Escrito a mediados de julio de 1906.

Se publica según el texto del folleto.

La disolución de la Duma{119} plantea ante el partido obrero toda una serie de cuestiones de la mayor importancia. Señalemos las principales: 1) la valoración general de este acontecimiento político en el curso de nuestra revolución; 2) la definición del contenido de la lucha futura y de las consignas bajo las cuales debe llevarse a cabo; 3) la definición de la forma de esta lucha futura; 4) la elección del momento de la lucha o, más exactamente, la consideración de las circunstancias que podrían ayudar a una correcta elección del momento.

Detengámonos brevemente en estas cuestiones.

I

La disolución de la Duma ha confirmado del modo más evidente y palpable las opiniones de quienes prevenían contra el entusiasmo por la apariencia «constitucional» de la Duma y por la superficie constitucional, si se puede expresar así, de la política rusa en el segundo trimestre de 1906. Las «grandes palabras», de las que nuestros kadetes (y kadetófilos) dijeron un sinfín antes de la Duma, a propósito de la Duma y en relación con la Duma, han sido ahora desenmascaradas por la vida en toda su miseria.

Observen un hecho interesante: la Duma ha sido disuelta sobre una base estrictamente constitucional. Ninguna «disolución por la fuerza». Ninguna violación de las leyes. Al contrario, estrictamente conforme a la ley, como en cualquier «monarquía constitucional». El poder supremo ha disuelto la cámara basándose en la «Constitución». En virtud de tal o cual artículo se disuelve la presente «cámara», y por el mismo ucase (¡alegraos, leguleyos!) se convocan nuevas elecciones o se fija el plazo para la convocatoria de una nueva Duma.

Pero es aquí precisamente donde se ha manifestado de golpe el carácter fantasmal de la Constitución rusa, el carácter ficticio del parlamentarismo patrio, que los socialdemócratas del ala izquierda señalaron con tanta insistencia durante toda la primera mitad de 1906. Y ahora no son unos «bolcheviques» «estrechos y fanáticos» cualesquiera, sino los más pacíficos legalistas-liberales quienes han reconocido, han reconocido con su comportamiento, este carácter peculiar de la Constitución rusa. Lo han reconocido los kadetes al responder a la disolución de la Duma con una «huida al extranjero» en masa, a Výborg, al responder con un manifiesto que viola las leyes{120}, al responder y seguir respondiendo con los artículos del moderadísimo *Rech*, que se ve obligado a admitir que, de hecho, se trata de la restauración de la autocracia, que Suvorin deja escapar la verdad sin querer cuando escribe que duda poder vivir para ver la nueva Duma. Todas las esperanzas de los kadetes pasaron de golpe de la «Constitución» a la revolución, y ello como consecuencia de un solo acto estrictamente constitucional del poder supremo. Y apenas ayer los kadetes se jactaban en la Duma de ser el «escudo de la dinastía» y partidarios de una estricta constitucionalidad.

La lógica de la vida es más fuerte que la lógica de los manuales constitucionales. La revolución enseña.

Todo lo que escribieron los socialdemócratas «bolcheviques» sobre las victorias de los kadetes (compárese el folleto: «La victoria de los kadetes y las tareas del partido obrero», de N. Lenin)[58] se ha visto brillantemente confirmado. Toda la unilateralidad y miopía de los kadetes se ha hecho evidente. Las ilusiones constitucionales —ese espantajo por el que se reconocía al bolchevique de pura cepa— han aparecido ante los ojos de todos precisamente como ilusiones, como un fantasma, como una visión engañosa.

¡No hay Duma!, claman en salvaje y extático regocijo el *Móskovskie Védomosti*{121} y el *Grazhdanín*{122}. ¡No hay Constitución!, repiten cabizbajos los sutiles conocedores de nuestra Constitución, los kadetes, que tan hábilmente se referían a ella, que tanto saboreaban sus parágrafos. Los socialdemócratas no se regocijarán (hemos sacado lo nuestro también de la Duma), ni tampoco se desanimarán. El pueblo ha ganado —dirán— el haber perdido una de sus ilusiones.

Sí, en la persona del partido k.d. aprende todo el pueblo ruso, aprende no de un libro, sino de su propia revolución, creada por él mismo. Dijimos una vez que en la persona de los kadetes el pueblo supera sus primeras ilusiones liberadoras burguesas, y en la persona de los trudoviques superará sus últimas ilusiones liberadoras burguesas[59]. Los kadetes soñaban con liberarse de la servidumbre, de la arbitrariedad, del despotismo, del asiatismo, de la autocracia, sin derrocar al viejo poder. Los kadetes ya han fracasado en sus limitados sueños. Los trudoviques sueñan con liberar a las masas de la miseria, de la explotación del hombre por el hombre, sin destruir la economía mercantil: ellos también fracasarán, y en un futuro no lejano, si nuestra revolución llega a la victoria completa de nuestro campesinado revolucionario.

