Colocado en las condiciones de una empresa ilegal, nuestro periódico se ve privado de la posibilidad de seguir de manera medianamente regular a los órganos socialdemócratas que aparecen en Rusia en otros idiomas además del ruso. Sin embargo, sin una comunicación estrecha y constante entre los socialdemócratas de todas las nacionalidades de Rusia, nuestro partido no puede llegar a ser verdaderamente de toda Rusia.

Por eso nos dirigimos con una solicitud convincente a todos los camaradas que conocen el letón, el finés, el polaco, el hebreo, el armenio, el georgiano y otros idiomas y que reciben periódicos socialdemócratas en estas lenguas, para que nos ayuden a informar a los lectores rusos sobre el estado del movimiento socialdemócrata y sobre las concepciones tácticas de los socialdemócratas no rusos. La ayuda puede expresarse no solo en el suministro de reseñas de la literatura socialdemócrata sobre una cuestión determinada (como los artículos publicados en *Proletari* sobre la polémica de los s.d. polacos con el P.P.S. y sobre las concepciones de los letones acerca de la lucha de guerrillas{111}), sino también en el envío de traducciones de artículos sueltos o, incluso, de los pasajes más destacados de uno u otro artículo.

Hace poco, un camarada nos envió la traducción de un artículo: «Plataforma de la campaña electoral», publicado con la firma M. en el número 208 (del 16 de noviembre) del órgano del Bund, *Volkszeitung*{112}. No tenemos datos para juzgar hasta qué punto expresa este artículo las concepciones de toda la redacción, pero, en todo caso, refleja ciertas corrientes entre los socialdemócratas hebreos. Y los socialdemócratas rusos, acostumbrados al planteamiento de la cuestión solo de manera bolchevique o menchevique, necesitan conocer tales corrientes. He aquí la traducción de este artículo:

«La energía y la influencia que nuestro partido puede desarrollar durante las elecciones dependen, ante todo, de la claridad y la precisión de nuestra posición y de nuestras consignas. Ante nosotros se alzan importantes cuestiones estatales y sociales, y nuestra tarea consiste en plantear estas cuestiones de manera tan clara y precisa que la respuesta a ellas solo pueda ser una, y que sea precisamente la nuestra. Si nuestra posición no es suficientemente precisa, de nada servirán los más perfeccionados aparatos organizativos. La importancia de la plataforma de la campaña electoral se determina enteramente por la claridad de nuestra posición.

El VII Congreso del Bund definió en sus rasgos generales nuestra táctica. Esta consiste en lo siguiente: la disolución de la Duma mostró claramente a las amplias capas de la población que no hay posibilidad alguna de obtener por vía pacífica la tierra y la libertad, y que la única salida es la insurrección armada. Esto no significa en absoluto que las elecciones a la nueva Duma sustituyan la táctica revolucionaria por una pacífico-constitucional, ya que estas elecciones se llevan a cabo con la conciencia de la necesidad de la táctica revolucionaria; el elector exigirá a su diputado que convierta la Duma en un órgano revolucionario de las masas populares. Nuestra tarea durante las elecciones consiste en esclarecer a los electores esta situación, que exige la conversión de las propias elecciones en una arena de lucha para la movilización de las masas populares revolucionarias.

Durante el período de sesiones de la Duma, y más aún con su disolución, el país ha dado un gran paso adelante en el desarrollo de su conciencia política, gracias a lo cual los partidos revolucionarios cuentan con tener éxito en las elecciones. En las primeras elecciones, el elector pequeñoburgués dio su voto al kadete, expresando con ello su ardiente protesta contra las acciones bestiales del gobierno. Sin haber abandonado aún las ilusiones constitucionales, este elector estaba seguro de que los k.-d. le conseguirían la tierra y la libertad. La táctica de la Duma destrozó estas ilusiones y lo convenció de que la tierra y la libertad solo se pueden conseguir mediante la lucha, y de ningún modo por vía pacífica. Ante el elector se planteó la cuestión de cómo luchar y quiénes son capaces para esa lucha: los kadetes con su parlamentarismo diplomático y, en el mejor de los casos, con su arma de la "resistencia pasiva", o los partidos revolucionarios con su táctica de lucha. Está claro que, cuando ante los electores se alza la cuestión de cómo alcanzar la libertad real, ellos reconocerán como capaces para esa lucha a los partidos revolucionarios y no a los constitucionales.

