Los s.-d. de ala izquierda deben revisar la cuestión del boicot a la Duma de Estado. Cabe recordar que siempre planteamos esta cuestión de manera concreta, en función de una determinada situación política. Por ejemplo, ya el «Proletari» (ginebrino) escribió que «sería ridículo renunciar a utilizar incluso la Duma de Bulyguin»[60], si es que hubiera podido nacer. Y a propósito de la Duma de Witte, en el folleto «La socialdemocracia y la Duma de Estado» (de N. Lenin y F. Dan) leemos en el artículo de N. Lenin: «Debemos forzosamente volver a discutir, de manera práctica, la cuestión de la táctica... La situación ahora no es la misma» que con la Duma de Bulyguin (véase la pág. 2 del folleto citado)[61].

La principal diferencia entre la socialdemocracia revolucionaria y la oportunista en la cuestión del boicot es la siguiente. Los oportunistas se limitan a aplicar a todos los casos un esquema general, tomado de un período particular del socialismo alemán. Debemos utilizar las instituciones representativas, — la Duma es una institución representativa, — por lo tanto, el boicot es anarquismo y hay que ir a la Duma. Con este silogismo infantilmente simple se agotaban siempre todos los razonamientos sobre este tema de nuestros mencheviques y en particular de Plejánov. La resolución de los mencheviques sobre la importancia de las instituciones representativas en la época revolucionaria (véase el n.º 2 de «Izvestia del Partido») muestra con extraordinario relieve este carácter esquemático y antihistórico de sus razonamientos.

Por el contrario, los s.-d. revolucionarios trasladan el centro de gravedad de la cuestión precisamente al atento examen de la situación política concreta. No se puede abarcar las tareas de la época revolucionaria rusa mediante la copia de esquemas alemanes, tomados unilateralmente del último período, olvidando las lecciones de 1847-1848. No se puede comprender nada en el curso de nuestra revolución si uno se limita a una simple contraposición del boicot «anárquico» a la participación socialdemócrata en las elecciones. ¡Aprendan de la historia de la revolución rusa, señores!

Esta historia ha demostrado que el boicot de la Duma de Bulyguin fue la única táctica correcta, plenamente confirmada por los acontecimientos. Quien olvida esto, quien discurre sobre el boicot soslayando las lecciones de la Duma de Bulyguin (como las soslayan siempre los mencheviques), se otorga a sí mismo un pleno certificado de pobreza, un certificado de incapacidad para explicar y valorar una de las épocas más importantes y más ricas en acontecimientos de la revolución rusa. La táctica del boicot respecto a la Duma de Bulyguin tuvo en cuenta acertadamente tanto el estado de ánimo del proletariado revolucionario como las particularidades objetivas del momento, que provocaban la inevitabilidad de un próximo estallido general.

Pasemos a la segunda lección de la historia, a la Duma kadete de Witte. Hoy en día están muy difundidos los discursos de arrepentimiento de los intelectuales s.-d. a propósito del boicot de esta Duma. El hecho de que se reuniera y que indirectamente, sin duda, prestara un servicio a la revolución, se considera suficiente para un reconocimiento de arrepentimiento del carácter erróneo del boicot de la Duma de Witte.

Pero semejante punto de vista es extremadamente unilateral y miope. No tiene en cuenta toda una serie de hechos de enorme importancia de la época anterior a la Duma de Witte, durante ella y después de su disolución. Recuerden que la ley electoral para esta Duma fue promulgada el 11 de diciembre, en plena lucha armada de los insurrectos por la asamblea constituyente. Recuerden que incluso el periódico menchevique «Nachalo» escribía entonces: «El proletariado barrerá la Duma de Witte del mismo modo que barrió la de Bulyguin». En tales condiciones, el proletariado no podía ni debía entregar sin lucha en manos del zar la convocatoria de la primera institución representativa en Rusia. El proletariado debía luchar contra el fortalecimiento de la autocracia mediante un empréstito garantizado por la Duma de Witte. El proletariado debía luchar contra las ilusiones constitucionales sobre las que se basaba por entero, en la primavera de 1906, la campaña electoral de los kadetes y las elecciones en el seno del campesinado. En aquel tiempo de exageración desmedida de la importancia de la Duma, tal lucha era imposible más que mediante el boicot. Hasta qué punto estaba estrechamente vinculada la difusión de las ilusiones constitucionales con la participación en la campaña electoral y en las elecciones de la primavera de 1906, se ve con el mayor relieve en el ejemplo de nuestros mencheviques. Basta recordar que en la resolución del IV Congreso (de Unificación) del POSDR, ¡la Duma fue calificada de «poder», a pesar de las advertencias de los bolcheviques! Otro ejemplo: Plejánov, sin el menor reparo, escribía: «El gobierno caerá al abismo cuando disuelvan la Duma». ¡Con qué rapidez se confirmaron las palabras dichas entonces contra él: hay que prepararse para arrojar al enemigo al abismo, y no poner, a la manera kadete, esperanzas en una «caída» espontánea al abismo[62].