El rápido florecimiento de los kadetes, sus vertiginosas victorias en las elecciones, su triunfo en la Duma kadete, su súbito fracaso por un simple plumazo del «amado monarca» (que escupió, por así decirlo, en la cara a Ródichev, quien le declaraba su amor), todo ello son acontecimientos de seria importancia política, todo ello son etapas del desarrollo revolucionario del pueblo. El pueblo, es decir, las amplias masas de la población, aún no había alcanzado en su conjunto una conciencia revolucionaria en 1906. La conciencia de la insoportabilidad de la autocracia se había generalizado, también la conciencia de la ineptitud del gobierno de los funcionarios, y también la conciencia de la necesidad de una representación popular. Pero el pueblo aún no podía comprender y sentir la incompatibilidad del viejo poder con una representación popular dotada de poder. Para ello necesitaba, como se ha visto, una experiencia especial, la experiencia de la Duma kadete.

La Duma kadete, en su breve existencia, demostró palmariamente al pueblo toda la diferencia entre una representación popular sin poder y una con poder. Nuestra consigna, la Asamblea Constituyente (es decir, una representación popular con plenos poderes), ha resultado ser mil veces correcta, pero la vida, es decir, la revolución, ha conducido a ella por un camino más largo y enrevesado de lo que podíamos prever.

Echen una mirada general a las principales etapas de la gran revolución rusa y verán cómo el pueblo se fue acercando por experiencia, paso a paso, a la consigna de la Asamblea Constituyente. He aquí la época de la «confianza», a finales de 1904. Los liberales están en éxtasis. Ocupan todo el proscenio. Los socialdemócratas poco firmes hablan incluso de dos fuerzas principales en el momento actual: los liberales y el gobierno. Pero he aquí que el pueblo se impregna de la idea de la «confianza», el pueblo marcha «confiadamente» el 9 de enero hacia el Palacio de Invierno. La época de la «confianza» hace surgir una tercera fuerza, el proletariado, y da inicio a la más grande desconfianza del pueblo hacia el gobierno autocrático. La época de la «confianza» termina con la negativa del pueblo a creer en las palabras del gobierno sobre la «confianza».

Etapa siguiente. Se promete la Duma de Bulyguin. La confianza se confirma con hechos. Se convoca a los representantes del pueblo. Los liberales están en éxtasis, llaman a participar en las elecciones. Los profesores liberales, como corresponde a estos lacayos «ideológicos» de la burguesía, llaman a los estudiantes a estudiar y no a ocuparse de la revolución. Los socialdemócratas poco firmes ceden a los argumentos de los liberales. Entra en escena el pueblo. El proletariado, con la huelga de octubre, barre la Duma de Bulyguin y arrebata la libertad, conquista un manifiesto, un manifiesto plenamente constitucional en su forma y contenido. El pueblo se convence por experiencia de que no basta con recibir la promesa de la libertad, sino que es necesario tener la fuerza para arrebatarla.

Más adelante. El gobierno arrebata las libertades en diciembre. El proletariado se subleva. La primera insurrección es aplastada. Pero la lucha tenaz y desesperada con las armas en la mano en las calles de Moscú hace inevitable la convocatoria de la Duma. El boicot del proletariado no tiene éxito. El proletariado no tuvo la fuerza suficiente para derribar la Duma de Witte. Los kadetes la llenan. La representación popular es un hecho consumado. Los kadetes están en éxtasis. Sus gritos de júbilo no tienen número ni medida. El proletariado espera escéptico.

La Duma comienza a trabajar. El pueblo aprovecha la pequeña ampliación de las libertades diez veces más que los kadetes. La Duma kadete se ve instantáneamente a la zaga del pueblo por su estado de ánimo y su resolución. La época de la Duma kadete (mayo y junio de 1906) resulta ser la época de los mayores éxitos de los partidos situados a la izquierda de los kadetes: los trudoviques superan a los kadetes en la Duma, en las asambleas populares se critica a los kadetes por su timidez, crece la prensa socialdemócrata y eserista, se intensifica el movimiento campesino revolucionario, la efervescencia en las tropas, se reanima el proletariado, agotado por diciembre. La época del constitucionalismo kadete resulta ser una época no de movimiento kadete ni constitucional, sino revolucionario.

Este movimiento obliga a disolver la Duma. La experiencia confirma que los kadetes son solo «espuma». Su fuerza es un derivado de la fuerza de la revolución. Y a la revolución, el gobierno responde con una disolución de la Duma revolucionaria en su esencia (aunque constitucional en su forma).

El pueblo se convence por experiencia de que la representación popular es un cero si no tiene plenos poderes, si ha sido convocada por el viejo poder, si junto a ella sigue intacto el viejo poder. El curso objetivo de los acontecimientos pone ahora a la orden del día no la cuestión de tal o cual redacción de las leyes, de la Constitución, sino la cuestión del poder, del poder real. Cualesquiera leyes y cualesquiera diputados son un cero si no tienen poder. Esto es lo que la Duma kadete ha enseñado al pueblo. ¡Cantemos, pues, un réquiem por la difunta y aprovechemos bien su lección!

II

Hemos llegado así directamente a la segunda cuestión: la del contenido objetivo, dictado por la historia, de la lucha venidera y la de las consignas que debemos darle.

