Expongo dos tesis fundamentales: 1) el campesinado jamás aceptará la municipalización; 2) la municipalización sin una república democrática, sin la soberanía popular plenamente garantizada, sin la elección de los funcionarios por el pueblo, es perjudicial. Al desarrollar estas tesis, me detendré primero en las objeciones más serias contra la nacionalización. La más seria, sin duda, es la planteada por el camarada Plejánov. El camarada Plejánov dijo literalmente, y tomé nota de sus palabras: «no podemos apoyar en modo alguno la nacionalización». Esto es un error. Me atrevo a afirmar que si entre nosotros se realiza realmente una revolución campesina y si el vuelco político que la acompañe llega a crear una república genuinamente democrática, el camarada Plejánov considerará posible apoyar la nacionalización; y si realmente se realizara en Rusia, en el próximo vuelco, una república democrática, toda la coyuntura del movimiento, no solo rusa sino internacional, empujaría hacia la nacionalización. Pero si esta condición no se cumple, entonces también la municipalización resultará una ficción; entonces podría realizarse únicamente como una nueva forma de rescate. El camarada John emplea el término: enajenación, no confiscación, y, como se desprende de su discurso, no eligió este término por casualidad; en cambio, ese término es sencillamente kadete, presupone cualquier cosa y se aviene perfectamente con el rescate proyectado por los kadetes.

Sigamos. ¿Dónde está la garantía contra la restauración?, preguntaba el camarada Plejánov. No creo que el planteamiento de esta cuestión esté estrecha e inseparablemente vinculado al programa que examinamos, pero, ya que se ha formulado, hay que dar una respuesta plenamente definida e inequívoca. Si hablamos de una garantía económica real, plenamente efectiva contra la restauración, es decir, una garantía que creara condiciones económicas que excluyeran la restauración, entonces habrá que decir: la única garantía contra la restauración es el vuelco socialista en Occidente; en el sentido cabal y pleno de la palabra, no puede haber ninguna otra garantía. Fuera de esta condición, con cualquier otra solución del problema (municipalización, reparto, etc.), la restauración no solo es posible, sino directamente inevitable. Formularía esta tesis con las siguientes palabras: la revolución rusa puede vencer con sus propias fuerzas, pero en modo alguno puede retener y consolidar sus conquistas con sus propias manos. No puede lograrlo si no hay un vuelco socialista en Occidente; sin esta condición, la restauración es inevitable tanto con la municipalización, como con la nacionalización, como con el reparto, pues el pequeño propietario, bajo todas y cualesquiera formas de posesión y propiedad, será el soporte de la restauración. Tras la victoria completa de la revolución democrática, el pequeño propietario se volverá inevitablemente contra el proletariado, y con tanta mayor rapidez cuanto más rápidamente sean derrocados todos los enemigos comunes del proletariado y del pequeño propietario, tales como los capitalistas, los terratenientes, la burguesía financiera, etc. Nuestra república democrática no tiene ninguna otra reserva que el proletariado socialista en Occidente, y a este respecto no hay que perder de vista que la clásica revolución burguesa en Europa, a saber, la Gran Revolución Francesa del siglo XVIII, transcurrió en una coyuntura internacional completamente distinta de aquella en la que transcurre la revolución rusa. La Francia de fines del siglo XVIII estaba rodeada de Estados feudales y semifeudales. La Rusia del siglo XX, que realiza una revolución burguesa, está rodeada de países en los que el proletariado socialista, pertrechado hasta los dientes, está en vísperas de la batalla final contra la burguesía. Si fenómenos comparativamente insignificantes como la promesa de libertad en Rusia por el zar el 17 de octubre ya dieron un gran impulso al movimiento del proletariado en Europa Occidental, si bastó que los obreros austríacos recibieran un telegrama de Petersburgo sobre el famoso manifiesto constitucional para hacerles salir inmediatamente a la calle, para provocar una serie de manifestaciones y choques armados en las mayores ciudades industriales de Austria, cabe imaginarse cómo se comportará el proletariado internacional socialista si las noticias de Rusia no le traen la promesa de libertad, sino la realización efectiva de la misma y la victoria completa del campesinado revolucionario. Pero si planteamos la cuestión de la garantía contra la restauración sobre otro terreno, es decir, si hablamos de una garantía relativa y condicional contra la restauración, entonces habrá que decir lo siguiente: la única garantía condicional y relativa contra la restauración es que la revolución se realice de la manera más decidida posible, que sea llevada a cabo directamente por la clase revolucionaria, con la menor participación de intermediarios, conciliadores y toda clase de apaciguadores, que esta revolución sea realmente llevada hasta el fin, y mi proyecto da el máximo de garantías relativas contra la restauración. Como palanca directa del movimiento campesino revolucionario, como forma más deseable del mismo, en mi proyecto se plantean los comités campesinos. Los comités campesinos, en lenguaje sencillo, significan el llamamiento a que los campesinos ajusten cuentas por sí mismos, de inmediato y directamente, con los funcionarios y los terratenientes de la manera más resuelta. Los comités campesinos significan el llamamiento a que el pueblo oprimido por los vestigios del régimen de servidumbre y por el orden policial ajuste cuentas con esos vestigios, como decía Marx, «a la manera plebeya»{148}. Al camarada Plejánov, esta premisa de la revolución llevada hasta el fin, que establece la elección de los funcionarios por el pueblo, le recordó el anarquismo, tan desagradable para él como para todos nosotros, por supuesto, pero es sumamente extraño que la elección de los funcionarios por el pueblo pueda recordar el anarquismo; es sumamente extraño que en un momento como el actual, la cuestión de la elección de los funcionarios por el pueblo pueda provocar o haya podido provocar una sonrisa en un socialdemócrata cualquiera, salvo quizás en Bernstein. Precisamente ahora atravesamos un tiempo en que esta consigna –la elección de los funcionarios por el pueblo– adquiere una importancia práctica directa y enorme. Toda nuestra actividad, propaganda y agitación entre las masas campesinas debe consistir en una medida considerable en la propaganda, la difusión y la explicación precisamente de esta consigna. Predicar la revolución campesina, hablar en un sentido mínimamente serio de la revolución agraria y no hablar al mismo tiempo de la necesidad de un democratismo auténtico, es decir, entre otras cosas, de la elección de los funcionarios por el pueblo, es una contradicción flagrante. El reproche de anarquismo a este respecto me recuerda tan solo a los bernsteinianos alemanes que, hace poco, polemizando con Kautsky, le reprocharon el anarquismo.