Los kadetes han comprendido esto, y hacen lo imposible por desdeñar todas las lecciones que la vida les ha dado; se esfuerzan por debilitar el progreso de la conciencia política del país hasta el grado en que esa conciencia se encontraba en vísperas de las primeras elecciones. "¡Ni un paso adelante!", gritan, "olvidad lo que os ha enseñado la historia"; la tarea de las nuevas elecciones, escriben, consiste en crear las condiciones políticas en las que trabajó la primera Duma. El pueblo debe enviar a la Duma la misma mayoría de la Duma anterior, con lo cual conducirá la situación política del país al momento en que la única salida era un ministerio responsable de la mayoría de la Duma (*Rech* nº 189). "Si Rusia necesita una constitución real –dice *Rech* en el número 196– y una representación popular real, entonces el pueblo enviará a la Duma a los representantes que repetirán lo que la primera Duma expresó en su discurso de contestación al del trono, y que retomarán lo que no se le dejó hacer a la primera Duma". Involuntariamente surge la pregunta, ¿qué pasará si a la segunda Duma tampoco la "dejan" hacer lo que la primera Duma pensaba hacer? A esta pregunta los k.-d. responden que "el gobierno tendrá que ceder ante la voluntad firme, pacífica y legalmente expresada de los electores" (*Rech* nº 195). Los kadetes comprenden perfectamente que su fuerza se asienta sobre el terreno de las ilusiones constitucionales, y por eso se esfuerzan con todas sus fuerzas por inculcar a los electores aquella opinión que predominaba en vísperas de las primeras elecciones, y por implantar la fe en la fuerza omnipotente de la "voluntad firme, pacífica y legalmente expresada de los electores". La fuerza de los partidos revolucionarios no consiste en la fe de los electores "en la fuerza omnipotente de la voluntad firme, pacífica y legalmente expresada de los electores", sino, justamente, en lo contrario: en su desconfianza hacia esa fuerza, en su clara comprensión de la necesidad de la lucha revolucionaria.

Nuestra tarea, por consiguiente, con respecto al elector, consiste en plantearle de la forma más categórica la cuestión: ¿desea acaso que la mayoría de la futura Duma siga siendo la misma, con su táctica flexible, incapaz de conseguir nada en absoluto; desea acaso que la futura Duma se limite a "repetir" lo que dijo la primera, o bien no debe limitarse a palabrería vacía y ha de recurrir a medios de lucha más efectivos? ¿Debe la nueva Duma "conducir a aquella situación política" del momento de junio y julio, que a ningún resultado condujo, o bien debe dar un paso adelante por el camino de la victoria real del pueblo?

Esta cuestión debe servir de plataforma para nuestra lucha electoral. Es necesario crear en torno al partido kadete una atmósfera de la mayor desconfianza en su capacidad para conseguir la tierra y la libertad; es necesaria una crítica enérgica y despiadada de ese modo de lucha, la resistencia pasiva, que ellos han inventado en Helsingfors, y revelar ante el pueblo toda la impotencia, toda la inconsistencia de sus métodos de lucha.

Solo bajo esta condición necesaria, el período de la segunda Duma dará un paso adelante en comparación con el período de la primera Duma.»

Leyendo atentamente este artículo, vemos en él un reflejo bastante exacto de las concepciones de la delegación del Bund en la última Conferencia de toda Rusia del POSDR. Como se sabe, esta delegación votó, por un lado, junto con los mencheviques, a favor de la admisión de bloques con los k.-d., y, por otro lado, junto con los bolcheviques, a favor de la corrección radical del «proyecto de plataforma electoral» del CC (adición de la consigna de república, mención de la insurrección, caracterización precisa de los partidos, enmienda en el sentido de una aclaración más definida de la esencia clasista del partido socialdemócrata, etc.: véase la resolución de la conferencia sobre las «enmiendas» a la plataforma en el nº 8 de *Proletari*{113}).

El artículo del camarada M. que hemos citado parece un artículo tan bolchevique precisamente porque vemos aquí solo la mano izquierda del Bund; la diestra se oculta en los artículos que defienden los bloques con los k.-d.

En todo caso, los bundistas no contemplan los bloques con los k.-d. a la manera menchevique. En su ejemplo se justifica de manera particularmente nítida el conocido adagio: *Si duo faciunt idem, non est idem*: «cuando dos hacen lo mismo, eso ya no es lo mismo». Entre esos dos hay una diferencia determinada, y esta diferencia no puede dejar de manifestarse en su modo de hacer lo mismo, en sus procedimientos, en el resultado de su «hacer lo mismo», etc. Los bloques con los k.-d. en los mencheviques y los bloques con los k.-d. en los bundistas no son lo mismo. En los mencheviques, los bloques con los k.-d. armonizan plenamente con su táctica general; en los bundistas no armonizan. Y de ahí resulta que artículos como el citado ponen al descubierto con particular nitidez la inconsecuencia, la inconsistencia de los bundistas, que ayer practicaban el boicot y hoy justifican el boicot a la Duma de Witte y, al mismo tiempo, reconocen la admisibilidad de los bloques con los k.-d. En los mencheviques, los bloques con los k.-d. aparecen de manera natural y no forzada como bloques ideológicos. En los bundistas, estos bloques están destinados al papel de bloques meramente «técnicos».

