Hemos aclarado ya más de una vez que la lucha de la autocracia contra la revolución proletario-campesina se abate inevitablemente también sobre la oposición liberal. Si el proletariado calla, el gobierno de los pogromistas no dejará escapar, por supuesto, la ocasión de estrangular también al kadete. Ahora estrangula al renovador pacífico. Ahora mira incluso al octubrista sin particular benevolencia. Y si gracias a la justicia marcial enmudecieran temporalmente el tableteo de las browning y de las bombas, y el clásico «¡arriba las manos!» dejara de resonar, esto no garantizaría en absoluto, por cierto, que el kadete y el renovador pacífico alcancen al fin el ansiado sosiego de la lucha legal, constitucional.

Podía parecer que, como resultado de la furiosa reacción, los círculos dirigentes de la oposición liberal se verían desplazados muy a la izquierda. La disolución de la Duma socavó de raíz las ilusiones constitucionales. No hay ningún colaborador de «Tovarisch» o de «Correo de la Capital»{38} que no comprenda esto ahora. La ruina de la prensa kadete (toda la provincial y una parte considerable de la de la capital), la prohibición del congreso, la denegación de la legalización del partido, la entrega a los tribunales de todos los firmantes del llamamiento de Víborg{39}, debían, al parecer, obligar a los kadetes a abandonar el punto de vista de la organización de la opinión pública y a situarse, por fin, en el punto de vista de la organización de las fuerzas sociales. Y, más aún, parecía que si a los jefes kadetes no les alcanzaba la heroica decisión de retirarse orgullosamente a la clandestinidad, el ejército abandonaría allí mismo, sobre el terreno, a esos jefes.

El congreso kadete ha mostrado que estos cálculos son equivocados. Por ahora, en todo caso. El congreso sancionó, aunque no del todo de buen grado, es verdad, ese «paso en el lugar» o, mejor dicho, «ni un paso del lugar» que le propuso el Comité Central. El congreso aprobó una resolución sobre la organización de las fuerzas sociales, pero una resolución completamente platónica, que decididamente no obliga a nada a nadie, que ni siquiera señala la tarea para la cual y en la cual pueden y deben organizarse esas fuerzas. El congreso aprobó —es cierto que por una mayoría relativamente insignificante— el famoso punto 4 de la resolución táctica, que proclama la resistencia pasiva del partido a esa resistencia pasiva que crece espontáneamente en las bases populares y que recomienda el llamamiento de Víborg. El congreso terminó como congreso de un «partido de la Libertad Popular» único e indiviso.

Y así, indudablemente, tenía que ser. Aún no ha sonado la hora de la escisión del partido kadete. Si las contradicciones de clase ya han logrado encuadrar sin retorno en los marcos de la contrarrevolución manifiesta a amplias capas de la gran burguesía, no han logrado aún descomponer en medida suficiente a las amplias capas de esa mediana y pequeña burguesía que votó por los kadetes en las elecciones. No hay, por ahora, indicios objetivos de que la provincia pequeño-burguesa haya sido presa, ante la revolución, de ese miedo burgués que ya domina por entero a los «humanistas verdugos» al estilo de Guchkov.

Esta descomposición avanza con rapidez. Y los propios jefes kadetes no están seguros, naturalmente, de que el abigarrado bloque de la «Libertad Popular» creado por ellos resista la prueba de la lucha sociopolítica que se agudiza.

En la revolución rusa existe, sin duda, ese límite fatal más allá del cual la escisión de este bloque será decididamente inevitable. Será alcanzado y rebasado cuando el torbellino de la insurrección proletario-campesina arrastre consigo, sin retorno, a las más amplias capas de la pequeña y, en parte, de la mediana burguesía urbana. Entonces, pero sólo entonces, del enorme bloque kadete quedará realmente sólo esa burguesía media propietaria a la que indudablemente está destinado por su naturaleza compartir al fin y al cabo con el señor Guchkov su miedo burgués. Entonces se disipará ese fantasma de la revolución nacional que aún es tan fuerte ahora y que impide a muchos valorar como es debido el papel creador, verdaderamente gigantesco, de las contradicciones de clase en la revolución rusa. En ese límite, un enorme partido político basado en la organización de la opinión pública se convertirá en un anacronismo caduco hace tiempo, y todos los elementos de un movimiento verdaderamente de masas, tanto por la derecha como por la izquierda, asignarán a la fuerza, a la fuerza material pura, ese gran papel no sólo destructivo, sino también creador, sin el cual es impensable, desde luego, la culminación real de la revolución. Pero allí donde la fuerza material entra en sus derechos supremos, no hay lugar para la hegemonía kadete-burguesa. De esto da testimonio todo el pasado de nuestra lucha; no hace falta ser profeta para predecir sin error que lo mismo ocurrirá si estamos llamados a vivir un nuevo ascenso de la revolución. La figura del kadete es la de un partícipe «legal» en el reparto del botín de la revolución, pero nada más.

