democrática que garantice plenamente la autocracia del pueblo». Esta enmienda partía de la idea antes esbozada de que la municipalización, sin un democratismo completo del poder estatal central, es directamente nociva y puede degenerar en una reforma agraria kadete. La enmienda provocó una tempestad. Precisamente en ese momento no me encontraba en la sala de sesiones. Recuerdo que, cuando regresaba y atravesaba la habitación contigua, me sorprendió un ruido insólito en los «pasillos» y una multitud de exclamaciones jocosas: «¡El camarada John ha proclamado la república!». «No encontró garantías contra la restauración». «El camarada Plejánov ha restaurado la monarquía».

La cosa ocurrió, según me contaron, así. Los mencheviques, con la susceptibilidad propia de su naturaleza menchevique, se ofendieron por la enmienda, viendo en ella el deseo de desenmascarar a alguien de oportunismo: «he ahí que los mencheviques están contra la república». Se alzaron discursos y gritos indignados. Los bolcheviques también se enardecieron, como es natural. Exigieron votación nominal. Entonces las pasiones se encendieron por completo. El camarada John se turbó y, no queriendo introducir discordia, no teniendo, por supuesto, absolutamente nada «contra la república», se levantó y declaró que él mismo retiraba su formulación y se adhería a la enmienda. Los bolcheviques aplauden «la proclamación de la república». Pero el camarada Plejánov u otro menchevique intervienen, discuten, exigen una nueva votación, y «la monarquía es restaurada» —según los relatos que me llegaron— por apenas unos 38 votos contra 34 (muchos, al parecer, estaban ausentes de la sala de sesiones o se abstuvieron).

Entre las enmiendas aprobadas cabe señalar la sustitución de la palabra «enajenación» por «confiscación». Luego, los «municipalistas» tuvieron que hacer de todos modos una concesión a los «repartistas», y el camarada Kóstrov presentó una enmienda que admite, de forma condicional, también el reparto. En lugar del programa inicial de Máslov resultó, como se bromeaba en el Congreso, un programa «castrado». En él se mezclan, en esencia, la nacionalización (ciertas tierras pasan a ser propiedad de todo el pueblo), la municipalización (una parte de las tierras, a disposición de los grandes órganos de autogobierno local) y, por último, el reparto. Al mismo tiempo, no existe una definición totalmente precisa de cuándo pronunciarse por la municipalización y cuándo por el reparto, ni en el programa ni en la resolución táctica. El programa resultó, a fin de cuentas, no herrado en las cuatro patas, sino con las cuatro herraduras chapoteando[12].

IV. Valoración del momento revolucionario y de las tareas de clase del proletariado

La cuestión enunciada en el título fue la segunda puesta a discusión en el Congreso. Los ponentes fuimos Martínov y yo. El camarada Martínov, en su informe, no defendió propiamente el proyecto menchevique de resolución publicado en el n.º 2 de «Partíinie Izvéstia». Prefirió dar un «esbozo general» de sus concepciones y una crítica general de lo que los mencheviques llaman concepciones bolcheviques.

Habló de la Duma como centro político, del carácter nocivo de la idea de la toma del poder, de la importancia de la construcción constitucional en la época revolucionaria. Criticó la insurrección de diciembre, exhortó a reconocer abiertamente nuestra derrota, acusando a nuestra resolución de plantear de manera «técnica» la cuestión de la huelga y la insurrección. Dijo que «los kadetes, pese a su antirrevolucionarismo, están levantando los andamios para el desarrollo ulterior de la revolución»[13] (¿por qué no se dice eso en sus resoluciones?, preguntábamos nosotros), y dijo: «estamos en vísperas de una explosión revolucionaria» (¿por qué no figura eso en su resolución?, preguntamos de nuevo). Dijo, entre otras cosas: «objetivamente los kadetes desempeñarán un papel mayor que los eseristas». Comparar la toma del poder con las ideas de Tkachov, destacar en primer plano a la Duma como inicio de la «construcción constitucional», como piedra angular en el edificio de las «instituciones representativas»: tal fue la idea fundamental del informe del camarada Martínov. Como todos los mencheviques, adaptaba pasivamente nuestra táctica al menor viraje en el curso de los acontecimientos, la subordinaba a los intereses del momento, a las necesidades (o aparentes necesidades) del minuto, y rebajaba involuntariamente las tareas fundamentales y cardinales del proletariado como combatiente de vanguardia en la revolución democrático-burguesa.

Yo estructuré mi informe sobre la comparación precisa de las dos resoluciones presentadas al Congreso. En ambas, dije, se reconoce que la revolución marcha hacia un nuevo ascenso, que nuestra tarea consiste en esforzarnos por llevarla hasta el fin y, por último, que esa tarea solo es capaz de cumplirla el proletariado junto con el campesinado revolucionario. Parecería que estos tres postulados deberían determinar una plena unidad de la línea táctica. Pero veamos, ¿cuál de las dos resoluciones aplica de manera más consecuente este punto de vista fundamental? ¿cuál lo motiva más correctamente y señala con mayor acierto las conclusiones que de él se desprenden?

Y yo mostraba que la motivación de la resolución menchevique no valía para nada, que era una simple frase, no una motivación («la lucha no dejó al gobierno otra opción». ¡Esto es un ejemplo de frase hueca! Esto precisamente hay que demostrarlo, y además no en esa forma. Los mencheviques empiezan por una tesis no demostrada e indemostrable). Decía yo que quien reconozca de verdad el ascenso inevitable de la revolución, debe sacar la conclusión correspondiente sobre la forma principal del movimiento. Pues en esto consiste la cuestión científica y política de raíz que debemos resolver y que los mencheviques eluden: dizque cuando la Duma, iremos tras la Duma; cuando las huelgas y la insurrección, iremos tras las huelgas y la insurrección, pero no quieren o no pueden sopesar la inevitabilidad de una u otra forma de movimiento. No se atreven a decir al proletariado y a todo el pueblo cuál es la forma principal del movimiento. Y si es así, las palabras sobre el ascenso de la revolución y su culminación (los mencheviques dijeron de manera muy desafortunada: hasta su fin lógico) son una frase vacía. Esto significa precisamente: no elevar al proletariado al papel de dirigente de vanguardia de la revolución, que la valora más profunda y ampliamente, que concibe su táctica a partir de los intereses generales y de raíz de la democracia, sino rebajar al proletariado al papel de participante pasivo y modesto «peón» de la revolución democrático-burguesa.

Los mencheviques, decía yo, toman solo la primera mitad de la célebre tesis de Hegel: «todo lo real es racional, todo lo racional es real». La Duma es real. Por lo tanto, la Duma es racional, dicen, y se contentan con esto. La lucha fuera de la Duma es «racional», respondemos nosotros. Ella se deriva con inevitabilidad objetiva de toda la situación actual. Por lo tanto, es «real», aunque esté reprimida en el momento actual. No debemos seguir servilmente el momento; eso sería oportunismo. Debemos reflexionar sobre las causas más profundas de los acontecimientos y las consecuencias más lejanas de nuestra táctica.

Los mencheviques reconocen en su resolución que la revolución va en ascenso, que el proletariado junto con el campesinado deben llevarla hasta el fin. Pero quien piense así en serio, debe saber también sacar conclusiones. Si con el campesinado, significa que consideráis a la burguesía liberal-monárquica (kadetes, etc.) poco fiable. ¿Por qué no lo decís, como está dicho en nuestra resolución? ¿Por qué no mencionáis ni con una palabra la necesidad de luchar contra las ilusiones constitucionales, es decir, contra la fe en las promesas y leyes del viejo gobierno autocrático? A los kadetes les es habitual olvidar esta lucha; los propios kadetes difunden las ilusiones constitucionales. Pero un socialdemócrata que en un momento revolucionario olvida la tarea de luchar contra las ilusiones constitucionales, se equipara en política a un kadete. ¿Qué valen todas las palabras sobre el «ascenso de la revolución», sobre «llevarla hasta el fin», sobre una «nueva explosión revolucionaria», si en la práctica el socialdemócrata no desenmascara ante el pueblo las ilusiones constitucionales?

La cuestión de las ilusiones constitucionales es precisamente aquella en la que más fácil y más certeramente se puede distinguir en la actualidad al oportunista del partidario del desarrollo ulterior de la revolución. El oportunista elude desenmascarar estas ilusiones. El partidario de la revolución muestra implacablemente su carácter engañoso. ¡Y he aquí que los mencheviques socialdemócratas silencian semejante cuestión!

Sin atreverse a decir abierta y directamente que las formas de lucha de octubre-diciembre son inadecuadas e indeseables, los mencheviques lo dicen en la peor forma, encubierta, indirecta, evasiva. Esto es completamente impropio de un socialdemócrata.

Tales fueron las tesis fundamentales de mi informe.

De los debates sobre estos informes cabe destacar los siguientes incidentes característicos. Un camarada que en el congreso se hacía llamar Borís Nikoláevich, me obligó a exclamar en mis palabras finales: donde menos se piensa, salta la liebre[14]. Era difícil reunir de forma más nítida que como él lo hizo toda la «esencia» del menchevismo. Es una «curiosidad», decía, que los bolcheviques consideren «forma principal del movimiento» no la legal ni la constitucional, sino los movimientos revolucionarios de las amplias masas populares. Es «ridículo», puesto que tales movimientos no están a la vista, mientras que la Duma sí lo está. Es «metafísica» y «fraseología» hablar del papel del proletariado como «cabeza» o «dirigente», de la posibilidad de que se convierta en «cola», etc.

