I

¿Cuál es la situación de la revolución democrática en Rusia: ha sido derrotada o estamos atravesando solo una calma temporal? ¿Fue la insurrección de diciembre el punto culminante de la revolución y nos deslizamos ahora irremediablemente hacia el régimen «shipov-constitucional»?{103} ¿O el movimiento revolucionario, en general y en su conjunto, no decrece, sino que sigue creciendo, preparando una nueva explosión, acumulando en la calma nuevas fuerzas, prometiendo tras la primera insurrección fallida una segunda, con probabilidades de éxito incomparablemente mayores?

Tales son las cuestiones fundamentales que se plantean hoy ante los socialdemócratas rusos. Manteniéndonos fieles al marxismo, no podemos ni debemos eludir mediante frases generales el análisis de las condiciones objetivas, cuya consideración decide en última instancia y de manera definitiva estas cuestiones. Y de su solución depende toda la táctica de la socialdemocracia, y nuestras disputas, por ejemplo, sobre el boicot a la Duma (que, por lo demás, están ya llegando a su fin, puesto que la mayoría de las organizaciones del POSDR se ha pronunciado por el boicot), son tan solo una parte muy pequeña de estas grandes cuestiones.

Acabamos de decir que es indecoroso para un marxista despachar estas cuestiones con frases generales. Tales frases generales son, por ejemplo, las referencias a que nunca hemos entendido la revolución en el sentido de simples «lanzas y horcas», que éramos revolucionarios también cuando no lanzábamos una llamada directa a la insurrección, que seguiremos siendo revolucionarios también en el período parlamentario, cuando este llegue, etc. Tales discursos serían miserables evasivas, una suplantación de la cuestión histórica concreta por consideraciones abstractas, que no aclaran absolutamente nada y solo sirven para encubrir la pobreza o la confusión política. Para confirmar nuestra idea con un ejemplo, remitámonos a la actitud de Marx ante la revolución alemana de 1848. Esta referencia puede ser tanto más útil cuanto que observamos en nuestro país una serie de signos de una división análoga, e incluso más acentuada, de la burguesía en reaccionaria y revolucionaria, división que, por ejemplo, no se dio en la gran Revolución Francesa. En esencia, las cuestiones fundamentales que hemos planteado más arriba sobre la situación de la revolución rusa pueden formularse, en analogía con Alemania (naturalmente, en ese sentido condicional y limitado en que únicamente es admisible en general la analogía histórica), con estas palabras: ¿1847 o 1849? ¿Estamos viviendo (como Alemania en 1847, cuando se convocó y fue convocada la Dieta alemana, la llamada Dieta Unida) los finales del ascenso más alto de la revolución, o estamos viviendo (como Alemania en 1849) los finales del agotamiento definitivo de la revolución y el comienzo de la gris rutina de una constitución raquítica? Marx fue precisamente quien, a lo largo de 1850, planteó esta cuestión, la fue resolviendo y la resolvió, finalmente, no con evasivas, sino con una respuesta directa, deducida del análisis de las condiciones objetivas. En 1849 la revolución fue aplastada, una serie de insurrecciones terminaron en fracaso, la libertad conquistada de hecho por el pueblo fue arrebatada, la reacción se ensañó con los «revolucionarios». La actuación política abierta de la «Liga de los Comunistas»{104} (la organización socialdemócrata de entonces, dirigida de hecho por Marx) se hizo imposible. «Por doquier se dejaba sentir la necesidad —dice el llamamiento del CC de la Liga a sus miembros en junio de 1850— de una fuerte organización secreta (la cursiva es nuestra en todos los casos) del partido revolucionario por toda Alemania». El CC envía desde el extranjero un emisario a Alemania, quien concentra «todas las fuerzas útiles en manos de la Liga». Marx escribe («Llamamiento» de marzo de 1850) sobre la probabilidad de un nuevo ascenso, de una nueva revolución, aconseja a los obreros organizarse de manera independiente, insiste especialmente en la necesidad de armar a todo el proletariado, de formar una guardia proletaria, en la necesidad de «frustrar por la fuerza todo intento de desarme». Marx exige la formación de «gobiernos obreros revolucionarios» y examina la conducta del proletariado «durante y después de la próxima insurrección». Marx pone como modelo a la democracia alemana la Francia jacobina de 1793 (véase «El proceso de Colonia a los comunistas», trad. rusa, pág. 115 y sigs.){105}.

