En los dos últimos números de «El Correo» se ha publicado la primera carta del camarada Plejánov «sobre la táctica y la falta de tacto». La prensa liberal-burguesa ya ha señalado, con toda razón, que el camarada Plejánov va mucho más a la derecha que el periódico «El Correo». Toda esta prensa se deshace en elogios al camarada Plejánov y lo contrapone al resto de la socialdemocracia.

Examinemos, pues, con más sangre fría estos razonamientos del camarada Plejánov.

El camarada Plejánov polemiza con el periódico socialdemócrata de Poltava «Kolokol»{74}. Cita de él los siguientes pasajes:

«La adopción de un programa socialdemócrata –escribía “Kolokol”– no convierte todavía en socialdemócrata ni a una persona aislada, ni siquiera a todo un grupo. Para ello es necesario asumir íntegramente también los fundamentos de la táctica socialdemócrata.

El rasgo distintivo de la socialdemocracia, que la diferencia de las demás filas de los otros partidos, es, además de su programa, su posición clasista irreconciliable respecto a todos los demás partidos burgueses».

El camarada Plejánov arremete severamente contra los pasajes citados. En primer lugar, en vez de «posición» exige que se ponga la palabra «oposición». A nosotros nos parece que esta corrección no mejora en nada, sino más bien empeora la exposición del autor. En segundo lugar, el camarada Plejánov asume la labor de corrector de pruebas. En el texto falta una coma después de la palabra «demás». Los correctores de pruebas sin pretensiones suelen corregir en silencio tales errores. Los correctores de pruebas con pretensiones escriben sobre esto casi media columna de folletín.

Vayamos al fondo. ¿Qué objeta en esencia el camarada Plejánov? Dice: «El autor presenta a todos los demás[33] partidos burgueses como una sola masa reaccionaria compacta».

Esto no es cierto. En las palabras citadas no hay ni sombra de semejante presentación. Y en las palabras posteriores del autor, citadas por el propio Plejánov, se distinguen directamente dos tipos de partidos burgueses: 1) «los kadetes de oposición» y 2) «los de derecha». El intento del camarada Plejánov de atribuir al autor la idea de «una sola masa reaccionaria compacta» no sólo es injusto, sino directamente indigno de un socialista que desee discutir sobre el fondo de la cuestión.

«Los diversos partidos burgueses están teñidos de colores diferentes», dice el camarada Plejánov. Ya hemos mostrado que esta idea justa no es en absoluto ajena al autor del artículo de «Kolokol», que distinguía entre el «color» kadete de oposición y el de derecha. Contra los «fundamentos» de la táctica socialdemócrata, por tanto, el autor no ha pecado, contrariamente a la opinión de un crítico puntilloso pero torpe. Pero para definir la táctica socialdemócrata rusa durante la revolución no basta con distinguir estos dos «colores» de los partidos burgueses. He aquí un vacío real en el pensamiento o en la exposición de «Kolokol», y este vacío el camarada Plejánov no lo ha advertido. Él inventaba vacíos inexistentes y ha pasado por alto un vacío real.

Si el camarada Plejánov hubiera querido discutir con los bolcheviques[34] sobre el fondo, y no para deleitar y alegrar a los periódicos kadetes, no habría podido silenciar que precisamente los bolcheviques insisten desde hace tiempo en la necesidad de distinguir entre los partidos burgueses al menos tres «colores» principales. Justamente ahí radica una de las diferencias de raíz entre las dos tácticas, y son vanas las esperanzas del camarada Plejánov de emborronar esta diferencia de tácticas políticas mediante suspiros pequeño-burgueses y estrechos a propósito de la «falta de tacto».

Hace un año apareció en el extranjero el folleto bolchevique «Dos tácticas»[35], reedificado luego en Rusia. En él se demostraba que el error fundamental de todo el menchevismo consiste en no comprender qué elementos de la burguesía pueden, junto con el proletariado, llevar hasta el fin la revolución democrático-burguesa en Rusia. Los mencheviques se confunden constantemente, y hasta hoy, suponiendo que la revolución burguesa debe hacerla propiamente «la burguesía» (¡la burguesía en general, sin distinción de «colores»!) y que el proletariado debe ayudarla. Por eso los mencheviques (y entre ellos Plejánov) nunca han podido definir de un modo medianamente marxista en qué consistirá, desde el punto de vista de la reagrupación política de clases, la «victoria decisiva de la revolución actual», aunque no eran reacios a hablar de victoria decisiva, incluso en sus resoluciones. La afirmación de los bolcheviques de que la victoria decisiva sólo puede ser la dictadura del proletariado y del campesinado no les gustaba, pero no podían ni refutarla, ni corregirla o modificarla.

Los bolcheviques afirmaban y afirman que precisamente en la época de la revolución democrático-burguesa, el único aliado firme y serio del proletariado (hasta la victoria de esa revolución) puede ser únicamente el campesinado. El campesinado es también una «democracia burguesa», pero de un «color» completamente distinto que los kadetes o los octubristas. Ante esta democracia burguesa, independientemente de lo que ella quiera, la historia ha planteado objetivos realmente revolucionarios respecto al «viejo orden» en Rusia. Esta democracia burguesa se ve obligada a luchar contra los fundamentos mismos del poder terrateniente y del viejo poder estatal ligado a él. Las condiciones objetivas no «la obligan» a esforzarse con todas sus fuerzas por conservar el viejo poder, por completar la revolución mediante un acuerdo con el viejo poder. Esta democracia burguesa es por ello, según sus tendencias –condicionadas por aquello a lo que se ve obligada a hacer–, una democracia revolucionaria. Y los bolcheviques definían la táctica del proletariado socialista durante la revolución democrático-burguesa de este modo: el proletariado debe dirigir al campesinado, sin fusionarse con él, conducirlo contra el viejo poder y el viejo orden, paralizando la inestabilidad y la vacilación de la burguesía liberal, que oscila entre la libertad popular y el viejo poder.

