Los períodos contrarrevolucionarios se caracterizan, entre otras cosas, por la difusión de ideas contrarrevolucionarias no sólo en forma burda y directa, sino también en una más sutil, precisamente en forma de un crecimiento del estado de ánimo pequeñoburgués dentro de los partidos revolucionarios. Bajo esta última denominación, el camarada Mártov, en su nuevo folleto «Los partidos políticos en Rusia», agrupa a los partidos socialdemócrata y socialista revolucionario. Esperamos volver en otra ocasión sobre el interesante folleto de Mártov, quien critica a los kadetes con una franqueza y precisión inusuales en la literatura menchevique, pero al mismo tiempo ofrece una clasificación completamente errónea, no marxista, de nuestros partidos políticos y pone de manifiesto el error fundamental del menchevismo, al clasificar a los partidos del tipo de los octubristas como partidos de «centro».

Pero esto es de pasada. En el presente, nos interesan algunas otras novedades en la literatura socialdemócrata y socialista revolucionaria. Nos proponemos señalar las manifestaciones más notables, o mejor dicho, los reflejos de los estados de ánimo contrarrevolucionarios en este medio. Después de la derrota del levantamiento de diciembre, la expresión más importante de los estados de ánimo contrarrevolucionarios en la democracia fue el giro de los kadetes, que arrojaron por la borda la consigna de la asamblea constituyente y difamaron y cubrieron de lodo, en las páginas de «Estrella Polar»{41} y otras publicaciones similares, a los participantes e ideólogos del levantamiento armado. Tras la disolución de la Duma y el fracaso de los movimientos populares de julio{42}, la novedad en materia de estados de ánimo contrarrevolucionarios en la democracia fue la separación definitiva de su ala derecha de los eseristas, la formación del partido semicadete, «socialista popular». Después del primer y gran ascenso, en octubre-diciembre, los kadetes se desprendieron de la democracia combativa y militante. Después del segundo, pequeño ascenso, en mayo-junio, comenzaron a desprenderse de ella los socialistas populares.

En el n.º 4 de «Proletari» esbozamos los rasgos fundamentales de la fisonomía ideológico-política de estos socialistas populares[6]. Desde entonces, han logrado presentarse de manera plenamente formal, han publicado el programa del partido «laborista (socialista popular)» —una refección del programa eserista de revolucionario a oportunista, pequeñoburgués-legal—, han publicado la composición del comité organizador del nuevo partido. Es cierto que entre los 17 miembros de este comité organizador (Sres. Ánnenski, Elpátievski, Miakotin, Peshejónov y otros) figura tan solo un exdiputado de la Duma del «Grupo Laborista», el Sr. Kriúkov, profesor de una escuela técnica y publicista-escritor. ¡Ni un solo nombre más o menos notable de los auténticos «laboristas» figura entre los fundadores del nuevo partido laborista! No es de extrañar que algunos llamen a los socialistas populares laboristas impostores. No es de extrañar que ya hayan aparecido noticias en los periódicos sobre otros partidos laboristas. «Tovarisch» informaba que el Sr. Sedélnikov, quien es, por supuesto, un «laborista» mucho más prominente y conocido por el pueblo por su actividad en la Duma que el completamente desconocido Sr. Kriúkov, funda el partido popular laborista. En una concurrida reunión, que relataba «Tovarisch», el Sr. Sedélnikov defendió franca y directamente sus ideas, sin pretender el nombre de socialista y enarbolando la bandera de la «monarquía democrática». La franqueza y sinceridad del laborista proveniente del pueblo provocó, según la misma información, la mayor ira del laborista proveniente del periodismo, el Sr. Miakotin, quien defendía en su réplica los puntos de vista de los socialistas populares.