Pasa medio año. El ascenso esperado no se produce. Los esfuerzos de la Liga no se ven coronados por el éxito. «El ascenso de la revolución —escribió Engels en 1885— se fue haciendo a lo largo de 1850 cada vez menos probable, incluso imposible»{106}. La crisis industrial de 1847 había pasado. Sobrevino la prosperidad industrial. Entonces, tomando en cuenta las condiciones objetivas, Marx plantea la cuestión de manera tajante y definida. En otoño de 1850 declara categóricamente que ahora, con ese desarrollo exuberante de las fuerzas productivas de la sociedad burguesa, «no se puede hablar de una verdadera revolución»{107}.

Como ve el lector, Marx no elude la cuestión difícil. No juega con la palabra revolución, no sustituye la candente cuestión política con abstracciones vacías. No olvida que la revolución, en general, avanza en todo caso, pues avanza el desarrollo de la sociedad burguesa, sino que habla directamente de la imposibilidad de una revolución democrática en el sentido inmediato y estricto de la palabra. Marx resuelve la cuestión difícil sin remitirse al «estado de ánimo» de decadencia y cansancio en tal o cual capa del proletariado (como hacen con frecuencia los socialdemócratas que caen en el seguidismo). No, mientras no tuvo otros datos que el hecho del bajo estado de ánimo (en marzo de 1850), continuó llamando al armamento y a la insurrección, a prepararla, sin rebajar con su escepticismo y desconcierto el ánimo de los obreros. Solo cuando Marx demostró la inevitabilidad del «agotamiento» de la «verdadera revolución», solo entonces cambió de opinión. Y, al cambiar, exigió franca y abiertamente un cambio radical de táctica, el cese completo de la preparación de la insurrección, porque dicha preparación solo podía ser entonces un juego. La consigna de la insurrección fue directamente retirada del orden del día. Se reconoció de manera directa y definida que «la forma del movimiento había cambiado».

Este ejemplo de Marx debemos tenerlo siempre presente en el difícil momento actual. Debemos abordar con la mayor seriedad la cuestión de la posibilidad de una «verdadera revolución» en el futuro inmediato, de la «forma de movimiento» fundamental, de la insurrección y su preparación; pero un partido político en lucha está obligado a resolver esta cuestión de manera directa y definida, sin evasivas, sin excusas, sin medias palabras. Un partido que no supiera darse una respuesta clara a tal cuestión no merecería el nombre de partido.

II

Así pues, ¿qué datos objetivos tenemos para resolver esta cuestión? Hablan en favor de la opinión del completo agotamiento de la «forma de movimiento» directamente revolucionaria, de la imposibilidad de una nueva insurrección, de la entrada de Rusia en la era de un pobre cuasiconstitucionalismo burgués toda una serie de hechos que se hallan, por así decirlo, en la superficie y saltan a la vista de todos. El viraje en la burguesía es indudable. El terrateniente se ha apartado de los kadetes y se ha ido a la Unión del 17 de Octubre. El gobierno ha otorgado ya una «constitución» bicameral. Con ayuda del estado de guerra, las ejecuciones y las detenciones, se está creando la posibilidad de convocar una Duma falseada. La insurrección urbana ha sido aplastada, y el movimiento campesino de primavera puede resultar aislado, impotente. Prosigue la venta de las tierras de los terratenientes y, en consecuencia, se fortalece la capa del campesinado burgués, «tranquilo». Está a la vista la baja del estado de ánimo tras la insurrección aplastada. Por último, no se puede olvidar que pronosticar la derrota de la revolución es, en general, más fácil y más barato, por así decirlo, que pronosticar su ascenso, ya que ahora el poder está del lado de la reacción, y «la mayoría» de las revoluciones hasta ahora han terminado... sin terminar.

