El problema agrario, o más exactamente, el problema del programa agrario, fue planteado por el congreso en primer lugar. Los debates fueron amplios. Surgió una multitud de interesantísimas cuestiones de principio. Hubo cinco ponentes: yo defendí el proyecto de la comisión agraria (publicado en el folleto: «Revisión del programa agrario del partido obrero») y ataqué la municipalización de Máslov. El camarada John defendió esta última. El tercer ponente, Plejánov, defendió a Máslov e intentó convencer al congreso de que la nacionalización leninista era eserismo y volkstumismo. El cuarto ponente, Schmidt, defendió el proyecto de la comisión agraria con enmiendas en el espíritu de la «variante A» (véase esta variante en el folleto antes citado). El quinto ponente, Borísov, defendió el reparto. Su programa era original por su construcción, pero en esencia se aproximaba mucho más al nuestro, sustituyendo la nacionalización, condicionada a la creación de la república, por el reparto de las tierras en propiedad de los campesinos.

De por sí se comprende que la exposición de todos los pormenores de los extensísimos debates me resulta imposible en este informe. Procuraré esbozar tan sólo lo principal, es decir, la esencia de la «municipalización» y los argumentos contra la nacionalización condicionada a la institución de la república, etc. Señalaré al mismo tiempo que en el centro de todos los debates se alzó el planteamiento plejanoviano del problema, gracias a su agudeza polémica, siempre ventajosa y deseable desde el punto de vista de la neta separación de las tendencias fundamentales de una u otra orientación del pensamiento.

¿En qué consiste la esencia de la «municipalización»? En la entrega de las tierras de los terratenientes (o, más exactamente: todas las tierras de gran propiedad privada) en manos de los zemstvos o, en general, de los órganos de autogobierno local. Las tierras de adjudicación de los campesinos y las tierras de los pequeños propietarios deben permanecer en su propiedad. Las grandes fincas son «expropiadas» y pasan a posesión de los órganos de autogobierno local organizados democráticamente. Dicho llanamente, esto puede expresarse así: que las tierras campesinas sean propiedad campesina, y que las tierras de los terratenientes las arrienden los campesinos a los zemstvos, sólo que a zemstvos democráticos.

Como primer ponente, me pronuncié resueltamente contra este proyecto. No es revolucionario. Los campesinos no lo aceptarán. Es nocivo si no existe un régimen estatal democrático plenamente consecuente, hasta la república inclusive, la elegibilidad de los funcionarios por el pueblo, la supresión del ejército permanente, etc. Tales fueron mis tres argumentos principales.

Considero que este proyecto no es revolucionario, en primer lugar, porque en él, en lugar de confiscación (expropiación sin indemnización), se hablaba de expropiación en general; en segundo lugar, y esto es lo principal, porque en este proyecto no hay un llamamiento al modo revolucionario de realizar la revolución agraria. Las frases sobre el democratismo no dicen aún absolutamente nada en un momento en que los hipócritas conciliadores de la autocracia con el pueblo, los kadetes, se llaman a sí mismos demócratas. Todos los modos de realizar la revolución agraria se reducirán a una reforma liberal-burocrática, a una reforma kadete, y no a una revolución campesina, si no se enarbola como consigna la toma inmediata de las tierras por los propios campesinos ahora mismo, sobre el terreno, es decir, precisamente por comités campesinos revolucionarios, de modo que los propios campesinos dispongan de esas tierras confiscadas en espera de la convocatoria de una asamblea constituyente de todo el pueblo. Sin esta consigna, tendremos un programa de reforma agraria kadete o semikadete, y no de revolución campesina.

Además. Los campesinos no aceptarán la municipalización. Municipalización significa: recibe gratuitamente las tierras de adjudicación, y por las de los terratenientes paga un arriendo al zemstvo. Los campesinos revolucionarios no lo aceptarán. Ellos dirán: o nos repartimos todas las tierras entre nosotros, o convertimos todas las tierras en propiedad de todo el pueblo. La consigna de la municipalización jamás se convertirá en la consigna del campesinado revolucionario. Si la revolución triunfa, en ningún caso podrá detenerse en la municipalización. Si la revolución no triunfa, entonces de la «municipalización» sólo resultará un nuevo embaucamiento a los campesinos según el tipo de la reforma de 1861.

Mi tercer argumento fundamental. La municipalización es nociva si se la condiciona al «democratismo» en general, y no especialmente a la república y a la elegibilidad de los funcionarios por el pueblo. La municipalización es la entrega de la tierra a los órganos del poder local, a los órganos de autogobierno. Si el poder central no es plenamente democrático (república, etc.), entonces los poderes locales podrán seguir siendo «autónomos» sólo en minucias, sólo independientes en la cuestión de los lavabos, sólo tan «democráticos» como lo fueron, digamos, nuestros zemstvos bajo Alejandro III. Pero en las cuestiones importantes, y en particular en una cuestión tan cardinal como la propiedad terrateniente, el democratismo de los poderes locales frente a un poder central antidemocrático es un juguete. Si no hay república ni elección de los funcionarios por el pueblo, la municipalización significa: entregar las tierras de los terratenientes a los poderes electivos locales, aunque el poder central permanezca en manos de los Trépov y los Dubásov. Semejante reforma será un juguete, y un juguete nocivo, pues los Trépov y los Dubásov dejarán a los poderes locales electivos el derecho de instalar cañerías de agua, tranvías eléctricos, etc., pero jamás podrán dejarles las tierras arrebatadas a los terratenientes. Los Trépov y los Dubásov entonces transferirán esas tierras del «departamento» de los zemstvos al «departamento» del ministerio del interior, y los campesinos resultarán tres veces engañados. Hay que llamar a derrocar a los Trépov y a los Dubásov, a la elección de todos los funcionarios por el pueblo, y no pintar, en lugar de esto y antes de esto, modelos de juguete de una especie de reforma local liberal.

