Vivimos, según todas las apariencias, uno de los momentos más importantes de la revolución. Un nuevo ascenso del amplio y masivo movimiento contra el viejo orden se perfilaba desde hace tiempo. Ahora este ascenso se aproxima al punto culminante de su desarrollo. Las elecciones a la Duma y la primera semana de sesiones y trabajos de la Duma opositora desempeñaron el papel de la «vela de un kopek» que encendió el incendio en todo el país. Resultó que aún había un abismo tal de material combustible, la atmósfera estaba todavía a tal punto «caldeada», que ninguna medida de precaución sirvió.

Y ahora ya se torna para todos evidente, hasta la obviedad, que el incendio realmente ha envuelto a todo el país. Se han alzado realmente nuevas capas: del proletariado, incluso de aquel que medio año atrás proporcionaba centurias negras, y, en particular, del campesinado. El ejército, ligado a las capas más atrasadas del campesinado y seleccionado artificialmente de manera que se expulsara, se reprimiera y se sofocara todo lo vivo y fresco, incluso el ejército ha resultado estar casi por completo en llamas. Las noticias sobre «motines» y brotes en las tropas llegan de todas partes, como chispas en un gran incendio.

Los reporteros de los periódicos, que tienen ciertos vínculos con la burocracia, comunican que el ministro de Guerra advierte contra la disolución de la Duma, por no considerar posible en ese caso confiar en el ejército{94}.

No es de extrañar que el gobierno vacile ante tal estado de cosas. Es cierto que, al vacilar, el gobierno se prepara no obstante de la manera más inequívoca para la sangrienta represión de la revolución. La provocación se intensifica. A la prensa libre se le ha declarado una guerra a vida o muerte. Los periódicos de izquierda son «confiscados contra toda ley». Kronstadt está inundado de tropas enviadas especialmente. El pogromo de Bialystok es el comienzo directo de las acciones contrarrevolucionarias, y además acciones armadas. El gobierno vacila, en sus filas resuenan voces que advierten, voces que llaman a un pacto con los cadetes, pero detrás de estas vacilaciones, detrás de esta «meditación», no olvida ni por un minuto su vieja, habitual y probada política de violencia directa.

Los reaccionarios son hombres de acción, decía Lassalle. Nuestros reaccionarios justifican estas palabras. Meditan, sopesan, vacilan si pasar de inmediato a la ofensiva general por una nueva línea (es decir, si disolver la Duma). Pero preparan la ofensiva, sin apartarse de esta «acción» ni por un minuto. Razonan correctamente, desde el punto de vista de unos depredadores que ya han caído en el lazo que se ciñe inexorablemente alrededor de su cuello. ¿Ceder ante los cadetes, que prometen un «poder fuerte»? ¿O arreglar las cuentas a sangre y fuego? Esperemos con la primera salida – deciden hoy –, esperemos, pues eso se puede hacer también mañana, y la segunda salida hay que prepararla en todo caso. Muchos de ellos razonan, sin duda, también así: primero probemos también la segunda salida, eligiendo un momento más conveniente. ¡Y ceder ante los cadetes tendremos tiempo en el último minuto, cuando ya nos convenzamos a fondo de que no se puede recuperar todo mediante un derramamiento masivo de sangre!

Razonamiento, para unos depredadores, completamente correcto. Sin una lucha desesperada y despiadada, no se rendirán, por supuesto. Y para el caso de un mal final, se preparan, naturalmente, una retirada hacia un pacto con los cadetes, hacia una alianza con ellos sobre la plataforma del «poder fuerte» que tan oportunamente les recuerda el señor Struve. Los reaccionarios preparan un combate serio y decisivo, considerando el pacto con los cadetes como un resultado secundario del desenlace fallido del combate.

El proletariado debe mirar con sobriedad y franqueza las tareas de la revolución. En el planteamiento «práctico» de las grandes cuestiones, no cederá ante los reaccionarios. Dirigir toda su atención, todas sus preocupaciones y todos sus esfuerzos hacia el inevitable combate decisivo, sea mañana o pasado mañana, y considerar el pacto del gobierno con los cadetes como un resultado secundario de una de las posibles etapas de la revolución. El proletariado no tiene por qué temer este pacto: en él se despeñarán tanto los Trépov como los liberales moderados. El proletariado en ningún caso debe apoyar, ni directa ni indirectamente, este pacto, apoyar la reivindicación de un ministerio responsable surgido de la mayoría de la Duma. Ni necesitamos ahora hacer fracasar este pacto, ni lo apoyaremos. Seguimos nuestro propio camino, seguimos siendo el partido de la clase avanzada, que no dará a las masas ni una sola consigna equívoca, que no se atará ni directa ni indirectamente a ningún asunto sucio de la burguesía, y que sabrá, en todas las circunstancias y en todos los desenlaces de la lucha, defender los intereses de la revolución.

El compromiso del gobierno con la Duma no es imposible como uno de los episodios particulares de la revolución. La socialdemocracia no debe ni predicar este compromiso, ni apoyarlo, ni «hacerlo fracasar» en el momento actual. Concentra toda su atención y la atención de las masas en lo principal y esencial, y no en lo secundario y accesorio. Utilizará hasta la última gota todos y cada uno de los compromisos de la burguesía con el viejo poder, todas las vacilaciones en las alturas. Pero advertirá de manera inexorable a la clase obrera y al campesinado contra la «amistad» de los cadetes. Debe oponer a las vacilaciones de arriba la abnegada decisión de abajo y, sin ceder a las provocaciones, reunir firme y tenazmente sus fuerzas para el momento decisivo.

Escrito el 8 (21) de junio de 1906.

Publicado el 9 de junio de 1906 en el periódico «Vperiod», núm. 13. Se reproduce según el texto del periódico.