¿Cuáles son los datos en favor de la opinión contraria? Cedamos la palabra sobre esta cuestión a K. Kautsky, cuya sobriedad de juicio y capacidad para discutir del modo más sereno, práctico y minucioso las cuestiones políticas candentes y agudas son conocidas de todos los marxistas. Kautsky expuso su punto de vista poco después del aplastamiento de la insurrección de Moscú, en el artículo: «Las perspectivas de la revolución rusa». Este artículo apareció en traducción rusa, —por supuesto, no sin las mutilaciones de la censura (similares a las que sufrió también la traducción rusa de otro excelente trabajo de Kautsky: «La cuestión agraria en Rusia»).

Kautsky no rehúye la cuestión difícil. No intenta despacharla con frases vacías sobre la invencibilidad de la revolución en general, sobre la permanente y constante revolucionariedad de la clase proletaria, etc. No, plantea directamente la cuestión histórica concreta de las perspectivas de la actual, de la presente revolución democrática en Rusia. Comienza su artículo sin rodeos diciendo que desde Rusia, desde comienzos de 1906, llegan casi únicamente noticias tristes, que «podrían hacer pensar que esta revolución ha sido definitivamente aplastada y se halla en su último estertor». No solo los reaccionarios se regocijan por esto, sino también los liberales rusos, dice Kautsky, colmando a estos últimos, héroes del «cupón»{108}, con las expresiones de desprecio que tan merecidas tienen (Kautsky, según se ve, no ha creído aún en la teoría de Plejánov de que los socialdemócratas rusos deben «valorar el apoyo de los partidos opositores no proletarios»).

Y he aquí que Kautsky analiza detalladamente esta opinión que tan naturalmente se impone. La semejanza externa entre la derrota de los obreros en Moscú en diciembre y la derrota de los obreros en París en junio (1848) es indudable. Tanto allí como aquí, el gobierno «provocó» la insurrección armada de los obreros en un momento en que la clase obrera aún no estaba suficientemente organizada. Tanto allí como aquí, a pesar de la heroica resistencia de los obreros, la reacción venció. ¿Qué deduce de esto Kautsky? ¿Concluye, a la manera de las pedantescas amonestaciones de Plejánov, que no había que haberse lanzado a las armas? No, Kautsky no se apresura a pasar a una moralización miope y barata a posteriori. Investiga los datos objetivos capaces de decidir la cuestión de si la revolución rusa está definitivamente aplastada.

Cuatro diferencias fundamentales encuentra Kautsky entre la derrota del proletariado en París (1848) y en Moscú (1905). En primer lugar, la derrota de París fue la derrota de toda Francia. Nada semejante se puede decir de Moscú. Los obreros de Petersburgo, Kiev, Odesa, Varsovia, Lodz no han sido derrotados. Están agotados por una lucha terriblemente dura, que ya dura un año entero, pero su valor no está quebrantado. Están reuniendo fuerzas para reanudar la lucha por la libertad.

En segundo lugar, una diferencia aún más esencial consiste en que los campesinos en 1848, en Francia, estuvieron del lado de la reacción, mientras que en 1905, en Rusia, están del lado de la revolución. Hay insurrecciones campesinas. Ejércitos enteros están ocupados en aplastarlas. Estos ejércitos devastan el país, como solo Alemania fue devastada en la Guerra de los Treinta Años{109}. Las ejecuciones militares atemorizan por un tiempo a los campesinos, pero solo agravan su miseria, agravan la desesperanza de su situación. Inevitablemente engendrarán, al igual que las devastaciones de la Guerra de los Treinta Años, masas cada vez mayores de personas que se verán obligadas a declarar la guerra al orden existente, que no permitirán que se restablezca la tranquilidad en el país y que se sumarán a toda insurrección.