Estos fundamentos de la táctica del proletariado socialdemócrata ruso en la presente época no los han comprendido los mencheviques. Tampoco los ha comprendido el camarada Plejánov. Y esta cuestión concreta sobre nuestra táctica es la que él se esfuerza en soslayar, embadurnar, encubrir con sus razonamientos acerca de equivocaciones al escribir o al copiar, con sus citas traídas a destiempo, etc.

Juzguen ustedes mismos. En el n.º 5 de «El Correo» Plejánov llega hasta el punto de atribuir a los bolcheviques la idea: «el proletariado no puede marchar al lado de la burguesía… esto es oportunismo».

¡Todavía no estamos muertos, camarada Plejánov! Echar sobre nosotros, como si lo fuésemos, patrañas semejantes sólo consigue cubrirse de vergüenza. Cualquiera que esté un poquitín familiarizado con «Vperiod», «Proletari», «Dos tácticas», «La victoria de los kadetes» y otros folletos de los bolcheviques verá al instante que Plejánov no dice la verdad.

Los bolcheviques vienen repitiendo desde hace ya año y medio que el error de los mencheviques es la incapacidad de distinguir a la democracia burguesa revolucionaria dentro del conjunto de esa democracia burguesa que precisamente ahora pierde con rapidez su carácter revolucionario. Los bolcheviques vienen repitiendo desde hace ya año y medio que los mencheviques, por un ridículo temor a «acercarse» a los eseristas, se acercan desmesuradamente a los kadetes, valorando insuficientemente a la democracia burguesa de color revolucionario. Los bolcheviques repiten que el oportunismo de los mencheviques consiste en el olvido de los intereses fundamentales de la democracia y, por consiguiente, también del socialismo, cuyos avances reales en la época de la revolución burguesa son imposibles al margen de los éxitos de la democracia, en aras de los éxitos temporales del liberalismo, en la veneración ciega ante los triunfos de oropel de los zemtsí o de los kadetes.

¡En eso consiste su oportunismo, camarada Plejánov!

Marx nos enseñaba –exclama Plejánov– «a preguntar no qué es lo que los burgueses quieren, sino a qué están obligados».

Así es, camarada Plejánov. Justamente esta enseñanza de Marx es la que usted olvida, invocando a Marx en vano, del mismo modo que en vano lo invocaba Bernstein, que socavaba el marxismo. Usted olvida que los kadetes están «obligados» a ir a un acuerdo con el viejo poder, mientras que la democracia campesina o revolucionaria está «obligada» a librar una lucha decidida contra él, o, al menos, que los kadetes sólo son capaces de pactar, y los campesinos son capaces también de una lucha seria. Mediante frases generales acerca de a qué están obligados «los burgueses» en general, el camarada Plejánov embadurna la cuestión concreta de a qué están obligados los burgueses del color kadete y los burgueses del color de la democracia revolucionaria.

Juzguen ahora quién resulta en la práctica incapaz de distinguir los diversos colores de la burguesía rusa en nuestra época. ¿Quién obsequia a los obreros con escolástica, pedantería y la «momia de la verdad», en lugar de señalar las diferencias esenciales, precisamente en el momento actual, dentro de la democracia burguesa?

Los lectores seriamente interesados en esta cuestión deben resolverla no sobre la base de impresiones casuales, sino mediante un estudio serio de la literatura socialdemócrata y de las resoluciones de los congresos. Tomad la resolución del congreso sobre la Duma de Estado y comparadla con el proyecto de resolución de los bolcheviques[36]. Veréis que precisamente la resolución del congreso (menchevique) no sabe trazar una división clara entre la democracia campesina y la kadete. Por el contrario, la resolución bolchevique insiste justamente en esta diferencia. La resolución del congreso se limita al consejo de desenmascarar la inconsecuencia de todos los partidos burgueses, mientras que nuestra resolución habla de la inestabilidad de los kadetes y de la necesidad de cohesionar a la democracia campesina y contraponerla a ellos. La resolución del congreso no sirve para nada a este respecto, pues desenmascarar a todos los partidos burgueses deben los socialistas de todos los países en todas las épocas; quien se limita a esto repite de manera escolar palabras aprendidas del marxismo, pero no sabe digerirlas ni aplicarlas a Rusia. Justamente en la época de la revolución burguesa, decir: «desenmascara a todos los partidos burgueses» significa no decir nada e incluso decir una falsedad, pues un desenmascaramiento serio y práctico se da solo a medida que históricamente aparecen en la arena unos u otros partidos burgueses. Por el contrario, nuestra resolución distingue precisamente aquellos «colores» que desempeñan un papel político ahora. Y por eso los primeros pasos mismos de la Duma de Estado confirmaron justamente nuestra resolución, mostrando a todos con claridad la inestabilidad de los kadetes y la esencia más revolucionaria de los «trudoviques».

Otro ejemplo. La cuestión de la actitud hacia los partidos burgueses. ¿Cómo la resolvían los mencheviques antes del congreso? Con frases generales: ved su proyecto de resolución. ¿Y los bolcheviques? Distinguiendo tres tipos de oposición burguesa: octubristas, kadetes y demócratas revolucionarios (ved el proyecto de resolución bolchevique)[37]. ¿Cómo resolvió el congreso esta cuestión? ¡Los mencheviques no se atrevieron a proponer su resolución y confirmaron la resolución de Ámsterdam! ¡Los socialdemócratas rusos de la época de la revolución burguesa no saben decir nada sobre la burguesía rusa de diferentes colores, salvo repetir lo que dicen los europeos de todos los países cien años después de la revolución burguesa!