Los socialdemócratas poco firmes, los mencheviques, también aquí han mostrado vacilación. Su primera consigna fue: lucha por la reanudación de las sesiones de la Duma con el fin de convocar una Asamblea Constituyente. El Comité de Petersburgo protesta. Lo absurdo de la consigna salta a la vista. No es ni siquiera oportunismo, es simplemente un disparate. El CC da un paso adelante. La consigna: lucha contra el gobierno en defensa de la Duma con el fin de convocar una Asamblea Constituyente. Esto es mejor, por supuesto. Ya no está lejos de la consigna: lucha por el derrocamiento del gobierno autocrático para convocar por vía revolucionaria una Asamblea Constituyente. La disolución de la Duma sirve, indudablemente, de motivo para una lucha popular general por una representación popular con poder: en este sentido, la consigna «en defensa de la Duma» no es del todo inaceptable. Pero el caso es que, en este sentido, la consigna ya está incluida en nuestro reconocimiento de la disolución de la Duma como motivo de lucha. La formulación «en defensa de la Duma», sin una interpretación especial en este sentido (es decir, en el que acabamos de señalar), sigue siendo poco clara y capaz de generar confusión, de hacer retroceder a lo viejo, ya superado en cierta medida, a la Duma kadete; en una palabra, esta formulación genera una serie de ideas incorrectas y perjudiciales, «retrógradas». Lo que hay de correcto en esta formulación cabe por completo y sin residuo en los motivos de nuestra decisión de luchar, en la explicación de por qué la disolución de la Duma se considera un motivo suficientemente importante.

Un marxista no debe olvidar en ningún caso que la consigna de la lucha inmediatamente venidera no puede deducirse simple y directamente de la consigna general de un programa determinado. No basta con remitirse a nuestro programa (véase al final: derrocamiento de la autocracia y Asamblea Constituyente, etc.) para determinar la consigna de la lucha inmediata, la que se avecina ahora, en el verano o el otoño de 1906. Para ello es necesario tener en cuenta la situación histórica concreta, seguir todo el desarrollo y todo el curso consecutivo de la revolución, deducir nuestras tareas no solo de los principios del programa, sino de los pasos y etapas anteriores del movimiento. Solo un análisis de este tipo será un análisis verdaderamente histórico, obligatorio para un materialista dialéctico.

Y es precisamente este análisis el que nos muestra que la situación política objetiva ha puesto ahora sobre el tapete no la cuestión de si hay representación popular, sino la de si esa representación popular tiene poder.

La causa objetiva del fracaso de la Duma kadete no es que no supiera expresar las necesidades del pueblo, sino que no fue capaz de afrontar la tarea revolucionaria de la lucha por el poder. La Duma kadete se imaginó a sí misma como un órgano constitucional, pero en realidad era un órgano revolucionario (los kadetes nos regañaban por considerar la Duma como una etapa o un instrumento de la revolución, pero la vida ha confirmado plenamente nuestra opinión). La Duma kadete se imaginó a sí misma como un órgano de lucha contra el ministerio, pero en realidad era un órgano de lucha por el derrocamiento de todo el viejo poder. Así resultó en la práctica, porque así lo exigía la situación económica dada. Y para esta lucha, un órgano como la Duma de los kadetes resultó ser «inadecuado».

En la conciencia del mujik más ignorante se abre paso ahora, a martillazos, la idea: de nada sirve la Duma, de nada sirve ninguna Duma, si el pueblo no tiene el poder. ¿Y cómo conseguir el poder? Derrocar al viejo poder e instituir uno nuevo, popular, libre, electivo. O se derroca al viejo poder, o se reconoce que las tareas de la revolución son irrealizables en la medida en que las plantean el campesinado y el proletariado.

Así ha planteado la cuestión la vida misma. Así la ha planteado el año 1906. Así la ha planteado la disolución de la Duma kadete.

No podemos garantizar, por supuesto, que la revolución resuelva esta cuestión de inmediato, que la lucha sea fácil, simple, que la victoria esté plena y absolutamente asegurada. Nadie puede garantizar nunca nada parecido antes de comenzar una lucha. Una consigna no es una garantía de una victoria fácil y simple. Una consigna es la indicación del objetivo que debe alcanzarse para realizar las tareas dadas. Antes, tales tareas inmediatas eran la creación (o convocatoria) de una representación popular en general. Ahora, la tarea es: asegurar el poder para la representación popular. Y esto significa: la eliminación, la destrucción, el derrocamiento del viejo poder, el derrocamiento del gobierno autocrático.

Si esta tarea no se resuelve por completo, la representación popular no podrá tener plenos poderes y, por consiguiente, no podrá haber garantías suficientes de que esta nueva representación popular no corra la misma suerte que la Duma kadete.

La situación objetiva pone ahora a la orden del día la lucha no por la representación popular, sino por la creación de condiciones en las que no se pueda disolver por la fuerza o disolver legalmente la representación popular, ni tampoco reducirla a una comedia, como los Trépov y Cía. redujeron a una comedia la Duma kadete.

III

La forma probable de la lucha venidera se determina en parte por su contenido, en parte por las formas anteriores de la lucha revolucionaria del pueblo y de la lucha contrarrevolucionaria de la autocracia.

En cuanto al contenido de la lucha, ya hemos mostrado cómo, en dos años de revolución, se ha concentrado hasta el momento presente en el derrocamiento del viejo poder. La plena realización de este objetivo solo es posible mediante una insurrección armada de todo el pueblo.

