La situación política se aclara con una rapidez que nos alegra el alma. Es alegre vivir en una época en que las masas populares comienzan a vivir la vida política. Todos los principales grupos sociales de la Rusia actual han emprendido ya, de una u otra forma, el camino de la acción política abierta y de masas. Las diferencias radicales de intereses se ponen al desnudo de manera inmisericorde, precisamente porque la acción es abierta. Los partidos se perfilan en su verdadero aspecto. Los acontecimientos, con férrea fuerza, van delimitando a los partidarios de las distintas clases, obligándoles a determinar quién está con quién y quién contra quién.

En la Duma de Estado, estas diferencias radicales de los intereses de clase, que provocan la delimitación política, se manifiestan de modo mucho más apagado y sordo que en las capas inferiores de la vida popular. En la Duma existe para ello un partido especial, el de los kadetes, que por todos los medios, lícitos e ilícitos, se esfuerza en borrar las aristas vivas, embotar las contradicciones agudas, sofocar las explosiones de la lucha que estallan aquí y allá. Pero en las «capas inferiores» la efervescencia se intensifica cada vez más. De nuevo se agita con toda su fuerza de masas el proletariado, el campesinado, el soldado, el empleado ferroviario. Crece el movimiento huelguístico, se elaboran nuevas formas de huelga (las «huelgas por turnos» de una producción tras otra — volveremos aún sobre estas huelgas por turnos), se agudiza la lucha directa de los campesinos por la tierra, menudean las noticias sobre el despertar de los soldados y marineros oprimidos, empiezan a «reponerse» los ferroviarios. Algo nuevo y fresco se mueve, bulle, fermenta y palpita por doquier. Nuevos brotes se abren paso incontenible de entre el cúmulo de ruinas.

Y aunque los kadetes se esfuerzan por cerrar más herméticamente las contraventanas en el Palacio de Táuride, la vida se impone, y el viento fresco irrumpe también allí. La labor de delimitación de clases y de esclarecimiento político se efectúa también allí. Los kadetes aún predominan sobre los trudoviques. Hoy siguen celebrando su victoria de ayer, cuando hicieron fracasar la proposición de los trudoviques de promulgar inmediatamente la ley sobre la pena de muerte, cuando obligaron a los trudoviques a retirar la proposición de constituir inmediatamente comités agrarios, comités locales libremente elegidos para resolver el problema de la tierra.

Pero el mero hecho de que los kadetes tengan que luchar cada vez con más frecuencia por la hegemonía en la Duma, demuestra claramente una profunda diferencia entre ellos y los trudoviques. Cuanto más frecuentes y más agudos son estos choques combativos, tanto más netamente se destaca ante la masa popular la diferencia entre el terrateniente liberal, el fabricante, el abogado, el profesor, y el mujik. El mujik busca con toda el alma la libertad popular, y precisamente por eso no puede congeniar el mujik con el partido de la «libertad popular». El mujik se estira en busca de tierra y libertad, y esos solos estiramientos hacen crujir por todas las costuras el proverbial amor al pueblo del proverbial partido de la «libertad popular».

Los kadetes siguen venciendo a los trudoviques, pero sus victorias o bien provocan escándalos directos para su partido, o bien ponen al desnudo toda su «naturaleza» con una franqueza sumamente grata para el proletariado.

El primer caso se produjo precisamente con el proyecto de ley de trabajos forzados de los kadetes sobre la libertad de prensa. Ellos se justifican, tratan de escabullirse. Pero sus lamentables subterfugios les enredan aún más. Reconociendo el «error», la impresión del «borrador», hasta ahora no pueden corregir abiertamente el error, no pueden mostrar el texto limpio.

El segundo caso es el de los comités agrarios locales{86}. La lucha política abierta unió de momento a todos los «izquierdistas», es decir, a los trudoviques y al proletariado socialdemócrata, contra los kadetes. Los mencheviques coincidieron con los bolcheviques en la apreciación de las verdaderas intenciones de los kadetes: traicionar la revolución, sofocarla mediante «proyectos burocráticos», mediante la unión de los funcionarios y los liberales contra los mujiks. La cuestión se planteó con claridad: ¿deben los funcionarios y los terratenientes liberales someterse a las decenas de millones de campesinos, o estas decenas de millones a un puñado de funcionarios y liberales? Toda la clase obrera, todos los representantes socialdemócratas del proletariado se alzaron como un solo hombre en favor de los campesinos, contra los funcionarios y los liberales. Y los kadetes se cubrieron de magnífica vergüenza. Les obligamos a confesar públicamente que no quieren dar a los campesinos toda la libertad ni toda la tierra, que contra los campesinos buscan ayuda en los funcionarios. En los comités agrarios locales deben predominar indiscutiblemente los campesinos, dicen unos: los campesinos son decenas de millones, y los funcionarios y terratenientes, centenares de miles. Otros responden: deben estar representados por igual los terratenientes y los campesinos, y los funcionarios participarán y «controlarán».