¿Acaso no está claro que el respetable Plejánov echa la culpa al sano de la cabeza del enfermo?

Tomad las disquisiciones del camarada Plejánov sobre el «verdadero socialismo» en la Alemania de los años 40. ¿En qué consiste la esencia de este «verdadero socialismo»? En la incomprensión de la lucha de clases y del significado de la libertad política, por un lado. Además, en la incapacidad de distinguir el significado de tal o cual capa de la burguesía en la lucha política contemporánea. ¿No es ridículo que el c. Plejánov intente reprocharnos esto, cuando precisamente él, a la cabeza de los mencheviques, oscurece la diferencia radical, según las condiciones del momento que vivimos, entre la burguesía kadete-opositora y la revolucionario-democrática?

En general, este reproche a los bolcheviques de cercanía a los «verdaderos socialistas» merece ser ridiculizado. Pensad solamente: a nosotros siempre y a coro nos acusaban de excesiva rectilinealidad, rigidez, dureza pétrea. Y al mismo tiempo, nuestros oponentes nos llaman «blanquistas», «anarquistas» y «verdaderos socialistas». Los blanquistas son conspiradores (nunca estuvieron por la huelga general), exageran el significado del poder revolucionario. Los anarquistas niegan por completo tanto el poder revolucionario como cualquier otro, contraponiendo a la estricta organización del blanquismo un libertinaje desorganizador total. Los «verdaderos socialistas» son algo así como lavristas pacíficos, semiculturalistas, no revolucionarios, héroes de disquisiciones rebuscadas y prédicas abstractas. Los mencheviques no podrían haberse golpeado mejor a sí mismos que inventando estas acusaciones mutuamente excluyentes contra los bolcheviques. Nos basta con señalar con el dedo esta confusión de los mencheviques para responder a sus acusaciones.

Por el contrario, nosotros siempre dijimos y decimos que los mencheviques son el ala derecha de la socialdemocracia, que se inclina al oportunismo, es decir, al olvido de los intereses sólidos, esenciales, medulares del proletariado en aras de los intereses del momento, en aras de posibilidades aparentes de «adaptarse» a estados de ánimo, situaciones y relaciones momentáneas.

¿A qué se reduce toda la táctica actual del camarada Plejánov? Al servilismo ante el éxito de los kadetes, al olvido de los enormes aspectos negativos de su conducta actual, al oscurecimiento del carácter reaccionario de los kadetes en comparación con el elemento revolucionario de la democracia burguesa, a la ofuscación de la conciencia de los obreros y campesinos, capaces de creer en las «intercesiones» y en un parlamento de juguete.

Los kadetes se esfuerzan con todas sus fuerzas por presentarse como la democracia burguesa en general, encubrir su divergencia con el Grupo del Trabajo, disimular sus desacuerdos con la democracia campesina, lograr apoyo justamente para el ala derecha, poco confiable, de la democracia burguesa. El camarada Plejánov, independientemente de lo que quiera lograr, logra solo una cosa: en la práctica apoya estas aspiraciones reaccionarias de los kadetes. Por eso ellos se deshacen en elogios hacia él.

El camarada Plejánov dice: ya en 1903 (II Congreso del POSDR) yo discutí contra el ala derecha del partido de entonces (Akimov, Martinov y otros), defendiendo la necesidad de apoyar todo movimiento opositor contra la autocracia. De la misma manera veía Marx en 1847. Y Plejánov quiere convencer a los lectores de que los bolcheviques han olvidado esta verdad.

El camarada Plejánov se equivoca. La tesis general sobre el apoyo a la oposición no es negada por quienes resuelven la cuestión concreta sobre el apoyo en un momento dado a tal o cual parte de esta burguesía opositora y revolucionaria. El error de Plejánov consiste en sustituir una cuestión histórica concreta por una consideración abstracta. Esto, en primer lugar. Y en segundo lugar, el error del camarada Plejánov consiste en su concepción completamente antihistórica de la democracia burguesa en Rusia. Plejánov olvida cómo cambia la situación de las diferentes capas de esta democracia burguesa a medida que avanza la revolución. Cuanto más se eleva la revolución, más rápidamente se desprenden de ella las capas menos revolucionarias de la burguesía. Quien no comprende esto, no sabrá explicar nada en el curso de la revolución burguesa en general.

Dos ejemplos para aclarar lo dicho.

Marx en 1847 apoyaba la oposición más tímida de la burguesía alemana contra el gobierno{75}. En 1848 él fustigaba implacable y ferozmente, y cubría de fango a los kadetes alemanes muy radicales —mucho más izquierdistas que nuestros kadetes—, que llevaban a cabo un «trabajo orgánico» en el Parlamento de Fráncfort{76}, asegurando al mundo entero que este trabajo orgánico tenía la mayor importancia de agitación y no comprendiendo la inevitabilidad de la lucha por el poder real{77}. ¿Se contradijo Marx? ¿Cambió a otro punto de vista? ¿Cayó en el blanquismo (como piensan los bernsteinianos y los profesores liberales alemanes)? De ninguna manera. La revolución había avanzado. De ella se habían rezagado no solo los «shípovistas» alemanes de 1847, sino también los «kadetes» alemanes de 1848. Como fiel guardián de los intereses de la clase avanzada, Marx fustigaba sin piedad el rezago, y precisamente a aquellos que eran los más influyentes entre los rezagados.

Al remitirse a Marx, Plejánov tergiversa a Marx.