El proletariado debía defender con todas sus fuerzas su táctica independiente en nuestra revolución, a saber: junto con el campesinado consciente, contra la vacilante y traicionera burguesía liberal-monárquica. Y esta táctica era imposible en las elecciones a la Duma de Witte debido a toda una serie de condiciones, tanto objetivas como subjetivas, condiciones que provocaban el hecho de que la participación en las elecciones equivalía, para la inmensa mayoría de las localidades de Rusia, a un apoyo tácito a los kadetes por parte del partido obrero. El proletariado no podía ni debía adoptar una táctica a medias, artificialmente inventada, basada en la «astucia» y el desconcierto, de elecciones sin saber para qué, de elecciones a la Duma pero no para la Duma. Y este es un hecho histórico que no eliminarán ningún silencio, ninguna evasiva ni subterfugio de los mencheviques; es un hecho que ninguno de ellos, ni siquiera Plejánov, pudo llamar en la prensa a ir a la Duma. Es un hecho que en la prensa no se oyó un solo llamamiento a ir a la Duma. Es un hecho que los propios mencheviques, en la hoja del CC unificado del POSDR, reconocieron oficialmente el boicot y redujeron la discusión solamente a la etapa en que debía boicotearse. Es un hecho que los mencheviques ponían el centro de gravedad no en las elecciones a la Duma, sino en las elecciones en sí mismas, incluso en el proceso electoral, como organización para la insurrección, para barrer la Duma. Y entretanto, los acontecimientos demostraron precisamente la imposibilidad de una agitación de masas durante las elecciones y una cierta posibilidad de agitación entre las masas sólo desde la propia Duma.

Quien intente realmente tomar en consideración y valorar todos estos complejos hechos, tanto de carácter objetivo como subjetivo, verá que el Cáucaso fue sólo una excepción que confirmó la regla general. Verá que los discursos de arrepentimiento y la explicación del boicot por el «ardor juvenil» representan la valoración más estrecha, superficial y miope de los acontecimientos.

La disolución de la Duma ha demostrado ahora de manera patente que el boicot en las condiciones de la primavera de 1906 fue sin duda una táctica correcta, en términos generales, y reportó beneficio. Sólo mediante el boicot pudo la socialdemocracia, en las circunstancias de entonces, cumplir con su deber: precisamente dar al pueblo las advertencias necesarias acerca de la constitución zarista, la crítica necesaria de la charlatanería kadete durante las elecciones, crítica y advertencias que se vieron brillantemente confirmadas por la disolución de la Duma.

He aquí un pequeño ejemplo para ilustrar lo dicho. El señor Vodovózov, ese semi-kadete, semi-menchevique, defendió a ultranza en la primavera de 1906 las elecciones y el apoyo a los kadetes. Ayer (11 de agosto) escribía en «Továrisch»{131} que los kadetes «pretendieron ser un partido parlamentario en un país que no tiene parlamento, y un partido constitucional en un país que no tiene constitución», que «todo el carácter del partido k.-d. quedó determinado por la contradicción fundamental entre un programa radical y una táctica nada radical».

Mayor triunfo no podían ni desear los bolcheviques que este reconocimiento de un kadete de izquierda o de un plejanovista de derecha.

Pero, rechazando incondicionalmente los discursos pusilánimes y miopes de arrepentimiento, rechazando la necia explicación del boicot por el «ardor juvenil», estamos lejos de pensar en negar las nuevas lecciones de la Duma kadete. Sería pedantería temer reconocer abiertamente y tener en cuenta estas nuevas lecciones. La historia ha demostrado que cuando la Duma se reúne, surge la posibilidad de una agitación provechosa desde dentro de ella y en torno a ella; que la táctica de acercamiento al campesinado revolucionario contra los kadetes es posible dentro de la Duma. Esto parece una paradoja, pero es, sin duda, la ironía de la historia: precisamente la Duma kadete mostró a las masas de manera especialmente patente la justeza de esta táctica, digamos para abreviar, «antikadete». La historia ha refutado implacablemente todas las ilusiones constitucionales y toda la «fe en la Duma», pero la historia ha demostrado de modo indudable la utilidad, aunque modesta, para la revolución de una institución como tribuna para la agitación, para desenmascarar las verdaderas «entrañas» de los partidos políticos, etc.

