Para responder a esta pregunta, es necesario detenerse primero en una caracterización más detallada del propio partido kadete.

Ya hemos señalado el rasgo fundamental de la estructura de clase de este partido. No vinculado a una clase única y determinada de la sociedad burguesa, pero plenamente burgués por su composición, por su carácter y por sus ideales, este partido vacila entre la pequeña burguesía democrática y los elementos contrarrevolucionarios de la gran burguesía. La base social de este partido es, de un lado, el hombre común urbano de masas —ese mismo hombre común urbano que construyó con ahínco barricadas en Moscú durante las célebres jornadas de diciembre— y, de otro lado, el terrateniente liberal que, a través del funcionario liberalizante, tiende a un acuerdo con la autocracia, a un reparto «inofensivo» del poder entre el pueblo y los opresores del pueblo por la gracia de Dios. Esta base de clase extremadamente amplia, indefinida e internamente contradictoria del partido (que se manifiesta de forma notable, como ya se ha señalado más arriba, en las estadísticas de los compromisarios electorales kadetes) se refleja con un relieve extraordinario en el programa y la táctica de los kadetes. Su programa es enteramente burgués; los kadetes ni siquiera pueden imaginarse otro régimen social que el capitalista, más allá de cuyos límites no van ni sus deseos más audaces. En el terreno político, su programa une el democratismo, la «libertad popular», y la contrarrevolución, la libertad de opresión del pueblo por la autocracia, y las une con una escrupulosidad puramente pequeñoburguesa y profesoralmente pedantesca. El poder en el Estado se divide aproximadamente en tres partes: tal es el ideal del kadete. Una parte, para la autocracia. La monarquía permanece. El monarca conserva derechos iguales a los de la representación popular, que «está de acuerdo» con él sobre las leyes que se promulgan y que le presenta sus proyectos de ley para su aprobación. Otra parte del poder, para el terrateniente y el gran capitalista. Ellos reciben la cámara alta, de la cual las elecciones en dos grados y el censo de arraigo deben alejar a los elementos «plebeyos». Finalmente, la tercera parte del poder, para el pueblo, que recibe la cámara baja sobre la base del sufragio universal, igual, directo y secreto. ¿Para qué la lucha, por qué las discordias internas?, dice el Iúdushka kadete, alzando los ojos al cielo y mirando con reproche tanto al pueblo revolucionario como al gobierno contrarrevolucionario. ¡Hermanos! ¡Amémonos los unos a los otros! ¡Que los lobos estén saciados y las ovejas intactas, que la monarquía con la cámara alta sean inviolables y la «libertad popular» esté asegurada!

La hipocresía de esta posición principista de los kadetes salta a la vista, la falsedad de los argumentos «científicos» (profesoralmente científicos) con que se defiende es asombrosa. Pero sería radicalmente erróneo, por supuesto, explicar esta hipocresía y esta falsedad por las cualidades personales de los jefes kadetes o de tal o cual kadete individual. Al marxismo le es completamente ajeno este tipo de explicación vulgar, que no pocas veces nos atribuyen nuestros adversarios. No, entre los kadetes hay indudablemente personas sincerísimas que creen que su partido es el partido de la «libertad popular». Pero la base de clase dual y vacilante de su partido engendra inevitablemente su política bifronte, su falsedad y su hipocresía.