Debemos decirle al campesino directa y claramente: si quieres llevar hasta el final la revolución agraria, debes también llevar hasta el final la revolución política; sin llevar hasta el final la revolución política, no habrá en absoluto revolución agraria o no será mínimamente sólida. Sin una transformación democrática completa, sin la elección de los funcionarios por el pueblo, tendremos o bien motines agrarios, o bien reformas agrarias kadetes. No tendremos aquello que merecería la gran palabra empleada por Plejánov: revolución campesina.

Sigamos adelante. La municipalización abre un amplio escenario a la lucha de clases, decía Plejánov; he intentado reproducir esta afirmación suya de la manera más literal posible y debo declarar resueltamente que esta afirmación es sencillamente incorrecta; no es correcta ni en sentido político ni en sentido económico. En igualdad de condiciones, el municipio y la propiedad municipal de la tierra representan, sin duda, un escenario más estrecho para la lucha de clases que toda la nación, que la nacionalización de la tierra. La nacionalización de la tierra en una república democrática crea, sin duda, el campo más amplio para la lucha de clases, el más amplio que sea posible y concebible en general bajo la existencia del capitalismo. La nacionalización significa la supresión de la renta absoluta, la baja de los precios del trigo, la garantía de la máxima libertad de competencia y de la libertad de penetración del capital en la agricultura. La municipalización, por el contrario, restringe la lucha de clases a escala nacional, no depura todas las relaciones de producción en la agricultura de la renta absoluta, cambiando nuestra reivindicación general por otras particulares; la municipalización, en todo caso, vela la lucha de clases. Desde este punto de vista, la cuestión planteada por Plejánov solo puede resolverse en un único sentido. Desde este punto de vista, la municipalización no resiste, en absoluto, la crítica. La municipalización es la restricción y el velamiento de la lucha de clases.