La tercera diferencia, sumamente importante, es la siguiente. La revolución de 1848 fue preparada por la crisis y la hambruna de 1847. La reacción se apoyó en el fin de la crisis y en la prosperidad industrial. «El actual régimen de terror en Rusia, por el contrario, debe conducir inevitablemente a la agudización de la crisis económica que desde hace años agobia a todo el país». La hambruna de 1905 se hará sentir aún en los próximos meses con todas sus consecuencias. La represión de la revolución es la más grande guerra civil, una guerra contra todo un pueblo. Esta guerra no cuesta menos que una guerra exterior, con la diferencia de que arruina no a un país ajeno, sino al propio. Se avecina el desastre financiero. Y además, los nuevos tratados comerciales amenazan con ocasionar una conmoción especial para Rusia y pueden provocar incluso una crisis económica mundial. De este modo, cuanto más se mantenga el terror reaccionario, más desesperada será la situación económica del país y más fuerte será la indignación contra el régimen odioso. «Una situación tal —dice Kautsky— hace irresistible todo movimiento fuerte contra el zarismo. Y en tal movimiento no habrá escasez. De ello se encargará el proletariado ruso, que ya ha dado tantas y tan grandes pruebas de su heroísmo y de su abnegación».

La cuarta diferencia señalada por Kautsky reviste especial interés para los marxistas rusos. Desgraciadamente, está muy difundido entre nosotros ahora una especie de risita desdentada, puramente kadete en esencia, a costa de los «brownings» y las «brigadas de combate». A nadie le alcanza el valor y la franqueza, cuyo ejemplo dio Marx, para decir que la insurrección es imposible y que no hay nada que hacer para prepararla. Pero burlarse a costa de las acciones militares de los revolucionarios nos gusta mucho. Nos llamamos marxistas, pero preferimos escurrirnos del análisis del aspecto militar de la insurrección (al que Marx y Engels siempre concedieron una importancia seria{110}), declarando con un doctrinarismo de una grandiosidad inigualable: «no había que haberse lanzado a las armas...». Kautsky procede de otro modo. Por escasos que fueran aún los datos que tenía sobre la insurrección, se esfuerza por penetrar también en el aspecto militar de la cuestión. Se esfuerza por valorar el movimiento como una forma nueva de lucha, elaborada por las masas, y no como valoran los combates nuestros Kuropatkin revolucionarios, que vienen a decir: si te dan, coge; si te pegan, corre; si te han pegado, ¡es que no había que haberse lanzado a las armas!

«Tanto la batalla parisiense de junio —dice Kautsky— como la moscovita de diciembre fueron combates de barricadas. Pero la primera fue una catástrofe, fue el fin de la vieja táctica de barricadas. La segunda fue el comienzo de una nueva táctica de barricadas. Por eso debemos revisar la opinión expuesta por Engels en su prefacio a “Las luchas de clases en Francia” de Marx, a saber, la opinión de que la época de los combates de barricadas ha pasado definitivamente{111}. En realidad, solo ha pasado la época de la vieja táctica de barricadas. Esto fue lo que demostró el combate de Moscú, cuando un puñado de insurrectos logró, durante dos semanas, resistir frente a fuerzas militares superiores, dotadas de todos los medios de la artillería moderna».

Así habla Kautsky. No entona un responso a la insurrección basándose en el fracaso del primer intento. No rezonga a propósito del fracaso, sino que investiga el surgimiento y el crecimiento de una forma de lucha nueva y superior, analiza la importancia de la desorganización y el descontento en el ejército, de la ayuda a los obreros por parte de la población urbana, de la combinación de la huelga de masas con la insurrección. Investiga cómo el proletariado aprende a insurreccionarse. Revisa las anticuadas teorías militares, invitando así a todo el partido a reelaborar y asimilar la experiencia de Moscú. Contempla todo el movimiento como una transición de la huelga a la insurrección, esforzándose por comprender de qué manera deben los obreros combinar ambas cosas para alcanzar el éxito.

