El periódico *Mysl* intentaba demostrar hace unos días en su editorial que el Grupo del Trabajo en la Duma de Estado no debe ser «escindido» mediante la formación de fracciones partidistas. El boicot a la Duma, se dice, predeterminó que los partidos extremos no tendrán sus propias fracciones en la Duma. Y el Grupo del Trabajo, precisamente como organización sin partido, reportará el mayor beneficio en conexión con los «grupos de apoyo» también sin partido a nivel local.

Estos razonamientos son radicalmente incorrectos. El revolucionarismo sin partido es un fenómeno necesario e inevitable en la época de la revolución democrático-burguesa. Los socialdemócratas bolcheviques lo han señalado ya más de una vez. El espíritu de partido es el resultado y la expresión política de antagonismos de clase altamente desarrollados. La falta de desarrollo de estos antagonismos constituye precisamente la propiedad característica de la revolución burguesa. La democracia revolucionaria sin partido crece y se expande inevitablemente en la época de tal revolución.

Los socialdemócratas, como representantes del proletariado consciente, no pueden renunciar a participar en diferentes uniones revolucionarias sin partido. Así fueron, por ejemplo, los Soviets de diputados obreros, la Unión Campesina, en parte la de maestros{111}, la de ferroviarios{112}, etc. Debemos considerar nuestra participación en ellas como alianzas temporales de combate de los socialdemócratas con la democracia revolucionaria burguesa. Sólo con este planteamiento de la cuestión pueden no sufrir perjuicio los intereses vitales y fundamentales del proletariado, la defensa del punto de vista socialista incondicionalmente independiente de los marxistas y la formación, a la menor posibilidad, de organizaciones partidistas independientes de los socialdemócratas.

Considerar la formación de tales organizaciones independientes de los socialdemócratas como una «escisión» de las organizaciones revolucionarias sin partido significa poner de manifiesto, en primer lugar, un punto de vista puramente burgués y, en segundo lugar, la falta de sinceridad o de reflexión en su defensa del apartidismo. Sólo los ideólogos de la burguesía pueden condenar como «escisión» la separación de los socialistas en un partido especial. Sólo personas insinceras, es decir, que temen en secreto por su espíritu de partido oculto, o que no han meditado la cuestión, pueden ver una «escisión» de las organizaciones sin partido en la formación de organizaciones partidistas. Pues no resulta redondo, señores. El apartidismo es, en efecto, neutralidad con respecto a los diferentes partidos (dentro de los límites de los objetivos generales democrático-revolucionarios). Y la condena del espíritu de partido, expresada con la palabra «escisión», es ya un abandono de la neutralidad y del apartidismo, es ya un manifiesto espíritu de partido. O fingen ustedes, señores, o piensan mal: en esencia, sus gritos contra la escisión y a favor del apartidismo encubren su temor por su propio espíritu de partido. Un partidario realmente sin partido, digamos, de la Asamblea Constituyente, no vería una escisión en que una parte de sus correligionarios forme, aceptando plenamente esta reivindicación, un partido independiente.

Así pues, que los revolucionarios sin partido desarrollen organizaciones revolucionarias sin partido. ¡En buena hora! Pero que griten menos contra los revolucionarios de partido que «escinden» el revolucionarismo sin partido.

Ahora, sobre el boicot. Estamos convencidos de que el boicot no fue un error. En la situación histórica concreta de principios de 1906 fue necesario y correcto. Después de la frustración de la Duma de Bulyguin y después de diciembre, los socialdemócratas estaban obligados a levantar igual de alto la bandera de la lucha por la Asamblea Constituyente y a hacer todos los esfuerzos para una frustración similar de la Duma de Witte. Cumplimos con nuestro deber revolucionario. Y el boicot, a despecho de toda clase de calumnias y arrepentimientos tardíos, dio mucho para el mantenimiento del espíritu revolucionario y de la conciencia socialdemócrata entre los obreros. La mejor valoración de esto: 1) el apoyo al boicot por las bases obreras, 2) su brillante realización en las periferias especialmente oprimidas, 3) la promulgación por el gobierno de una ley especial contra el boicot{113}.

Es incorrecta y miope la opinión de que el boicot fue un error y un asunto inútil. No sólo aportó un beneficio moral y político, sino también el más real y directo. Desvió toda la atención y todas las fuerzas del gobierno precisamente hacia la lucha contra los boicoteadores. Colocó al gobierno en una situación ridícula, estúpida y ventajosa para nosotros: la situación de quien lucha por la convocatoria de la Duma. Debilitó con ello en grado gigantesco la atención del gobierno a la composición de la Duma. Fue, si es permisible emplear un símil militar, un ataque frontal o una demostración de ataque frontal, sin la cual el enemigo no habría podido ser flanqueado por la retaguardia. Y resultó precisamente así: nosotros, los revolucionarios, demostramos un ataque frontal al que el gobierno, que promulgó una ley increíblemente idiota, temía mortalmente. Y los burgueses liberales y los revolucionarios sin partido se aprovecharon de este ataque frontal y de la concentración de las fuerzas del enemigo en el centro para un movimiento envolvente. Flanquearon al enemigo por la retaguardia, se deslizaron a hurtadillas en la Duma, penetraron disfrazados en el campo enemigo.

A cada cual lo suyo. El proletariado lucha, la burguesía se escurre a hurtadillas.