Segundo ejemplo.

En 1903, e incluso antes: en 1901–1902, la vieja «Iskra» apoyaba a los «shípovistas», es decir, a los tímidos liberales zemstvos de entonces que, junto con el señor Struve, enarbolaban la consigna de «derechos y un zemstvo con poder». La revolución avanzaba, y los socialdemócratas pasaban, por así decirlo, de las cumbres opositoras de la burguesía a sus bases revolucionarias. «Perseguían» a los shípovistas por la reivindicación poco clara de una constitución; a los constitucionalistas, por ignorar el sufragio universal, etc.; a quienes reconocían esto último, por no reconocer la revolución, etc., a medida del desarrollo, ampliación y profundización de todo el movimiento democrático. ¿Se contradijeron a sí mismos los socialdemócratas revolucionarios si del apoyo a los «shípovistas» opositores en la época de 1901–1902 pasaron al apoyo a los campesinos revolucionarios en 1905–1906? De ninguna manera. Permanecieron fieles a sí mismos.

Se contradijo a sí mismo el camarada Plejánov, quien, por el éxito momentáneo de los kadetes, pasó por alto las tareas democráticas superiores ya planteadas por la vida.

Sigamos. He aquí un ejemplo particularmente evidente de la actitud acrítica hasta el último extremo de Plejánov hacia la Duma kadete.

El camarada Plejánov cita lo siguiente de «El Aldabón»:

Aplicando estas tesis generales al grupo parlamentario obrero, podemos decir que dicho grupo expresará las auténticas aspiraciones de la parte más combativa y consciente del proletariado ruso –en otras palabras, merecerá el nombre de socialdemócrata– solo en la medida en que, en su actuación dentro de la Duma, aplique los principios tácticos fundamentales de la socialdemocracia.

No hundirse en el pantano común de la oposición demócrata-constitucionalista de la Duma, no ir a remolque de su mayoría demócrata-constitucionalista, sino contraponerse a esta mayoría, desenmascarar la estrechez de sus aspiraciones, su propensión a pactar con los partidos «de derecha» y con el gobierno: he aquí la única táctica digna de los representantes del proletariado y, a la vez, auténticamente socialdemócrata, que debemos recomendar insistentemente a los representantes obreros en la Duma de Estado. Cualquier otra táctica, al nublar la autoconciencia de clase del proletariado, cuyos representantes en la Duma se consideran los miembros de este grupo, los convertirá en secuaces de los partidos burgueses y en un instrumento dirigido contra las tareas independientes del proletariado en el curso general de la revolución rusa».

A propósito de esto dice Plejánov:

«Si nuestro compañero poltavés hubiera tenido que aplicar sus tesis generales al Partido Socialista en Francia, no le habría sido necesario introducir correcciones de cierta seriedad en las líneas finales de su artículo. Habría podido limitarse a sustituir las palabras: “demócratas-constitucionalistas, demócrata-constitucionalista” por las palabras: “radicales, radical”; la palabra: “Duma” por la palabra: “Cámara de Diputados”; y, por último, las palabras: “revolución rusa” por las palabras: “movimiento histórico-social”. Es asombrosamente cómodo».

Invitamos al lector a releer una vez más la cita de «Kólokol» y la observación de Plejánov. Esta observación nos revela con rara nitidez una de las fuentes del giro de Plejánov hacia Bernstein.

Reflexionen un poco: «Kólokol» habría podido limitarse, en las líneas finales del artículo, a sustituir las palabras: «demócratas-constitucionalistas» por la palabra: «radicales» y la palabra: «Duma» por la palabra: «Cámara de Diputados».

Con este razonamiento, el camarada Plejánov se ha crucificado definitivamente. Ha mostrado de manera palpable cuán ajeno le es todo entendimiento de lo que son las ilusiones constitucionales y, por consiguiente, todo entendimiento del momento actual de la revolución burguesa rusa.

Entre los demócratas-constitucionalistas rusos y la Duma rusa, entre los radicales franceses y la Cámara francesa, entre la correlación de unos y otros, existe una diferencia radical que Plejánov pierde de vista. Plejánov ha pasado por alto una palabrita en el artículo de «Kólokol», una palabra pequeña, pero sumamente característica y significativa. Esa palabra es: «pacto con el gobierno».

Piénselo, camarada Plejánov: ¿puede hablarse en Francia de un «pacto» de la Cámara de Diputados con el gobierno? No, no puede. ¿Por qué? Porque allí el gobierno está subordinado a la Cámara en todo lo más esencial. La mayoría en la Cámara misma es el gobierno real, al nombrar ministros a las personas que le son convenientes. Al conseguir la mayoría en la Cámara, los radicales se convierten, por ello mismo, en el gobierno. Las relaciones parlamentarias, para un período de tiempo dado, corresponden más o menos tanto a la relación de las fuerzas reales dentro del pueblo como a la relación del poder estatal con el pueblo. La constitución escrita, para un período de tiempo dado, no diverge sustancialmente de la constitución real, efectiva, de la correlación de fuerzas.

En Rusia, puede y debe hablarse del pacto de la mayoría de la Duma con el gobierno. ¿Por qué? Porque el poder real nos pertenece, tanto por ley como de hecho, no a la Duma en absoluto, sino al viejo gobierno autocrático. La Duma no es, como la Cámara, un órgano del poder estatal, sino solo un órgano de peticiones, ruegos y declaración de exigencias de una parte del pueblo ante el viejo poder. Por eso, la mayoría de la Duma puede «entrar en un pacto» con el gobierno; esto es un absurdo para Francia. Las relaciones parlamentarias no corresponden en absoluto ni a las relaciones reales de fuerzas dentro del país, ni a la relación del poder estatal con el pueblo.