¡Quitaos las gafas kadetes! —respondí yo a ese menchevique consecuente—. Veréis entonces el movimiento campesino en Rusia, la efervescencia en las tropas, el movimiento de los desempleados; veréis aquellas formas de lucha que se han «agazapado» ahora y que ni siquiera los burgueses moderados se atreven a negar. Ellos hablan directamente del perjuicio o la inutilidad de estas formas de lucha. Y los mencheviques socialdemócratas se burlan de ellas. Tal es la diferencia entre la burguesía y los mencheviques socialdemócratas. Exactamente como sucedió con Bernstein, el menchevique alemán, el socialdemócrata alemán del ala derecha. La burguesía consideraba y declaraba directamente perjudiciales las formas revolucionarias de lucha en Alemania a fines del siglo XIX. Bernstein se burlaba de ellas.

La cuestión de Bernstein, al ser abordada en el congreso, condujo naturalmente a la pregunta: ¿por qué la burguesía elogia a Plejánov? El hecho de que toda la inmensa masa de periódicos y publicaciones liberal-burguesas en Rusia, incluso hasta el octubrista «Slovo»{25}, elogiara del modo más celoso a Plejánov, no podía dejar de ser señalado en el congreso.

Plejánov recogió el guante. La burguesía elogiaba a Bernstein no por lo mismo que me elogia a mí, dijo. A Bernstein lo elogiaban por entregar a la burguesía nuestra arma teórica: el marxismo. A mí me elogian por la táctica. La situación no es la misma.

Le respondieron a Plejánov el representante del partido socialdemócrata polaco y yo. Ambos señalamos que Plejánov no tenía razón. La burguesía no elogiaba a Bernstein solo por la teoría, y en realidad no lo elogiaba en absoluto por la teoría. A la burguesía le importan un bledo todas las teorías. La burguesía elogiaba a los socialdemócratas alemanes del ala derecha porque señalaban una táctica distinta. Los elogiaban por la táctica. Por la táctica reformista en contraposición a la táctica revolucionaria. Por reconocer como lucha principal o casi única la lucha legal, parlamentaria, reformista. Por la aspiración de convertir la socialdemocracia en un partido de reformas democrático-sociales. He aquí por qué elogiaban a Bernstein. Lo elogiaba la burguesía por embotar las contradicciones entre el trabajo y el capital en vísperas de la revolución socialista. A Plejánov lo elogia la burguesía por embotar las contradicciones entre el pueblo revolucionario y la autocracia en la época de la revolución democrático-burguesa. A Plejánov lo elogian por reconocer como forma principal de lucha la lucha «parlamentaria», por condenar la lucha de octubre-diciembre y especialmente la insurrección armada. A Plejánov lo elogian por haberse convertido, en las cuestiones de la táctica actual, en dirigente del ala derecha de la socialdemocracia.

Olvidé añadir cómo se comportaron los mencheviques en los debates sobre la cuestión de las ilusiones constitucionales. No adoptaron una posición medianamente firme: unos decían que la lucha contra las ilusiones constitucionales es una tarea permanente de la socialdemocracia, y no una tarea específica del momento actual. Otros (Plejánov) calificaban la lucha contra las ilusiones constitucionales de anarquismo. En estas dos opiniones extremas y opuestas de los mencheviques sobre la cuestión de las ilusiones constitucionales se manifestaba de manera particularmente nítida la completa impotencia de su posición. Cuando el régimen constitucional se ha consolidado, cuando la lucha constitucional se ha convertido por cierto tiempo en la forma principal de la lucha de clases y de la lucha política en general, entonces desenmascarar las ilusiones constitucionales no constituye una tarea especial de la socialdemocracia, una tarea del momento. ¿Por qué? Porque en esos momentos los asuntos se deciden en los Estados constitucionales precisamente como se deciden en los parlamentos. Las ilusiones constitucionales son una fe engañosa en la constitución. Las ilusiones constitucionales pasan a primer plano precisamente cuando parece que la constitución existe, pero en realidad no es así; en otras palabras: cuando los asuntos se deciden en el Estado de manera distinta a como se deciden en los parlamentos. Cuando la vida política real diverge de su reflejo en la lucha parlamentaria, entonces, y solo entonces, la lucha contra las ilusiones constitucionales se convierte en la tarea inmediata de la clase revolucionaria de vanguardia, el proletariado. Los burgueses liberales, temiendo la lucha extraparlamentaria, difunden las ilusiones constitucionales incluso cuando los parlamentos son impotentes. Los anarquistas niegan en absoluto la participación en los parlamentos en todas y cada una de las circunstancias. Los socialdemócratas están a favor de utilizar la lucha parlamentaria, de participar en ella, pero desenmascaran implacablemente el "cretinismo parlamentario", es decir, la fe en que la lucha parlamentaria sea la única forma de lucha política o la principal en cualesquiera condiciones.

¿Diverge en Rusia la realidad política de las decisiones y los discursos en la Duma? ¿Se deciden los asuntos en nuestro Estado tal como se deciden en la Duma? ¿Reflejan con alguna fidelidad los partidos "dumistas" las fuerzas políticas reales en el momento actual de la revolución? Basta plantear estas preguntas para comprender la perplejidad impotente de los mencheviques frente a la cuestión de las ilusiones constitucionales.

Esta perplejidad se expresó en el congreso de manera excepcionalmente nítida en el hecho de que los mencheviques, estando en mayoría, ni siquiera sometieron a votación su resolución sobre la valoración del momento actual. ¡Retiraron su resolución! Los bolcheviques en el congreso se rieron mucho de esto. Los vencedores retiran su resolución victoriosa, así comentaban el acto de los mencheviques, extraordinario e inaudito en la historia de los congresos. Exigieron e incluso lograron una votación nominal sobre esta cuestión, aunque los mencheviques se enfadaron por ello de un modo sumamente curioso, presentando declaraciones escritas al buró afirmando que "Lenin está reuniendo material de agitación contra las decisiones del congreso". ¡Como si ese derecho a reunir material no fuera un derecho y un deber de toda oposición! ¡Y como si nuestros vencedores no subrayaran con su enfado la situación sumamente embarazosa en que se habían colocado al renunciar a su propia resolución! Los derrotados insisten en que los vencedores aprueben su resolución victoriosa. No podíamos desear una victoria moral expresada de manera más rotunda.

Los mencheviques decían, por supuesto, que no querían imponernos aquello con lo que no estábamos de acuerdo, que no querían violencia, etc. Es comprensible que tales excusas fueran recibidas con sonrisas y con reiteradas exigencias de votación nominal. Pues en aquellas cuestiones en las que creían tener razón, los mencheviques no temían "imponernos" su opinión, no temían la "violencia" (¿y a qué venía esa palabra terrible?), etc. La resolución sobre la valoración del momento no llamaba al partido a ninguna acción. Pero sin ella, el partido no podía comprender los fundamentos de principio y los motivos de toda la táctica del congreso.

La retirada de la resolución fue, en este sentido, la máxima expresión del oportunismo práctico. Nuestra tarea es estar en la Duma cuando hay Duma, y de ninguna reflexión general, de ninguna valoración general, de ninguna táctica meditada queremos saber nada. Eso fue lo que los mencheviques dijeron al proletariado con su retirada de la resolución.

No cabe duda de que los mencheviques se convencieron de la inutilidad e incorrección de su resolución. No puede ni hablarse de que unas personas, convencidas de la justeza de sus puntos de vista, renuncien a expresarlos directa y claramente. Pero la clave está precisamente en que los mencheviques no lograron introducir siquiera enmienda alguna a su resolución. No pudieron, por consiguiente, ponerse de acuerdo entre sí sobre ninguna cuestión sustancial en cuanto a la valoración del momento y a la valoración de las tareas de clase del proletariado en general. Solo pudieron coincidir en una decisión negativa: retirar por completo la resolución. Los mencheviques sentían confusamente que, al aprobar su propia resolución de principio, socavarían sus resoluciones prácticas. Pero con ello no remediaron la situación. Todo el partido, todas las organizaciones del partido, pueden y deben discutir y comparar las resoluciones de mencheviques y bolcheviques sobre la valoración del momento. La cuestión quedó abierta. Y hay que resolverla. Y la comparación de ambas resoluciones mencionadas con la experiencia de la vida política, con las lecciones, por ejemplo, de la Duma kadete, brinda una excelente confirmación de la justeza de los puntos de vista bolcheviques sobre el momento de la revolución rusa y sobre las tareas de clase del proletariado.