Pero la política tiene su propia lógica objetiva, independiente de los designios de tales o cuales personas o partidos. El bundista supone que el bloque será solo técnico, pero las fuerzas políticas de todo el país se disponen de tal modo que resulta un bloque ideológico. Después de los entusiasmos kadetes provocados por la decisión menchevique de la conferencia, después de la famosa carta herostrática de Plejánov en *Továrishch* sobre la «Duma con plenos poderes», difícilmente hay necesidad de demostrar esto.

Reflexionen bien sobre la afirmación del autor del artículo: «Los kadetes comprenden perfectamente que su fuerza se asienta sobre el terreno de las ilusiones constitucionales, y por eso se esfuerzan con todas sus fuerzas por inculcar a los electores» esas ilusiones.

«La fuerza de los kadetes se asienta sobre el terreno de las ilusiones constitucionales»… ¿Es correcto esto y qué significa en realidad? Si esto no es correcto, si la fuerza de los kadetes se basa en que son los representantes destacados de la democracia burguesa en la revolución burguesa rusa, entonces es correcta la línea táctica general del menchevismo, o de la s.d. del ala derecha. Si esto es correcto, si la fuerza de los k.-d. no está en la fuerza de la democracia burguesa, sino en la fuerza de las ilusiones del pueblo, entonces es correcta la línea táctica general del bolchevismo, o de la s.d. del ala izquierda.

En la revolución burguesa, la socialdemocracia no puede dejar de apoyar a la democracia burguesa: tal es la tesis fundamental de Plejánov y los suyos; y de esta tesis, de manera directa e inmediata, sacan la conclusión del apoyo a los k.-d. Pero nosotros decimos: la premisa es correcta, pero la conclusión no vale en absoluto, pues hay que analizar además qué partidos o corrientes expresan en el momento actual una fuerza de la democracia burguesa realmente capaz de luchar. Tanto los k.-d., como los trudoviques, como los socialistas revolucionarios, todos ellos son «democracia burguesa» desde el punto de vista del análisis marxista, es decir, el único científico. La «fuerza» de los k.-d. no es la fuerza combativa de la masa popular burguesa (el campesinado, la pequeña burguesía urbana), no es la fuerza económica y monetaria de la clase de los terratenientes (los centurias negras) ni de la clase de los capitalistas (los octubristas): es la «fuerza» de la intelectualidad burguesa, la cual no es una clase económica independiente y no representa, por lo tanto, ninguna fuerza política autónoma; es, por consiguiente, una «fuerza» usurpada, dependiente de la influencia de la intelectualidad burguesa sobre otras clases, en la medida en que estas no han logrado aún elaborar una clara ideología política independiente, en la medida en que se subordinan a la dirección ideológica de la intelectualidad burguesa; es, ante todo, la «fuerza» de aquellas opiniones erróneas sobre la esencia de la democracia y sobre el método de lucha por ella, opiniones que son difundidas y cultivadas en la masa burguesa del pueblo por la intelectualidad burguesa.

Negar esto significa dejarse seducir con infantil ingenuidad por el sonido de las palabras: «partido de la libertad del pueblo», significa cerrar los ojos ante los hechos archiconocidos de que detrás de los kadetes no está ni la masa ni las magnitudes decisivas de los elementos terrateniente y capitalista.

Reconocer esto significa reconocer como tarea del día para el partido obrero la lucha contra la influencia de los k.-d. sobre el pueblo; reconocer esta lucha no porque soñemos con una revolución burguesa sin la democracia burguesa (absurdo que nos atribuyen los s.d. del ala derecha), sino porque los k.-d. impiden que la fuerza real de la democracia burguesa se despliegue y se manifieste.