En cuanto a las formas anteriores de lucha, a este respecto la «última palabra» del movimiento de masas y popular en Rusia es la huelga general y la insurrección. El último trimestre de 1905 no pudo por menos de dejar huellas imborrables en la conciencia y el estado de ánimo del proletariado, del campesinado, de la parte consciente del ejército y de la parte democrática de las diversas uniones profesionales e intelectuales. Es completamente natural, por tanto, que la primera idea que acudió a la mente de la más amplia masa de elementos capaces de luchar tras la disolución de la Duma fuera: la huelga general. Nadie parecía dudar siquiera de que la respuesta a la disolución de la Duma debía ser inevitablemente una huelga en toda Rusia.

La unanimidad de tal opinión ha sido de cierta utilidad. Las organizaciones revolucionarias han contenido consciente y sistemáticamente a los obreros de estallidos espontáneos y parciales en casi todas partes. Se reciben noticias de ello desde los más diversos lugares de Rusia. La experiencia de octubre-diciembre ha ayudado, sin duda, a concentrar la atención de todos, en un grado mucho mayor que antes, en una acción general y simultánea. Además, hay que señalar otra circunstancia extremadamente característica: a juzgar por los datos de algunos de los mayores centros del movimiento obrero, por ejemplo, de Petersburgo, los obreros no solo captaron fácil y rápidamente la idea de la necesidad de una acción general y simultánea, sino que, además, se mantuvieron firmes en favor de una acción combativa y decidida. La desafortunada idea de una huelga de demostración (de un día o de tres días) con motivo de la disolución de la Duma —idea que surgió entre algunos mencheviques de Petersburgo— encontró la más decidida oposición por parte de los obreros. El certero instinto de clase y la experiencia de hombres que habían librado más de una vez una lucha seria les sugirieron de inmediato que ahora ya no se trataba de una demostración. No vamos a manifestarnos, decían los obreros. Iremos a una lucha desesperada y decidida cuando llegue el momento de la acción general. Tal era, según todas las informaciones, la opinión general de los obreros de Petersburgo. Comprendieron que las acciones parciales y, sobre todo, las manifestaciones serían ridículas después de todo lo vivido por Rusia desde 1901 (año del inicio del amplio movimiento de manifestaciones), que la agudización de la crisis política excluía la posibilidad de «empezar de nuevo», que para el gobierno, que con gusto había «probado la sangre» en diciembre, las manifestaciones pacíficas solo serían extremadamente ventajosas. Debilitarían al proletariado sin ningún provecho, ayudarían a policías y soldados a ejercitarse con gente desarmada, deteniéndola y fusilándola. Solo habrían servido para confirmar la jactancia de Stolypin de que había vencido a la revolución, pues disolvió la Duma sin agudizar con ello el movimiento antigubernamental. Ahora todos consideran esta jactancia como una fanfarronada vacía, sabiendo y sintiendo que la lucha está aún por venir. Entonces, la «demostración» se habría interpretado como una lucha, se habría convertido en una lucha (sin esperanza), y el cese de la demostración se habría proclamado a los cuatro vientos como una nueva derrota.

La idea de una huelga de demostración era digna únicamente de nuestros Ledru-Rollin del partido kadete, que sobrestimaban el parlamentarismo con la misma miopía que Ledru-Rollin en 1849. El proletariado rechazó de inmediato esta idea, e hizo muy bien en rechazarla. Los obreros, que siempre han estado cara a cara con la lucha revolucionaria, valoraron más correctamente que algunos intelectuales la preparación combativa del enemigo y la necesidad de una acción combativa y decidida.

Lamentablemente, en nuestro partido, debido al predominio del ala derecha de los socialdemócratas en su parte rusa en el momento actual, la cuestión de las acciones combativas ha quedado abandonada. El Congreso de Unificación de la socialdemocracia rusa se dejó llevar por las victorias de los kadetes, no supo valorar la importancia revolucionaria del momento que vivimos, eludió la tarea de sacar todas las conclusiones de la experiencia de octubre-diciembre. Y la necesidad de aprovechar esta experiencia se presentó ante el partido mucho más rápido y de forma mucho más aguda de lo que pensaban muchos admiradores del parlamentarismo. El desconcierto mostrado por las instituciones centrales de nuestro partido en un momento serio fue el resultado inevitable de tal estado de cosas.

La combinación de la huelga política de masas con la insurrección armada viene dictada de nuevo por toda la situación. Al mismo tiempo, los puntos débiles de la huelga como medio de lucha independiente se manifiestan con especial claridad. Todos se han convencido de que una condición extremadamente importante para el éxito de una huelga política es su carácter repentino, la posibilidad de tomar al gobierno por sorpresa. Ahora esto es imposible. El gobierno aprendió en diciembre a luchar contra la huelga y se ha preparado muy sólidamente para esta lucha en el momento actual. Todos señalan la extrema importancia de los ferrocarriles en una huelga general. Si los ferrocarriles se detienen, la huelga tiene todas las posibilidades de convertirse en general. Si no se logra una paralización total de los ferrocarriles, la huelga, casi con toda seguridad, no será general. Y para los ferroviarios es especialmente difícil hacer huelga: los trenes punitivos están listos para partir; destacamentos armados de tropas están dispersos por toda la línea, en las estaciones, a veces incluso en trenes individuales. La huelga puede significar en tales condiciones —es más: inevitablemente significará en la mayoría de los casos— un enfrentamiento directo e inmediato con la fuerza armada. El maquinista, el telegrafista, el guardagujas se encontrarán de inmediato ante el dilema: ser fusilado en el acto (Golútvino, Liúbertsi y otras estaciones de la red ferroviaria rusa no en vano han adquirido ya una fama revolucionaria nacional), o ponerse a trabajar y socavar la huelga.