V. Actitud hacia la Duma de Estado

El ponente de la fracción predominante en el congreso sobre la cuestión de la Duma de Estado fue el camarada Axelrod. En un largo discurso tampoco ofreció una valoración comparativa de ambas resoluciones (de la comisión se extrajeron dos resoluciones, ya que no se logró un acuerdo entre mencheviques y bolcheviques), ni una exposición precisa de todos los puntos de vista de la minoría sobre la cuestión correspondiente, sino un "esbozo general" del significado del parlamentarismo. El ponente abarcó mucho, abordó un gran tema histórico y... trazó un cuadro de qué es el parlamentarismo, cuál es su significado, qué papel desempeña en el desarrollo de la organización del proletariado, en la labor de agitación, en el esclarecimiento de su conciencia, etc. Aludiendo constantemente a los puntos de vista "anarco-conspirativos", el ponente se movía por completo en el terreno de las abstracciones, en la elevada esfera de los lugares comunes y las bellas consideraciones históricas, válidas para todos los tiempos, para todas las naciones, para todos los momentos históricos en general; inservibles solo, precisamente por su carácter abstracto, para abarcar las peculiaridades concretas de la cuestión concreta que teníamos ante nosotros. Me ha quedado grabada en la memoria la siguiente manifestación particularmente nítida de este planteamiento increíblemente abstracto y carente de contenido general que hizo Axelrod de la cuestión. En dos ocasiones (lo anoté) rozó en su discurso la cuestión de los pactos o acuerdos de los socialdemócratas con los d.c. Una vez abordó esta cuestión de pasada, pronunciándose despectivamente y en dos palabras contra todo tipo de acuerdos. Otra vez se detuvo en ella más detalladamente y dijo que, en general, los acuerdos son admisibles. Solo es necesario que no consistan en cuchicheos de unos cuantos comités, sino en un acuerdo abierto, visible y claro para todas las masas obreras, que debe ser un paso o una acción política de envergadura. Ello elevaría al proletariado en su significado de fuerza política, le mostraría más clara y nítidamente el mecanismo político y la diversa situación, los diversos intereses de unas u otras clases. Ello incorporaría al proletariado a determinadas relaciones políticas, le enseñaría a distinguir a los enemigos y adversarios, y así sucesivamente, etcétera. Precisamente de razonamientos de este tipo constaba el enorme "informe" del camarada Axelrod; no se pueden relatar, solo se pueden esbozar con uno u otro ejemplo aislado.

En mi informe de respuesta declaré ante todo que Axelrod había pintado un cuadro muy bonito, incluso encantador, si se quiere. Lo había pintado con amor y maestría, con colores vivos y trazos finos. Solo es una lástima que no sea un cuadro tomado del natural. Un buen cuadro, sin duda, pero con un tema fantástico. Un excelente estudio sobre el significado del parlamentarismo en general, una magnífica conferencia de divulgación sobre el papel de las instituciones representativas. Solo es una lástima que no se dijera absolutamente nada, ni se aclarara nada en absoluto, sobre las condiciones históricas concretas de este "parlamento" ruso, si se me permite la expresión. Axelrod se delató magníficamente, decía yo, con su razonamiento sobre los acuerdos con los kadetes. Reconoció que la importancia de tales acuerdos, a veces inevitables bajo un parlamentarismo real, depende de la intervención abierta ante las masas, de la posibilidad de desterrar el viejo "cuchicheo" y sustituirlo por la agitación entre las masas, la independencia de las masas, la intervención ante las masas.

Cosas maravillosas, qué duda cabe. Pero, ¿son posibles en el sistema "parlamentario" ruso? O, mejor dicho, ¿es así, bajo las condiciones objetivas de nuestra realidad real (y no tomada de un cuadro), como se producen en Rusia las intervenciones verdaderamente masivas? ¿No ha ocurrido, camarada Axelrod, que las deseadas intervenciones de los socialdemócratas ante las masas se reducían a octavillas clandestinas, mientras los kadetes disponían de millones de ejemplares de periódicos? ¿No habría sido mejor, en lugar de exponer inútilmente las bellezas del parlamentarismo (que nadie niega), describir cómo están las cosas en la realidad real con los periódicos, las asambleas, los clubes, los sindicatos socialdemócratas? A usted, como europeo, no voy a tener que demostrarle que sus consideraciones generales sobre el parlamentarismo presuponen tácitamente periódicos, asambleas, clubes y sindicatos, que todo esto es parte del sistema parlamentario.

¿Por qué se limitó Axelrod en su informe a lugares comunes y tesis abstractas? Porque necesitaba dejar en la sombra la realidad política concreta de Rusia en el período de febrero a abril de 1906. Esta realidad muestra contradicciones demasiado agudas entre la autocracia y el proletariado y el campesinado oprimidos pero indignados. Para cautivar a los oyentes con el cuadro del parlamentarismo en general, era necesario presentar estas contradicciones como menos agudas, atenuarlas, pintar un plan "ideal" de un acuerdo ideal y abierto con los k.-d., y, sobre todo, era necesario abstraerse de estas agudas contradicciones, olvidarlas, pasarlas por alto en silencio.

Para tener en cuenta las divergencias reales y no andar por las nubes, yo comparé en mi informe ambas resoluciones y las analicé detalladamente[15]. Se revelaban así cuatro diferencias fundamentales entre las resoluciones de los mencheviques y los bolcheviques sobre la Duma.

En primer lugar, los mencheviques no dan ninguna valoración de las elecciones. En el momento del congreso, las elecciones ya habían concluido en 9/10 partes de Rusia. Estas elecciones proporcionaron, sin duda, un enorme material político que da un cuadro de la realidad, y no un cuadro de nuestra fantasía. Nosotros tuvimos en cuenta este material directa y precisamente, diciendo: demuestra que en la inmensa mayoría de las localidades de Rusia, la participación en las elecciones equivalía a apoyar a los kadetes, que esto no fue de hecho una política socialdemócrata. Los mencheviques, ni una palabra al respecto. Temen este planteamiento del problema sobre un terreno concreto. Temen mirar directamente a la realidad y sacar conclusiones obligatorias de esta posición entre los kadetes y los centurias negras. No dan una valoración de las elecciones reales, en su conjunto y en sus resultados, porque tal valoración habla en contra de ellos.

En segundo lugar, los mencheviques, en toda su resolución, toman o consideran la Duma solo como una institución jurídica, y no como un órgano de expresión de la voluntad (o de la falta de voluntad) de determinados elementos de la burguesía, no como un órgano que sirve a los intereses de determinados partidos burgueses. Los mencheviques, en su resolución, hablan de la Duma en general, de la Duma como "institución", de la Duma como representación popular "pura". Este es un procedimiento de razonamiento no marxista, sino puramente kadete, no materialista, sino idealista en la peor acepción de la palabra, no clasista-proletario, sino pequeñoburgués y difuso.

Tomen, por ejemplo, la siguiente expresión, sumamente característica, de la resolución menchevique, decía yo en el congreso:... "4) que estos conflictos (con la reacción), obligando a la Duma de Estado a buscar apoyo en las amplias masas"... (cito el proyecto presentado por los mencheviques al congreso). ¿Es cierto que la Duma puede y buscará apoyo en las amplias masas? ¿Qué Duma? ¿La Duma de los octubristas? Seguramente no. ¿La Duma de los diputados campesinos y obreros? Esta no tiene que buscar apoyo, pues lo tiene, lo ha tenido y lo tendrá. ¿La Duma de los kadetes? Sí, en relación con ella, y solo con ella, esto es cierto. La Duma kadete sí necesita buscar apoyo en las amplias masas. Pero, tan pronto como bajo la formulación abstracta, idealista y general de los mencheviques se pone un contenido clasista-concreto, se ve inmediatamente lo incompleto y, por consiguiente, lo incorrecto de su formulación. Los kadetes aspiran a apoyarse en el pueblo. Es cierto. Nuestra resolución (bolchevique) sobre la actitud hacia los partidos burgueses lo dice palabra por palabra. Pero nuestra resolución añade: los kadetes oscilan entre la aspiración de apoyarse en el pueblo y el miedo a su independencia revolucionaria. Ningún socialista se atreverá a negar la justeza de las palabras subrayadas. ¿Por qué, entonces, los mencheviques, en la resolución sobre la Duma, cuando ya se sabía que la Duma era kadete, dijeron solo la mitad de la verdad? ¿Por qué señalaron solo el lado luminoso de los kadetes, silenciando el reverso de la medalla?

Nuestra Duma no es la encarnación de la "idea pura" de la representación popular. Así pueden pensar solo los burgueses triviales de los profesores kadetes. Nuestra Duma es lo que hacen de ella los representantes de determinadas clases y determinados partidos que están en ella. Nuestra Duma es una Duma kadete. Si decimos de ella que aspira a apoyarse en el pueblo, y no añadimos que teme la iniciativa revolucionaria del pueblo, diremos una mentira flagrante, induciraremos a error al proletariado y a todo el pueblo, mostraremos la más imperdonable ductilidad al estado de ánimo del momento, el entusiasmo por las victorias del partido de las oscilaciones entre la libertad y la monarquía, y la incapacidad de valorar la verdadera esencia de este partido. Los kadetes, por supuesto, les elogiarán por tal silencio, pero ¿les elogiarán los obreros conscientes?

Otro ejemplo. "El gobierno zarista aspira a debilitar el ascenso revolucionario", escriben los mencheviques en su resolución. Es cierto. Pero, ¿solo el gobierno zarista aspira a esto? ¿No han demostrado los kadetes ya mil veces que ellos también aspiran tanto a apoyarse en el pueblo como a debilitar su ascenso revolucionario? ¿Es decente que los socialdemócratas maquillen a los kadetes?

Y yo sacaba la siguiente conclusión. Nuestra resolución dice que la Duma servirá indirectamente al desarrollo de la revolución. Solo esta formulación es correcta, pues los kadetes oscilan entre la revolución y la reacción. Nuestra resolución dice directa y claramente, a propósito de la Duma, que es necesario desenmascarar la inconsistencia de los kadetes. Silenciar esto en la resolución sobre la Duma significa caer en la idealización burguesa de la "representación popular pura".