Los detalles de esta disputa familiar no nos interesan. Nos importa señalar solo las distintas manifestaciones de las tendencias oportunistas entre los eseristas de ayer y algunos «laboristas». El Sr. Peshejónov «progresa» en este sentido (entre los eseristas hay «innovadores-progresistas» mucho más audaces que entre nosotros) más que todos. En el número de septiembre de «Riqueza Rusa»{43}, sigue avanzando cada vez más por su camino de los revolucionarios a los kadetes. Se esfuerza por borrar la diferencia entre el revolucionario «tomar» y el kadete «recibir». Habiendo «demostrado» en agosto que no se puede tomar ni toda la libertad, ni toda la tierra, «demuestra» ahora que no se puede «tomar la libertad desde abajo». Ce n’est que le premier pas qui coûte[7], o en ruso: la primera copita es un palo, la segunda un halcón, y las demás pajarillos. El publicista neokadete fustiga en las páginas de una revista legal la idea del levantamiento armado, la idea del gobierno revolucionario provisional, sin llamar, por supuesto, a las cosas directamente por su nombre, sin citar íntegramente el manifiesto de los partidos revolucionarios que «refuta», tergiversando y simplificando a su antojo las ideas de quienes en la prensa ilegal defendieron la idea del levantamiento, la idea del gobierno revolucionario provisional. ¡Y en efecto, para algo habrán legalizado los Sres. socialistas populares su partido! ¡Por supuesto, no lo legalizaron para defender la idea del levantamiento, sino para refutarla!

En la literatura socialdemócrata, una novedad importante en materia de reflejo de los estados de ánimo contrarrevolucionarios fue el semanario moscovita «Nuestra Causa»{44}. La prensa kadete ya ha atronado todos los oídos sobre este nuevo y gran «progreso» de los mencheviques; ellos progresan, como es sabido, de revolucionarios a kadetes. «Rech» publicó un artículo especial de bienvenida, «Tovarisch» repitió con entusiasmo las ideas principales de «Nuestra Causa», «Rech» repitió las opiniones de «Tovarisch», «Tovarisch» confirmó sus puntos de vista remitiéndose a «Rech»; en una palabra, la ilustrada sociedad de los cultos traidores de la revolución rusa se sumió en una agitación inusitadamente entusiasta. «Rech» incluso averiguó de alguien que al frente de «Nuestra Causa» están destacados mencheviques, los Sres. Máslov, Cherevanín, Gróman, Valentínov.

No sabemos si es fidedigna esta información de «Rech», aunque suele alardear de estar bien informada sobre todos los asuntos mencheviques. Pero conocemos el artículo editorial de Cherevanín en el n.º 1 de «Nuestra Causa». Vale la pena citar el pasaje que alegró a los kadetes:

«Sería un absurdo y una locura que el proletariado intentara, como proponen algunos, entrar en lucha junto con el campesinado contra el gobierno y la burguesía por una asamblea constituyente plenipotenciaria y verdaderamente popular» (p. 4). «Hay que insistir en que se convoque la nueva Duma». El ministerio debe surgir de la mayoría de la Duma. «Y a más, dado que el campesinado padece hoy de una total desorganización y una terrible ignorancia, difícilmente se puede aspirar» (p. 6). Como ven, esto es cándido... hasta la santidad. El camarada Cherevanín se ha ido mucho más a la derecha, permaneciendo dentro del partido revolucionario, que el Sr. Peshejónov, quien fundó un nuevo «partido legal». El Sr. Peshejónov aún no renuncia a la consigna de la asamblea constituyente y sigue criticando la exigencia de un ministerio de la Duma por su insuficiencia.

No queriendo ofender a nuestros lectores, no refutaremos, por supuesto, la posición de Cherevanín. Él ya se ha convertido en «la comidilla» de todos los socialdemócratas sin distinción de fracciones. Pero invitamos a los lectores a reflexionar del modo más serio sobre las causas que explican esta increíblemente fácil transformación de un destacado y responsable menchevique en liberal. No es difícil condenar y rechazar la «extremidad», el «exceso» de oportunismo que salta a la vista. Es mucho más importante poner al descubierto la fuente de los errores que hacen enrojecer a un socialdemócrata. Invitamos a los lectores a reflexionar: ¿es realmente más profunda la diferencia entre Cherevanín y nuestro CC que entre Sedélnikov y Peshejónov?