De aquí la conclusión. Sería ridículo cerrar los ojos ante la realidad. Ahora ha llegado precisamente el momento en que los s.-d. revolucionarios deben dejar de ser boicoteadores. No nos negaremos a ir a la segunda Duma cuando (o «si») sea convocada. No nos negaremos a utilizar esta arena de lucha, sin exagerar en absoluto su modesta importancia, sino, al contrario, subordinándola por completo, sobre la base de la experiencia ya dada por la historia, a otro género de lucha: mediante la huelga, la insurrección, etc. Convocaremos el quinto congreso del partido; en él decretaremos que, en caso de elecciones, es necesario un acuerdo electoral de unas semanas con los trudoviques (sin la convocatoria del quinto congreso del partido es imposible una campaña electoral cohesionada, y todos los «bloques con otros partidos» están incondicionalmente prohibidos por la resolución del cuarto congreso). Y entonces derrotaremos completamente a los kadetes.

Pero esta conclusión está aún lejos, muy lejos de agotar toda la complejidad de la tarea que tenemos ante nosotros. Hemos subrayado intencionadamente las palabras: «en caso de elecciones», etc. No sabemos aún si será convocada la segunda Duma, cuándo serán las elecciones, cómo será el derecho electoral; cuál será la situación de entonces. Nuestra conclusión adolece por tanto de una generalidad extrema: es necesaria para hacer el balance del pasado, para asimilar las lecciones de ese pasado, para dar un planteamiento correcto a las futuras cuestiones de táctica, pero es aún completamente insuficiente para resolver las tareas concretas de la táctica inmediata.

Sólo los kadetes y toda suerte de «kadetoides» pueden contentarse en la actualidad con semejante conclusión, forjarse una «consigna» a base de suspiros por una nueva Duma, demostrar al gobierno la conveniencia de una rapidísima convocatoria de la misma, etc. Sólo los traidores conscientes o inconscientes a la revolución pueden dirigir ahora todos sus esfuerzos a que el inevitable nuevo ascenso del estado de ánimo y de la efervescencia se plasme precisamente en elecciones, y no en la lucha mediante la huelga general y la insurrección.

Hemos llegado al meollo de la cuestión de la táctica s.-d. actual. La esencia de la cuestión no reside ahora en absoluto en si participar o no en las elecciones. Decir aquí «sí» o «no» significa no decir todavía absolutamente nada sobre la tarea fundamental del momento. La situación política en agosto de 1906 se asemeja exteriormente a la situación de agosto de 1905, pero durante este tiempo se ha dado un enorme paso adelante: se han definido con mucha mayor precisión tanto las fuerzas de los combatientes en uno y otro lado como las formas de lucha, así como algunos plazos necesarios para tal o cual movimiento, si cabe expresarse así, estratégico.

El plan del gobierno es claro. Ha calculado de manera completamente correcta al fijar el plazo de convocatoria de la Duma y no fijar, en contra de la ley, el plazo de las elecciones. El gobierno no quiere atarse las manos ni descubrir sus cartas. En primer lugar, gana tiempo para reflexionar sobre la modificación de la ley electoral. En segundo lugar —y esto es lo principal—, mantiene en reserva el nombramiento del plazo electoral para un momento en que puedan estar plenamente definidos el carácter del nuevo ascenso y su fuerza. El gobierno quiere convocar nuevas elecciones precisamente en un plazo tal (y quizás también en una forma tal, es decir, tales o cuales elecciones) que permita desmembrar y debilitar la insurrección que comienza. El gobierno razona correctamente: si todo está tranquilo, quizás no convoquemos en absoluto la Duma o volvamos a las leyes de Bulyguin. Y si hay un movimiento fuerte, se podrá intentar desmembrarlo, convocando temporalmente elecciones, apartando con estas elecciones a tales o cuales cobardes o incautos de la lucha revolucionaria directa.