Y la experiencia real ya empezaba a refutar las ilusiones de los mencheviques. En "Névskaya Gazeta"{26} encontrarán ya indicaciones (lamentablemente no mantenidas sistemáticamente) de que los kadetes en la Duma actuaron de manera no revolucionaria, de que el proletariado no permitirá "los componendas de los señores Miliukov con el viejo régimen". Al decir esto, los mencheviques confirman plenamente la justeza de mi crítica de su resolución en el congreso. Al decir esto, van tras la ola del ascenso revolucionario que, a pesar de su relativa debilidad, ya empezaba a mostrar la verdadera naturaleza de los kadetes, ya empezaba a revelar la justeza del planteamiento bolchevique del problema.

En tercer lugar, dije, la resolución menchevique no ofrece una división clara de la democracia burguesa desde el punto de vista de la táctica del proletariado. El proletariado debe marchar, en cierta medida, junto con la democracia burguesa, o bien «marchar por separado y golpear juntos». ¿Con qué parte concreta de la democracia burguesa debe él «golpear juntos» en el momento actual, en la época de la Duma? Pues vosotros mismos, camaradas mencheviques, comprendéis que la Duma plantea este problema en el orden del día, pero lo esquiváis. Nosotros, en cambio, decíamos directa y claramente: con la democracia campesina o revolucionaria, neutralizando, mediante nuestro acuerdo con ella, la vacilación y la inconsecuencia de los kadetes.

Los mencheviques (en particular Plejánov, quien, repito, fue el verdadero dirigente ideológico de los mencheviques en el congreso) intentaron, en respuesta a esta crítica, «profundizar» su posición. Sí, vosotros queréis desenmascarar a los kadetes —exclamaban ellos—. Nosotros, en cambio, desenmascaramos a todos los partidos burgueses; ved el final de nuestra resolución: «poner de manifiesto ante las masas la inconsecuencia de todos los partidos burgueses», etc. Y Plejánov añadía con orgullo: son solo los radicales burgueses quienes insisten exclusivamente en los kadetes, mientras que nosotros, los socialistas, desenmascaramos a todos los partidos burgueses.

El sofisma oculto en esta aparente «profundización» del problema se utilizó tan a menudo en el congreso, y se sigue utilizando ahora, que vale la pena decir algunas palabras al respecto.

¿De qué trata esta resolución? ¿Del desenmascaramiento socialista de todos los partidos burgueses, o de la determinación de qué capa de la democracia burguesa puede ayudar ahora al proletariado a llevar aún más adelante la revolución burguesa?

Está claro que no se trata de lo primero, sino de lo segundo.

Y si esto está claro, no hay por qué sustituir lo segundo con lo primero. La resolución bolchevique sobre la actitud hacia los partidos burgueses habla claramente del desenmascaramiento socialista de toda democracia burguesa, incluida la revolucionaria y la campesina, pero en el problema de la táctica actual del proletariado no se trata de la crítica socialista, sino del apoyo político mutuo.

Cuanto más avanza la revolución burguesa, tanto más a la izquierda busca aliados el proletariado dentro de la democracia burguesa, tanto más desciende de sus capas superiores a las inferiores. Hubo un tiempo en que podían prestar apoyo los mariscales de la nobleza y el señor Struve, quien lanzó (en 1901) la consigna de Shipov: «derechos y un zemstvo investido de poder»{27}. La revolución ha avanzado mucho. Las capas superiores de la democracia burguesa comenzaron a apartarse de la revolución. Las capas inferiores empezaron a despertar. El proletariado empezó a buscar aliados (para la revolución burguesa) en las capas inferiores de la democracia burguesa. Y hoy, la única definición correcta de la táctica del proletariado a este respecto será: con el campesinado (¡que también es democracia burguesa, no lo olvidéis, camaradas mencheviques!) y con la democracia revolucionaria, paralizando la vacilación de los kadetes.

Y una vez más. ¿Qué línea confirmaron los primeros pasos de la Duma kadete? La vida ya ha superado nuestras disputas. La vida obligó incluso al «Névskaya Gazeta» a distinguir al grupo campesino («Trudovik»){28}, a preferirlo a los kadetes, a acercarse a él y a desenmascarar a los kadetes. La vida enseñó nuestra consigna: el aliado del proletariado hasta la victoria de la revolución burguesa es la democracia campesina y revolucionaria.

En cuarto lugar, critiqué el último punto de la resolución menchevique, referente a la fracción parlamentaria socialdemócrata en la Duma. Señalé que toda la masa del proletariado consciente no había participado en la elección. ¿Es conveniente, en tales condiciones, imponer a esta masa obrera representantes oficiales del partido? ¿Puede el partido garantizar una elección de candidatos verdaderamente partidaria? ¿No creará cierto peligro y una situación anormal el hecho de que los primeros candidatos socialdemócratas a la Duma se esperen de las curias campesina y de la pequeña burguesía urbana? Los primeros candidatos a la Duma por el partido obrero socialdemócrata, sin ser elegidos por las organizaciones obreras ni controlados por ellas... La enmienda del camarada Nazar, que exigía que los candidatos socialdemócratas a la Duma fueran presentados por las organizaciones obreras locales, fue rechazada por los mencheviques. Exigimos votación nominal e hicimos constar en acta una opinión particular[16].

Por la enmienda de los caucasianos (participar en las elecciones donde aún no las hubiera, pero no entrar en bloques con otros partidos) votamos, porque la prohibición de bloques y acuerdos con otros partidos tenía, sin duda, una gran importancia política para el partido.

Señalaré también que el congreso rechazó la enmienda del camarada Ermanski (menchevique que se consideraba conciliador), quien pretendía que la participación en las elecciones se permitiera solo cuando fuera posible la agitación entre las masas y su amplia organización.

Los representantes de los partidos socialdemócratas nacionales, los polacos, los bundistas y, según recuerdo, también los letones, tomaron la palabra sobre esta cuestión y se pronunciaron decididamente por el boicot, subrayando las condiciones locales y concretas y protestando contra la decisión de tal problema sobre la base de razonamientos abstractos.

Sobre el problema de la fracción parlamentaria socialdemócrata, el congreso adoptó también una instrucción del Comité Central. Dicha instrucción, que lamentablemente no se incluyó en las resoluciones del congreso publicadas por el Comité Central, encarga a éste que informe a todas las organizaciones del partido: 1) a quién exactamente, 2) cuándo exactamente y 3) en qué condiciones exactamente ha designado como representante del partido en la fracción parlamentaria; y que comunique después informes periódicos sobre la actividad de estos representantes del partido. A las organizaciones obreras locales, cuyos miembros sean diputados socialdemócratas en la Duma, esta resolución les encarga el control de sus «delegados» en la Duma{29}. Señalaré entre paréntesis que esta importante resolución, que muestra que los socialdemócratas no ven el parlamentarismo como los politicastros burgueses, provocó unánime indignación o burla tanto en «Duma»{30}, el periódico del señor Struve, como en «Nóvoye Vremia»{31}.

Por último, para terminar el relato de los debates sobre el problema de la Duma de Estado, mencionaré dos episodios más. El primero: la intervención del camarada Akímov, quien fue invitado al congreso con voz consultiva. Para información de los camaradas que no conozcan la historia de nuestro partido, diré que el camarada Akímov, desde finales de la década de 1890, es el más consecuente o uno de los más consecuentes oportunistas en el partido. Incluso el nuevo «Iskra»{32} tuvo que reconocerlo. Akímov fue «economista»{33} en 1899 y en los años siguientes, y se mantuvo fiel a sí mismo. El señor Struve, en «Osvobozhdenie»{34}, lo elogió más de una vez por su «realismo» y por el carácter científico de su marxismo. Del bernsteinianismo de «Bez Zaglavia»{35} (señor Prokopóvich, etc.) el camarada Akímov apenas se diferencia sustancialmente. Es comprensible que la presencia de tal camarada no pudiera dejar de ser valiosa en el congreso durante la lucha entre el ala derecha y la izquierda de la socialdemocracia.

El camarada Akímov habló precisamente el primero, después de los ponentes, sobre el problema de la Duma de Estado. Declaró que en muchas cosas no coincidía con los mencheviques, pero que estaba completamente de acuerdo con el camarada Axelrod. Él está no solo a favor de la participación en la Duma, sino también del apoyo a los kadetes. El camarada Akímov fue el único menchevique consecuente en el sentido de que se puso abiertamente a defender a los kadetes (y no en forma encubierta, como aquella de que los kadetes son más importantes que los socialistas revolucionarios{36}). Se rebeló abiertamente contra mi valoración de los kadetes en el folleto «La victoria de los kadetes y las tareas del partido obrero». Los kadetes, según sus palabras, «son realmente un partido de la libertad popular, aunque más moderado». Los kadetes son «demócratas huérfanos», dijo nuestro socialdemócrata huérfano. «Los mencheviques deben crear artificialmente obstáculos para no convertirse en colaboradores de los kadetes».

Como ve el lector, el discurso del camarada Akímov mostró una vez más con toda claridad hacia qué lado se inclinan nuestros camaradas mencheviques.