En Francia, la lucha de clases real se libra precisamente entre aquellas fuerzas que están representadas en la Cámara, y la representación de estas fuerzas, además, corresponde más o menos, para un tiempo dado, a su «importancia combativa» comparativa.

En Rusia, la lucha real no se libra en absoluto entre las fuerzas representadas en la Duma, y la representación que la Duma hace de estas fuerzas es precisamente ahora cuando diverge de manera especialmente brusca y radical de su «importancia combativa» comparativa. El gobierno real de Rusia casi no está representado en absoluto en la Duma, posee otras «instituciones»; el proletariado también está casi sin representación; el campesinado está representado de manera desproporcionadamente débil.

El intento de comparar Rusia con Francia muestra que el camarada Plejánov se hunde por completo en las ilusiones constitucionales. Toma la palabra (parlamento, cámara) por la esencia, el rótulo por el contenido. Por eso se le escapan por completo todas las particularidades más importantes del momento en Rusia, cuando madura la lucha entre el «pueblo» –el menos representado en la Duma– y el viejo poder, cuando el papel de los «conciliadores», de los tránsfugas en esa lucha, se vuelve especialmente significativo y especialmente peligroso.

Así como Bernstein en 1899 causaba un enorme perjuicio al proletariado alemán al tomar a los pequeños burgueses intelectualoides «conciliadores» (social-liberales, que reconciliaban al proletariado y a la burguesía) por la propia burguesía que tenía el poder real en sus manos, también Plejánov en 1906 causa un enorme perjuicio al proletariado ruso al tomar a los «conciliadores» burgueses semirreaccionarios (demócratas-constitucionalistas, que concilian la libertad popular con el viejo poder) por una fuerza política independiente en el Estado, por un poder que se puede y se debe apoyar.

Bernstein, al llamar a ser «tácticos» respecto a los social-liberales, a apoyarlos, a no empujarlos a la reacción, llamaba a sostener una ficción. Se dejaba seducir por el espectro de la paz social y olvidaba las tareas cardinales de la lucha por el poder.

Plejánov, al llamar a ser «tácticos» respecto a los demócratas-constitucionalistas, a apoyarlos, a no empujarlos a la reacción, llama a sostener una ficción. Se deja seducir por el espectro del parlamentarismo (en la época de la revolución burguesa, y no socialista) y olvida las tareas cardinales de la lucha por el poder.

Tanto a Bernstein como a Plejánov, la burguesía social-liberal, demócrata-constitucionalista, los lleva en palmas, los ensalza hasta los cielos, los publicita, los reedita, por los servicios que le prestan en su lucha contra el proletariado.

No se llamen a engaño sobre esto, obreros. Las palabritas sobre la «táctica» socialdemócrata y el «apoyo» a los demócratas-constitucionalistas tienen en la política real su propio significado, determinado no por las buenas intenciones de Plejánov, sino por la correlación real de fuerzas. Plejánov puede pensar, y asegurar a los demás, que ni en sus pensamientos tenía la intención de debilitar o embotar el antagonismo político y social entre las clases y entre el pueblo y el viejo poder. Pero los discursos de Plejánov, en la presente coyuntura política, adquieren precisamente ese significado, independientemente de su voluntad.

Bernstein no quería la paz social (al menos aseguraba que no la quería), pero la burguesía comprendió correctamente que tal era el significado real de sus discursos. También entre nosotros, en Rusia, fíjense en la prensa de los demócratas-constitucionalistas. Alaba a Plejánov y, sin guardarle consideraciones, extrae sus propias conclusiones de sus discursos. Ayer, en «La Duma» (núm. 22), el Sr. Kotliarevski demostraba que toda «lucha de clases y todo odio de clase» obstaculizan la causa de la liberación nacional. Contrapone directamente la lucha de «Volná» a la lucha de los guesdistas contra los jaurésistas, de Ferri contra Turati, de Kautsky contra Bernstein; teme «que tal prédica del odio de clase, como la que ahora resuena en nuestra Rusia, al socavar la solidaridad de los diversos grupos sociales, tan necesaria en vista de la acción política conjunta, no mine de raíz (¡escuchen!) el terreno para la acción de toda representación popular correcta». «¿No quebranta ella (el odio de clase) el espíritu mismo del constitucionalismo?»

Hoy, en *Libertad y Cultura* (n.º 7){79}, el señor Struve clama contra el hecho de que los socialdemócratas «entregan la libertad para ser despedazada por las furias del odio de clase», que ellos «se dejan arrastrar de manera unilateral y enfermiza, hasta el paroxismo, por las ideas de la lucha de clases» (pág. 458), que «la paz política» (¡recuerden la «paz social» en boca de los burgueses europeos!) «nos plantea exigencias completamente nuevas» (página 514). La burguesía comprende magníficamente que las ideas de Plejánov siembran precisamente la falsa noción de la «paz política» y de hecho embotan todo odio de clase, toda lucha de clase. La garra se le ha quedado enganchada al camarada Plejánov — y toda la «avecilla» ha ido a parar, en lo que respecta a la política contemporánea, a la jaula del señor Struve.

«Las palabras fuertes no son crítica», escribe el camarada Plejánov. «La crítica desarrolla realmente la conciencia, mientras que las palabras fuertes, por el contrario, la oscurecen. Tomemos, si no, la palabra fuerte: traición. Gritamos tan a menudo sobre la traición de la burguesía que, cuando de verdad ‘traicione’ —es decir, se reconcilie con la burocracia—, y cuando en efecto nos sea necesario gritar sobre ello desde todos los tejados, nuestros gritos ya no producirán el efecto debido, y con nosotros se repetirá la historia del muchacho que gritaba ‘¡lobo, lobo!’ cuando el lobo aún no había aparecido».