¿Cuáles fueron, pues, los argumentos plejanovianos en defensa de la municipalización? Lo que más destacó en sus dos discursos fue la cuestión de la garantía contra la restauración. Este original argumento consistía en lo siguiente. La nacionalización de la tierra fue la base económica de la Rusia moscovita de la época anterior a Pedro el Grande. Nuestra revolución actual, como cualquier otra revolución, no contiene en sí garantías contra la restauración. Por eso, en interés de evitar la restauración (es decir, el restablecimiento del viejo orden prerrevolucionario), hay que guardarse especialmente de la nacionalización.

Este argumento de Plejánov les pareció a los mencheviques sumamente convincente, y aplaudieron entusiásticamente a Plejánov, en particular por sus «palabras fuertes» dirigidas contra la nacionalización (eserismo, etc.). Ahora bien, si se piensa un poquito, es fácil convencerse de que este argumento se reduce a pura sofística.

En efecto, examinemos primero esa «nacionalización en la Rusia moscovita, anterior a Pedro el Grande». No hablemos ya de que las concepciones históricas de Plejánov consisten en la exageración del punto de vista liberal-narodnikista sobre la Rusia moscovita. Hablar seriamente de nacionalización de la tierra en la Rusia prepetrina no procede; remitámonos siquiera a Kliuchevski, Efímenko y otros. Pero dejemos esas investigaciones históricas. Admitamos por un minuto que en la Rusia moscovita, prepetrina, en el siglo XVII, existió realmente la nacionalización de la tierra. ¿Qué se deduce de ahí? Según la lógica de Plejánov, se deduce que implantar la nacionalización equivale a facilitar la restauración de la Rusia moscovita. Pero semejante lógica es precisamente un sofisma, y no lógica, o un juego de palabras, sin análisis de la base económica de los fenómenos o del contenido económico de los conceptos. En la medida en que en la Rusia moscovita existió (o: si en la Rusia moscovita existió) la nacionalización de la tierra, su base económica era el modo de producción asiático. Ahora bien, en Rusia, desde la segunda mitad del siglo XIX, se ha consolidado, y en el siglo XX ha llegado a ser ya absolutamente predominante, el modo de producción capitalista. ¿Qué queda, pues, del argumento de Plejánov? Ha confundido la nacionalización basada en el modo de producción asiático con la nacionalización basada en el modo de producción capitalista. Debido a la identidad de las palabras, ha pasado por alto la diferencia radical de las relaciones económicas, precisamente de producción. Construyendo su argumentación sobre la restauración de la Rusia moscovita (es decir, supuestamente la restauración de los modos de producción asiáticos), en realidad hablaba de una restauración política, del tipo de la restauración de los Borbones (a la que él se refería), es decir, de una restauración de la forma de gobierno antirrepublicana sobre el terreno de las relaciones capitalistas de producción.

¿Se le señaló a Plejánov en el congreso que se había enredado? Sí. El camarada que en el congreso se llamaba Demián dijo en su discurso que a Plejánov no le había salido absolutamente nada de aquella «restauración» con la que se le había ocurrido asustarnos. De las premisas de su argumentación se deduce la restauración de la Rusia moscovita, es decir, la restauración del modo de producción asiático, es decir, el más puro absurdo en la época del capitalismo. En cambio, de sus conclusiones y de sus ejemplos se deduce la restauración del imperio por Napoleón o la restauración de los Borbones después de la gran revolución burguesa francesa. Pero semejante restauración no tenía nada en común con los modos de producción precapitalistas. Esto en primer lugar. Y en segundo lugar, semejante restauración no sobrevino precisamente después de la nacionalización de la tierra, sino después de la venta de las tierras de los terratenientes, es decir, después de una medida archiburguesa, netamente burguesa y que consolida sin duda alguna las relaciones burguesas, es decir, capitalistas, de producción. De modo que a la cuestión de la nacionalización no corresponde en absoluto ninguna restauración embrollada por Plejánov: ni la restauración del modo de producción asiático (restauración de la Rusia moscovita), ni la restauración del siglo XIX en Francia.

¿Qué respondió el camarada Plejánov a estos argumentos absolutamente irrefutables del camarada Demián? Respondió con extraordinaria habilidad: «¡Lenin es un eserista —exclamó—, y el camarada Demián me está dando de comer una especie de sopa de Demián!».

Los mencheviques estaban fuera de sí de contento. Se morían de risa con la brillante agudeza de Plejánov. Tronantes aplausos estremecieron la sala de sesiones. La cuestión de si Plejánov había logrado salir airoso con su restauración fue retirada de una vez para siempre del congreso menchevique.