El trasfondo de las aspiraciones de todo este «cuarteto» es el mismo. Gentes de tipo pequeñoburgués, filisteo, están cansadas de la revolución. Mejor una legalidad pequeña, gris, miserable, pero tranquila, que la tormentosa alternancia de impulsos revolucionarios y furia contrarrevolucionaria. Dentro de los partidos revolucionarios, esta aspiración se expresa en el deseo de transformar dichos partidos. Que el núcleo fundamental del partido sea el pequeñoburgués: «el partido debe ser de masas». ¡Abajo la ilegalidad, abajo la conspiración que estorba el «progreso» constitucional! Hay que legalizar los viejos partidos revolucionarios. Y para ello se necesita una reforma radical de sus programas en dos direcciones fundamentales: la política y la económica. Hay que eliminar la exigencia de la república y de la confiscación de la tierra, eliminar la exposición clara, nítida, intransigentemente tajante, tangible, del objetivo socialista, presentar el socialismo como una «perspectiva que se aleja en la lejanía», como lo expresó con inigualable gracejo el Sr. Peshejónov.

Diferentes representantes del «cuarteto» que hemos tomado expresan, por diversos motivos y en distinta forma, precisamente estas aspiraciones. La monarquía democrática de Sedélnikov; el «progreso» de laborista a kadete en el partido «socialista popular»; la eliminación de la lucha revolucionaria por la asamblea constituyente en Cherevanín; el congreso obrero de Akselrod y Plejánov; la consigna de «por la Duma» en nuestro CC; las disquisiciones en el n.º 1 de «Socialdemócrata», editado por el mismo Comité Central, sobre lo conservador de la conspiración y la clandestinidad, sobre lo progresivo del paso a la «revolución burguesa nacional»; todo esto son manifestaciones de una sola aspiración general básica, todo esto es una sola corriente del pequeñoburguesismo que levanta cabeza dentro de los partidos revolucionarios.

Desde el punto de vista de la legalización del partido, de su «acercamiento» a la masa, del acuerdo con los kadetes, de la aproximación a la revolución burguesa nacional, Cherevanín declaró con toda lógica un «absurdo y locura» la lucha por la asamblea constituyente. Ya en el n.º 1 de «Proletari» señalamos[8] que nuestro CC se contradice a sí mismo de manera flagrante, predicando en sus famosas «Cartas a las organizaciones del partido» (números 4 y 5) la alianza con la burguesía media, la oficialidad, etc., y enarbolando al mismo tiempo la consigna de la asamblea constituyente, inaceptable para ellos. Cherevanín es más consecuente en este sentido y razona de manera más correcta, o más honesta, más franca, que los Sres. Peshejónov o nuestro CC. El «Socialdemócrata» del CC o bien es taimado, o bien muestra una sorprendente falta de reflexión, cuando, por un lado, truena contra «las rutas que desvían al proletariado del movimiento nacional», «condenándolo al aislamiento político», y por otro lado, apoya la consigna de la asamblea constituyente y dice: «hay que prepararse para el levantamiento».

