El inicio del camino parlamentario "pacífico", que provoca el entusiasmo y la compunción de los kadetes y de todos los pequeñoburgueses en política, es el inicio de las manifestaciones más groseras, más directas e inmediatas de la guerra civil. El inicio del modo "legal" de resolver las cuestiones de Estado mediante papeletas electorales y el recuento de votos, es el inicio de los estallidos de la violencia más primitiva, que resuelve las cuestiones de Estado mediante el exterminio de los que piensan distinto, mediante la aniquilación (y además literalmente: a sangre y fuego) de los adversarios políticos[22].

¿Es esta coincidencia una casualidad? Por supuesto que no. Y sería insuficiente la explicación de que la policía organiza los pogromos con fines de provocación, con el fin de desacreditar a la Duma. Desde luego, en cuanto a la participación directa de la policía no puede haber ni la menor sombra de duda. Por supuesto, la policía organiza, instiga y provoca. Todo eso es cierto. En la guerra que la burocracia libra verdaderamente a vida o muerte, en esta guerra, los servidores de la burocracia y sus partidarios no se detienen literalmente ante ningún medio. Pero, ¿por qué les ha tocado precisamente ahora aplicar a gran escala precisamente tales métodos de lucha? Vale la pena reflexionar sobre esta cuestión, para no considerar períodos enteros del desarrollo revolucionario como resultado de una voluntad particularmente malvada, una sed de sangre particular y un ensañamiento particular de los combatientes.

Estamos viviendo el comienzo de un nuevo ascenso social. Tanto el movimiento de los desempleados, como el Primero de Mayo, y la intensificación de la efervescencia entre el campesinado y en las tropas, y los mítines, la prensa y los sindicatos, todo atestigua el nuevo ascenso de la manera más inequívoca. El ascenso del amplio movimiento popular ya ha sobrepasado, en cuestión de pocos días, el ascenso que se expresó en la victoria de los kadetes y de las "izquierdas" en general en las elecciones. Los kadetes ya se han quedado atrás. La Duma kadete ya se marchita, se desflora, sin haber llegado a florecer. Una expresión muy característica de esta desfloración de nuestras flores estériles pequeñoburguesas, de este desconcierto de los kadetes, fue, entre otras cosas, el artículo del Sr. D. Protopópov (kadete, miembro de la Duma de Estado) en el número de ayer de "La Duma". El Sr. Protopópov se queja y llora: "El país espera de la Duma de Estado la solución radical e inmediata de una serie de los más complejos problemas y, sobre todo, la realización práctica igualmente inmediata de las reformas esperadas". ¡Tengan piedad, conciudadanos! – implora el kadete– . ¡Si nosotros no tenemos ni la "varita mágica", ni la "plenitud del poder" (el kadete olvida añadir que la plenitud del poder para el pueblo tampoco figura en el programa, es decir, en el ideal político, de los kadetes). Si la Duma de Estado no es la Convención. Y de los labios del kadete se escapa una inigualable, casi conmovedora confesión del pequeñoburgués aterrorizado: "Sólo una tal Duma-Convención podría satisfacer las exigencias de una parte considerable de nuestra sociedad". Lo que es cierto, es cierto. Una "parte considerable", quizá incluso la masa de los campesinos y obreros, exige la Convención, y recibe... la Duma de los kadetes. ¡Pobres, pobres kadetes! ¿Podían ellos esperar que el ascenso les sobrepasara tan rápida y tan irremediablemente?