Estoy lejos, naturalmente, de negar que la respuesta de Plejánov fue una perla no sólo de brillante ingenio, sino, si se quiere, incluso de profundidad marxista. Pero, aun así, me permito pensar que el camarada Plejánov se enredó desvalido entre la restauración de la Rusia moscovita y la restauración del siglo XIX en Francia. Me permito pensar que la «sopa de Demián» se convertirá en una «expresión histórica» no en relación con el camarada Demián (como piensan los mencheviques ebrios del brillo del ingenio plejanoviano), sino en relación con el camarada Plejánov. Por lo menos, en el Congreso de Unificación algunos delegados hablaban, a propósito de los discursos de Plejánov, de una «ensalada variada a la moscovita» y de «agudezas de salchicha», cuando el camarada Plejánov, sobre la cuestión de la toma del poder en la actual revolución rusa, divertía a sus mencheviques con una anécdota de un comunero de una pequeña ciudad de provincias de Francia que se comía una salchicha después de un infructuoso «asalto al poder».

En el congreso fui, como ya he señalado más arriba, el primer ponente sobre el problema agrario. No me dieron la palabra en último lugar para el discurso de conclusión, sino también el primero de los cinco ponentes. Por eso hablé después del camarada Demián y antes del camarada Plejánov. Por consiguiente, no pude prever la genial defensa de Plejánov contra los argumentos de Demián. Me limité a repetir estos argumentos en resumen y puse el centro de gravedad no en señalar la total vacuidad del razonamiento sobre la restauración como argumento a favor de la municipalización, sino en el análisis de la esencia de la cuestión de la restauración. ¿De qué garantías contra la restauración se trata? —preguntaba yo al camarada Plejánov—. ¿De una garantía absoluta, en el sentido de eliminar la base económica que engendra la restauración? ¿O de una garantía relativa y temporal, es decir, de la creación de condiciones políticas que no eliminen la posibilidad misma de la restauración, sino que sólo la hagan menos probable, que sólo dificulten la restauración? Si se trata de la primera, yo responderé: la única garantía plena contra la restauración en Rusia (después de una revolución triunfante en Rusia) puede ser exclusivamente la revolución socialista en Occidente. No hay ni puede haber otra garantía. De modo que, desde este lado, la cuestión se reduce a cómo y con qué exactamente puede la revolución democrático-burguesa en Rusia facilitar o acelerar la revolución socialista en Occidente. Sólo cabe una respuesta a esta cuestión: si el mísero 17 de octubre provocó un poderoso auge del movimiento obrero en Europa, la victoria completa de la revolución burguesa en Rusia provocará casi inevitablemente (o, por lo menos, con toda probabilidad) una serie de sacudidas políticas en Europa que serán un fortísimo impulso para la revolución socialista.

Examinemos ahora la «segunda», es decir, la garantía relativa, contra la restauración. ¿En qué consiste la base económica de la restauración sobre el basamento del modo de producción capitalista, es decir, no la humorística «restauración de la Rusia moscovita», sino la restauración según el tipo de la francesa de principios del siglo XIX? En la situación del pequeño productor mercantil en toda sociedad capitalista. El pequeño productor mercantil oscila entre el trabajo y el capital. Junto a la clase obrera, lucha contra el feudalismo y el absolutismo policíaco. Pero al mismo tiempo tiende a consolidar su posición de propietario en la sociedad burguesa, y por eso, si las condiciones de desarrollo de esta sociedad se tornan en alguna medida favorables (por ejemplo, prosperidad industrial, ampliación del mercado interior a consecuencia de la revolución agraria, etc.), el pequeño productor mercantil se vuelve inevitablemente contra el proletario que lucha por el socialismo. Por consiguiente —decía yo—, la restauración sobre la base de la pequeña producción mercantil, de la pequeña propiedad campesina, en la sociedad capitalista no sólo es posible en Rusia, sino incluso inevitable, porque Rusia es un país predominantemente pequeñoburgués. La situación de la revolución rusa, desde el punto de vista de la restauración, puede expresarse —seguía yo diciendo— con la siguiente tesis: la revolución rusa tiene suficientes fuerzas propias para vencer. Pero no tiene suficientes fuerzas para retener los frutos de la victoria. Vencer puede, porque el proletariado, junto con el campesinado revolucionario, puede constituir una fuerza invencible. Pero retener la victoria no puede, porque en un país con un enorme desarrollo de la pequeña economía, los pequeños productores mercantiles (los campesinos incluidos) se volverán inevitablemente contra el proletario cuando éste pase de la libertad al socialismo. Para retener la victoria, para no permitir la restauración, la revolución rusa necesita una reserva no rusa, necesita ayuda del exterior. ¿Existe en el mundo tal reserva? Sí: el proletariado socialista en Occidente.

Quien habla de restauración olvidando esto, pone de manifiesto la extrema estrechez de sus concepciones sobre la revolución rusa. Olvida que Francia de fines del siglo XVIII, en la época de la revolución democrático-burguesa, estaba rodeada de países semifeudales mucho más atrasados, que servían de reserva de la restauración, mientras que Rusia de principios del siglo XX, en la época de su revolución democrático-burguesa, está rodeada de países mucho más adelantados, en los cuales existe una fuerza social capaz de convertirse en reserva de la revolución.

Resumiendo: al plantear la cuestión de la garantía contra la restauración, Plejánov rozó una serie de temas interesantísimos, pero no explicó absolutamente nada sobre la esencia del asunto y se limitó a apartarse (a apartar a los oyentes mencheviques) de la cuestión de la municipalización. En efecto, si el apoyo de la restauración capitalista (llamemos así, para abreviar, a la restauración basada no en el modo de producción asiático, sino en el capitalista) es la clase de los pequeños productores mercantiles, como clase, ¿qué tiene que ver aquí la municipalización? La municipalización es una de las formas de tenencia de la tierra; pero, ¿acaso no está claro que los rasgos fundamentales y esenciales de una clase no varían según la forma de tenencia de la tierra? El pequeño burgués constituye forzosa e inevitablemente el baluarte de la restauración contra el proletario tanto en la nacionalización como en la municipalización, como en el reparto de la tierra. Si es concebible establecer en este aspecto una frontera tajante entre las formas de tenencia de la tierra, acaso sea sólo en favor del reparto, en cuanto vínculo más estrecho del pequeño propietario con la tierra, vínculo más estrecho y, por tanto, más difícil de romper. En cambio, defender la municipalización con el argumento de la restauración es sencillamente ridículo.