El segundo episodio lo mostró desde otro ángulo. El asunto fue así. En el proyecto inicial de la resolución menchevique sobre la Duma de Estado, presentado por la comisión, el punto 5 (sobre el ejército) contenía la siguiente frase: «… viendo por primera vez en suelo ruso un nuevo poder, llamado a la vida por el propio zar, reconocido por la ley, surgido de las entrañas de la nación», etc. Al criticar la resolución menchevique por su actitud, por decirlo suavemente, imprudente y optimista hacia la Duma de Estado, yo, entre otras cosas, critiqué también las palabras subrayadas y dije en broma: ¿no convendría añadir: «y enviada por Dios nuestro Señor» (el poder?). El camarada Plejánov, miembro de la comisión, se ofendió terriblemente conmigo por esta broma. – ¡Cómo! – exclamó en su discurso–. ¿Tengo que escuchar semejantes “sospechas de oportunismo” (expresión literal suya, apuntada por mí)? ¡Si yo mismo soy militar y sé cómo los militares ven el poder, qué importancia tiene a sus ojos el reconocimiento del poder por el zar, etc., etc. El resentimiento del camarada Plejánov reveló su punto débil y mostró aún más claramente que se había “pasado de rosca”. En mi discurso de clausura respondí que no se trataba en absoluto de “sospechas” y que era ridículo pronunciar palabras tan lastimeras. Nadie acusa a Plejánov de creer en el zar. Pero la resolución no se escribe para Plejánov, sino para el pueblo. Y lanzar al pueblo argumentos tan equívocos, propios solo de los señores Witte y Cía., es indecoroso. Estos argumentos se volverán contra nosotros, pues si se subraya que la Duma de Estado es un “poder” (?? ya esa sola palabra muestra el optimismo desmedido de nuestros mencheviques), y un poder creado por el zar, de ahí se deducirá que ese poder legal debe actuar legalmente, obedeciendo a quien lo “ha llamado a la vida”.

Los propios mencheviques vieron que Plejánov se había pasado de rosca. Las palabras subrayadas, a propuesta surgida de sus propias filas, fueron tachadas de la resolución.

VI. La insurrección armada

Los dos temas principales, el agrario y el de la Duma de Estado, junto con los debates sobre la valoración del momento, centraron la atención del congreso. No recuerdo cuántos días dedicamos a estas cuestiones, pero el hecho es que el cansancio ya se hacía notar en muchos de los presentes, y, además del cansancio, quizás también el afán de quitar de en medio algunos temas. Se aprobó la propuesta de acelerar los trabajos del congreso, y a los ponentes sobre la insurrección armada se les redujo el tiempo a 15 minutos (a los ponentes de los temas anteriores se les había prolongado el tiempo en más de una ocasión más allá de la media hora reglamentaria). Este fue el comienzo del apresuramiento y la chapuza con los temas.

El ponente de la «minoría» predominante en el congreso sobre la cuestión de la insurrección armada, el camarada Cherevanin, como era de esperar y como habían pronosticado repetidamente los bolcheviques, «se deslizó hacia Plejánov», es decir, adoptó en esencia el punto de vista de los «Diarios», con los que muchos mencheviques habían manifestado su desacuerdo antes del congreso. Tengo anotadas en mis apuntes frases suyas como: «la insurrección de diciembre fue solo un producto de la desesperación» o: «la derrota de la insurrección de diciembre estaba asegurada ya en los primeros días». La frase plejanoviana: «no había que empuñar las armas» atravesaba como un hilo rojo toda su exposición, salpicada, como es habitual, de invectivas contra los «conspiradores» y la «exageración de la técnica».

Nuestro ponente, el camarada Winter, intentó en vano en su breve discurso mover al congreso a examinar el texto exacto de ambas resoluciones. Incluso tuvo que renunciar una vez a continuar su informe. Fue en medio de su intervención, cuando leyó el primer punto de la resolución menchevique: «la lucha plantea la tarea inmediata de arrancar el poder de las manos del gobierno autocrático». Resultó que nuestro ponente, miembro de la comisión encargada de elaborar la resolución sobre la insurrección armada, no sabía que dicha comisión, en el último minuto, había propuesto al congreso una nueva redacción en el proyecto de resolución hectografiado. A saber: la parte menchevique de la comisión, encabezada por Plejánov, proponía decir: «arrancar los derechos por la fuerza» en lugar de «arrancar el poder».

Este cambio del texto de la resolución presentada al congreso, sin conocimiento del ponente, miembro de la comisión, violaba de manera tan grosera todas las costumbres y normas de trabajo del congreso, que nuestro ponente, indignado, se negó a continuar su informe. Solo después de largas “explicaciones” de los mencheviques accedió a pronunciar unas palabras de conclusión.

El cambio era realmente pasmoso. ¡En la resolución sobre la insurrección no se habla de lucha por el poder, sino de lucha por los derechos! Piénsese nada más en la increíble confusión que esta formulación oportunista habría sembrado en la conciencia de las masas, y en lo absurdo de la flagrante desproporción entre la magnitud del medio (la insurrección) y la modestia del fin (arrancar derechos, es decir, arrancar derechos al viejo poder, obtener concesiones del viejo poder, pero no derrocarlo).

Huelga decir que los bolcheviques atacaron esta enmienda del modo más enérgico. Las filas mencheviques vacilaron. Se convencieron, al parecer, de que Plejánov se había pasado de rosca una vez más y de que en la práctica les habría ido mal con una valoración tan moderada y cautelosa de la tarea de la insurrección. A Plejánov le obligaron a dar marcha atrás. Retiró su enmienda, diciendo que no concedía importancia a la diferencia, que era meramente “estilística”. Por supuesto, aquello era dorar la píldora. Todos comprendían que no se trataba en absoluto de estilística.

La enmienda de Plejánov puso al descubierto de manera elocuente la tendencia fundamental de los mencheviques en la cuestión de la insurrección: inventar pretextos para eludir la insurrección, renegar de la insurrección de diciembre, desaconsejar una nueva insurrección, reducir sus tareas a la nada o definirlas de tal modo que para su cumplimiento no pudiera hablarse siquiera de insurrección. Pero los mencheviques no se decidieron a decir esto de forma directa y resuelta, abierta y clara. Su posición era de lo más falsa: expresar en forma velada y a medias insinuaciones lo que constituye su pensamiento más íntimo. Los representantes del proletariado pueden y deben criticar abiertamente sus errores, pero hacerlo de forma velada, equívoca y confusa es totalmente indigno de la socialdemocracia. Y la resolución de los mencheviques reflejó involuntariamente esta posición equívoca: pretextos contra la insurrección junto con un reconocimiento pretendidamente “popular” de la misma.

Los discursos sobre la técnica y el conspiracionismo eran un modo demasiado evidente de desviar la atención, una manera demasiado burda de emborronar las divergencias en la valoración política de la insurrección. Para eludir esta valoración, para no decir con franqueza si la insurrección de diciembre fue un paso adelante y el ascenso del movimiento a un peldaño superior, era preciso desviar los discursos, apartarlos de la política hacia la técnica, de la valoración concreta de diciembre de 1905 a frases generales sobre el conspiracionismo. ¡Y qué mancha quedará en la socialdemocracia con esos discursos sobre el conspiracionismo a propósito de un movimiento popular como la lucha de diciembre en Moscú!

Queréis polemizar – decíamos a los camaradas mencheviques–, os apetece “dar un pinchazo” a los bolcheviques, vuestra resolución sobre la insurrección está llena de ataques contra los que piensan de otro modo. Polemizad cuanto queráis. Es vuestro derecho y vuestro deber. Pero no reduzcáis la gran cuestión de la valoración de jornadas históricas a una polémica mezquina y miserable. No rebajéis al partido mostrando que, sobre la cuestión de la lucha de diciembre de los obreros, los campesinos, la pequeña burguesía urbana, no sabe decir nada más que pullas y alfilerazos contra otra fracción. Elevaos un poquito más arriba, escribid, si os place, una resolución polémica especial contra los bolcheviques, pero dad al proletariado y a todo el pueblo una respuesta directa y clara, no hipócrita, sobre la cuestión de la insurrección.

Ustedes gritan sobre la exageración de la técnica y el conspiracionismo. Pero miren ambos proyectos de resolución. Verán precisamente en nuestra resolución no un material técnico, sino histórico y político. Verán en nosotros una motivación tomada no de lugares comunes vagos e indemostrables («la tarea de la lucha es arrancar el poder»), sino de la historia del movimiento, de la experiencia política del último cuarto de 1905. Ustedes achacan sus propios defectos a otros, porque es precisamente su resolución la que es sumamente pobre en material histórico-político. Habla de la insurrección, pero ni una palabra sobre la relación de la huelga con la insurrección, ni una palabra sobre cómo la lucha posterior a octubre condujo a la necesidad e inevitabilidad de la insurrección, ni una sola palabra directa y clara sobre diciembre. Precisamente en nuestra resolución la insurrección aparece no como un llamamiento conspirador, no como una cuestión técnica, sino como el resultado político de una realidad histórica completamente concreta, creada por la huelga de octubre, la promesa de libertades, el intento de arrebatarlas y la lucha por su defensa.

Las frases sobre la técnica y el conspiracionismo no son más que un encubrimiento de su retirada en la cuestión de la insurrección.

