Uno de los periódicos humorísticos editados por los socialdemócratas alemanes publicó, hace alrededor de año y medio, una caricatura de Nicolás II. El zar aparecía representado en uniforme militar, con rostro sonriente. Provocaba a un mujik desgreñado con un mendrugo de pan, ora acercándoselo casi a la boca, ora retirándoselo de nuevo. El rostro del mujik desgreñado ora se iluminaba con una sonrisa de satisfacción, ora se ensombrecía con rabia cuando el mendrugo de pan, que casi había conseguido, le era arrebatado. En aquel mendrugo figuraba la inscripción: «constitución». Y la última «escena» mostraba al mujik, que había hecho acopio de todas sus fuerzas para morder un pedacito de pan, y... había arrancado de un mordisco la cabeza de Nikolái Románov{150}.

La caricatura es certera. La autocracia, en efecto, lleva ya varios años «provocando» al pueblo ruso con la constitución, a punto de concederle esa constitución «casi por completo» y, de inmediato, restablece todo el viejo despotismo, todas las arbitrariedades y desmanes policiales en una forma redoblada y peor. ¿Acaso no hace mucho que tuvimos casi el «parlamento» más democrático del mundo? ¿Acaso no hace mucho que toda la prensa discutía la cuestión del ministerio kadete como la posibilidad más cercana y real? Cuesta creer que esto ocurriera tan solo dos o tres meses atrás. Un par de decretos, manifiestos, disposiciones... y la vieja autocracia reina, la pandilla de malversadores condenados por todos, deshonrados y públicamente escupidos, de verdugos y organizadores de progromos, se burla nuevamente a sus anchas del pueblo, vuelve a aplastar, robar, golpear, amordazar y envenenar el aire con un hedor servil insoportable.

Desde el punto de vista del desarrollo de la lucha revolucionaria de todo el pueblo, este rápido cambio de breves «días de libertad» por largos meses de reacción furiosa se explica por el equilibrio de fuerzas que se estableció entre los combatientes desde el otoño del año pasado. La autocracia ya no es capaz de gobernar al pueblo, el pueblo aún no es capaz de derrocar realmente al gobierno de los progromistas. Ambos bandos en guerra se enfrentan entre sí como dos ejércitos enemigos, ora descansando temporalmente de la lucha y reuniendo fuerzas, ora lanzándose a un nuevo combate contra el odiado enemigo.

Los publicistas de la prensa kadete y de la prensa de *Nóvoe Vremia* coinciden, en esencia, en la valoración moralizante de estas oscilaciones. Tanto unos como otros condenan, lamentan las oscilaciones, la indecisión, los vaivenes del gobierno, llamándolo a la «firmeza»: unos, a la firmeza de las represiones; otros, a la firmeza en la aplicación de la constitución prometida. Tanto a unos como a otros les es ajena la comprensión de la lucha de clases, que modifica la correlación real de las fuerzas sociales.

Pero en el transcurso del desarrollo de esta lucha, es inevitable el crecimiento de la conciencia y la cohesión en las filas de la revolución y en las filas de la reacción, es inevitable el paso a formas de lucha cada vez más agudas y despiadadas. Los rápidos tránsitos de los «días de libertad» a los «meses de fusilamientos» son lo mejor adaptado para disminuir el número de pasivos e indiferentes, para arrastrar a la lucha a nuevas y nuevas capas y elementos, para desarrollar la conciencia de las masas, mostrándoles con particular relieve ora una, ora otra faceta de la autocracia mediante el ejemplo de distintos experimentos a escala de toda Rusia. Cuanto más rápidos y bruscos sean estos tránsitos, tanto más pronto la cuestión se reducirá a ese resultado final que viene inevitablemente determinado por la preponderancia de las fuerzas sociales en el lado de la libertad.

Los obreros conscientes pueden, por tanto, contemplar con toda calma el «progreso» asombrosamente rápido de la autocracia en materia de aplicación de represiones. ¡Continúen por ese camino, señores Románov, Trépov, Ignátiev y Stolypin! Cuanto más celosamente marchen por esta senda, tanto más rápido agotarán hasta el fin sus últimas reservas. ¿Amenazan ustedes con una dictadura militar, con el estado de guerra en toda Rusia? Pero de tal estado de guerra, quien más ganará, sin duda alguna, será la revolución. La dictadura militar y el estado de guerra obligarán a movilizar a nuevas masas de tropas, y, sin embargo, ya ahora las repetidas movilizaciones de las tropas más «fidedignas», las cosacas, han provocado un fuerte crecimiento de la efervescencia en las arruinadas *stanitsas* cosacas, han incrementado la «infidencia» de estas tropas. El estado de guerra cuesta dinero, y las finanzas de la autocracia se hallan ya en una situación desesperada. El estado de guerra conduce a la intensificación de la agitación entre los soldados y hace perder a la población el miedo a las formas más «terribles» de represión; Polonia y la región del Báltico lo atestiguan con elocuencia.

