Publicamos hoy un artículo del camarada Jrustaliov sobre la oportunidad de la formación de los Soviets de diputados obreros. No es necesario que hablemos de que el nombre del autor del artículo garantiza su más cercano conocimiento del tema. Todos los obreros de Petersburgo lo saben. Saben también que en este momento precisamente la cuestión de la formación del Soviet de diputados obreros interesa vivamente al proletariado de la capital.

La polémica del camarada Jrustaliov contra la decisión del Comité de Petersburgo de nuestro partido adquiere en estas condiciones una importancia excepcional.

No podemos estar de acuerdo con el camarada Jrustaliov. En vano defiende él, como si lo hiciera contra el CP, la idea de los Soviets de diputados obreros en general y su papel histórico a fines de 1905. En vano se niega a poner el mes de diciembre en la cuenta del Soviet. Nosotros, sin titubear, lo haríamos, pero, claro está, no en el «debe» sino en el «haber» de diciembre. El mayor mérito, que aún dista mucho de ser apreciado en su justo valor, de los Soviets de diputados obreros lo vemos precisamente en su papel combativo.

Pero el Soviet de diputados obreros fue una organización combativa peculiar, y los lugares comunes sobre la utilidad de la organización no hacen avanzar ni un ápice la cuestión de la utilidad, en el momento actual, de esta organización peculiar. «El Soviet fue un parlamento revolucionario del proletariado revolucionario», escribe el camarada Jrustaliov. Es justo. Precisamente este papel, de ningún modo técnico-combativo, es lo característico del Soviet. El papel del Soviet como organizador de sindicatos, como iniciador de encuestas, como cámara de conciliación, etc., fue completamente secundario, lateral. Es perfectamente imaginable el cumplimiento de estos papeles sin el Soviet. Pero la huelga general es difícilmente concebible sin un comité de huelga de masas sin partido. El Soviet surgió de las necesidades de la lucha directa de masas, como órgano de ella. Esto es un hecho. Sólo este hecho nos explica el papel peculiar y la significación real del Soviet. Precisamente a este hecho apunta la palabra «combativo» en la resolución del CP.

Crear un Soviet de diputados obreros para encuestas, para desarrollar sindicatos, etc., a nadie se le habría ocurrido. Crear un Soviet significa crear órganos de la lucha directa de masas del proletariado. Tales órganos no pueden crearse en cualquier momento, mientras que los sindicatos y los partidos políticos son necesarios siempre y de manera incondicional, y pueden y deben ser creados en cualesquiera condiciones. Por eso replicar al CP remitiéndose a la importancia de las organizaciones en general es un profundo error. Por eso es errónea también la remisión a la defensa por todos los socialdemócratas de la idea de los comités campesinos de ordenación de la tierra: estos comités se proyectan precisamente en relación con la discusión general de la reforma agraria, en relación con un movimiento agrario ya creciente.

¡Pero esos comités también pueden llevar a una intervención «prematura»! —ironiza el camarada Jrustaliov. Pues ahí está el quid, en que entre la intervención campesina y la obrera hay una diferencia sustancial precisamente en este momento. Una amplia intervención campesina en este momento no puede resultar «prematura», pero una amplia intervención obrera sí puede muy bien serlo. La razón es clara: la clase obrera, en su desarrollo político, ha adelantado al campesinado, y el campesinado, en su grado de preparación para una intervención revolucionaria en toda Rusia, aún no ha dado alcance a la clase obrera. La va alcanzando todo el tiempo después de diciembre, y en una medida considerable gracias a diciembre (digan lo que digan los pedantes pusilánimes, inclinados a subestimar diciembre o incluso a renegar de él). La alcanzará aún más rápidamente con ayuda de los comités locales de tierras. Apresurar a la retaguardia, que en la última batalla no llegó a tiempo de ayudar a la vanguardia, es sin duda útil y en ningún sentido arriesgado. Apresurar a la vanguardia, a la que en la última batalla no llegó a tiempo de ayudar la retaguardia, es sin duda arriesgado, y hay que medir siete veces antes de hacerlo.

Esta peculiar situación política es la que, según nuestra opinión, no ha tomado en cuenta el camarada Jrustaliov. Él tiene mil veces razón en la apreciación de los méritos y la importancia de los Soviets en general. No tiene razón en la apreciación del momento actual y de la correlación de las intervenciones campesina y obrera. Olvida, al parecer, otra proposición del CP en otra resolución: apoyar la idea de formar un comité ejecutivo de los grupos de izquierda de la Duma para unificar la actividad de las organizaciones espontáneas del pueblo[55]. En tal comité se podría establecer con más exactitud el grado de preparación y decisión del campesinado en su conjunto, y en dependencia de ello poner sobre terreno práctico también la formación de los Soviets de diputados obreros. En otras palabras: el CP busca ahora algo más, no sólo la creación de organizaciones combativas del proletariado, sino coordinar, concertarlas con las organizaciones combativas del campesinado, etc. El CP aplaza en este momento la formación del Soviet de diputados obreros no porque no valore su enorme importancia, sino porque quiere tomar en cuenta una nueva condición, particularmente clara ahora, para el éxito, a saber, la acción conjunta de los campesinos y obreros revolucionarios. El CP, por consiguiente, no se ata en absoluto las manos ni prejuzga en modo alguno la táctica del día de mañana. El CP aconseja en este instante a la vanguardia: no te lances al combate, envía primero delegados a la retaguardia; mañana la retaguardia se acercará más, la embestida será más unida, mañana podremos lanzar una consigna de acción más oportuna.

Terminamos. El camarada Jrustaliov, en general, ha aducido los argumentos más convincentes en defensa de la formación de los Soviets. Ha valorado excelentemente su importancia general. Su lucha está dirigida principalmente contra la minimización del papel del Soviet, contra la minimización de la importancia de las intervenciones revolucionarias en general, y en esta lucha el camarada Jrustaliov tiene toda la razón. De tales «minimizadores» hay no pocos entre nosotros, y no sólo entre los kadetes. Pero el camarada Jrustaliov, separado por culpa de los verdugos y pogromistas de la comunicación permanente y estrecha con el proletariado, no pudo apreciar plenamente el momento actual y la actual «disposición» de las fuerzas revolucionarias. Hoy la vanguardia debe orientar su atención principal no a la intervención directa, sino a fortalecer y ampliar la más estrecha ligazón con la retaguardia y con todos los demás destacamentos.

«Ejo» núm. 11, 4 de julio de 1906.

Se publica según el texto del periódico «Ejo».