Y ahora, la responsabilidad política por la Duma convocada por la camarilla, subordinada a la camarilla y que regatea con la camarilla, la hemos cargado enteramente sobre los cadetes. Esto teníamos que hacerlo indefectiblemente, porque en la composición de la Duma y en todo el carácter de su actividad hay una dualidad: hay algo que debemos apoyar y algo contra lo que debemos luchar resueltamente. Sólo los políticos burgueses olvidan esta dualidad o no quieren verla. Sólo los políticos burgueses ignoran tozudamente el papel de la Duma como órgano del pacto contrarrevolucionario de la autocracia con la burguesía liberal-monárquica contra el proletariado y el campesinado. Si tal pacto tendrá éxito aunque sea por un tiempo, y cuáles serán sus consecuencias, es aún desconocido. Esto depende, en última instancia, de la fuerza, la organización y la conciencia del movimiento popular fuera de la Duma. Pero que en la Duma predominan los representantes de la clase capaz de semejante pacto, que en el momento actual se llevan a cabo negociaciones sobre él y se dan pasos preparatorios, de tanteo, es un hecho. Ninguna «refutación» de los cadetes, ninguna omisión de los mencheviques ocultará este hecho.

Si esto es así —y es indudable que es así—, está claro que los intereses de la lucha de clase del proletariado exigían incondicionalmente que éste conservara su plena independencia política. No debía imitar a la burguesía liberal, dispuesta con alegría a agarrarse a cualquier limosna. Debía, con toda energía, prevenir al pueblo contra la trampa que le tiende la camarilla. Debía hacer todo lo posible para impedir la convocatoria de una «representación popular» falsificada, cadete. Todo esto se conseguía precisamente con el boicot.

Por eso son extremadamente ligeros y sorprendentemente ahistóricos los razonamientos de aquellos socialdemócratas del ala derecha que, para regocijo de la burguesía, reniegan ahora del boicot y ultrajan su conducta de ayer. Pues también los mencheviques eran boicoteadores: sólo querían boicotear la Duma en una etapa distinta. Vale la pena recordar sólo dos hechos históricos que sería imperdonable olvidar para los socialdemócratas que aprecian en alguna medida su pasado. Primer hecho: en la hoja del Comité Central Unificado de nuestro partido, compuesto por igual por bolcheviques y mencheviques, se declaró directamente que ambas partes estaban de acuerdo en la idea del boicot y discrepaban sólo en qué etapa era más conveniente el boicot. Segundo hecho: en ninguna publicación impresa de los mencheviques, ninguno de ellos llamó a participar en la Duma misma, e incluso el «resuelto» camarada Plejánov no se decidió a hacerlo. Renegar del boicot significa para los socialdemócratas representar incorrectamente la historia de ayer del partido.

Pero, ¿se deriva del boicot la renuncia obligatoria a formar en la Duma una fracción propia de partido? En absoluto. Aquellos boicoteadores que, como *Mysl*, piensan así, se equivocan. Debíamos hacer, e hicimos, todo lo posible para impedir la convocatoria de una representación falsificada. Eso es cierto. Pero si, a pesar de todos nuestros esfuerzos, ha sido convocada, no podemos renunciar a la tarea de utilizarla. Sólo los políticos burgueses, que no valoran la lucha revolucionaria y la lucha por el éxito completo de la revolución, pueden ver en esto una falta de lógica. Recordemos el ejemplo de Liebknecht, que en 1869 estigmatizaba, flagelaba y rechazaba el Reichstag alemán, y después de 1870 participó en él. Liebknecht sabía valorar la importancia de la lucha revolucionaria por una representación popular revolucionaria y no por una representación popular burguesa y traicionera. Liebknecht no renegaba pusilánimemente de su pasado. Decía con pleno derecho: hice todo lo posible por luchar contra tal Reichstag, por luchar por el mejor desenlace posible. El desenlace resultó ser el peor. Sabré utilizar también éste, sin romper con mi tradición revolucionaria.

Así pues, del boicot no se puede deducir la renuncia a utilizar la Duma ni la renuncia a formar en ella una fracción partidista. La cuestión se plantea de otro modo: es necesaria una cautela redoblada (así precisamente planteaban esta cuestión en el Congreso de Unificación los bolcheviques, como se convencerá cualquiera que lea su proyecto de resolución[54]). Hay que ver si es posible ahora utilizar la Duma mediante el trabajo en su interior, si existen para ello socialdemócratas adecuados y condiciones externas adecuadas.

Pensamos que sí. En la conducta de nuestros diputados de la Duma hemos señalado errores puntuales, pero en general han adoptado una posición correcta. Dentro de la Duma se ha creado una agrupación que corresponde a una situación realmente revolucionaria: octubristas y cadetes a la derecha, socialdemócratas y trudoviques (o, más exactamente, los mejores de los trudoviques) a la izquierda. Esta agrupación podemos y debemos utilizarla precisamente para prevenir al pueblo contra el lado peligroso de la Duma cadete, precisamente para desarrollar el movimiento revolucionario no limitado por los marcos de la Duma, de la táctica de la Duma, de los objetivos de la Duma, etc. Con tal agrupación, si llevamos el asunto correctamente, utilizaremos también a los demócratas revolucionarios sin partido y, al mismo tiempo, actuaremos con plena nitidez y decisión como partido socialdemócrata, proletario.

*Ejo* nº 9, 1 de julio de 1906.

Se publica según el texto del periódico *Ejo*.