Y he aquí que este gran ascenso sirve de base material al fenómeno de que la lucha se agudiza extraordinariamente, de que el "parlamentarismo pacífico" se marchita y pasa a un segundo plano, de que el juego a la constitución es sustituido por la solución directa de las cuestiones de Estado por la fuerza. Se produce una reanudación del ascenso de octubre, sólo que sobre una base mucho más amplia, a una escala mucho mayor, con una mayor conciencia de las masas del campesinado y de la clase obrera, con la posesión por parte de ellas (gracias al período vivido de octubre a diciembre) de una experiencia política incomparablemente mayor. En octubre, las fuerzas de los bandos en lucha se equilibraron. La vieja autocracia se mostró ya incapaz de gobernar el país. El pueblo aún no estaba en condiciones de conquistar la plenitud del poder que asegura la plenitud de la libertad. El Manifiesto del 17 de octubre fue la expresión jurídica de este equilibrio de fuerzas. Pero este equilibrio de fuerzas, al conducir a una concesión por parte del viejo poder, al obligarle a reconocer la libertad sobre el papel, significó sólo una breve suspensión, de ningún modo el cese de la lucha. De nuestro gobierno se decía en octubre y noviembre que "se declaró en huelga", que se "agazapó" sobre la revolución, se quedó completamente inmóvil y, esperando el momento, se lanzó a un combate desesperado que terminó con su victoria. Los pequeñoburgueses en política, limitados, como siempre, por esa timidez y ese flácido, farisaico "idealismo" que les son propios, se indignaban, se lamentaban, se escandalizaban ante la "inmoralidad" de esta "huelga" del gobierno, de este agazaparse sobre la revolución. La indignación aquí no sirve de nada. "Puesto que es la guerra, pues a lo militar". En toda guerra, los adversarios cuyas fuerzas se equilibran se detienen por algún tiempo, acumulan fuerzas, descansan, digieren la experiencia vivida, se preparan y se lanzan a un nuevo combate. Así ocurría con los ejércitos de Kuropatkin y de Oyama. Así ha ocurrido y ocurrirá siempre en toda gran guerra civil. "Puesto que es la guerra, pues a lo militar".

Pero la guerra civil se distingue de la guerra ordinaria por la complejidad, la indeterminación y la imposibilidad de determinar la composición de los combatientes –en virtud de los tránsitos de un campo a otro (tan pronto los octubristas{42} se pasan al lado del gobierno, tan pronto una parte del ejército se pasa al lado del pueblo), en virtud de la imposibilidad de trazar una frontera entre "combatientes" y "no combatientes", es decir, entre los que figuran en las filas de los que luchan y los que no figuran–. Cuando el gobierno "está en huelga", cuando la policía se queda inmóvil "agazapada", la guerra no cesa, precisamente porque es una guerra civil, porque dentro de la propia población hay defensores interesados del viejo poder y defensores de la libertad. He aquí por qué el ascenso actual, que ha equilibrado las fuerzas, conduce a su vez, con férrea necesidad, por un lado, al debilitamiento del gobierno, a su "huelga", a una cierta repetición del "agazapamiento sobre la revolución", y por otro lado, a la reanudación de las formas de lucha de octubre, noviembre y diciembre. Todo aquel que quiera tener una actitud consciente ante los grandes acontecimientos que se despliegan ante nosotros, que quiera aprender de la revolución, debe darse plena cuenta de la inevitabilidad de estas formas de lucha, debe reflexionar a fondo sobre las tareas que estas formas de lucha nos imponen.

Los kadetes, embriagados por sus victorias electorales, han cubierto montañas de papel sobre la entrada de Rusia en la vía del parlamentarismo. Los socialdemócratas del ala derecha de nuestro partido sucumbieron a la fascinación general. En el Congreso de Unificación del partido, ellos, siendo los vencedores, retiraron por sí mismos, a pesar de las protestas de los socialdemócratas de izquierda, la resolución sobre el ascenso de la revolución, sobre las principales formas del movimiento en el momento actual, sobre las tareas del proletariado. En este aspecto se asemejaron al Sr. Miliukov, quien en el último congreso de los kadetes{43} planteó la cuestión de si el pueblo no sería más revolucionario que la Duma, de si la lucha revolucionaria en sentido estricto no sería inevitable, pero acto seguido, medrosamente, retiró esta cuestión del debate. Para un kadete era natural eludir tal cuestión. Para los socialdemócratas es indecorosa tal elusión. Y la vida ya se venga de ello. La vida ya pone en primer plano, con fuerza espontánea, tales formas de lucha que relegan a la Duma a un segundo lugar y aproximan un nuevo octubre, un nuevo diciembre, con absoluta independencia de si lo deseamos nosotros o no.