En el partido k.-d. entra una minoría de los terratenientes de Rusia (la masa de los terratenientes es centurianegrista), una minoría de los capitalistas (su masa son los octubristas). En él entra la mayoría, la masa, solo de la intelectualidad burguesa. De ahí la espectacularidad, que seduce a los infantes políticos y a los ancianos políticamente debilitados, de la política de los k.-d., su ruido, su estruendo, el triunfo de sus éxitos baratos, su dominio en el periodismo liberal, en la ciencia burguesa, etc. Y de ahí también el carácter inflado de este partido, que corrompe al pueblo con la prédica traicionera del acuerdo con la monarquía, pero no tiene fuerza alguna para obtener en la práctica ningún tipo de acuerdo.

Los k.-d. no son la democracia burguesa, sino la personificación de la traición a la democracia por parte de la burguesía, de la misma manera que los, digamos, radicales-socialistas franceses o los social-liberales alemanes no son socialistas intelectuales, sino la personificación de la traición al socialismo por parte de la intelectualidad. Por eso, el apoyo a la democracia burguesa exige desenmascarar todo el carácter inflado del cuasidemocratismo de los kadetes.

Por eso, el mayor daño a la revolución y a la causa de la clase obrera lo causan los plejanovistas, que nos gritan incesantemente: ¡hay que luchar contra la reacción, no contra los kadetes!

¡Amables camaradas! Precisamente en eso consiste vuestra falta de entendimiento, en que no comprenden el significado de nuestra lucha contra los k.-d. ¿Cuál es el quid y la esencia de esta lucha? ¿Acaso está en que los k.-d. son burgueses? Por supuesto que no. Está en que los k.-d. son charlatanes vacíos sobre la democracia, traidores a la democracia que lucha.

Ahora bien: ¿influyen los k.-d. sobre la masa del pueblo, sobre la masa democrático-burguesa del pueblo? Naturalmente, y de manera sumamente amplia, mediante una masa de periódicos, etc. Pues bien, mírenlo ustedes: ¿se puede llamar a la masa democrático-burguesa del pueblo a luchar contra la reacción sin desenmascarar a los actuales jefes ideológicos de esta masa, que perjudican la causa de la democracia burguesa? No se puede, amables camaradas.

Luchar contra la reacción significa, ante todo, separar ideológicamente a las masas de la reacción. Pero la fuerza y la vitalidad de la influencia ideológica de la «reacción» sobre las masas no reside, en absoluto, en la influencia centurianegrista, sino precisamente en la influencia kadete. Esto no es una paradoja. El centurianegrista es un enemigo abierto y tosco, que puede quemar, matar, devastar, pero no puede convencer ni siquiera al mujik ignorante. Mientras que el kadete convence tanto al mujik como al pequeño burgués, ¿y de qué los convence? De que el monarca es irresponsable, de que es posible por vía pacífica (es decir, dejando el poder en manos de la monarquía) alcanzar la libertad, de que el rescate, amañado por los terratenientes, es la forma más ventajosa para los campesinos de entregarles la tierra, etc., etc.

Por eso, es imposible convencer de la necesidad de una lucha seria ni al mujik ingenuo ni al pequeño burgués ingenuo, sin socavar la influencia de la fraseología kadete, de la ideología kadete, sobre ellos. Y quien dice: «hay que luchar contra la reacción, no contra los k.-d.», no comprende las tareas ideológicas de la lucha, reduce la esencia de la lucha no a la convicción de las masas, sino a la acción física, entiende la lucha de manera vulgar: como que a la reacción «hay que darle», y al kadete «no vale la pena darle».

Por supuesto, a quien golpearemos con las armas en la mano, por ahora, no será al kadete, ni siquiera al octubrista, sino únicamente al gobierno y a sus servidores directos, y cuando realmente los derrotemos, el kadete se desvivirá por dinero a favor de la democracia republicana, de la misma manera que ahora se desvive (por el día 20 del profesor o por los honorarios del abogado) a favor de la democracia monárquica. Pero para derrotar de verdad a la reacción, es necesario liberar a las masas de la influencia ideológica de los kadetes, que presentan falsamente a esas masas las tareas y la esencia de la lucha contra la reacción.

Volvamos a los bundistas. ¿Acaso pueden no ver ahora que los bloques «técnicos» con los k.-d. admitidos por ellos se han convertido ya de hecho en un poderoso instrumento de fortalecimiento de la confianza en los k.-d. (y no de creación de una atmósfera de desconfianza) en las masas populares? Solo los ciegos pueden no verlo. El bloque ideológico de todos los mencheviques s.d., incluidos los bundistas, con los k.-d. es un hecho, mientras que artículos como el del camarada M. son sueños buenos, pero inocentes, platónicos.

*Proletari* nº 10, 20 de diciembre de 1906.

Se publica según el texto del periódico *Proletari*