En el curso de los debates en el congreso, los camaradas John y Plejánov, quienes pronunciaron sus discursos de conclusión después de mí, intentaron una vez más saltar desapercibidamente de este desafortunado argumento sobre la restauración a otro, en apariencia semejante, pero de contenido completamente distinto. Empezaron a defender la municipalización no desde el punto de vista de la garantía contra la restauración de la monarquía después de la creación de la república, es decir, no como una medida de aseguramiento de la república, no como una institución permanente, sino como una base en el proceso de lucha contra la monarquía por la república, es decir, como una medida que facilite nuevas conquistas, como una institución temporal y de transición. Plejánov llegó incluso a llamar a los grandes órganos de autogobierno local, que habrían municipalizado la tierra, «repúblicas» locales, que servirían de apoyo en la guerra contra la monarquía.

A propósito de este argumento, cabe señalar: En primer lugar, el programa inicial de Máslov y el programa adoptado en el congreso de John – Plejánov – Kóstrov no indican ni con una sola palabra que la municipalización sea considerada como una medida temporal, de transición en el curso de la revolución, es decir, como un arma de lucha por lo ulterior. Por consiguiente, tal interpretación es una «libre invención», no confirmada, sino refutada, por el texto del programa. Por ejemplo, cuando yo destaco en mi programa los comités campesinos revolucionarios como arma de la revolución, como base de lucha por lo ulterior, lo digo directamente en el programa mismo: el partido recomienda a los comités campesinos confiscar las tierras y disponer de ellas en espera de la asamblea constituyente. En el programa de Máslov – John – Plejánov – Kóstrov no sólo no se dice esto, sino que, al contrario, se expone indudablemente un plan de organización permanente del uso de la tierra.

En segundo lugar, el argumento principal y cardinal contra el argumento que estoy examinando consiste en que, bajo la apariencia de garantía contra la restauración o contra la reacción, del programa de Plejánov resulta un compromiso con la reacción. Piensen, en efecto: ¿acaso no escribimos los programas, y en particular el programa agrario (campesino), para las grandes masas a las que queremos dirigir? ¿Y qué es lo que resulta? Algunos miembros aislados, aunque sean incluso dirigentes del partido, dirán que los zemstvos que hayan municipalizado la tierra serán repúblicas contra la monarquía del centro. ¡Pero en el programa, la revolución agraria se vincula directa y precisamente con el democratismo en la administración local, pero no se vincula ni con una sola palabra con el democratismo pleno de la administración central y de la organización del Estado! Yo les pregunto: ¿por qué se guiará, en nuestra agitación y propaganda cotidianas, la masa de los militantes del partido: por las palabras de Plejánov sobre las «repúblicas» locales que luchan contra la monarquía central, o por el texto mismo de nuestro nuevo programa del partido, en el que la reivindicación de la tierra para los campesinos se vincula precisamente sólo con el democratismo de la administración local y no se vincula en modo alguno con el democratismo del poder central y de la organización del Estado? Las palabras de Plejánov, confusas de por sí, desempeñarán inevitablemente el papel de la misma consigna «desorientadora» que el «célebre» (según opinión de Plejánov, «célebre») «autogobierno revolucionario». De hecho, nuestro programa del partido sigue siendo un programa de compromiso con la reacción. No es un programa socialdemócrata, sino kadete, si se toma su significación política real en el ambiente de la Rusia contemporánea, y no los motivos que se mencionan en determinados discursos de nuestros oradores. Los motivos que ellos tienen son de los mejores, las intenciones son las más socialdemócratas, pero el programa ha resultado de hecho kadete, impregnado del espíritu de «compromiso», y no del espíritu de «revolución campesina» (Plejánov dijo, entre otras cosas, que antes teníamos miedo a la revolución campesina, y que ahora hay que perder ese miedo).

He analizado más arriba el valor científico del argumento de la «garantía contra la restauración». Me he acercado ahora a su valor político en la época del constitucionalismo de los Dubásov y de la Duma de Estado kadete. El valor científico de este argumento es igual a cero o a menos uno. Políticamente es un arma del arsenal de los kadetes y agua para el molino de los kadetes. Miren a su alrededor: ¿qué corriente política ha hecho casi de su monopolio las indicaciones sobre el peligro de la restauración? La corriente kadete. ¿En qué consiste la respuesta que millones de veces han dado los kadetes a nuestros camaradas de partido, que señalaban la contradicción entre el «democratismo» de los kadetes y su programa monárquico, etc.? En que tocar la monarquía significa provocar el peligro de la restauración. No toquéis la monarquía —gritaban con mil voces los kadetes a los socialdemócratas—, no toquéis la monarquía, porque no tenéis garantía contra la restauración. Antes que atraer sobre vosotros el peligro de la restauración, el peligro de la reacción, mejor es transigir con la reacción: en esto consiste toda la esencia de la sabiduría política de los kadetes, todo su programa, toda su táctica, que se desprenden inevitablemente de la posición de clase del pequeño burgués, del peligro que representa para la burguesía una revolución democrática llevada hasta el fin.

