La prensa liberal-burguesa de toda Rusia se esfuerza con todas sus fuerzas en convencer a sus lectores de que los socialdemócratas rusos «bolcheviques» no tienen nada en común con la socialdemocracia internacional. Son, por lo visto, anarquistas, amotinados, conspiradores; deberían aprender de los socialdemócratas alemanes; deberían reconocer como vía principal la «vía parlamentaria», tal como hicieron los socialdemócratas alemanes. Semejantes y parecidos discursos se profieren desde las páginas de decenas de periódicos kadetes.

Para el público ruso, la lucha política es aún algo nuevo y abierto. El público ruso aún no sabe que éste es el procedimiento más habitual de la burguesía de todos los países: hacer creer siempre que los socialistas del país propio son unos canallas, amotinados, etc., mientras que los socialistas de los países vecinos son gente «sensata». La burguesía francesa insulta a Jaurès y elogia a Bebel. La alemana insulta a Bebel y elogia a Jaurès. La rusa insulta a los socialdemócratas rusos y elogia a los alemanes. ¡Viejo, viejísimo procedimiento!

Veamos, pues, qué valoración de los kadetes considera acertada el órgano central de la socialdemocracia alemana. Que no se queje el lector por las largas citas: es necesario desacostumbrar de una vez por todas a los periodistas liberales rusos de inventar divergencias entre la socialdemocracia rusa y la alemana.

«Hasta hace poco —dice el artículo *La Duma y los kadetes*—, no se había oído nada sobre los kadetes. No estaban allí donde corría la sangre y tronaban los disparos. No estaban allí donde sacrificaban sus vidas, arrastradas por el heroísmo de la lucha revolucionaria, las masas populares, decididas a morir o vencer bajo la bandera de la libertad proletaria. Esos políticos realistas eran demasiado sabios en asuntos de Estado, demasiado previsores para dejarse arrastrar por el movimiento de masas a cuya cabeza marchaban los "marginados" y soñadores, los "fanáticos" de la revolución. Permanecían tranquilamente al calor de su hogar, esos sabios de sangre fría, esos héroes de la frase, caballeros del relumbrante falso liberalismo. Con aflicción movían la cabeza, llenos de temor ante la posibilidad de que la revolución fuera demasiado lejos, de que hiciera tambalearse los fundamentos, sacrosantos desde tiempos inmemoriales, de la vida burguesa, de la propiedad, de la buena conducta política, del orden.

Los kadetes mostraron hace mucho su versatilidad en lo que respecta a su "disposición a prestar servicios". Ya en los tiempos de la Duma de Bulyguin soñaban con tender un puentecillo desde el entonces aún "inocente" Witte hacia un liberalismo que coqueteaba sin ambages con la bolsa extranjera. La bolsa es, en general, el punto débil de nuestro partido de la "libertad popular". Hace apenas unos días, los kadetes se justificaban con indignación de la acusación de haber realizado una agitación "traidora" contra el nuevo empréstito de mil millones. Y tal comportamiento por su parte es perfectamente comprensible. En los momentos del más desenfrenado arbitrismo policial, intentaban explicarlo por el comportamiento de la democracia. Durante los incendios y *pogromos* organizados por la camarilla, defendían con toda el alma el trono y el altar{89} contra el embate de los socialistas que nada reconocen, todo lo niegan y todo lo destruyen.

Llegó la hora del famoso boicot, sobrevino la gran huelga de octubre, la cruenta época de las insurrecciones populares, de la guerra civil, de los motines militares en el mar y en tierra. Los kadetes fueron barridos por la gran ola purificadora del oleaje.

Nada se oía entonces de los kadetes. Los caballeros del justo medio se ocultaron. En el mejor de los casos, protestaban ruidosamente, se quejaban en voz alta, pero en medio del fragor de la tempestad revolucionaria no se les oía.

La reacción prestó a los kadetes el mejor servicio. Cuando las cárceles volvieron a llenarse, cuando revivieron de nuevo los lugares de deportación que acogían a los luchadores rusos, entonces llegó la hora de los kadetes. Sus adversarios de la izquierda se vieron obligados a callar. Los kadetes se hicieron con periódicos; las persecuciones de la contrarrevolución afectaron relativamente poco a los kadetes. No contra ellos se enviaban expediciones de castigo, no eran sus casas las incendiadas, no eran sus hijos los violados por los cosacos, no se aplicaban contra ellos las medidas de "pacificación" de los señores Witte – Durnovó, no se dirigían contra ellos los cañones y las ametralladoras, la artillería y la infantería, la flota y los cosacos. Y los kadetes pasaron a ocupar el primer plano. Empezó la lucha por medio de la palabra. La revolución fue sustituida por la polémica, y en este terreno los kadetes resultaron ser maestros y virtuosos sin parangón. En primer lugar, se abalanzaron sobre la revolución y sobre los revolucionarios, vilipendiaron a los socialistas, calumniaron al partido obrero. Polemizaban con un adversario al que habían amordazado. Acusaban a quienes no podían responder ni defenderse. Pero el liberalismo ruso no se contentó ni siquiera con esto. Por boca de uno de sus más destacados dirigentes declaró que todo el heroico movimiento de liberación de Rusia era obra suya, que mérito suyo era la caída de la autocracia. Con descaro explotaban los kadetes la sangre derramada por los proletarios, se cubrían con los jirones de la bandera roja desgarrada, proclamaban al liberalismo como alma de la lucha de liberación, salvador de la patria frente a los tiranos. Y aunque las cárceles permanecían abarrotadas y se seguían erigiendo patíbulos, los kadetes no cesaban de alabarse a sí mismos y de fustigar a los inquietos, audaces e irrefrenables revolucionarios.»