La siguiente objeción de Plejánov concierne a la cuestión de la toma del poder. Plejánov percibió en el proyecto de mi programa agrario la toma del poder, y debo decir que la idea de la toma del poder por el campesinado revolucionario se halla efectivamente en mi proyecto de programa agrario[66], pero reducir esta idea a la idea del populismo sobre la toma del poder es un grandísimo error. En los años 70 y 80, cuando la idea de la toma del poder era cultivada por los populistas{149}, estos representaban un grupo de intelectuales y, de hecho, no existía un movimiento revolucionario de masas mínimamente amplio, realmente masivo. La toma del poder era un deseo o una frase de un puñado de intelectuales, y no el inevitable paso ulterior de un movimiento de masas ya en desarrollo. Ahora, después de octubre, noviembre y diciembre de 1905, después de que las amplias masas de la clase obrera, de los elementos semiproletarios y del campesinado mostraran al mundo formas de movimiento revolucionario no vistas desde hacía mucho tiempo; ahora, después de que la lucha del pueblo revolucionario por el poder estallara tanto en Moscú como en el sur y en la región del Báltico; ahora, reducir el pensamiento de la conquista del poder político por el pueblo revolucionario al populismo significa retrasarse 25 años enteros, significa borrar de la historia de Rusia todo un enorme período. Plejánov decía: no hay que temer a la revolución agraria. Precisamente este temor a la conquista del poder por el campesinado revolucionario es el temor a la revolución agraria. La revolución agraria es una frase vacía si su victoria no presupone la conquista del poder por el pueblo revolucionario. Sin esta última condición, no será una revolución agraria, sino un motín campesino o reformas agrarias kadetes. Sólo recordaré, para terminar el examen de este punto, que incluso la resolución de los camaradas de la minoría, publicada en el número 2 de 'Partíinye Izvéstia', dice que ahora se plantea ya ante nosotros la tarea de arrancar el poder de manos del gobierno.

La expresión "creatividad popular", que parece no figurar en nuestras resoluciones, pero que yo empleé, si he de confiar en la memoria del camarada Plejánov, en mi discurso, le suena a recuerdo de viejos conocidos de entre los populistas y socialistas revolucionarios. Este recuerdo del camarada Plejánov me parece, una vez más, un retraso de 25 años. Recuerden lo que sucedió en Rusia en el último cuarto de 1905: huelgas, Soviets de diputados obreros, insurrecciones, comités campesinos, comités ferroviarios, etc.; todo esto testimonia precisamente el paso del movimiento popular a la forma de insurrección, todo esto muestra los indudables gérmenes de órganos de poder revolucionario, y mis palabras sobre la creatividad popular tenían un contenido completamente definido y concreto; se referían precisamente a aquellos días históricos de la revolución rusa, caracterizaban precisamente aquel método de lucha no solo contra el viejo poder, sino de lucha mediante el poder revolucionario, método aplicado por primera vez por las amplias masas de los obreros y campesinos rusos en los famosos días de octubre y diciembre. Si nuestra revolución está enterrada, entonces también están enterradas estas formas embrionarias de poder revolucionario de campesinos y obreros; pero si sus palabras sobre la revolución campesina no son una frase, si tenemos realmente una revolución agraria en el verdadero sentido de la palabra, entonces veremos, sin duda, la repetición de los acontecimientos de octubre y diciembre a una escala inconmensurablemente más amplia. El poder revolucionario no de intelectuales, no de un grupo de conspiradores, sino de obreros y campesinos ya tuvo lugar en Rusia, ya se realizó de hecho en el curso de nuestra revolución. Fue aplastado debido a la victoria de la reacción, pero si tenemos un fundamento real para estar convencidos del ascenso de la revolución, entonces inevitablemente debemos esperar también el ascenso, el desarrollo y el éxito de nuevos órganos de poder revolucionario, aún más decididos, aún más vinculados al campesinado y al proletariado. Por consiguiente, Plejánov, mediante el trillado y ridículo espantajo del "populismo", simplemente eludió el análisis de las formas de movimiento de octubre-diciembre.