Estos simpáticos rasgos se manifiestan, quizá aún con más claridad que en el programa kadete, también en la táctica kadete. *Estrella Polar*{129}, en la que el señor Struve acercaba tan afanosa y tan exitosamente el kadetismo al novovremenismo, ofreció una excelente, magnífica, inimitable delineación de la táctica kadete. En aquellos precisos momentos en que se apagaban los disparos en Moscú, cuando la dictadura militar-policial celebraba sus orgías furiosas, cuando las ejecuciones y las torturas masivas recorrían toda Rusia, en *Estrella Polar* resonaban discursos contra la violencia de izquierda, contra los comités de huelga de los partidos revolucionarios. Los profesores kadetes, que comercian con la ciencia a costa de los Dubásov, llegaron al extremo (el señor Kizewetter, miembro del Comité Central de los kadetes y candidato a la Duma) de traducir la palabra dictadura con la expresión *protección reforzada*. ¡Las «gentes de ciencia» tergiversaban incluso su latín de gimnasio para denigrar la lucha revolucionaria! Dictadura significa —tómenlo nota de una vez por todas, señores Kizewetter, Struve, Izgóiev y Cía.— un poder ilimitado, apoyado en la fuerza y no en la ley. Durante la guerra civil, todo poder vencedor sólo puede ser dictadura. Pero la cuestión está en que hay dictadura de una minoría sobre la mayoría, de un puñado de policías sobre el pueblo, y hay dictadura de la gigantesca mayoría del pueblo sobre un puñado de violentos, saqueadores y usurpadores del poder popular. Con su vulgar tergiversación del concepto científico de dictadura, con sus lamentos contra la violencia de izquierda en una época de desenfreno de la más ilegal, de la más vil violencia de derecha, los señores kadetes mostraron palmariamente cuál es la posición de los «conciliadores» en la agudizada lucha revolucionaria. El «conciliador» se esconde cobardemente cuando la lucha se inflama. Cuando vence el pueblo revolucionario (17 de octubre), el «conciliador» sale de su madriguera, se acicala jactanciosamente, parlotea a más no poder y grita hasta el paroxismo: aquélla fue una «gloriosa» huelga política. Cuando vence la contrarrevolución, el conciliador empieza a cubrir a los vencidos con hipócritas exhortaciones y amonestaciones. La huelga vencedora fue «gloriosa». Las huelgas vencidas fueron criminales, salvajes, absurdas, anárquicas. La insurrección vencida fue una locura, un desbordamiento de la espontaneidad, una barbarie, un despropósito. En una palabra, la conciencia política y la inteligencia política del «conciliador» consisten en arrastrarse ante quien es más fuerte en ese momento, en enredarse en los pies de los combatientes, estorbando ya a uno, ya a otro bando, en embotar la lucha y entorpecer la conciencia revolucionaria del pueblo que sostiene una lucha desesperada por la libertad.

Los campesinos luchan contra la propiedad terrateniente. La lucha llega ahora a su punto culminante. Se ha agudizado hasta tal punto que la cuestión ya se plantea sin ambages: los terratenientes quieren ametralladoras en respuesta a la menor tentativa de los campesinos de apoderarse de la tierra usurpada por los nobles a lo largo de los siglos. Los campesinos quieren toda la tierra. Entonces *Estrella Polar*, con una agridulce salvedad, lanza al combate a los señores Kaufmann, que demostrarán que los terratenientes tienen poca tierra y que el asunto no es propiamente la tierra y que todo se puede acabar en buena armonía.

La resolución táctica del último congreso kadete{130} resume bien el politiqueo de los kadetes. Después de la insurrección de diciembre, cuando la huelga pacífica, de la manera más evidente para todos, se había agotado a sí misma, había consumido todas sus fuerzas y se mostraba ya inservible como medio independiente de lucha, emergió a la superficie la resolución del congreso kadete (propuesta, según parece, por el señor Vinaver) que reconoce la huelga política pacífica como medio de lucha.

¡Magnífico, inimitable, señores kadetes! Han asimilado ustedes con insuperable habilidad el espíritu y el sentido del politiqueo burgués. Hay que esforzarse en apoyarse en el pueblo. Sin esto, la burguesía no alcanza el poder y nunca lo ha alcanzado. Pero hay que contener al mismo tiempo el ímpetu revolucionario del pueblo, para que los obreros y campesinos —¡Dios nos libre!— no conquisten una democracia plena y decidida, una verdadera libertad popular, y no monárquica y «bicameral». Para ello, hay que poner palos en las ruedas de la revolución cada vez que ésta vence, y hay que hacerlo por todos los medios, por todas las medidas, comenzando por la «científica» tergiversación del latín por parte de los «profesores» para cubrir de oprobio la idea misma de la victoria decisiva del pueblo, y terminando, si es preciso, por reconocer únicamente aquellos medios de lucha revolucionaria que ya han caducado en el mismo momento en que ustedes los reconocen. Esto es inocuo y ventajoso a la vez. Inocuo, porque un arma embotada, a sabiendas, no dará al pueblo la victoria, no pondrá en el poder al proletariado y al campesinado, y, en el mejor de los casos, sólo sacudirá un poco a la autocracia y ayudará a los kadetes a regatear para la burguesía un pedacito más de «derechos». Ventajoso, porque da la apariencia exterior de «revolucionarismo», una apariencia de simpatía por la lucha popular, y atrae hacia los kadetes las simpatías de la masa de aquellos elementos que sincera y seriamente quieren la victoria de la revolución.