Me limitaré a dos ejemplos en confirmación de lo dicho. «La Libertad del Pueblo», órgano de Miliukov y de Hessen, escribía en diciembre de 1905 que Moscú había demostrado la posibilidad de la insurrección armada, pero que la insurrección era funesta de todos modos, no porque fuera desesperada, sino porque, de todas formas, las conquistas de la insurrección serían barridas por la reacción (citado en mi folleto: «La socialdemocracia y la Duma de Estado»). Otro ejemplo. Ya en «Proletari», en 1905, yo citaba pasajes de un artículo de Vinográdov en «Rússkie Védomosti». Vinográdov expresaba el deseo de que la revolución rusa no marchara según el tipo de 1789-1793, sino según el tipo de 1848-1849, es decir, que entre nosotros no hubiera insurrecciones triunfantes, que nuestra revolución no llegara hasta el fin, que fuera truncada lo más pronto posible por la traición de la burguesía liberal, por su acuerdo con la monarquía. Vinográdov nos asustaba con la restauración en la persona de un sargento mayor prusiano, sin decir ni una palabra, claro está, de una «garantía de la revolución» como el proletariado alemán.

La referencia a la ausencia de garantías contra la restauración es una idea netamente kadete, es un arma política de la burguesía contra el proletariado. Los intereses de la burguesía la obligan a luchar contra el que el proletariado, junto con el campesinado revolucionario, lleve hasta el fin la revolución democrático-burguesa. En esta lucha, los filósofos y políticos de la burguesía se agarran inevitablemente a argumentos históricos, a ejemplos del pasado. En el pasado siempre fue así, que se engañó a los obreros, que incluso después de la victoria de la revolución sobrevenía la restauración; por tanto, también entre nosotros no puede ser de otro modo, dice la burguesía, esforzándose naturalmente por debilitar la fe del proletariado ruso en sus propias fuerzas y en las fuerzas del socialismo europeo. La agudización de las contradicciones políticas y de la lucha política conduce a la reacción, alecciona a los obreros el burgués; por consiguiente, hay que atenuar esas contradicciones: antes que arriesgarse a la reacción después de la victoria, mejor es no luchar por la victoria, sino transigir con la reacción.

¿Fue casual que Plejánov se aferrara al arma ideológica de la burguesía contra el proletariado? No, fue inevitable después de que Plejánov valorara incorrectamente la insurrección de diciembre («no había que haber empuñado las armas») y comenzara, sin llamar a las cosas por su nombre, a predicar en sus «Diarios» el apoyo a los kadetes por parte del partido obrero. En el congreso se rozó esta cuestión durante los debates sobre otro punto del orden del día, cuando se discutió por qué la burguesía elogia a Plejánov. Hablaré en su lugar de esta discusión; aquí sólo señalaré que los argumentos por mí expuestos más arriba no los desarrollé, sino que sólo los esbocé en sus rasgos más generales en el congreso. «Nuestra garantía contra la restauración» —dije yo— es llevar la revolución hasta el fin, y no un compromiso con la reacción. Y esto es lo único que dice mi programa agrario, que es íntegramente un programa de insurrección campesina y de plena culminación de la revolución democrático-burguesa. Por ejemplo, los «comités campesinos revolucionarios» son el único camino por el cual puede marchar la insurrección campesina (sin que yo contraponga en absoluto los comités campesinos al poder revolucionario, como los mencheviques le contraponían el autogobierno revolucionario, sino que veo en esos comités uno de los órganos de dicho poder, uno de los órganos que exige complementarse con otros órganos centrales, en un gobierno provisional revolucionario y en una asamblea constituyente de todo el pueblo). La solución burocrático-burguesa del problema agrario, su solución por los Petrunkiévich, los Rodíchev, los Kaufman y los Kútler, queda excluida únicamente con semejante formulación del programa agrario.

Plejánov no pudo dejar de advertir este rasgo fundamental de mi programa. Lo advirtió y lo reconoció en el congreso. Pero expresó su reconocimiento (su naturaleza es así) en la misma forma de la sopa de Demián o de las pajas plejanovianas. Sí, sí, Lenin tiene en su programa la idea de la toma del poder. El mismo Lenin lo reconoce. Pero eso es lo malo. Eso es volkstumismo. Lenin está restaurando el volkstumismo. ¡Batallad, camaradas, contra la restauración del volkstumismo! ¡Lenin habla incluso de una especie de «creación popular»! ¡¿No es esto volkstumismo?! Etc., etc.

Por estos razonamientos, nosotros, los bolcheviques, tanto yo como Voinov, dimos las gracias a Plejánov de todo corazón. A nosotros tales argumentos sólo nos son útiles y deseables. Pensad, en efecto, camaradas, en este razonamiento: «puesto que en el programa de Lenin hay la idea de la toma del poder, Lenin es un volkstumista». ¿De qué programa se trata? Del programa agrario. ¿Quién es el que, según se supone en ese programa, toma el poder? El campesinado revolucionario. ¿Confunde acaso Lenin al proletariado con ese campesinado? No sólo no lo confunde, sino que lo destaca especialmente en la tercera parte de su programa, la cual (la tercera parte) fue íntegramente copiada por el congreso menchevique en su resolución táctica.