El proletariado y el campesinado consciente a un lado, los funcionarios y los kadetes al otro. Tal es la agrupación que impone la vida en la lucha actual, inmediata.

¡Loor a vosotros, estadistas kadetes! ¡Loor a vosotros, escritores de los periódicos «Rech» y «Duma», que nos ayudáis de modo inigualable a nosotros, los socialdemócratas revolucionarios, a explicar al pueblo la realidad política sin afeites! Nos ayudáis con vuestras teorías y con vuestros hechos.

En vuestras teorías debéis ir cada vez más lejos. Hoy planteáis magníficamente la cuestión: el asunto se reduce a «una diferencia de principios en los puntos de vista» («Rech» núm. 84). «Según un punto de vista, la Duma es sólo una de las “etapas de la revolución”[41], mientras que según el otro, la Duma es la vía para afianzar el régimen constitucional sobre una amplia base democrática».

¡Excelente, admirable, señores escritores de «Rech»! Exactamente así: tenemos ante nosotros dos concepciones de principio fundamentales. O la Duma es una etapa de la revolución. O la Duma es un instrumento de componenda entre el funcionario y el kadete contra el proletariado y el campesinado revolucionario. ¿No estáis contentos con semejante paráfrasis? ¿Protestáis? ¡Pero si sois unos bromistas! ¿Acaso no os habéis desenmascarado de lleno en la cuestión de los comités agrarios locales? ¿Qué tonto no comprenderá ahora que bajo la «amplia base democrática» se oculta una representación en lo posible paritaria de mujiks y liberales, con la participación y el derecho de control de los señores Goremykin u otros funcionarios?

Y si alguien permanece sordo a todas las palabras, discursos, declaraciones y teorías de los kadetes, sus hechos le ilustrarán mañana mismo. Y esto no está lejos. Digamos simplemente al partido de la «libertad popular»: ¡lo que haces, hazlo pronto!

Y lo que hace, se ve por los puntos siguientes.

El viraje en la política de nuestro gobierno es discutido afanosamente por los periódicos. Los banqueros franceses no dan dinero, se niegan a pagar los plazos acordados. El periódico más influyente de los capitalistas franceses, «Le Temps»{87}, aconseja del modo más insistente al gobierno ruso que haga concesiones a los kadetes. Witte y Durnovo han viajado al extranjero con el fin de persuadir a los banqueros franceses. No lo logran. No confían. Trepov discute intensamente la composición del nuevo ministerio. Para primer ministro se perfila a Kokovtsov o a otro funcionario. Para ministros se perfila a los kadetes de derecha.

Nos dirán, acaso, que todo esto son chismes de periódico. Es posible. Pero también es posible que haya aquí una pizca de verdad. No hay humo sin fuego. El periódico «Nóvoye Vremya» es una veleta conocida desde hace tiempo. Su capacidad para tener la nariz al viento y adular a las autoridades está probada durante decenas de años. Precisamente en los últimos días este periódico vira de frente de modo notorio. En lugar de las continuas injurias contra los kadetes, leemos en él los llamamientos más ardientes a que el gobierno ceda ante los kadetes y forme un ministerio kadete. Pero, ¿acaso los kadetes se indignan por las mentiras de «Nóvoye Vremya»? En absoluto. «Rech» cita ya dos veces (núms. 82 y 84) a «Nóvoye Vremya» sobre este asunto sin una sola palabra de protesta, con manifiesta simpatía, lamentando tan sólo, a veces, las reminiscencias del pasado en el mismo «Nóvoye Vremya».

De modo que es posible que estemos en vísperas de un ministerio kadete con alguien como Kokovtsov a la cabeza. Los periódicos vespertinos informan hoy incluso que el ministerio de Goremykin presentó ya ayer la dimisión{88}. Y una vez más digamos al partido de la «libertad popular»: ¡lo que haces, hazlo pronto! Nada aportaría una claridad tan completa y acabada a la situación política actual como el nombramiento por el poder supremo de un ministerio kadete. Precisamente entonces desaparecerían las últimas esperanzas miopes en los kadetes, precisamente entonces se unirían definitivamente en la acción política viva todos los «izquierdistas», precisamente entonces desaparecerían todas las discusiones sobre el apoyo a la Duma y al ministerio de la Duma, precisamente entonces la agrupación política que ahora se ha perfilado se convertiría en un hecho real y en la base de una nueva «etapa».

Por lo demás, esta «etapa» llegará también sin ministerio kadete. ¡Estamos «herrados en las cuatro patas», señores kadetes!

Escrito el 27 de mayo (9 de junio) de 1906.

Publicado el 28 de mayo de 1906 en el periódico «Vperiod» núm. 3. Se publica según el texto del periódico.