Tomemos el congreso obrero. Hace poco (6 de octubre), el periódico kadete «Tovarisch» desveló por fin el secreto de este congreso. He aquí lo que dijo, según informaciones de este periódico, «uno de los más veteranos dirigentes de la socialdemocracia, que planteó la cuestión del congreso obrero», en un informe leído días atrás: «Ellos (los miembros del "congreso obrero") pueden aceptar todo el programa socialdemócrata con algunas, tal vez, modificaciones; entonces el partido saldrá de su organización clandestina». La cosa está clara. A los más veteranos dirigentes les da reparo decir directamente que desean modificaciones en el programa del partido para que este pase a una situación legal. Bueno, digamos, eliminar la república, la asamblea constituyente y la mención de la dictadura socialista del proletariado, añadir que el partido lucha solo por medios legales (como figuraba en el programa de los socialdemócratas alemanes antes de la ley de excepción{45}), etc. «Entonces el partido saldrá de su organización clandestina», sueñan los «veteranos dirigentes»; entonces se habrá consumado el paso de la «conservadora» ilegalidad, el espíritu revolucionario, la clandestinidad, a la «progresiva» legalidad constitucional. Precisamente esta es la esencia, vergonzosamente oculta, del congreso obrero. El congreso obrero es el cloroformo que los veteranos dirigentes recetan a los socialdemócratas «conservadores» para practicarles sin dolor la operación que los Sres. Peshejónov realizaron al partido socialista revolucionario. La única diferencia es que los Sres. Peshejónov son prácticos, eficientes y saben a dónde van, mientras que de nuestros veteranos dirigentes sería un pecado decir lo mismo. No comprenden que, en la situación política actual, el congreso obrero es una vana locuacidad; cuando esta situación cambie en el sentido de un ascenso revolucionario, el congreso obrero traerá consigo de ningún modo la victoria de una legalidad filisteo-tranquilizada, a menos que la ampliación del partido socialdemócrata revolucionario no haga entonces superfluo el congreso obrero; y si la situación actual cambia en el sentido de una victoria completa y duradera de la reacción, entonces el congreso obrero podrá recortar el programa socialdemócrata hasta dimensiones que horrorizarán incluso a Akselrod.

Que la prensa kadete apoye con todas sus fuerzas la idea del congreso obrero, es perfectamente comprensible, pues capta por instinto las tendencias pequeñoburguesas y oportunistas de esta empresa. No en vano el Sr. Portugálov —kadete que se considera socialista sin partido— se entusiasma con la «sabia posición» de Akselrod, recoge sus palabras despectivas sobre el partido como «organización de círculo» («¡un círculo de 100 a 150 mil miembros, es decir, según la escala europea, de uno a un millón y medio de votos en las elecciones!»), y pregunta con aires de importancia: «¿la clase para el partido o el partido para la clase?». Responderemos a esta sesuda pregunta también con una pregunta dirigida a los escritores burgueses: ¿la cabeza para el vientre o el vientre para la cabeza?

Tomemos, por último, las disquisiciones del «Socialdemócrata» del CC. El mismo Sr. Portugálov captó acertadamente su esencia, citando un pasaje que merece celebridad no menos que la declaración de Cherevanín. «Ella (la corriente menchevique) se esforzaba por salir al encuentro de la inevitable transformación de la lucha revolucionaria clandestina de la intelectualidad, apoyada en las capas avanzadas del proletariado, en una revolución burguesa nacional». El Sr. Portugálov comenta: «No hace mucho, tales amenazas (¿errata? ¿tales ideas?) se declaraban indefectiblemente herejía de origen "demócrata-burgués". Ahora, a los "demócratas burgueses" no les queda nada que añadir a estas observaciones».

El Sr. Portugálov tiene razón. Tanto no hace mucho, como ahora, como siempre, la disquisición del editorialista de «S.-D.» se declaraba, se declara y se declarará fruto de ideas demócrata-burguesas. Piensen, en realidad, sobre esta disquisición. La lucha clandestina puede transformarse en lucha abierta; la lucha intelectualista, en popular o de masas; la lucha de las capas avanzadas de la clase, en lucha de toda la clase; pero la transformación de la lucha revolucionaria clandestina en una revolución burguesa nacional es sencillamente un galimatías. El significado real de esta disquisición es la sustitución del punto de vista del proletariado por el punto de vista de la democracia burguesa.