¿No es verdad que está bien? Plejánov mismo decía que no está bien que nosotros, los marxistas, tengamos miedo a la revolución campesina. ¡Y al mismo tiempo le parecía ver volkstumismo en la toma del poder por el campesinado revolucionario! Pero ¡¿cómo es posible una revolución campesina victoriosa sin la toma del poder por el campesinado revolucionario?! Pues Plejánov ha llegado derechamente al absurdo. Una vez puesto en el plano inclinado, rueda hacia abajo inconteniblemente. Primero negaba la posibilidad de la toma del poder por el proletariado en la revolución actual. Ahora se ha puesto a negar la posibilidad de la toma del poder por el campesinado revolucionario en la revolución actual. Pero si ni el proletariado ni el campesinado revolucionario pueden tomar el poder, ¡eso significa que el poder debe quedar en manos del zar y de Dubásov! ¿O el poder deben tomarlo los kadetes? Pero los kadetes mismos no quieren tomar el poder, conservando la monarquía, el ejército permanente, la cámara alta y demás primores.

¿No tuve razón en el congreso al decir que el miedo plejanoviano a la toma del poder es miedo a la revolución campesina? ¿No tuvo razón Voinov al decir que a Plejánov en su juventud lo asustaron de tal modo los volkstumistas, que se le aparecen incluso cuando él mismo reconoce la inevitabilidad de la revolución campesina y cuando ya nadie entre los socialdemócratas se hace ilusiones sobre el socialismo campesino? ¿No tuvo razón Voinov cuando bromeó en el congreso a propósito de la resolución menchevique sobre la insurrección armada (en esa resolución el primer punto empieza con el reconocimiento de la tarea de «arrancar el poder al gobierno autocrático»), diciendo que «la toma del poder» es volkstumismo, mientras que «arrancar el poder» es verdadero y profundo marxismo? Pues ha resultado, en verdad, que, en nombre de la lucha contra el volkstumismo en la socialdemocracia, los mencheviques han obsequiado a nuestro partido con un programa de «arrancar el poder»... por los kadetes.

A mí no me sorprendieron, por supuesto, ni pizca los gritos sobre el volkstumismo. Recuerdo demasiado bien que los oportunistas de la socialdemocracia se aferraron siempre (ya en 1898-1900) a este espantajo contra los socialdemócratas revolucionarios. Y el camarada Akímov, que pronunció en nuestro Congreso de Unificación un brillante discurso de defensa en favor de Axelrod y de los kadetes, lo recordó precisamente muy a propósito. Espero volver todavía sobre esta cuestión en la prensa.

Sobre la «creación popular» dos palabras. ¿En qué sentido hablé de ella en el congreso? En el mismo en que hablo de ella en mi folleto: «La victoria de los kadetes y las tareas del partido obrero» (este folleto fue distribuido a los delegados del congreso). Yo contrapongo el período de octubre – diciembre de 1905 al período actual, kadete, y digo que en el período revolucionario la creación del pueblo (de los campesinos revolucionarios más los proletarios) es más rica y productiva que en el período kadete. A Plejánov esto le parece volkstumismo. A mí esto me parece, desde el punto de vista científico, una escapatoria ante la importantísima cuestión de la valoración del período de octubre – diciembre de 1905 (¡Plejánov ni siquiera pensó en analizar las formas de movimiento de esa época en sus «Diarios», limitándose a moralizar!). Desde el punto de vista político, esto es sólo una nueva prueba de cuán cercano está Plejánov en táctica al señor Blank y a los kadetes en general.

Para terminar con el problema agrario, rozaré el último de los argumentos serios. «Lenin es un soñador —decía Plejánov—, fantasea a propósito de la elección de los funcionarios por el pueblo, etc. Para un desenlace tan bueno no es difícil escribir un programa. Pero tú escribe uno para un mal desenlace. Haz de modo que tu programa esté “herrado en las cuatro patas”».

En este argumento hay, indudablemente, una consideración que todo marxista está obligado a tomar en cuenta del modo más riguroso. En efecto, no serviría un programa que contara sólo con el mejor desenlace. Pero precisamente desde este punto de vista —respondí yo a Plejánov en el congreso—, mi programa está evidentemente por encima del de Máslov. Para convencerse de ello, basta recordar la existencia del arriendo. ¿En qué se distingue el modo de producción capitalista (y semikapitalista) en la agricultura? En todas partes y siempre, por el desarrollo del arriendo. ¿Se refiere esto a Rusia? Se refiere en proporciones enormes. Y no tenía razón el camarada John, quien me objetaba diciendo que en mi programa había un absurdo: el arriendo subsiste tras la confiscación de las tierras de los terratenientes. En este punto, el camarada John está tres veces equivocado: en primer lugar, en mi programa toda la primera parte habla de los primeros pasos de la revolución campesina (toma de las tierras en espera de la asamblea constituyente de todo el pueblo); por tanto, el arriendo no «subsiste» en mi programa «tras» la confiscación, sino que se toma como un hecho, porque es un hecho. En segundo lugar, la confiscación es el traspaso a otras manos de la propiedad sobre la tierra, y el traspaso de la propiedad de por sí no afecta en lo más mínimo al arriendo; en tercer lugar, el arriendo tiene lugar, como es sabido por todos, también en las tierras campesinas y en las de adjudicación.