La esencia misma de la situación económica de la pequeña burguesía, que vacila entre el capital y el trabajo, engendra inevitablemente la inestabilidad política y la doblez del partido de los kadetes, conduce a su consabida teoría del acuerdo («el pueblo tiene derechos, pero quien sanciona esos derechos es un derecho del monarca»), hace de su partido un partido de ilusiones constitucionales. El ideólogo de la pequeña burguesía no puede comprender la «esencia de la constitución». El pequeño burgués siempre tiende a tomar el papel por la esencia del asunto. Es poco capaz de una organización independiente, no ligada a la clase combatiente, para la lucha directamente revolucionaria. Siendo el más alejado de la más aguda lucha económica de nuestra época, también en política prefiere ceder el primer lugar a las demás clases cuando se trata de la verdadera conquista de la constitución, del aseguramiento real de una verdadera constitución. Que luche el proletariado por la base constitucional, y sobre la base constitucional, en tanto ésta se sostenga aunque sea sobre los cadáveres de los obreros abatidos en la insurrección, que jueguen al parlamentarismo de pacotilla los hombrecillos, tal es la tendencia inmanente de la burguesía, y el partido de los kadetes, esta personificación depurada, ennoblecida, sublimada, perfumada, idealizada, endulzada de las aspiraciones burguesas en general, actúa en la dirección señalada con una perseverancia notable.

¿Ustedes se llaman partido de la libertad popular? ¡Váyanse! Ustedes son el partido del engaño pequeñoburgués a la libertad popular, el partido de las ilusiones pequeñoburguesas acerca de la libertad popular. Ustedes son partido de la libertad, porque quieren subordinar la libertad al monarca y a la cámara alta, la cámara de los terratenientes. Ustedes son partido del pueblo, porque temen la victoria del pueblo, es decir, la victoria completa de la insurrección campesina, la libertad completa de la lucha obrera por la causa obrera. Ustedes son partido de la lucha, porque se agazapan tras agridulces evasivas profesorales cada vez que se inflama la lucha verdadera, directa, inmediata, revolucionaria, contra la autocracia. Ustedes son partido de las palabras y no de los hechos, de las promesas y no del cumplimiento, de las ilusiones constitucionales y no de la lucha seria por una verdadera (no sólo de papel) constitución.

Cuando sobreviene la calma después de una lucha desesperada, cuando en las alturas «descansa la bestia ahíta, cansada de vencer»[54], y en los bajos fondos «se afilan las espadas», reuniéndose nuevas fuerzas, cuando comienza de nuevo a fermentar y a hervir lentamente en las profundidades del pueblo, cuando aún sólo se prepara una nueva crisis política y una nueva gran batalla, entonces el partido de las ilusiones pequeñoburguesas acerca de la libertad popular atraviesa el punto culminante de su desarrollo, se embriaga con sus victorias. A la bestia ahíta le da pereza alzarse de nuevo para atacar de lleno a los charlatanes liberales (¡aún hay tiempo! ¡no nos corre prisa!). Y para los luchadores de la clase obrera y del campesinado aún no ha llegado la hora de un nuevo ascenso. ¡Aquí es precisamente donde pescar el momento, aquí es donde recoger los votos de todos los descontentos (y ¿quién está contento hoy día?), aquí es donde trinar cual ruiseñores nuestros kadetes.

Los kadetes son los gusanos de la tumba de la revolución. La revolución ha sido enterrada. La roen los gusanos. Pero la revolución posee la propiedad de resucitar rápidamente y desarrollarse con lozanía en un terreno bien preparado. Y el terreno ha sido preparado de manera notable, magnífica, con las jornadas de libertad de octubre y con la insurrección de diciembre. Y estamos lejos de la idea de negar el trabajo útil de los gusanos en la época del entierro de la revolución. Pues estos gordos gusanos abonan tan bien el terreno…