¡Qué magnífico ejemplo de bernsteiniada rusa es este pequeño fragmento de los razonamientos de Plejánov!

En primer lugar, obsérvese cuán claramente se percibe la falta de base firme bajo los pies del camarada Plejánov. En noviembre de 1905, escribía en el n.º 3 de su *Diario*: «... Últimamente se ha gritado mucho entre nosotros sobre no sé qué (!) traición de la burguesía. Pero, en realidad, ¿a qué podía traicionar la burguesía? En todo caso, no a la revolución, porque ella jamás sirvió a la idea revolucionaria».

Vean: en noviembre de 1905, el camarada Plejánov ni siquiera comprendía en general a qué podía traicionar la burguesía. Ahora lo ha comprendido. No solo supone que la burguesía puede traicionar a algo, sino que ya encuentra que de hecho *traicionará*. En medio año, el camarada Plejánov cambia de posición: al principio se decía que la burguesía, en general, no tenía a qué traicionar. Ahora se dice que ella de hecho traicionará, es decir, se reconciliará con la burocracia.

Nos alegraríamos mucho de este progreso del camarada Plejánov si, en otros aspectos, sus puntos de vista no siguieran siendo igual de vacilantes. La traición es una palabra fuerte, dice él. Esta opinión no es nueva. Es la opinión de todos los burgueses liberales. En miles de artículos de la prensa kadete se inculca en el público ruso la idea de que los discursos sobre las «traiciones» de la burguesía son solo palabrotas de los «furiosos» bolcheviques. Ahora la burguesía ha encontrado un nuevo aliado en esta cuestión. El camarada Plejánov también ha llegado a la convicción de que «traición» es una «palabra fuerte».

Así como en su momento contra Bernstein hubo que repetir y masticar el abecé del marxismo, lo mismo hay que repetir ahora contra Plejánov. Él se equivoca profundamente. «Traición» no es una «palabra fuerte», sino la única expresión correcta, desde el punto de vista científico y político, de los hechos reales y de las aspiraciones reales de la burguesía. La palabra «traición» expresa la misma idea que la palabra «componenda». Plejánov mismo no puede dejar de reconocerlo, pues él identifica la traición con la reconciliación con la burocracia. Y miren cómo hablaba la «furiosa» *Volná* sobre este concepto: «componenda».

«¿Cuál es la esencia de las componendas kadetes?», leemos en el n.º 13 de *Volná*. «No es, por supuesto, la traición personal. Una opinión tan burda es radicalmente ajena al marxismo. La esencia de las componendas reside en eso y solo en eso: en que los kadetes no se apartan ni quieren apartarse del terreno de la conservación del poder por parte del viejo régimen, del terreno de los dictados que emanan de este último»[38].

Así pues, la esencia de la traición o de las componendas no reside en absoluto en la traición personal. La esencia de la traición o de las componendas consiste únicamente en que el partido de la libertad «popular» (léase: burguesa) se esfuerza por conservar el poder para la vieja autocracia, se esfuerza por repartir el poder entre esta y la burguesía.

El partido de la «libertad popular» traiciona la libertad popular precisamente al ceder una buena porción de los derechos populares y del poder popular a los representantes del viejo poder. La renuencia del camarada Plejánov a comprender esta simple verdad es sencillamente monstruosa. Él presenta el asunto como si la burguesía aún no hubiera traicionado entre nosotros, como si solo fuera a traicionar en el futuro.

Esto es una total incomprensión de la esencia misma de la traición y de las componendas.

La burguesía y los kadetes ya han traicionado miles de veces la libertad y se han reconciliado con la burocracia. ¿Qué es el programa del partido kadete? ¿No es acaso un conocido paso político de la burguesía? Indudablemente. ¡Y precisamente este programa es un programa de traición y un programa de componendas! Y cada paso político de los kadetes, por una u otra faceta, lleva a cabo, realiza precisamente este programa. El discurso de Trubetskói en el verano de 1905, las vacilaciones sobre la cuestión del sufragio de los cuatro sufragios, el proyecto de ley penal sobre la libertad de prensa, son justamente tales pasos de la burguesía liberal que realizan precisamente su programa de traición.

Según el camarada Plejánov, resulta que si la burguesía no da aún un paso particular, entonces no habrá ninguna traición por su parte. Esto es incorrecto. Si la burguesía, y precisamente los kadetes, continúan haciendo lo que han hecho hasta ahora, la suma de todas sus acciones dará el cuadro más completo de la traición. En la incomprensión de esto consiste la esencia del oportunismo socialdemócrata contemporáneo.

Si se realiza el mezquino sueño de los kadetes, si la «presión pacífica» de la Duma y de la «opinión pública» obliga al gobierno a hacer pequeñas concesioncillas, si el Consejo de Estado{80} sale ligeramente al encuentro —según la receta del miembro del Consejo de Estado, señor Jomiakov, cuyos planes comunicó ayer la kadete *Duma*—, si el viejo poder renueva el ministerio dando algunos puestecillos a los kadetes de derecha, etc., entonces obtendremos, en fin de cuentas, precisamente la «reconciliación» de los kadetes con la burocracia. Todo el error de Plejánov consiste en suponer que el camino de la «traición» es o será un camino «nuevo» de nuestra burguesía, mientras que en realidad es precisamente la continuación de su viejo camino lo que da toda la «composición» de la traición, si se nos permite expresarnos en lenguaje jurídico.