Finalmente, examinemos aún la cuestión de la flexibilidad y de la manera en que mi programa está herrado en las cuatro patas. Pienso que también en este sentido mi programa agrario es el más satisfactorio en comparación con todos los demás. ¿Qué hacer si los asuntos de la revolución van mal? ¿Qué hacer si, sin la realización de todos los «si» planteados en mi proyecto, no se podrá hablar de llevar hasta el fin nuestra revolución democrática? Entonces, indudablemente, habrá que contar con aquellas condiciones de la economía campesina y del uso campesino de la tierra que ya existen ahora. A este respecto me remitiré a un fenómeno de la mayor importancia como es el arriendo. Pues si se habla de que los asuntos de la revolución pueden ir mal, de que ella puede no llegar hasta el fin, en ese caso, indudablemente, hay que contar con la existencia y la imposibilidad de eliminar un fenómeno tal, y en mi programa, para este mal caso, para este caso de ausencia de todos los «si» supuestamente utópicos, las tareas del partido están previstas de manera más completa, más precisa y mucho más sobria que en el del camarada Máslov. De este modo, mi programa da consignas prácticas tanto en las actuales condiciones de la economía campesina y del uso campesino de la tierra, como en las mejores perspectivas del desarrollo ulterior del capitalismo. El camarada John intentó hacer un chiste diciendo que en mi programa hay demasiados programas, que en él hay a la vez confiscación y arriendo, los cuales se excluyen mutuamente; el chiste no resultó, porque la confiscación de las tierras de los terratenientes no excluye el arriendo, que tiene lugar también en las tierras campesinas. Por consiguiente, el camarada Plejánov estaba particularmente equivocado cuando esgrimió su argumento especialmente efectista contra mí. No es difícil, dicen, escribir un programa para el caso de que todo salga de la mejor manera posible. Un programa así cualquiera lo escribe; pero tú escribe un programa para el caso en que precisamente no se den las mejores condiciones. Y yo afirmo, en respuesta a este argumento, que justamente en el caso del peor curso o desenlace posible de nuestra revolución, mi programa, que habla de la confiscación de las tierras de los terratenientes y prevé cuestiones como la del arriendo, es particularmente sobrio y particularmente bien herrado, mientras que, en lo que respecta al camarada John, su proyecto, que no dice nada acerca de estas peores condiciones, es decir, de las condiciones de ausencia de un democratismo político realmente llevado a cabo, nos da sólo la municipalización, y entre tanto la municipalización, sin la electividad de los funcionarios por el pueblo, sin la supresión del ejército permanente, etc., representa un peligro igual e incluso mayor que la nacionalización. He aquí por qué insisto en la colocación de aquellos «si» que Plejánov condenaba de manera tan injusta.

Así, pues, los campesinos no aceptarán la municipalización. El camarada Kartvéliov dijo que en el Cáucaso los campesinos están plenamente de acuerdo con los eseristas, pero preguntan a la vez: ¿tendrán ellos derecho a vender la tierra que les toque en el reparto o en la socialización? ¡Es cierto, camarada Kartvéliov! Su observación corresponde plenamente a los intereses de los campesinos en general y a la comprensión campesina de sus intereses, pero justamente porque los campesinos examinan todas las transformaciones agrarias desde el punto de vista de si tendrán derecho a vender la tierra adicional que les toque, justamente por eso los campesinos estarán incondicionalmente en contra de la municipalización, en contra de la administración por los zemstvos. Los campesinos, hasta ahora, todavía confunden el zemstvo con el jefe del zemstvo, y para ello tienen fundamentos mucho más profundos que los que suponen los majestuosos profesores kadetes de derecho que se ríen de la ignorancia campesina. Por eso, antes de hablar de municipalización, es necesario, incondicionalmente necesario, hablar de la electividad de los funcionarios por el pueblo. Ahora, en cambio, mientras esta exigencia democrática no esté realizada, es pertinente hablar sólo de confiscación en general, o bien de reparto. He aquí por qué, a fin de simplificar la cuestión fundamental para el congreso, procedo del siguiente modo: como el programa del camarada Borísov tiene una serie de rasgos comunes con mi programa y está construido precisamente sobre el reparto y no sobre la nacionalización, retiro mi programa y dejo que el congreso se pronuncie sobre la cuestión: reparto o municipalización. Si ustedes rechazan el reparto —o, tal vez, sea más exacto decir «cuando» ustedes rechacen el reparto— entonces, por supuesto, tendré que retirar definitivamente mi proyecto como algo sin esperanza; si, en cambio, aceptan el reparto, presentaré mi programa en su totalidad como enmienda al proyecto del camarada Borísov. Recordaré también, en respuesta a los reproches de que yo impongo a los campesinos la nacionalización, que en mi programa hay una «variante A» en la que se habla especialmente de eliminar toda idea de imponer nada a los campesinos contra su voluntad. Por consiguiente, la sustitución de mi proyecto por el proyecto de Borísov en la votación inicial no cambiará absolutamente nada en la esencia del asunto y sólo facilitará y simplificará el que nosotros aclaremos la voluntad real del congreso. En mi opinión, la municipalización es errónea y nociva; el reparto es erróneo, pero no es nocivo.