Por supuesto, tenemos derecho a esperar el mayor heroísmo de muchos, muchísimos obreros y empleados ferroviarios, que han demostrado con hechos su lealtad a la libertad. Por supuesto, estamos lejos de negar la posibilidad de una huelga ferroviaria y sus posibilidades de éxito. Pero no tenemos derecho a ocultarnos la verdadera dificultad de la tarea: silenciar tales dificultades sería la peor política. Y si miramos la realidad de frente, si no escondemos la cabeza bajo el ala, quedará claro que de la huelga crecerá inevitablemente, y de inmediato, la insurrección armada. La huelga ferroviaria es una insurrección, esto es indiscutible después de diciembre. Y sin una huelga ferroviaria no se detendrá el telégrafo ferroviario, no se interrumpirá el transporte de correo por ferrocarril, y, por consiguiente, será imposible una huelga de correos y telégrafos de proporciones serias.

El carácter subordinado de la huelga con respecto a la insurrección se deriva, pues, con inexorable inevitabilidad de la situación actual, tal como se ha configurado después de diciembre de 1905. Independientemente de nuestra voluntad, en contra de cualesquiera «directivas», la agudización de la situación revolucionaria convertirá la manifestación en huelga, la protesta en lucha, la huelga en insurrección. Por supuesto, la insurrección, como lucha armada de masas, solo puede estallar con la participación activa del ejército en una u otra de sus partes. Por lo tanto, una huelga del ejército, la negativa a disparar contra el pueblo, puede, indudablemente, conducir en ciertos casos a la victoria de una huelga pacífica por sí sola. Pero apenas es necesario demostrar que tales casos serían solo episodios particulares de una insurrección excepcionalmente exitosa y que para hacer más frecuentes tales casos, para acercarse a ellos lo más posible, solo hay un medio: la preparación exitosa de la insurrección, la energía y la fuerza de las primeras acciones insurreccionales, la desmoralización del ejército mediante ataques desesperadamente audaces o la defección de una parte importante del ejército, etc.

En una palabra, en la situación actual, tal como se ha configurado ahora, en el momento de la disolución de la Duma, no puede caber duda alguna de que la lucha activa conduce directa e inmediatamente a la insurrección. Quizás la situación cambie, y entonces habrá que revisar esta conclusión, pero en el momento actual es absolutamente indiscutible. Por lo tanto, llamar a una huelga en toda Rusia sin llamar a la insurrección, sin explicar su vínculo indisoluble con la insurrección, sería una ligereza que raya en el crimen. Por lo tanto, es necesario dirigir todas las fuerzas a explicar en la agitación el vínculo entre una y otra forma de lucha, a preparar las condiciones que ayuden a fusionar en un solo torrente las tres corrientes de lucha: la explosión obrera, la insurrección campesina y el «motín» militar. Hace ya mucho tiempo, desde el verano del año pasado, desde la famosa insurrección del «Potemkin»{123}, se han perfilado con toda claridad estas tres formas de un movimiento verdaderamente popular, es decir, de masas, infinitamente alejado de una conspiración, un movimiento activo, una insurrección que derroca a la autocracia. De la fusión de estas tres corrientes de insurrección depende, quizás más que nada, el éxito de la insurrección en toda Rusia. No hay duda de que un motivo de lucha como la disolución de la Duma ayuda poderosamente a esta fusión, pues la parte más atrasada del campesinado (y, por consiguiente, de nuestro ejército, principalmente campesino) depositaba grandes esperanzas en la Duma.

De aquí la conclusión: utilizar intensamente precisamente la disolución de la Duma como motivo para una agitación concentrada con un llamamiento a la insurrección de todo el pueblo. Explicar el vínculo de la huelga política con la insurrección. Dirigir todos los esfuerzos a lograr la unificación y la acción conjunta de los obreros, campesinos, marinos y soldados en una lucha activa y armada.