Cuando la burguesía traicione «de verdad», dice Plejánov, no creerán nuestros gritos, pues todos se habrán acostumbrado demasiado a la palabra traición.

¡Qué infinita ingenuidad política! Toda la política de la socialdemocracia consiste en iluminar el camino que la masa del pueblo debe recorrer. Levantamos en alto nuestra antorcha marxista, y a cada paso de las distintas clases, en cada acontecimiento político y económico, mostramos la confirmación por la vida de nuestra doctrina. Cuanto más se desarrolla el capitalismo y se agudiza la lucha política, una parte mayor del pueblo se convence con nuestras palabras y con esta confirmación cotidiana (o histórica) de las mismas. Ahora, por ejemplo, cientos de miles de personas en Rusia se han convencido ya de la justeza de nuestra valoración de los kadetes. Con el rápido desarrollo de la revolución o con un giro brusco de esta hacia alguna gran componenda de los kadetes con la autocracia, millones e incluso decenas de millones se convencerán de la justeza de nuestra valoración.

Por tanto, decir que no creerán nuestros gritos sobre la traición en el futuro porque los repetimos demasiado a menudo en el presente, significa decir el mayor de los despropósitos. El camarada Plejánov intenta en vano encubrir este despropósito con razonamientos semejantes a los que suelen ofrecer a las colegialas las solteronas, las damas inspectoras, etc. «La crítica debe ser fundamentada», enseña edificantemente.

Nuevo e inteligente. Y su crítica, camarada Plejánov, también debe ser fundamentada. Pero mire usted: ¡no ha aducido ni un solo ejemplo fáctico y más o menos importante de crítica no fundamentada de los kadetes por nuestra parte, mientras que con sus razonamientos generales ha sembrado una masa de opiniones infundadas en las mentes de los lectores! ¡Lo que vale solo reducir el concepto de «traición» a una palabra fuerte!

Lo que vale una frase como esta: «En nuestras filas, la conciencia de esta contraposición [la contraposición de los intereses de la burguesía y el proletariado] ha adquirido ya, pudiera decirse, la solidez de un prejuicio». ¿En cuáles «nuestras filas», camarada Plejánov? ¿En las filas de los habitantes ginebrinos procedentes de Rusia? ¿En las filas de los miembros de nuestro partido en general? ¿Pero acaso no convendría recordar también a las amplias filas de la masa popular?

El obrero de *Prizyv*{81} dijo la verdad: Plejánov juzga «desde lejos». La masa de proletarios y semiproletarios aún no tiene ni idea ni de esta oposición en general ni del carácter burgués de los kadetes. Y precisamente ahora, la prensa kadete seguramente nos supera en diez veces a nuestra prensa socialdemócrata. La corrupción kadete del pueblo se intensifica tanto a través de la Duma kadete como por medio de toda clase de instituciones liberales. Habría que haber perdido por completo el sentido de la realidad para imaginarse que nosotros adelantamos el curso de los acontecimientos y las demandas de la masa, denunciando la inconstancia y las traiciones de los kadetes. Por el contrario, ¡en esta tarea nos rezagamos tanto del curso de los acontecimientos como de las demandas de la masa! Escriba usted mejor una crítica popular y «profunda» de los kadetes, camarada Plejánov: eso será más provechoso.

Pasemos ahora a las conclusiones de Plejánov sobre la Duma.

«Nuestro gobierno ya ha cometido muchos errores imperdonables —escribe—. Estos errores lo han llevado al borde del abismo, pero aún no lo han arrojado a él. Caerá en el abismo cuando disuelvan la Duma... La Duma despierta incluso a los más dormidos; empuja hacia adelante incluso a los más atrasados; destruye en la masa las últimas ilusiones políticas heredadas de la historia... El mayor significado agitacional lo tendrá el trabajo orgánico de la Duma.»

Fíjese bien en estos razonamientos. El gobierno caerá cuando disuelvan la Duma. Supongámoslo. Pero, ¿de dónde se deduce que la disolverán si se limita al trabajo orgánico? ¿Qué es el trabajo orgánico? El trabajo de la Duma dentro de los marcos legales. La Duma presenta proyectos de ley al Consejo de Estado, formula interpelaciones a los ministros. El Consejo de Estado y los ministros dilatan el asunto y amortiguan en la medida de lo posible todos los conflictos que surjan. El órgano del gobierno ruso, *Rússkoe Gosudarstvo*{82}, dijo hace tiempo: que la Duma sea opositora, pero no revolucionaria. En otras palabras: hagan ustedes trabajo orgánico, pero ni un paso más allá.

Así que, ¿con qué motivo disolverán la Duma por su trabajo orgánico? Y no la disolverán nunca si no da un paso revolucionario, completamente inorgánico, o si fuera de la Duma no estalla un movimiento tal que incluso la Duma kadete resulte ser un obstáculo para el gobierno. Esta suposición nos parece mucho más probable que la infundada afirmación de que «disolverán la Duma».

El gobierno no caerá solo en el caso de que disuelvan la Duma. Caerá también en otros casos, pues la Duma no es ni el principal factor ni el indicador más fiable del movimiento. No caerá por sí mismo, sino únicamente bajo la acción activa... de un tercer actor (ni el gobierno ni la Duma). Explicar la inevitabilidad de esta acción, sus formas probables, su carácter y la composición de clase de los actores capaces de realizarla, las condiciones de su éxito, etcétera, etcétera, todo esto deben hacerlo los socialdemócratas. Y precisamente los kadetes combaten del modo más despiadado contra esta labor de los socialdemócratas. Precisamente el desprestigiar a los kadetes es una de las condiciones de esta labor y la garantía para atraer la simpatía de las masas hacia ella.