Y he aquí por qué tenían objetivamente razón aquellos jefes kadetes que proponían reconocer el llamamiento de Víborg simplemente como un error de entusiasmo, en la medida en que dicho llamamiento llama directamente a la táctica de la resistencia pasiva. Porque, con la tensión actual de la lucha, no hay ni puede haber una resistencia pasiva de masas que no se transforme directamente en ofensiva activa. El señor Struve tiene toda la razón cuando dice que ese método cultural de lucha (contrapuesto, véase usted, al método puramente revolucionario, ofensivo) resulta adecuado sólo frente a un gobierno cultural, constitucional. ¿Quién dudará ni por un minuto de que la banda de Stolypin pondrá en marcha sus expediciones punitivas ante los primeros síntomas de impago masivo de impuestos y de negativa masiva a entregar reclutas? ¿Y quién detendrá entonces a la población en el paso a la defensa, a la ofensiva activa con las armas en la mano?

Incluso en el momento mismo de su firma, en su interpretación puramente kadete, el llamamiento de Víborg era, en el mejor de los casos, una amenaza dirigida al gobierno con ese paso, y en absoluto una consigna práctica. Y los señores Miliukov y Struve no son en modo alguno responsables, en este caso, de la ingenuidad política de esos kadetes provinciales que tomaron este llamamiento por una consigna práctica. La suerte corrida por el llamamiento en provincias lo atestigua. La prensa aterrorizada habló muy poco y muy sordamente de esa suerte, pero lo que dijo muestra, nos parece, que el partido de la «Libertad Popular», como partido, practicó con ahínco respecto al propio llamamiento el principio de resistencia pasiva proclamado por éste. Siendo esto así, el congreso no podía sino consolidar esta postura de los kadetes. La minoría del congreso, que había protestado contra esta consolidación, se rindió al fin y al cabo y permaneció en el partido.

Y del interior del país llegan cada día noticias de que la idea de la resistencia pasiva ha encontrado eco entre las masas populares. El impago de impuestos, la negativa a entregar reclutas, el boicot a las autoridades empiezan a convertirse realmente en consigna práctica. Nadie cierra los ojos ante las enormes lagunas organizativas en medio de las cuales crece este movimiento. Nadie discute lo inevitable de su carácter caótico. Pero ese caos crea orden —el orden de la revolución, esa fase superior de las explosiones populares caóticas, espontáneas. El odio que hierve ahora en las masas populares bajo la gigantesca presión de la constitución marcial no puede por menos de estallar y, en efecto, estalla aquí y allá en destellos de lucha armada abierta. No tenemos datos sobre cuya base pueda predecirse sin error que en el momento del reclutamiento y de la recaudación de impuestos estallará una insurrección popular general, aunque sólo sea en forma de resistencia puramente pasiva, pero lo que es inevitable es que habrá manifestaciones de esta lucha. Y los kadetes, oportunamente, se apartan a un lado. «La conciencia no permite sancionar este peligroso experimento», declaró el congreso kadete por boca de la señora Tyrkova, miembro del Comité Central del partido.

Pero la referencia a la conciencia no cambia, por supuesto, la cuestión. Aunque los acontecimientos que se avecinan hablaran con precisión matemática del próximo triunfo de la revolución popular, los círculos dirigentes de los kadetes no tratarían el asunto de otra manera. Todo el pasado del partido kadete es garantía de ello, y las negociaciones con los pogromistas acerca de las carteras ministeriales fueron el punto culminante en la historia del partido kadete; fueron para él, objetivamente, incomparablemente más características que la Proclama de Vyborg. Y uno de los representantes más autorizados del partido, el profesor Gredeskul, nos lo testimonia de la manera más definida (“Rech” Nº 180){40}: “Vivíamos con nuestro pueblo —dice—, compartíamos sus impetuosos impulsos”. Pero aquel fue un tiempo de “juventud impetuosa y ardiente”; ahora ha llegado el tiempo de la “madurez tenaz y perseverante”. Y el paladión de esta madurez es la campaña electoral, con el mensaje de respuesta de la Duma al discurso del trono como plataforma.

De los “impetuosos impulsos” el partido kadete jamás participó junto al pueblo ni podía participar, el honorable profesor simplemente lo soltó por el efectismo. Pero el partido kadete, en la persona de su congreso, tampoco giró a la derecha. Se quedó en su sitio. Sigue teniendo la intención de participar en la crisis revolucionaria que se está viviendo sólo en la medida en que ésta pueda degenerar en una crisis puramente parlamentaria.

No podemos sino saludar la nitidez, la claridad que el congreso ha dado a sus resoluciones en este sentido. Por supuesto, debe decepcionar profundamente a quienes veían en la Proclama de Vyborg el “inicio del viraje a la izquierda” de los kadetes y un brillante indicio del carácter nacional que iba adquiriendo la revolución rusa.

Al declarar que concibe la revolución únicamente como lucha parlamentaria, el congreso ha planteado con toda crudeza ante las amplias masas de la democracia la cuestión de la lucha abierta por el poder. Todo el curso de la revolución rusa indica que la democracia responderá a esta cuestión de un modo no kadete. Y la socialdemocracia debe prepararse para que, en el momento de esa respuesta, los pobres de la ciudad y del campo encuentren precisamente en ella, en la socialdemocracia, a su hegemón natural en el período de la revolución.

“Proletari” Nº 6, 29 de octubre de 1906.

Se publica según el texto del periódico “Proletari”