En el congreso, la resolución menchevique sobre la cuestión de la insurrección fue llamada precisamente: «resolución contra la insurrección armada». Y difícilmente se atreverá a discutir la justeza de esta afirmación quien lea con un mínimo de atención los textos de las dos resoluciones propuestas al congreso[17].

Nuestros argumentos solo tuvieron una influencia parcial sobre los mencheviques. Quien compare el proyecto de su resolución con la resolución finalmente aprobada por ellos verá que eliminaron toda una serie de salidas y puntos de vista realmente insignificantes. Pero el espíritu general, por supuesto, permaneció. Es un hecho histórico que el congreso menchevique, después de la primera insurrección armada en Rusia, mostró desconcierto, eludió una respuesta directa, no se atrevió a decir abiertamente al proletariado si aquella insurrección había sido un error o un paso adelante, si era necesaria una segunda insurrección y cómo se vincula históricamente con la primera.

La evasividad de los mencheviques, que desean retirar de la agenda la cuestión de la insurrección, que tienden a ello pero no se atreven a confesarlo, condujo a que la cuestión quedara en esencia abierta. La valoración de la insurrección de diciembre aún debe ser elaborada por el partido, y todas las organizaciones deben prestar a esta cuestión la atención más seria.

La cuestión práctica de la insurrección también está abierta. En nombre del congreso se ha reconocido que la tarea inmediata (¡nótenlo!) del movimiento es «arrancar el poder». Pues bien, esta es una formulación, si se quiere, ultrabolchevique, precisamente la que reduce la cuestión a una frase, de lo cual se nos acusaba. Pero, una vez que el congreso lo ha dicho, debemos guiarnos por ello, debemos sobre esta base criticar de la manera más resuelta a aquellas instituciones y organizaciones locales y centrales del partido que pudieran olvidar esta tarea inmediata. Podemos y debemos, sobre la base de la decisión del congreso, colocar en primer plano esta tarea inmediata en determinados momentos políticos. Nadie tiene derecho a impedirlo; estará plena y totalmente dentro de las directivas del congreso, toda vez que hemos eliminado las palabras «arrancar derechos» y hemos hecho reconocer «la tarea inmediata de arrancar el poder».

Aconsejamos no olvidar esto a las organizaciones del partido, sobre todo en momentos como estos, en que nuestra tan mentada Duma recibe bofetadas del gobierno autocrático.

El camarada Voinov, en los debates sobre la insurrección armada, señaló con mucho acierto el aprieto en que cayeron los mencheviques. Decir «arrancar derechos» es una formulación oportunista hasta lo increíble. Decir «arrancar el poder» significa quitarse de las manos toda arma contra los bolcheviques. De ahora en adelante sabemos —bromeó Voinov— qué es el marxismo ortodoxo y qué es la herejía conspiradora. «Arrancar el poder» es ortodoxo, «conquistar el poder» es conspiracionismo…

El mismo orador describió a este respecto el tipo general del menchevique. Los mencheviques son impresionistas, dijo, hombres de estado de ánimo, hombres del momento. Se alza una ola, vienen octubre-noviembre de 1905, y he aquí que Nachalo se dispara, se presenta incluso de un modo más bolchevique que los bolcheviques. Ya salta de la dictadura democrática a la dictadura socialista. Pasó la marejada, bajó el estado de ánimo, se alzaron los kadetes, y los mencheviques se apresuran a adaptarse al ánimo rebajado, corren a brincos tras los kadetes, y con desdén agitan la mano ante las formas de lucha de octubre-diciembre.

Una confirmación sumamente interesante de lo dicho fue la declaración escrita del menchevique Larin presentada en el congreso. Fue entregada por él a la mesa, y por consiguiente debe figurar completa en las actas. Larin decía allí que los mencheviques se equivocaron en octubre-diciembre al actuar de manera bolchevique. Yo oí en el congreso protestas verbales y privadas contra esta «valiosa confesión» por parte de algunos mencheviques, pero no puedo afirmar si esas protestas se expresaron en discursos o en declaraciones.

Fue también instructiva la intervención de Plejánov. Habló (si no me equivoco) de la toma del poder. Y se le escapó de la manera más original. —Estoy contra la toma conspiradora del poder —exclamó—, pero estoy plenamente a favor de una toma del poder como fue, por ejemplo, la Convención{37} en la gran Revolución Francesa.

En este punto cogimos a Plejánov en su palabra. —Excelente, camarada Plejánov —le respondí—. Escriba en la resolución lo que usted ha dicho. Condene con toda la dureza que quiera el conspiracionismo; nosotros, los bolcheviques, votaremos íntegra y unánimemente por una resolución en la que se reconozca y recomiende al proletariado la toma del poder al estilo de la Convención. Condene el conspiracionismo, pero reconozca en la resolución una dictadura semejante a la Convención, y estaremos de acuerdo con usted plena e incondicionalmente. Más aún. ¡Le garantizo que desde el momento en que firme tal resolución, los kadetes dejarán de elogiarle!

El camarada Voinov señaló también la flagrante contradicción en que incurrió el camarada Plejánov al «escapársele» casualmente lo de la Convención. La Convención fue precisamente la dictadura de los de abajo, es decir, de las capas más bajas de la población pobre urbana y rural. En la revolución burguesa, esta fue precisamente una institución de plenos poderes, en la cual dominaba por entero y sin divisiones no la gran o mediana burguesía, sino el pueblo llano, los pobres, es decir, precisamente lo que nosotros llamamos: «el proletariado y el campesinado». Reconocer la Convención y clamar contra la toma del poder significa jugar con las palabras. Reconocer la Convención y desgañitarse contra «la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado» significa golpearse a uno mismo. Y los bolcheviques siempre y en todo momento hemos hablado de la conquista del poder precisamente por la masa del pueblo, precisamente por el proletariado y el campesinado, y en modo alguno por una u otra «minoría consciente». Las frases sobre el conspiracionismo y el blanquismo son simple e inocente declamación, que se hizo añicos con una sola mención de la Convención.

VII. Fin del congreso

La cuestión de la insurrección armada fue la última cuestión que se discutió de manera medianamente detallada y basada en principios en el congreso. Las demás cuestiones quedaron ya completamente atropelladas o fueron resueltas sin debates.

La resolución sobre las acciones combativas de guerrillas fue aprobada como un apéndice a la resolución sobre la insurrección armada. Yo no estaba presente en ese momento en la sala de sesiones y no escuché de los camaradas sobre ningún debate medianamente interesante acerca de esta cuestión. Además, esta cuestión, por supuesto, no es de principios.

Las resoluciones sobre los sindicatos y sobre la actitud hacia el movimiento campesino fueron aprobadas por unanimidad. En las comisiones de preparación de resoluciones, bolcheviques y mencheviques llegaron a un acuerdo sobre estas cuestiones. Destaco en la resolución sobre el movimiento campesino la valoración completamente justa del partido kadete y el reconocimiento de la insurrección como «el único medio» de conquistar la libertad. Es preciso tener presentes ambas tesis con frecuencia en la labor de nuestra agitación cotidiana.

La unificación con los partidos socialdemócratas nacionales llevó algo más de tiempo. La fusión con los polacos se aprobó por unanimidad. La fusión con los letones, según recuerdo, también, en todo caso, sin grandes debates. En torno a la cuestión de la fusión con el Bund se libró una gran batalla. La fusión se aprobó, recuerdo, por 54 votos aproximadamente. Votaron a favor los bolcheviques (casi todos), el centro y los mencheviques menos inclinados al fraccionalismo. Se llevó a cabo la unidad de los comités dirigentes locales del POSDR y la elección de delegados al congreso sobre bases comunes. Se adoptó una resolución que reconoce la necesidad de luchar por principios centralistas de organización (nosotros propusimos otra resolución de distinta redacción pero idéntica en sentido, en la que se subrayaba la importancia práctica de la concesión que hacíamos al Bund y se reconocía la necesidad de una lucha consecuente por una cohesión más estrecha y renovada de las fuerzas del proletariado).

Algunos mencheviques se acaloraron mucho a propósito de la unificación con el Bund y nos acusaron de apartarnos de los principios del segundo congreso. La mejor respuesta a estas acusaciones es una consulta al número 2 de «Noticias del Partido». Los bolcheviques publicaron allí, mucho antes del congreso, un proyecto de resolución que proponía una serie de concesiones ulteriores a todos los partidos socialdemócratas nacionales, incluida la «representación proporcional en las instituciones locales, regionales y centrales del partido»[18]. Los mencheviques respondieron en ese mismo número 2 de «Noticias del Partido» a nuestras resoluciones con sus contrarresoluciones, sin objetar ni una sola palabra su desacuerdo con nuestro plan de hacer nuevas concesiones al Bund y a otros partidos socialdemócratas nacionales.

Me parece que este hecho da la mejor respuesta a la cuestión discutible de si fueron los bolcheviques quienes votaron a favor del Bund por fraccionalismo, o los mencheviques quienes votaron en contra del Bund por fraccionalismo.

Los estatutos del partido se aprobaron muy rápidamente. Yo formé parte de la comisión de elaboración del proyecto de estatutos. Los mencheviques pretendían elevar a 2/3 el número de miembros del partido necesario para convocar un congreso extraordinario. Entonces declaré, junto con mis colegas bolcheviques, de manera categórica, que el menor intento de reducir ese mínimo de autonomía y de derechos de la oposición que el III Congreso fraccional había reconocido en los estatutos significaría una escisión inevitable. La cosa depende de ustedes, camaradas mencheviques: si están dispuestos a observar la lealtad, a respetar todos los derechos de la minoría, todos los derechos de la oposición[19], entonces nos sometemos, incorporamos a nuestros partidarios al Comité Central y condenamos la escisión. Si no están dispuestos, entonces la escisión es inevitable.