Quien habla de la «caída» del gobierno en el abismo y al mismo tiempo de lo inoportuno de la crítica y de las acusaciones de traición dirigidas contra los k.-d., no ata cabos en su razonamiento. La caída «en el abismo» no es más que una expresión figurada: es una frase revolucionaria, diría yo, si quisiera imitar el estilo de Plejánov. ¿En manos de quién quedará el poder? ¿Pueden los obreros y los campesinos permitir que vaya a parar a manos de los kadetes, que inmediatamente lo compartirán con la vieja autocracia? ¿No es precisamente desde este punto de vista especialmente necesario prevenir al pueblo contra los kadetes?

Nosotros pensamos que sí. Pensamos que este trabajo necesario de esclarecimiento de las masas sobre los kadetes se ve obstaculizado y perjudicado por el oportunismo de Plejánov, que combate de manera completamente infundada la táctica que revela la verdadera esencia del partido k.-d.

Al decir que el trabajo orgánico de la Duma tiene el mayor significado agitacional, Plejánov manifiesta una visión totalmente unilateral de las cosas. Aquí al propio Plejánov, como ya señalamos en *Volná*, lo enmiendan los mencheviques, burlándose con toda razón de la perspectiva dumista de «levantar una montaña de leyes»[39]. Hasta ahora Rusia era el país con la mayor cantidad de leyes policíacas de papel. Si la Duma se dedica sin cesar al trabajo «orgánico», Rusia pronto podrá resultar el país con la mayor cantidad de leyes radicales de papel. Imaginarse que el efecto agitacional de esas leyes o proyectos de ley es directamente proporcional a su extensión y cantidad es el mayor pedantismo. Para pensar así, hay que olvidar el ejemplo del Parlamento de Fráncfort, que hacía de la manera más minuciosa su trabajo «orgánico» y se imaginaba, como Plejánov, que precisamente el trabajo orgánico tiene el mayor significado agitacional. Para pensar así, hay que no ver lo que ya ocurre en Rusia; hay que no ver los signos de hastío del público ante la interminable agua de borrajas de los discursos kadetes en la Duma, no ver la impresión que producen los proyectos de ley «de trabajos forzados» presentados por los kadetes y el lastimoso balbuceo en su justificación al respecto, no ver ese asco infinito, ese miedo pequeñoburgués de los kadetes ante la nueva ola que se avecina, ante la inevitable nueva lucha, ante lo que Plejánov llamó la «caída en el abismo». Desenmascarar a los kadetes, camarada Plejánov, es justamente preparar la conciencia de las amplias masas populares para esa caída, para su participación activa en ella, para apartar a los kadetes «del pastel» durante ella, para prepararse con audacia y vigor a ella.

La Duma despierta, la Duma desenmascara las últimas ilusiones, nos dicen. Es cierto. Pero «la Duma» solo lo hace en la medida en que nosotros desenmascaramos la timidez y la inconstancia de la Duma kadete, solo en la medida en que explicamos los hechos vinculados con la Duma que muestran el derrumbe de las ilusiones. Los kadetes no hacen esto. Los kadetes contrarrestan esto. Los kadetes difunden ilusiones constitucionales. La zubátovschina{83} también despertaba a los obreros, también desenmascaraba ilusiones, pero lo hacía solo en la medida en que nosotros combatíamos las corrupciones del pueblo mediante la zubátovschina. Y que no intenten refutar este argumento declarando que la Duma no es zubátovschina. La comparación no es identificación. Que intenten encontrarme un periódico kadete o una gran comparecencia política de los kadetes donde no haya elementos de corrupción de la conciencia política del pueblo.

Esto es lo que olvida el camarada Plejánov cuando declara, de manera grandilocuente e importante: «He aquí el sentido de toda la filosofía: bueno es todo lo que contribuye a la educación política del pueblo, malo todo lo que la obstaculiza». Lo demás es prejuicio, escolástica.

Sí, sí, una de las alas de los socialdemócratas efectivamente cae en una escolástica desesperanzada. Pero, ¿cuál, la derecha o la izquierda? ¿Se puede imaginar algo más pedante, más exánime, más verdaderamente escolástico, que esta reducción de la táctica del proletariado en la época de la revolución a la tarea de la educación política del pueblo? Pues entonces, ¿dónde queda la frontera entre la lucha de clases socialdemócrata y la lucha de un vulgarista cultural burgués? La revolución está en pleno auge, actúan diversas clases, las masas emprenden la labor histórica, se perfilan variados matices de partidos burgueses, se agudiza una compleja crisis política, se elabora una nueva etapa de lucha sobre el terreno preparado por un año 1905 sin precedentes por su riqueza de acontecimientos y experiencias, ¿y todo esto reducirlo a una sola cosa: a la educación política del pueblo? En verdad, un descubrimiento genial de nuestra señorita de clase. En verdad, una buena «llave maestra» para todas las cuestiones concretas de la política, y además una llave maestra que aceptará enteramente, que agarrará con ambas manos cualquier kadete e incluso el partido de las reformas democráticas e incluso Heiden. Sí, sí, ese es precisamente el criterio «amplio» que necesitamos, justo lo que une y solidariza a las clases y no siembra odio ni discordia. ¡Exactamente así! ¡Bravo, Plejánov! —dicen todas esas buenas personas—; semejante «solución» inevitablemente oscurece o aleja la cuestión de esa nueva «franja de locura», de ese nuevo «torbellino» que tanto asusta al corazón burgués. Nada de torbellinos, nada de catástrofes, camarada Plejánov, sea consecuente, nada de abismos. La educación política del pueblo: he aquí nuestra bandera, he aquí el sentido de toda la filosofía.