Kautsky termina su artículo con las palabras: «Tales son las lecciones de Moscú. En qué medida influirán en las formas de la lucha futura es algo que, en el momento actual, desde aquí (es decir, desde Alemania) es imposible prever. En efecto, hasta ahora solo hemos visto, en todas las manifestaciones anteriores de la revolución rusa, explosiones espontáneas de masas no organizadas; ninguna de esas manifestaciones fue planeada y preparada de antemano. Probablemente, durante cierto tiempo, seguirá siendo así en lo sucesivo.

Pero si en el momento actual no se pueden predecir aún con certeza las formas venideras de la lucha, todos los indicios atestiguan que forzosamente debemos esperar nuevas batallas, que la actual calma siniestra (unheimliche) no es más que el silencio que precede a la tormenta. El movimiento de octubre mostró a las masas de las ciudades y los campos cuánta fuerza son capaces de desplegar. La reacción de enero las ha arrojado luego a un abismo lleno de tormentos. En ese abismo todo las excita, las empuja a la indignación, y no hay precio que consideren demasiado caro para librarse de ese abismo. ¡Pronto se alzarán de nuevo las masas, pronto aparecerán aún más pujantes! Que la contrarrevolución celebre su triunfo sobre los cadáveres de los héroes de la lucha por la libertad: ya se aproxima el fin de ese triunfo, se alza la aurora roja, avanza la revolución proletaria».

III

La cuestión que hemos delineado es la cuestión fundamental de toda la táctica socialdemócrata. El próximo congreso del partido debe, en primerísimo lugar, resolver esta cuestión del modo más claro e inequívoco, y todos los miembros del partido, todos los obreros conscientes, deben inmediatamente tensar todas sus fuerzas para reunir el material más completo para la solución de la cuestión, discutirla y enviar al congreso delegados plenamente preparados para su seria y responsable tarea.

Las elecciones al congreso deben realizarse sobre la base de un total esclarecimiento de las plataformas tácticas. Y, en esencia, una u otra respuesta consecuente e integral a la cuestión planteada predetermina todos los detalles de la plataforma táctica socialdemócrata.

O lo uno o lo otro.

O reconocemos que en la actualidad «no se puede hablar de una verdadera revolución». Entonces debemos declararlo directamente y del modo más resuelto, públicamente, para no inducir a error ni a nosotros mismos, ni al proletariado, ni al pueblo. Entonces debemos rechazar incondicionalmente, como tarea inmediata del proletariado, llevar a término la revolución democrática. Entonces estamos obligados a retirar por completo del orden del día la cuestión de la insurrección, a cesar todo trabajo de armamento y organización de brigadas de combate, pues jugar a la insurrección es indigno de un partido obrero. Entonces debemos reconocer como agotadas las fuerzas de la democracia revolucionaria y plantear como tarea inmediata el apoyo a tales o cuales capas de la democracia liberal, como fuerza opositora real bajo el régimen constitucional. Entonces debemos considerar la Duma de Estado como un parlamento, aunque sea malo, y participar no solo en las elecciones, sino también en la Duma misma. Entonces debemos poner en primer plano la legalización del partido, la modificación correspondiente del programa del partido, la adaptación de todo el trabajo a los marcos «legales» o, por lo menos, la asignación al trabajo ilegal de un lugar mínimo y subordinado. Entonces podemos reconocer la tarea de organizar los sindicatos como una tarea del partido de primer orden, tal como lo fue en el período histórico anterior la insurrección armada. Entonces debemos retirar también del orden del día las consignas revolucionarias del movimiento campesino (como la confiscación de las tierras de los terratenientes), porque tales consignas son prácticamente consignas de insurrección, y llamar a la insurrección sin prepararla seriamente en el aspecto militar, sin creer en ella, sería un juego indigno a la insurrección. Entonces debemos echar por la borda toda conversación no solo sobre el gobierno revolucionario provisional, sino también sobre el llamado «autogobierno revolucionario», pues la experiencia ha mostrado que las instituciones, correcta o incorrectamente designadas con este término, se convierten de hecho, por la fuerza de las cosas, en órganos de la insurrección, en embriones de gobierno revolucionario.