¡El campesino en la Duma será kadete!, exclamó en cierta ocasión el señor Struve en *Estrella Polar*. Esto es muy verosímil. El campesino, en su masa, está, por supuesto, a favor de la libertad popular. Él oirá estas hermosas, estas grandes palabras, verá ante sí a los oficiales de policía rural disfrazados con diversos disfraces «octubristas», a los comisarios rurales rompe-mandíbulas, a los terratenientes feudales. Él se pondrá, seguramente, de parte de la libertad popular, se sentirá atraído por el rótulo vistosamente pintado, no adivinará de inmediato el engaño pequeñoburgués, se hará kadete… será kadete hasta que la marcha de los acontecimientos le muestre que la libertad popular aún tiene que ser conquistada, que la verdadera lucha por la libertad popular se presenta fuera de la Duma. Entonces… entonces también el campesino y la masa de la pequeña burguesía urbana se escindirán: una pequeña, pero económicamente fuerte minoría de kuláks podrá pasarse ya decididamente al lado de la contrarrevolución, una parte se pondrá del lado del «acuerdo», de la «reconciliación», del compromiso en buena armonía con la monarquía y con los terratenientes, y una parte se irá al lado de la revolución.

El pequeño burgués construía barricadas en diciembre, durante la gran lucha. El pequeño burgués protestaba contra el gobierno eligiendo al kadete, después del aplastamiento de la insurrección, en marzo. El pequeño burgués se apartará todavía de los kadetes hacia la revolución, cuando quiebren las actuales ilusiones constitucionales. Qué parte de los pequeños burgueses se apartará de la charlatanería kadete hacia la lucha revolucionaria, qué parte del campesinado se unirá a ellos, con cuánta energía, organización y éxito intervendrá en la nueva ofensiva el proletariado, eso decidirá el desenlace de la revolución.

El partido de los kadetes es un partido efímero, sin vida. Esta afirmación puede parecer una paradoja en un momento en que los kadetes obtienen brillantes victorias en las elecciones, en que les esperan, probablemente, victorias «parlamentarias» aún más brillantes en la Duma. Pero el marxismo nos enseña a examinar todo fenómeno en su desarrollo y a no contentarnos con un solo perfil superficial, a no creer en rótulos bonitos, a investigar las bases económicas, de clase de los partidos, a estudiar la situación política objetiva que predeterminará el significado y el desenlace de su actividad política. Aplíquese este método de examen a los kadetes y se verá la justeza de nuestra afirmación. Los kadetes no son un partido, sino un síntoma. No son una fuerza política, sino la espuma que resulta del choque de fuerzas combatientes que se contrapesan más o menos mutuamente. Ellos unen en sí, en verdad, al cisne, al cangrejo y al lucio: la charlatana, engreída, autosuficiente, limitada y cobarde intelectualidad burguesa, el terrateniente contrarrevolucionario que desea rescatarse de la revolución por un precio módico, y, finalmente, el pequeño burgués firme, hacendoso, ahorrativo y tacaño. Este partido no quiere ni puede detentar de forma medianamente sólida el poder en la sociedad burguesa en general, no quiere ni puede conducir por ningún camino determinado la revolución democrático-burguesa. Los kadetes no quieren detentar el poder, prefiriendo «permanecer» junto a la monarquía y la cámara alta. No pueden detentar el poder, porque los verdaderos amos de la sociedad burguesa, los diversos Shípov y Guchkov, los representantes del gran capital y de la gran propiedad, se mantienen al margen de este partido. Los kadetes son el partido de las ensoñaciones sobre una sociedad burguesa blanquita, limpita, ordenada, «ideal». Los Guchkov y los Shípov son el partido del capital negrito, verdadero, real, en la sociedad burguesa moderna. Los kadetes no pueden hacer avanzar la revolución, porque tras ellos no hay una clase cohesionada y verdaderamente revolucionaria. Ellos temen a la revolución. Ellos agrupan en torno suyo a todos, a todo el «pueblo», únicamente sobre el terreno de las ilusiones constitucionales, y los unen sólo con un vínculo negativo: el odio a la bestia ahíta, al gobierno autocrático, contra el cual, los más a la izquierda en el presente terreno «legal» son ahora los kadetes.

El papel histórico de los kadetes es un papel transitorio, momentáneo. Ellos caerán junto con la inevitable y rápida caída de las ilusiones constitucionales, como cayeron los socialdemócratas franceses de fines de los años 40, tan parecidos a nuestros kadetes y tan pequeñoburgueses como ellos. Los kadetes caerán, después de haber abonado el terreno… sea para el prolongado triunfo de los Shípov y los Guchkov, para los prolongados funerales de la revolución, para el constitucionalismo burgués «serio»; sea para la dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y del campesinado.