«Hay indicios —escribe hoy *Rech*{44}— que apuntan a que el brillante éxito de la oposición ha reavivado viejas ilusiones que parecían sepultadas y amenaza con devolver el movimiento revolucionario a la senda del blanquismo, de la cual la sensata “minoría” de la socialdemocracia rusa se esforzó con tanto celo en apartarlo tras el fracaso del “levantamiento armado” de diciembre».

He aquí una valiosa confesión que merece la reflexión de los obreros rusos. ¿Por qué la burguesía insulta a ciertos socialdemócratas dándoles palmaditas en el hombro como a gente sensata? Porque se esforzaron celosamente en apartar el movimiento de la senda del blanquismo, de la senda «de diciembre». ¿Es cierto que la lucha de diciembre fue blanquismo? No, no es cierto. El blanquismo es una teoría que niega la lucha de clases. El blanquismo espera la redención de la humanidad de la esclavitud asalariada, no mediante la lucha de clases del proletariado, sino a través de una conspiración de una pequeña minoría de intelectuales. ¿Hubo tal conspiración o algo parecido en diciembre? No hubo nada semejante a una conspiración. Fue un movimiento clasista de enormes masas del proletariado, que puso en juego un instrumento de lucha puramente proletario, la huelga, y sumó a su causa a masas nunca vistas en la arena política rusa de semiproletarios (ferroviarios, empleados de correos, etc.), el campesinado (el Sur, el Cáucaso, la región del Báltico) y los pequeños burgueses urbanos (Moscú). Mediante el espantajo del «blanquismo», la burguesía quiere rebajar, denigrar y calumniar la lucha del pueblo por el poder. A la burguesía le conviene que proletarios y campesinos luchen solo por concesiones del viejo poder.

Los socialdemócratas de derecha esgrimen el «blanquismo» solo como frase retórica en la polémica. La burguesía convierte ese vocablo en arma contra el proletariado: «¡Sed sensatos, obreros! ¡Luchad por ampliar los derechos de la Duma kadete, sacadle las castañas del fuego a la burguesía, pero no oséis pensar en esa locura, anarquismo, blanquismo, que es la lucha por el pleno poder del pueblo!»

¿Dicen verdad los burgueses liberales al afirmar que los socialdemócratas de derecha se esforzaron celosamente por apartar el movimiento de la senda y los métodos de octubre y diciembre? Por desgracia, es verdad. No todos los socialdemócratas de derecha eran conscientes de ese significado de su táctica, pero su significado real era precisamente ese. Insistir en la participación en las elecciones a la Duma equivalía en esencia a apoyar a los kadetes, que enterraban la revolución y tildaban la lucha revolucionaria de «vieja ilusión». Las tres resoluciones de principios más importantes del Congreso de Unificación, aprobadas por el ala derecha de la socialdemocracia pese a la encarnizada lucha de los socialdemócratas de izquierda —el programa agrario, la resolución sobre la Duma de Estado y la resolución sobre el levantamiento armado—, llevan la clara impronta del afán del «sector sensato de la socialdemocracia» por apartar el movimiento revolucionario de la senda de octubre-diciembre. Tomemos la cacareada «municipalización». Es cierto que, bajo nuestra presión, el proyecto original de Máslov sobre la municipalización fue desplazado sin duda hacia la izquierda. En lugar de «enajenación» se puso «confiscación», se admitió el reparto de tierras, se incluyó el apoyo a «las acciones revolucionarias del campesinado, hasta la confiscación», etc. Pero aun así quedó, aunque castrada, la municipalización. La municipalización es la transferencia de las tierras de los terratenientes a los zemstvos democráticos. Los campesinos revolucionarios no aceptarán eso. Con razón no confían ni confiarán en los zemstvos, por democráticos que sean, mientras ese democratismo local coexista con un poder central no democrático. Con razón rechazarán la entrega de las tierras tanto a los órganos locales como a los centrales mientras *todo* el poder, absolutamente todo, no sea electivo, responsable y revocable por el pueblo. Y esta condición, pese a la lucha de los socialdemócratas de izquierda, fue rechazada por el congreso. ¡En lugar de entregar la tierra al pueblo cuando este elija todos los poderes del Estado, el congreso aprobó entregar la tierra a los órganos electivos *locales* del poder! ¿Y cuáles fueron los argumentos del congreso? Que no hacían falta ideas de *toma del poder* en el programa; que eran necesarias garantías contra la restauración. Pero el temor a la toma del poder por el campesinado revolucionario es puro temor kadete a la revolución campesina.

Y la única garantía contra la restauración en el verdadero sentido de la palabra es una sola: la revolución socialista en Occidente. Fuera de esta condición, nada en el mundo puede garantizarnos contra la restauración de un poder central no democrático mientras exista el capitalismo y el pequeño productor mercantil, siempre vacilante, siempre inestable. En lugar de vanos sueños sobre garantías relativas contra la restauración, debemos, por tanto, pensar en llevar nuestra revolución hasta el final. Pero en el congreso el ala derecha de los socialdemócratas halló garantías contra la restauración… ¡aprobando un programa que parece un pacto con la restauración: nos garantizamos contra la restauración de un poder central no democrático si callamos en el programa agrario la necesidad del democratismo pleno de ese poder…!

Tomemos la resolución sobre la Duma de Estado. El congreso la aprobó cuando las victorias electorales kadetes ya eran un hecho. Y el congreso, pese a nuestras protestas, habla de la Duma de los representantes del pueblo en general, y no de la Duma kadete real. El ala derecha de los socialdemócratas no quiso señalar la naturaleza bifronte de esa Duma —no previno a los obreros sobre el papel contrarrevolucionario que la Duma kadete se esfuerza por desempeñar—, no consintió en decir directa y claramente: los obreros socialistas deben marchar con la democracia campesina y revolucionaria *contra* los kadetes. Expresó el deseo de tener una fracción parlamentaria socialdemócrata, sin reflexionar detenidamente si tenemos o no un parlamento, si tenemos o no parlamentarios socialdemócratas.

Tomemos la tercera de las resoluciones antes mencionadas. Empieza con una frase ultrarrevolucionaria y, sin embargo, está por entero impregnada de un espíritu escéptico, cuando no negativo, hacia la lucha de octubre-diciembre. No contiene ni una palabra sobre el balance de la experiencia histórica adquirida por el proletariado ruso y el pueblo ruso a fines de 1905. No contiene ningún reconocimiento de cómo, con fatalidad histórica, surgieron en el pasado y resurgen ahora de nuevo formas de lucha perfectamente determinadas. Hemos esbozado solo en los rasgos más breves y generales los principales defectos de las resoluciones que suscitaron la lucha en el congreso. Volveremos más de una vez a las cuestiones aquí planteadas. El partido del proletariado debe discutirlas y reconsiderarlas minuciosamente, apoyándose en los nuevos datos que nos aportan la Duma kadete y el cuadro que se despliega rápidamente de un nuevo auge. El partido del proletariado debe cultivar en sí la capacidad de adoptar una actitud rigurosamente crítica ante las resoluciones de sus representantes. Y el coro unánime de la prensa burguesa que ensalza a los sensatos buenecitos de la socialdemocracia rusa indica claramente al proletariado la existencia de una conocida enfermedad en el partido.

Debemos curar y curaremos esta enfermedad.

Escrito el 6 (19) de mayo de 1906.

Publicado el 7 de mayo de 1906 en el periódico *Volná*, núm. 11. Firmado: N. L—n.

Se publica según el texto del periódico.