Pues vean lo que resulta entre nosotros respecto a lo de estar «herrado en las cuatro patas», respecto a tomar en cuenta no sólo las mejores condiciones, sino también las peores. Máslov suprime majestuosamente el arriendo por completo. Él supone directa e inmediatamente una revolución tal que destruiría el arriendo. Esta suposición, como he demostrado, es completamente disparatada desde el punto de vista de la «mala realidad» y de la necesidad de contar con ella. Por el contrario, toda la primera parte de mi programa está construida enteramente sobre la base de la «mala realidad», contra la cual se alzan los campesinos revolucionarios. Por eso el arriendo no desaparece en mi programa en el reino de las sombras (la supresión del arriendo en la sociedad capitalista es una transformación no menos, si no más, «fantástica», desde el punto de vista del «sentido común» plejanoviano, que la supresión del ejército permanente, etc.). Resulta que yo cuento con la «mala realidad» mucho más seriamente que Máslov, y predico la buena realidad a los campesinos no desde el punto de vista del compromiso kadete (repúblicas locales contra la monarquía central), sino desde el punto de vista de la victoria completa de la revolución y de la conquista de una república verdaderamente democrática.

Este elemento de propaganda política, especialmente en el programa agrario, lo subrayé en particular en el congreso, y probablemente tendré que detenerme más de una vez aún sobre esta cuestión en la prensa. En el congreso, a nosotros, los bolcheviques, se nos objetaba: tenemos un programa político, y allí es el lugar para hablar de la república. Esta objeción testimonia una total falta de reflexión sobre el problema. Tenemos, en efecto, un programa general de principios (la primera parte del programa del partido) y programas especiales: político, obrero, campesino. En la parte obrera del programa (jornada de 8 horas, etc.) a nadie se le ocurre proponer que se haga constar especial y expresamente las condiciones políticas de tal o cual transformación. ¿Por qué? Porque la jornada de 8 horas y reformas semejantes, bajo cualesquiera condiciones políticas, se convertirán inevitablemente en un arma de movimiento hacia adelante. Pero en el programa campesino, ¿hace falta hacer constar especial y expresamente las condiciones políticas? Hace falta, porque la mejor redistribución de la tierra puede convertirse en un arma de movimiento hacia atrás bajo la dominación de los Trépov y los Dubásov. Tómese, si no, el propio programa de Máslov: en él se habla de la entrega de las tierras a un Estado democrático y a los órganos democráticos de autogobierno local, es decir, en él, a pesar de la existencia del programa político del partido, se hacen constar especial y expresamente las condiciones políticas de las transformaciones agrarias actuales. Por tanto, sobre la necesidad de condicionar las reivindicaciones agrarias a condiciones políticas especiales no puede haber discusión. Toda la cuestión está en si es permisible, tanto desde el punto de vista científico como desde el punto de vista de un democratismo proletario consecuente, vincular la revolución agraria cardinal no a la elegibilidad de los funcionarios por el pueblo, no a la república, sino al «democratismo» en general, es decir, por consiguiente, también al democratismo kadete, que es hoy, independientemente de nuestra voluntad, la forma principal y más difundida, la más influyente en la prensa y en la «sociedad», de pseudodemocratismo. Yo pienso que eso no es permisible. Yo predigo que el error de nuestro programa agrario deberá ser corregido ahora mismo y será corregido por la práctica, es decir, que la situación política obligará a nuestros propagandistas y agitadores, en la lucha contra los kadetes, a subrayar precisamente no el democratismo kadete, sino la elegibilidad de los funcionarios por el pueblo y la república.

En cuanto al programa de reparto de la tierra, yo expresé mi actitud hacia él en el congreso con las palabras: la municipalización es errónea y nociva; el reparto, como programa, es erróneo, pero no nocivo. Por eso yo, claro está, estoy más cerca del reparto y estoy dispuesto a votar por Borísov contra Máslov. El reparto no puede ser nocivo, porque los campesinos lo aceptarán, eso por un lado; y no hace falta condicionarlo a una reorganización consecuente del Estado, eso por otro lado. ¿Por qué es erróneo? Porque examina el movimiento campesino unilateralmente, sólo desde el punto de vista del pasado y del presente, sin tomar en cuenta el punto de vista del futuro. Los «repartistas» me dicen, polemizando contra la nacionalización: el campesino no quiere lo que dice cuando usted oye de él lo de la nacionalización. Mire usted no a la palabra, sino a la esencia del asunto. El campesino quiere la propiedad privada, el derecho a vender la tierra, y las palabras sobre la «tierra de Dios», etc., son sólo el ropaje ideológico del deseo de quitarle la tierra al terrateniente.