«Dos años de guerra civil han creado en nuestro país una revolución nacional. Es un hecho...», dice el editorialista de «S.-D.». No es un hecho, sino una frase. La guerra civil en Rusia, si tomamos esta palabra en sentido serio, no cuenta con dos años. En septiembre de 1904 no existía ninguna guerra civil. Ampliar desmesuradamente el concepto de guerra civil solo conviene a quienes ignoran las tareas especiales del partido obrero en el período de la verdadera guerra civil. La revolución rusa fue nacional mucho más antes del 17 de octubre de 1905 que ahora. Basta señalar el paso de los terratenientes al lado de la reacción. Basta recordar la formación de partidos contrarrevolucionarios del tipo de los «octubristas» y el indudable fortalecimiento de los rasgos contrarrevolucionarios en los kadetes en el verano de 1906, en comparación con los “osvobozhdentsi” del verano de 1905. Los “osvobozhdentsi” hace un año no decían ni podían decir que la revolución había terminado; Struve se situaba del lado de la revolución. Ahora, los kadetes dicen directamente que su objetivo es poner fin a la revolución.

¿A qué se reduce, pues, de hecho, esta transformación de la lucha revolucionaria clandestina en una revolución burguesa nacional? A ignorar o difuminar las contradicciones de clase, ya puestas al descubierto por el curso de la revolución rusa. A transformar al proletariado, de combatiente de vanguardia que lleva a cabo una política revolucionaria independiente, en apéndice de aquella fracción de la democracia burguesa que más visible es, que más alardea de representar las aspiraciones «nacionales». De ahí resulta comprensible por qué el liberal burgués debía decir: no nos queda nada que añadir a esto, estamos completamente de acuerdo, nosotros defendemos precisamente la transformación de la lucha proletaria en lucha nacional. Transformar en lucha nacional (o, lo que es lo mismo, en revolución nacional) significa tomar lo que hay de común entre los kadetes y otros partidos más a la izquierda, y reconocer este común como obligatorio; eliminar todo lo demás, por «condenar al proletariado al aislamiento político». Dicho de otro modo: adherirse a las reivindicaciones de los kadetes, puesto que cualesquiera otras reivindicaciones ya no serán «nacionales». De aquí se desprenden naturalmente las consignas del oportunismo socialdemócrata a medias: «por la Duma como órgano de poder que convoque la asamblea constituyente», o por la Duma como «palanca para conquistar la asamblea constituyente» (n.º 1 de «Socialdemócrata»). De aquí la consigna del oportunismo socialdemócrata consecuente: absurdo y locura luchar por la asamblea constituyente, pues la reivindicación de la asamblea constituyente «condena al proletariado al aislamiento político», rebasa los límites de la «revolución burguesa nacional», etc.

Los socialdemócratas revolucionarios debemos razonar de otra manera. En lugar de frases demasiado generales y demasiado fáciles de tergiversar en sentido burgués sobre la «revolución burguesa nacional», debemos analizar la situación concreta de clases y partidos exactamente determinados en los diferentes momentos de la revolución. En 1900 y 1901, el viejo «Iskra»{46} y «Zariá»{47} decían con pleno derecho de la socialdemocracia como portadora de las ideas de la liberación nacional, como combatiente de vanguardia que atrae a su lado a todos, hasta los líderes liberales de la nobleza. Entonces esto era verdad, pues en la política del gobierno no había nada, absolutamente nada, capaz de satisfacer al más modesto liberalismo burgués. La huelga general de octubre en toda Rusia demostró esta justeza, pues la lucha proletaria se convirtió entonces en el centro de atracción de todo liberalismo burgués, incluido el más modesto.