Dijimos que la reacción «amenaza» con la dictadura militar. Esto, hablando con propiedad, es inexacto, pues ahora, tras la implantación de los tribunales de guerra{151} en todas las gobernaturas con «periferia», es decir, en 82 de las 87 gobernaturas del imperio, resulta ridículo hablar de dictadura militar como de algo futuro. Esto ya es presente, y el cambio de nombre, el empleo de una palabra más «terrible» («dictadura» en lugar de «protección extraordinaria»), el nombramiento de un dictador no pueden añadir ya absolutamente nada a las detenciones en masa, a las deportaciones sin juicio, a las expediciones punitivas, a los registros en la calle, al fusilamiento por sentencia de los oficiales. En Rusia reina ya ahora la dictadura militar-policial. Las represiones han llegado ya a tal punto que los revolucionarios, acostumbrados a semejante «trato» desde los tiempos de Pleve, sufren por estas represiones de manera desproporcionadamente escasa, mientras que todo el peso recae sobre la población «pacífica», a la que los señores Stolypin «agitan» con un éxito digno de toda aprobación.

Las represiones invernales siguieron a una insurrección verdaderamente revolucionaria, a la que la burguesía liberal-monárquica no simpatizaba, y, no obstante, estas represiones prepararon una Duma enteramente oposicionista, de la que el mayor provecho lo extrajeron los elementos revolucionarios. Las represiones otoñales siguen a un período de «constitucionalismo» legal. No puede ser que preparen sólo una composición más izquierdista de la Duma.

La banda de progromistas siente la impotencia de las represiones y se agita en busca de apoyo. Por un lado, los intentos de entenderse con los octubristas han fracasado. Por otro lado, Pobedonóstsev y Cía. preparan la abolición total de toda «constitución». Por un lado, se abren las universidades y la prensa venal clama por la necesidad de un liberalismo firme. Por otro lado, se prohíbe incluso el congreso del partido kadete{152} (¡y bien que ayudan así los Stolypin a los kadetes!), y se persigue a la prensa como no la persiguió Durnovó. Por un lado, los tribunales de guerra. Por otro lado, un intento ampliamente concebido de pacto con la burguesía rural{153}.

El gobierno siente que su única salvación es fortalecer a la burguesía rural surgida de los mujiks, dentro de la comuna, para apoyarse en ella contra la masa campesina. Pero al objetivo al que los Guchkov se dirigirían de modo inteligente y cauteloso, al que los kadetes se aproximan con astucia y habilidad, los déspotas policiales se dirigen de manera tan tosca, estúpida y torpe, que el fracaso de toda su «campaña» parece de lo más probable. Los elementos de la burguesía campesina son poco numerosos, pero muy fuertes económicamente en el campo. El rescate de las tierras de los terratenientes y otras según el tipo de la reforma agraria kadete untaría los labios a todo el campesinado y alcanzaría magníficamente el objetivo hacia el que la autocracia «se lanza» con patas de oso, a saber: fortalecería terriblemente a la burguesía campesina, haciendo de ella un baluarte del «orden».

Pero los Románov, los Trépov, los Ignátiev y los Stolypin son demasiado estúpidos para comprender esto. Respondieron en la Duma con una brusca negativa a los campesinos en lo tocante a la tierra, y ahora ponen a la venta, a través de funcionarios, las tierras de infantazgo y del fisco. Que de esto resulte un paso efectivo de capas influyentes de la burguesía rural al lado del gobierno actual, es una gran cuestión, puesto que la jauría de funcionarios entorpecerá el asunto, robará y aceptará sobornos, como hicieron siempre los Románov y su banda. Pero que la masa campesina se «enardecerá» aún más con la noticia del rescate de las tierras de infantazgo y del fisco, es indudable. Su venta significará, en la mayoría de los casos, la elevación del pago de los campesinos, a consecuencia de la transformación del pago de arriendo en pagos de rescate. Y la elevación del pago de los campesinos por la tierra es lo mejor que el gobierno podía idear para facilitar nuestra agitación contra él. Es un medio excelente para enconar aún más a los campesinos y atraerlos al lado de nuestra consigna: rechazo total de cualquier pago por la tierra, que debe pasar íntegramente a los campesinos con la victoria de la revolución.

El gobierno ha rodeado tan torpemente sus flirteos con la burguesía campesina, en parte por la estupidez propia de todo gobierno policial, en parte a consecuencia de la extrema necesidad de dinero. Las finanzas están pésimas. Amenaza la bancarrota. En el extranjero no dan dinero. El empréstito interior no marcha. Se hace preciso colocarlo a la fuerza y a escondidas en el capital de las cajas de ahorro... a escondidas, porque los depositantes de las cajas de ahorro serían los menos inclinados a comprar ahora la renta del Estado. La inevitabilidad de la bancarrota de la moneda oro y del paso, una y otra vez, a la emisión ilimitada de papel moneda empiezan ya a barruntarla los lacayos de la autocracia.

¡Continúen con el mismo espíritu, señores Stolypin! ¡Trabajan ustedes bien para nosotros! Ustedes excitan a la población mejor de lo que nosotros podríamos hacerlo. Han llevado las represiones hasta el fin y con ello han mostrado de manera palpable a todos la necesidad de llevar también hasta el fin la intervención revolucionaria y combativa.