Yo respondí a los «repartistas»: todo eso es cierto; pero nuestra divergencia con ustedes sólo empieza allí donde ustedes consideran ya agotada la cuestión. Ustedes repiten el error del viejo materialismo, del cual dijo Marx: los viejos materialistas sabían explicar el mundo, pero a nosotros nos hace falta transformarlo. Pues exactamente lo mismo sucede con los partidarios del reparto: comprenden correctamente las palabras campesinas sobre la nacionalización, las explican correctamente, pero —en esto está toda la esencia— no saben convertir esa correcta explicación en palanca de transformación del mundo, en arma de ulterior movimiento hacia adelante. No se trata de imponer a los campesinos la nacionalización en lugar del reparto (la variante A en mi programa quita todo terreno a tales pensamientos absurdos, si a alguien se le ocurren). Se trata de que el socialista, desenmascarando despiadadamente las ilusiones pequeñoburguesas del campesino acerca de la «tierra de Dios», debe saber mostrar al campesino el camino hacia adelante. Ya dije en el congreso a Plejánov, y lo repetiré mil veces: los prácticos vulgarizarán el programa actual lo mismo que vulgarizaron lo de los recortes; harán de un pequeño error uno grande. A la multitud campesina que grita que la tierra es de nadie, de Dios, de la corona, le demostrarán las ventajas del reparto, y con ello deshonrarán y envilecerán el marxismo. No es eso lo que debemos decir a los campesinos. Debemos decir: en esos discursos sobre la tierra de Dios, de nadie o de la corona, hay una gran verdad, sólo que hay que analizarla bien. Si la tierra es de la corona, y en la corona está Trépov, eso significa que la tierra será de Trépov. ¿Quieren ustedes eso? ¿Quieren ustedes que la tierra caiga en manos de los Rodíchev y Petrunkiévich, si, conforme a su deseo, llegaran a obtener el poder y, por consiguiente, también la corona? Y los campesinos, desde luego, responderán: no, no queremos. Ni a los Trépov, ni a los Rodíchev entregaremos las tierras arrebatadas a los terratenientes. Si es así, es necesaria la elegibilidad de todos los funcionarios por el pueblo, la supresión del ejército permanente, la república: sólo entonces la entrega de la tierra «a la corona», la entrega de la tierra «al pueblo» será una medida no nociva, sino útil. Y desde el punto de vista rigurosamente científico, desde el punto de vista de las condiciones del desarrollo del capitalismo en general, debemos decir sin falta, si no queremos apartarnos del tomo III de «El Capital», que la nacionalización de la tierra es posible en la sociedad burguesa, que contribuye al desarrollo económico, facilita la competencia y la afluencia de capital a la agricultura, abarata el precio del pan, etc. En ningún caso podemos, pues, en la época de la presente revolución campesina, con un capitalismo bastante desarrollado, adoptar frente a la nacionalización una actitud de negación simple y general. Eso sería estrecho, unilateral, burdo, miope. Debemos simplemente explicar al campesino las premisas políticas necesarias de la nacionalización como medida útil, y luego debemos mostrar su carácter burgués (es lo que hace la 3ª parte de mi programa, que ha pasado ahora a la resolución del Congreso de Unificación).

Terminando mi relato sobre las discusiones acerca del problema agrario en el congreso, señalaré aún qué enmiendas se presentaron al proyecto de programa de Máslov. Cuando se sometió a votación la cuestión de tomar como base uno u otro proyecto de programa, al principio se pronunciaron por Máslov en total 52 votos, es decir, menos de la mitad. Por el reparto se pronunciaron unos 40 (yo me sumé a los «repartistas» para no dispersar los votos contra la municipalización). Sólo en una segunda votación el proyecto de Máslov reunió 60 y tantos votos, cuando todos los vacilantes votaron a favor para no dejar al partido sin programa agrario del todo.

De las enmiendas, los mencheviques echaron abajo una relativa a una definición más precisa del concepto de: Estado democrático. Nosotros propusimos decir: «república democrática, que asegure plenamente la autocracia del pueblo». Esta enmienda partía del pensamiento antes esbozado de que la municipalización sin el democratismo pleno del poder estatal central es directamente nociva y puede degenerar en una reforma agraria kadete. La enmienda provocó una tempestad. Precisamente en ese momento no me hallaba yo en la sala de sesiones. Recuerdo que, cuando regresaba y pasaba por la habitación contigua, me sorprendió el ruido inusitado en los «pasillos» y una multitud de exclamaciones jocosas: «¡El camarada John ha proclamado la república!». «No se le han encontrado garantías contra la restauración». «¡El camarada Plejánov ha restaurado la monarquía!».

La cosa fue, según me contaron, así. Los mencheviques, dada la susceptibilidad propia de la naturaleza menchevique, se ofendieron por la enmienda, viendo en ella el deseo de desenmascarar el oportunismo: «he ahí que los mencheviques están contra la república». Se oyeron discursos y gritos indignados. Los bolcheviques también se enardecieron, como es habitual. Se pidió la votación nominal. Entonces las pasiones se encendieron definitivamente. El camarada John se turbó y, no queriendo sembrar la discordia, no teniendo, claro está, absolutamente nada «contra la república», se levantó y declaró que él mismo retiraba su formulación y se sumaba a la enmienda. Los bolcheviques aplauden la «proclamación de la república». Pero el camarada Plejánov o algún otro de los mencheviques intervienen, discuten, exigen una nueva votación, y «la monarquía es restablecida» —según los relatos que me llegaron— por tan sólo unos 38 votos contra 34 (muchos, al parecer, estaban ausentes de la sala de sesiones o se abstenían).

De las enmiendas aprobadas, hay que señalar la sustitución de la palabra «expropiación» por la palabra «confiscación». Luego, los «municipalistas» tuvieron que hacer, de todos modos, una concesión a los «repartistas», y el camarada Kóstrov presentó una enmienda que admite condicionalmente también el reparto. En lugar del programa inicial de Máslov resultó, como se bromeaba en el congreso, un programa «castrado». En él están mezcladas, en esencia, la nacionalización (ciertas tierras pasan a propiedad de todo el pueblo), la municipalización (una parte de las tierras, a disposición de los grandes órganos de autogobierno local) y, por fin, el reparto. Además, no hay una definición completamente precisa de cuándo estar por la municipalización y cuándo por el reparto, ni en el programa, ni en la resolución táctica. En fin de cuentas, el programa no quedó herrado en las cuatro patas, sino con las cuatro herraduras sueltas.