Los mencheviques aceptaron rebajar los 2/3 a 1/2. Los estatutos se aprobaron por unanimidad: tanto el § 1 como el principio del centralismo democrático. Solo dos puntos suscitaron divergencias.

El segundo punto de divergencia concernía a las relaciones entre el Comité Central y el Órgano Central. Los mencheviques hicieron aprobar la elección del Órgano Central en el congreso y la incorporación del Órgano Central al Comité Central en cuestiones de política (punto poco claro que probablemente suscitará malentendidos). Los bolcheviques, remitiéndose a la triste experiencia de los choques literarios en los partidos ruso y alemán[20], se pronunciaban por la designación de la redacción del Órgano Central por el Comité Central y por el derecho de este a relevar a la redacción. La decisión de los mencheviques, a mi juicio, muestra de manera indudable que en el ala derecha de nuestro partido hay una anomalía también en la relación entre los literatos, por un lado, y los dirigentes práctico-políticos, por otro.

Como un hecho curioso hay que señalar también que los mencheviques adoptaron en el congreso la ratificación de la resolución del Congreso Socialista Internacional de Ámsterdam sobre la actitud hacia los partidos burgueses{38}. En la historia de nuestros congresos socialdemócratas, este acuerdo quedará precisamente como una curiosidad. En efecto, ¿acaso no todas las resoluciones de los congresos socialistas internacionales son obligatorias para los partidos socialdemócratas de todos los países? ¿Qué sentido tiene entonces destacar y ratificar una de esas resoluciones? ¿Dónde y cuándo se ha visto que los partidos socialdemócratas nacionales, en lugar de resolver la cuestión de su actitud hacia tal o cual partido burgués de su país, se remitan a la actitud común a todos los países hacia todos los partidos burgueses en general? Antes del congreso, tanto los bolcheviques como los mencheviques prepararon proyectos de resolución sobre la actitud hacia los partidos burgueses en Rusia en el año de gracia de 1906. Si no quedó tiempo en el congreso para examinar esta cuestión, había que aplazarla simplemente. Pero elegir ese camino «intermedio»: no examinar la cuestión de los partidos rusos, sino ratificar la decisión internacional sobre la cuestión general, significaba tan solo mostrar ante el mundo entero la propia desorientación. ¡No sabemos, como quien dice, cómo resolver por nuestra cuenta lo concerniente a los partidos rusos, así que repitamos al menos la decisión internacional! Fue la forma más desafortunada, capaz solo de suscitar burlas, de dejar la cuestión abierta.

Y la cuestión es sumamente importante. Los proyectos de las correspondientes resoluciones de la mayoría y de la minoría los encontrará el lector en el apéndice. Proponemos a quienes se interesen por esta cuestión (¿y a qué práctico, agitador o propagandista puede no interesarle esta cuestión?) que cotejen estos proyectos de vez en cuando con las «lecciones de la revolución», es decir, con aquellos hechos políticos de la vida de los partidos que la vida rusa ofrece ahora en tanta abundancia. Quien quiera hacer ese cotejo verá que la revolución confirma cada vez más nuestra valoración de las dos corrientes principales de la democracia burguesa: la liberal-monárquica (principalmente, los kadetes) y la democrático-revolucionaria.

La resolución menchevique, en cambio, lleva huellas evidentes de esa misma impotencia y desorientación que condujeron en el congreso a la curiosa salida de ratificar la decisión internacional. La resolución menchevique se compone únicamente de frases generales, sin intento alguno de resolver (o esbozar la solución de) los problemas concretos de la realidad política rusa. Hay que criticar a todos los partidos, dice esta resolución desconcertada, hay que desenmascararlos, hay que reconocer que no existen partidos democráticos plenamente consecuentes. Pero cómo precisamente hay que «criticar y desenmascarar» a los distintos partidos burgueses de Rusia o a los diferentes tipos de esos partidos, eso la resolución no lo sabe. Dice que hay que «criticar», pero no sabe criticar, pues la crítica marxista de los partidos burgueses consiste precisamente en el análisis concreto de una u otra base de clase de los distintos partidos burgueses. La resolución dice, impotente: no hay partidos democráticos plenamente consecuentes, y no sabe determinar las diferencias de consecuencia de los partidos democrático-burgueses rusos que ya se han manifestado y se manifiestan en el curso de nuestra revolución. Tras las frases huecas, tras los lugares comunes de la resolución menchevique han desaparecido incluso los límites de los tres tipos fundamentales de nuestros partidos burgueses: el tipo octubrista, el tipo kadete, el tipo de los demócratas revolucionarios. Y esos socialdemócratas de nuestra ala derecha, ridículamente impotentes para calibrar las bases de clase y las tendencias de los distintos partidos de la Rusia burguesa, ¡acusan todavía a los socialdemócratas de izquierda de «socialismo verdadero», es decir, de ignorar el papel histórico-concreto de la democracia burguesa! Una vez más: es realmente un caso de querer sacar las culpas de la cabeza enferma para cargarlas sobre la sana.

Me he apartado un poco del tema de mi exposición. Pero ya advertí al comienzo de mi folleto que al informe sobre el congreso pensaba añadir algunas reflexiones acerca del mismo. Y creo que para una valoración consciente del congreso por parte de los miembros del partido hay que reflexionar no solo sobre lo que el congreso hizo, sino también sobre lo que no hizo, aunque debía haber hecho. Y la necesidad del análisis marxista de los distintos partidos democrático-burgueses de Rusia es sentida cada día con mayor nitidez por todo socialdemócrata que piensa.

Las elecciones se realizaron en el congreso en unos minutos. Todo estaba acordado, en esencia, antes de las sesiones plenarias del congreso. La redacción de cinco miembros del Órgano Central fue compuesta por los mencheviques enteramente con mencheviques; en el Comité Central aceptamos incluir a tres con siete mencheviques. Cuál será su situación, como una especie de controladores y guardianes de los derechos de la oposición, eso lo mostrará el futuro.

VIII. Balance del congreso

Lanzando una mirada general sobre los trabajos del congreso y sobre la situación de nuestro partido, creada como resultado de los trabajos del congreso, llegamos a las siguientes conclusiones principales.

Un importante asunto práctico del congreso es la fusión proyectada (en parte ya realizada) con los partidos socialdemócratas nacionales. Esta fusión fortalece al Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. Ayudará a extirpar las últimas huellas del espíritu de círculo. Aportará una corriente fresca al trabajo del partido. Reforzará en grado sumo el poder del proletariado de todos los pueblos de Rusia.

Un importante asunto práctico es la fusión de las fracciones minoritaria y mayoritaria. La escisión ha cesado. El proletariado socialdemócrata y su partido deben ser únicos. Las divergencias organizativas están superadas casi por completo. Queda una tarea importante, seria y en extremo responsable: plasmar efectivamente en la vida los principios del centralismo democrático en la organización del partido, lograr mediante un trabajo tenaz que las organizaciones de base se conviertan de hecho, y no de palabra, en la célula organizativa fundamental del partido, que todos los organismos superiores sean realmente electivos, responsables y revocables. Es preciso, con un trabajo tenaz, forjar una organización que incluya a todos los obreros conscientes socialdemócratas y que viva una vida política independiente. La autonomía de toda organización del partido, reconocida hasta ahora más en el papel, debe ser aplicada y llevada a la práctica. Hay que eliminar y desterrar la lucha por los puestos, el temor a la otra «fracción». Que tengamos en la práctica organizaciones únicas del partido con una lucha puramente ideológica entre las distintas corrientes del pensamiento socialdemócrata en su seno. Esto no es fácil de conseguir todavía, no lo lograremos de inmediato. Pero la vía está trazada, los principios han sido proclamados, y debemos esforzarnos por alcanzar la realización plena y consecuente de este ideal organizativo.

Consideramos un importante logro ideológico del congreso la delimitación más clara y definida del ala derecha y del ala izquierda de la socialdemocracia. Una y otra ala existen en todos los partidos socialdemócratas de Europa; hace tiempo que se perfilan también entre nosotros. Una delimitación más nítida de ambas, una definición más clara de los motivos de las disputas, es necesaria en interés del desarrollo sano del partido, en interés de la educación política del proletariado, en interés de apartar del partido socialdemócrata toda clase de desviaciones excesivas del camino correcto.

El Congreso de Unificación ha proporcionado una inmensa cantidad de material factual y documental para determinar —de manera precisa e indiscutible— en qué estamos de acuerdo y en qué divergimos, hasta qué punto divergimos exactamente. Hay que estudiar este material documental, hay que conocer los hechos que muestran con exactitud el contenido y la magnitud de las divergencias, hay que desacostumbrarse del viejo hábito del espíritu de círculo: presentar gritos, palabras terribles, acusaciones amenazantes en lugar de un análisis serio de tales o cuales divergencias, manifestadas en tal o cual cuestión. Y consideramos necesario adjuntar en el apéndice de este folleto el material documental más completo posible referente al Congreso de Unificación, para que los miembros del partido puedan realmente estudiar por sí mismos las divergencias, y no repetir de memoria frases hechas copiadas. Es árido, por supuesto, este material documental. No a cualquiera le alcanzan la atención y la paciencia para leer los proyectos de resolución, compararlos con las resoluciones aprobadas, reflexionar sobre el significado de las distintas formulaciones de cada punto, de cada frase. Pero sin ese trabajo serio es imposible una actitud consciente ante las decisiones del congreso.