Un socialdemócrata del ala derecha se burlaba en el congreso de la resolución de los socialdemócratas de izquierda, que reconoce abierta y directamente como "principal forma del movimiento" no la forma juguete-constitucional, sino la de octubre-diciembre, es decir, la irrupción de las amplias masas, que desplazan directamente tanto las viejas leyes como los viejos órganos del poder, utilizando un nuevo poder, creado en la lucha misma, como instrumento para la conquista de la libertad. Nosotros no vemos ahora estas formas de lucha, exclamaba el orador de los socialdemócratas de derecha. Esto no es la realidad, sino una invención de nuestras izquierdas, de esos fantasiosos, de esos rebeldes, de esos anarquistas. –¡Quítense sus gafas kadetes! –respondimos en el congreso al camarada–, verán entonces no sólo lo que ocurre en la superficie. Verán que precisamente la lucha dumesa no es la principal, comprenderán que las condiciones objetivas hacen inevitables las formas de movimiento extra-dumesas, que hacen precisamente de ellas las principales, las esenciales, las medulares, las decisivas.

Ha pasado una semana, otra después de estas discusiones en el congreso. Y la revolución ya quita los anteojos kadetes no sólo a los socialdemócratas de derecha, sino también a amplias masas de la población. La Duma ya palidece, las ilusiones constitucionales ya se derrumban. Las formas de lucha de octubre-diciembre, que ayer aún no querían ver las personas miopes y demasiado maleables al soplo del momento, ya se avecinan. Y la socialdemocracia no cumplirá con su deber ante el proletariado si no sabe apreciar la inevitabilidad del crecimiento y desarrollo de estas formas de lucha, si no plantea en toda su estatura ante las masas las tareas que la vida plantea y pronto planteará ante ellas. La socialdemocracia se mostrará indigna de la clase a la que representa si se limita a despachar el estudio y la valoración de estas formas con desdeñosas expresiones sobre el rebelionismo y el narodovolismo, que tan a menudo resuenan en el ala derecha de nuestro partido. La ola espontánea se levanta; es necesario sin demora tensar todas las fuerzas para introducir en este ascenso más conciencia, más organización de la que logramos en octubre y diciembre.

No debemos forzar los acontecimientos. Acelerar la explosión no está ahora en nuestros intereses. Esto no admite duda. Esta lección debemos extraerla de la experiencia de fines de 1905. Pero ésta es sólo una pequeña parte de la tarea, es una definición puramente negativa de nuestra táctica. Quien se limite a este aspecto del asunto, quien eleve esta tarea negativa a algo positivo, se desliza irremediablemente hasta el papel de conciliadores burgueses de la libertad popular con la autocracia.

Ante el partido de la clase obrera se alza una tarea gravísima, apremiante y fundamental. Todos nuestros pensamientos, todos los esfuerzos, todo nuestro trabajo de propaganda, agitación, organización y directamente práctico debemos orientarlos a que el proletariado y el campesinado resulten más preparados para la nueva lucha decisiva. No depende de nuestra voluntad la elección de las formas de esta lucha; el desarrollo histórico de la revolución rusa las determina con férrea necesidad. Ya sabemos, lo sabemos por experiencia, lo que significa la «firmeza» del gobierno, lo que significa la creciente excitación de las masas en relación con la crisis política general que madura rápidamente. Sabemos con qué vertiginosa rapidez creció la lucha de octubre y con qué inevitabilidad ésta se transformó en la de diciembre. Que cada uno esté, pues, en su puesto. Nadie puede predecir el momento del desenlace, nadie sabe en qué orden y combinación se desplegarán definitivamente las formas de movimiento de diciembre y octubre. Pero ya se están desplegando. Sus órganos ya están surgiendo. De la cohesión, la conciencia, la firmeza y la decisión de la clase avanzada depende mucho, si no todo, en el desenlace de la gran revolución.