Después del 17 de octubre, esto cambió y debía cambiar. La burguesía liberal-monárquica (en vano el camarada Mártov la llama «liberal-democrática»{48}) debió levantarse en defensa de la monarquía y de la propiedad terrateniente, ya fuera directamente (octubristas) o indirectamente (kadetes), porque las victorias ulteriores de la revolución amenazaban seria y directamente a estas queridas instituciones. Incurren en un profundo error quienes olvidan que, con el progreso de la revolución, con el crecimiento de sus tareas, cambia también la composición de las clases y elementos del pueblo capaces de participar en la lucha por la realización de dichas tareas. El proletariado marcha a través de la revolución burguesa hacia el socialismo. Por eso, en la revolución burguesa debe levantar y atraer a la lucha revolucionaria a capas del pueblo cada vez más revolucionarias. En 1901 despertaba a los liberales de los zemstvos. Ahora su tarea principal, en virtud de las condiciones objetivas, es despertar, educar, atraer a la lucha al campesinado revolucionario, liberándolo por todos los medios de la tutela ideológica y política no solo de los kadetes puros, sino también de los laboristas del tipo Peshejónov. Si la revolución puede vencer, será exclusivamente gracias a la alianza del proletariado con el campesinado verdaderamente revolucionario y no oportunista. Si, por tanto, decimos en serio que estamos por la revolución (y no solo por la constitución), si hablamos en serio del «nuevo ascenso revolucionario», entonces debemos luchar resueltamente contra todo intento de eliminar por completo la consigna de la asamblea constituyente o de debilitarla mediante la obligatoria vinculación a la Duma (la Duma como órgano de poder que convoca la asamblea constituyente, o la Duma como palanca para conquistar la asamblea constituyente, etc.), mediante la reducción de las tareas del proletariado a los marcos de la revolución kadete o supuestamente nacional burguesa. De la masa campesina, solo el campesinado acomodado y medio se volverá forzosamente oportunista e incluso, más tarde, reaccionario. Pero esto es una minoría del campesinado. Los campesinos pobres, junto con el proletariado, constituyen la aplastante mayoría del pueblo, de la nación. Esta mayoría puede vencer y vencerá plenamente en la revolución burguesa, es decir, tomar toda la libertad y toda la tierra, realizar el máximo bienestar posible para los obreros y campesinos en la sociedad capitalista. Si se quiere, se puede llamar revolución burguesa nacional a tal revolución de la mayoría de la nación, pero para cualquiera está claro que el significado habitual de estas palabras es completamente distinto, que su significado real en el momento actual es un significado kadete.

Somos socialdemócratas «conservadores» en el sentido de que defendemos la vieja táctica revolucionaria. «El proletariado debe llevar hasta el fin la transformación democrática, uniendo a sí a la masa del campesinado para aplastar por la fuerza la resistencia de la autocracia y paralizar la inestabilidad de la burguesía» («Dos tácticas»)[9]. Esto fue escrito en el verano de 1905. Ahora lo que está en juego en la lucha es mayor, la tarea es más difícil, la batalla que se avecina es más aguda. Hay que paralizar la inestabilidad de toda la burguesía, incluida la intelectual, incluida también la campesina. Hay que unir al proletariado la masa de los campesinos pobres, capaces de una lucha revolucionaria decidida. No son nuestros deseos, sino las condiciones objetivas las que plantearán ante el «nuevo ascenso de la revolución» precisamente estas elevadas tareas. El proletariado consciente debe cumplir con su deber hasta el fin.

P. D. El presente artículo ya había sido entregado a la imprenta cuando leímos la carta del camarada Mártov en «Tovarisch». L. Mártov reniega de Cherevanín en la cuestión del bloque con los kadetes. Esto está muy bien. Pero es asombroso y sumamente lamentable que L. Mártov no reniegue del descubrimiento de Cherevanín: «absurdo y locura luchar por la asamblea constituyente», aunque del n.º 73 de «Tovarisch», que él cita, no podía desconocer este descubrimiento. ¿Acaso también Mártov ha progresado ya hasta Cherevanín?

«Proletari» n.º 6, 29 de octubre de 1906.

Se imprime según el texto del periódico «Proletari»