Los obtusos liberales (véase «Továrisch» y «Rech») hasta tal punto no comprenden la situación que ellos mismos se meten en las redes tendidas por el gobierno. Se desviven por «demostrar» la necesidad de la Duma y lo deseable de que el ascenso se encamine hacia las elecciones. Pero ni siquiera ellos pueden negar que la cuestión de la forma de la lucha inmediata permanece todavía abierta. El «Rech» de hoy (12 de agosto) reconoce: «qué palabra dirán los campesinos en otoño... por ahora no se sabe». «Hasta septiembre-octubre, mientras no se aclare definitivamente el estado de ánimo de los campesinos, es difícil hacer ninguna clase de pronósticos generales».

Los burgueses liberales son fieles a sí mismos. No quieren ni pueden contribuir activamente a la elección de las formas de lucha, a la determinación del estado de ánimo de los campesinos en uno u otro sentido. Los intereses de la burguesía no exigen el derrocamiento del viejo poder, sino tan sólo su debilitamiento y el nombramiento de un ministerio liberal.

Los intereses del proletariado exigen el derrocamiento completo del viejo poder zarista y la convocatoria de una asamblea constituyente con plenos poderes. Sus intereses exigen la intervención más activa en la determinación del estado de ánimo campesino, en la elección de las formas de lucha más decididas y del mejor momento para la misma. En ningún caso debemos ni retirar ni desdibujar la consigna de la convocatoria de la asamblea constituyente por vía revolucionaria, es decir, a través de un gobierno revolucionario provisional. Debemos dirigir todos los esfuerzos a esclarecer las condiciones de la insurrección —su unión con la lucha huelguística, la cohesión y preparación de todas las fuerzas revolucionarias para este fin, etc.—. Debemos emprender con toda decisión el camino trazado por los conocidos llamamientos «Al ejército y a la marina» y «A todo el campesinado», llamamientos firmados por un «bloque» de todas las organizaciones revolucionarias, con el Grupo del Trabajo incluido. Debemos, por último, preocuparnos en especial de que el gobierno no logre en ningún caso ni desmembrar, ni detener, ni debilitar la insurrección que comienza mediante la convocatoria de elecciones. A este respecto deben ser para nosotros obligatorias sin falta las lecciones de la Duma kadete, lecciones que consisten en que la campaña de la Duma es una forma de lucha subordinada, secundaria, mientras que la forma principal —en virtud de las condiciones objetivas del momento— sigue siendo los movimientos directamente revolucionarios de las amplias masas populares.

Por supuesto, esta subordinación de la campaña de la Duma a la lucha principal, esta asignación a dicha campaña del segundo lugar en caso de un mal desenlace de la batalla o de un aplazamiento de la misma hasta la experiencia de la segunda Duma, esta táctica puede llamarse, si se quiere, la vieja táctica boicoteadora. Formalmente, tal denominación puede defenderse, pues «la preparación para las elecciones» —aparte del trabajo siempre obligatorio de agitación y propaganda— se reduce a los más pequeños preparativos técnicos, que muy rara vez pueden realizarse con mucha antelación a las elecciones. No queremos discutir sobre palabras, pero en esencia este es un desarrollo consecuente de la vieja táctica, pero no una repetición de la misma, una conclusión del anterior boicot, pero no el anterior boicot.

Hagamos un resumen. Hay que asimilar la experiencia de la Duma kadete y difundir entre las masas sus lecciones. Hay que demostrar la «inidoneidad» de la Duma, la necesidad de la asamblea constituyente, la inconsistencia de los kadetes, exigir la liberación de los trudoviques del yugo de los kadetes, apoyar a los primeros contra los segundos. Hay que reconocer de inmediato la necesidad de un acuerdo electoral de los s.-d. con los trudoviques en caso de nuevas elecciones. Hay que contrarrestar con todas las fuerzas el plan del gobierno de desmembrar la insurrección mediante la convocatoria de elecciones. Sosteniendo con aún mayor fuerza sus probadas consignas revolucionarias, la socialdemocracia debe hacer todos los esfuerzos para cohesionar más estrechamente a todos los elementos y clases revolucionarios, para transformar el ascenso probable en un futuro próximo en una insurrección armada de todo el pueblo contra el gobierno zarista.

Escrito el 12 (25) de agosto de 1906.

Publicado el 21 de agosto de 1906 en el periódico «Proletari» núm. 1.

Se reproduce según el texto del periódico.