El autor describe a continuación la situación jurídica de nuestra Duma, la ley del Consejo de Estado, el papel de los kadetes en las elecciones.

«Los simpáticos kadetes deseaban ardientemente la evolución en lugar de la revolución, el orden legal en lugar de la anarquía revolucionaria y la guerra civil.» Pero el pueblo les dio en las elecciones mandatos revolucionarios que no eran en absoluto del agrado de los kadetes.

«Como diplomáticos natos y honrados mediadores, se halagaban con la esperanza de calmar la revolución, reanimar la bolsa, suavizar la autocracia, conciliar todas las contradicciones y eliminar todos los choques. Predicaban la paz, pero la realidad traía algo muy distinto. Se presentaban ante los electores como "demócratas constitucionales", se les elegía como partido de oposición en general, como el único o el principal partido de oposición. Ellos aspiraban al compromiso, y se les dieron mandatos revolucionarios. Ellos pronunciaban frases, y se les envió a la lucha, se les tomó juramento, se les prometió todo tipo de apoyo, incluida la lucha armada.

Ebrios por la victoria, arrastrados por la frase revolucionaria durante la campaña electoral, hallándose entre electores revolucionarios, los kadetes fueron más lejos de lo que querían. No se dieron cuenta de que a sus espaldas había crecido una nueva fuerza que les empujaba a la lucha.

Los kadetes comprendieron demasiado tarde quién les había enviado al parlamento, quién les había otorgado plenos poderes con un imperativo tan categórico, quién les había impuesto el papel que más temían, del que renegaban con todas sus fuerzas. Les envió la revolución rusa para allanar su propio camino ulterior. Les envió el pueblo ruso, que se sirvió de los kadetes como de un ariete para abrir una nueva brecha en los muros de la autocracia, cuyos principales baluartes serán tomados después no con ayuda de los kadetes, sino con la ayuda de las amplias masas populares.»

Los kadetes vieron con desagrado la presencia en la Duma de los diputados campesinos revolucionarios, que amenazaban con estropear su juego. Soñaban con una «Duma kadete unánime». «Entonces se podría haber eludido de algún modo las tareas revolucionarias, ahogar toda verdadera acción en un torrente de bellos discursos… Se podría uno haber limitado a resoluciones y proyectos, conseguir —como máximo— un ministerio kadete, fortalecer la monarquía constitucional, extinguir la revolución mediante pequeñas concesiones, diferir hasta el infinito todas las reformas y, en fin de cuentas, alcanzar el objetivo: implantar un parlamentarismo liberal-burgués… Sí, todo esto hubiera sido posible, ¡de no haber campesinos en la Duma!» Y el autor del artículo describe —a veces en expresiones verdaderamente entusiastas— el talante revolucionario de los diputados campesinos en la Duma. «La revolución llevó sobre sus hombros a la Duma no sólo a los kadetes, sino que creó también la "Montaña", el "partido de la Montaña", que no aceptará compromisos. La revolución está también representada en la Duma.»

«¡Pobres kadetes, pobres girondinos rusos! Se hallan entre la espada y la pared, entre las bayonetas del gobierno y la revolución del proletariado y del campesinado.

No en vano han empezado ahora los kadetes a ocultar tan vergonzosamente su atuendo rojo. No en vano arrojan ahora sus ruidosas consignas. No en vano hablan ahora de sus sentimientos de respeto a las prerrogativas del viejo poder. La situación se torna seria. El gobierno no bromea, y con las manos vacías no se conseguirá nada de él. Pero la revolución que envió a los kadetes a la Duma, la revolución tampoco bromea. No les perdonará su traición. No tendrá piedad de los cobardes que asumieron un papel revolucionario y perdieron el valor.

De un lado, el absolutismo; del otro, la revolución. ¿Qué harán los kadetes?»

Así termina el artículo con el que expresó su conformidad el órgano central del partido socialdemócrata alemán. ¿Verdad que los «bolcheviques» han quedado en ridículo ante estos «sensatos» socialdemócratas alemanes? ¿Qué tajantemente divergen su juicio y el nuestro sobre los kadetes? ¡Cuán lejos están entre sí sus consignas y las nuestras: la revolución del proletariado y del campesinado!

Que reflexione también el lector: ¿acaso habríamos divergido con semejante gente en la valoración del ministerio kadete?

No, ¡en lo tocante al absolutismo, en lo tocante a los burgueses liberales, la socialdemocracia revolucionaria internacional es solidaria ahora, como lo ha sido siempre!

*«Vperiod» n.º 5, 31 de mayo de 1906.*

Se imprime según el texto del periódico «Vperiod».