Finalmente, al hablar de la forma del movimiento, es preciso mencionar especialmente la lucha campesina. Aquí, la conexión de la huelga con la insurrección es particularmente clara. Es claro también que el objetivo de la insurrección aquí no debe ser solo la destrucción o eliminación completa de todas y cada una de las autoridades locales, y su sustitución por nuevas autoridades, populares (objetivo común de toda insurrección, ya sea en las ciudades, en el campo, en las tropas, etc.), sino también la expulsión de los terratenientes y la toma de sus tierras. Hasta que la Asamblea Constituyente de todo el pueblo decida, los campesinos, sin duda, deben aspirar a la destrucción de hecho de la propiedad terrateniente. No es necesario extenderse mucho sobre esto, porque nadie, probablemente, se imaginaría una insurrección campesina sin ajustes de cuentas con los terratenientes y la toma de las tierras. Se comprende que, cuanto más consciente y organizada sea esta insurrección, más raros serán los casos de destrucción de edificios, bienes, ganado, etc. Desde el punto de vista militar, para alcanzar ciertos objetivos militares, la destrucción —por ejemplo, el incendio de edificios y a veces también de bienes— es una medida plenamente legítima y obligatoria en ciertos casos. Solo los pedantes (o traidores al pueblo) pueden lamentar especialmente que los campesinos recurran siempre a tales medios. Pero no hay por qué ocultarse que a veces la destrucción de bienes es solo el resultado de la desorganización, de la incapacidad de tomar y conservar para sí los bienes del enemigo en lugar de destruirlos, o el resultado de la debilidad, cuando el combatiente se venga del enemigo sin tener la fuerza para aniquilarlo, para aplastarlo. Nosotros, por supuesto, en nuestra agitación debemos explicar por todos los medios a los campesinos, por un lado, la plena legitimidad y necesidad de una lucha implacable contra el enemigo hasta la destrucción de sus bienes y, por otro lado, mostrar que del grado de organización depende la posibilidad de un desenlace mucho más racional y ventajoso: la aniquilación del enemigo (terratenientes y funcionarios, especialmente la policía) y la entrega de todos y cada uno de los bienes a posesión del pueblo o a posesión de los campesinos sin ningún deterioro (o con el menor deterioro posible) de los mismos.

IV

Estrechamente ligada a la cuestión de la forma de lucha está la cuestión de la organización para la lucha.

Y en este aspecto, la gran experiencia histórica de octubre-diciembre de 1905 ha dejado huellas imborrables en el movimiento revolucionario contemporáneo. Los Soviets de diputados obreros y las instituciones análogas (comités campesinos, comités ferroviarios, Soviets de diputados soldados, etc.) gozan de una autoridad inmensa y plenamente merecida. En la actualidad, no sería fácil encontrar un socialdemócrata o un revolucionario de otros partidos y tendencias que no simpatizara con tales organizaciones en general y no recomendara en particular su creación en el momento actual.

Sobre esto, parece, no hay discrepancias o, al menos, no hay discrepancias de alguna seriedad. Por lo tanto, no hay necesidad de detenerse en esta cuestión propiamente dicha.

Pero hay un aspecto del asunto en el que es necesario detenerse con especial atención, porque se lo ignora con especial frecuencia. Se trata de que el papel de los Soviets de diputados obreros (hablemos de ellos, para abreviar, como el tipo de todas las organizaciones de esta clase) en los grandes días de octubre y diciembre ha revestido a estas instituciones de tal encanto que a veces se las trata casi con fetichismo. Se imaginan que estos órganos son siempre y en todas las condiciones «necesarios y suficientes» para un movimiento revolucionario de masas. De ahí la actitud acrítica hacia la elección del momento para crear tales instituciones, hacia la cuestión de cuáles son las condiciones reales para el éxito de su actividad.

La experiencia de octubre-diciembre ha dado las indicaciones más instructivas al respecto. Los Soviets de diputados obreros son órganos de la lucha directa de masas. Surgieron como órganos de la lucha huelguística. Se convirtieron muy rápidamente, bajo la presión de la necesidad, en órganos de la lucha revolucionaria general contra el gobierno. Se transformaron inconteniblemente, en virtud del desarrollo de los acontecimientos y del paso de la huelga a la insurrección, en órganos de la insurrección. Que toda una serie de «soviets» y «comités» desempeñaron precisamente este papel en diciembre es un hecho absolutamente indiscutible. Y los acontecimientos demostraron de la manera más gráfica y convincente que la fuerza y la importancia de tales órganos en tiempo de combate dependen enteramente de la fuerza y el éxito de la insurrección.

No fue una teoría cualquiera, ni los llamamientos de nadie, ni una táctica inventada por alguien, ni una doctrina de partido, sino la fuerza de las cosas la que llevó a estos órganos de masas, sin partido, a la necesidad de la insurrección y los convirtió en órganos de la insurrección.

Y en la actualidad, instituir tales órganos significa crear órganos de la insurrección; llamar a su institución significa llamar a la insurrección. Olvidar esto o velarlo ante las amplias masas del pueblo sería la miopía más imperdonable y la peor política.

Si esto es así —y sin duda es así—, de aquí se desprende claramente la conclusión de que para la organización de la insurrección los «soviets» e instituciones de masas similares son todavía insuficientes. Son necesarios para aglutinar a las masas, para la unificación combativa, para la transmisión de las consignas de dirección política del partido (o presentadas por acuerdo de los partidos), para interesar, despertar y atraer a las masas. Pero son insuficientes para organizar las fuerzas de combate directas, para organizar la insurrección en el sentido más estricto de la palabra.

Una pequeña ilustración. A los Soviets de diputados obreros se los ha llamado a menudo parlamentos de la clase obrera. Pero ningún obrero aceptaría convocar su parlamento para entregarlo en manos de la policía. Todos reconocerían la necesidad de organizar inmediatamente una fuerza, una organización militar, para la defensa de su «parlamento», una organización en forma de destacamentos de obreros armados.

Ahora, cuando el gobierno se ha convencido a fondo por la experiencia de a qué conducen los «soviets» y qué clase de instituciones son, cuando se ha armado de pies a cabeza y espera la formación de tales instituciones para atacar al enemigo sin darle tiempo a reponerse y a desplegar su actividad, ahora debemos explicar especialmente en nuestra agitación la necesidad de una visión sobria de las cosas, la necesidad de una organización militar junto a la organización de los soviets para su defensa, para llevar a cabo esa insurrección sin la cual serán impotentes todos los soviets y todos los elegidos por las masas.