Y así, reuniendo lo que he dicho más arriba sobre los debates en el congreso, reuniendo las distintas tendencias de los proyectos de resolución no examinados (o aplazados) por el congreso, llego a la conclusión de que el congreso ayudó mucho a una delimitación más clara del ala derecha y del ala izquierda de la socialdemocracia.

Nuestra ala derecha no cree en la victoria plena de la auténtica revolución democrático-burguesa en Rusia, teme esa victoria, no plantea ante el pueblo de manera decidida y definida la consigna de esa victoria. Cae siempre en la idea, radicalmente errónea y que vulgariza el marxismo, de que solo la burguesía puede «hacer» por sí sola la revolución burguesa o que la revolución burguesa debe ser dirigida solo por la burguesía. El papel del proletariado como luchador de vanguardia por la victoria plena y decidida de la revolución burguesa no está claro para el ala derecha de la socialdemocracia.

Ella plantea, por ejemplo —al menos en los discursos de algunos de sus oradores en el congreso—, la consigna de la revolución campesina, pero no aplica esta consigna de manera consecuente. No formula en el programa una vía revolucionaria clara para la propaganda y la agitación entre el pueblo (la confiscación de la tierra por los comités campesinos revolucionarios hasta la convocatoria de la asamblea constituyente de todo el pueblo). Teme expresar en el programa de la revolución campesina la idea de la toma del poder por el campesinado revolucionario. En contra de su promesa, no lleva justamente hasta el fin «lógico» la transformación democrático-burguesa en la agricultura, pues ese fin «lógico» (y económico) bajo el capitalismo es solo la nacionalización de la tierra, como supresión de la renta absoluta. Inventa una especie de línea media increíblemente artificiosa, con una nacionalización de la tierra fragmentada en distritos locales, con zemstvos democráticos bajo un poder central no democrático. Asusta al proletariado con el fantasma de la restauración, sin advertir que se aferra al arma política de la burguesía contra el proletariado, que hace el juego a la burguesía monárquica.

Y en toda su línea táctica nuestros socialdemócratas del ala derecha sobreestiman la importancia y el papel de la inestable y vacilante burguesía liberal monárquica (los kadetes, etc.) y subestiman la importancia de la democracia burguesa revolucionaria («Unión Campesina»{39}, «Grupo del Trabajo» en la Duma, los socialistas revolucionarios (eseristas), numerosas organizaciones semipolíticas y semiprofesionales, etc.). Esta sobreestimación de los kadetes y subestimación de las «bases» democráticas revolucionarias está íntimamente ligada a la errónea visión de la revolución burguesa antes señalada. A nuestros socialdemócratas del ala derecha los deslumbra el éxito de oropel de los kadetes, sus ruidosas victorias «parlamentarias», sus vistosas intervenciones «constitucionales». Seduciéndose con la política del momento, olvidan los intereses más profundos y esenciales de la democracia, olvidan las fuerzas que causan menos «ruido» en la superficie del «constitucionalismo» permitido por los Trépov y los Dubásov, pero realizan una labor más profunda, aunque menos visible, en las bases democrático-revolucionarias, preparando conflictos de carácter no del todo parlamentario.

De ahí la actitud escéptica (por decirlo suavemente) de nuestros socialdemócratas del ala derecha hacia la insurrección, de ahí el afán de desentenderse de la experiencia de octubre y diciembre, de las formas de lucha elaboradas entonces. De ahí su indecisión y pasividad en la lucha contra las ilusiones constitucionales, lucha que todo momento verdaderamente revolucionario coloca en primer plano. De ahí su incomprensión del papel histórico del boicot a la Duma, el afán de despachar, mediante la palabreja mordaz de «anarquismo», el análisis de las condiciones concretas del movimiento en un momento determinado[21], de ahí la prisa excesiva por entrar en una institución seudoconstitucional, de ahí la sobreestimación del papel positivo de esta institución.

Contra estas tendencias del ala derecha de nuestros socialdemócratas debemos librar la lucha ideológica más decidida, abierta y despiadada. Hay que conseguir la más amplia discusión de las decisiones del congreso, hay que exigir de todos los miembros del partido una actitud plenamente consciente y crítica hacia estas decisiones. Hay que conseguir que todas las organizaciones obreras, con pleno conocimiento de causa, expresen su aprobación o desaprobación de unas u otras decisiones. Esta discusión debe llevarse a cabo en la prensa, en las asambleas, en los círculos y grupos, si realmente hemos decidido con seriedad implantar el centralismo democrático en nuestro partido, si hemos decidido incorporar a las masas obreras a la solución consciente de los problemas del partido.

Pero en el partido unificado esta lucha ideológica no debe escindir las organizaciones, no debe perturbar la unidad de acción del proletariado. Es un principio nuevo aún en la práctica de nuestro partido, y habrá que trabajar mucho para aplicarlo correctamente en la vida.

Libertad de discusión, unidad de acción: he aquí lo que debemos conseguir. Y las decisiones del Congreso de Unificación dejan suficiente amplitud a todos los socialdemócratas en este sentido. Las acciones prácticas en el espíritu de la «municipalización» no son aún muy cercanas, mientras que en el apoyo a las acciones revolucionarias del campesinado y en la crítica de las utopías pequeñoburguesas todos los socialdemócratas están de acuerdo entre sí. Debemos, por consiguiente, discutir la municipalización y condenarla, sin temor a quebrantar la unidad de acción del proletariado.

En lo relativo a la Duma*, la cuestión se presenta de un modo algo distinto. En las elecciones es obligatoria la unidad de acción completa. El congreso ha decidido: participaremos en las elecciones en todos los lugares donde estas se celebren. Durante las elecciones, ninguna crítica a la participación en ellas. La acción del proletariado debe ser única. A la fracción socialdemócrata en la Duma, cuando exista esta fracción, todos nosotros y siempre la reconoceremos como nuestra fracción del partido.

Pero más allá de los límites de la unidad de acción, procede la discusión y condena más amplias y libres de aquellos pasos, decisiones y tendencias que consideremos perjudiciales. Solo en tales discusiones, resoluciones y protestas puede elaborarse una opinión pública real de nuestro partido. Solo bajo esta condición será este un verdadero partido, capaz siempre de manifestar su opinión y de encontrar los caminos correctos para transformar la opinión definida en decisiones de un nuevo congreso.

Tomemos la tercera resolución, la que suscitó divergencias: sobre la insurrección. Aquí, la unidad de acción en el momento de la lucha es incondicionalmente necesaria. Ninguna crítica durante una lucha tan candente es admisible dentro del ejército del proletariado que tensa todas sus fuerzas. Mientras no haya aún un llamamiento a la acción, procede la discusión y valoración más amplias y libres de la resolución, de sus motivos y de sus disposiciones particulares.

Así pues, el campo es muy amplio. Las resoluciones del congreso dan mucho margen. Cualquier entusiasmo por el cuasi-constitucionalismo, cualquier exageración por parte de quien sea del papel «positivo» de la Duma, cualesquiera llamamientos de la extrema derecha de la socialdemocracia a la moderación y a la cautela: tenemos en las manos un arma poderosísima contra ellos. Esta arma es el primer punto de la resolución del congreso sobre la insurrección.

El Congreso de Unificación del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia reconoció como tarea inmediata del movimiento arrancar el poder de manos del gobierno autocrático. Todo aquel que olvide esta tarea inmediata, que la relegue a un segundo plano, quebrantará la voluntad del congreso, y nosotros lucharemos contra tales infractores del modo más enérgico.

Repito: el margen es amplio. Desde la fracción parlamentaria hasta la tarea inmediata de arrancar el poder. La lucha ideológica en estos amplios marcos puede y debe desarrollarse sin escisión, manteniendo la unidad de acción del proletariado.

A tal lucha ideológica es a la que llamamos a todos los socialdemócratas que no desean permitir que nuestro partido se desvíe excesivamente a la derecha.

**Apéndice. Materiales para evaluar los trabajos del Congreso de Unificación del POSDR**

Para que los lectores puedan, hasta la publicación de las actas del congreso, orientarse mediante documentos en las cuestiones que fueron objeto de discusión en el congreso, presentamos aquí los proyectos de resolución presentados en el congreso por los mencheviques y los bolcheviques, así como los textos de las resoluciones adoptadas por el congreso. Como ya se indicó en el texto del folleto, solo el estudio de este material dará a cualquiera la posibilidad de formarse una idea clara y precisa del verdadero significado de la lucha ideológica en el congreso. Las más importantes de las resoluciones no examinadas por el congreso y no presentadas en él, del número dos de «Noticias del Partido», las presentamos también aquí, pues todos los miembros del congreso las tuvieron presentes en los debates, a veces se refirieron a ellas, y el total esclarecimiento de las divergencias es imposible sin su conocimiento.

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*Nota del traductor: Se refiere a la Duma Estatal, el parlamento del Imperio Ruso.