Me detendré brevemente en esta diferencia: los «partidarios del reparto» interpretan correctamente los hechos, pero no recuerdan la frase de Marx sobre el viejo materialismo: «los materialistas se limitaban a explicar el mundo, pero de lo que se trata no es solo de explicarlo, sino de transformarlo»{150}. El campesino dice: «la tierra es de Dios, la tierra es del pueblo, la tierra es de nadie». Los «partidarios del reparto» nos explican que no lo dice de manera consciente, que dice una cosa y piensa otra. Las verdaderas aspiraciones de los campesinos, afirman ellos, consisten entera y exclusivamente en añadir tierra a los campesinos, en aumentar la pequeña explotación agrícola y nada más. Todo esto es completamente cierto. Pero nuestro desacuerdo con los «partidarios del reparto» tampoco termina aquí, sino que apenas comienza. Precisamente estas palabras de los campesinos, a pesar de toda su inconsistencia económica o su falta de contenido, debemos utilizarlas como puntos de apoyo para la propaganda. ¿Dices que la tierra debe ser usufructuada por todos? ¿Quieres entregar la tierra al pueblo? Excelente, pero ¿qué significa entregar la tierra al pueblo? ¿Quién dispone del patrimonio y los bienes del pueblo? Los funcionarios, los Trépov. ¿Quieres acaso entregar la tierra a Trépov y a los funcionarios? No. Cualquier campesino dirá que no quiere entregarles la tierra a ellos. ¿Quieres entregar la tierra a los Petrunkévich y a los Rodíchev, quienes quizás formen parte del autogobierno municipal? No. Seguramente el campesino no querrá entregar la tierra a estos señores. Por consiguiente —explicaremos a los campesinos—, para que la tierra pueda ser entregada a todo el pueblo con provecho para los campesinos, es necesario asegurar la elegibilidad de todos los funcionarios, sin excepción, por el pueblo. Por lo tanto, mi proyecto de nacionalización, condicionada al pleno aseguramiento de la república democrática, proporciona precisamente la línea de conducta correcta a nuestros propagandistas y agitadores, mostrándoles de manera clara y evidente que el análisis de las reivindicaciones agrarias de los campesinos debe servir de base para la propaganda política y, en particular, para la propaganda republicana. El campesino Mishin, por ejemplo, que fue elegido diputado a la Duma por los campesinos de Stávropol, trajo un mandato de los electores, publicado íntegramente en «El Estado Ruso»{151}. En este mandato se exige tanto la abolición de los funcionarios del zemstvo, como la construcción de elevadores y la transferencia de todas las tierras al fisco. La exigencia de tal transferencia es, sin duda, un prejuicio reaccionario, pues el fisco de la Rusia constitucional actual y futura es el fisco del despotismo policial y militar; pero esta exigencia no debemos simplemente desecharla, como un prejuicio dañino; debemos «aferrarnos» a ella para explicar a Mishin y a otros como él cómo está la cuestión en esencia. Debemos decir a Mishin y a otros como él que la exigencia de transferir la tierra al fisco expresa, aunque de manera muy deficiente, una idea extraordinariamente importante y útil para los campesinos. La transferencia de la tierra al fisco puede ser muy útil para los campesinos, y lo será exclusivamente cuando el Estado se convierta en una república plenamente democrática, cuando se implante por completo la elegibilidad de los funcionarios, se suprima el ejército permanente, etc. Por todas estas razones, pienso que si rechazan la nacionalización, provocarán inevitablemente los mismos errores en nuestros militantes prácticos, propagandistas y agitadores, que provocamos nosotros con nuestro erróneo programa de los recortes de 1903. Así como entonces nuestros recortes fueron interpretados de manera más estrecha que lo que los entendían los autores de este punto, también ahora la negación de la nacionalización y la sustitución de esta reivindicación por el reparto, por no hablar ya de la completamente confusa municipalización, conducirá inevitablemente a tal serie de errores de nuestros militantes prácticos, propagandistas y agitadores, que muy pronto tendremos que lamentar el programa «repartidor» o municipalizador adoptado por nosotros.

Terminaré repitiendo una vez más mis dos tesis fundamentales: primero, los campesinos jamás aceptarán la municipalización; segundo, la municipalización sin una república democrática, sin la elegibilidad de los funcionarios por el pueblo, es perjudicial.