Estas, si se puede decir así, «organizaciones militares» de las que hablamos, deben aspirar a abarcar a la masa no a través de los elegidos, sino a la masa de los participantes directos en la lucha callejera y en la guerra civil. La célula de estas organizaciones deben ser uniones muy pequeñas y voluntarias, de decenas, de cincos, incluso, quizás, de tres. Hay que predicar con la máxima insistencia que se acerca el combate, cuando todo ciudadano honrado está obligado a sacrificarse y a luchar contra los opresores del pueblo. Menos formalidades, menos burocracia, más simplicidad en la organización, que debe poseer el máximo de movilidad y flexibilidad. Todos y cada uno de los que quieran estar del lado de la libertad deben unirse inmediatamente en «cincos» de combate: uniones voluntarias de personas de una misma profesión, de una misma fábrica, o de personas unidas por la camaradería, por un vínculo de partido, y finalmente, simplemente por el lugar de residencia (una aldea, una casa en la ciudad o un apartamento). Estas uniones deben ser tanto de partido como sin partido, unidas por una tarea revolucionaria inmediata: la insurrección contra el gobierno. Estas uniones deben fundarse de la manera más amplia e indefectiblemente antes de obtener armas, independientemente de la cuestión de las armas.

Ninguna organización de partido «armará» a las masas. Por el contrario, la organización de las masas en pequeñas uniones de combate fácilmente móviles prestará un servicio inmenso en el momento del movimiento para la obtención de armas.

Las uniones de combate voluntarias, las uniones de «milicianos», si tomamos el nombre que los grandes días de diciembre en Moscú hicieron tan honorable, prestarán una utilidad gigantesca en el momento de la explosión. Una milicia de los que saben disparar desarmará al guardia urbano, atacará por sorpresa a una patrulla, se procurará armas. Una milicia de los que no saben disparar o no han conseguido armas ayudará a construir barricadas, a hacer reconocimientos, a organizar enlaces, a tender emboscadas al enemigo, a incendiar el edificio donde se ha atrincherado el enemigo, a ocupar apartamentos que puedan servir de base para los insurrectos; en una palabra, miles de las más diversas funciones serán cumplidas por uniones voluntarias de personas decididas a luchar a vida o muerte, que conocen perfectamente la localidad, que están estrechamente vinculadas con la población.

Que en cada fábrica, en cada sindicato, en cada aldea, resuene el llamamiento a la organización de tales milicias de combate voluntarias. Las personas que se conocen bien las establecerán de antemano. Las personas que no se conocen formarán cincos y decenas el día de la lucha o en la víspera de la lucha, en el lugar de la lucha, si la idea de formar tales uniones se difunde ampliamente y es realmente asimilada por la masa.

En la actualidad, cuando la disolución de la Duma ha agitado a nuevas y nuevas capas, a menudo se pueden encontrar las opiniones y declaraciones más revolucionarias de representantes de a pie del pueblo llano urbano, el menos organizado y de aspecto más «centurionegrista». Preocupémonos, pues, de que todos ellos conozcan la decisión de los obreros y campesinos de vanguardia de iniciar pronto la lucha por la tierra y la libertad, de que todos ellos sepan de la necesidad de preparar milicias de combatientes, de que todos ellos se convenzan de la inevitabilidad de la insurrección y de su carácter popular. Lograremos entonces —y esto no es en absoluto utópico— que en cada gran ciudad no haya cientos de milicianos, como en Moscú en diciembre, sino miles y miles. Y entonces ninguna ametralladora resistirá, como decía la gente en Moscú, señalando el carácter y la composición insuficientemente masivos, insuficientemente cercanos al pueblo, de las milicias de combate de allí.

Así pues: organización de los soviets de diputados obreros, de los comités campesinos e instituciones análogas por doquier, junto con la más amplia propaganda y agitación por la necesidad de una insurrección simultánea, la preparación inmediata de las fuerzas para ella y la organización de destacamentos voluntarios de masas de «milicianos».

P. S. Este capítulo ya estaba escrito cuando nos enteramos del nuevo «giro» en las consignas de nuestro CC: por la Duma como órgano de convocatoria de la Asamblea Constituyente.

La cuestión de la organización se complementa, por consiguiente, con la cuestión de la organización de un gobierno revolucionario provisional, pues tal sería, en esencia, una institución capaz de convocar realmente una Asamblea Constituyente. Solo que no hay que olvidar, como les gusta hacer a nuestros cadetófilos, que un gobierno provisional es, ante todo, un órgano de la insurrección. ¿Quiere la difunta Duma ser un órgano de la insurrección? ¿Quieren los kadetes ser un órgano de la insurrección? ¡Sean bienvenidos, señores! En la lucha nos alegramos de tener cualquier aliado de la democracia burguesa. Si incluso su alianza —discúlpenme— fuera para nosotros lo mismo que la alianza con Francia para Rusia (es decir, una fuente de dinero), incluso entonces estaríamos muy contentos, somos políticos realistas, señores. Pero si su participación, la de los kadetes, en la insurrección es un simple y vano sueño menchevique, entonces solo diremos: qué sueños tan pequeños y mezquinos tienen ustedes, camaradas mencheviques. Solo que no les toque perecer de «amor sin esperanza» por los kadetes, que no podrán coronar su pasión…