O reconocemos que en la actualidad de una verdadera revolución se puede y se debe hablar. Reconocemos como inevitables, o al menos como las más probables, las formas nuevas y superiores de la lucha directamente revolucionaria. Entonces la tarea política principal del proletariado, el nervio de todo su trabajo, el alma de toda su actividad clasista organizativa debe ser llevar a término la revolución democrática. Toda evasiva de esta tarea sería entonces solo un rebajamiento del concepto de lucha de clases hasta la interpretación brentanista de la misma{112}, sería la conversión del proletariado en un lacayo de la burguesía liberal monárquica. Entonces la tarea política más perentoria y central del partido es la preparación de las fuerzas y la organización del proletariado para la insurrección armada, como forma de lucha superior alcanzada por el movimiento. Entonces es obligatorio estudiar críticamente, con los fines prácticos más inmediatos, toda la experiencia de la insurrección de diciembre. Entonces hay que decuplicar los esfuerzos para organizar las brigadas de combate y armarlas. Entonces hay que prepararse para la insurrección también mediante acciones combativas de guerrillas, pues sería ridículo «prepararse» solo mediante inscripciones y registros. Entonces hay que considerar la guerra civil como declarada y en curso, y toda la actividad del partido debe subordinarse al principio: «puesto que hay guerra, hay que actuar en plan de guerra». Entonces la educación de cuadros del proletariado para las acciones militares ofensivas es absolutamente necesaria. Entonces el lanzamiento de consignas revolucionarias a la masa campesina es lógico y consecuente. La tarea de los acuerdos combativos con la democracia revolucionaria, y solo con ella, se coloca en primer plano: se toma como base para la división de la democracia burguesa precisamente la cuestión de la insurrección. Con quienes están por la insurrección, el proletariado «golpea junto», aunque «marche por separado»; contra quienes están en contra de la insurrección, luchamos sin piedad, o los rechazamos como despreciables hipócritas y jesuitas (los kadetes). En toda la agitación colocamos entonces en primer lugar la crítica y el desenmascaramiento de las ilusiones constitucionales desde el punto de vista de la guerra civil abierta, destacamos las circunstancias y condiciones que preparan de manera constante las explosiones revolucionarias espontáneas. Reconocemos entonces a la Duma no como un parlamento, sino como una oficina policial, y rechazamos toda participación en las elecciones comediánticas, por considerarlas corruptoras y desorganizadoras del proletariado. Ponemos entonces como base de la organización del partido de la clase obrera (como Marx la ponía en 1849) una «fuerte organización secreta», que debe tener un aparato especial de «actuaciones públicas», introducir tentáculos especiales en todas las sociedades e instituciones legales, desde los sindicatos obreros hasta la prensa ajustada a la ley. En pocas palabras: o debemos reconocer que la revolución democrática ha terminado, retirar del orden del día la cuestión de la insurrección y emprender el camino «constitucional». O reconocemos que la revolución democrática continúa, ponemos en primer plano la tarea de culminarla, desarrollamos y aplicamos de hecho la consigna de la insurrección, proclamamos la guerra civil y estigmatizamos despiadadamente todas las ilusiones constitucionales.

Apenas necesitamos declarar a los lectores que nos pronunciamos resueltamente por esta última solución de la cuestión que se alza ante nuestro partido. La plataforma táctica que se adjunta debe resumir y exponer de manera sistemática nuestras concepciones, que defenderemos en el congreso y durante todo el trabajo de preparación del congreso. Esta plataforma no debe ser considerada como algo acabado, sino como un esquema para el esclarecimiento de las cuestiones tácticas y un primer esbozo de las resoluciones y acuerdos que defenderemos en el congreso del partido. Esta plataforma fue discutida en reuniones privadas de partidarios de las ideas de los antiguos «bolcheviques» (entre ellos, los redactores y colaboradores de «Proletari») y es fruto de un trabajo colectivo.

«Izvestia del Partido» n.º 2, 20 de marzo de 1906. Firmado: Bolchevique