La cuestión del gobierno provisional ha sido aclarada teóricamente en repetidas ocasiones. La posibilidad de la participación de los socialdemócratas está demostrada. Pero ahora es más interesante otro planteamiento práctico de esta cuestión, el que nos dieron octubre y diciembre. Pues los Soviets de diputados obreros, etc., fueron de hecho los gérmenes de un gobierno provisional; el poder les habría correspondido inevitablemente en caso de victoria de la insurrección. Es necesario trasladar el centro de gravedad precisamente al estudio de estos órganos embrionarios del nuevo poder, dados históricamente, al estudio de las condiciones de su trabajo y de su éxito. Esto es más urgente, más interesante en el momento actual, que las conjeturas «en general» sobre un gobierno revolucionario provisional.

V

Nos queda por examinar la cuestión del momento de la acción. El tierno amor por la Duma kadete provocó en el ala derecha de la socialdemocracia la exigencia de una acción inmediata. Esta idea sufrió un solemne fiasco. La actitud de las masas de la clase obrera y de la población urbana en general demostró que la gravedad de la situación se comprende o se siente. La lucha se espera de hecho, por supuesto, no por la Duma, sino por el derrocamiento del viejo poder. El aplazamiento fue el resultado del estado de ánimo general, del deseo de prepararse para una lucha verdaderamente decisiva y desesperada, de lograr la coordinación de las acciones.

Es posible, y quizás lo más probable, que la nueva lucha estalle de manera tan espontánea e inesperada como las anteriores, como resultado de la intensificación del estado de ánimo y de una de las explosiones inevitables. Si las cosas van así, si tal curso de desarrollo se perfila como inevitable, entonces no tendremos que decidir la cuestión del momento de la acción, entonces nuestra tarea se reducirá a decuplicar la agitación y el trabajo organizativo en todas las direcciones antes indicadas.

Puede ser, sin embargo, que los acontecimientos exijan de nosotros, los dirigentes, la designación del momento de la acción. Si así fuera, aconsejaríamos fijar la acción de toda Rusia, la huelga y la insurrección, para finales del verano o principios del otoño, para mediados o finales de agosto. Sería importante aprovechar el período de los trabajos de construcción en las ciudades y la finalización de los trabajos agrícolas de verano. Si se lograra un acuerdo de todas las organizaciones y uniones revolucionarias influyentes sobre el momento de la acción, entonces la posibilidad de llevarla a cabo en el plazo indicado no estaría excluida. La simultaneidad del inicio de la lucha en toda Rusia sería una ventaja inmensa. Incluso el conocimiento por parte del gobierno de la fecha de la huelga probablemente no tendría un efecto funesto; pues no se trata de una conspiración ni de un ataque militar que requiera sorpresa. Las tropas en toda Rusia estarían más desmoralizadas, probablemente, si durante semanas y semanas las inquietara la idea de la inevitabilidad de la lucha, si se las mantuviera en armas, mientras la agitación fuera llevada a cabo cada vez con más unanimidad por todas y cada una de las organizaciones junto con la masa de revolucionarios «sin partido». Los miembros influyentes de la Duma, socialdemócratas y trudoviques, también podrían ayudar al éxito de una acción simultánea.

Estallidos aislados y completamente inútiles, como los «motines» de soldados y las insurrecciones desesperadas de los campesinos, podrían, quizás, ser contenidos entonces, si toda la Rusia revolucionaria creyera en la inevitabilidad de este gran combate general.

Repetimos, sin embargo, que esto solo es posible en caso de un acuerdo completo de todas las organizaciones influyentes. De lo contrario, quedará el viejo camino del crecimiento espontáneo del estado de ánimo.

VI

Resumamos brevemente.

La disolución de la Duma es un giro completo hacia la autocracia. La posibilidad de una acción simultánea de toda Rusia aumenta. La probabilidad de que todas las insurrecciones parciales se fusionen en una sola se fortalece. La inevitabilidad de la huelga política y de la insurrección, como lucha por el poder, es sentida por amplias capas de la población como nunca antes.

Nuestra tarea es desplegar la más amplia agitación en favor de la insurrección de toda Rusia, explicar sus tareas políticas y organizativas, hacer todos los esfuerzos para que todos tomen conciencia de su inevitabilidad, vean la posibilidad de un asalto general y no vayan ya a un «motín», ni a «manifestaciones», ni a simples huelgas y destrozos, sino a la lucha por el poder, a la lucha con el objetivo de derrocar al gobierno.

Toda la situación favorece el cumplimiento de esta tarea. El proletariado se prepara para ponerse a la cabeza de la lucha. Ante la socialdemocracia revolucionaria se presenta una tarea responsable, difícil, pero grande y gratificante: ayudar a la clase obrera, como destacamento de vanguardia de la insurrección de toda Rusia.

Esta insurrección derrocará a la autocracia y creará una representación popular verdaderamente soberana, es decir, la Asamblea Constituyente.

P.S. El presente artículo fue escrito antes del comienzo de la insurrección de Sveaborg{124}.